Binarismo de género

Del original en la wiki de Social JusticeGender Binary.

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Si no se nos asignara forzosamente un género…[1]

«No pertenezco a ningún género. Es decir, científicamente pertenecemos a múltiples géneros, pero es imposible de decir. Algunas de nosotras pueden criar hijas más fácilmente que otras, algunas tenemos más masa muscular, nuestros órganos sexuales que varían en tamaño y efectividad, algunas tenemos más estrógenos, otras más testosterona, etc. Nuestras características psíquicas y de comportamiento son el resultado de todo lo anterior, junto a nuestra experiencia vital,  y clasificarlas así es simplista. Cada persona pertenece a su propio y único género ¿en tu raza no pasa lo mismo?»

El binarismo de género es aquella construcción social que categoriza de manera dicotómica las actividades, comportamientos, emociones, modales y anatomía humanos en masculino y femenino. Es uno de los principales pilares del patriarcado.

El binarismo defiende que solo existen dos géneros, masculino y femenino, y dos tipos de ser humano, varón y hembra. Se suele añadir el corolario de que el género puede diagnosticarse mediante observación externa, no mediante autoidentificación, y en frontal oposición a la misma.

Esta estricta división de la vivencia humana en dos ámbitos de género mutuamente excluyentes es una falacia que no se sostiene mediante ningún argumento científico. A pesar de ello, a todas las personas se nos asigna un género al nacer, por mediación de ascendientes, personal médico o cultura. Lo que determina una asignación u otra es, en la mayoría de los casos, la presencia de un pene o de una vagina. Si un recién nacido es intersexual, se le será diagnosticada una patología prácticamente sin excepción, y se le someterá a cirugía para que sus órganos reproductivos se asemejen más a los de un extremo u otro del espectro.

Detalles históricos

Este  concepto tiene su origen en la invención patriarcal de la normalidad de género durante la época moderna, en el marco de las grandes colonizaciones, un hecho reciente históricamente. En las sociedades modernas, el poder institucional ha intentando por todos los medios reforzar el binarismo de género a expensas del sufrimiento, dolor y de las mismas vidas de personas transgénero, intersexuales y no binarias.

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Diadismo

Ver artículo principal de este tema: Diadismo.

Los genitales de las personas intersexuales, al nacer, no se asemejan a las ideas sociales preconcebidas sobre a qué debe parecerse un cuerpo leído como masculino y otro leído como femenino. Debido a este hecho, estas personas son obligadas a someter sus genitales a intervenciones quirúrgicas hasta que su forma y tamaño comienzan a asemejarse a lo que propugnan esas ideas. A las personas intersexuales, al igual que al resto, se les asigna forzosamente un género; sin embargo y en su caso particular, esta asignación (normalmente basada en la forma de sus genitales) solo puede llevarse a cabo si se pone en práctica una intervención quirúrgica.

Esta normalización genital forzosa y violenta es un efecto más del binarismo de género, uno especialmente despiadado. Cuando la lógica binaria se extiende a nuestra anatomía, (hecho conocido como diadismo (dyadism)), la vida de muchas de estas personas se ve afectada perjudicialmente por la denominada cirugía genital correctiva o normalizadora, que, junto al  tratamiento hormonal forzoso que esta conlleva, acaba en muchas ocasiones despojándoles de su capacidad para el disfrute sexual.

En ocasiones, a algunos niños intersexuales (nacidos con penes pequeños o con los testículos sin descender) se les ha sometido a intervenciones genitales durante su infancia en base a la consideración de que, como hombres, un pene pequeño podría ocasionarles infelicidad, pero que, sin embargo, lo tenían todo para ser felices como mujeres: «agujeros lo suficientemente grandes como para albergar un pene adulto de tamaño medio.» (La cita proviene de uno tantos artículos médicos que me leí para mi Proyecto de Fin de Carrerea en la Universidad de Berkeley.). A pesar de haber sido sometidos a castración a cambio de un par de enormes pechos obtenidos gracias a medicación estrogénica, se sintieron varones durante todas sus vidas. Muy tristemente, los propios médicos les dijeron a sus padres que negaran  rotundamente la existencia de la intervención para que las modificaciones sexuales surtieran efecto, psicológicamente hablando. Nunca lo hicieron; durante toda su vida sufrieron trastornos psicológicos y cargaron con la sensación de haber sido profundamente traicionados por sus padres.

