4 consejos desde la trinchera de los aliados feministas

Del original de Andrew Hernann en Everyday Feminism, 4 Lessons from the Trenches of Allyship

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No hace mucho, fui de karaoke con mi esposa y diez de sus compañeras de trabajo, también mujeres.

Es un ritual anual; trabajan de profesoras y salen a celebrar el haber sobrevivido a la última tanda de incansables alumnos de primaria.

Algunas de sus parejas, novios y maridos, fuimos con ellas también, pero nos hicimos a un lado. Una vez entramos en la sala reservada, dejamos que nuestras parejas escogieran las canciones. Tras una hora, pude establecer un patrón.

Todo el mundo cantamos la primera canción, School’s out for Summer de Alice Cooper (no veáis qué subidón). En las siguientes dos canciones, de Beyoncé y Alanis Morrissette, los tipos fuimos a la barra, pero, después, cuando empezó We didn’t start the fire  de Billy Joel, ¡volvimos corriendo! Luego, cuando sonó algo de Jewel más tarde, los cuatro tipos nos volvimos al rincón otra vez.

La música sonaba fuerte, así que no pudimos charlar mucho, simplemente estuvimos ahí, agitando embarazosamente los hielos de nuestras copas. Tras Jewel, sonó el My heart Will go on the Celine Dion y luego el Like a Prayer de Madonna. Por supuesto que nos sabíamos las letras — cómo no, habiendo crecido en los noventa—  pero en vez de bailar y cantar, nos dedicamos a intentar no prestarnos atención unos a otros mientras mientras canturréabamos la parte de in the midnight hour, I can feel your power.

¿Por qué nunca cantamos canciones de vocalistas mujeres?

Muy sencillo, porque nos han enseñado que solo a las mujeres o a los gais les gustan ese tipo de artistas. El que hubiéramos acompañado a nuestras parejas cantando hubiera significado exhibir nuestra feminidad o nuestra homosexualidad, la cual, —de nuevo, según nos han enseñado— hubiera puesto en entredicho nuestra querida masculinidad.

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Ahora, en perspectiva, me avergüenzo de haberme mostrado tan reticente por cantar. En primer lugar, perdí una oportunidad de divertirme con mi mujer y sus compañeras; luego, falté a mis principios personales y profesionales. ¿Cómo yo, alguien que se identifica abiertamente como aliado feminista y de la comunidad LGBTQIA+, se avergüenza de cantar una canción en la que la vocalista es una mujer?

Como muchos hombres, me educaron en masculinidad y, sobre todo, en cómo preservarladesde una temprana edad.

En mi colegio, mis amigos y yo solíamos jugar a «castiga al marica», una versión del pilla-pilla en la que había que intentar pillar al niño al que le tocaba llevar la pelota — el marica— y placarlo para que la soltara.

Más tarde, ya en el instituto, empezaron las «charlas de vestuario». Por un lado, los tipos trataban de embellecer su vida sexual, alardeando de las tipas a las que se había tirado y a las madres a las que también se follarían. Cuanto más explícitas fueran las historias y los gestos que las acompañaban y cuanto más se degradara a las mujeres en cuestión, más machos parecían ser.

Por otra parte, estos chicos insultaban a esos otros chicos que parecían más miedosos, o, en general, a cualquiera que no tuviera una pinta lo suficientemente atlética, que tuviera amigas mujeres, que prefiriera las artes o que pareciera homosexual, signifique lo que signifique eso.

Hacían acopio de todo tipo de insultos sexistas y homófobos y, junto con todo un amplio abanico de comportamientos de carácter explícito, los usaban para socavar la masculinidad de estos chicos.

