Revolución y nativos americanos: el marxismo es algo tan ajeno a mi cultura como el capitalismo. PARTE 2

Original por Russel Means (oral) transcrito en Black Hawk Productions.

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Primera parte: Revolución y nativos americanos: el marxismo es algo tan ajeno a mi cultura como el capitalismo. PARTE 1.

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Llegados a este punto tengo que pararme y reflexionar sobre el alcance de mis palabras. El marxismo tiene una historia, ¿confirma esta historia mis observaciones? Echándole un vistazo al proceso de industrialización en la Unión Soviética a partir de los años veinte, puedo vislumbrar que esos marxistas hicieron en sesenta años lo que la Revolución Industrial inglesa en trescientos. El territorio de la URSS solía albergar a múltiples tribus que fueron dispersadas para dejar lugar a nuevas industrias. Los soviéticos solían referirse a esto como la “Cuestión Nacional”, la cuestión sobre si las poblaciones tribales tenían derecho a existir como pueblos. La decisión final sacrificar a estas poblaciones, razonablemente, en favor de la industria. Al igual que en China y en Vietnam, donde los marxistas imponen un orden industrial a expensas del desplazamiento y evacuación de los pueblos indígenas de las montañas.

Los científicos soviéticos afirman que cuando se agote el uranio, encontraremos otras alternativas. Veo a vietnamitas ocupar una central nuclear abandonada por el ejército de EEUU, ¿creéis que la han desmantelado? En absoluto, están haciendo uso de ella, algo parecido a lo que hace China con sus bombas nucleares mientras desarrolla sus reactores y pone a punto su programa espacial para colonizar y explotar planetas a la manera de los europeos con este hemisferio. La misma historia, pero a mayor velocidad esta vez.

El paradigma de los soviéticos es interesante. ¿Conocen acaso la fuente de energía alternativa de la que podremos hacer uso? En absoluto, solo tienen fe, ya lo descubrirá la ciencia. He oído a marxistas puros decir, un criterio sobre el cual sustentan sus acciones, que la destrucción del entorno, la polución y la radiación en un futuro se controlarán. ¿Cómo? Ya lo descubrirá la ciencia, seguro. Este tipo de fe es el que tradicionalmente se ha conocido en Europa como religión. La ciencia se ha convertido en una nueva religión para los europeos capitalistas y comunistas, ambos inseparables y cosustancialmente parte de la misma cultura. En la teoría y en la práctica, el marxismo necesita que los pueblos no europeos abandonen sus valores, tradiciones y existencia como cultura para mutar en grupos humanos adeptos a la ciencia en el seno de una sociedad marxista e industrializada.

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No considero que el capitalismo sea el único responsable de la situación actual del pueblo indio y la declaración de zona de exclusión de sus tierras. No, creo que la responsable es la misma tradición europea, la cultura europea en sí misma, de la cual el marxismo es su continuación más moderna, no una panacea para la misma. Aliarnos con los marxistas significaría aliarnos con las mismas fuerzas que nos consideran un coste asumible.

Existe una alternativa: el modelo de vida tradicional lakota y los usos del pueblo indio. El modelo que defiende que los seres humanos no tienen ningún derecho a destruir a la Madre Tierra, que existen fuerzas más allá de lo que la mente europea ha logrado concebir, que la especie debemos vivir nuestras relaciones con armonía y que esas relaciones en última instancia acabarán con la discordia. Un énfasis asimétrico en lo humano por lo humano con una falta de respeto absoluto por las relaciones naturales, la arrogante manera de actuar europea, solo puede dar lugar a una total discordia y un brusco reajuste que ponga a los arrogantes humanos de nuevo en su lugar, que les dé un baño de realidad más allá de su control para que de nuevo regrese la armonía. No hace falta una teoría revolucionaria que nos indique cómo conseguir esto, es algo que tenemos a nuestro alcance. La gente de este planeta que habita la naturaleza es consciente de ello y no necesita teorizar sobre ello. La teoría es un abstracto, nuestro conocimiento es real.

Reducidos a su mínimo común, la fe europea, incluyendo la actual fe en la ciencia, coincide en que el ser humano es Dios. Europa siempre ha ido tras un mesías, sea Jesucristo, Karl Marx o Albert Einstein. El pueblo indio consideramos eso como algo absurdo. El ser humano es la criatura más débil de todas, tanto que otras criaturas abandonan alimentos gracias a los cuales podemos sobrevivir. Solo somos capaces de sobrevivir a través del ejercicio del raciocinio ya que carecemos de las habilidades de las que disponen otras criaturas para obtener comida, como el uso de colmillos o garras.

