De violaciones y postmachistas de izquierda

Un poco más de cultura de la violación, que veo que es lo que os jode.

Cuerpos sexuados

“ La falta de solidaridad y empatía se expresan
muchas veces con la crítica hacia quienes están en situación de desigualdad”

Llevamos semanas oyendo hablar de violaciones a algunos postmachistas en las redes sociales. Sí, habéis oído bien. Es el nuevo término para describir al machista de izquierdas de toda la vida, que con la misma carga patriarcal de siempre, pero con algunas nociones tergiversadas de feminismo, se otorga la autoridad para decirnos a las feministas cuánto nos equivocamos, y para,  sin apenas inmutarse, seguir dándonos a las mujeres un tratamiento de objetos de deseo, histéricas, infantiles, rencorosas, corta pollas, calienta pollas, moralistas, reprimidas etc……

A ellos va dedicado este artículo.

Después de leer vuestras opiniones, cualquier cosa que diga como mujer feminista quedará invalidada y será acusada de dogmatismo, caza de brujas etc….pero tengo por costumbre otorgarme la categoría de sujeto, y voy a decir exactamente lo que me…

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4 consejos desde la trinchera de los aliados feministas

Del original de Andrew Hernann en Everyday Feminism, 4 Lessons from the Trenches of Allyship

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No hace mucho, fui de karaoke con mi esposa y diez de sus compañeras de trabajo, también mujeres.

Es un ritual anual; trabajan de profesoras y salen a celebrar el haber sobrevivido a la última tanda de incansables alumnos de primaria.

Algunas de sus parejas, novios y maridos, fuimos con ellas también, pero nos hicimos a un lado. Una vez entramos en la sala reservada, dejamos que nuestras parejas escogieran las canciones. Tras una hora, pude establecer un patrón.

Todo el mundo cantamos la primera canción, School’s out for Summer de Alice Cooper (no veáis qué subidón). En las siguientes dos canciones, de Beyoncé y Alanis Morrissette, los tipos fuimos a la barra, pero, después, cuando empezó We didn’t start the fire  de Billy Joel, ¡volvimos corriendo! Luego, cuando sonó algo de Jewel más tarde, los cuatro tipos nos volvimos al rincón otra vez.

La música sonaba fuerte, así que no pudimos charlar mucho, simplemente estuvimos ahí, agitando embarazosamente los hielos de nuestras copas. Tras Jewel, sonó el My heart Will go on the Celine Dion y luego el Like a Prayer de Madonna. Por supuesto que nos sabíamos las letras — cómo no, habiendo crecido en los noventa—  pero en vez de bailar y cantar, nos dedicamos a intentar no prestarnos atención unos a otros mientras mientras canturréabamos la parte de in the midnight hour, I can feel your power.

¿Por qué nunca cantamos canciones de vocalistas mujeres?

Muy sencillo, porque nos han enseñado que solo a las mujeres o a los gais les gustan ese tipo de artistas. El que hubiéramos acompañado a nuestras parejas cantando hubiera significado exhibir nuestra feminidad o nuestra homosexualidad, la cual, —de nuevo, según nos han enseñado— hubiera puesto en entredicho nuestra querida masculinidad.

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Ahora, en perspectiva, me avergüenzo de haberme mostrado tan reticente por cantar. En primer lugar, perdí una oportunidad de divertirme con mi mujer y sus compañeras; luego, falté a mis principios personales y profesionales. ¿Cómo yo, alguien que se identifica abiertamente como aliado feminista y de la comunidad LGBTQIA+, se avergüenza de cantar una canción en la que la vocalista es una mujer?

Como muchos hombres, me educaron en masculinidad y, sobre todo, en cómo preservarladesde una temprana edad.

En mi colegio, mis amigos y yo solíamos jugar a «castiga al marica», una versión del pilla-pilla en la que había que intentar pillar al niño al que le tocaba llevar la pelota — el marica— y placarlo para que la soltara.

Más tarde, ya en el instituto, empezaron las «charlas de vestuario». Por un lado, los tipos trataban de embellecer su vida sexual, alardeando de las tipas a las que se había tirado y a las madres a las que también se follarían. Cuanto más explícitas fueran las historias y los gestos que las acompañaban y cuanto más se degradara a las mujeres en cuestión, más machos parecían ser.

Por otra parte, estos chicos insultaban a esos otros chicos que parecían más miedosos, o, en general, a cualquiera que no tuviera una pinta lo suficientemente atlética, que tuviera amigas mujeres, que prefiriera las artes o que pareciera homosexual, signifique lo que signifique eso.

Hacían acopio de todo tipo de insultos sexistas y homófobos y, junto con todo un amplio abanico de comportamientos de carácter explícito, los usaban para socavar la masculinidad de estos chicos.

Por supuesto que el vestuario no siempre era así, y tampoco todos participaban activamente en esa pose. Por ejemplo, muchos de mis amigos y yo nunca nos sentimos lo suficientemente a gusto ni con la suficiente confianza como para involucrarnos (no recuerdo haber hecho otra cosa en el instituto que andar agachando la cabeza). Sin embargo, existía una presión tácita por la que, al menos, debíamos reírnos en conjunto, porque, si no lo hacíamos, alguien de manera inevitable te acusaría de ser un marica (o algo peor).

Me alegré de abandonar el vestuario cuando llegué a la universidad. En parte mediante un trabajo académico sobre justicia social y en parte mediante una red de amigas más diversa, empecé a darme cuenta de lo que en realidad promovía el uso de lenguaje sexista en mi instituto.

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Aprendí que vivimos en una sociedad patriarcal.

¿Y qué significa esto? El patriarcado es un sistema social en el cual los hombres gozamos de privilegio. Como los hombres somos los privilegiados, la masculinidad también lo es. La masculinidad es el conjunto de características y roles general y típicamente asociados a los hombres.

Volviendo la vista atrás a mi infancia, me di cuenta de que el concepto tradicional de hombre «de verdad» no es más que un producto de este sistema patriarcal.

Esos chicos de mi instituto no actuaban de manera «natural», lo que hacían era reafirmar, conscientemente o no, los conceptos de masculinidad hegemónica que habían heredado de su familia, de los medios y de las instituciones; unos conceptos que dan prioridad a la heterosexualidad y a la masculinidad sobre otros tipos de orientación sexual y la feminidad y que además fusionan género con genitales.

Tras darme cuenta de todo esto, decidí declararme aliado feminista y de la lucha por los derechos LGBTQIA+.

El feminismo es una filosofía y un movimiento cuyo objetivo es establecer la igualdad de género. Ser un aliado feminista significa apoyar la igualdad de derechos para la gente LGBTQIA+ mediante la lucha contra la heternormatividad (el privilegio de la heterosexualidad) y el cisexismo (la asunción de que el género está determinado únicamente por el sexo biológico y de que la gente trans es inferior a la no trans, o cis). Ambas formas de alianza van unidas porque el patriarcado desfavorece tanto a las mujeres como la comunidad LGBTQIA+.

No podía vivir en una sociedad en la que la «neutralidad» me hacía cómplice del desempoderamiento sistemático de las mujeres y de la gente LGBTQIA+. Quise involucrarme personal y profesionalmente en esta lucha por la igualdad social en cuanto a género u orientación sexual.

Sin embargo, ser un aliado feministaes difícil, especialmente si eres un hombre heterosexual. Las presiones (en base a los conceptos tradicionales) de la masculinidad hegemónica y toda una vida de aprendizaje patriarcal sistemático son difíciles de superar.

No obstante, he recopilado aquí cuatro consejos —basados en mis propias experiencias y tropezones— para ayudar a que los hombres cis (yo incluido) se declaren abiertamente feministas y aliados feministas.

  1. Quiérete a ti mismo siendo TÚ mismo

Sí, ya sé que parece sacado de un libro pasteloso de autoayuda, pero, ¿cómo podemos destruir tanto el patriarcado sistémico como los privilegios masculinos si continuamos definiéndonos a nosotros mismos en base a los estándares que tanto la masculinidad hegemónica como el patriarcado reproducen?

