La realidad transgénero y el «tercer» género, la identidad «dos espíritus», en la Norteamérica precolonial

Original por Neil Carter en Patheos, Removing the Beag Leaf, The Transgender and ‘Third’ Gender ‘Two-Spirit’ Identity in America’s Formative Years

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La diversidad sexual y de género en el continente americano ha sido una realidad desde hace mucho tiempo. El mismo tiempo que lleva sufriendo una represión que prácticamente la ha hecho caer en el olvido.

Mucha gente opina que las orientaciones sexuales y las identidades de género son ideas nuevas y radicales inventadas por progres comecuras, algo bastante alejado de la realidad.

Desde la antigua China a la América precolonial, y en todos los lugares y épocas que quedan entre medias, el reconocimiento de géneros y sexualidades no binarias ha sido una parte común pero ignorada de la historia. Los pormenores varían según culturas; es un hecho que los movimientos actuales de nuestra actual cultura tienen sus particularidades únicas, pero los conceptos básicos no son ni mucho menos un invento de hoy.

Mason Lynch

Mucho antes de que el invasor europeo introdujera la viruela y el cristianismo en el continente americano, muchas de sus tribus ya reconocían identidades de género no binarias, las que actualmente se denominan dos espíritus. Anteriormente, el europeo usó para estas personas el término bardaje, que en esencia significa «prostituto»… un pequeño ejemplo de la falta de respeto de los recién llegados por las culturas nativas.

El término «dos espíritus» comenzó a ganar terreno en el mundo nativoamericano en la década de los 90, cuando trece personas, tanto hombres como mujeres cisgénero y transgénero, se reunieron en Winnipeg, Canadá, con la tarea de averiguar un término que diera cohesión a la comunidad LGTB/GSDI nativoamericana. Numerosos términos en lenguas tribales ya identificaban terceros géneros en cada una de las culturas junto a los usados para denotar masculino y femenino, y la lucha de la asamblea de Winnipeg estuvo en encontrar un término actual y contemporáneo que fuera aceptado en el seno cultural de la totalidad de las tribus.

-Zachary Pullin, Two Spirit: The Story of a Movement Unfolds

Los detalles de la situación social de las personas dos espíritus antes de las colonizaciones europeas varían según la tribu. Muchas de estas personas consideraban tener tanto espíritus masculinos como femeninos en su cuerpo, de ahí el término actual, y en la mayoría de tribus gozaban de aceptación y respeto. Incluso algunas consideraban que el ser dos espíritus era una bendición divina. Se ocupaban de perpetuar las tradiciones orales y de ejercer de cuentacuentos, sanaban, tejían, celebraban ceremonias religiosas, se ocupaban de las criaturas, arbitraban conflictos, etcétera. La existencia de estas personas era un rasgo social común y de los más compartidos entre las tribus autóctonas de todo el continente.

Eso sí, la expresión de la identidad dos espíritus presentaba variaciones. En ocasiones estas personas vestían una mezcla de elementos tradicionalmente masculinos y femeninos, en otras vestían con unos u otros en ocasiones distintas. También, algunas de estas personas desempeñaban roles de género distinto al asignado al nacer. Un ejemplo de renombre es el de We’wha (abajo, en la foto), una persona de la tribu zuni asignada hombre al nacer que vivió como mujer. Sus padres murieron de viruela, introducida en su poblado por los estadounidenses, y su tía la adoptó. Más tarde se hizo amiga de la antropóloga Matilda Coxe Stevenson, que durante años ignoró que la asignación de género al nacer de We’wha difería con la actual. Stevenson describió a We’wha como la persona más inteligente de su tribu, como alguien que gozaba de un gran respeto y era amada por la población infantil. En lengua zuni, el término que identifica a personas como ella es lha’mana.

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A pesar de la torpe interpretación de los europeos, que caracterizaron a las personas dos espíritus como «homosexuales», la orientación sexual no era en absoluto un rasgo definitorio del concepto. Sin embargo, sí que era común para estas personas tener parejas de su mismo género. Las mujeres dos espíritus a menudo estaban casadas con otras mujeres, lo mismo que los hombres dos espíritus con otros hombres. Al considerarles como un tercer género o como dos géneros en un mismo cuerpo, sus relaciones no se limitaban al concepto binario de heterosexualidad y homosexualidad.

La tradición dos espíritus incluía a un amplio abanico de personas, con sus diferencias particulares. Los términos occidentales, normalmente centrados en características aisladas, como la orientación sexual o la identidad de género, no incorporan correctamente el amplio espectro de matices de los roles dos espíritus, especialmente en sus dimensiones económica y política. Aunque muchas personas dos espíritus se travestían, otras no lo hacían, y algunas se vestían con un criterio ajeno a lo masculino y a lo femenino. Y mientras que otras personas dos espíritus mantenían relaciones con personas de su mismo género aunque no fueran dos espíritus, no se consideraban como relaciones homosexuales, ya que la identidad de género de estas personas estaba consideraba como una identidad distinta a la de su par.

-Will Roscoe, Who are the Two Spirits?

La colonización europea trajo consigo los valores cristianos al nuevo continente y sus consecuencias fueron nefastas para la población nativa dos espíritus, comenzando a considerarse a sus miembros como pervertidos y forzados a asumir los roles de género tradicionales. El gobierno de los Estados Unidos actuó directamente con el objetivo de desmantelar la aceptación de la que gozaban los géneros no binarios entre las tribus nativas. Por desgracia, estos esfuerzos tuvieron éxito y las comunidades nativas quedaron contaminadas con la homofobia traída de Europa.

La noción de un tercer género, fluido, masculino y femenino, entró en conflicto directo con las visiones «heterosexuales» de los colonizadores y en 1879, el gobierno de Estados Unidos apartó a miles de personas dos espíritus de sus tribus para enviarlas a centros de reeducación exclusivos para población nativa.

-Samantha Mesa-Miles, Two Spirit: The Trials and Tribulations of Gender Identity in the 21st Century

El intento de exterminio de la población nativoamericana y de sus rituales por medio de la Iglesia y del Estado tuvo como consecuencia la desaparición de muchos de las ceremonias que identificaban y homenajeaban a personas transgénero. Salvo honrosas excepciones, no hay lugar hoy día dentro de las culturas nativas para las transiciones de género. Las tribus han olvidado las enseñanzas dos espíritus y la gran mayoría de sus antiguas prácticas han caído en desuso. Es más, estos roles son hoy en día un fantasma del pasado o un secreto oscuro; las personas mayores que conocen sus historias y enseñanzas temen hablar del asunto por sus experiencias en los centros de reeducación y por otras formas de colonización.

Recuerdo a una persona perteneciente a una de las organizaciones de las que fui cofundadora y que dirigí durante años. Era VIH positiva y transgénero, deseaba volver a casa a morir con dignidad alrededor de su familia y entorno afectivo, así que volvió a casa y nos comunicó que todo había ido bien y había sido bien recibida. Cuando finalmente murió nos dimos cuenta de que la tribu había alquilado una casa fuera de la reserva pues no deseaban mantenerla allí ya que su identidad transgénero no era digna de respeto en la comunidad. Este tipo de conductas son algo común en comunidades remotas que aún se están recuperando de siglos de políticas de genocidio cultural llevadas a cabo por el gobierno del país.

La arrogante y terca resistencia del europeo, judeocristiano, a respetar cualquier género u orientación sexual ajena al binario divino ha eliminado casi completamente la realidad dos espíritus de la faz de la tierra y de la historia. Solo es una línea más de la extensa lista de agresiones perpetradas contra la población nativa en nombre de Cristo.

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Islam y sexodivergencia. De la aceptación al estigma.

Original por Shoaib Daniyal en Scroll, Orlando shooting: It’s different now, but Muslims have a long history of accepting homosexuality.

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Días después de que Omar Mateen cometiera la masacre en una discoteca de ambiente en Estados Unidos con un saldo de 49 víctimas, parece que afloran algunas de sus posibles motivaciones.

Mateen se vanagloriaba de sus vínculos con el Estado Islámico, Al Qaeda y Hezbolá. Sabemos que estos tres grupos están llevando a cabo actividades insurgentes en Oriente Próximo, algunos en otros países, y que también se encuentran mutuamente en guerra por sus antagónicas visiones teológicas. Las investigaciones en los Estados Unidos apuntan que Mateen no parecía entender las diferencias entre estos grupos, un punto que parece contradecirse con la categoría de terrorismo islámico que se había adjudicado al ataque al poco de producirse y casi de inmediato.

Mateen fue abatido por la policía tras abrir fuego en la discoteca Pulse, en Orlando, una masacre que se coloca en primer lugar entre las tragedias de ese tipo en la historia del país.

El asesino, de 29 años, ha sido reconocido como cliente habitual del Pulse e incluso como usuario de una aplicación de contactos homosexuales. Han aparecido informaciones que apuntan que pidió a otros hombres establecer relaciones, junto con las acusaciones de homosexualidad por parte de su esposa, que también incluyó que su padre, inmigrante afgano, se había mofado de su orientación sexual. Unas de las primeras palabras padre de Mateen tras la masacre fue, precisamente, que los homosexuales pueden sufrir el castigo de Dios.

El estigma de la sexodivergencia.

¿Pudo el ataque verse motivado por la orientación sexual de Mateen y la humillación que hoy día acarrea ser homosexual en el mundo musulmán, y no por el terrorismo islamista? “Una sexualidad transgresiva y una interpretación conservadora de la religión pueden ser un cóctel peligroso”, escribe David Shariatmadari en The Guardian. “Si Mateen sufría conflicto por su interés en otros hombres, ¿podría haber sido por la condena que, según él, le impondría su religión?

A la espera de mayor claridad al respecto de las motivaciones de Mateen, es un hecho que las sociedades musulmanas actuales condenan y castigan la divergencia sexual. En la mayoría de países de mayoría musulmana, nadie que profese esa religión puede salir del armario sin arriesgarse a caer bajo el peso del estigma o a sufrir violencia física.

Por otro lado, es importante que dejemos constancia de lo reciente de este brote homófobo. Durante gran parte de su historia, las sociedades musulmanas han sido sobradamente tolerantes en términos divergencia sexual.

Edad de oro.

En el apogeo de la edad de oro del Islam, entre mediados del siglo VIII y el ecuador del siglo XIII, en una etapa histórica en la que se considera que la civilización islámica alcanzó su cénit intelectual y cultural, la divergencia sexual era un elemento del cual se hablaba y escribía públicamente. Abu Nuwas (765-814), uno de los grandísimos poetas clásicos árabes durante el Califato Abasida, escribió públicamente sobre sus deseos y relaciones homosexuales. Su poesía homoerótica estuvo en circulación hasta el mismo siglo XX.

Nuwas fue una figura histórica de importancia, incluso tiene un par de apariciones en El Libro de las Mil y Una Noches, y no fue hasta el año 2001 cuando los árabes empezaron a sonrojarse ante el homoerotismo de Nuwas. En 2001, el ministro egipcio de cultura, presionado por fundamentalistas islámicos, quemó 6000 volúmenes de su poesía.

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Por este tipo de eventos la mayoría de fieles tiene hoy día poco conocimiento de la edad dorada del Islam, por mucho que algunos deseen regresar a ella.

“El ISIS no sabe nada de lo que significaría restaurar el Califato”, twiteó el periodista  belgoegipcio Khaled  Diab. “Habría que llenar Bagdad de licor, de odas al vino, de ciencia… y colocar un poeta gay en la corte.”

Bagdad fue, hasta su destrucción por parte de los mongoles, la capital cultural de gran parte del mundo, la Nueva York de su tiempo. Si Nuwas y su poesía homoerótica representaron el cénit de la cultura bagdadí,  es bastante común que otras sociedades, también musulmanas, se mostraran aperturistas de cara a la sexodivergencia. El historiador Saleem Kidwai incluye en su fabuloso libro Sexodivergencia en India, “El medievo musulmán se encuentra repleto de historias de hombres inclinados hacia el homoerotismo, y generalmente sin ninguna calificación peyorativa”.

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Es más, no es que las sociedades musulmanas calificaran peyorativamente la sexodivergencia, sino que incluso en ocasiones la alababan abiertamente. Mahmud de Gazni, un destacado sultán de su tiempo (971-1030), fue considerado una figura ejemplar, entre otras cosas, por estar enamorado de otro hombre, Malik Ayaz.

Babur, emperador del Imperio Mogol de India, escribió sobre la atracción que sentía por un joven del bazar en su autobiografía del siglo XVI. Se consideró una obra maestra en el mundo musulmán tardomedieval y renacentista.