Por otro lado, a algunas mujeres que, como yo, que nacieron con grandes clítoris, se les fue extirpado o se les redujo mediante sesiones de cirugía cuyos efectos, según afirmaciones rotundas del personal médico, no influirían negativamente en su sensibilidad sexual. Jamás se me olvidará la historia que me contó una de las víctimas de esta operación. Habló sobre lo complicado que le había resultado siempre mantener relaciones sexuales con hombres debido a su falta de estimulación sexual, pero que si se sentaba en el suelo y ponía en contacto su área genital con un tacón o su propio pie, tras más o menos diez minutos, comenzaba a sentir cierto tipo de excitación, la cual se preguntaba si sería similar a la que experimentaban otras mujeres en fases de excitación sexual. Todavía me entristezco cuando pienso cómo a esta mujer le fue arrebatada una vida de placer e intimidad tan solo porque alguien consideró que su clítoris no era lo suficientemente femenino. [3]

Ver también

Enlances externos

Referencias

  1. Jump up↑Alien Contact – A Comic on Gender Roles
  2. Jump up↑Lugones, Maria (2007). Heterosexualism and the Colonial / Modern Gender System Hypatia, Volumen 22, Número 1, Invierno 2007, pp. 186-209 | 10.1353/hyp.2006.0067.
  3. Jump up↑Dispelling The Myths: My Experience Growing Up Intersex and Au Naturel, de Hida Viloria

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Neurosexismo

Del original en Social Justice WikiNeurosexism.

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 “ Nuestros intelectos no están presos de nuestro género o nuestros genes. El objetivo de todas aquellas personas que afirman lo contrario es sencillamente ocultar estereotipos de otra época bajo un manto de credibilidad científica.
Cordelia Fine[1]

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Los cerebros determinados por el género son un mito cisexista.

El neurosexismo es aquella suposición de carácter sexista que defiende que las diferencias de género que percibimos en nuestro carácter y comportamiento tiene su origen en las diferencias biológicas de nuestro cerebro. La creencia en las diferencias de género naturales contribuye a crear una profecía autorrealizada: el neurosexismo proporciona una infraestructura que fomenta la diferencia de trato de niños y adultos en base a su género, lo que origina modificaciones en su comportamiento y. a cambio, crea en estas personas lo que conocemos como diferencias de género, un elemento que en sí mismo sostiene al propio neurosexismo — el paradigma de la lógica circular y la profecía autorrealizada[2][3].

El neurosexismo es una falacia cuyo origen se encuentra en la intersección entre neurociencia y sexismo. Los máximos responsables de este sesgo son las fuerzas institucionales y culturales, cuya influencia provoca que en la investigación neurocientífica (entre la que se incluye la neurobioogía y la neurología) se tomen como bases  consideraciones cisexistas sobre el funcionamiento de nuestro cerebro, y por ende, nuestra mente.[4][5][6][7][8][9][10][11][12][13][14][15][16][17][18][19][20][21][22][23][24][25][26][27][28][29] Aunque es un planteamiento totalmente erróneo, ha servido como cabeza de playa para que el sexismo desembarque en las calas del rigor científico a ojos de mucha gente, tanto dentro como fuera de la comunidad científica.

Contenido

[ocultar]

 Perjuicio infantil

Exagerar las diferencias de género conduce a una situación peligrosa en las expectativas de progenitores, docentes y de los propios menores. La fe que profesamos a nuestras hijas es la que provoca su auge o caída, y cuanto más hincapié hagamos en las diferencias entre niños y niñas, más probable será que esos estereotipos arraiguen en su autopercepción y en sus profecías autorrealizadas.
—Lise Eliot[2]

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Atamos a las personas a roles de género desde el mismo momento de su nacimiento.