Sin embargo, el raciocinio es una maldición porque puede provocar que los humanos olvidemos el orden natural de las cosas, peligro que no subyace para otras criaturas, pero sí para el pueblo indio y al europeo, al que le ocurre de manera habitual. Nosotros damos gracias al ciervo por su carne; el europeo simplemente coge su carne sin más y considera al ciervo como algo inferior. El europeo se considera un dios en su racionalismo y cientifismo. Dios es el ser supremo y todo lo demás es inferior.

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Toda la tradición europea, entre la que incluyo el marxismo, ha conspirado para socavar el orden natural de las cosas. La Madre Tierra y los poderes han sido agredidos, algo que no puede continuar así, y no hay teoría que pueda modificar esta realidad. La Madre Tierra contraatacará, junto con la naturaleza, y sus agresores serán eliminados. Se cerrará el círculo, todo volverá al principio. Esta es la verdadera revolución y también una profecía de mi pueblo, el Hopi, entre otros.

El pueblo indio ha intentado transmitir esto al europeo durante siglos pero, como ya he dicho, el europeo ha hecho oídos sordos.  El orden natural prevalecerá y los criminales desaparecerán a la manera del ciervo que muere cuando atenta contra la armonía superpoblando una región. Es cuestión de tiempo que se produzca lo que los europeos llaman una catástrofe de proporciones bíblicas. Nuestro deber como pueblos indios, como seres naturales, es sobrevivir. Una parte de sobrevivir implica resistir. Resistimos no para deponer a un gobierno y alcanzar el poder, sino para resistir a la exterminación, para sobrevivir. No queremos el poder de las instituciones blancas, queremos que estas desaparezcan. Eso es revolución.

El pueblo indio aún continúa en contacto con esas realidades, esas profecías y toda la tradición de nuestros ancestros. Aprendemos de nuestros mayores, de la naturaleza y de sus poderes y cuando la catástrofe haya concluido, nuestro pueblo prevalecerá para repoblar este hemisferio. Me es indiferente si tan solo permanece una pequeña comunidad en lo más alto de los Andes, el pueblo indio sobrevivirá y retornará la armonía. Eso es revolución.

Una vez aquí, permitidme mostrarme claro con un asunto, aunque ya debiera parecerlo tras todo lo que vengo diciendo. Al hablar del término europeo, no estoy hablando de un determinado color de piel o de una cierta estructura genómica, hablo del pensar europeo, una visión del mundo producto exclusivo de la cultura europea. Nadie está determinado genéticamente para pensar así, al contrario, se nos culturiza para ello, tanto al pueblo o indio como a cualquier otro pueblo.

Muchos individuos de nuestro pueblo comparten los valores y la visión del europeo. Tenemos un término para estas personas, manzana, de piel roja (genética) por fuera y de piel blanca (valores) por dentro. Otras comunidades tienen sus propios términos parejos: las negras tienen a sus oreos, las hispanas tienen a sus cocos, etc. Y, como he señalado antes, hay excepciones a la norma entre la gente blanca: blanca por fuera pero no por dentro, pero no sé qué término aplicarles más allá de seres humanos.

Lo que propongo aquí no tiene que ver con lo racial sino con lo cultural. Soy enemigo de aquellas gentes que defienden y legitiman las realidades de la cultural europea y el industrialismo. Soy aliado de aquellas otras que se oponen y luchan contra ellas; lo son tanto mías como de mi pueblo. Y me es absolutamente indiferente su color de piel: el término técnico para definir a la raza blanca es caucásico, a lo que yo me opongo es a lo europeo.

Los comunistas vietnamitas no son caucásicos pero funcionan mentalmente como europeos. Igual que los comunistas chinos, los capitalistas japoneses, los bantúes católicos o los jefes de nuestras reservas que pretenden vender nuestras tierras y fundar casinos. No hay nada de racismo aquí: solo el reconocimiento de cómo la mente y el espíritu se conforman a través de la cultura.

Creo que soy un nacionalista cultural en términos marxistas. Mi trabajo está principalmente con el pueblo lakota porque comparto con ellos una visión común de la realidad y la misma lucha. También trabajo con otros pueblos indios por motivos muy similares. Y más allá de ahí trabajo con cualquiera que haya experimentado la opresión colonial europea y que ofrezca resistencia a su totalitarismo industrial. Aquí entran pueblos genéticamente caucásicos que tradicionalmente han ofrecido resistencia a las normas europeas dominantes, como el vasco o el irlandés, pero sin duda existen más.

