Nuestra cultura despersonaliza a las mujeres y las reduce al binomio reproductoras-no reproductoras

Del original de Glosswitch en Newstatesman, Our culture dehumanises women reducing them all to breeders and non-breeders

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Las mujeres nos encontramos constreñidas por una cultura que nos divide despiadadamente en el binomio mamás-no mamás. No caigamos en la trampa, no nos deshumanicemos a nosotras mismas.

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Hace poco, mi madre me habló sobre un encuentro que mantuvo con mis antiguos profesores de primaria. Como suele pasar con muchas de sus historias, lo revistió todo de fanfarronería: «Les hablé de tus carreras y de tu trabajo y dijeron «Oh, ya sabía yo que era muy lista», pero al final les dije que todo iba bien porque tenías hijas y eras normal».

En ese momento, no pude hacer otra cosa que soltar una carcajada. ¡Dios nos libre de que una mujer con muchas carreras sea «normal»!. Aun así, supe lo que quería decir y por qué lo había dicho: lo que ella necesitaba era asegurar a  la gente que no me había vuelto como una de «esas» mujeres; que no había dejado envenenarme por la universidad y olvidado mis funciones fundamentales. Y sí, puedo hartarme de reír, pero una parte de mí tiene clara la importancia de esto: me guste o no, se me juzgará por mi valor reproductivo, un valor para el que he cumplido las expectativas.

Por lo que a esto respecta, aunque no tenga las mismas cantidades de dinero, fama y estatus social que Jennifer Aniston y Kylie Minogue, todavía las supero en algo. ¡Pobrecillas! Tanto éxito, tanto éxito y se han olvidado de lo básico. Por mucho que proteste Aniston ―que si he «alumbrado» tal proyecto, que si he «adoptado» tal otro…― siempre se la verá como a alguien que no ha conseguido cumplir aquello que estaba llamada a hacer, como a alguien que ha «fallado».

 

La periodista de The Observer, Barbara Ellen, replicó las alegaciones de defensa de Aniston sobre su modo de vida no maternal: «las mujeres sin hijas, y particularmente según van madurando y dejan atrás la edad fértil, llegan a un punto en que se las da de lado, se las aparta como a algo marchito, algo roto, algo pasado de fecha». Como madre, podría, sin duda, ser petulante y considerarlo una venganza personal por todas esas noches en vela y por todos esos pañales sucios. ¡Ja, por una vez, he ganado! Sin embargo, si os soy sincera, una victoria así ni es victoria ni es nada, porque en una cultura que nos reduce a las mujeres al papel de reproductoras y no reproductoras, ¿cómo podemos siquiera alguna ganar?

Aunque lo cómodo sería ubicar esto como un pulso entre madres y no madres; creo, no obstante, que deberíamos verlo más en perspectiva; es decir, que a todas las mujeres se nos juzga por nuestro papel reproductor, independientemente de si parimos o no. La historia del «fracaso» de Jennifer Aniston es una más de incontables historias en las que el valor de una mujer se mide por el contenido de su útero: la ejecutiva de éxito en cuya descripción en un periódico de tirada nacional se menciona que es «madre de tres», la víctima de violación a la que se le deniega un aborto porque su dignidad como persona no es nada frente a la vida potencial que está gestándose dentro de ella, los millones de mujeres posmenopáusicas que quedan fuera de foco mientras la figura de sus compañeros hombres, por el contrario, crece. Se nos juzga a todas por nuestra capacidad para criar y cómo lo pongamos en práctica ―tanto si tenemos hijas como si no―, algo que acaba menoscabándonos.

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Las feministas radicales argumentan que el patriarcado pretende controlar el trabajo reproductivo femenino. A muchas esto les parecerá inverosímil, ya que lo que se nos viene a la cabeza es a un grupo de mujeres puestas en fila para criar como ganado, algo bastante diferente a lo que ocurre en realidad (aunque los matrimonios forzosos y las violaciones en masa puedan servir para un fin similar). En los países menos restrictivos, la disponibilidad de métodos anticonceptivos, junto con la siempre dudosa  legalidad del aborto, se suele decir que las mujeres ya no son más esclavas de sus características biológicas; que en otro tiempo quizá sí fuera un asunto vital el control del trabajo reproductivo de las mujeres, pero que ya no. Eso es cosa del pasado. Como muchas, crecí creyendo que, aunque la maternidad te provocara restricciones, al menos podría una podría elegir no ser madre, pero con comentarios como los que han recibido Aniston y Minogue, está claro que no, no puedes.