Aparte de su carácter pseudocientífico, con todo el perjuicio que eso conlleva a la investigación científica, el neurosexismo es un agente activo en la creación de diferencias de género al incitar a docentes y progenitores a tratar a niños y niñas de manera diferenciada.[3][30] Las normas culturales y sociales también ejercen un papel determinante, ya que riegan la semilla del propio neurosexismo mediante la creación, a su vez, de diferencias de género, origen de otras nuevas diferencias.

Un estudio sacó a la luz que los chicos lanzaban mejor la pelota con su brazo bueno que las chicas —sin embargo, cuando se les pidió lo mismo a ambos pero con el otro brazo, no había diferencias de género. Si el elemento biológico fuera el único determinante de la habilidad para el lanzamiento de pelota, los chicos lanzarían mejor que las chicas con ambos brazos. Era la práctica, no la habilidad innata, la que hacía que los chicos fueran mejores lanzadores. Jugar a videojuegos de persecuciones o de rastreo también mejora las habilidades mentales de rotación. [2]

Historia

La palabra.

El término neurosexismo fue acuñado por Cordelia Fine en su libro Delusions of Gender (La ilusión del género) con el objetivo de dar una descripción al fenómeno que presupone diferencias esenciales entre los cerebros masculino y femenino  en los campos de la neurociencia, neurobiología y, más ampliamente, en las ciencias del cerebro y la cognición. Gracias a textos científicos paralelos y a otras voces que han dado apoyo a su punto de vista, este fenómeno ha sido reconocido por multitud de científicos neurológicos y cognitivos. [1]

El concepto

El concepto sobre el que versa la idea de que las diferencias aparentes o reales en nuestro cerebro son causa directa de las diferencias de género ha servido para mantener a los cuerpos leídos como mujer sometidos a opresión y marginalización desde mucho antes que Fine escribiera su libro.

Hemos creído durante muchos años que una diferencia esta vez  sí, estructural — el mayor tamaño del cerebro en hombres — era un elemento clave para determinar la inteligencia; finalmente, se averiguó que apenas tenía consecuencias. Sin embargo, esta falacia ha sido la responsable de mantener a las mujeres de las universidades durante años. [2] 

Definiciones complementarias

El diccionario web Wiktionary define el neurosexismo como:

El uso de la investigación neurocientífica para reforzar prejuicios sobre las diferencias sexuales naturales. [32]

Sexo neurológico vs. Sexo biológico

Algunas activistas transgénero, las truscum (que niegan la identidad de personas trans que no han sido  diagnosticadas con disforia de género, en sus términos cismédicos y patriarcales), las TERF (feministas transexclusivistas) y muchas radicales feministas hacen uso de expresiones como sexo neurológico para referirse a una determinada configuración neurológica que da lugar a un cerebro determinado por el género y de sexo biológico como sinónimo de genitales.

Ambas expresiones, además de ser anticientíficas, son sujeto de opresión. Estos son los motivos:

  • El sexo neurológico no existe. En un nivel de análisis neuronal cognitivo y cerebral, el género no existe. El género es, además de un concepto en sí mismo, una construcción social, no una configuración neurológica.
  • El sexo biológico, usado en este caso para describir el tipo de genitales de una persona, conlleva un uso erróneo de la palabra sexo/género. Atribuir en términos de género el pene a los hombres y las vaginas a mujeres tiene como consecuencia, por ejemplo, la denominación de género errónea para los cuerpos de las mujeres trans. Una forma más correcta de describir los genitales en debates de género, es hacer uso de las palabras que nos proporciona la biología, como vulva, glande, clítoris, testículos, etc. Sexo biológico es un concepto tóxico porque la categorización de partes del cuerpo humano dentro de las categorías macho/hembra actúa en perjuicio de las personas intersexuales o trans. Muy a menudo, las personas intersexuales se ven obligadas a someterse a intervenciones quirúrgicas que en otras tantas ocasiones, les provocan lesiones que afectan a su vida sexual.