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Trabajo principalmente con mi gente, con mi comunidad, algo que recomiendo a todos aquellos grupos humanos con una visión no europeizante de las cosas. Creo en la máxima cree en la perspectiva de tu prójimo, donde se incluyen todos los géneros. Creo en las perspectivas comunales y culturales de todas las etnias resistentes a la industrialización y a la consiguiente extinción. Personas blancas, a título individual, pueden ser también partícipes de esto únicamente si han reconocido que la continuidad del sistema industrial no es una simple posibilidad, sino el suicidio del ser humano como especie. El blanco es uno de los colores sagrados del pueblo lakota, junto al rojo, amarillo y negro. Los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones, los cuatro periodos vitales del ser humano. Las cuatro etnias de la humanidad. Mezcla rojo, amarillo, blanco y negro y obtén el marrón, el color de la quinta etnia.. Este es el orden natural de las cosas. Por eso me parece perfectamente conveniente trabajar con todas las razas, con el significado particular de cada una, con su identidad y su manera de comunicarse.

Sin embargo, entre el caucásico suele predominar un comportamiento particular: tan pronto como empiezas a criticar activamente a Europa y a su impacto en otras culturas, se pone a la defensiva aunque el ataque no se dirija a ellos exactamente, sino a Europa. Es decir, al concretar mis críticas en Europa personalizan la cultura europea identificándose con la misma, y, por ello, tratan de legitimar una cultura letal. Este malentendido debe superarse ya mismo, nadie tenemos las fuerzas suficientes como para enfrascarnos en esta batalla inútil.

El caucásico posee una perspectiva mucho más positiva que ofertar a la humanidad que la de la cultura europea, pero es preciso que abandonen esta cultura para que esta visión prospere y para que, junto al resto de la humanidad, el hacer y el ser de Europa queden en evidencia.

Continuar aferrándose al capitalismo, marxismo o cualquier otro ismo significa permanecer dentro de la cultura europea, sin alternativa alguna. Algo que, por otra parte, sigue siendo una elección, una elección basada en criterios culturales, no étnicos, y optar por la cultura europea y el industrialismo es optar por ser mi enemigo. La elección es vuestra, no mía.

Al respecto de los miembros de mi pueblo que acuden a las universidades, viven en los extrarradios de las ciudades o se internan en las instituciones: si os metéis ahí para ejercer una resistencia de manera acorde a vuestros valores, bien, no sé cómo lo conseguiréis, pero vale. Eso sí, no os desgajéis de la realidad. Ojo con creer que el mundo blanco nos ofrece unas soluciones a los problemas que él mismo causa. Ojo también con que las palabras de nuestro pueblo se vuelvan en nuestra contra y sean usadas por nuestros enemigos, algo que Europa ha perfeccionado bien. Y si no, ojead los tratados entre los pueblos indioamericanos y los gobiernos europeos firmados a lo largo de la historia. Obtened fortaleza a través de vosotros mismos.

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Una cultura que muy comúnmente confunde algarada con resistencia no tiene nada que enseñarte y nada que ofrecerte como modo de vida. Hace mucho que el europeo ha abandonado cualquier relación con la misma realidad, si acaso alguna vez lo estuvo al mismo nivel que tú como nativo.

Así que, finalmente, concluyo que empujar a alguien al marxismo es algo que no deseo en absoluto. El marxismo es algo tan ajeno a mi cultura como lo es el capitalismo y el cristianismo. Es más, no intento empujar a nadie a nada. Cuando era más joven, los medios blancos acostumbraban a tratarme de líder, como gustan de hacer, en un momento en el que el Movimiento Indioamericano era una organización novísima. Entendí a partir de ahí que no puedes serlo todo para todo el mundo. No quiero que mis enemigos me revistan en esos términos. No soy un líder, soy un patriota Oglala lakota, lo único que necesito y algo que me hace muy feliz.

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Llamemos al trabajo sexual por su nombre: trabajo.

Original en The Nation, Let’s Call Sex Work  What It Is: Workpor Melissa Grant.

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Criminalizar a las trabajadoras del sexo no mejorará sus vidas. Otorgarles derechos, sí.

Artículo adaptado de Playing the Whore: The Work of Sex Work, de Melissa Grant.

No hay una única industria del sexo. El negocio de las escorts, la prostitución callejera, las azaxfatas, strippers o la grabación de vídeos sexuales o por webcam… El abanico de ocupaciones que abarca la industria del sexo hace que hablar de una única industria se quede corto. El abogar por la eliminación de todo el comercio sexual a partir de esa visión limitada puede conllevar el riesgo de apelar a un concepto tan plano y superficial cuya consecuencia sería el reforzamiento de que todo el sexo que se puede obtener a través de dinero tiene su origen en el mismo fenómeno: violencia, anormalidad o desesperación.