Oímos que los hombres «que se precien de serlo» valoran la fortaleza, aunque también es verdad que los conceptos tradicionales de la masculinidad hegemónica son fácilmente quebradizos. Pensadlo: todo eso que lleva toda una infancia y adolescencia desarrollar puede venirse abajo tan solo con cantar la canción equivocada en un karaoke, así que no me extraña que muchos hombres, en estos casos, y para proteger su masculinidad, se aparten.

Nos enseñan —y no solo eso, nos enseñamos entre nosotros— lo que significa ser un hombre «de verdad». A través de anuncios de televisión, series, películas y revistas, los hombres aprendemos el modelo ideal de cuerpo que hemos de conseguir, la ropa que hemos de vestir, el trabajo que hemos de alcanzar y los hábitos diarios que debemos practicar, y así hasta el infinito.

No obstante, para ser abiertamente un aliado feminista, debemos estar cómodos con nuestro género y sexualidad y debemos dejar de identificarnos en relación a otras personas. Debemos dejar de ponernos la zancadilla unos a otros mediante la explotación de los mismos mitos patriarcales de siempre.

Un hombre  «de verdad» no es sistemáticamente atlético, un hombre «de verdad» no ha de tener un pene enorme, un hombre «de verdad» no siempre tiene un montón de sexo con miles de mujeres, un hombre «de verdad» no tiene por qué tener un puesto de trabajo poderoso y lucrativo.

Es verdad, un hombre podría ser atlético, tener un pene grande, hincharse a sexo con mogollón de mujeres y tener un trabajo que le genere mucho lucro. Sin embargo, eso no lo hace más o menos hombre que otros, ni deberían estos atributos servir de vara de medir con la que evaluarnos tanto a nosotros como a los demás.

Este concepto, en sí mismo, es un engaño.

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En definitiva, debemos identificarnos como nos sintamos más coherentes con nosotros mismos como individuos.

No estoy diciendo que esto sea fácil, por supuesto que cuesta. Sin embargo, al liberarnos del yugo de la expectación social, nos permitimos también reconocer tanto nuestro propio privilegio como la marginalización que sufren las demás.

  1. Anticípate a las críticas que seguramente recibirás

El patriarcado está en todas partes, y aquellos que se benefician de él criticarán a aquellos que intenten derribarlo con argumentos orientados a socavar su masculinidad.

En el momento en que exhibí mi condición de aliado, algunos cuestionaron mi sexualidad y otros incluso me insultaron. « ¿Es que ahora eres gay», decían algunos, «¿eres una chica?». Algunos otros incluso me hablaban de haber traicionado a mis queridos compañeros machos, heterosexuales y cis.

Me avergüenza admitir que mi respuesta defensiva se basó en la misma red de argumentos falaces. Dije: «¡no, no soy gay!», «¡no soy una chica!». La verdad es que estos argumentos refuerzan la desvalorización de la homosexualidad y la femineidad frente a la heterosexualidad y la masculinidad.

La mejor respuesta hubiera sido recordarles que no tiene nada de vergonzoso el ser homosexual o mujer.

A pesar de las críticas de algunos hombres hacia aliados abiertamente feministas y hacia las propias feministas, tengamos en cuenta que la masculinidad que intentan socavar —como dijimos en el punto 1— es la suya, no la nuestra.

  1. Recordad: ser un aliado feminista es algo más que defender los derechos de las personas LGBTQIA+ o las mujeres.

Ser un aliado feminista es una filosofía que se basa en la práctica, es algo que te exige escuchar y empatizar con las demás; es algo que requiere de ti honestidad en nuestras disyuntivas, confusiones y problemas; es algo que nos exige que nos eduquemos sobre feminismo, sobre alianzas feministas, sobre patriarcado y sobre masculinidad. Y también es algo que nos exige que pongamos en práctica esa educación día a día para reconocer y acabar con la marginalización sistemática de las que no son como nosotros.

Es un trabajo y hay que tomar decisiones.

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¿Cómo responderías si alguien te llama gay por haberte declarado feminista o aliado feminista? ¿Qué harás cuando escuches a un desconocido llamar a alguien maricón o hacer un chiste sobre violaciones? ¿Qué harás cuando un amigo o un miembro de tu familia llame a alguien maricón o haga un chiste sobre violaciones? ¿Seguirás usando el médico y la asistenta sistemáticamente? ¿Cantarás canciones de Madonna en un karaoke?

  1. Desarrolla amistades con gente afín

Esto no significa que tengas que deshacerte de tus antiguas amigas, pero tu único «amigo gay» no te convierte automáticamente en feminista ni aliado feminista.

Empecé a sentirme más cómodo —más abierto y más activista— como aliado cuando establecí amistades con otras feministas, aliadas y miembros de la comunidad LGBTQIA+.

Cuando diversificamos nuestro círculo de amigas, más fácilmente reconocemos cómo la masculinidad es un constructo social y, según empezamos a redefinirnos a nosotros mismos en base a conceptos diferentes, nos vamos sintiendo menos amenazados.

 

Consecuentemente, los insultos ajenos nos afectan menos y nos sentimos más cómodos y motivados para desarrollar y expresar nuestro feminismo o nuestra alianza con el mismo.

***

Es común la idea de que el feminismo es solo para mujeres y que la defensa de los derechos LGBTQIA+ es solo para miembros de esa comunidad.

¿Pero cómo podemos vivir en una sociedad igualitaria si no nos compretemos todas a socavar este privilegio y desempoderamiento sistemático, si no nos compretemos a alcanzar a la igualdad universal?

Ser feminista, aliado y tener una mentalidad abierta es de gran ayuda en este empeño, y eso mismo nos ayuda a mejorar como individuos empáticos, como amigas y como parejas.

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Espacios seguros. Y una mierda.

Imprescindible. Sobre la violación múltiple de Málaga.

Algo pasa en Kamchatka

Supongo que nadie de los que creen la versión de los violadores en libertad, o la gente que no se moja o habla de denuncias falsas, ha pensado las miles de maneras que hay de violar a una mujer, y que sólo basta con no respetar su consentimiento en cualquier punto de la relación para que exista una agresión sexual.

Yo, como mujer, feminista y compañera, no tengo ningún, pero ningún motivo para no creerme la versión de la joven. Ninguno, me da igual, sí, ya, vale, feminazi, radical, puntito anti-hombre, “todos somos personas” y toda esa mierda. Pues sí. PERO NO. Yo no cuestiono a las mujeres porque sí. Que alguien me explique el rédito que una mujer de 20 años saca de denunciar a 5 desconocidos. Ninguno. Pero el beneficio que pueden tener ellos cinco si en lugar de confesar, lo niegan todo, es bastante grande: no ir…

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Correr siendo mujer

Del original Running While Female de Karen Cordano en The Huffington Post.

Hoy he hecho mi primera carrera de mi primera semana de preparación para mi primera media maratón. Ocho kilometrillos, aunque esos ocho kilómetros no se me hacen fáciles.

A cuatro manzanas de mi casa, un tipo en bicicleta con vestimenta de licra deportiva me adelantó. Le sonreí y le hice un pequeño saludo, porque es lo que hago con todas las personas con las que me cruzo, me parece bien practicar mis buenos modales. Su cara se encendió y me mostró una gran sonrisa. Un par de manzanas más adelante, me olvidé del asunto.

Al completar el primer kilómetro, me pregunté a mí misma que por qué no otros cuatro, pero en ese momento noté algo en la periferia de mi ojo. Me tropecé con la cara sonriente del tipo de la bicicleta que repentinamente corría a mi lado. No le devolví la sonrisa. Eran en torno a las diez menos cuarto de la mañana de un domingo, había muchísima gente alrededor, madres y niñas en la zona infantil en lo alto del parque, un joven tirando a canasta en la cancha de baloncesto y gente paseando a sus perros. Aun así, estaba asustada.

El tipo parecía en forma, sufría bastante menos que yo en el recorrido de once minutos de baja intensidad que estaba haciendo. Se colocó junto a mí o unos pasos por detrás. Al llegar a la esquina, aumenté el ritmo y giré a la derecha delante de él. Durante un momento, pensé que había dejado de seguirme, pero no era así; no tenía ni idea de donde había dejado la bici. Dando vueltas al parque, se puso a mi izquierda, atrapándome entre él y el bordillo y haciéndome sentir aun más encajonada.

