No están locos: la gran mentira de los asesinatos en masa perpetrados por hombres blancos.

Original en Salon por Arthur Chu, It’s not about mental illness: the big lie that always follows mass shootings by white males.

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Cargar la responsabilidad de actos violentos en las “enfermedades mentales” es una excusa que nos aparta de abrir el debate de la raza, las armas, el odio y el terrorismo.

Estoy harto de escuchar la expresión “enfermos mentales” como sustituto de “masculinidad tóxica”, “supremacismo blanco”, “misoginia” o “racismo”.

Poco sabemos del sospechoso de los atentados de Charleston, en el sudeste estadounidense. En absoluto hemos tenido constancia a través de un especialista cercano a él sobre si se encontraba aquejado de alguna afección psiquiátrica en concreto o si había sido objeto de algún tipo de diagnóstico.

Existen estadísticas que muestran que la gran mayoría de la gente que comete actos violentos no ha sido diagnosticada de enfermedad mental alguna y, de hecho, por paradójico que parezca, la gente que sufre este tipo de afecciones es mucho más susceptible de ser antes víctima que responsable de esta violencia.

El estigma de las personas diagnosticadas como enfermas mentales, que las califica como potenciales asesinas a las que hemos de temer, les representa un perjuicio todos los días de su vida. Les cuesta sus relaciones, sus trabajos y les aparta de buscar ayuda en otras personas; y, además, pone la carga de la vergüenza y el miedo en quien ya bastante difícil lo tiene.

Y, sin embargo, los medios no dejan de darle vueltas y vueltas a la “enfermedad mental” cada vez que hay un nuevo asesinato en masa. Me he tenido que morder la lengua mil veces cada vez que he debatido personalmente con alguien y ha recurrido al irreflexivo cliché de “si es que estaba loco” hablando de la masacre más reciente.

“Es que estaba loco” es una mierda de forma de escaquearse. Y en la vida la he oído de boca de algún especialista, de alguien con voz legítima en el mundo de la salud mental, de cualquiera con un mínimo de opinión formada en términos de salud mental o con propuestas de peso para mejorar el tratamiento de las personas diagnosticadas en este país o donde sea.

Lo que oigo decir a la gente que berrea lo de “que estaba loco” cuando les pido que me especifiquen a qué se refieren con lo de “loco” es un espanto de sinsentido con el único objetivo de echar a los leones a la gente diagnosticada. Los padres de Elliot Rodgers debieron haberle forzado a tomarse la risperidona y Seung-Hui Cho debió ser ingresado contra su voluntad. Todo aquel con un diagnóstico debe abandonar todos sus derechos constitucionales de inmediato antes de poner en un compromiso nuestro derecho a llevar armas como personas autodeclaradas cuerdas, faltaría más.

Y lo más interesante de todo es quién es esta gente con interés por echar a los leones a las personas diagnosticadas. Poco después del atentado en la escuela de Sandy Hook, Oregón, en el noroeste de los Estados Unidos, la Asociación Nacional del Rifle mostró su desacuerdo con que se creara un registro nacional de portadores de armas ya que eso significaría otorgar al gobierno de un poder tiránico imposible de controlar. Sin embargo, no mostraron la misma agresividad ante la creación de un registro de personas enfermas mentales aun considerando que una persona “cuerda” con una pistola en la mano es intrínsecamente mucho más peligrosa que una persona “loca” armada, independientemente de su nivel de locura.

Hemos creado un mundo tan vuelto del revés que una persona en busca de ayuda médica para tratar su depresión o ansiedad es una muestra más evidente de tendencias violentas que alguien que sale de su casa para comprarse un arma con el único objetivo de cometer actos de violencia. Nos hemos montado un discurso por el cual no está mal estigmatizar al primero pero sí al último. Dios bendiga América.

Otro punto que no tiene desperdicio es cómo el argumento “es que estaba loco” se aplica a los asesinos en masa al igual que se hace en general, como una manera de restar crédito a las palabras de esta gente. Cuando en esta cultura decimos que alguien “está loco” lo que intentamos es hacer un llamamiento a la gente para que no le presten atención, para que ignoren lo que dicen de sus actos y motivaciones, para revestirnos de la autoridad con la que bramar que conocemos mejor a esa persona que ella misma.

Este argumento es cruel e ignorante cuando se para desvalorizar a aquellas personas que son víctimas de estos actos delictivos y, es, de hecho, un elemento que subyace bajo la misma realidad de que las personas diagnosticadas son más susceptibles de ser víctimas de violencia que responsables.  Todo agresor ama a la víctima a la que ha sido despojada de la capacidad de defenderse.

También es un mierdón cuando se usa para desvalorizar a los responsables de esos delitos. Muy a menudo, los asesinos no se cortan en mostrar los motivos por los cuales cometen sus atrocidades; buscan atención con el objetivo de que su causa se convierta en mediática y causar el pánico a través de una acción local a toda la población. Si nos vamos al diccionario, esta acepción viene acompañada del nombre “terrorismo”, pero solo se suele usar esa palabra para un determinado tipo de asesinos en masa. O bueno, para un determinado color de asesinos en masa.

Ellito Rodger nos contó por qué hizo lo que hizo, en vídeo, con detalle y con citaciones a las páginas “portadoras de la verdad” de las que sacó su tremebunda ideología. Y no es física cuántica: mató a mujeres que se negaron a acostarse con él y a hombres cuyo éxito consideraba que le había sido negado.

Sí, la enfermedad mental que hubiera podido tener digamos que contribuyó en la disfunción de sus creencias con la la realidad, pero ninguna enfermedad mental creó de la nada esas creencias desde lo más hondo de su cerebro sin ningún tipo de conexión con el mundo exterior.