En el siglo XVIII, Dargah Quli Khanm, un noble del Decán, en el centro-sur del subcontinente indio de camino a Delhi, escribió un brillante recopilatorio de la ciudad en lo que llamó Muraqqa-e-Delhi (El Álbum de Delhi), en el que describió lo común de la homosexualidad en la sociedad indoislámica. En los bazares había prostitutos que ofrecían libremente sus servicios y Khan recogió su admiración por cómo “bellos jóvenes bailaban por todas partes causando gran excitación”.

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Hasta el siglo XIX, el mundo musulmán trataba la sexodivergencia como cualquier otra parcela de su vida diaria, tanto que se exponían historias de amor homosexual en centros de estudio, algo inconcebible incluso en muchos lugares del mundo occidental actual.

En palabras de Kidwai: “el clásico de Sadi, Gulistán, que contiene historias de atracción sexual entre hombres, era de lectura obligatoria en los centros educativos persas. El poema en lenguas turca, persa, urdu y árabe del poeta Ghanimat Nau rang-i ishq, del siglo XVII, que cuenta la historia de amor entre el hijo del mecenas del poeta y su amado Shahid, formaba parte de las bibliografías obligatorias de los colegios de la región.”

Ley islámica

Es cierto que teológicamente el Islam considera la homosexualidad como un pecado, basándose en la historia coránica de las gentes de Lut (Lot en la biblia). Sin embargo e independientemente de ello, la Shariat, el término paraguas para varios códigos y escuelas de derecho sobre los que se sustentan las sociedades musulmanas, no castiga la sexodivergencia per se: las relaciones sexuales entre hombres se encontraban prohibidas bajo el amplio concepto de adulterio. Incluso así, las penas por homosexualidad solo se dictaban si podían dar fe del acto sexual cuatro testigos. Este requisito tan desproporcionado ha  llevado a estudiosos del islam como Hamza Yusuf a caracterizar la prohibición de la homosexualidad en la Shariat como una especie de “ficción legal”. Es más, a diferencia de la Europa medieval cristiana, el castigo a personas sexodivergentes era excepcional en las sociedades musulmanas de por aquel entonces.

Entonces, ¿qué es lo que llevó a que las sociedades musulmanas pasaran de leer de buena gana poesía homoerótica a prohibir y estigmatizar esta divergencia? Es difícil deducir una razón exacta, pero fijaos en esta coincidencia: hay cinco países musulmanes en los que ser sexodivergente no es delito. Lo que comparten la totalidad de esos cinco, Malí, Jordania, Indonesia, Turquía y Albania, es que nunca fueron colonizados por el Imperio Británico.

Influencia colonial

En 1858, el Imperio Otomano despenalizó la homosexualidad (algo que heredó la actual Turquía), dos años antes de que el Raj británico de la India estableciera el Código Penal Indio, cuyo artículo 377 declaró proscrita la divergencia sexual en lo que hoy día es India, Pakistán y Bangladés.

El código penal de 1860 tuvo tanta influencia que grupos conservadores del país aún  continúan catalogando de inmoral la homosexualidad, y tras 70 años de independencia, el parlamento no ha sido capaz de derogar el texto.

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Subramanian Swamy, diputado del partido Bharatiya Janata, de derechas, llegó a decir que: “la posición del partido al respecto de la homosexualidad es que se trata de un trastorno genético.” Algo especialmente peculiar debido a que el hinduismo, a diferencia del Islam o el Cristianismo, no condena expresamente la divergencia sexual.

Parece que, sin saberlo, el ala más conservadora del mundo musulmán (y del hindú) está copiando los usos y costumbres del colonialismo victoriano del XIX ignorando su propia historia. Por otro lado, y contrariamente a su costumbre, las culturas del occidente europeo están optando hoy día por garantizar progresivamente los derechos de sus gentes independientemente del género por el que se sientan atraídas.

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Gandhi: el racista misógino tras el mito

Original por Mayukh Sen en Broadly, Gandhi Was a Racist Who Forced Young Girls To Sleep  In Bed With Him.

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Gandhi en 1942 (Wikimedia Commons)

En agosto de 2012, poco antes de la celebración del 65 aniversario de la independencia de India, el India Outlook, una de las revistas con más tirada en el país, publicó los resultados de una encuesta realizada entre sus lectores. La pregunta era “¿quién tras “el Mahatma” era la persona de nacionalidad india más importante de toda su historia?” “El Mahatma” detrás de esa aduladora pregunta era, sin duda, Mohandas Karamchand Gandhi.

No nos sorprende en absoluto que Outlook  tratara de realidad esta conjetura: Gandhi se ha convertido en el barómetro absoluto que mide la grandeza india, y a veces la grandeza global. Después de todo, ¿a quién no le gusta Gandhi? Nos le han presentado siempre como un anciano frágil y malnutrido de moral pura y alma piadosa. Un hombre que trajo consigo a India toda una cosmología de resistencia no violenta, un país al que ayudó a liberarse de las cadenas del imperialismo británico. Combatió mediante valientes huelgas de hambre hasta que un nacionalista hindú le disparó, asesinándole y convirtiéndole en mártir.

Mi abuelo materno ingresó en prisión con Gandhi en 1933 así que crecí sabiendo que este mito se formó mezclándose con medias verdades. Mi abuelo se llevó sus memorias de la cárcel a un ashram (monasterio hindú) que él mismo creó en el corazón de la Bengala occidental. Fue así como mis progenitores me inculcaron un conocimiento íntimo de Gandhi que basculaba entre el elogio y la crítica. Mi familia le adoraba, aunque nunca nos creímos el mito de que él solo articulara el movimiento independentista indio. Luego también estaba el asuntillo de su fanatismo, que en casa era tabú. Décadas después de su asesinato, la imagen de Gandhi se creó a expensas de la realidad: se eliminaron todos los detalles controvertidos para que olvidáramos su discurso antinegro, su vehemente alergia a la sexualidad femenina y un rechazo global a la liberación de la casta Dalit, el grupo social conocido como “intocables”.

Gandhi vivió en Sudáfrica durante dos décadas, de 1893 a 1914, ejerciendo como abogado y luchando en pos de los derechos de la población india, pero eso, SOLO de la india. Para él, como expresó sin tapujos, la población negra sudafricana apenas podía considerarse humana. Se refería a ella con el término despectivo local de kaffir. Se lamentaba de que la población india fuera considerada “tan solo un poco mejor que las poblaciones nativas de salvajes de África”. En 1903 declaró que “la raza blanca sudafricana debía prevalecer en el país”. Tras ingresar en prisión en 1908 se burló del hecho de que la población reclusa de origen indio se encontrara encerrada junto a la de etnia negra, no junto a la blanca. El activismo en Sudáfrica ha tratado de visibilizar estas partes de pensamiento de Gandhi, como hicieron el pasado septiembre dos académicos del mismo país, con poco éxito,  la conciencia cultural global necesita una sacudida más fuerte que la que pueden facilitar algunos círculos de Tumblr.

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Gandhi en Sudáfrica (Wikimedia Commons)

En esta misma época se produce también el despertar misógino de Gandhi, el cual le acompañará durante toda su vida. Durante sus años en Sudáfrica, una de las medidas en represalia por la agresión sexual de un joven a dos de sus seguidoras fue cortar el pelo corto a estas últimas para así evitar nuevas “invitaciones” de corte sexual. Michael Connellan, en un artículo en The Guardian explica de manera muy cuidadosa cómo Gandhi opinaba que las mujeres abandonaban su humanidad en el momento en que sufrían violación a manos de un hombre. Creía firmemente que los hombres no eran capaces de frenar su impulso depredador básico y que las mujeres eran las responsables de estos impulsos, quedando a su merced. Su visión de la sexualidad femenina era igualmente deplorable. Según Rita Banerji en su libro Sex and Power, Gandhi consideraba la menstruación como la “manifestación de la deformación del alma de la mujer por su propia sexualidad”. También consideraba el uso de anticonceptivos como una llamada a la prostitución.

Se enfrentó a esta aparente incapacidad del hombre para controlar su libido cuando, en su retorno a India, juró castidad (sin debatirlo con su mujer) y comenzó a hacer uso de mujeres, muchas de ellas menores, como su sobrina nieta, para probar su templanza sexual. Dormía desnudo junto a ellas en la cama sin tocarlas para asegurarse de que no sentía excitación. Estas mujeres se convirtieron en peleles para él durante su conversión al celibato.

“La imagen de Gandhi se creó a expensas de la realidad: se eliminaron todos los detalles controvertidos para que olvidáramos su discurso antinegro, su vehemente alergia a la sexualidad femenina y un rechazo global a la liberación de la casta Dalit, el grupo social conocido como “intocables”.”

Kasturba, la esposa de Gandhi, fue su saco de boxeo más recurrente. “Es que no puedo soportar mirarla a la cara”, masculló en una ocasión refiriéndose a ella, por estar haciéndose cargo de él durante una enfermedad. “La expresión de su cara es como la de una vaca sumisa y te provoca la misma sensación que el animal,  como si, de alguna estúpida manera, estuviera intentando decirte algo.” La disculpa para esto, se suele argüir, es que las vacas para el hinduismo son sagradas, y que la comparación entre su esposa y una vaca fue un velado cumplido. O también se puede atribuir a un simple rencor matrimonial. Cuando Kasturba enfermó de neumonía, Gandhi le negó la penicilina pese a que su entorno médico insistía en que eso la curaría. No cedió en la creencia de que ese nuevo medicamento era un extraño brebaje extranjero que su cuerpo jamás toleraría. Terminó sucumbiendo a la enfermedad y murió en 1944. Años más tarde, quizás percatándose del grave error que cometió, consintió en aplicarse quinina para tratar su malaria. Sobrevivió.

Existe un empuje de corte occidental que ve a Gandhi como el sereno destructor de la sociedad de castas, algo categóricamente falso. Consideraba la emancipación de la casta Dalit como un objetivo inviable, y que no merecía la pena considerarles un electorado diferenciado. Su plan para la casta era que permaneciera complaciente esperando a una oportunidad que la historia nunca les daría. La casta Dalit continúa sufriendo por las consecuencias directas de este prejuicio sembrado en el poso cultural indio.

La historia, en palabras del ensayo de Arundhati Roy, “The doctor and the Saint”, ha sido especialmente benévola con Gandhi. Ha permitido que apartáramos sus prejuicios como meros defectillos, como manchas sin importancia sobre unas manos limpias. Sus apologetas insisten en que era humano y cometía errores. Es posible que muten esos prejuicios en algo positivo, demostrando que era una persona como cualquier otra, o quizá opten por otra vertiente discursiva: aquella que defiende que remarcar los prejuicios de Gandhi demuestra cómo al mundo occidental nos fascinan los problemas de la India, especialmente cuando nuestros escritores se obsesionan por crear de la nada lacras sociales para el subcontinente.

Este es el tipo de gimnasia mental que llevamos a cabo cuando se nos hace la boca agua creando dioses del Olimpo. Los rasgos infames de Gandhi aún perduran mayoritariamente en  la sociedad india (el odio a la negritud, la desconsideración hacia los cuerpos de las mujeres y la vista gorda del deplorable trato recibido por la casta Dalit). No es casualidad que los pilares del discurso de Gandhi sostengan hoy día a toda una sociedad.

Entonces, ¿cómo colmas las ridículas expectativas que te exige ser el o la mejor habitante de India? Alzar a una persona como la mejor de un país que sirve de hogar a miles de millones de personas es una carga brutal que nadie merece. Asimismo, la creación de un falso ídolo nos obliga a acometer un gran ejercicio de amnesia, pues lo sencillo es que se te caiga la baba ante un hombre que jamás existió realmente.

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Feminismo islámico: combatir la discriminación a través de la fe

Original por Collen Boland en Your Middle East, Islamic Feminism: fighting discrimination, inspired by faith.

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Es un argumento común entre muchos grupos, incluidas las feministas, académicos y prensa, el que defiende que los sistemas legales de Oriente Medio codifican la desigualdad de género con arreglo a los preceptos del Islam.  El derecho islámico es común en muchos de los sistemas judiciales y constituciones de la región, ya que muchos de sus códigos legales y textos constitucionales son una amalgama de leyes civiles de inspiración europea y preceptos de la sharia.

Queda en evidencia que muchos de estos sistemas no garantizan la protección de las mujeres frente a la discriminación, como reconocen internacionalmente las Naciones Unidas y otras organizaciones de derechos humanos a través de marcos legales internacionales.

Se suele hablar de uno de los principios de la sharia, el quiwama, o la autoridad del hombre sobre la mujer, como el responsable del marco que subyace bajo toda esta legislación discriminatoria. El derecho familiar y las leyes sobre estado civil son las muestras más evidentes de estas desigualdades, argumentan críticos.

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Sin embargo, existen al mismo tiempo voces que reclaman lo contrario: que el Islam no es la raíz de la desigualdad de género. Bajo la categoría de feministas islámicas, muchas mujeres luchan en pos de legislaciones más favorables y de los derechos de las mujeres en general.