Existe una minoría de personas transgénero, personas partidarias del síndrome de Harry Benjamin y de truscum  que se han apropiado del concepto de género neurológico para intentar alcanzar, consciente o inconscientemente,  una posición de privilegio y de respeto mediante el uso de un lenguaje neurosexista. Solo es otra manera que tiene la opresión de manifestarse.

Recurriendo a la normatividad cis, a conceptos científicos y médicos desfasados y a comunidades académicas con conciencia de género, las personas partidarias del síndrome de Harry Benjamin y las truscum obtienen de esta manera aceptación y reconocimiento. En otras palabras: naturalizan y propagan el cisexismo por los beneficios a corto plazo que obtienen en términos de hegemonía de género. Cuando alguien se hace eco de la normatividad, cuando alguien se compromete con el kyriarcado, como cuando alguien acepta el binarismo de género y que tales genitales o tal cerebro están bien y tales otros están mal, adopta forzosamente el papel de guardián. De esta manera, las truscum y las partidarías del SHB, sistemáticamente por su ideología y su objetivo último de normalización de kyriarcado, aceptan el sistema cisnormativo, rechazan a las personas no binarias y presentan un comportamiento tóxico ante todas aquellas personas del espectro trans, a quienes ven como una amenaza para sus intentos de inclusión dentro de ese sistema. Estos últimos comportamientos son un efecto colateral de su teoría por definición, prácticamente, ya que las personas truscum y las comunidades partidarias del SHB no tienen ningún interés en la aceptación, (permitir la existencia de ciertas personas sin que se vean obligadas a cambiar), sino en la asimilación (que esas personas se amolden al sistema cisnormativo).

Las partidarias del SHB y las truscum, en otras palabras, hacen uso de herramientas de opresión (binarismo, diadismo, género binario, neurosexismo, etc.) para construir una estructura que cabalgue a lomos del colonialismo, racismo y cisexismo inherentes a la ciencia y medicina occidentales. Para proteger esta estructura de la crítica de fuerzas opresoras, tienen que eliminar las voces trans y feministas disidentes que reclaman unas definiciones de género más inclusivas. Tanto para las truscum como para las pro SHB, la pseudociencia y, en concreto, el neurosexismo, les dan los fundamentos que necesitan por el mismo prestigio que ese lenguaje pseudocientífico contiene. El resultado final es la legitimación de sus ideas y comportamientos tóxicos y la perpetuación de la marginalización y la opresión tanto horizontal como vertical de personas trans y no binarias.

Ver también

Enlaces externos

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¿Qué opináis del privilegio de pareja?

Del original de aggiesez en SolopolyCouple Privilege, Your Thoughts?

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Da igual el igualitarismo que afirmes defender, el privilegio continúa existiendo aun con eso. Todo el mundo nos regocijamos en él, incluso las personas de la comunidad poliamorosa y no monógama. El privilegio de pareja es una de las formas de desigualdad arraigada más polémica y traicionera. Estoy preparando una entrada en relación a este tema y me gustaría escuchar vuestras opiniones.

ACTUALIZADO DIC. 19: Sí, no hay duda de que con esto me he metido en un berenjenal. He recibido multitud de comentarios en relación a este asunto y la verdad es que me veo superada tanto por la cantidad de mensajes que me llegan como por su carga emocional. No os voy a mentir, mucha gente poliamorosa se ha sentido herida y ha negado rotundamente que exista eso del privilegio de pareja y, como os digo, honestamente esto está acabando conmigo y no he sabido muy bien gestionar la situación. He tomado la decisión de gestionar esto mediante una serie de entradas tras las vacaciones. Muchas gracias a todas aquellas que habéis contribuido en el debate tanto aquí como por otros lares de la red. Todas vuestras historias y comentarios son bienvenidos, especialmente de aquellas personas poliamorosas solteras y de parejas no principales. Leed el final de esta entrada para saber cómo seguir contribuyendo. ¡Gracias!.