Por supuesto que el vestuario no siempre era así, y tampoco todos participaban activamente en esa pose. Por ejemplo, muchos de mis amigos y yo nunca nos sentimos lo suficientemente a gusto ni con la suficiente confianza como para involucrarnos (no recuerdo haber hecho otra cosa en el instituto que andar agachando la cabeza). Sin embargo, existía una presión tácita por la que, al menos, debíamos reírnos en conjunto, porque, si no lo hacíamos, alguien de manera inevitable te acusaría de ser un marica (o algo peor).

Me alegré de abandonar el vestuario cuando llegué a la universidad. En parte mediante un trabajo académico sobre justicia social y en parte mediante una red de amigas más diversa, empecé a darme cuenta de lo que en realidad promovía el uso de lenguaje sexista en mi instituto.

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Aprendí que vivimos en una sociedad patriarcal.

¿Y qué significa esto? El patriarcado es un sistema social en el cual los hombres gozamos de privilegio. Como los hombres somos los privilegiados, la masculinidad también lo es. La masculinidad es el conjunto de características y roles general y típicamente asociados a los hombres.

Volviendo la vista atrás a mi infancia, me di cuenta de que el concepto tradicional de hombre «de verdad» no es más que un producto de este sistema patriarcal.

Esos chicos de mi instituto no actuaban de manera «natural», lo que hacían era reafirmar, conscientemente o no, los conceptos de masculinidad hegemónica que habían heredado de su familia, de los medios y de las instituciones; unos conceptos que dan prioridad a la heterosexualidad y a la masculinidad sobre otros tipos de orientación sexual y la feminidad y que además fusionan género con genitales.

Tras darme cuenta de todo esto, decidí declararme aliado feminista y de la lucha por los derechos LGBTQIA+.

El feminismo es una filosofía y un movimiento cuyo objetivo es establecer la igualdad de género. Ser un aliado feminista significa apoyar la igualdad de derechos para la gente LGBTQIA+ mediante la lucha contra la heternormatividad (el privilegio de la heterosexualidad) y el cisexismo (la asunción de que el género está determinado únicamente por el sexo biológico y de que la gente trans es inferior a la no trans, o cis). Ambas formas de alianza van unidas porque el patriarcado desfavorece tanto a las mujeres como la comunidad LGBTQIA+.

No podía vivir en una sociedad en la que la «neutralidad» me hacía cómplice del desempoderamiento sistemático de las mujeres y de la gente LGBTQIA+. Quise involucrarme personal y profesionalmente en esta lucha por la igualdad social en cuanto a género u orientación sexual.

Sin embargo, ser un aliado feministaes difícil, especialmente si eres un hombre heterosexual. Las presiones (en base a los conceptos tradicionales) de la masculinidad hegemónica y toda una vida de aprendizaje patriarcal sistemático son difíciles de superar.

No obstante, he recopilado aquí cuatro consejos —basados en mis propias experiencias y tropezones— para ayudar a que los hombres cis (yo incluido) se declaren abiertamente feministas y aliados feministas.

  1. Quiérete a ti mismo siendo TÚ mismo

Sí, ya sé que parece sacado de un libro pasteloso de autoayuda, pero, ¿cómo podemos destruir tanto el patriarcado sistémico como los privilegios masculinos si continuamos definiéndonos a nosotros mismos en base a los estándares que tanto la masculinidad hegemónica como el patriarcado reproducen?

Oímos que los hombres «que se precien de serlo» valoran la fortaleza, aunque también es verdad que los conceptos tradicionales de la masculinidad hegemónica son fácilmente quebradizos. Pensadlo: todo eso que lleva toda una infancia y adolescencia desarrollar puede venirse abajo tan solo con cantar la canción equivocada en un karaoke, así que no me extraña que muchos hombres, en estos casos, y para proteger su masculinidad, se aparten.

Nos enseñan —y no solo eso, nos enseñamos entre nosotros— lo que significa ser un hombre «de verdad». A través de anuncios de televisión, series, películas y revistas, los hombres aprendemos el modelo ideal de cuerpo que hemos de conseguir, la ropa que hemos de vestir, el trabajo que hemos de alcanzar y los hábitos diarios que debemos practicar, y así hasta el infinito.