En lugar de colocar al Islam como el germen de toda discriminación contra las mujeres, las feministas islámicas acusan a los hombres de Estado y a las élites, a los líderes que manipulan el Islam para favorecer sus propios fines políticos, sometiendo a opresión a amplios segmentos sociales, incluido el de las mujeres.

Las feministas islámicas abrazan su fe, cultura y tradición y a su vez reclaman cambios sociales seculares y de interpretación de las escrituras que muestren una aproximación más moderna al papel de las mujeres en la sociedad. No pretenden eliminar el Islam de la esfera pública, de hecho, reivindican que su lucha por las mujeres nace de su misma fe.

«Un acercamiento académico feminista al Islam, así como a otras tradiciones religiosas, tiene mucho que ofrecer tanto al entendimiento de la religión como a la búsqueda de la justicia. Las feministas islámicas aseguran que los principios de la sharia, como el qiwama, pueden interpretarse de distintas maneras, pero que a lo largo de la historia élites masculinas han hecho uso de la ley y la han interpretado para satisfacer sus propios fines», nos explica Ziba Mir Hosseini, una de las catedráticas, musulmana y feminista, de más renombre.

Los orígenes del derecho islámico se remontan a la huida de la Meca a Medina del profeta Mahoma en el año 622 de nuestra era. Tras la muerte del Profeta, esta ley comenzó a desarrollarse en base a interpretaciones de autoridad, o itjihad, de textos como el Corán o la palabra del Profeta en la Sunna. A partir de aquí han surgido cuatro escuelas de filosofía del derecho islámico dentro de la tradición suní: Maliki, Hanafi, Shafi’i y Hanbali, y otras tantas en la tradición chií.

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¿Cómo buscan el cambio las feministas islámicas? A través de múltiples vías: modificaciones legales, legislativas, de burocracia y del sistema judicial y a través de acciones para ponerle coto a la discriminación femenina. Una de ellas implica luchar por la implantación de interpretaciones judiciales de escuelas de filosofía del derecho que estén más cercanas a los intereses de las mujeres, como la Hanbali o la Maliki.

Una medida que luchan por instaurar es la aprobación de una ley federal que establezca una edad mínima de matrimonio para las chicas, para que los jueces más tradicionalistas se vean cohibidos a la hora de aprobar el matrimonio de una mujer muy joven.

Muchas feministas islámicas luchan codo con codo con sus camaradas seculares actuando como voces críticas contra los actuales códigos legales, especialmente los concernientes  a la familia y las leyes de estado civil, concretamente las de divorcio, herencia y tutela infantil, por todo Oriente Medio.

Esta aproximación feminista tiene sus voces críticas. Una de ellas proclama que el feminismo islámico y sus intentos de conciliar Islam y feminismo dividen el movimiento y reduce la efectividad que su lucha pueda tener a la hora de conseguir cambios de manera real y rápida.

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Sin embargo, otras reconocida académica, musulmana y feminista, Leila Ahmed, aclara que «las feministas de toda religión o entorno religioso han debatido desde siempre sobre las fuentes de su opresión como mujeres. ¿Es el patriarcado, la religión, el racismo, el imperialismo, la opresión de clase o una venenosa mezcla de todas las anteriores? Todas ellas difieren en sus soluciones, así como de contra cuál tenemos que luchar en primer lugar para liberarnos.»

Así que, siendo las feministas un colectivo que lucha por los derechos de una gran parte de la población, no ha des sorprendernos que sus estrategias y razonamientos sean complejos y en ocasiones difieran. Probablemente  otorguemos más dignidad a nuestros derechos reconociendo nuestras distintas convicciones como mujeres y respetando el derecho de estas a perseguir sus intereses y luchar contra su opresión de la manera que represente su propia identidad mejor y más honestamente.

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La masculinidad está matando a los hombres: la construcción del hombre y su desarraigo

Original por Kali Halloway en Alternet, Masculinity is Killing Men: The Roots of Men and Trauma.

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Nota: este artículo se refiere mayoritariamente a experiencias cis.

Damos comienzo al proceso de convertir a los niños en hombres mucho antes del fin de la infancia.

Las tres palabras más dañinas que todo hombre recibe en su niñez es cuando se le emplaza a “ser un hombre” — Joe Ehrmann, entrenador y antiguo jugador de la NFL (Liga Profesional de Fútbol Americano).

No nos engañemos, sabemos desde hace tiempo que muchos hombres están muriendo por culpa de la masculinidad. Mientras que la construcción de lo femenino nos exige a las mujeres ser delgadas, bellas, serviciales y al mismo tiempo, en un precario equilibrio, virginales y follables, la construcción de lo masculino obliga a los hombres demostrar y redemostrar constantemente que, bueno, son eso: hombres.

Ambos conceptos son destructivos pero si nos atenemos a las estadísticas, el número de hombres incluidos y afectados y su, comparativamente, exigua esperanza de vida dan prueba de que la masculinidad es una asesina más efectiva, neutralizando a sus objetivos de manera más rápida y en mayores números. El número de víctimas atribuibles a la masculinidad versan en torno a sus manifestaciones más específicas: alcoholismo, adicción al trabajo y violencia. Aunque no maten explícitamente, sí provocan una especie de muerte espiritual, causando trauma, disociación e, inconscientemente, depresión. (Estos elementos empeoran si nos movemos en términos de raza, clase, orientación sexual y otros factores de opresión, pero concentrémonos en la primera infancia y en la socialización adolescente de manera global.) Citando a la poeta Elizabeth Barret Browning: “no es en la muerte donde los hombres en su mayoría fenecen”. Y, para muchos, el proceso comienza mucho antes de llegar a la adultez.

La emocionalmente dañina masculinización comienza antes de la adolescencia para muchos chicos, en la más tierna infancia. El psicólogo Terry Real, en su libro I Don’t Want to Talk About It: Overcoming the Secret Legacy of Male Depression (No quiero hablar de ello: superar el secreto legado de la depresión masculina) de 1998, desmenuza varios estudios en los que se nos explica que padres y madres, inconscientemente, proyectaron en las criaturas una especie de “masculinidad” innata, y, por tanto, una menor necesidad de confort, protección y afecto justo tras haberse producido el alumbramiento y pese a que los bebés no poseen comportamientos categorizables por género. De hecho, los bebés suelen comportarse de maneras que nuestra sociedad define como “femeninas”. Como Real nos expone: las criaturas llegan a este mundo con una dependencia, expresividad y emociones idénticas, y con el mismo deseo de afecto físico. En los primeros estadios de la vida, todas las criaturas se ciñen más a lo que estereotípicamente se define como femenino. De existir alguna diferencia, está precisamente en los asignados hombres, más sensibles y expresivos que sus pares femeninas. Lloran más a menudo, parecen más frustrados y muestran más enfado cuando la persona al cargo de sus cuidados abandona la sala.

Tanto padres como madres se imaginaron diferencias inherentes al sexo de sus criaturas, asignadas un género u otro. Aunque los especialistas sanitarios se encargaron de medir su peso, tamaño, nivel de altura y fortaleza, los progenitores informaron mayoritariamente que las criaturas asignadas mujeres eran más delicadas y “dulces” que las asignadas hombres, a los que imaginaban más grandes y, por lo general, más “fuertes”. Cuando se ofreció a un grupo de 204 adultos un visionado de la misma criatura llorando y se le entregó a cada persona información distina sobre el género asignado de la criatura,  adjudicaron a la criatura “hembra” una actitud miedosa, mientras que a la criatura “macho” la describieron como “colérica”.

De manera intuitiva, estás diferencias perceptivas provocan a su vez diferencias correlativas en el cuidado parental que posteriormente se acaba aplicando a estas criaturas ya asignadas hombre. En palabras del personal al cargo del estudio: “parecería razonable asumir que una criatura a la que se considera asustada reciba más cariño que una que parece enfadada”. Esta teoría se ve reforzada por otros estudios que cita Real. Todos coinciden en que “en el momento del nacimiento, a las criaturas asignadas hombre se les habla menos que a las asignadas mujer, se les reconforta menos, se les alimenta menos”. En resumidas cuentas, los recortes emocionales hacia nuestros hijos comienzan en el mismo umbral de su vida, en el momento más vulnerable de la misma.

Es este un patrón recurrente a través de toda la infancia y adolescencia. Real hace referencia a un estudio en el cual se nos muestra que tanto madres como padres pusieron énfasis en los “logros y competitividad de sus hijos”, y les enseñaron a “controlar sus emociones”, o lo que es lo mismo, instruir tácitamente a los chicos a ignorar o minimizar sus necesidades o deseos emocionales. De manera similar, tanto padres como madres son más estrictas hacia sus hijos, actuando presumiblemente bajo la premisa de que “pueden con ello”. Beverly I. Fagot, la fallecida investigadora y autora de The Influence of Sex of Child on Parental Reactions to Toddler Children (La Influencia del género de las criaturas preadolescentes ante reacciones parentales), descubrió que tanto padres como madres ofrecían estímulo positivo a sus criaturas ante las muestras de comportamiento “cis” (opuesto a un comportamiento “trans”). Progenitores que explícitamente se mostraban partidarias de la igualdad de género ofrecían, por el contrario, más respuestas positivas a sus hijos cuando jugaban con Legos y más respuestas negativas a sus hijas cuando mostraban actitudes “deportivas”. Se premiaba más los momentos de juego sin vigilancia parental, o “logros individuales” a los chicos y se mostraban más respuestas positivas a las chicas cuando estas requerían ayuda. Como norma, estos progenitores ignoraban el papel activo que estaban jugando en la socialización de sus hijos con arreglo a roles de género. Fagot incluye que todas estas personas adultas afirmaron que educaban de manera ecuánime a sus criaturas, sin prestar atención a su género asignado, una afirmación rebatida totalmente por las conclusiones del estudio.

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Sin duda, estas prontas lecciones transmiten mensajes nefastos tanto a niños como a niñas, con consecuencias irreparables. Sin embargo, mientras que , como afirma Terry Real, “a las chicas les está permitido conservar la expresividad emocional y cultivar la conectividad”, a los chicos se les educa para eliminar esas emociones e incluso se les inculca que su masculinidad depende casi exclusivamente de ello. Muy a pesar de esta realidad carente de lógica, nuestra sociedad ha abrazado completamente el concepto de que la relación entre virilidad y masculinidad es, de algún modo, fortuita y precaria, y se ha tatuado a fuego el mito de que “los chicos habrán de convertirse en hombres… que los chicos, en oposición a las chicas, deben alcanzar la sagrada masculinidad”.

Nuestros pequeños naturalizan estas ideas desde una pronta edad; debatiendo con Real, me informó de estudios que sugieren que estos jóvenes comienzan a ocultar sus sentimientos desde los 3 o los 5 años. “No es que posean menos emociones, es que ya van aprendiendo las reglas del juego: que mejor no las muestren”. Los chicos, según el imaginario popular, se convierten en hombres no solo creciendo, sino siendo sometidos a toda esta socialización. Sin embargo, Real también añade algo que para chicos cis puede parecer obvio: “no necesitan que nadie les haga hombres, ya lo son. Los chicos no necesitan desarrollar su masculinidad”.

Es inconmensurable la influencia de imágenes y mensajes sobre masculinidad implícitos en nuestros medios de comunicación. Miles de series y películas lanzan propaganda a los jóvenes (y a todo el mundo, en realidad) no tanto sobre cómo hombres (y mujeres) ya somos sino cómo deberíamos ser. Aunque hoy día existe mucho material académico sobre la representación de la mujer en los medios de comunicación y también existen miles de análisis deconstructivos de sus perniciosos efectos gracias a feministas, no existe tanto análisis sobre las construcciones masculinas en los mismos. Aun así, reconocemos claramente las características que mediáticamente se valoran entre los hombres en películas, televisión, videojuegos, tebeos, etc.: fortaleza, valor, independencia, la habilidad de proveer y proteger.

Mientras que las representaciones masculinas se han complejizado, se han hecho más variadas y humanas en estos últimos años (ya hace tiempo de El Sargento de Hierro y del arquetipo de Supermán), aún permanece ese privilegio de algunas características “masculinas” sobre otras. En palabras de Amanda D. Lotz en su libro de 2014, Cable Guys: Television and Masculinities in the 21st Century, Chicos de antena: televisión y masculinidades en el siglo XXI, aunque las representaciones masculinas en los medios se han diversificado, “la narración, por otra parte, ha llevado a cabo una importante labor ideológica apoyando de manera constante a personajes masculinos construidos desde el heroísmo o la admiración, denostando al resto. De esta manera, aunque las series de televisión han ampliado su muestra de tipos de hombre y masculinidades, han conservado su “preferencia” o “predilección” por un tipo de masculinidad cuyos atributos se idealizan constantemente.