Creo que sí, voy a meterme en un berenjenal.

Hablar sobre privilegio nos resulta incómodo y extraño. Inevitablemente, algunas personas se sienten calumniadas, incomprendidas o atacadas; otras, directamente excluidas. El debate en torno al privilegio puede causar desencuentros, pero si se gestiona de manera juiciosa, puede llevarnos a buen puerto. De hecho, es un debate imprescindible, especialmente en aquellas comunidades que se jactan de poseer como valores la honestidad, la coherencia, el respeto la justicia y el comportamiento ético.

El no sacar a colación el privilegio de pareja no va a conseguir que desaparezca. Al contrario, si evitamos examinarnos personalmente y debatir sobre ello, todo privilegio continuará perpetuándose y arraigándose cada vez más, ya que el privilegio prospera cuando puede camuflarse en nuestro entorno.

Expongo aquí algunas de mis primeras consideraciones relativas al privilegio de pareja, en las que incluyo algunas preguntas para que contestéis. Podéis comentar abajo o escribirme un correo con vuestras consideraciones.

Empezaré por mi definición de privilegio de pareja:

Privilegio de pareja: en un contexto de relaciones y comunidades no monógamas, es aquella presunción socialmente aceptada y sancionada por la que los vínculos de pareja (como el matrimonio y otras formas de vinculación vitalicia de carácter principal) obtienen preeminencia o se leen como más importantes o como mejores en contraposición a otro tipo de vínculos íntimos, afectivos o sexuales. Esta priorización surge de manera espontánea y no tiene porqué venir acompañada ni de negociación de compromisos ni de consentimiento.

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En términos generales, el privilegio de pareja se manifiesta corpóreamente en ventajas sociales, legales y financieras socialmente convenidas y automáticamente aplicadas (tanto implícita como explícitamente) a parejas que se presentan públicamente con un acuerdo monógamo, especialmente como parejas principales. Este tipo de ventajas no están convenidas para relaciones no principales, solteras o personas fuera de una relación de pareja y también en ocasiones también para parejas principales que se presentan socialmente como no monógamas.

Una comentarista, MayMay, me propuso una definición alternativa en mayo de 2012: «Comportamientos que presuponen que las personas en dúo son más importantes que las demás y se ven con derecho de actuar sobre ellas sin previo consentimiento.» En la mayor parte de nuestra sociedad, la ventaja que otorga el privilegio de pareja es un incentivo clave para subirse al carro relacional y quedarse ahí, incluso si la relación acaba vaciándose o incluso volviéndose tóxica.

El privilegio de pareja también influye en relaciones no sexoafectivas y en otras comunidades importantes como amistades, familia, vecinas, etc. Sin embargo, voy a centrarme en cómo únicamente en cómo influye en relaciones y comunidades no monógamas.

En las relaciones abiertas y poliamorosas, el privilegio de pareja influye internamente, entre las personas que forman parte de esa relación. Suele manifestarse en forma de poder de veto, de exclusividad de ciertas prácticas íntimas o sexuales únicamente para parejas principales (como medio para refuerzo de jerarquías o de adaptación a la inseguridad, no estrictamente por motivos de salud o planificación familiar) o de presunción (que no tiene por qué conllevar consentimiento previo) por la que las necesidades, deseos, horarios y preferencias pareja principal (o de ambas partes de la misma pareja), obtienen preferencia de manera automática frente a aquellos del resto de parejas no primarias en cualquier situación.

El privilegio de pareja también implica un riesgo desproporcionado para las parejas no principales dentro de relaciones abiertas o poliamorosas; el ejemplo más esclarecedor es que tenemos muchas más posibilidades de ser excluidos de la relación. Normalmente no disfrutamos de voz en las decisiones que tengan influencia en el proyecto de futuro de nuestras relaciones; si acaso, lo que se espera de nosotras es que supeditemos nuestras necesidades a las de la pareja principal. Y en muchas ocasiones se nos trata como a un secretito, esperándose también de nosotros que mantengamos a resguardo ese secreto, incluso en relaciones largas.