En muchos sentidos, la industria del sexo es solo un parte del océano de la economía sumergida, ese mercado oculto de puestos de trabajo con varios niveles de regulación y legalidad. En esta economía, aquella industria que opera bajo la más intensa criminalización en las áreas menos reconocidas posee una capacidad organizativa que se mantiene oculta deliberadamente. Las trabajadoras de este tipo de sectores se encuentran presas en una ciudad flotante, como el sociólogo Sudhir Venkatesh la describió en su libro homónimo, una ciudad en los confines de una sociedad legítima. Sin embargo, parece que los académicos de la economía sumergida, que han esquematizado las ocupaciones de recogedores furtivos de basura, vendedores ambulantes,  falsificadores y contrabandistas no le han otorgado el mismo valor al trabajo sexual porque es ilegal, porque presta un servicio y porque en la mayoría de los casos, sus trabajadoras son mujeres.

Describiré a continuación algunas ocupaciones que estos sabios de la economía sumergida han obviado: en primer lugar, una mazmorra muy popular, que es en realidad una casa en un barrio residencial en el extrarradio de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, conectada por transporte público a su distrito administrativo y a todas aquellas personas que trabajan allí. No es un lugar marginal, ni mucho menos transgresor, tan solo es una mazmorra en las que aquellos clientes que busquen contratar los servicios de sus trabajadoras sepan qué se pueden encontrar. Es decir, algo distinto a un sitio de masajes o a un club de caballeros. A nadie se le encadena contra su voluntad, solo a quien paga por ello y siempre por un tiempo determinado previamente acordado.

En estas mazmorras, el cliente sabe que tiene a su disposición a varias trabajadoras de varios departamentos. Algunas de ellas le facilitarán lo que pide y otras no. Una recepcionista le atenderá las llamadas o le contestará a sus correos o le remitirá a otra trabajadora que podrá ayudarle en lo que necesita con arreglo a las preferencias de la trabajadora y a la disponibilidad mutua. Algunas de estas mazmorras publican las especialidades de sus profesionales en su página web e incluso les incluyen en una lista junto a un enlace donde aparece su teléfono, los cuales también pueden turnarse entre la recepción, en la adjudicación de sus clientes al resto de trabajadoras según su sección. Tras cada adjudicación, la trabajadora redacta un pequeño informe y lo archiva para tener una referencia de ese cliente en caso de futuras llamadas para facilitar el trabajo al resto. La mazmorra se encuentra sumergida solo porque el valor de su trabajo producido no figura como trabajo real. Hay reuniones de departamento, horarios y reparto de comisiones en base a antigüedad. Llegan facturas y se pagan, igual que los impuestos sobre la propiedad. En ocasiones puede que el administrador dé leves referencias de empleo y puede que en otras despida a gente.

Hay un grupo de personas en la mazmorra que se hacen cargo de un trabajo que no remunerado: los múltiples amos de casa que llaman a diario para pedir ir a limpiar. Las empleadas de la mazmorra saben que gestionar las fantasías de esclavitud de estos hombres es en sí una ocupación, aunque solo tengan que cerciorarse que toda la cubertería y vajilla permanecen intactas tras el paso de estos esclavos. Que no cuente como precedente esto ante las décadas de debate feminista sobre el valor del trabajo doméstico, pero ¿y lo gratificante que resulta que los amos de casa se conformen con la la remuneración que les otorga un fregadero vacío?

En la otra punta del país, existe una agencia de escorts gestionada por R. en una pequeña ciudad gestionada., una persona que solo se encarga de pagar por un anuncio en la contraportada de un periódico y del móvil a los que los clientes llaman tras ver el anuncio. La mujer con la que comparte anuncio y línea le paga a R. una parte de lo obtenido en cada cita de media hora que consigue mediante el anuncio, para así no tener necesitar plena disponibilidad para coger el teléfono o facilitar datos sobre ellas al periódico de turno donde colocaron el anuncio.  Les basta con presentarse en las habitaciones de los moteles donde se reunen con sus clientes. De vez en cuando alguna mujer se pone en contacto con ellas para ofrecerles colaboración, R. se reúne con ellas en cualquier cafetería. Si llegan a un acuerdo, les es facilitada una formación y son incluidas en los turnos telefónicos o de reserva de citas y una vez que ya conocen bien sus tareas, remontan el vuelo para seguir de manera independiente su profesión.