Conocemos de sobra a este tipo de personajes que se repiten hasta la saciedad. Son los héroes de acción indomables, los psicópatas folladores de Grand Theft Auto, los padres de sitcom alérgicos al trabajo doméstico casados inexplicablemente con bellísimas esposas, los veinteañeros porretas sin oficio ni beneficio que se las apañan para ligarse a la tía buena al final; y, aún, el férreo Superman. Incluso el sensible y amoroso Paul Rudd de algún modo se “masculiniza” antes de los títulos de crédito de sus películas. Es importante reseñar aquí que un estudio de Antiviolencia en televisión concluyó que, de media, los hombres de 18 años en Estados Unidos ya han visionado 26.000 asesinatos en pantalla, “la mayoría de ellos, cometidos por otros hombres.” Añadid ahora estos números a la violencia en el cine u otros medios y las cifras son astronómicas.

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La pronta anulación de los sentimientos en los chicos y nuestra insistencia colectiva para que permanezcan en ese camino han traído como consecuencia el cisma entre ellos y sus sentimientos  y entre ellos mismos y sus yos más vulnerables.  La historiadora Stephanie Coontz ha llamado a esto la “mística masculina”. Deja a las pequeñas criaturas asignadas hombre y posteriormente, a los hombres adultos, desmembrados emocionalmente, con pánico a mostrar debilidad y la mayoría de las veces incapaces de acceder satisfactoriamente, reconocer o enfrentarse a sus sentimientos.

En su libro, Why Men Can’t Feel (El porqué de la asensibilidad masculina), Marvin Allen afirma que “estos mensajes animan a los chicos a ser competitivos, a centrarse en los logros externos, depender de su intelecto, soportar el dolor físico y reprimir sus sentimientos de vulnerabilidad. Cuando alguno de ellos viola el código, lo común es humillarle, ridiculizarle o avergonzarle.” El cliché cultural sobre los hombres totalmente disociados de sus sentimientos no tiene nada que ver con la virilidad, más bien es el indicativo de unos códigos de conducta religiosamente transmitidos, en su mayoría por padres y madres bienintencionadas y globalmente por la sociedad. En palabras de Terry Real en la charla que mantuvimos, este proceso de desconexión de los chicos de su yo “femenino”, o, más adecuadamente, “humano”, es tremendamente dañino. “Cada paso es perjudicial”, indica Real, “es traumático. Es traumático que te fuercen a abdicar de la mitad de tu propia humanidad”.

Este dolor se aplana una vez que los hombres canalizamos nuestros sentimientos de necesidad emocional y vulnerabilidad. Mientras que las mujeres naturalizan su dolor, los hombres lo exteriorizamos, hacia nosotros mismos o hacia otros. En palabras de Real, las mujeres “se responsabilizan, se sienten mal, lo saben y luchan por dejar de estarlo. Los hombres solemos externalizar el estrés. Lo exteriorizamos y nos olvidamos de nuestra responsabilidad en ello. Es lo contrario a la autoinculpación, es como sentirse una víctima colérica. La Asociación Nacional de Trastornos Mentales recoge en sus datos que, incluyendo criterios de etnicidad, las mujeres son el doble de propensas a sufrir depresión que los hombres, pero Real está convencido de que los comportamientos exteriorizantes de los hombres sirven para enmascarar depresión, que en la mayoría de casos nunca obtiene ni diagnóstico ni reconocimiento.

 contrarioEjemplos de estos comportamientos destructivos abarcan desde lo socialmente permitido, como la adicción al trabajo, a lo punible, como la adicción a las drogas o la violencia. Los hombres tienen el doble de posibilidades de ser víctimas de trastornos de ira. Según datos del Centro de Control de Epidemias de Atlanta, los hombres ingieren más alcohol estadísticamente que las mujeres, ocasionando “una tasa más alta de hospitalizaciones y muertes relacionadas con la ingesta de alcohol.  (Posiblemente porque hombres bajo la influencia del alcohol tienen más posibilidades de entablar otras conductas de riesgo, como el exceso de velocidad al vehículo o circular sin cinturón de seguridad)”. Los chicos tienen más probabilidad de consumir drogas antes de los doce que las chicas, lo que da lugar a una tasa más alta de consumo de drogas en hombres que en mujeres en edades más avanzadas. Los hombres en Estados Unidos son más susceptibles de asesinar (90’5% de todos los asesinatos) y de ser asesinados (76’8% de las víctimas), algo que también se extiende a ellos mismos: los hombres disponen de su propia vida cuatro veces más que las mujeres, y copan el 80% de los suicidios.” (Es interesante que por el contrario, las estimaciones de intentos de suicidio entre mujeres sean tres o cuatro veces superiores a la de los hombres.) Y según Prisiones, el 93% de la población reclusa son hombres.

Los efectos dañinos de este sesgo emocional que ya hemos detallado también interfieren en la brecha de género de la esperanza de vida. Según Terry Real:

“La voluntad masculina para minimizar la debilidad y el dolor es tal que ha pasado a ser un factor de disminución de esperanza de vida. Los diez años de diferencia entre la esperanza de mujeres y hombres poco tiene que ver con la genética. Los hombres morimos antes porque nos descuidamos: tardamos más en reconocer que estamos enfermos, tardamos más en pedir ayuda y una vez que nos ha sido asignado un tratamiento, somos menos consecuentes con él que las mujeres”.

La masculinidad es difícil de conseguir e imposible de mantener, un hecho que Real incluye y que queda de manifiesto en la frase “frágil ego masculino”. Como la autoestima masculina descansa temblorosamente sobre el frágil suelo de la construcción social, el esfuerzo para mantenerla es agotador. Intentar evitar la humillación que queda una vez esta se ha desvanecido puede llevar a muchos hombres a finales peligrosos. No pretendo absolver a muchos hombres de la responsabilidad de sus actos, solo señalar las fuerzas que subyacen bajo este sistema de conductas que comúnmente atribuimos a criterios individuales, ignorando sus causas de fondo.

James Giligan, exdirector del Centro de Estudios sobre Violencia de la Facultad de Medicina de Harvard ha escrito numerosos tomos al respecto de la violencia masculina y sus fuentes. En una entrevista en 2013 para MenAlive, un blog de salud masculina, Giligan habló de sus conclusiones: “aún no he descubierto una sola muestra de violencia que no haya sido provocada por una experiencia de humillación, falta de respeto y ridiculización y que no representara un intento para prevenir o deshacer esa “caída de máscara”, independientemente de lo severo de su castigo, incluyendo la muerte”.

Muy a menudo, hombres que sufren continúan haciéndolo en soledad porque creen firmemente que mostrar su dolor personal es equivalente a haber fracasado como hombres. “Como sociedad, respetamos más a los heridos silentes, explica Terry Real, a aquellos que ocultan sus dificultades, que a aquellos que dejan fluir su estado”. Y, como con otras cosas, el coste, tanto humano como en dinero real, de no reconocer esta tortura masculina es mayor que el de atender estas heridas, o evitar provocarlas desde un principio. Es de vital importancia que nos tomemos en serio lo que le hacemos a los pequeños asignados hombre al nacer, cómo lo hacemos y el altísimo coste emocional provocado por la masculinidad, que convierte a pequeños emocionalmente completos en adultos debilitados sentimentalmente.

Cuando la masculinidad se define mediante su ausencia, cuando se asienta en el concepto falaz y absurdo de que la única manera de ser un hombre es no reconocer una parte esencial de ti mismo, las consecuencias son despiadadas y parten el alma. La disociación y desarraigo consecuentes dejan al hombre más vulnerable, susceptible y en necesidad de muletas para soportar el dolor creado por nuestras solicitudes de masculinidad. De nuevo en palabras de Terry Real: “para las mujeres, la naturalización del dolor las debilita y dificulta el establecimiento de una comunicación directa. La tendencia de un hombre deprimido a externalizar el dolor puede convertirle en alguien psicológicamente peligroso.”

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Hemos establecido un patrón injusto e inalcanzable, y, tratando de vivir con arreglo al mismo, muchos hombres están siendo asesinados lentamente. Debemos superar nuestros obsoletos conceptos de masculinidad y nuestras consideraciones sobre lo que es ser un hombre. Debemos comenzar a ver a los hombres como realmente no son, sin necesidad de probar que lo son, para ellos o para el resto del mundo.

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Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión

Original por Chris Boeskool en Theboeskool.

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Nunca he recibido un puñetazo en la cara. Ni siquiera me he visto involucrado en ninguna pelea. No soy alguien que se meta en peleas, si acaso en “discusiones”. No es que me de miedo meterme en broncas, en varias ocasiones me he colocado en situaciones susceptibles de haber acabado en pelea, es que no me veo como el tío que da la primera leche, más bien soy el que rebaja el tono de la gresca con algo de lógica o humor. Una de las consecuencias de ser este tipo de tío es que al otro tipo de tío, ese de gresca fácil, por lo general no le caigo bien. Al menos al principio, solemos caernos bien después. Y no siempre. A veces no puedes hacerte con todos.

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La primera regla del Club de los Blancos es que no se habla del Club de los Blancos

Me  mudé a Nashville, en el sur de los Estados Unidos, sin conocer a nadie. Conseguí un trabajo de camarero en mi segundo día de estancia y, casi de inmediato, me convertí en uno de los camareros favoritos de la directiva, lo que me facilitó el acceso a mejores turnos, mejores secciones y mejor salario. Nueve meses después de llegar yo, contrataron a otro tipo. Nos caímos mal desde el minuto uno. A él no le molaban mis comentarios audaces y a mí no me molaba la manera que tenía de entrar a un lugar y parecer el amo y señor del mismo. Se movía por todas partes con esa altanería repelente, como que todo fuera suyo y que la presencia de otras personas se debiera a una especie de tolerancia por su parte, siempre y cuando nos apartáramos de su camino. Se corrían rumores sobre que el tipo había estado en la cárcel, y junto con otras pruebas, me quedó claro que era del tipo de tío que no es propicio a rebajar el tono en un momento de gresca. Era el tipo de tío perfectamente consciente de su fuerza, podías sentir que bajo la superficie bullía un torrente de energía que silenciosamente de desafiaba a decirle algo. Sin duda, me intimidaba.

Me molestó un poco al principio cuando, tan solo tras un mes de estar él trabajando ahí, ya estaba haciendo turnos en alguna de las mejores secciones… una boca más que alimentar significaba menos dinero para mí. Aun así, creo que hacía bien su trabajo; sin embargo, nada me hinchaba más las narices que lo siguiente: Chuck (le llamábamos Chuck pese a que ese no era su nombre, sin embargo, Chuck era un nombre que le pegaba) tenía la costumbre de caminar hacia a ti y SISTEMÁTICAMENTE confiar en que TÚ te ibas a apartar de su camino. Con las chicas no lo hacía, pero con otros tipos (especialmente yo), no variaba su camino y, sin establecer contacto visual, continuaba andando esperando a que tú te apartaras. En caso de no hacerlo, tu destino era impactar contra esa masa hercúlea y agresiva que parecía anhelar que alguien cuestionara su camino preestablecido. Esta parecía la descripción más típica de la vida de Chuck: andar recto hacia otras personas esperando a que se aparten. Hasta que un día…

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Ya estaba harto. Me quedé pensando: ¿por qué me estoy apartando del camino de este tío todo el rato? Lo más habitual en cualquier parte del mundo es que si dos personas transcurren por la misma dirección en sentido inverso, ambas se hagan un poquito a un lado, facilitándose recíprocamente ambas el paso. ¿Qué derecho tenía el tipo este a PRESUPONER que era yo el que tenía que apartarme? Otro pensamiento empezó a inundar mi mente: ¿y si ya no me aparto? ¿Y si sigo andando como si nada? Estaba harto de jugar con sus reglas, así que esa tarde, cuando me le encontré por el pasillo del restaurante (ambos nos movíamos muy rápido) caminando hacia a mí, comencé a andar hacia él, sin desviarme. No soy un gigante, pero sí lo suficientemente sólido como para mantenerme en pie (especialmente en momentos de colisión inminente), así que cuando impactó en mí se trastabiló y dio una vuelta sobre sí mismo. Allí mismo, enfrente de toda la clientela, dijo: ¿pero de qué coño vas, tío? ¿Estás bien? Le contesté. Estaba furioso y no dejaba de preguntarme por qué me había abalanzado sobre él. Le dije: Chuck, tan solo andaba de frente, ¿Por qué asumiste que el que me tenía que apartar era yo? Comenzó a perseguirme por todo el restaurante intentando caldear el ambiente para provocar un conflicto. Acabó parándome en frente de una mesa y cuando le espeté algo así como bienvenido al Planeta Tierra, me propinó un empujón durísimo. No fue un empujón del estilo que te ponen las manos en el pecho y empujan, sino del que las manos te golpean cuando ya van a mucha velocidad, y hace bastante ruido. Todos sus músculos de gimnasio descargaron sus energías sobre mí, sobre esa persona que se atrevió a cuestionar su derecho de paso, y caí dos pasos hacia atrás.

