Los hombres que no se fiaban de las mujeres

Original por Damon Young en The Huffington Post, Men Just Don’t Trust Women — And It’s A Huge Problem

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Tras cinco años de matrimonio, ocho meses de compromiso y otro año de lo que diantres anduviéramos haciendo antes de comprometernos, por fin he conseguido aprender algo de mi mujer. Bueno, no me malinterpretéis, he aprendido bastantes cosas de ella durante este tiempo, como que guarda en su armario una batamanta y una camisón que suele ponerse a la vez, pero había una cosa que se me había pasado hasta ahora.

Estábamos Panama, mi mujer, y yo charlando sobre la polémica del artículo de Rolling Stone sobre la violación que presuntamente se cometió en el campus de la Universidad de Virginia, en Estados Unidos y por el que luego la revista tuvo que pedir disculpas cuando comenzaron a arreciar críticas en torno a su veracidad. A esto le siguió lo de Bill Cosby, para acabar dándonos cuenta de la existencia de un patrón común a todas estas historias y subsiguientes debates.

La confianza, o más bien, la falta de la misma. En resumidas cuentas, los tipos no nos creemos las cosas si nos las cuenta una mujer más allá de nuestra madre, profesora o cualquier otro cuerpo asignado como mujer que se presente como figura de autoridad preestablecida. ¿Es que acaso nos pensamos que las mujeres son mentirosas compulsivas? No, no creo, pero nos cuesta más creernos algo si viene de una mujer que si viene de un hombre, sin duda.

Este texto va de cómo tras cinco años de matrimonio, otros ocho de compromiso y otro más de lo que diantres fuera lo que estuviésemos haciendo antes de comprometernos me acabo de dar cuenta de que no me fío de mi esposa.

Cuando sale a colación el concepto de confianza, lo solemos ubicar contextualmente en acciones, o de lo que es capaz de hacer tal o cual persona. Si confías en alguien, es que confías en que no te va a poner los cuernos, robar, mentir o asfixiar con una almohada mientras duermes. Vamos, que si es por esto, claro que me fío de mi mujer, sin duda, pondría la mano en el fuego por ella, no fastidiéis. También me fío de su opinión sobre temas importantes, confié en el pasado en ella como esposa y madre en ciernes, y en la actualidad ni se me pasa por la cabeza que vaya a envenenarme con los canelones.

¿Pero sabéis de lo que no me fío, y, además, no lo he hecho con ella ni con ninguna de las otras mujeres con las que he mantenido una relación? De sus sentimientos.

Si me viene conque está jodida con algo, primero reacciono con un ¿qué ocurre? Mi segunda reacción más común es, antes de incluso poder explicarse, es un fijo que exagera. ¿La tercera, ya cuando me lo ha contado? Vale, sé lo que dices y te voy a ayudar, pero fijo que eso que te hace tanto la puñeta no es ni mucho menos para tanto.

Como soy espabilado y tengo un poco de juicio, no lo digo en voz alta, pero normalmente lo pienso. Hasta que me acaba convenciendo de lo contrario, presupongo que su reacción emocional ante cualquier situación es inversamente proporcional a la opinión que yo tengo sobre el nivel de reacción emocional que requiere la situación. En pocas palabras, si ella está en ocho, yo digo que la situación no pasa de seis.

Hablo de mi relación, pero sé que no hablo solo por mí. El tropo de los sentimientos femeninos sobre los que uno, como hombre, no ha de fiarse ocupa un porcentaje estimado de 72,81 en las series que vemos, un 31,2 en los libros que leemos y un 98,9 en las conversaciones entre hombres sobre mujeres en sus vidas. En resumen: las mujeres están locas y nosotros no, y, a expensas de ellas, es algo que se pinta como un elemento más, inofensivo y hasta gracioso, de la guerra de sexos.

Y casi lo sería si se quedara en los sentimientos nacidos de la controversia relativa a fregar los platos o sacar la basura, pero no, ni mucho menos; esta desconfianza lo impregna todo, siendo responsable de la atmósfera de escepticismo que amenaza la veracidad de los relatos de sus propias experiencias.  Y si lo suyo es que no nos fiemos de sus sentimientos, mucho menos hemos de confiar en sus recuerdos.

Y de aquí llegamos a por qué hizo falta todo un equipo femenino de fútbol  de instituto para que empezáramos a plantearnos que igual Bill Cosby no se parece tanto al bueno de Cliff, de su querido programa. O por qué, pese a las miles de quejas de nuestras novias, colegas, primas, esposas y compañeras de clase, negamos el acoso callejero hasta que lo vemos con nuestros propios ojos; o por qué ponemos en duda durante años el testimonio de miles de mujeres sobre el músico y productor R.Kelly hasta que vemos el vídeo que le incrimina.