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También está M, modelo transexual en páginas web de la misma temática. La mayor parte de su dinero lo obtiene  haciendo de escort para hombres aficionados a esos sitios web en fiestas sexuales en clubs y otros eventos semiprivados, independientemente de acabar manteniendo relaciones sexuales, algo que ocurre solo en ocasiones. A través de estos sitios web consigue publicitarse como acompañante sin tener que pagar por aparecer en los directorios de escorts online. Cuando algún cliente se pone en contacto con ella para mostrarle su interés, tiene tiempo de planear cómo llevar a cabo la cita. M. deja siempre claro que cobrará por cada cita. Una amiga de ella tuvo un disgusto cuando un policía secreta se puso en contacto con ella a través de un anuncio abierto en internet y, tras concertar la cita, la arrestó en su propio apartamento, confiscándole su teléfono y portátil. M. no teme tener que hacer frente a la policía en el club.

Y por otro lado también está C., administradora de una web porno desde el apartamento que comparte con su novio. Además de confeccionar su propio porno, también recluta a otras personas a través de foros en línea en los que se involucra o a través de amigas que saben que vive de la página. Cuando llega una modelo al apartamento de C. para retratarse, el único contacto de la página de la que esta persona dispone es C., que también es la fotógrafa. El ordenador personal de C es también su equipo de trabajo. Su puesto de trabajo es su salón: un sofá, un telón fotográfico, sus DVDs y sus gatos.

A veces se queda sin dinero con que pagar a sus modelos y se dedica a fotografiarse a ella misma hasta que más personas se registran en su página. A veces algunos fans le piden que vaya a visitarles a otras ciudades para fotografiar a modelos allí pagándole viaje y obra. Ingresa al mes una cantidad imprevisible. También trabaja de stripper en un club para terminar de cuadrar el mes.

Aunque estas son las vertientes más visibles del trabajo sexual: porno, striptease, dominación y escorting, y cada una ofrece un ambiente totalmente distinto, no es raro que sus trabajadoras obtengan sus ingresos de varias de ellas. Y ya no es solo cuestión de aumentar sus ingresos, sino de tener la capacidad de negociar los distintos grados de exposición y vigilancia a los que te somete cada ámbito. Para cada escort que nunca abandonaría su intimidad para trabajar en un club de streaptease ante el riesgo de encontrarse con alguien conocido en él, hay una stripper que nunca abandonaría su intimidad trabajando en el porno o publicando fotos suyas en internet y también hay trabajadoras del porno que nunca tendrían sexo por dinero fuera del rodaje.

He podido tener acceso a anécdotas exclusivas de trabajadoras del sexo que han compartido conmigo en los últimos diez años en los que he colaborado con algunas y conocido a otras. Todas incorporan trabajo online y analógico. Cada una agasaja a sus clientes de una determinada manera y según sus propios usos: páginas web que venden books de fotos y registros, servicios de escorts que organizan citas, clubes que aíslan un porcentaje de entrada y consumiciones, etc. Cada una de ellas exige unas determinadas habilidades, cada una tiene su intríngulis y cada una tiene sus inconvenientes.

Sin embargo, pese a ser trabajos totalmente distintos y pese a moverse cada uno en un ambiente distinto y pese a los problemas que puede acarrear juntarlos todos en el mismo saco, hay cierta utilidad política en denominarlos todos trabajo sexual, concepto que, insisto, varía considerablemente según el tiempo y el lugar. La utilidad política de esto radica en que, todas aquellas personas que llevan a cabo trabajo sexual, sea cual sea el lugar o las condiciones, merecen los derechos y el respeto que sí se facilitan a los y las trabajadoras de otros sectores. Por ejemplo, el retrato de la prostitución callejera como se nos muestra en los medios es el de una mujer, sobre todo no blanca, en falda corta junto a un coche o inclinada hacia él. Es una imagen poderosísima, aunque muy concreta. Como protagonista del imaginario de la prostitución, esta mujer representa un paradigma para todas las trabajadoras del sexo: la reducción de su trabajo y vidas a la fantasía de un cuerpo y de su representación limitada y particular para el consumo público. Los cuerpos de las trabajadoras sexuales pocas veces son representados o entendidos como algo más que símbolos intercambiables por decadencia urbana, misoginia o explotación incluso por aquellas personas que pretenden mostrar empatía por ellas, que quieren derribar esos estereotipos o que simplemente quieren ayudar.