Quise decirle que me estaba asustando, quise que me la sudara el que me estuviera siguiendo, quise ser valiente, quise llamar a mi marido, quise que mi alianza matrimonial creciera en tamaño, que me protegiera de… ¿qué? ¿De un tipo haciendo footing? Quise ignorar esa vocecita de mi cabeza que me decía que mi seguridad estaba en peligro; quiero decir, ¿qué es lo que estaba haciendo el tipo en realidad? Igual solo había salido a correr a bajo ritmo. Quise dejar de preguntarme si mi sonrisa y mi saludo anteriores habían sido demasiado amistosos.

Pero no, lo hice, me preocupó el haber flirteado con él, aunque supiera que no lo había hecho, me preocupó que mis culottes de ciclista y mi camiseta de tirantes fueran demasiado sugerentes, me preocupó el estar siendo una mujer débil e histérica que estaba haciendo de todo una montaña, aunque claramente supiera que no lo estaba haciendo.

¿Y quién sabe qué intenciones tenía él? No creo que fuera a herirme, pero me estaba haciendo sentir incómoda y mis reacciones de tensión e inquietud ahí estaban.

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A medio camino, bordeando el parque, hay una boca de incendios que suelo rodear para volver al cruce donde he alcanzado el kilómetro y medio. Reduje hasta que le tuve al lado y giré rápidamente. Medio kilómetro después de haberse pegado a mí por primer momento, dejó de seguirme. Observé a mi alrededor obsesivamente durante otro kilómetro hasta que no pude más, me paré y me apoyé a la sombra de una pareja árboles para llamar a mi marido.

Me sentí idiota, como una idiota histérica. Mi marido y sus amigos se encontraban en un mercadillo y le pedí si podía venir a recogerme. No sabía qué hacer, estaba asustada de volver a casa, asustada de que todavía me estuviera mirando, asustada a plena luz del día y rodeada de gente. Decidí continuar.

A los seis kilómetros y medio me escribió mi marido diciéndome que se encontraba en la zona con el coche y que me llevaría a casa; se lo agradecí, me despedí y continué. Nunca volví a ver a aquel tipo.

En junio, el diario Washington Post publicó una página de opinión firmada por George Will donde condenaba la exageración de la violencia sexual contra las mujeres en los campus, lo que propiciaba un clima de victimismo que favorecía la aparición de un nuevo estatus de privilegio. Internet ardió con reacciones desde partes, pero las que me conmocionaron fueron aquellas de mujeres que coincidían con Will. Leí comentarios de mujeres que cuestionaban el hecho de que las universitarias estuvieran siempre pensando en el peligro de ser violadas, de mujeres que se preguntaban qué de especial tenían estas chicas para que alguien las quisiera agredir sexualmente. En resumen: mujeres que se preguntaban por qué otras mujeres se ponían como unas histéricas.

En 2012, un estudio llevado a cabo por el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta (Estados Unidos) puso en evidencia que una de cada cinco mujeres serán previsiblemente víctimas de violación a lo largo de su vida. Supone una estadística idéntica a la de 2007, la de otro estudio, este solicitado por el Departamento de Justicia durante la Administración Bush. Así que no se trata de ningún dato conjurado por alguna administración de izquierdas o por algún aquelarre feminista con el cual conseguir sus objetivos, sean cuales sean. No, es real, las mujeres tememos las violaciones por muchas razones. Mi miedo a las violaciones no está producido porque crea que se me encuentra especial o apetecible o porque crea que todos los tíos son malos por naturaleza o violadores en potencia. Las agresiones sexuales son delitos en los que se incluyen violencia y control, no deseo. Mi aprendizaje ha versado en que las mujeres, durante la mayor parte de su vida, lo van buscando a cada paso que dan; he aprendido que si alguien me agrede, nadie va a creerme, y los comentarios favorables al artículo de Will hechos por mujeres reafirman esas ideas. En el momento en que alguien más alto y más fuerte que yo invade mi espacio personal, me asusto.

Así que, ¿qué diantres ha pasado esta mañana?

No creo que estuviera realmente en peligro, pero, pese a todo, modifiqué mis planes de recorrido, que preveían transcurrir por un camino semidesconocido junto a un arroyo a través del parque tras el tercer kilómetro. No dudo de las intenciones del tipo, pero tengo clarísimo que sabía que me estaba haciendo sentir violenta y aun así no paró.

La conclusión de todo es que me siento avergonzada por no decirle que me estaba asustando, por no pedirle que dejara de seguirme, porque preponderara mi preocupación por no molestar, por preguntarme si es que en realidad lo que había hecho había sido flirtear con él, si no me había vestido con ropa adecuada o si lo iba buscando, por sentirme pequeña e inútil, por sentir esa desazón en el estómago aun horas después, por cogerle miedo a mis carreras del martes.

Tengo vergüenza de estar avergonzada.

Espero más de mí misma, pero también espero más de ese hombre. Espero más de todos los hombres.

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Esta mañana no he hecho nada mal.

La cultura de la violación. Guía para el caballero.

Del original A Gentleman’s Guide to Rape Culture de Zaron Burnett III.

Si eres un hombre, formas parte de la cultura de la violación. Y sí, ya sé que suena duro; no eres necesariamente un violador, pero perpetúas comportamientos a los que comúnmente nos referimos como cultura de la violación.

Seguramente estarás pensando «Para quieto ahora mismo, Zaron, ¡ni siquiera me conoces, colega! Como se te ocurra insinuar que me molan las violaciones… No, yo no soy de esos, tío».

Sé cómo te sientes, tuve la misma respuesta cuando me dijeron a mí que formaba parte de la cultura de la violación. Suena fatal, pero imagínate andar por el mundo sin dejar de tener miedo a que te violen. Aun peor, la cultura de la violación no solo es una mierda para las mujeres, lo es para todo el mundo involucrado en ella. Pero no  te obsesiones con la terminología, no te quedes pasmado en las palabras que te ofenden y dejes de lado lo que en realidad quieren decirte. La expresión «cultura de la violación» no es el problema; sí lo es la realidad que describe.

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Los hombres somos los principales responsables y los máximos apoyos de la cultura de la violación.

No somos los hombres los únicos que violamos, como no son las mujeres las únicas víctimas. Hay hombres que violan a otros hombres y mujeres que violan a hombres, pero lo que nos convierte a los hombres en sus máximos responsables es que somos los que cometemos el 99% de las violaciones denunciadas.

¿Y cómo formas parte de la cultura de la violación? Bueno, mira que no me gusta nada decirlo, pero lo haces simplemente por ser un hombre.

Cuando me cruzo con una mujer en un aparcamiento por la noche y ella anda por delante de mí, hago todo lo que creo posible para que a) no se sobresalte b) tenga tiempo de sentirse segura o cómoda y c) en la medida de lo posible, pueda acercarme de manera amistosa para hacerla saber que no soy una amenaza. Y lo hago porque soy un hombre.

Basicamente, me hago cargo de que esa mujer que me encuentro por la calle, en el ascensor, en las escaleras o donde sea se sienta segura; intento que se sienta tan segura como si yo no estuviera allí. Tengo presente que toda mujer que coincide conmigo en un espacio público y no me conoce, me lee como hombre. Un hombre que, en concreto, se encuentra repentinamente a su lado. Tengo que tener en cuenta su sentido de espacio y que mi presencia pueda hacerlea sentirse vulnerable. Y hemos aquí el factor clave, la vulnerabilidad.

No sé vosotros, pero yo no me paso la vida sintiéndome vulnerable. He tenido que aprender que las mujeres pasan la mayor parte de su vida social con constantes e inevitables sentimientos de vulnerabilidad. Paraos a pensarlo un momento. Imaginaos sentir una  constante sensación de peligro, como que tuvierais  la piel de cristal.

Como tipos modernos, lo que hacemos es buscar el peligro; elegimos vivir aventuras y practicamos deportes de riesgo para sentir como que estamos en peligro. En definitiva, bromeamos sobre nuestra vulnerabilidad. Así de diferente vemos el mundo los hombres (ojo, esto lo digo teniendo perfectamente en cuenta que existe una comunidad femenina de deportistas fde riesgo muy dinámica, que también ponen en peligro sus vidas a menudo. Sin embargo, ellas no tienen que ponerse exclusivamente en situaciones de adrenalina para sentir el peligro).