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Sin embargo, este privilegio también se refleja de manera externa. Las parejas principales que salen del armario como parejas abiertas o poliamorosas junto  a sus otras parejas y relaciones se enfrentan a consecuencias adversas, entre ellas, discriminaciones de alto riesgo (trabajo, vivienda, tutela infantil, etc.), pérdida de prestigio social y exclusión de amistades, familia u otras redes y comunidades. En algunas ocasiones, estos riesgos externos son un hecho empírico (como aquellos contratos de trabajo con cláusula «ética»), en otras, simplemente se asumen y se temen sin someterlos a análisis, sirviendo a veces como subterfugio para reforzar el privilegio de pareja.

En el mundo real, existen múltiples maneras de hacer las cosas, también en las relaciones. La gestión diversa de relaciones no implica forzosamente que se esté aplicando el privilegio de pareja. Más que eso, el modo en que reconozcamos y nos ajustemos a esas diferencias en nuestras relaciones puede servirnos como herramienta para reducir la influencia accidental que tiene el privilegio de pareja.

Cada persona es libre de tomar las decisiones que considere correctas para susrelaciones. Si no consideras el privilegio de pareja un problema y prefieres consagrarlo en tus relaciones, también vale. Aquí nadie somos la policía del poliamor, solo digo que nos puede servir de ayuda el que seamos conscientes y responsables de la manera por la que tomamos y adoptamos esta decisión, incluyendo su reflexión y comunicación.

Muchísima gente poliamorosa tiene la visión de que lo que aquí describo no es un «privilegio» como tal, un privilegio al mismo nivel que el privilegio blanco, masculino, heterosexual y demás losas invisibles. Comúnmente, esta disensión se argumenta así: Creo que esa decisión, por injusta que parezca, es más un asunto interpersonal que otra cosa (un asunto que, en las situaciones en las que hay hijas de por medio, puede ser perfectamente lícito).

Aunque puedo entender esta reflexión, personalmente no me convence. Respeto el derecho de cada persona a establecer cualquier tipo de decisión para su relación basada en el consentimiento, pero mi razón para diferir es la presunción que he señalado en mi definición, y en los derechos de los que hablaba Maymay en la suya.

El privilegio no solo otorga derechos o ventajas, el privilegio también otorga un derecho. Es el derecho de presuponer (comúnmente sin consideración racional previa y siempre sin preguntar) que, como disfrutas de X característica, tienes derecho a Y, tanto si Y es a costa de los demás (o peor, no piensas en los prejuicios que puedes ocasionar a los demás). Aquí incluimos la toma de decisiones en nombre de otras personas sin su consentimiento, el no tener en cuenta las necesidades o perspectivas ajenas o presuponer que puedes prescindir de manera natural y más fácilmente  las demás personas (y tu relación con ellas), a las que consideras de menor importancia. La presunción y el derecho son la muestra de que no ves necesario tratar a la gente de manera justa. Y ojo, justa no es necesariamente lo mismo que igual.

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No equiparo el privilegio de pareja al privilegio monógamo. Hay quien me lo ha sugerido, pero rechazo esta interpretación, ahora os digo por qué:

El privilegio monógamo solo está convenido para aquellas personas que se identifican o se muestran públicamente como monógamas, al margen de su tipo de relación. Por ejemplo, cuando sales con alguien, al menos dentro de la comunidad hetero, existe la presunción de que la gente soltera o es o desea ser monógama. De esta manera, la gente que se muestra como no monógama muy a menudo es apartada o excluida de este tipo de relaciones sociales. Por otro lado, el privilegio de pareja está específicamente convenido para aquellas personas que se muestran como parejas principales, al margen de si son real o aparentemente monógamas. Echadle un ojo a las estadísticas sobre infidelidad: la mayoría de parejas principales y parejas aparentemente monógamas en realidad no son tal, pero eso no lima un ápice el privilegio de pareja.