Existe un peligroso parecido entre cómo consideramos los hombres habitualmente los sentimientos femeninos y cómo lo hace la gente blanca con respecto a los de la no blanca. El otro día estuve echándole un ojo casualmente a una encuesta que mostraba que existe una mayoría de gente blanca que, hasta que no ha sido consciente por su propia cuenta, desconfía de lo que la comunidad negra opina en temas referentes a raza o racismo. Este es el trato que reciben las experiencias personales y los sentimientos: se les hace un lavado de razón; solo son válidos hechos que han sido contrastados y verificados cuidadosamente por blancos u otros negros de bien.

¿Y cómo apañamos esto? ¿Tenemos alguna opción de hacerlo, en realidad? No sé. Esta desconfianza hacia las mujeres está tan enraizada y es tan común que dudo mucho que siquiera los hombres nos demos cuenta de que existe. Bueno, mira, algo sí puedo hace: la próxima vez que mi mujer me venga a contar que algo le molesta y yo crea que no es para tanto, confiaré en lo que dice. Tras cinco años de matrimonio, ocho meses de compromiso y otro año de lo que diantres anduviéramos haciendo antes de comprometernos, es lo mínimo que puedo hacer.

Entrada original en VerySmartBrothas.com.

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Penetrazion Sorpressa

“Ante esto, yo me pregunto ¿a qué estamos jugando? Sería impensable que un grupo nazi jugase al escondite con lxs antifas para cantar en centros sociales y no tener respuesta, pero no son nazis, son machistas, y claro.”

Patriarcado Criminal

Algunos testimonios de lo ocurrido ayer en particular y lo que viene ocurriendo en general con este grupo y los centros sociales que invisibilizan su machismo:

Tam – 14 de Marzo del 2015

Hoy, 14 de marzo, algunas personas del movimiento transfeminista de Madrid, hemos sabido que el grupo de música punk Penetrazión Sorpessa actuaba en el E.K.O. de Carabanchel esta misma tarde, aún habiendo sido vetados en varios CSO de distintas ciudades, por letras de canciones como ‘Zorra Cadaver’ o ‘La puta de tu hermana’:

“Una vieja prostituta fue arrojada a la cuneta […] ¡Zorra Cadaver! Al instante mi polla de su boca saqué, y de un golpe seco la aparté. […] Al poco tiempo, volví a enterrarla, así nunca más podría mamarla”

“Me la camelé, con ella me lo curré y luego la muy puta, me dejó en la puta mierda […] detrás de ella estaba y cuando…

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Consentimiento: ¿en serio es tan difícil?

Original en Rockstar Dinosaur Pirate Princess, Consent: not actually that complicated.

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¿Sabéis qué no es tan difícil?

El consentimiento.

Se ha debatido mucho recientemente mucho sobre ello: algunas universidades han lanzado normas relativas al consentimiento explícito y ha llegado a la gran pantalla, y arrasando en taquilla, la adaptación del libro que hizo de la ausencia de consentimiento algo sexy. Igual no lo sabéis, pero ya existe en Reino Unido algo parecido al consentimiento explícito, o cómo Ched Evans acabó condenado mientras que su codemandado no. Las actas del tribunal recogen cómo el jurado entendió que era razonable que la víctima hubiera decidido mantener relaciones sexuales con el codemandado, pero no con otro tipo cualquiera que pasaba por allí, véase Evans. Esto, en Reino Unido, no funciona la mayoría de las veces como en los tribunales; lo que sí es similar es la investigación; de hecho, se han hecho públicas hace poco nuevas pautas para facilitarla.

Por otro lado, llueven las críticas y los comentarios negativos siempre que se escribe un artículo sobre consentimiento o se da un paso en favor de aumentar la carga de la prueba en la persona que da comienzo a la relación sexual para asegurarse que la persona con la que quieren mantener esas relaciones, bueno, en fin, como os lo diría, verdaderamente QUIERE mantener esas relaciones.

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Incluso los comentarios en respuesta a estas viñetas nos muestran de manera nítida lo mal entendido del consentimiento.