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Soy prácticamente abstemio y, podría decir, sólidamente, que llevo buenas pintas, lo que quiere decir que, andando solo por la noche muy raramente temo por mi seguridad. Algunos sabréis lo que quiero decir con esto. Muchas mujeres no saben lo que es moverse libremente por el mundo a cualquier hora del día o la noche y sentir que no va a haber ningún problema; de hecho, lo que sienten estas mujeres es lo contrario.

Una mujer siempre tiene que pensar adónde va, a qué hora irá, a qué hora llegará, a qué hora volverá, qué día de la semana es, si se quedará sola en algún momento… y así sigue la cosa, porque hay más elementos que me estoy dejando en el tintero. Yo, honestamente, no tengo que pensar mucho sobre lo que tengo que hacer para estar a resguardo en cualquier momento de mi vida. Me deleito con la libertad de la que dispongo para levantarme e ir de aquí para allá de día, de noche, llueva o haga sol, a cualquier parte de la ciudad. Si queréis llegar a entender la cultura de la violación, recordad que la mitad de la población no disfruta de esta libertad.

Estos son los motivos por los que intento usar una expresión corporal transparente y por los que trato de actuar de tal manera que los miedos y demás sensaciones que las mujeres puedan sentir al respecto se reduzcan. Os recomiendo encarecidamente que hagáis lo mismo. Os lo digo en serio, es lo mínimo que cualquier hombre podemos hacer en espacios públicos para que las mujeres se sientan más cómodas en este mundo que compartimos. Basta con que las tengáis en cuenta tanto a ellas como a su espacio personal.

Pensaréis que es injusto que paguemos justos por pecadores, que tengamos que cambiar nuestros hábitos por el comportamiento de otros tipos, pero, ¿sabéis qué? Tenéis razón, es injusto, ¿pero es culpa de las mujeres? ¿O es más bien culpa de aquellos tipos que actúan de manera infame y nos hacen quedar mal a los demás? Si te preocupa la justicia, descarga tu rabia sobre los tipos que hacen que tanto tú como tu forma de actuar sea cuestionable.

En el momento en que un hombre es sometido a evaluación; es decir, cuando se trata de determinar lo que un hombre es capaz de hacer, una mujer presupondrá lo que eres bien capaz de hacer. Desafortunadamente, esto implica que a los hombres se nos juzgará a partir de nuestro peor ejemplo. Ah, y si piensas que este uso de estereotipos es un asco, ¿cómo reaccionarías tú al encontrarte a una serpiente en el campo, eh?

¿No la tratarías como a una serpiente? Esto no es estereotipar, es juzgar a un animal por lo que es capaz de hacer y por el daño que es capaz de infligir. La ley de la jungla, tronco; eres un hombre, y las mujeres te tratarán como tal.

Es responsabilidad tuya ese miedo, razonable y comprensible, que se tiene de los hombres. Es verdad que no lo creaste, como tampoco creaste tú las autovías. Algunas cosas que heredamos de la sociedad molan, otras son cultura de la violación.

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Como ninguna mujer puede juzgar de manera acertada tus intenciones a primera vista, presupondrá que eres como los demás tipos. En el 73 por ciento de las violaciones, las víctimas conocían a su agresor, así que, si ni siquiera pueden fiarse ni juzgar acertadamente las intenciones de hombres a los que ya conocen, ¿cómo esperas que vayan a hacerlo contigo, un completo desconocido? La prevención de las violaciones no pasa porque las mujeres se eduquen en cómo evitarlas, sino en que los hombres no las cometan.

Para prevenir las violaciones, un hombre debe entender que un «no» nunca es un «sí», que cuando una mujer se encuentra bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y se ve incapaz de articular palabra no es un «sí» o que estar en una relación no implica un «sí» automático. Dejemos de concentrarnos en cómo las mujeres pueden evitar ser violadas o cómo la cultura de la violación hace sospechosos a hombres inocentes, ciñámonos a lo que, como hombres, podemos hacer para evitar que se cometan violaciones: desmantelar las estructuras que las permiten y modificar las actitudes que las toleran.

Ya que formas parte de ella, tienes el deber de saber lo que es la cultura de la violación.

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Extraído de la página de Marshall University’s Women’s Center:

La cultura de la violación es el entorno en el cual la violación ostenta una posición preponderante y en la cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La cultura de la violación se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de la mujer.

La primera vez que una mujer me dijo que formaba parte de la cultura de la violación, me posicioné en contra por motivos evidentes. Como muchos de vosotros, quise decir «Eh, a mí no me metas», pero, en vez de eso, la escuché. Más tarde, fui a ver a una escritora a la que admiro y la pedí que escribiera un artículo conmigo en el cual explicara la cultura de la violación específicamente para mí y para lectores hombres. Dejó de contestarme a los correos.

En primer lugar, me molesté. Más tarde, cuando quedó claro que de ninguna manera iba a obtener respuesta,me terminé de cabrear. Por suerte, sé evitar responder en caliente, los truenos impresionan pero es la lluvia la que en realidad nutre la vida, así que dejé que amainara la tormenta y me paré un momento a pensar. Di un paseo, uno de esos que hacen que se me encienda la bombilla.

A manzanas de mi casa, enfrente de un lavadero de coches, se me encendió. Si tanto me importaba la cultura de la violación, necesitaba salir a descubrirla yo mismo. Ninguna mujer me está en deuda conmigo por el hecho de que quiera saber algo que ella inherentemente  ya comprende. Ninguna mujer debe verse en la obligación de explicarme la cultura de la violación solo porque quiera saber lo que es. Ninguna mujer me debe una mierda. He vivido cómo me recorría profundamente el deseo de que una mujer me satisficiera. Incluso mi curiosidad, una de las cualidades de las que me enorgullecía, estaba contaminada de esa presunción androcéntrica omnipresente en la cultura de la violación. Lo que esperaba era que me satisficieran, y esa actitud es un problema. Así que empecé a leer y seguí hasta que entendí la cultura de la violación y mi lugar en ella.

Adjunto aquí una enumeración de ejemplos de cultura de la violación.

  • Echar la culpa a la víctima («lo iba buscando»).
  • Dulcificar las agresiones sexuales («Estos hombres…»).
  • Hacer chistes sexualmente explícitos.
  • Tolerar el acoso sexual.
  • Inflar las cifras de denuncias de violación falsas.
  • Elaborar un estudio sobre los hábitos de vestimenta, salud psíquica, motivaciones e historial de la víctima de carácter público,
  • Violencia de género gratuita en películas y televisión.
  • Definir la «masculinidad» como dominante y sexualmente agresiva.
  • Definir la «feminidad» como sumisa y sexualmente pasiva.
  • Presionar a los hombres para que «consigan sus metas».
  • Presionar a las mujeres para que «estén alegres».
  • Presuponer que solo violan a mujeres promiscuas.
  • Presuponer que no hay hombres violados y que los que hay son «débiles».
  • No tomarse en serio las acusaciones de violación.
  • Enseñar a las mujeres cómo no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar.

Ahora que ya sabes lo que es, ¿cómo puedes actuar dentro de esta cultura?

  • Evita el uso de lenguaje que despersonalice o degrade a las mujeres.
  • Alza tu voz si oyes a alguien contar un chiste ofensivo o que dulcifica la violación.
  • Si una amiga te dice que la han violado, tómala en serio y apóyala.
  • Mantén un pensamiento crítico con los mensajes que te llegan de los medios de comunicación sobre mujeres, hombres, relaciones y violencia.
  • Respeta el espacio ajeno incluso en situaciones distendidas.
  • Mantén comunicación constante con tus parejas sexuales, no presupongas el consentimiento.
  • Define tu propio concepto de masculinidad o femineidad. No dejes que los estereotipos guíen tus actos.

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¿Qué otras cosas puedes hacer en relación a la cultura de la violación cuando la experimentas en la vida real?