No obstante, para ser abiertamente un aliado feminista, debemos estar cómodos con nuestro género y sexualidad y debemos dejar de identificarnos en relación a otras personas. Debemos dejar de ponernos la zancadilla unos a otros mediante la explotación de los mismos mitos patriarcales de siempre.

Un hombre  «de verdad» no es sistemáticamente atlético, un hombre «de verdad» no ha de tener un pene enorme, un hombre «de verdad» no siempre tiene un montón de sexo con miles de mujeres, un hombre «de verdad» no tiene por qué tener un puesto de trabajo poderoso y lucrativo.

Es verdad, un hombre podría ser atlético, tener un pene grande, hincharse a sexo con mogollón de mujeres y tener un trabajo que le genere mucho lucro. Sin embargo, eso no lo hace más o menos hombre que otros, ni deberían estos atributos servir de vara de medir con la que evaluarnos tanto a nosotros como a los demás.

Este concepto, en sí mismo, es un engaño.

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En definitiva, debemos identificarnos como nos sintamos más coherentes con nosotros mismos como individuos.

No estoy diciendo que esto sea fácil, por supuesto que cuesta. Sin embargo, al liberarnos del yugo de la expectación social, nos permitimos también reconocer tanto nuestro propio privilegio como la marginalización que sufren las demás.

  1. Anticípate a las críticas que seguramente recibirás

El patriarcado está en todas partes, y aquellos que se benefician de él criticarán a aquellos que intenten derribarlo con argumentos orientados a socavar su masculinidad.

En el momento en que exhibí mi condición de aliado, algunos cuestionaron mi sexualidad y otros incluso me insultaron. « ¿Es que ahora eres gay», decían algunos, «¿eres una chica?». Algunos otros incluso me hablaban de haber traicionado a mis queridos compañeros machos, heterosexuales y cis.

Me avergüenza admitir que mi respuesta defensiva se basó en la misma red de argumentos falaces. Dije: «¡no, no soy gay!», «¡no soy una chica!». La verdad es que estos argumentos refuerzan la desvalorización de la homosexualidad y la femineidad frente a la heterosexualidad y la masculinidad.

La mejor respuesta hubiera sido recordarles que no tiene nada de vergonzoso el ser homosexual o mujer.

A pesar de las críticas de algunos hombres hacia aliados abiertamente feministas y hacia las propias feministas, tengamos en cuenta que la masculinidad que intentan socavar —como dijimos en el punto 1— es la suya, no la nuestra.

  1. Recordad: ser un aliado feminista es algo más que defender los derechos de las personas LGBTQIA+ o las mujeres.

Ser un aliado feminista es una filosofía que se basa en la práctica, es algo que te exige escuchar y empatizar con las demás; es algo que requiere de ti honestidad en nuestras disyuntivas, confusiones y problemas; es algo que nos exige que nos eduquemos sobre feminismo, sobre alianzas feministas, sobre patriarcado y sobre masculinidad. Y también es algo que nos exige que pongamos en práctica esa educación día a día para reconocer y acabar con la marginalización sistemática de las que no son como nosotros.

Es un trabajo y hay que tomar decisiones.

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¿Cómo responderías si alguien te llama gay por haberte declarado feminista o aliado feminista? ¿Qué harás cuando escuches a un desconocido llamar a alguien maricón o hacer un chiste sobre violaciones? ¿Qué harás cuando un amigo o un miembro de tu familia llame a alguien maricón o haga un chiste sobre violaciones? ¿Seguirás usando el médico y la asistenta sistemáticamente? ¿Cantarás canciones de Madonna en un karaoke?

  1. Desarrolla amistades con gente afín

Esto no significa que tengas que deshacerte de tus antiguas amigas, pero tu único «amigo gay» no te convierte automáticamente en feminista ni aliado feminista.