Este personaje ni siquiera representa a la totalidad de las trabajadoras del sexo a pie de calle. La socióloga Elizabeth Bernstein habla al respecto de la prostitución callejera: es importante reonocer hasta qué punto las prácticas y significados del trabajo sexual han cambiado en los diferentes caminos que la prostitución ha seguido, caminos que ella ha estudiado, todos incluso en una misma ciudad. Cierta parte de este trabajo puede describirse de manera más exacta como comercio o trueque, según Bernstein, autogestionado, intercambios ocasionales que por lo general tienen lugar en las comunidades u hogares de las mujeres.  Discrimina esto anterior del trabajo sexual de la prostitución callejera ‘de carrera’, en la que el intercambio comercial del sexo se conceptualiza como trabajo ceñido a la muestra pública del cuerpo. Algo parecido cuentan en el Proyecto de Empoderamiento Mujeres Jóvenes de Chicago, una organización de base constituida por mujeres y adolescentes negras que están o se han visto envueltas en trabajo sexual. Han optado por autodefinirse  como comercio sexual y economía callejera para reconocer que, para su comunidad, intercambiar sexo por cualquier cosa que necesiten para sobrevivir no es algo necesariamente entendido como trabajo y que convive de manera natural con otras tareas, como el trenzado o el cuidado de bebés.

La industria del sexo es variada y porosa por doquier. En Estados Unidos, más concretamente en el estado de Nevada, existen burdeles legales en los pocos condados en los que la prostitución nunca ha sido penalizada del todo y donde se hace más tolerable ante la opinión pública gracias a una estricta regulación y aislamiento. Allí, según The State of Sex, un estudio reciente realizado por Barbara G. Brents, Crystal Jackson y Kathryn Hausbeck, un tercio de las trabajadoras de estos burdeles nunca habían hecho trabajo sexual antes, pero venían de otros sectores del sector servicios, no sexuales, eso sí. Tres cuartas partes de las trabajadoras entrevistadas cambiaron el trabajo normal por el trabajo sexual. Vender sexo, escriben, es, por lo general, una ocupación entre otras muchas.

Cuando decimos que el trabajo sexual presta un servicio no pretendemos dotar de higiene o elevar el estatus de sus trabajadoras, sino para dejar claro que las mismas trabajadoras que facilitan un servicio sexual también están facilitando uno no sexual. En su estudio al respecto de las strippers del cinturón industrial de los Estados Unidos, Policing Pleasure: Sex Work, Policy, and the State in Global Perspective, Susan Dewey pudo observar que la gran mayoría de bailarinas (todas menos una) de un club en el norte del Estado de Nueva York provenían de otros sectores ajenos a la industria del sexo y muchas habían abandonado empleos en el sector servicios poco remunerados y antes que volver, preferían la barra del topless con sus posibilidades de oleadas de clientes. Para las bailarinas a las que Dewey entrevistó, el verdadero trabajo explotador, exclusivista y por el que no podrían nunca optar a la movilidad social y la estabilidad financiera era el trabajo de fuera.

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Aquellas personas opuestas a esta industria, desde el lobby europeo de mujeres a blogueras feministas reaccionarias gustan de defender que las trabajadoras del sexo tienen mucho morro insistiendo en lo de que su trabajo es como cualquier otro. Con esto, las activistas por la abolición no solo coinciden con las trabajadoras sexuales en que las condiciones bajo las que se facilitan los servicios sexuales pueden ser igualmente inestables o repugnantes que las que se dan cortando cutículas, aplicando enemas o cambiando de pañales al bebé de otra persona.

Lo que las abolicionistas piensan realmente cuando se estremecen ante la idea de que el trabajo sexual pueda ser como cualquier otro es que el trabajo sexual no es o no puede parecerse a su trabajo. Cuando las abolicionistas piensan en trabajo, piensan en sus ocupaciones, mucho más respetadas, administrando proyectos sociales o investigando o colaborando en grupos de presión. Considerar a su nivel el trabajo sexual elimina las divisiones que otorgan más prestigio a unas ocupaciones denigrando a  otras.

El verdadero mensaje abolicionista es que son ellas, las mujeres que pelean contra el trabajo sexual, las que de verdad trabajan duro, las que rompen los techos de cristal y le dan prestigio a la feminidad mientras que las putas de ahí abajo poco más hacen que tirarse a la bartola. Según afirma la teórica Kathi Weeks, llamar puta a una mujer es una manera de emitir un juicio sobre el valor sexual y del trabajo de una mujer. Cada puta, escribe en El problema laboral, es  un elemento peligroso que, a menos que se la arrincone en la otredad, puede poner en tela de juicio los aparentemente inamovibles beneficios del trabajo, así como el hogar, la familia y el compromiso femenino hacia ellas. Cuando las abolicionistas rescatan a una trabajadora sexual, lo que en realidad están haciendo es disciplinarla y empujarla de nuevo a su rol correcto como mujer. Y esto va más allá de pretendidas ONG:  misiones individuales de mujeres inundan internet e incluso iglesias; proyectos que se jactan de autofinanciarse vendiendo velas y joyería elaborada por trabajadoras sexuales rescatadas. Este tipo de empleo podría considerarse ajeno a la industria del sexo, pero sin un suministro regular de trabajadoras rescatadas no existiría mano de obra barata y por tanto ninguna vela que vender y ningún proyecto en el que pudieran ocuparse estas rescatadoras.