Tanto si eres madre como si no, se te coloca dentro de la maternidad. La aparición de los métodos anticonceptivos no nos ha permitido poder elegir entre ser vistas como madres o como personas independientes; sino que solo podemos mostrarnos como madres o como no madres. De cualquiera de las formas, nuestra definición nace de nuestra capacidad de producir a otro alguien, alguien que tendrá más valor que nosotras. Somos ineptas tanto siendo nosotras mismas como en comparación a lo que generamos.

 

Aun a riesgo de caer en el rollo señora Rottenmeier, creo que esto es algo que se les escapa a las feministas más jóvenes. Es un fenómeno que solo te afecta cuando has tenido hijas o se te está agotando el tiempo para tenerlas. Cuando eres joven, consideras que nadie te juzga como una mujer en edad prefértil, pero te equivocas, ya lo han hecho. Tu potencial reloj biológico no estará bajo la lupa al menos hasta que te quedes embarazada o hasta que llegues a los 35 sin haberlo hecho.

La gente puede vivir envuelta en un halo de prejuicio tácito  hasta que la «verdad» de tu destino reproductivo se convierta en asunto insoslayable. Mientras tanto, puedes seguir creyendo que la capacidad reproductiva que actualmente se lee socialmente no tiene nada que ver con la opresión sobre las mujeres en el siglo XXI y seguirás equivocada, ya que lo es TODO. Este recipiente (no tengo claro si real o ficticio) del que disponemos en nuestro interior ―nuestro útero― está llamado a ofrecer algo que nosotras no podemos: dignidad como personas. Habiéndosenos usurpado la misma, solo servimos para transportar su potencial. No estamos lo suficientemente vivas como para decir «no, no quiero quedarme embarazada, dejadme en paz»; no estamos lo suficientemente vivas como para decir «ya me siento llena y completa sin hijas»; no estamos lo suficientemente vivas como para decir «tras pasar mi menopausia, sigo siendo una figura artística importante». O, más bien, sí lo decimos, pero no se nos presta atención alguna.

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Existe la creencia generalizada de que las mujeres, en el fondo, no somos más que úteros andantes, sin embargo, nos sigue resultando difícil enfrentarnos a ella unidas y de manera coherente; al contrario, nos hacen atizarnos unas a otras. Cuando las mujeres sin hijas exponen su situación, una parte de mi cae en ansiedad y se niega a escuchar, me preocupa que esas mujeres me vean como una persona conservadora, sin pensamiento independiente, totalmente absorbida por los pañales, los programas de televisión para niñas y poco más, aunque puede que en realidad me vean como alguien arrogante o alguien convencida de que para las mujeres sin hijas es imposible siquiera atisbar el verdadero significado de la existencia (sea cual sea). Aunque sí es cierto que la crianza de tu prole modifica sustancialmente los hábitos de tu vida, la brecha ideológica que nos divide a las madres de las no madres es totalmente ficticia. Cuando hablamos entre nosotras, descubrimos nuestra múltiple diversidad, una diversidad global constreñida por una cultura que nos divide despiadadamente en el binomio mamás-no mamás. No debemos caer en la trampa y deshumanizarnos a nosotras mismas porque eso es precisamente lo que se nos anima a hacer.

Es absurdo que se considere que mujeres como Jennifer Aniston estén viviendo una vida incompleta, que se considere hasta tal punto que se están apagando lentamente para caer de manera paulatina en el olvido cuando es un hecho que ―¡oh, sorpresa!― nunca llegarán a reproducirse. También es absurdo valorizar tan altamente el contenido del útero de una mujer violada hasta el punto que se nos olvide la dignidad de la propia mujer. Como mujeres, hemos de enfrentarnos a esto juntas, no somos gente «con hijas» y «sin hijas»; nuestra historia es mucho más que la producción o no producción de otras personas; nosotras, en nuestra individualidad y por derecho, ya estamos completas y merecemos que se nos lea como tal.

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2 comentarios en “Nuestra cultura despersonaliza a las mujeres y las reduce al binomio reproductoras-no reproductoras

    • Muchas gracias. Yo lo considero así: para obtener el poder total se ha de tener el control de la población, para controlar a la población se ha de controlar la natalidad, y para controlar la natalidad se ha de tener control sobre las mujeres (sus úteros). La “tiranía del género” viene de ahí: las mujeres habéis de ser bóvedas reproductoras con los que suministrar de individuos productivos al sistema. Saludos.

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