Empecé a sentirme más cómodo —más abierto y más activista— como aliado cuando establecí amistades con otras feministas, aliadas y miembros de la comunidad LGBTQIA+.

Cuando diversificamos nuestro círculo de amigas, más fácilmente reconocemos cómo la masculinidad es un constructo social y, según empezamos a redefinirnos a nosotros mismos en base a conceptos diferentes, nos vamos sintiendo menos amenazados.

 

Consecuentemente, los insultos ajenos nos afectan menos y nos sentimos más cómodos y motivados para desarrollar y expresar nuestro feminismo o nuestra alianza con el mismo.

***

Es común la idea de que el feminismo es solo para mujeres y que la defensa de los derechos LGBTQIA+ es solo para miembros de esa comunidad.

¿Pero cómo podemos vivir en una sociedad igualitaria si no nos compretemos todas a socavar este privilegio y desempoderamiento sistemático, si no nos compretemos a alcanzar a la igualdad universal?

Ser feminista, aliado y tener una mentalidad abierta es de gran ayuda en este empeño, y eso mismo nos ayuda a mejorar como individuos empáticos, como amigas y como parejas.

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16 comentarios en “4 consejos desde la trinchera de los aliados feministas

  1. ¿Y cuál es mi privilegio por ser hombre? Es que no me queda claro eso del patriardcado. En los empleos que realizo cobro igual que mis compañeras, ninguna mujer me invita nunca a salir y no soy feo, nadie me cede el paso en lugares estrechos y si hay un naufragio me toca salir el último. Ah, olvidaba que tuve que hacer el servicio militar mientras mis hermanas y amigas seguían estudiando y trabajando.

