De cómo me colé en una reunión de MRAs.

Del original de Kane Daniel en ViceI Infilitrated a Men’s Rights Group.

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HAT

Yo, como mucha gente de mi entorno, me indigno con la propia idea del activismo pro derechos de los hombres. Hablamos de un grupo a medias organizado de tíos que creen que el malvado fantasma del feminismo se ha infiltrado en nuestro tejido sociocultural y en los medios de comunicación; de un grupo de illuminatis en la sombra que han convertido a los hombres en una mayoría oprimida. ¿Tenéis en vuestra pandilla a ese colega con ideas particulares sobre los judíos? Bueno, pues cambiad al pueblo elegido por mujeres y empezaréis a saber por dónde voy.

Nos sacan de quicio, sí, a quién no le sacarían de sus casillas un grupo de bebés lloricas berreando sobre cómo esas pérfidas feministas les roban sus derechos y comportándose como si el fantasma del feminismo radical pasado se les fuera a colar en casa mientras duermen plácidamente sus sábanas de The Matrix Reloaded para mágicamente castrarles mientras sueñan con la cara chafada de un tipo bajo una bota Martens.

La respuesta del feminismo a esto no ha sido tibia. Lógico; como en cualquier ámbito, silencio y radicalidad no son compatibles. Theodore Roosevelt llegó a decir en una ocasión que «todo movimiento reformista tiene algún fleco rebelde». Lo que parece es que ahora internet parece haberse dividió en dos flecos en disputa; en un lado los MRAs y en otro, las feministas radicales, una dicotomía de la que es cómplice la prensa (pasar de la gente no te da clicks). Me pareció que había mucho ruido en todo esto, y que lo único que podía llegar a escuchar eran berridos, así que me planteé cómo sería eso de compartir cuatro paredes con algunos MRAs. Es decir, saber si tienen vida más allá de la avalancha de entradas de blog y vídeos de Youtube.

Me topé con un hilo escrito por un grupo de ellos de Sydney dentro de foro MRA más importante de internet, A Voice for Men, en el que avisaban de una quedada en Melbourne, una quedada para quedar en un bar o similar, comer y tomar algo para conocernos un poco y discutir la posibilidad de montar una célula MRA en Melbourne. Me inventé un nombre y usé una cuenta no personal para contactarles y me presenté como un visitante de foros con curiosidad por el movimiento.

Pierden totalmente el culo con el tema de la identificación, quieren pasar totalmente inadvertidos (me he ahorrado dar detalles intentando empatizar con este deseo). No publicaron en el foro ni el lugar ni la hora de la quedada y se pidió a los que fueran a acudir que vistieran con ropa de calle normal, no con camisetas con referencias MRA o cualquier cosa que pudieran identificarles como MRA. Como era el primer encuentro físico para mucha de esa gente, se usó un cubo de Rubik como referencia en una de las mesas del bar, supongo que como guiño a los abanderados de la racionalidad y la lógica que dicen proclamarse.

Durante el rato que estuve allí (no pude quedarme hasta que terminó), la quedada se dividió en tres partes diferenciadas. La primera fue la clásica charla ligera de cuando te encuentras con gente de muchos sitios por primera vez,  un tipo particular de gente acostumbrada a perseguir hilos conversacionales por internet. Muchísimos seguramente me conocerás por mi nick y mucho tanteo. Por ejemplo, salió a colación mi forma de hablar, geográficamente inubicable; fue agradable, de alguna manera. Estaba casi convencido de que me encontraba con gente que actuaba en base a un tipo de reglas rollo Dragones y Mazmorras que les resultaban apasionantes, y que su excitación se debía a estar todos juntitos entre gente afín.