  1. Enfrentarte a otros hombres

No hablo de violencia, más bien eso es lo que tenemos que intentar evitar. Sin embargo, en ocasiones un hombre tiene que enfrentarse a otro hombre, por separado o en grupo, en determinadas situaciones. Cuando estoy en un espacio público y veo a otro hombre acosar a una mujer, me paro y me aseguro de que la mujer en cuestión me ve. Busco que se dé cuenta de que soy perfectamente consciente de la situación y espero que me de una señal explícita de ayuda. A veces, la pareja continúa peleando como que fuera invisible, pero en otras ocasiones, la mujer me hace ver que necesita apoyo e intervengo. Nunca he tenido que ponerme violento; en ocasiones mi sola presencia hace que el tipo se vaya si es desconocido o se explique si ya nos conocemos de antes. En resumen, la dinámica cambia. Por esto me detengo cuando veo que otro tipo está molestando en público a una mujer. Por alguna razón, me aseguro de que cualquier mujer, en lo que podría convertirse en una situación violenta (una situación que podría estar juzgando correctamente o no) encuentre la oportunidad para hacerme notar que necesita ayuda. Tengo una hermana pequeña, esa respuesta es prácticamente instintiva en mí.

Sin embargo, no solo hago esto con las mujeres. También he actuado así en una discusión afectiva entre dos hombres. Siempre que contemples una situación que parece salirse de control, y especialmente si están atacando a alguien o ese alguien pide ayuda, debes inmiscuirte. No significa entrar como un elefante en una cacharrería, sino hacerte partícipe, involucrarte, tomar nota de información pertinente, alertar a las autoridades, llamar a la policía, etc. Hacer algo, vaya.

  1. Corregir a otros hombres

Si otro tipo empieza a farfullar atropelladamente cosas ofensivas delante de ti, puedes actuar incluso si no hay cerca nadie de la comunidad sobre la que recae la ofensa. También vale para cuando alguien usa lenguaje misógino: levanta la voz, dile a tu amigo o a tu compañero de trabajo que los chistes de violaciones son basura y que no los vas a aguantar.

Hazme caso, no vas a perder tu «carnet de hombre». Aun así, si eres mayor de diecinueve y todavía te preocupa el carnet de hombre, tampoco es que tengas ni idea de lo que va la masculinidad respetable. No tiene nada que ver con ningún tipo de aprobación intelectualoide ajena, tiene que ver con que seas «tu propio modelo de hombre» y hagas las cosas bien. Te sorprenderá la cantidad de hombres que te guardarán respeto por hacer aquello que ellos no se atrevieron a hacer, lo he escuchado miles de veces. No soy la Liga de la Justicia, pero he discutido, discuto y seguiré discutiendo con manadas y manadas de tipos. Más tarde, algunos de esos tipos se me acercarán y me dirán el respeto que les infunde lo que hice. Siempre les respondo que, cuantas más veces repitas, cada vez es más fácil levantar la voz. Lo prometo, es cierto.

No quiero decir con esto que hay que haya que ir haciendo marcaje a todo el mundo. No intento hacer que todo el mundo viva según mis ideas, nadie necesita que le digas lo que piensas sobre cada cosa que dicen y si es acorde a tu criterio de conciencia social. Sin embargo, cuando otro tipo dice alguna gilipollez y te das cuenta ―esos chistes están a la orden del día―puedes hacerle notar que ni su chiste de violaciones ni su siempre sabia analogía del «todas putas» pasan la prueba.

  1. Hacer reflexionar a otros hombres

Pongámoslo así: estás en un grupo de hombres y uno de ellos empieza a chillarle a una chica. Muy sencillo, dile que deje de hacer el gilipollas. No te conviertes en un macarra si alzas la voz por la mujer, siempre y cuando no trates de conseguir puntos ante ella por defenderla, claro; si evitas eso, no estarás actuando como el caballero de brillante armadura. No, estarás haciendo lo correcto. Ninguna mujer necesita  que le chille un payaso sexista solo porque el pobre tipo no da para más. El piropeo es una de las peores exhibiciones de la sexualidad masculina que existen, y esos imbéciles nos hacen quedar como simples espantapájaros. ¿Lo pilláis, no? Hay que ponerle fin a estas soplapolladas.

Mediante construcción personal fue como conseguí levantar la voz ante un grupo de hombres. Tienes que hacerlo, más que nada por respeto a ti mismo. De otra manera, no eres más que otro tipo patético que permite que otro hombre maltrate a una mujer delante de ti. Cuando un menda piropea y no lo haces notar, lo que acaba de pasar es que él la ha tratado como un objeto sexual barato para su propia satisfacción y a la vez te ha convertido en ese macarra que está deseando que ocurra otra situación de maltrato en tu presencia para que la ratifiques mientras no dices una palabra.

¿Qué pensaría tu abuelo si te viera en esa situación? ¿Estaría orgulloso? ¿Estás orgulloso de ti mismo? El orgullo masculino solo vale para una cosa: para mejorar personalmente. No seas ese macarra silencioso que se mimetiza con la masa para recibir su aprobación. Levanta la voz cuando alguien piropee a una mujer enfrente de ti, dile que se calle la puta boca. Como hombre, tienes poder, úsalo, los hombres respetamos la convicción.

  1. Es nuestro trabajo establecer normas para nosotros mismos y, de esta manera, para los hombres en general.

Pensarás «Zaron, tío, espabila, tronco. El piropeo no es para tanto, ¿no estamos haciendo una montaña de ello? A algunas mujeres les gusta». Igual tienes razón, igual a algunas les gusta, pero eso no importa, a mí me gusta conducir a toda hostia, a mi sobrino le gusta fumar hierba por la calle, pero ninguno de los dos estamos habilitados para hacerlo. Así funciona el pertenecer a esta sociedad: si encuentras a una mujer que le guste que la piropeen, ve y hazlo, pero de puertas para adentro, no en público. Ahí, respeta su espacio, tanto físico como psíquico,

No te limites a ser un hombre, sé un ser humano, una persona con integridad y honor.

Cuando eventos como #YesAllWomen surgen en nuestros debates culturales y las mujeres de todo el mundo comienzan a compartir sus experiencias, sus traumas, sus historias y sus puntos de vista personales, nosotros, como hombres, no debemos inmiscuirnos en ese debate. Lo que tenemos que hacer es escuchar y reflexionar, que sus palabras cambien nuestra forma de ver el mundo. Nuestro trabajo ahí está en preguntarnos cómo podemos hacer mejor las cosas.

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Por qué los grupos de defensa de los derechos de los hombres son una auténtica mierda

Del original en The Belle JarWhy The Men’s Rights Movement Is Garbage

Permitidme un momentito para hablar sobre los grupos de defensa de los derechos de los hombres  (el equivalente atomizado del Men’s Rights Movement (MRA’s) de Estados Unidos, que engloba grupos a favor del SAP y de la custodia compartida, entre otros). Parece que existe cierta confusión con ellos. Bueno, más bien parece que hay mucha. Desde hace poco, mucha gente me ha llamado la atención por enfrentarme estos grupos (llamémoslos GDDH). «A los hombres también nos oprimen», dicen. «El feminismo es sexista y nos enseña a los hombres que la masculinidad está mal». «Los hombres blancos y heterosexuales ya no podemos estar orgullosos de nosotros mismos». «Si crees en la igualdad, entonces esperarás que los hombres practiquemos un activismo parecido al de las mujeres». «Todos tenemos derecho a opinar».

En primer lugar, sí, todas tenemos derecho a opinar, pero esto no quiere decir que todas las opiniones tengan la misma base: algunas están basadas en hechos y otras son una auténtica mierda. Por ejemplo, yo puedo decir que las vacunas son responsables de provocar autismo; será mi opinión, pero será una opinión totalmente equivocada. Así que no pretendamos dar la misma consideración a todas las opiniones, todas somos lo suficientemente sensatas como para hacerlo.

Segundo, dejemos una cosa clara: los hombres, como grupo, no sufren opresión sistemática debido a su género. ¿Estoy diciendo con esto que ningún hombre está oprimido? No, de ninguna manera. A los hombres os oprimen y os marginan por muchas razones: etnia, clase, orientación sexual, nivel económico, por nombrar algunas. ¿Estoy diciendo con esto que todos y cada uno de los tipos blancos, cisgénero y heterosexuales tenéis una vida genial por vuestro privilegio acumulado? No, tampoco estoy diciendo eso. Múltiples circunstancias de la vida pueden llevaros a pasar dificultades; sin embargo, ningún hombre está oprimido por ser hombre. La misandria no existe, y considerarla una fuerza idéntica o peor aún que la misoginia es ofensivo, grotesco y un insulto a la inteligencia.