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    • Hola José Luis. Valoro y saludo tu valentía al visitar este blog y leer este articulo. Valoro aun más tus preguntas. Y las entiendo porque también me las hice.
      Hablas de los salarios. Si bien es posible que la igualdad ocurra en tu caso particular o en tu actividad particular no es así en la generalidad. Son las estadísticas las nos dicen como es en realidad el panorama más allá de nuestros casos particulares. Las puedes leer acá. http://es.wikipedia.org/wiki/Diferencia_salarial_de_g%C3%A9nero y en inglés y más completo acá http://en.wikipedia.org/wiki/Gender_pay_gap
      Que percibas que ninguna mujer te invita a salir es la confirmación de que el patriarcado les niega a las mujeres el derecho de invitar a salir a quienes les gustan. Según el patriarcado la que invita mucho es una “puta”. Dada esta limitación, las únicas oportunidades de salir que ellas tienen están atadas a las invitaciones masculinas. Esto hace que las invitaciones masculinas queden sobrevaloradas. Y esto es un privilegio. Porque si ellas tuvieran completa libertad de invitar no serían tan valiosas las invitaciones masculinas. Tendrían un valor menor. Una mujer que quiera salir podría rechazar el 100% de la invitación que recibe e invitar ella misma a quien le guste. Otro privilegio es que nadie condena los varones por hacer muchas invitaciones. Es más, ser un “don Juan” es algo bien visto por el patriarcado.
      Que no te percibas a ti mismo como feo es otro privilegio. Las mujeres están mucho más presionadas que los varones por el cuerpo hegemónico que se muestra en los medios. En mi país hay una canción que se llama “Sexy y barrigón”. Solo un varón tiene el privilegio de cantar con orgullo que es sexy y barrigón ¿Acaso el patriarcado se imagina una mujer sexy y barrigona?
      Con respecto al servicio militar, el privilegio masculino asociado es que la forma en que entendemos el poder y la historia está vinculada a la guerra y los militares que son varones. La historia que nos enseñan es una sucesión de batallas ganadas por varones. Las grandes figuras de la historia eran militares y eran varones. Porque la historia que aprendemos es androcéntrica (machista). Cuando los varones tienen la oportunidad de entrar en las fuerzas armadas, tienen la oportunidad de acceder al poder y de entrar en la historia (androcéntrica). Obviamente al interior de una fuerza armada hay jerarquías que es lo que tú percibes. Y no es que no haya violencia en esa jerarquía. Lo que yo hago es mirar la fuerza militar en su relación con el poder y la historia que nos enseñan.
      La ley del mar que indica que en un naufragio “las mujeres y los niños primero” es una ley que intenta contrarrestar una tendencia general que es que los varones se salvan más. Lee este artículo. http://www.abc.es/20120731/ciencia/abci-mujeres-ninos-primero-mito-201207311221.html
      Lo de ceder el paso, y otros gestos de galantería – que según el párrafo anterior se dan en situaciones sin riesgos – están asociadas a otra forma de violencia machista: el suponer que una mujer es débil o inepta. Si una mujer está sola cambiando una rueda de su auto, muchos se verán tentados a ofrecer ayuda, aun sin que se la pidan. Yo me pregunto si no están pensando que al ser mujer no pude hacerlo.
      Los privilegios masculinos son, en general, la contracara de las violencias machistas hacia las mujeres. Como las mujeres son el 50% de la población, no sufrir una violencia que afecta a tanta gente es un privilegio.
      El mundo al que yo aspiro es un mundo en el que todas las personas tengamos el mismo salario. Que todas las personas tengamos derecho a invitar a salir a quien nos guste, y que también tengamos derechos – y a ser educadas en el derecho – a decir que no y que ese no sea respetado. El mundo al que yo aspiro es un mundo en el que todos los cuerpo estén igualmente representados en la cultura y que no haya cuerpos buenos y malos, lindos y feos, deseables y no deseables. El mundo al que yo aspiro es un mundo en el que no haya gente considerada débil o inepta de antemano pero en el que nos ayudemos mutuamente cuando así lo requerimos o cuando es necesario. Y todo de acuerdo a nuestras capacidades.
      Luego hay otras como el ejercicio del poder, que son privilegios en el sentido de que son situaciones que no deberían existir. Por ejemplo, que la guerra y la violencia en general no sea el modo preferencial de resolver conflictos. El mundo al que yo aspiro es un mundo en el que la violencia y la guerra no sea un modo valido de resolver conflictos. Y como reclamo de coyuntura, brego por el fin de servicio miliar obligatorio en los países donde toda todavía lo es y por la reducción del gasto militar en los países que aun tiene fuerzas armadas.

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  2. Increible, verdaderamente increible… Al autor de la entrada del blog: ¿Cuántos temas dedicados al “feminismo disidente” hay en los planes de estudio oficiales? NINGUNO. Se lo explicaré y afirmaré a la vez: el feminismo actual se caracteriza por una total, completa y absoluta falta de autocrítica, por ello o en base a ello, usted comenta lo que comenta en los términos en los que los comenta. Cualquier persona mínimamente informada le diría que a día de hoy el feminismo ha mutado a un subtipo de fascismo o nazismo (por algo empieza a destacar el término feminazismo para referirse al feminismo) que usted dice defender o al menos no cuestionar y del que bebe su entrada a este blog.

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  3. Es un artículo sincero, desnudo, de la realidad. Así se construyen los HOMBRES de verdad. Sí he dicho se construyen. Leerlo ha sido muy instructivo y de hecho lo he compartido, con la venia. Con los comentarios también he aprendido…de otra manera

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  4. Gracias, Demonio Blanco. Nada que añadir. Veo por los comentarios que algunos reclaman una autocrítica de la que son incapaces, ciegos a las estadísticas, al lenguaje predominante, a los comportamientos aprendidos… Pero también sé que seguirás, en tu blog y en tu vida diaria, colocándote en una postura reflexiva y activa que tan necesaria es.
    Te invito a que visites mi blog entre post y post. También hablo de la cultura de la violación, citando no sólo a mujeres, sino a hombres, y me viene estupendo tener referencias tuyas. Un saludo y enhorabuena por tu compromiso.