Pensar así es igual de paradójico que leer las quejas en vídeo de un tipo en Facebook sobre el asco que le da la religión y en concreto el Islam y seguir creyendo que la motivación que le llevó a asesinar a una familia musulmana es que se “volvió loco” tras una discusión en un aparcamiento.

Uno de los últimos vestía parches a modo de solidaridad con regímenes del apartheid, ha vivido su vida en una cultura que le ha rodeado de armas  y, como muchos otros, recibió por su mayoría de edad un arma de fuego a modo de rito de iniciación en la adultez.

Les dijo directamente a sus víctimas, antes de dispararlas, que lo hacía para defender “nuestro país” de una “sublevación” negra. Le dijo a una mujer que le perdonaba la vida únicamente para que contara todo lo que había llevado a cabo.

No hay interpretación alguna de las acciones de este tipo que no sea la de “manual de instrucciones de terrorismo contra la comunidad afroamericana”. Y sin embargo hemos vuelto a oír lo de siempre: “es que estaba loco”.

La “locura” nunca ha creado una idea, un móvil o un sistema de creencias por sí sola. La “locura” puede afectar a la manera en  que nuestras mentes distorsionan las ideas que obtenemos del mundo, pero esas ideas siguen teniendo un origen determinado.

Uno de los casos más notorios de esquizofrenia a gran escala es el de John Nash, quien a diferencia de la mayoría de gente diagnosticada, creó un sistema completo de alucinaciones totalmente ajeno a la realidad. Aun así, la película Una Mente Maravillosa, biopic de Nash, descafeína la naturaleza de sus creencias: la conspiración que vigilaba todos y cada uno de sus movimientos estaba formada por judíos.

Qué casualidad que la fértil imaginación de este genio justo eligió a  los judíos como los malos de la película. ¿O es que acaso asimiló esa idea de alguna otra parte?

Las teorías misóginas que tan bien le encajaron a Ellit Rodger  y los hilos racistas de los que se nutrió Dylann Roof están solo a una búsqueda de Google de distancia, podéis probar si aún no habéis desayunado. ¿Está todo el mundo de ahí loco? Y si es así, ¿por qué no se toman su medicación?

Dylann Roof es fan del régimen de la Sudáfrica del apartheid y de Rodesia del sur. Aun siendo terrible el crimen de este chico, los que se cometieron hace décadas bajo el apartheid bajo auspicio de miles de políticos, burócratas y fuerzas de seguridad fueron mucho peores. ¿También estaban enfermitos? Y no quiero escoger ya el comodín del nazismo, pero no creo que John Nash fuera la única persona que creyera en una conspiración judeomasónica para eliminarle; en cierto momento de la historia una gran parte del mundo desarrollado apoyó esas teorías y seis millones murieron en consecuencia. ¿También toda esa gente había sido diagnosticada?

Aun cuando el origen de la violencia tiene su origen genuinamente en las alucinaciones de una mente aislada de la realidad, cosa bastante rara, esa violencia siempre parece decantarse por unos objetivos culturalmente aceptados. Y sí, la mayoría de supremacistas blancos no están tan “locos” como para liarse a tiros, la mayoría de misóginos no están tan “locos” como para matar a todas las mujeres que les rechazan y la mayoría de anarcocapitalistas fanáticos no están tan “locos” como para dinamitar edificios gubernamentales, pero esta gente “loca” siempre tiene a unos homólogos respetables viviendo una vida normal a través de la cual predican su “manifiesto de los locos”; es decir, dibujar dianas en gente de izquierdas o llamar a las clínicas abortistas campos de exterminio. Son la misma gente que cuando se produce otra masacre es la primera en arrojar a  los leones al “loco” asesino por tomarse tan en serio sus palabras.

Los titulares amarillistas sobre grandes atrocidades suelen distraernos sobre otros que no salen en las portadas. El público en general está dispuesto a reconocer como delito de odio el que un chico blanco asesine vaciándoles cinco cargadores a nueve personas en una iglesia reconociendo abiertamente que su motivación era étnica aun cubriéndolo todo del aislamiento individual apelando al comodín de la enfermedad mental.  Sin embargo, un blanco en uniforme que le vacía dos cargadores a dos personas en un coche de un “barrio chungo” de Cleveland queda como pura estadística del soporte informático del Departamento de Justicia.

¿Y cientos de años de historia en los cuales la economía de un país se sustentó en el esclavismo de millones de personas negras, forzándolas a trabajar y disparándolas si trataban de huir? Eso solo es historia.

La motivación de esa persona a la que le gusta tanto hablar de “enfermedades mentales” es atraer la atención hacia estos megacrímenes abyectos y excepcionales para tratarles como eso, excepciones. Es una manera de desviar la atención de que los peores crímenes de la historia fueron cometidos por personas que hacían su trabajo: policías aplicando la ley, soldados siguiendo órdenes y burócratas firmando y sellando documentos. Si definimos la “racionalidad” como adaptarte al medio social para llevarte bien con él y en general como lo que se considera “normal” en una sociedad, entonces durante una gran parte de la historia lo “cuerdo” ha sido apoyar e incitar lo más monstruoso. Nos gusta hablar de la salud mental de la gente porque nos evita tratar la peor y más aterradora enfermedad social: que el peligro no está en la locura de un individuo, sino en la del mundo en el que vivimos.

Lógico, no hay mediación para ello.

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2 comentarios en “No están locos: la gran mentira de los asesinatos en masa perpetrados por hombres blancos.

  1. Aunque el tema es de interés, el artículo está pésimamente redactado. En la construcción de muchas frases la estructura es desordenada. Eso de “un hecho subyacente al respecto de que las personas enfermas..” resulta confuso y pesado a la hora de leer. Se recomienda mejorar su capacidad de redactar.

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