Salta a la vista  que muchísima gente NO entiende de verdad lo que significa consentimiento. Desde el famoso hay a quien no hace falta que le pregunten antes de cada relación pasando por el estudiante al que, presuntamente, se le ocurrió sorprender a su pareja con algo de BDSM no consentido hasta a esta mierda de canción y a cada basura de comentario en cualquier artículo que deje caer que sí significa SÍ; parece que la gente tiene un problema importante al entender que siempre que te acuestas con alguien, y cuando digo siempre digo en todas las ocasiones en las que mantienes relaciones con alguien, es preciso asegurarse de que quieren mantenerlas. Esto va para mujeres, hombres y todo el mundo. Con quien quiera que sea que te estés poniendo a juguetear, asegúrate de que de verdad le apetece. Y ya está, no es tan difícil, de verdad.

Si todavía te rechina el asunto, ponte en que en vez de iniciando una relación sexual, estás sirviendo una taza de té.

Di en alto  ─ ¿oye, te apetecería una taza de té?─, y si te responden ─ joder, joder, sí, coño, sí, me encantaría MIL una taza de té, ¡gracias!*─ bien, entonces ya tienes claro que les apetece una taza de té. Si dices ─ ¿oye, te apetecería una taza de té?─ y te encuentras con un dubitativo ─no lo tengo muy claro…─ entonces prepara el té o no lo prepares, pero sí ten claro que pueden o no bebérselo, y en caso de que no, bien, ten la delicadeza de NO HACÉRSELO BEBER. No les culpes de haberte hecho hacer el esfuerzo de preparar el té en el improbable caso de que lo hubieran querido; asimila que no lo quieren y en paz. El mero hecho haberlo preparado no te da derecho a metérselo por el gaznate.

SI la respuesta es ─no, gracias─, entonces no hagas té. Punto. No prepares té, no se lo hagas beber y no te enfades porque no les apetezca. No les apetece y punto, ¿bien?

También puedes oír un ─sí, por favor, muy amable─ y cuando llegues con el té ya no les apetece para nada. Sin duda es un chasco, has hecho el esfuerzo de preparar el té y todo, pero están sujetas a ninguna ley vinculante que les obligue a beberse el té. Antes les apetecía, ahora no. Mucha gente cambia de opinión en el rato que tarda en hervir la tetera, reposar el té y añadirse la leche. Sigue sin haber ningún follón por el que la gente cambie de parecer y tampoco tienes ningún derecho a verles bebérselo por el hercúleo esfuerzo que has realizado preparando ese té.

Si se encuentran privadas de consciencia, no hagas té. La gente inconsciente no suele querer té y tampoco es capaz de responder a la pregunta de que si quieren té porque están inconscientes.

Bien, pongamos por caso que estaban conscientes cuando les preguntaste si querían té y dijeron que sí, pero en el rato que ha tardado la tetera en hervir, el té en reposar y la leche en añadirse, han perdido la consciencia. Muy sencillo, deja el té un momento, asegúrate de que la persona inconsciente se encuentra bien y, ojo al pequeño detalle, no le hagas beber el té. Te dijeron que sí, claro, sin problema, pero la gente sin consciencia muy raramente quiere té.

¿Y si alguien te dijo que sí quería té, empezó a tomárselo y luego se desmayó antes de terminárselo? Bueno, lo primero, no se lo eches por el gaznate. Lo segundo, deja el té a un lado y asegúrate de que se encuentra bien, para este caso también vale lo de que a la gente inconsciente no le apetece té. Hazme caso, te lo digo de corazón.

Si a alguien le apetecía té en tu casa el sábado pasado no quiere decir que le vaya a apetecer siempre. Muy seguramente no querrán que aparezcas de la nada en su casa y les hagas té para forzarles a bebérselo porque «PERO SI LA SEMANA PASADA SÏ QUE QUERÍAS» o despertarse descubriéndote a ti derramándoselo por el gaznate porque «PERO SI ANOCHE SÍ TE APETECÍA».

Una analogía estúpida, ¿eh? Sí, sin duda esto lo tenías claro, en ningún caso le forzarías a nadie a beber té porque la semana pasada sí le apetecía. POR DESCONTADO ni se te ocurriría derramar té por el gaznate de alguien inconsciente porque hacía cinco minutos, estando consciente, te había dicho que sí. Muy bien, entonces, si te das cuenta de lo ridículo que es obligar a la gente a tomar té cuando no lo quieren y eres perfectamente capaz de entender cuándo no lo quieren, ¿por qué es tan difícil de entender esto mismo cuando hablamos de sexo?

En sexo y té, el consentimiento lo es todo.

Y ya que estamos, me voy a poner un té.

*Expresado palabra por palabra a un amigo un domingo de mañaneo tras una fiesta en una nave. , qué genial es.

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