Los GDDH creen que deben culpar a las feministas de todo lo malo que les ocurre en sus vidas. Los grupos en defensa de los derechos de los hombres son movimientos reaccionarios creados ex profeso para enfrentarse al feminismo y mucho (si no todo) de su tiempo y recursos los invierten en silenciar y marginar a las mujeres. Guardan en su haber el haber hecho viral la campaña Don’t be that girl (No seas como ella), con la que acusaban a las mujeres de interponer denuncias falsas sobre violaciones. Acuden a eventos feministas para intimidar a las mujeres, navegan por páginas feministas con mensajes de amenazas y en ocasiones ponen en marcha campañas de difamación y tácticas de terror para que las mujeres que no se pliegan teman por su integridad física. No hacen nada para resolver los problemas que, según dicen, les afectan, y por el contrario hacen lo imposible para desacreditar al movimiento feminista.

Por supuesto que existen asuntos que afectan especialmente a los hombres, como una tasa de suicidio o de indigencia más elevada en la población masculina. Es más probable que un hombre resulte herido o muerto violentamente, también en su puesto de trabajo. Tambiénl os hombres víctimas de agresiones físicas o sexuales ponen menos denuncias. Esto es por lo que en teoría se preocupan los GDDH, y cuando digo «preocupan» digo «echan la culpa al feminismo de».

El problema es que ni el feminismo, ni la equiparación de derechos de hombres y mujeres ni nada parecido tienen la culpa de que estos problemas existan. ¿Sabéis qué sí la tiene? Marginar según criterios de clase o étnica, por ejemplo. ¿A que ningún hombre blanco y rico está luchando por salir de la indigencia o por hacer de su lugar de trabajo un sitio más seguro? ¿Sabéis quién más es culpable? Nuestra cultura patriarcal y sus estrictamente delimitados roles de género, los mismos roles que, mirad por dónde, el feminismo intenta derribar. La concepción de la masculinidad según el patriarcado es una auténtica mierda, lo que provoca que los hombres se muestren reacios a pedir ayuda en aquellas tareas que consideran «demasiado femeninas», como cuando sus parejas AHAN (asignadas hembra al nacer) les agreden o violan, como cuando no pueden mantenerse a sí mismos o cuando no buscan ayuda en episodios de depresión o ansiedad. Esto, socialmente, significa que los hombres no disponéis tan fácilmente de recursos para gestionar estas adversidades o que los hombres no tenéis la necesidad de ello. Sí, el patriarcado privilegia vuestros intereses de manera apabullante, pero también os perjudica. Os perjudica en los puntos en los que los GDDH, aparentemente, están intentando ayudaros, lo que os llevará a pensar que los GDDH constituyen unos aliados firmes en la lucha contra el patriarcado. Pues no, todo lo contrario. Antes que eso, culparán a las mujeres de sus problemas.

Como podéis ver, el problema con los grupos de defensa de los derechos de los hombres es que no están moviendo un dedo por arreglar ninguno de los problemas que he mencionado. No recaudan dinero para abrir residencias para hombres sin hogar u hombres agredidos, no están creando un servicio telefónico de apoyo para hombres con tendencias suicidas, no se están asociando para impulsar más seguridad en los puestos de trabajo o frenar el comercio de armas. Al contrario, lo único que hacen es quejarse del feminismo, negar el concepto de patriarcado y, en conclusión, hacer de este mundo un lugar más triste y escalofriante, un lugar menos seguro en donde vivir. No solo eso, aun diría que sus bufonadas son incluso un escollo para sus propias luchas, porque crean una peligrosa relación entre los problemas reales a los que se enfrenta los hombres  y sus tonterías de mal gusto. Un trabajo de puta madre, GDDH. Un gran modo de joder a hombres vulnerables en vuestra cruzada por demostrar que el feminismo el nocivo. Estaréis orgullosos.

Los grupos en defensa de los derechos de los hombres no son un tipo de «feminismo para hombres», no son grupos de activismo complementario con el objetivo de promover la igualdad de trato entre hombres y mujeres. Y ni mucho menos son aliados de las mujeres, si excluimos a esas mujeres con casos de misoginia naturalizada cercana a la patología. Creo en la igualdad entre hombres y mujeres, pero también creo que no nacemos en igualdad de condiciones. A las mujeres se las priva de derechos, se las discrimina y se las niega derechos y libertades básicas, y aunque el feminismo ha hecho bastante por solucionar esto durante el pasado siglo, todavía no hemos conseguido eliminar milenios de opresión y determinismo social.  Por eso, todavía no ha llegado el momento para que los hombres de establezcan un movimiento de justicia social, por eso la fem de feminismo. Para conseguir justicia e igualdad, es preciso promover el empoderamiento de las mujeres, no el empoderamiento de ambos géneros en cantidades iguales porque, por poner un ejemplo tonto, si una persona no tiene ninguna manzana y la otra tiene ya cinco y les das a ambas otras tres en el nombre de la justicia, una de ellas aún tendrá otras putas cinco manzanas de más. Así que sí, hablad de los problemas que afectan a los hombres. Enfrentaos a los problemas que afectan de manera desproporcionada a los hombres, como el suicidio, la indigencia y las muertes violentas (mientras tenéis en cuenta  que el hecho de que los hombres tenéis problemas específicos no significa que estéis oprimidos por pertenecer a un género).  Dedicaos a abrir residencias para hombres agredidos, poned en marcha campañas en las que hagáis notar que los hombres también son víctimas de violación y presionad a los gobiernos para que mejoren la seguridad en vuestro puesto de trabajo. Muy bien, ahora hacedlo de una manera que no sea a costa de las mujeres. En vez de eso, unámonos y jodamos el patriarcado de arriba abajo, porque de esa manera, todas ganamos.

P.D.: Ah, si sigues pensando que los hombres blancos y heterosexuales ya no pueden estar orgullosos de sí mismos, será mejor que revises tu privilegio un millón de veces y luego unas cuantas más porque, sinceramente,

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Ser gordo, mulato, femme, feo y aborrecible

Del original de Caleb Luna en Black Girl DangerousOn Being Fat, Brown, Femme, Ugly, and Unloveable

21 de Julio de 2014. Caleb Luna.

Es peligroso que un chico mulato se enamore porque, según el supremacismo blanco, no somos gente a la que se deba amar. Es peligroso que un chico mulato se enamore porque la gente no nos ve como personas independientes a las que se deba amar.

El colonialismo nos adoctrina para que idealicemos románticamente la delgadez, la blanquitud y la masculinidad, tanto en nosotros mismos como en el resto del mundo. ¿Y cómo yo, gordo, mulato y femme puedo deconstruir mi deseo de tal manera que me desee a mí mismo? ¿Cómo puedo amarme en un mundo que no para de decirme que no soy alguien a quien se deba amar? Y de nuevo, ¿cómo puedo deconstruir mi deseo de tal manera que nunca más vuelva a acosar con la mirada a ese chico delgadito que se niega a verme como la diosa que soy?

Según las construcciones coloniales de belleza y deseo, ser gordo, mulato, homosexual y femme es ser feo. Significa sentirse y ser aborrecible y que todo el mundo esté de acuerdo con ello. Ser gordo y mulato mientras tu mentalidad está colonizada significa apreciar, desear y dar prioridad al amor romántico, un amor que no te corresponde y que no te querrá nunca. Significa no poder escapar del estómago de la bestia.

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Feo es cómo me muevo por el mundo, cómo me ve la gente, mis compañeras de trabajo, mis potenciales amantes, mis jefas, la gente de mi entorno, las médicos, las profesoras, las trabajadoras del sector servicios, etc. Esta percepción afecta directamente al trato que recibo a diario. Me han rechazado en varias entrevistas de trabajo debido a mi cuerpo, no quepo bien en las mesas con butaca de los restaurantes, en los asientos del avión y en los pupitres. Todo es un recordatorio constante de que este mundo no está hecho para mí.