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  5. Hola.
    En este comentario voy a hablar del consejo 4 de Mr Hernann: “Desarrolla amistades con gente afín.”
    En mi camino de fuga de la masculinidad (que aun estoy transitando) este consejo es uno de los primeros que cumplí. Toda mi vida he abandonado grupos en los que no me sentía cómodo a la búsqueda de grupos en los que sí. Y terminé rodeado de feministas, “aliados” y del colectivo de la disidencia sexual y de género. Frecuento otros espacios pero en general lo que veo son personas que bastante corridas del modo de vida patriarcal y los varones están bastante lejos de las masculinidades más peligrosas (hegemónicas, cómplices, ect) Y son así porque los busco así, porque son los espacios en los que me siento más cómodo. Además en la medida en que me comprometía con el feminismo quienes no compartían ese compromiso mío, se alejaban de mi, debilitaban el vínculo de amistad o social que teníamos y yo también lo hacía, por motivos análogos. Incluso abandoné un trabajo en una empresa en la que tenía varios compañeros y compañeras para empezar a trabajar solo en mi casa, lo que hizo que se redujera mi contacto con personas de ámbitos no feministas. En algún momento vi en esto una debilidad. Lo vi como una pérdida de espacios en los que intervenir ante chistes o cometarios machistas, opinar sobre acciones machistas, ect. En hacer propio el punto 2 de este articulo.
    Ahora recuerdo todas las veces en que he escuchado ese tipo de chistes y comentarios y recuerdo que no dije nada porque no me sentía seguro de mí, ni de lo que sentía; me faltaban las herramientas teóricas para intervenir con solidez. Lo que hacía era no decir nada o retirarme. Ahora que sí he ganado en autoestima (un proceso de crecimiento personal) y sí tengo las herramientas teóricas (por haber leído) no estoy en esos espacios en los que se dicen esas cosas, porque me fui de esos espacios, me alejé de esas personas. También sé que ese crecimiento en autoestima y seguridad tiene que ver con este alejamiento de espacios machistas.
    Por eso mi sentimiento con este punto 4 es un “sí, pero no tanto”. Es decir es un subrayar lo que primero que dice “no significa que tengas que deshacerte de tus antiguas amistades”. Hacer amistades con feministas es indispensable y muy valioso, ect. Pero también vale la pena mantener, dentro de lo que tu salud mental te lo permita, las amistades de antes, las que siguen diciendo “marica” para insultar, hacen chistes con violaciones, y se niegan a cantar canciones de Madona justamente para poder intervenir. Para señalarles que marica no es un insulto; que si en una historia de sexo no queda explícito el deseo de la otra parte, es una violación y entonces no es gracioso; y que el hecho de que no “te guste” cantar canciones de Madonna pero sí de Billy Joel no es solo un gusto personal, que hay un mandato social metiendo la cola. Obviamente la relación se resentirá. Te invitarán menos, te tendrán menos confianza, serán menos amigos. Tal como se explica en el punto 2, pero es el camino. Mientras te sigan invitando, siéntete bien contigo mismo de estar ahí porque tendrás oportunidades de intervenir. Así sea haciendo preguntas. Un par de ejemplos adicionales: en una reunión familiar cuando los tíos adultos preguntan a los niños varones si “ya tiene novia” podemos agregar “novia o novio”. O en la misma reunión cuando, después de una comida todas las mujeres se levanten a colaborar y queden solo los varones sentados, hacerles ver lo que ha pasado y que se actúe en consecuencia.

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    • “…cuando los tíos adultos preguntan a los niños varones si “ya tiene novia” podemos agregar “novia o novio”. ” Jo, Javiera, me encanta la sugerencia. Con granitos de arena así, tendremos playa, ¡y de las bellas! Un saludo

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