Como bien apuntó la anarcofeminista Emma Goldman en 1910, el pánico de nuestra sociedad a la prostitución no ayuda en nada a las trabajadoras, pero ha demostrado ser una fuente de trabajos parasitarios de políticos que acechan por el mundo en forma de inspectores, investigadores, detectives y así. La reducción de los ingresos de las trabajadoras del sexo era ya entonces y sigue siendo hoy objetivo de las abolicionistas.

Son las mismas que se hacen con los puestos de trabajo de las trabajadoras del sexo cuando se adjudican alguna victoria. La activista sociofeminista y antirracista Selma James, en su ensayo “Putas en la Casa del Señor”, documenta el cierre en los ochenta de un exitoso y legal proyecto de base de trabajadoras del sexo en Londres para que abogadas feministas y mujeres del lobby antiporno pudieran poner en marcha el suyo sin verse en la necesidad emplear a las trabajadoras que pusieron en marcha el anterior proyecto. Lo que estamos contemplando ante nosotras es el proceso por el cual la lucha de las mujeres se aparta de la historia y se convierte en industria, apunta James.

Por estas reivindicaciones de las trabajadoras del sexo, aunque devaluadas, seguimos insistiendo que el trabajo sexual es trabajo. Ojo, no confundamos esto con un sentimiento acrítico: como que el trabajo sexual solo es trabajo si goza de buenas condiciones y si nos gusta realizarlo. La esperanza de que mostremos entusiasmo por nuestros trabajos es algo habitual en las trabajadoras del sexo: la administración del sex shop sindicado Lusty Lady en San Francisco trató de insertar una cláusula en sus contratos por la cual el trabajo facilitado por las firmantes debía de ser divertido, algo que las bailarinas se negaron a firmar. Insistir conque las trabajadoras del sexo solo se merecen el acceso a derechos si su trabajo es divertido, si lo aman o si les empodera es retrógrado. Es una exigencia que asegura que nada de esto último se cumpla nunca.

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¿Quiénes fueron las brujas? Terror patriarcal en la gestación del capitalismo (Parte 2)

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Original por Alex Knight en The End of Capitalism, Who Were the Witches? Patriarchal Terror and The Creation of Capitalism

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Una revolución olvidada

Federici defiende que este pudo no ser el único camino.  «El capitalismo no fue la única salida posible a la crisis del poder feudal. A lo largo y ancho de Europa, una oleada de movimientos sociales de carácter comunitario y de rebeliones contra el feudalismo ofrecían la promesa de una nueva sociedad igualitaria construida sobre cimientos de igualdad social y cooperación», p. 61.

Las partes más mordaces de Calibán dejan constancia de la infinidad de movimientos encabezados por los estratos sociales más pobres que a lo largo de todo el continente estuvieron a punto de derribar a la Iglesia y al Estado del bajo Medioevo. Estos movimientos campesinos de los siglos XIII al XVI fueron etiquetados de heréticos por su enfrentamiento al poder vaticano, aunque su objetivo era una transformación mucho más profunda de la sociedad feudal. Los así llamados herejes se oponían a las jerarquías sociales, propiedad privada y a la acumulación de riqueza y extendieron entre la gente un nuevo y revolucionario concepto de sociedad por vez primera durante el Medioevo. También redefinieron todo aspecto de la vida cotidiana, como el trabajo, la sexualidad y el papel de las mujeres, llevando el debate de la emancipación hacia términos verdaderamente universales, p.33.

La autora nos muestra las múltiples formas de estos movimientos , desde el pacifista y vegetariano catarismo del sur de Francia al comunismo antinobiliario de los grupos taboritas de Bohemia en los que ambos confluían en la lucha en pos de la igualdad social. Muchas de estas comunidades planteaban que era profundamente anticristiano la vida opulenta de la que disfrutaban clero y la nobleza mientras tantas otras personas sufrían de escasez de comida, alojamiento o atención médica.

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El catarismo, vegetariano y pacifista, fue reducido por los Cruzados.

Otro nexo de unión entre todos los movimientos campesinos en Europa fue el liderazgo femenino. Federici describe que, «las mujeres herejes disfrutaban de los mismos derechos que los hombres y podían disfrutar de una vida social y de una movilidad como en ningún otro lugar durante la Edad Media… Sorprende poco que las mujeres estuvieran más presentes en la historia herética que en ningún otro ámbito de la vida medieval», p. 38. Algunos cultos heréticos, como el catarismo, disuadían a la gente de casarse y hacían hincapié en los métodos anticonceptivos, abogando por una liberación sexual que chocaba frontalmente con la autoridad moral de la Iglesia.