Me alejé de él mientras sentía mi corazón latir en mis orejas. Pensé en qué hacer, en si debería decirle algo al gerente (no me pareció buena idea), en si debería decirle algo más a Chuck (me pareció PEOR idea)… Así que decidí esquivarle y dejar que se calmara. Quince minutos después el gerente me llamó para hablar. Me dijo que un cliente había visto a Chuck empujarme de manera violenta, y que se había quejado describiendo los hechos (los describió como que hubiera recibido un “golpe” aunque fue un empujón). Le conté lo que ocurrió, sobre lo de que él siempre asumía que era yo el que me apartaría de su camino y lo de que por una vez, no lo hice, sobre la bronca y el empujón del final. Era un restaurante de empresarios, así que se tomaron todo muy en serio. El gerente rellenó un informe de incidencias y me pregunto si deseaba presentar cargos y si deseaba que le despidieran. Contesté que no quería verle perder su trabajo, solo que reconociera que todo el mundo tenemos derecho a paso, tanto como él.

Toda esta historia volvió a mi memoria al leer esta gran cita (de quien, por desgracia, no he encontrado autor o autora aún, así que permanece como “anónimo”):

Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión.

Y todo pareció cobrar sentido: toda esta rabia de la gente que grita “All Lives Matter” (todas las vidas importan) en respuesta a las manifestaciones convocadas por activistas de etnia negra en respuesta a los recientes asesinatos de jóvenes negros por la policía, todo el cabreo de la gente que proclama que SU “libertad religiosa” está siendo atacada por las parejas gays que se casan, toda esa gente escupiendo su odio contra inmigrantes o musulmanes o contra esa “moda” que les impide decir racistadas sin ser llamados racistas. Son la gente que ha crecido en un mundo en el que podían andar hacia otras personas y sabiendo que las demás se apartarían. Así que cuando “esa gente” en su trayectoria NO se aparta, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿por qué tengo que apartarme yo del camino de este colega?, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿y si no me muevo? ¿y si sigo andando como si nada? Cuando esa gente empieza a a darse cuenta de que tienen el mismo derecho a circular por el pasillo como cualquier otra… puede parecer que SUS derechos estén siendo vulnerados.

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La igualdad PUEDE parecer opresión, pero no lo es. Lo que sientes es la molestia de estar perdiendo ese privilegio, la misma molestia que en nuestra niñez sentimos cuando vamos a la guardería y descubrimos que otras personitas quieren jugar con el mismo juegue que nosotras. Es como la molestia que siente ese anciano acostumbrado a nadar en una piscina para él solo a la que ahora pueden acceder todos los miembros de la comunidad mientras grita: ¿¡y mi derecho a nadar yo solo en la piscina!?

La situación actual nos muestra ira por ambas partes. Por un lado, las personas enrabietadas porque “esa gente” se está colando en “su” piscina. O porque tienen que compartir sus juguetes con el resto del jardín de infancia. Les enfada que les llamen racistas solo porque dicen cosas racistas o tienen pensamientos racistas. Les enfada tener que tener en consideración a esa otra persona cuya trayectoria de paso comparten. Por otro lado está la gente que opina que la piscina es para todo el mundo, la que opina que lo correcto cuando llegamos al jardín de infancia es enseñarnos a compartir juguetes, la que opina que para respetar a los demás hay que prestar atención al uso del lenguaje, la que se posiciona en solidaridad junto a las personas que reclaman su derecho a existir… Las que legítimamente siente enfado al tener que apartarse siempre del camino. Las que se preguntan ¿y si sigo andando como si nada?

¿Qué tipo de persona eres tú?

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Desmontando el mito de “la homosexualidad no es cosa de África”.

Original por Abel Shifferaw en OkayAfrica, Disscting The “Homosexuality is Un-African” Myth

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).Mastaba-tomb-of-the-brothers-Niankhkhnum-Khnumhotep-egypt-715x537.jpgKhnumhotep and Niankhkhnum.

Aunque tipos como el matusalén zimbabuense Robert Mugabe defiendan que la homosexualidad es algún tipo de embrujo tribal del que el occidente imperialista hace uso para destruir a la población africana a través del sida, lo cierto es que bueno, más bien no, amigo.

Intentare mostraros aquí muy brevemente algunos hechos para que luego consideréis lo verídico de esta conspiración imperialista, aquí van:

El Afrobarómetro, una red panafricana e independiente controlada por personas del continente negro que dirige encuestas públicas de tendencia sobre democracia, gobierno, condiciones económicas y similares, hizo público recientemente un informe basado en cincuenta mil entrevistas realizadas en más de treinta países del continente con el título ¿Buenos vecinos? El pueblo africano muestra un alto nivel de tolerancia para la mayoría de convecinos, pero no todos. La mayoría representaban inmigrantes, personas de otra religión y etnicidad; no todos eran las personas de la comunidad LGBTQ. De las personas encuestadas, solo el 21 por ciento contestó que le resultaba indiferente vivir al lado de alguien sexodivergente.

Este tipo de tendencias son consecuencia de una última oleada de leyes restrictivas hacia la comunidad sexodivergente a lo largo del continente. Una de ellas se aprobó en Uganda en 2014 y condena a toda persona acusada de homosexualidad a cadena perpetua. En Nigeria está penado con 14 años el sentirte atraído por tu mismo género. Por la misma, puedes asesinar a alguien y ser culpable de homicidio involuntario, que la pena impuesta será menor. En 2014, Chimamanda Ngozi Adichie, novelista nigeriana, escribió al respecto de la nueva legislación restrictiva de su país: un crimen lo es por una razón, hay víctimas. Un crimen hace daño a una sociedad, ¿en qué se basan para considerar la homosexualidad un crimen? Las personas no causan perjuicio a una sociedad por su forma de amar o a quién aman. Esta ley no prevendrá el crimen, al contrario, promoverá crímenes de odio, y ya los hay actualmente; en muchos lugares de Nigeria se están llevando a cabo ataques contra personas sospechosas de homosexualidad.

El mes pasado, a Akinnifesi Olumide Olubunmi, hombre acusado de homosexualidad en el Estado de Ondo, Nigeria, una turba, vistiéndose a la vez de jurado, juez y verdugo, le sometió a linchamiento hasta causarle la muerte.

El informe del Afrobarómetro da constancia de que el podio del país menos tolerante se lo lleva Senegal, con un 3 por ciento de senegaleses a los que no les importaría vivir pared con pared con un o una homosexual. Esto suma un total de 97 por ciento de senegaleses contrarios a convivir en su vecindario con personas LGBTQ. Guinea va segunda y luego ya Burkina Faso, Níger, Malawi y Sierra Leona, con un ínfimo 6 por ciento de tolerancia. Los países más tolerantes, por el contrario, son Cabo Verde, con un 74 por ciento al que no le molesta convivir con homosexuales; Sudáfrica, con un 67 por ciento y Mozambique con un 56.

afrobarometer-tolerance-in-africa-survey-copy-715x373Del informe de Afrobarómetro: ¿Buenos vecinos? El pueblo africano muestra un alto nivel de tolerancia para la mayoría de convecinos, pero no todos.

Muy bien, ahora pongámonos las boinas de viajar en el tiempo y busquemos la primera relación (presuntamente) homosexual de la que tenemos registros en toda la historia. Buf, follón, a Mugabe esto no le va a molar. Nos vamos hasta el Antiguo Egipto, en el continente al que Mugabe llama hogar, en torno al 2400 A.C., como diez años antes de que naciera el bueno de Robert. Conocemos a Khnumhotep y Niankhkhnum, supervisores de manicura en el palacio del Rey Niuserre, durante la quinceava dinastía de los faraones de Egipto. Ojo, que aunque soy partidario de que la imposición de género y sus roles imperativos desaparezcan, sé que en muchos círculos, especialmente al que pertenece Mugabe, las asignaciones de estos muchachos, podrían ser muestra clara de su orientación sexual.

En antiguos murales aparecen reflejados dos hombres abrazándose y frotándose nariz con nariz, algo equivalente a besarse para el Egipto antiguo. Sus nombres cambiaron en algún momento de la historia y a la traducción Niankhkhnum significaría unido a la vida y Khnumhotep significaría unido al sagrado estado de la muerte. Sí, y sus nombres juntitos significaría algo así como unidos en vida y unidos en muerte.

Pese a que ambos provenían de familias heteronormativas, de lo mono del significado de sus nombres juntos y del hecho de que hicieran real su promesa y consiguieran ser enterrados juntos, existe un intenso debate en el seno de la egiptología al respecto de la naturaleza de su relación y su orientación. Según encuestas del Centro de Estudios Pew de 2013, el 95 por ciento de la población egipcia actual rechaza abiertamente la homosexualidad.

El concepto de que la homosexualidad no existía en África antes de la avalancha colonial europea es falsa; es más, fueron los colonialistas europeos los primeros en legislar la penalización de la sodomía o la homosexualidad por todo el continente, sustentando su supuesta guía moral en textos como la Biblia. Antes de la imposición de estos códigos, personas homosexuales y trans ya existían y vivían acorde a los grados de tolerancia de sus respectivas sociedades. Bueno, y de hecho, ahora que lo pienso, sí que existe esa conspiración de la que hablaba al principio, pero de una manera distinta a la que pensamos: lo único invasivo en África no es la homosexualidad, es la homofobia. Y si vamos más allá, podemos argumentar que decir que algo no es africano es algo típicamente reduccionista si tenemos en cuenta el enorme tamaño y diversidad del continente.

En noticias recientes que nos llegan de Kenya, los derechos LGBTQ, algo que el presidente Kenyatta proclamó que no era algo que debatir, al final sí, es algo (que ya era, por cierto) que debatir. Las autoridades solicitaron el bloqueo del acceso a través de Google a una versión interpretada por un grupo de rap nigeriano del himno en favor de la sexodivergencia de Macklemore y Ryan Lewis porque no acataba la moral del país.

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Revolución y nativos americanos: el marxismo es algo tan ajeno a mi cultura como el capitalismo. PARTE 2

Original por Russel Means (oral) transcrito en Black Hawk Productions.

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Primera parte: Revolución y nativos americanos: el marxismo es algo tan ajeno a mi cultura como el capitalismo. PARTE 1.

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Llegados a este punto tengo que pararme y reflexionar sobre el alcance de mis palabras. El marxismo tiene una historia, ¿confirma esta historia mis observaciones? Echándole un vistazo al proceso de industrialización en la Unión Soviética a partir de los años veinte, puedo vislumbrar que esos marxistas hicieron en sesenta años lo que la Revolución Industrial inglesa en trescientos. El territorio de la URSS solía albergar a múltiples tribus que fueron dispersadas para dejar lugar a nuevas industrias. Los soviéticos solían referirse a esto como la “Cuestión Nacional”, la cuestión sobre si las poblaciones tribales tenían derecho a existir como pueblos. La decisión final sacrificar a estas poblaciones, razonablemente, en favor de la industria. Al igual que en China y en Vietnam, donde los marxistas imponen un orden industrial a expensas del desplazamiento y evacuación de los pueblos indígenas de las montañas.

Los científicos soviéticos afirman que cuando se agote el uranio, encontraremos otras alternativas. Veo a vietnamitas ocupar una central nuclear abandonada por el ejército de EEUU, ¿creéis que la han desmantelado? En absoluto, están haciendo uso de ella, algo parecido a lo que hace China con sus bombas nucleares mientras desarrolla sus reactores y pone a punto su programa espacial para colonizar y explotar planetas a la manera de los europeos con este hemisferio. La misma historia, pero a mayor velocidad esta vez.

El paradigma de los soviéticos es interesante. ¿Conocen acaso la fuente de energía alternativa de la que podremos hacer uso? En absoluto, solo tienen fe, ya lo descubrirá la ciencia. He oído a marxistas puros decir, un criterio sobre el cual sustentan sus acciones, que la destrucción del entorno, la polución y la radiación en un futuro se controlarán. ¿Cómo? Ya lo descubrirá la ciencia, seguro. Este tipo de fe es el que tradicionalmente se ha conocido en Europa como religión. La ciencia se ha convertido en una nueva religión para los europeos capitalistas y comunistas, ambos inseparables y cosustancialmente parte de la misma cultura. En la teoría y en la práctica, el marxismo necesita que los pueblos no europeos abandonen sus valores, tradiciones y existencia como cultura para mutar en grupos humanos adeptos a la ciencia en el seno de una sociedad marxista e industrializada.