Comparte tus consideraciones y experiencias en relación al privilegio de pareja.

Creo que no tengo nada más que decir en relación a esto. Antes de ponerme a desarrollar más esta entrada, me gustaría escuchar lo que tenéis que decir la gente poliamorosa y no monógama (en concreto a parejas no principales o solteras (personas que no tienen o no quieren tener una pareja principal)). Aquí van esas preguntas:

  1. ¿Crees que existe el privilegio de pareja? ¿Cómo lo definirías o cómo modificarías la definición que yo he propuesto?
  2. ¿Cómo has visto manifestarse el privilegio de pareja en relaciones poliamorosas y abiertas? Pon ejemplos.
  3. ¿Es privilegio de pareja tóxico, indiferente o beneficioso en ámbitos de relaciones poliamorosas y abiertas o dentro de la misma comunidad? ¿Por qué o por qué no?
  4. ¿En qué manera te ha afectado personalmente el privilegio de pareja dentro de relaciones poliamorosas o abiertas? Ejemplos concretos o historias personales serán bienvenidos.
  5. ¿En qué medida te gustaría que el privilegio de pareja en relaciones abiertas o poliamorosas estuviera delimitado y subrayado en la comunidad poliamorosa y abierta?
  6. Si formas parte de una pareja principal cuya gestión de la relación con respecto al resto de parejas afectivas se basa en criterios jerárquicos que refuerzan el privilegio de pareja, ¿en qué basáis esta decisión y con qué propósitos la lleváis a cabo?
  7. Si evitáis las jerarquías dentro de vuestra relación abierta o poliamorosa, ¿cómo lográis mantener la coherencia ante la influencia del privilegio de pareja?
  8. Como pareja no principal o persona poliamorosa o abierta soltera, ¿cómo ha sido tu adaptación al privilegio de pareja en relación a tu gestión de relaciones y a lo que quieres alcanzar en ellas? También podéis comentar cualquier cosa relativa a problemas que emanan del privilegio de pareja como los que he comentado, o comentad algunos nuevos. Fijo que algo se me ha saltado.

En tu respuesta me gustaría que aclararas si te identificas como persona abierta o poliamorosa (o si no), si tienes una pareja principal o si te encuentras en una posición secundaria dentro de una relación. Me gustaría leer todas vuestras aportaciones, pero es importante que indiquéis vuestro contexto para entender mejor vuestro punto de vista.

Vuelvo a añadir que podéis tanto comentar aquí abajo o escribirme un correo privado (en inglés). No revelaré la identidad de las personas que contribuyáis, haré como en mi anterior en entrada sobre el cuidado de parejas no principales que elaboré gracias a vuestra colaboración, citaré a partir de algunas respuestas.

¡Muchas gracias! Por favor, corred la voz de este proyecto en vuestros círculos poliamorosos y abiertos y en vuestras redes.

NOTA: las respuestas podéis compartirlas aquí en castellano o contactar directamente con la autora original. También podéis hacer ambas cosas.

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El legado histórico de las brujas y las mujeres estadounidenses.

Del original de Hilary McGraw, trabajadora en prácticas de NWHM (National Women’s History Museum) en su Tumblr Putting Women in their place.

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Salem Witch Trials Martha Corey-Longfellow

Los disfraces de bruja son uno de los emblemas más comunes y reconocibles que la gente suele ponerse en esta época del año, que cada vez conocemos más como Halloween. No solo eso, un sombrero negro y una escoba simbolizan algo que reconocemos universalmente, algo indistintamente femenino. Las brujas forman parte de nuestra fantasía, son algo divertido e incluso positivo (recordad a la emblemática Hermione Granger), pero la indulgente y tibia reivindicación de las brujas que hacemos actualmente en nuestra querida cultura pop tiene un origen violento y un tanto incómodo, como descubrí hace poco en el libro de Gail Collins, America’s Women (Mujeres estadounidenses).