Más tarde la cosa empezó a parecerse más a una reunión de Alcohólicos Anónimos como esas que se ven en las pelis americanas. La gente se colocó en círculo para presentarse, para comentar cómo llegaron al movimiento y el lugar que ocupaban en él, y aquí es cuando la cosa se puso turbia. No me quedó ninguna duda de que la gran mayoría de estos tipos tenía una profunda tortura interior: surgieron historias sobre madres esquizofrénicas, esposas agresivas y separación de su prole. Su punto de vista para gestionar estos traumas quedaba en evidencia: es mucho más sencillo despotricar contra aquellas instituciones que creen que persiguen y castigan su sagrada masculinidad que enfrentarse a la idea de que han sido víctimas de injusticia —una injusticia, ojo, que de ser tal, sería fruto de la caprichosa casualidad o de algún error individual, nunca de un sistema establecido a gran escala. Yo, el último en hablar, me tiré el rollo con lo de que el feminismo se había pasado de la raya y que había ido para aprender, algo que pareció bastarles.

Después de esto, empezó la parte más organizativa, con los tipos sintiéndose como estudiantes de primer curso de universidad cuando se reúnen para decidir acciones políticas prácticas. Empezó la charlita política grandilocuente sobre lo imposible de llevarlas a cabo a través del Partido Laborista (infestado de feministas, cuidao) o la poca cantidad de gente, muy organizada, eso sí, que se necesita para influenciar o designar a algún simpatizante que tenga acceso al gobierno. Empezaron a comparar el feminismo con el comunismo y, aunque solo hacían referencia a la parte más radical y ruidosa del movimiento, ni siquiera lo condenaban. Más que eso, lo que hacían era discutir como redirigir sus energías para conseguir sus objetivos. La declaración de intenciones se resumía en los siguientes puntos: luchamos por recuperar la igualdad perdida, nuestro objetivo global es la custodia compartida y queremos hacer saber que la violencia sexual de la que son víctimas los hombres existe. Se comentó cómo intentar repetir el éxito (ya depende de cómo definamos éxito) de la Asociación por la Igualdad de Canadá (Canadian Association for Equality, CAFÉ) en Australia. Hubo un intento fallido de skypeo con una personalidad MRA a través de un portátil monstruosamente grande. En general, fue una charla divagante, un debate sin objetivo definido que me resultaba difícil seguir por la ansiedad que me provocaba la pantomima que estaba llevando a cabo.

Tras toda esta confusión, recuerdo con claridad a uno de los comparecientes, que se acercó a mí cuando salieron a colación las fedoras. Sabiendo que era novato en estas cuestiones, me preguntó si me había sorprendido no haberme tropezado por ninguna parte con ese sombrero que se ha convertido en símbolo se frustración sexual para esos tipos-majos-que-siempre-son-los-que-más-duran-follando. Digamos que es considerar el feminismo una afrenta personal a tu caballerosidad hecha boina, o un #notallmen en forma de pedazo de fieltro a dos centímetros de tu coletita.  «¿Ves? No nos parecemos en nada a eso», dijo, o algo parecido, la verdad es que no me acuerdo, con la salvedad de que alrededor de la mesa donde estábamos sentados eran exactamente idénticos a como me los imaginaba. La autoimagen personal de cada uno tiene sus límites, supongo.

Al final, puse una excusa para largarme; estreché unas pocas manos, apunté una dirección email y le prometí a la gente que contactaríamos por el foro. Cuando salí, me encontraba catatónico. Mis opiniones no habían cambiado ni un ápice, pero me sentía preocupado por lo fácilmente que la retórica antifeminista había salido de mi boca, por lo sencillo que era zambullirse en una corriente de odio – incluso si es una corriente de la que quieres salir lo antes posible, por cómo la inercia de la aceptación social hace que toda opinión suene veraz, por lo cómodo que resultaba oír cualquier artimaña, por lo sencillo que es poner cara de pena y escucharle los dramas a alguien, por lo fácil que era que te surgieran punzaditas de empatía, algo que me hace pensar que estos tipos no necesitan un movimiento, necesitan necesitan un grupo de apoyo.

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2 comentarios en “De cómo me colé en una reunión de MRAs.

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