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No considero que el capitalismo sea el único responsable de la situación actual del pueblo indio y la declaración de zona de exclusión de sus tierras. No, creo que la responsable es la misma tradición europea, la cultura europea en sí misma, de la cual el marxismo es su continuación más moderna, no una panacea para la misma. Aliarnos con los marxistas significaría aliarnos con las mismas fuerzas que nos consideran un coste asumible.

Existe una alternativa: el modelo de vida tradicional lakota y los usos del pueblo indio. El modelo que defiende que los seres humanos no tienen ningún derecho a destruir a la Madre Tierra, que existen fuerzas más allá de lo que la mente europea ha logrado concebir, que la especie debemos vivir nuestras relaciones con armonía y que esas relaciones en última instancia acabarán con la discordia. Un énfasis asimétrico en lo humano por lo humano con una falta de respeto absoluto por las relaciones naturales, la arrogante manera de actuar europea, solo puede dar lugar a una total discordia y un brusco reajuste que ponga a los arrogantes humanos de nuevo en su lugar, que les dé un baño de realidad más allá de su control para que de nuevo regrese la armonía. No hace falta una teoría revolucionaria que nos indique cómo conseguir esto, es algo que tenemos a nuestro alcance. La gente de este planeta que habita la naturaleza es consciente de ello y no necesita teorizar sobre ello. La teoría es un abstracto, nuestro conocimiento es real.

Reducidos a su mínimo común, la fe europea, incluyendo la actual fe en la ciencia, coincide en que el ser humano es Dios. Europa siempre ha ido tras un mesías, sea Jesucristo, Karl Marx o Albert Einstein. El pueblo indio consideramos eso como algo absurdo. El ser humano es la criatura más débil de todas, tanto que otras criaturas abandonan alimentos gracias a los cuales podemos sobrevivir. Solo somos capaces de sobrevivir a través del ejercicio del raciocinio ya que carecemos de las habilidades de las que disponen otras criaturas para obtener comida, como el uso de colmillos o garras.

Sin embargo, el raciocinio es una maldición porque puede provocar que los humanos olvidemos el orden natural de las cosas, peligro que no subyace para otras criaturas, pero sí para el pueblo indio y al europeo, al que le ocurre de manera habitual. Nosotros damos gracias al ciervo por su carne; el europeo simplemente coge su carne sin más y considera al ciervo como algo inferior. El europeo se considera un dios en su racionalismo y cientifismo. Dios es el ser supremo y todo lo demás es inferior.

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Toda la tradición europea, entre la que incluyo el marxismo, ha conspirado para socavar el orden natural de las cosas. La Madre Tierra y los poderes han sido agredidos, algo que no puede continuar así, y no hay teoría que pueda modificar esta realidad. La Madre Tierra contraatacará, junto con la naturaleza, y sus agresores serán eliminados. Se cerrará el círculo, todo volverá al principio. Esta es la verdadera revolución y también una profecía de mi pueblo, el Hopi, entre otros.

El pueblo indio ha intentado transmitir esto al europeo durante siglos pero, como ya he dicho, el europeo ha hecho oídos sordos.  El orden natural prevalecerá y los criminales desaparecerán a la manera del ciervo que muere cuando atenta contra la armonía superpoblando una región. Es cuestión de tiempo que se produzca lo que los europeos llaman una catástrofe de proporciones bíblicas. Nuestro deber como pueblos indios, como seres naturales, es sobrevivir. Una parte de sobrevivir implica resistir. Resistimos no para deponer a un gobierno y alcanzar el poder, sino para resistir a la exterminación, para sobrevivir. No queremos el poder de las instituciones blancas, queremos que estas desaparezcan. Eso es revolución.

El pueblo indio aún continúa en contacto con esas realidades, esas profecías y toda la tradición de nuestros ancestros. Aprendemos de nuestros mayores, de la naturaleza y de sus poderes y cuando la catástrofe haya concluido, nuestro pueblo prevalecerá para repoblar este hemisferio. Me es indiferente si tan solo permanece una pequeña comunidad en lo más alto de los Andes, el pueblo indio sobrevivirá y retornará la armonía. Eso es revolución.

Una vez aquí, permitidme mostrarme claro con un asunto, aunque ya debiera parecerlo tras todo lo que vengo diciendo. Al hablar del término europeo, no estoy hablando de un determinado color de piel o de una cierta estructura genómica, hablo del pensar europeo, una visión del mundo producto exclusivo de la cultura europea. Nadie está determinado genéticamente para pensar así, al contrario, se nos culturiza para ello, tanto al pueblo o indio como a cualquier otro pueblo.

Muchos individuos de nuestro pueblo comparten los valores y la visión del europeo. Tenemos un término para estas personas, manzana, de piel roja (genética) por fuera y de piel blanca (valores) por dentro. Otras comunidades tienen sus propios términos parejos: las negras tienen a sus oreos, las hispanas tienen a sus cocos, etc. Y, como he señalado antes, hay excepciones a la norma entre la gente blanca: blanca por fuera pero no por dentro, pero no sé qué término aplicarles más allá de seres humanos.

Lo que propongo aquí no tiene que ver con lo racial sino con lo cultural. Soy enemigo de aquellas gentes que defienden y legitiman las realidades de la cultural europea y el industrialismo. Soy aliado de aquellas otras que se oponen y luchan contra ellas; lo son tanto mías como de mi pueblo. Y me es absolutamente indiferente su color de piel: el término técnico para definir a la raza blanca es caucásico, a lo que yo me opongo es a lo europeo.

Los comunistas vietnamitas no son caucásicos pero funcionan mentalmente como europeos. Igual que los comunistas chinos, los capitalistas japoneses, los bantúes católicos o los jefes de nuestras reservas que pretenden vender nuestras tierras y fundar casinos. No hay nada de racismo aquí: solo el reconocimiento de cómo la mente y el espíritu se conforman a través de la cultura.

Creo que soy un nacionalista cultural en términos marxistas. Mi trabajo está principalmente con el pueblo lakota porque comparto con ellos una visión común de la realidad y la misma lucha. También trabajo con otros pueblos indios por motivos muy similares. Y más allá de ahí trabajo con cualquiera que haya experimentado la opresión colonial europea y que ofrezca resistencia a su totalitarismo industrial. Aquí entran pueblos genéticamente caucásicos que tradicionalmente han ofrecido resistencia a las normas europeas dominantes, como el vasco o el irlandés, pero sin duda existen más.

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Trabajo principalmente con mi gente, con mi comunidad, algo que recomiendo a todos aquellos grupos humanos con una visión no europeizante de las cosas. Creo en la máxima cree en la perspectiva de tu prójimo, donde se incluyen todos los géneros. Creo en las perspectivas comunales y culturales de todas las etnias resistentes a la industrialización y a la consiguiente extinción. Personas blancas, a título individual, pueden ser también partícipes de esto únicamente si han reconocido que la continuidad del sistema industrial no es una simple posibilidad, sino el suicidio del ser humano como especie. El blanco es uno de los colores sagrados del pueblo lakota, junto al rojo, amarillo y negro. Los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones, los cuatro periodos vitales del ser humano. Las cuatro etnias de la humanidad. Mezcla rojo, amarillo, blanco y negro y obtén el marrón, el color de la quinta etnia.. Este es el orden natural de las cosas. Por eso me parece perfectamente conveniente trabajar con todas las razas, con el significado particular de cada una, con su identidad y su manera de comunicarse.

Sin embargo, entre el caucásico suele predominar un comportamiento particular: tan pronto como empiezas a criticar activamente a Europa y a su impacto en otras culturas, se pone a la defensiva aunque el ataque no se dirija a ellos exactamente, sino a Europa. Es decir, al concretar mis críticas en Europa personalizan la cultura europea identificándose con la misma, y, por ello, tratan de legitimar una cultura letal. Este malentendido debe superarse ya mismo, nadie tenemos las fuerzas suficientes como para enfrascarnos en esta batalla inútil.

El caucásico posee una perspectiva mucho más positiva que ofertar a la humanidad que la de la cultura europea, pero es preciso que abandonen esta cultura para que esta visión prospere y para que, junto al resto de la humanidad, el hacer y el ser de Europa queden en evidencia.

Continuar aferrándose al capitalismo, marxismo o cualquier otro ismo significa permanecer dentro de la cultura europea, sin alternativa alguna. Algo que, por otra parte, sigue siendo una elección, una elección basada en criterios culturales, no étnicos, y optar por la cultura europea y el industrialismo es optar por ser mi enemigo. La elección es vuestra, no mía.

Al respecto de los miembros de mi pueblo que acuden a las universidades, viven en los extrarradios de las ciudades o se internan en las instituciones: si os metéis ahí para ejercer una resistencia de manera acorde a vuestros valores, bien, no sé cómo lo conseguiréis, pero vale. Eso sí, no os desgajéis de la realidad. Ojo con creer que el mundo blanco nos ofrece unas soluciones a los problemas que él mismo causa. Ojo también con que las palabras de nuestro pueblo se vuelvan en nuestra contra y sean usadas por nuestros enemigos, algo que Europa ha perfeccionado bien. Y si no, ojead los tratados entre los pueblos indioamericanos y los gobiernos europeos firmados a lo largo de la historia. Obtened fortaleza a través de vosotros mismos.

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Una cultura que muy comúnmente confunde algarada con resistencia no tiene nada que enseñarte y nada que ofrecerte como modo de vida. Hace mucho que el europeo ha abandonado cualquier relación con la misma realidad, si acaso alguna vez lo estuvo al mismo nivel que tú como nativo.

Así que, finalmente, concluyo que empujar a alguien al marxismo es algo que no deseo en absoluto. El marxismo es algo tan ajeno a mi cultura como lo es el capitalismo y el cristianismo. Es más, no intento empujar a nadie a nada. Cuando era más joven, los medios blancos acostumbraban a tratarme de líder, como gustan de hacer, en un momento en el que el Movimiento Indioamericano era una organización novísima. Entendí a partir de ahí que no puedes serlo todo para todo el mundo. No quiero que mis enemigos me revistan en esos términos. No soy un líder, soy un patriota Oglala lakota, lo único que necesito y algo que me hace muy feliz.

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Llamemos al trabajo sexual por su nombre: trabajo.

Original en The Nation, Let’s Call Sex Work  What It Is: Workpor Melissa Grant.

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Criminalizar a las trabajadoras del sexo no mejorará sus vidas. Otorgarles derechos, sí.

Artículo adaptado de Playing the Whore: The Work of Sex Work, de Melissa Grant.

No hay una única industria del sexo. El negocio de las escorts, la prostitución callejera, las azaxfatas, strippers o la grabación de vídeos sexuales o por webcam… El abanico de ocupaciones que abarca la industria del sexo hace que hablar de una única industria se quede corto. El abogar por la eliminación de todo el comercio sexual a partir de esa visión limitada puede conllevar el riesgo de apelar a un concepto tan plano y superficial cuya consecuencia sería el reforzamiento de que todo el sexo que se puede obtener a través de dinero tiene su origen en el mismo fenómeno: violencia, anormalidad o desesperación.

En muchos sentidos, la industria del sexo es solo un parte del océano de la economía sumergida, ese mercado oculto de puestos de trabajo con varios niveles de regulación y legalidad. En esta economía, aquella industria que opera bajo la más intensa criminalización en las áreas menos reconocidas posee una capacidad organizativa que se mantiene oculta deliberadamente. Las trabajadoras de este tipo de sectores se encuentran presas en una ciudad flotante, como el sociólogo Sudhir Venkatesh la describió en su libro homónimo, una ciudad en los confines de una sociedad legítima. Sin embargo, parece que los académicos de la economía sumergida, que han esquematizado las ocupaciones de recogedores furtivos de basura, vendedores ambulantes,  falsificadores y contrabandistas no le han otorgado el mismo valor al trabajo sexual porque es ilegal, porque presta un servicio y porque en la mayoría de los casos, sus trabajadoras son mujeres.

Describiré a continuación algunas ocupaciones que estos sabios de la economía sumergida han obviado: en primer lugar, una mazmorra muy popular, que es en realidad una casa en un barrio residencial en el extrarradio de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, conectada por transporte público a su distrito administrativo y a todas aquellas personas que trabajan allí. No es un lugar marginal, ni mucho menos transgresor, tan solo es una mazmorra en las que aquellos clientes que busquen contratar los servicios de sus trabajadoras sepan qué se pueden encontrar. Es decir, algo distinto a un sitio de masajes o a un club de caballeros. A nadie se le encadena contra su voluntad, solo a quien paga por ello y siempre por un tiempo determinado previamente acordado.