Los Juicios de Salem y las ejecuciones que estos conllevaron acaecieron en las postrimerías del siglo XVII y continúan formando parte del legado histórico estadounidense más fascinante e imperecedero. También fascina  el hecho de que de las diecinueve personas ejecutadas por brujería, quince de ellas fueran mujeres. En un tiempo en el que las mujeres, en su mayoría, eran excluidas o invisibilizadas en todo aspecto de la vida pública, cuando llegaron las acusaciones de brujería, su presencia creció como la espuma. ¿Por qué?

La asociación que establecemos entre la feminidad y la brujería parte del dogma religioso de la Europa moderna, en la que se consideraba que la mujer era más vulnerable a ser corrompida por Satanás por su debilidad mental y su inherente naturaleza pecaminosa. Después de todo, Eva fue la responsable de la expulsión de la humanidad del paraíso. Estas creencias fueron trasladadas al Nuevo Mundo por los peregrinos europeos que migraron en el siglo XVII.

Los Juicios de Salem de 1692 fueron la culminación de un legado extensísimo de procesos y ejecuciones que se llevaron a cabo de Europa durante el final de la Edad Media y la Edad Moderna. En su obra, Collins anota que las mujeres acusadas solían sobresalir socialmente de algún tipo de manera o rechazaban adherirse a los cánones sociales impuestos: eran o muy obstinadas o muy poderosas. Sarah Good, ejecutada en 1692, era una sintecho que solía chillar a los viandantes. Sarah Osborne, ejecutada ese mismo año, era una mujer de mediana edad que se encontraba involucrada en un proceso legal para defender sus propiedades en el momento en que se hizo firme la acusación. Otra de las víctimas, Martha Corey, conocida por su franqueza al hablar, fue declarada culpable usándose como prueba ese mismo hecho.

Es interesante percatarse del siguiente dato: todas las denunciantes originales en los Juicios eran mujeres, o, para ser más exactas, chicas adolescentes entre los nueve y los doce años de edad. Dos de estas chicas, Ann Putnam y Betty Harris, fueron las primeras en tener accesos de histeria o síntomas de posesión de los que responsabilizaban a ciertas «brujas» camufladas como miembros de su comunidad. Es difícil averiguar de manera clara los motivos específicos de cada una de las chicas, pero puede servirnos de pista tener en cuenta la poca presencia que las chicas jóvenes solían tener entre los miembros de la sociedad puritana de Nueva Inglaterra. Estas chicas nunca podían confiar en tener acceso a tal tipo de educación que les permitiera alcanzar puestos gubernamentales o eclesiásticos de decisión, algo que sí podían alcanzar sus hermanos (¿no es extraño que no hubiera ningún hombre joven dentro de la parte denunciante?). Su papel era ser obedientes y permanecer a un lado, desde la niñez a la adultez, algo que no se aplicó a estas chicas cuando empezaron a tener accesos de histeria y denunciaron estar poseídas por agentes del demonio. De un día para otro, todos los focos de la comunidad estaban puestos sobre ellas; los prohombres de la aldea escuchaban atentamente cada una de sus palabras, palabras a las que otorgaban una legitimidad insólita para la época, un privilegio especialmente poco común para una chica joven del siglo XVII.

En conclusión, aunque durante los Juicios de Salem influyeron gran variedad de agentes sociales, el género fue sin duda de los más importantes. Por suerte, las chicas y las mujeres de hoy en día pueden disfrutar desinteresadamente de los conceptos de bruja y brujería sin tener en cuenta que el apelativo «bruja» se usó en otro momento histórico como artimaña para silenciar o hacer desaparecer a mujeres indómitas.

Nota del traductor: en relación al sesudo análisis que hace Silvia Federici en su Calibán y la bruja, he optado por incluir que el la persecución por causa de brujería comenzó en la Edad Moderna o muy a finales del medievo, en contraposición a la común idea de que estas causas se produjeron sobre todo en etapas anteriores.

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