He desarrollado sentimientos afectivos a lo largo de mi vida y en muy raras ocasiones han sido recíprocos, aunque la gente por la que he desarrollado esos sentimientos normalmente han sido amigos, gente que me apreciaba e incluso me quería de otras maneras. Sin embargo, no pasé por alto que estas mismas personas, con asiduidad, preferían antes tener citas con gente delgada o blanca que con gente como yo. Comencé mi primera relación romántica poco después de cumplir los 27, y, a esas alturas, no me costó mucho ver que muchos de mis allegados ya habían tenido varias. Tampoco me costó ver que muchos de nosotros no las habíamos tenido ni las tendríamos nunca.

Con esto no estoy diciendo que nadie ame ni desee a la peña gorda y a la gente no blanca, todo lo contrario, hay múltiples ejemplos así en mi entorno. Pero esto no elimina el hecho de que nuestros amplísimos sistemas culturales, aquellos que alimentan nuestras decisiones y deseos, descansan sobre siglos de historia en los que, sistemáticamente, se ha otorgado privilegio a determinados cuerpos mientras que se han marginalizado otros. En consecuencia, no dejo de ver múltiples ejemplos de cuerpos marginalizados en los que el deseo no tiene cabida.

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Hablaba con mi amiga, Ivette González-Alé sobre identidad gorda cuando se hizo la siguiente pregunta: « ¿gorda para quién?». Decía que su cuerpo era idéntico al del resto de su familia; sus caracteres indígenas hacen que su cuerpo se considere ajeno a los estándares blancos de altura, peso y distribución de la grasa corporal. La gordura se contrapone a los cuerpos blancos, sacando del juego comparativo al resto de grupos étnicos, y creando de esta manera una identidad totalmente ajena a su propio cuerpo mulato.

Teniendo en cuenta que muchas de las personas gordas en los Estados Unidos son también pobres y no blancas y también considerando que lo personal es lo político, apreciar y desear cuerpos blancos y delgados se convierte en una (poco) sutil colaboración con la supremacía blanca y el privilegio de clase. Y son especialmente los hombres los que ganan dentro de estas construcciones, como demuestran las opciones, aparentemente graciosas, pero que poco tienen de irónicas, que existen las aplicaciones telefónicas para ligar que usan hombres homosexuales: «ni gordos ni femme», «ni negros ni asiáticos».

Si eres gordo en entornos de hombres homosexuales solo serás apetecible si tienes un cuerpo de oso peludo, ya que la barba te reafirma en tu masculinidad y compensa la tendencia a la feminización de la gordura. Sin embargo, puedo extraer el origen de mi cuerpo lampiño de mis raíces indígenas, de tal manera que cuando empieza la charlita para medir lo muy oso o lo poco oso que soy (pelo en la barba, el ombligo y en el resto del cuerpo) y mi negritud comienza a ubicarse un determinada y solitaria categoría, toda la charla puede resumirse en: «si eres blanco y estás gordo, no pasa nada». Es este un entorno del que me repele participar tanto por el racismo como por la misoginia encubierta; pero no deja de ser el único espacio donde cuerpos masculinizados pueden sentirse apreciados o incluso deseados.

Hubo una breve época en la que algunos hombres —en concreto hombres gordos y negros— se interesaron por mi cuerpo. Fue una experiencia totalmente increíble tener relaciones sexuales con hombres con un cuerpo como el mío. Sin embargo, en el momento en que cambió mi expresión y adopté la identidad femme, estas comunidades parecen haber perdido interés. ¿Qué te queda cuando eres demasiado mulato, demasiado femme, demasiado marica para los osos? ¿Cuándo se convirtieron en tu único recurso? ¿Cuándo, incluso en espacios radicales de maricas no blancos, ha comenzado a darse preferencia a los cuerpos delgados, masculinos, cisgénero y normofuncionales? Además, aun esforzándome activamente para interrogar, expandir y enfrentarme a mi propio deseo, no estoy exento de perpetuar estas actitudes. Entonces, ¿cuál es el lugar para la gente como yo?

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Soy una persona antirromántica porque rechazo la propia idea del amor romántico; la considero nociva para mi salud mental. Significa estar expuesto de manera eterna e íntima a los entretejidos sistemas de supremacía blanca, gordofobia, cisexismo y demás. Bajo esos sistemas, mi cuerpo no puede ser ni neutral ni mucho menos erótico, no puede ser objeto de deseo sin ser convertido en un fetiche descontextualizado y excluido. No solo eso, mi cuerpo también se vuelve invisible en aquellas concepciones alternativas creadas por las personas que buscan destruir esos sistemas, aquellas personas más involucradas en esos sistemas de lo que ellas, nosotras o yo estamos dispuestos a reconocer.

El amor romántico tal y como lo conocemos es un constructo colonial. Es una empresa perpetua, posesiva y monógama que sangra cada segundo de tu vida y cuyo fin es, apoyándose sobre la familia nuclear, sostener al sistema capitalista y al supremacismo blanco heteropatriarcal. Nos enseñan que el amor romántico es esencial, nos lo muestran como un mito de autorrealización. ¿Qué podría cambiar si nos construyéramos en base a amor propio, amor platónico o amor comunal? Podríamos adivinar la belleza dentro de nuestra interdependencia, más que observar a un grupo de personas competir por salarios o modos de vida más elevados a costa de las demás. Dar prioridad a la formación de familias en vez de comunidades crea jerarquías en las cuales ciertas personas son más merecedoras de nuestra atención, protección y devoción que otras. Si reestructuramos el amor romántico y lo hacemos equiparable  al amor propio, platónico o comunal, conseguiríamos establecer prioridades de cuidados y de sustento para nuestra comunidad, unas prioridades muy parecidas a las que podríamos facilitar a nuestra pareja emocional.

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En su artículo Moving Toward the Ugly: A Politic Beyond Desirability (De paseo por lo feo: la política más allá de lo deseable), Mia Mingus nos urge a que dejemos atrás nuestra concepción binaria de la belleza y alcancemos lo que ella llama magnificencia: abrazar lo Feo y la diversidad de los cuerpos. Mingus ubica el concepto de belleza en una construcción inherentemente exclusivista en la que se impide específicamente el acceso a personas no blancas, a personas trans, a personas no conformes con su género o a personas diversofuncionales. Con toda esta información, aun sigo dándole vueltas a lo que significa ser feo, ser bello y mi involucración en la belleza. Si ser «no bello» significa no ser o no sentirse «digno de ser amado», y si «digno de ser amado» significa «humanidad», ¿qué pasa con las personas que no somos bellas? ¿Qué significa ser «digno de ser amado» bajo una construcción colonial del amor y de la belleza articulada en base a la supremacía blanca y al colonialismo? ¿Implica algo diferente para mi cuerpo gordo, mulato, homosexual, femme que para las demás? ¿Y quién lo decide? ¿Y a qué feas nos dejamos por el camino?

Caleb Luna se identifica como gordo, mulato, homosexual y femme. Vive, estudia, baila, escribe, da conferencias y las organiza en Austin.

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Las guarras no existen

Del original de Melissa Gira Grant There is no such thing as a ‘slut’.

Melissa Gira Trant. America.aljazeera.com.

Ser una guarra es útil. Esto es lo que las sociólogas Elizabeth A. Armstrong y Laura T. Hamilton escriben en su recientemente publicado estudio sobre el sexo y el estatus social. En él, analizan las fiestas de dormitorio y la vida sorórica de un colegio mayor. Hablan sobre cómo las mujeres se enfrentan a ser tachadas de guarras por otras mujeres; y cómo esa etiqueta se aplica concretamente a unas pero no a otras. Su descubrimiento ha sido el siguiente: el estigma de la putificación no tiene nada que ver con el comportamiento sexual, sino que se produce cuando alguna de estas mujeres transgrede las barreras determinadas por su clase social.

En el momento en que alguna mujer putifica a otra, no estamos hablando de una muestra de sexismo naturalizado, sino de un movimiento perfectamente calculado cuyo objetivo es conseguir alzarse socialmente sobre otras mujeres. Según sostienen las autoras de estudio, «las mujeres se involucran activamente en la putificación porque puede proporcionarles réditos». No solo eso, las chicas «bien» pueden tener todas las relaciones sexuales que deseen y esquivar la etiqueta. Las chicas «malas», las que normalmente proceden de una posición económica menos privilegiada o que aparentan ser menos femeninas, han disfrutado, de hecho, de menos experiencias sexuales que las chicas «bien». Entre ellas, las chicas «malas» podrán haber tachado de putas a las chicas «bien»; sin embargo, muy difícilmente habrán socavado su reputación.