En estas mazmorras, el cliente sabe que tiene a su disposición a varias trabajadoras de varios departamentos. Algunas de ellas le facilitarán lo que pide y otras no. Una recepcionista le atenderá las llamadas o le contestará a sus correos o le remitirá a otra trabajadora que podrá ayudarle en lo que necesita con arreglo a las preferencias de la trabajadora y a la disponibilidad mutua. Algunas de estas mazmorras publican las especialidades de sus profesionales en su página web e incluso les incluyen en una lista junto a un enlace donde aparece su teléfono, los cuales también pueden turnarse entre la recepción, en la adjudicación de sus clientes al resto de trabajadoras según su sección. Tras cada adjudicación, la trabajadora redacta un pequeño informe y lo archiva para tener una referencia de ese cliente en caso de futuras llamadas para facilitar el trabajo al resto. La mazmorra se encuentra sumergida solo porque el valor de su trabajo producido no figura como trabajo real. Hay reuniones de departamento, horarios y reparto de comisiones en base a antigüedad. Llegan facturas y se pagan, igual que los impuestos sobre la propiedad. En ocasiones puede que el administrador dé leves referencias de empleo y puede que en otras despida a gente.

Hay un grupo de personas en la mazmorra que se hacen cargo de un trabajo que no remunerado: los múltiples amos de casa que llaman a diario para pedir ir a limpiar. Las empleadas de la mazmorra saben que gestionar las fantasías de esclavitud de estos hombres es en sí una ocupación, aunque solo tengan que cerciorarse que toda la cubertería y vajilla permanecen intactas tras el paso de estos esclavos. Que no cuente como precedente esto ante las décadas de debate feminista sobre el valor del trabajo doméstico, pero ¿y lo gratificante que resulta que los amos de casa se conformen con la la remuneración que les otorga un fregadero vacío?

En la otra punta del país, existe una agencia de escorts gestionada por R. en una pequeña ciudad gestionada., una persona que solo se encarga de pagar por un anuncio en la contraportada de un periódico y del móvil a los que los clientes llaman tras ver el anuncio. La mujer con la que comparte anuncio y línea le paga a R. una parte de lo obtenido en cada cita de media hora que consigue mediante el anuncio, para así no tener necesitar plena disponibilidad para coger el teléfono o facilitar datos sobre ellas al periódico de turno donde colocaron el anuncio.  Les basta con presentarse en las habitaciones de los moteles donde se reunen con sus clientes. De vez en cuando alguna mujer se pone en contacto con ellas para ofrecerles colaboración, R. se reúne con ellas en cualquier cafetería. Si llegan a un acuerdo, les es facilitada una formación y son incluidas en los turnos telefónicos o de reserva de citas y una vez que ya conocen bien sus tareas, remontan el vuelo para seguir de manera independiente su profesión.

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También está M, modelo transexual en páginas web de la misma temática. La mayor parte de su dinero lo obtiene  haciendo de escort para hombres aficionados a esos sitios web en fiestas sexuales en clubs y otros eventos semiprivados, independientemente de acabar manteniendo relaciones sexuales, algo que ocurre solo en ocasiones. A través de estos sitios web consigue publicitarse como acompañante sin tener que pagar por aparecer en los directorios de escorts online. Cuando algún cliente se pone en contacto con ella para mostrarle su interés, tiene tiempo de planear cómo llevar a cabo la cita. M. deja siempre claro que cobrará por cada cita. Una amiga de ella tuvo un disgusto cuando un policía secreta se puso en contacto con ella a través de un anuncio abierto en internet y, tras concertar la cita, la arrestó en su propio apartamento, confiscándole su teléfono y portátil. M. no teme tener que hacer frente a la policía en el club.

Y por otro lado también está C., administradora de una web porno desde el apartamento que comparte con su novio. Además de confeccionar su propio porno, también recluta a otras personas a través de foros en línea en los que se involucra o a través de amigas que saben que vive de la página. Cuando llega una modelo al apartamento de C. para retratarse, el único contacto de la página de la que esta persona dispone es C., que también es la fotógrafa. El ordenador personal de C es también su equipo de trabajo. Su puesto de trabajo es su salón: un sofá, un telón fotográfico, sus DVDs y sus gatos.

A veces se queda sin dinero con que pagar a sus modelos y se dedica a fotografiarse a ella misma hasta que más personas se registran en su página. A veces algunos fans le piden que vaya a visitarles a otras ciudades para fotografiar a modelos allí pagándole viaje y obra. Ingresa al mes una cantidad imprevisible. También trabaja de stripper en un club para terminar de cuadrar el mes.

Aunque estas son las vertientes más visibles del trabajo sexual: porno, striptease, dominación y escorting, y cada una ofrece un ambiente totalmente distinto, no es raro que sus trabajadoras obtengan sus ingresos de varias de ellas. Y ya no es solo cuestión de aumentar sus ingresos, sino de tener la capacidad de negociar los distintos grados de exposición y vigilancia a los que te somete cada ámbito. Para cada escort que nunca abandonaría su intimidad para trabajar en un club de streaptease ante el riesgo de encontrarse con alguien conocido en él, hay una stripper que nunca abandonaría su intimidad trabajando en el porno o publicando fotos suyas en internet y también hay trabajadoras del porno que nunca tendrían sexo por dinero fuera del rodaje.

He podido tener acceso a anécdotas exclusivas de trabajadoras del sexo que han compartido conmigo en los últimos diez años en los que he colaborado con algunas y conocido a otras. Todas incorporan trabajo online y analógico. Cada una agasaja a sus clientes de una determinada manera y según sus propios usos: páginas web que venden books de fotos y registros, servicios de escorts que organizan citas, clubes que aíslan un porcentaje de entrada y consumiciones, etc. Cada una de ellas exige unas determinadas habilidades, cada una tiene su intríngulis y cada una tiene sus inconvenientes.

Sin embargo, pese a ser trabajos totalmente distintos y pese a moverse cada uno en un ambiente distinto y pese a los problemas que puede acarrear juntarlos todos en el mismo saco, hay cierta utilidad política en denominarlos todos trabajo sexual, concepto que, insisto, varía considerablemente según el tiempo y el lugar. La utilidad política de esto radica en que, todas aquellas personas que llevan a cabo trabajo sexual, sea cual sea el lugar o las condiciones, merecen los derechos y el respeto que sí se facilitan a los y las trabajadoras de otros sectores. Por ejemplo, el retrato de la prostitución callejera como se nos muestra en los medios es el de una mujer, sobre todo no blanca, en falda corta junto a un coche o inclinada hacia él. Es una imagen poderosísima, aunque muy concreta. Como protagonista del imaginario de la prostitución, esta mujer representa un paradigma para todas las trabajadoras del sexo: la reducción de su trabajo y vidas a la fantasía de un cuerpo y de su representación limitada y particular para el consumo público. Los cuerpos de las trabajadoras sexuales pocas veces son representados o entendidos como algo más que símbolos intercambiables por decadencia urbana, misoginia o explotación incluso por aquellas personas que pretenden mostrar empatía por ellas, que quieren derribar esos estereotipos o que simplemente quieren ayudar.

Este personaje ni siquiera representa a la totalidad de las trabajadoras del sexo a pie de calle. La socióloga Elizabeth Bernstein habla al respecto de la prostitución callejera: es importante reonocer hasta qué punto las prácticas y significados del trabajo sexual han cambiado en los diferentes caminos que la prostitución ha seguido, caminos que ella ha estudiado, todos incluso en una misma ciudad. Cierta parte de este trabajo puede describirse de manera más exacta como comercio o trueque, según Bernstein, autogestionado, intercambios ocasionales que por lo general tienen lugar en las comunidades u hogares de las mujeres.  Discrimina esto anterior del trabajo sexual de la prostitución callejera ‘de carrera’, en la que el intercambio comercial del sexo se conceptualiza como trabajo ceñido a la muestra pública del cuerpo. Algo parecido cuentan en el Proyecto de Empoderamiento Mujeres Jóvenes de Chicago, una organización de base constituida por mujeres y adolescentes negras que están o se han visto envueltas en trabajo sexual. Han optado por autodefinirse  como comercio sexual y economía callejera para reconocer que, para su comunidad, intercambiar sexo por cualquier cosa que necesiten para sobrevivir no es algo necesariamente entendido como trabajo y que convive de manera natural con otras tareas, como el trenzado o el cuidado de bebés.

La industria del sexo es variada y porosa por doquier. En Estados Unidos, más concretamente en el estado de Nevada, existen burdeles legales en los pocos condados en los que la prostitución nunca ha sido penalizada del todo y donde se hace más tolerable ante la opinión pública gracias a una estricta regulación y aislamiento. Allí, según The State of Sex, un estudio reciente realizado por Barbara G. Brents, Crystal Jackson y Kathryn Hausbeck, un tercio de las trabajadoras de estos burdeles nunca habían hecho trabajo sexual antes, pero venían de otros sectores del sector servicios, no sexuales, eso sí. Tres cuartas partes de las trabajadoras entrevistadas cambiaron el trabajo normal por el trabajo sexual. Vender sexo, escriben, es, por lo general, una ocupación entre otras muchas.

Cuando decimos que el trabajo sexual presta un servicio no pretendemos dotar de higiene o elevar el estatus de sus trabajadoras, sino para dejar claro que las mismas trabajadoras que facilitan un servicio sexual también están facilitando uno no sexual. En su estudio al respecto de las strippers del cinturón industrial de los Estados Unidos, Policing Pleasure: Sex Work, Policy, and the State in Global Perspective, Susan Dewey pudo observar que la gran mayoría de bailarinas (todas menos una) de un club en el norte del Estado de Nueva York provenían de otros sectores ajenos a la industria del sexo y muchas habían abandonado empleos en el sector servicios poco remunerados y antes que volver, preferían la barra del topless con sus posibilidades de oleadas de clientes. Para las bailarinas a las que Dewey entrevistó, el verdadero trabajo explotador, exclusivista y por el que no podrían nunca optar a la movilidad social y la estabilidad financiera era el trabajo de fuera.

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Aquellas personas opuestas a esta industria, desde el lobby europeo de mujeres a blogueras feministas reaccionarias gustan de defender que las trabajadoras del sexo tienen mucho morro insistiendo en lo de que su trabajo es como cualquier otro. Con esto, las activistas por la abolición no solo coinciden con las trabajadoras sexuales en que las condiciones bajo las que se facilitan los servicios sexuales pueden ser igualmente inestables o repugnantes que las que se dan cortando cutículas, aplicando enemas o cambiando de pañales al bebé de otra persona.

Lo que las abolicionistas piensan realmente cuando se estremecen ante la idea de que el trabajo sexual pueda ser como cualquier otro es que el trabajo sexual no es o no puede parecerse a su trabajo. Cuando las abolicionistas piensan en trabajo, piensan en sus ocupaciones, mucho más respetadas, administrando proyectos sociales o investigando o colaborando en grupos de presión. Considerar a su nivel el trabajo sexual elimina las divisiones que otorgan más prestigio a unas ocupaciones denigrando a  otras.

El verdadero mensaje abolicionista es que son ellas, las mujeres que pelean contra el trabajo sexual, las que de verdad trabajan duro, las que rompen los techos de cristal y le dan prestigio a la feminidad mientras que las putas de ahí abajo poco más hacen que tirarse a la bartola. Según afirma la teórica Kathi Weeks, llamar puta a una mujer es una manera de emitir un juicio sobre el valor sexual y del trabajo de una mujer. Cada puta, escribe en El problema laboral, es  un elemento peligroso que, a menos que se la arrincone en la otredad, puede poner en tela de juicio los aparentemente inamovibles beneficios del trabajo, así como el hogar, la familia y el compromiso femenino hacia ellas. Cuando las abolicionistas rescatan a una trabajadora sexual, lo que en realidad están haciendo es disciplinarla y empujarla de nuevo a su rol correcto como mujer. Y esto va más allá de pretendidas ONG:  misiones individuales de mujeres inundan internet e incluso iglesias; proyectos que se jactan de autofinanciarse vendiendo velas y joyería elaborada por trabajadoras sexuales rescatadas. Este tipo de empleo podría considerarse ajeno a la industria del sexo, pero sin un suministro regular de trabajadoras rescatadas no existiría mano de obra barata y por tanto ninguna vela que vender y ningún proyecto en el que pudieran ocuparse estas rescatadoras.

Como bien apuntó la anarcofeminista Emma Goldman en 1910, el pánico de nuestra sociedad a la prostitución no ayuda en nada a las trabajadoras, pero ha demostrado ser una fuente de trabajos parasitarios de políticos que acechan por el mundo en forma de inspectores, investigadores, detectives y así. La reducción de los ingresos de las trabajadoras del sexo era ya entonces y sigue siendo hoy objetivo de las abolicionistas.

Son las mismas que se hacen con los puestos de trabajo de las trabajadoras del sexo cuando se adjudican alguna victoria. La activista sociofeminista y antirracista Selma James, en su ensayo “Putas en la Casa del Señor”, documenta el cierre en los ochenta de un exitoso y legal proyecto de base de trabajadoras del sexo en Londres para que abogadas feministas y mujeres del lobby antiporno pudieran poner en marcha el suyo sin verse en la necesidad emplear a las trabajadoras que pusieron en marcha el anterior proyecto. Lo que estamos contemplando ante nosotras es el proceso por el cual la lucha de las mujeres se aparta de la historia y se convierte en industria, apunta James.

Por estas reivindicaciones de las trabajadoras del sexo, aunque devaluadas, seguimos insistiendo que el trabajo sexual es trabajo. Ojo, no confundamos esto con un sentimiento acrítico: como que el trabajo sexual solo es trabajo si goza de buenas condiciones y si nos gusta realizarlo. La esperanza de que mostremos entusiasmo por nuestros trabajos es algo habitual en las trabajadoras del sexo: la administración del sex shop sindicado Lusty Lady en San Francisco trató de insertar una cláusula en sus contratos por la cual el trabajo facilitado por las firmantes debía de ser divertido, algo que las bailarinas se negaron a firmar. Insistir conque las trabajadoras del sexo solo se merecen el acceso a derechos si su trabajo es divertido, si lo aman o si les empodera es retrógrado. Es una exigencia que asegura que nada de esto último se cumpla nunca.

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¿Quiénes fueron las brujas? Terror patriarcal en la gestación del capitalismo (Parte 2)

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Original por Alex Knight en The End of Capitalism, Who Were the Witches? Patriarchal Terror and The Creation of Capitalism

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Una revolución olvidada

Federici defiende que este pudo no ser el único camino.  «El capitalismo no fue la única salida posible a la crisis del poder feudal. A lo largo y ancho de Europa, una oleada de movimientos sociales de carácter comunitario y de rebeliones contra el feudalismo ofrecían la promesa de una nueva sociedad igualitaria construida sobre cimientos de igualdad social y cooperación», p. 61.

Las partes más mordaces de Calibán dejan constancia de la infinidad de movimientos encabezados por los estratos sociales más pobres que a lo largo de todo el continente estuvieron a punto de derribar a la Iglesia y al Estado del bajo Medioevo. Estos movimientos campesinos de los siglos XIII al XVI fueron etiquetados de heréticos por su enfrentamiento al poder vaticano, aunque su objetivo era una transformación mucho más profunda de la sociedad feudal. Los así llamados herejes se oponían a las jerarquías sociales, propiedad privada y a la acumulación de riqueza y extendieron entre la gente un nuevo y revolucionario concepto de sociedad por vez primera durante el Medioevo. También redefinieron todo aspecto de la vida cotidiana, como el trabajo, la sexualidad y el papel de las mujeres, llevando el debate de la emancipación hacia términos verdaderamente universales, p.33.

La autora nos muestra las múltiples formas de estos movimientos , desde el pacifista y vegetariano catarismo del sur de Francia al comunismo antinobiliario de los grupos taboritas de Bohemia en los que ambos confluían en la lucha en pos de la igualdad social. Muchas de estas comunidades planteaban que era profundamente anticristiano la vida opulenta de la que disfrutaban clero y la nobleza mientras tantas otras personas sufrían de escasez de comida, alojamiento o atención médica.

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El catarismo, vegetariano y pacifista, fue reducido por los Cruzados.

Otro nexo de unión entre todos los movimientos campesinos en Europa fue el liderazgo femenino. Federici describe que, «las mujeres herejes disfrutaban de los mismos derechos que los hombres y podían disfrutar de una vida social y de una movilidad como en ningún otro lugar durante la Edad Media… Sorprende poco que las mujeres estuvieran más presentes en la historia herética que en ningún otro ámbito de la vida medieval», p. 38. Algunos cultos heréticos, como el catarismo, disuadían a la gente de casarse y hacían hincapié en los métodos anticonceptivos, abogando por una liberación sexual que chocaba frontalmente con la autoridad moral de la Iglesia.

La política de género de los movimientos campesinos demostró ser una fortaleza que atrajo a una multitud de seguidores que consiguieron socavar el poder de un sistema feudal ya moribundo.  Federici nos muestra cómo el ardor revolucionario creció a la vez que crecía el tamaño de los mismos movimientos. «En el transcurso de este proceso, el horizonte político y las dimensiones organizativas de la lucha campesina y artesana se ampliaron. Regiones enteras entraron en rebelión, formando asambleas y levantando ejércitos. De tanto en cuando, bandas organizadas de campesinos atacaban los castillos de sus señores destruyendo en ellos los archivos donde permanecían resguardadas las escrituras de servidumbre», p. 45.

Lo que dio comienzo como un movimiento religioso comenzó a alcanzar cotas revolucionarias. Por ejemplo, en la década de los veinte y treinta del siglo XV, comunidades taboritas combatían para liberar la totalidad de Bohemia, causando varias derrotas a ejércitos cruzados de más de 100.000 hombres enviados por el Vaticano, p.54-55. Estos levantamientos empezaron a extenderse por toda Europa a un nivel tal que en el periodo que transcurre entre 1350 y 1500 tienen lugar concesiones sin precedentes, como la subida de salarios de un 100% y la reducción de precios, alquileres y jornada laboral. En palabras de Silvia: «la economía feudal estaba condenada», p. 62.

Federici indica que la primera reacción de las élites fue la fundación de la Santa Inquisición, una campaña brutal de represión estatal en la cual se incluía la tortura y la quema de herejes. Con el paso del tiempo, la estrategia de la élite dominante pasó de apuntar a herejes en general a las mujeres líderes de estas comunidades. Y así la Inquisición dio paso a la caza de brujas.

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Muy pronto, simples reuniones de mujeres campesinas comenzaron a sufrir estigma: los sabbats, en los cuales, supuestamente, el diablo seducía a las mujeres para que se convirtieran en brujas. Federici aclara que esta demonización tuvo como objetivo la rebeldía política y la disconformidad con las relaciones de género características de estos encuentros. Decenas de mujeres fuertes y rebeldes fueron asesinadas y, junto con ellas, la caza de brujas borró del mapa «todo un universo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que sustentaban el poder de las mujeres en esta Europa precapitalista junto a los fundamentos de su resistencia en la lucha contra el feudalismo», p. 103.

Para la élite noble de Europa, laica y eclesiástica , la caza de brujas tuvo éxito al  desmantelar una lucha de clases que amenazaba progresivamente su dominio. Aun más, Federici adelanta que la caza de brujas facilitó el auge de un nuevo paradigma sociocapitalista: la producción económica a gran escala en busca del beneficio económico y la evacuación de campesinos de sus tierras para su incorporación a una mano de obra urbana en expansión. Tiempo después,  el sistema capitalista se convirtió en amo y señor de Europa y consiguió extenderse a través de armas, género y acero de conquistadores por todo el globo, llevándose por delante incontables culturas y civilizaciones6. El análisis que propone Federici es el siguiente: «el capitalismo fue la contrarrevolución que aplastó toda alternativa surgida de la confrontación antifeudal. Alternativas que, de haberse tenido en cuenta, hubieran librado al mundo de la eliminación de incontables vidas y el daño al medio ambiente que ha definido la expansión de las relaciones capitalistas por todo el globo», p.22. ¿Cómo hubieran sido las cosas de haber triunfado la revolución olvidada?

Conclusión – El redescubrimiento de lo mágico de la verdadera historia.

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Malalai Joya en un discurso en una escuela femenina de Farah, Afganistán.

«Día tras día la situación empeora para mi pueblo, especialmente las mujeres. Por eso proclamamos que es esta una democracia de pantomima y esta Guerra contra el Terror una farsa.» – Malalai Joya, activista afgana, 2009.

Calibán y la Bruja es un libro que desmantela muchos e importantes mitos del mundo en el que vivimos. El primero y más importante, es la extendidísima creencia de que el capitalismo, aunque quizá imperfecto en su forma actual, fue un forma progresista de desarrollo que liberó al trabajador y mejoró las condiciones de vida de las mujeres, personas no blancas y otros grupos oprimidos. El trabajo de Federici es impresionante llevándonos a los cimientos del capitalismo en la Europa tardomedieval para desvelar una oscura historia de expropiaciones, empobrecimiento, terror de género y sexual  y colonizaciones brutales de pueblos no europeos. Este abyecto legado le lleva a afirmar que el sistema mismo está «inherentemente comprometido con el racismo y el sexismo», p. 17.

De manera más taxativa, escribe que: «es contradictorio asociar capitalismo con cualquier otra forma de liberación o atribuir a su longevidad la capacidad de satisfacer las necesidades humanas. Si el capitalismo ha sido capaz de sobrevivir es únicamente por la red de desigualdades que ha grabado en el cuerpo del proletariado mundial y por su capacidad para globalizar la explotación. Y es este un proceso que todavía se sigue desarrollando delante de nuestros ojos, como así ha sido durante los últimos 500 años», p. 17.

Se suele decir que podemos medir la catadura moral de una sociedad por cómo trata a sus mujeres. Este libro facilita una documentación lo suficientemente convincente como para evidenciar que el capitalismo siempre ha sido un sistema dominado por los hombres, un sistema que estrecha los márgenes de oportunidad y seguridad para las mujeres así como excluye a aquellas que no se adecúan a los exiguos roles de género. Federici hace un uso particular de la historia de la caza de brujas para dar luz a los entresijos del capitalismo y mostrar la demonización, silenciamiento y restricción del poder sexual femenino sobre las que se sustentó desde su origen7. En respuesta a la pregunta que da título a este ensayo, escribe: «la bruja era la partera y la que renunciaba a la maternidad, era la mendiga que se ganaba el pan robando leña o mantequilla de sus vecinos y la mujer promiscua, la prostituta o adúltera.  Sin embargo, también era, generalmente, la mujer que hacía uso de su sexualidad fuera de la celda del matrimonio y la procreación. La bruja era la mujer rebelde que contestaba, discutía, juraba y no derramaba una lágrima bajo tortura», p. 184.

En otras palabras, las brujas eran aquellas mujeres que de una manera u otra ofrecieron resistencia al establecimiento de un orden social injusto: la explotación mecánica de capitalismo. Las brujas representaban un mundo que los nuevos amos de Europa ansiaban destruir: un mundo con un liderazgo femenino sólido, un mundo cuyo núcleo fueran las comunidades y conocimiento locales, un mundo vivo con posibilidades infinitas, un mundo rebelde.

No debemos desesperar por el mundo que pudo ser y no fue. Permanece aun en nosotras hoy día, en las luchas de la gente que nos organizamos en busca de justicia. Podemos escuchar hoy desde Afganistán la voz clara de Malalai Joya, una mujer valiente, expulsada del parlamento afgano en 2007 por cargar contra los señores de la guerra apoyados por EEUU que gobiernan su país. Apareció recientemente en Democracy Now! proclamando que «mi gente se encuentra ahora atrapada entre dos poderosísimos enemigos: desde el cielo, las fuerzas de ocupación que arrojan bombas sobre civiles inocentes… [y] desde el suelo, los talibán y estos señores de la guerra, que continúan arrasando nuestras vidas a golpe de fascismo».8

Joya corre un riesgo con este tipo de comentarios, pero lleva en sus palabras una verdad irrenunciable y necesaria para poner fin al sinsentido de la guerra y la ocupación de Oriente Medio. Todas aquellas personas que acuden a su llamada lo hacen imbuidas en el espíritu inmortal del hereje y la bruja que se opusieron al avance del feudalismo primero y del capitalismo después, defendiendo una lucha tan grande como la Tierra y tan vieja como el tiempo mismo.612px-Lützelburger_Hohlbein_Kämpfende_Bauern

Notas.

6 – ver Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años de Jared Diamond. Un estudio del auge de Europa con enfoque más en la ecología que en el patriarcado, pero útil por otra parte para vislumbrar la carnicería del proceso colonizador.

7 – para  una brillante categorización de percepciones a través de las cuales la sexualidad femenina aun continúa bajo asedio, ver Friedman, Jaclyn & Jessica Valenti. Yes Means Yes! Visions of Female Sexual Power and A World Without Rape. Seal Press 2008. My review of this book can also be found here:http://endofcapitalism.com/2009/05/17/review-of-yes-means-yes-visions-of-female-sexual-power-and-a-world-without-rape/

8- Retransmisión Democracy Now! del 28 de octubre de 2009: “A Woman Among Warlords: Afghan Democracy Activist Malalai Joya Defies Threats to Challenge US Occupation, Local Warlords.” Online athttp://www.democracynow.org/2009/10/28/a_woman_among_warlords_afghan_democracy

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