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«Es una especie de privilegio sexual», concluyen las investigadoras

Por lo que parece, las «guarras» no existen, solo existen chicas a las que se quiere excluir y eliminar de los círculos sociales. Casi ninguna de las jóvenes en edad universitaria a las que las autoras y su equipo investigaron pudo ponerse de acuerdo sobre qué constituía ser una guarra. Eso sí, sí estuvieron de acuerdo en todos los casos en que las guarras eran otras.

Una etiqueta que causa división

Las guarras forman más parte de nuestra imaginación que de nuestras camas. Como pasa con sus primas, las «putas», que te tachen de guarra poco tiene que ver con qué hiciste o con quién lo hiciste, más bien sobre lo que se habla de ti. «Puta» es un apelativo con más solera, pero es parte del mismo concepto: el valor sexual de una mujer es intercambiable con su valor social, con su poder y con su influencia. Gracias a Armstrong y Hamilton, en el momento en que discriminamos estos elementos, descubrimos que no podemos enfrentarnos al estigma de la putificación solo rechazando la etiqueta. Este rechazo va inherentemente unido a la etiqueta, y es el que le da su poder. Es decir, no te lleva a ninguna parte insistir que no eres una guarra porque en realidad es lo que supuestamente estás llamada a hacer. Da igual cómo llames a esa mujer —guarra, puta, furcia, casquivana, ramera—, con ello estás trazando una línea roja.

El feminismo de los noventa quiso apropiarse del término guarra, o al menos resignificarlo. El transgresor estilo kinderwhore incorporó las faldas cortas, siempre unidas al maquillaje corrido o a las botas con punta de acero. Además, y junto al movimiento de punk rock feminista Riot Grrrl, lograron entrar en la corriente algunas tendencias minoritarias de visión positiva del sexo. Esto propició la aparición de lugares limpios e iluminados donde pudieras comprar tu primer vibrador o arnés, artículos en lustrosas revistas para mujeres donde se decía que el lesbianismo estaba guay (en estos casos, solo si te habías pintado bien los labios). La etiqueta de guarra supuso una revolución para algunas mientras que para otras adquirió un hálito más guay y más moderno.

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Por otro lado, la ola feminista más reciente, la que denuncia la putificación, puede parecer contradictoria. ¿Lo que quieren las feministas es destruir el poder que ejerce la putificación o, simplemente y de manera superficial, lo que pretenden es mantenerlo a distancia? El estudio de Armstrong y Hamilton sugiere que nuestra cambiante relación con respecto al término «guarra» tiene poco que ver con nuestras impresiones sobre la libertad sexual (la que existe o la que se supone) y más con nuestras inquietudes sociales y de clase. Una guarra siempre es alguien peor que tú, alguien a quien es lícito expulsar de la correcta femineidad y cuyo verdugo obtiene gratificación. El estigma de la putificación seguirá ahí hasta que más gente reconozca las divisiones que este tipo de humillación favorece.

Activismo de acera

Quizá las muestras actuales más evidentes de esta relación con la putificación tanto de afinidad como de aversión, sean las múltiples Marchas de las Putas que han tenido lugar en las calles de ciudades como Toronto, Sydney o Nueva York. El origen de estas marchas, que denuncian tanto las agresiones sexuales como la putificación, está en las chicas de un colegio mayor que se opusieron a la recomendación displicente de un oficial de policía de Toronto que las recomendaba que «“dejaran de vestir como guarras» para evitar violaciones. La Marcha de las Putas pretendía enfrentarse a aquellas obligaciones legales que instaban a las mujeres a adherirse a sus estándares de recato como requisito indispensable para solicitar protección,

«No avanzaremos si las mujeres siguen alejándose del término «guarra» y los intentos por reformularlo no serán más que castillos en el aire».

Armstrong y Hamilton nos proponen revisar las Marchas de las Putas, ya que, según su estudio, en ellas las mujeres ejercen control sobre otras mediante el establecimiento de una normativa sexual por el rechazo y la imposición ajena del estigma de la putificación. Por otro lado, también podemos revisar cómo este estigma se desarrolla ámbitos de autoridad más explícita: la policía. Ahí, como en el colegio mayor, algunas mujeres también esperan obtener beneficios. Por otro lado, no todas tienen garantizada la protección policial, en concreto aquellas que por motivos de raza, identidad de género y vida sexual son más susceptibles de sufrir acoso policial. Me refiero a mujeres negras, mujeres trans, lesbianas y trabajadoras del sexo.

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Las predecesoras intelectuales de estas Marchas fueron aquellas manifestaciones lideradas por trabajadoras del sexo, las más proclives a pasarlo peor cuando el estigma de la putificación se mezcla con la autoridad policial. En julio de 2006, documenté a un grupo de trabajadoras del sexo que se habían reunido en Las Vegas procedentes de todo Estados Unidos, mientras marchaba con ellas. Sus pintas no eran muy diferentes de las que cualquiera pudiera llevar en una Marcha de las Putas; únicamente se explotaban deliberadamente todos los clichés asociados a su uniforme de trabajo: pantalones cortos de plástico, medias de rejilla en forma de pequeños cuadrados o botas de plataforma. Nos detuvimos en frente de glamurosos hoteles y en la Avenida Las Vegas mientras repartíamos pasquines que informaban sobre los derechos de las trabajadoras del sexo; sin embargo, cuando un pequeño grupo se atrevió a entrar en el Caesar’s Palace, fueron expulsadas. Este supuesto es exclusivo de Las Vegas, ya que, esas activistas, al cruzar la puerta, se convirtieron inmediatamente en potenciales competidoras de las propias trabajadoras del sexo con las que el casino, no oficialmente, contaba. (No hay duda de que si las activistas hubieran estado trabajando, hubieran accedido al casino con una vestimenta más discreta, como cualquier otra mujer de negocios).

Femineidad ilegítima

La relación del estigma de la putificación con la lucha de clases queda aún más en evidencia cuando nos fijamos en la sensatez que esas putas mostraron. En los noventa, el sociólogo y psicólogo Gail Pheterson identificó a su precursor, el «estigma de la meretriz». Según incluye en The Prostitution Prism, el Prisma de la prostitución, esto «va unido no únicamente a la femineidad sino a aquella femineidad ilegítima o ilícita. En otras palabras, ser una mujer es un requisito previo para ser puta, pero no la única justificación». El «estigma de la meretriz», tal y como escribo en mi libro Playing the whore, «Jugando a las putas», «pone en el punto de mira las jerarquías de raza y clase, favorecidas por la división de las mujeres entre puras e impuras, limpias y sucias, las blancas y virginales y todas las demás. Si una mujer es «lo otro», ser puta es «lo otro de lo otro».

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Mientras muchas piensan que el estigma de la putificación está unido intrínsecamente al sexo, las investigadoras nos muestran que, en realidad, de sexo, poco. Este estigma se encarga explícitamente de crear y fomentar todas esas diferencias. Acabar con él necesitará de algo más que una reivindicación sexual como la que hubo en los noventa. No avanzaremos si las mujeres se alejan del término «guarra» y los intentos por reformularlo no serán más que castillos en el aire. Si queremos luchar contra este estigma, debemos empezar por desmantelar el, según las autoras, privilegio sexual para que las situaciones en las que se dan experiencias sexuales y que no están unidas a términos de movilidad o estatus social se multipliquen. En esto, luchas básicas del feminismo como el libre acceso al aborto y el fin de la violencia de género deben ser entendidas como parte de la lucha por la libertad sexual. Aunque en ocasiones se las considere contradictorias, lo cierto es que la lucha por la obtención tanto de medios sanitarios dignos como de igualdad de género no puede ganarse mientras se encuentre separada de la lucha por el placer y la liberación sexual.

El deseo y la justicia son inseparables. Empero, mientras exista el estigma de la putificación entre mujeres, la libertad sexual será privilegio de unas pocas.

Melissa Gira Grant es periodista freelance y autora de “Playing the Whore: The Work of Sex Work.” (Jugando a las putas: el trabajo de las trabajadoras del sexo).