La política de género de los movimientos campesinos demostró ser una fortaleza que atrajo a una multitud de seguidores que consiguieron socavar el poder de un sistema feudal ya moribundo.  Federici nos muestra cómo el ardor revolucionario creció a la vez que crecía el tamaño de los mismos movimientos. «En el transcurso de este proceso, el horizonte político y las dimensiones organizativas de la lucha campesina y artesana se ampliaron. Regiones enteras entraron en rebelión, formando asambleas y levantando ejércitos. De tanto en cuando, bandas organizadas de campesinos atacaban los castillos de sus señores destruyendo en ellos los archivos donde permanecían resguardadas las escrituras de servidumbre», p. 45.

Lo que dio comienzo como un movimiento religioso comenzó a alcanzar cotas revolucionarias. Por ejemplo, en la década de los veinte y treinta del siglo XV, comunidades taboritas combatían para liberar la totalidad de Bohemia, causando varias derrotas a ejércitos cruzados de más de 100.000 hombres enviados por el Vaticano, p.54-55. Estos levantamientos empezaron a extenderse por toda Europa a un nivel tal que en el periodo que transcurre entre 1350 y 1500 tienen lugar concesiones sin precedentes, como la subida de salarios de un 100% y la reducción de precios, alquileres y jornada laboral. En palabras de Silvia: «la economía feudal estaba condenada», p. 62.

Federici indica que la primera reacción de las élites fue la fundación de la Santa Inquisición, una campaña brutal de represión estatal en la cual se incluía la tortura y la quema de herejes. Con el paso del tiempo, la estrategia de la élite dominante pasó de apuntar a herejes en general a las mujeres líderes de estas comunidades. Y así la Inquisición dio paso a la caza de brujas.

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Muy pronto, simples reuniones de mujeres campesinas comenzaron a sufrir estigma: los sabbats, en los cuales, supuestamente, el diablo seducía a las mujeres para que se convirtieran en brujas. Federici aclara que esta demonización tuvo como objetivo la rebeldía política y la disconformidad con las relaciones de género características de estos encuentros. Decenas de mujeres fuertes y rebeldes fueron asesinadas y, junto con ellas, la caza de brujas borró del mapa «todo un universo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que sustentaban el poder de las mujeres en esta Europa precapitalista junto a los fundamentos de su resistencia en la lucha contra el feudalismo», p. 103.

Para la élite noble de Europa, laica y eclesiástica , la caza de brujas tuvo éxito al  desmantelar una lucha de clases que amenazaba progresivamente su dominio. Aun más, Federici adelanta que la caza de brujas facilitó el auge de un nuevo paradigma sociocapitalista: la producción económica a gran escala en busca del beneficio económico y la evacuación de campesinos de sus tierras para su incorporación a una mano de obra urbana en expansión. Tiempo después,  el sistema capitalista se convirtió en amo y señor de Europa y consiguió extenderse a través de armas, género y acero de conquistadores por todo el globo, llevándose por delante incontables culturas y civilizaciones6. El análisis que propone Federici es el siguiente: «el capitalismo fue la contrarrevolución que aplastó toda alternativa surgida de la confrontación antifeudal. Alternativas que, de haberse tenido en cuenta, hubieran librado al mundo de la eliminación de incontables vidas y el daño al medio ambiente que ha definido la expansión de las relaciones capitalistas por todo el globo», p.22. ¿Cómo hubieran sido las cosas de haber triunfado la revolución olvidada?

Conclusión – El redescubrimiento de lo mágico de la verdadera historia.

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Malalai Joya en un discurso en una escuela femenina de Farah, Afganistán.

«Día tras día la situación empeora para mi pueblo, especialmente las mujeres. Por eso proclamamos que es esta una democracia de pantomima y esta Guerra contra el Terror una farsa.» – Malalai Joya, activista afgana, 2009.

Calibán y la Bruja es un libro que desmantela muchos e importantes mitos del mundo en el que vivimos. El primero y más importante, es la extendidísima creencia de que el capitalismo, aunque quizá imperfecto en su forma actual, fue un forma progresista de desarrollo que liberó al trabajador y mejoró las condiciones de vida de las mujeres, personas no blancas y otros grupos oprimidos. El trabajo de Federici es impresionante llevándonos a los cimientos del capitalismo en la Europa tardomedieval para desvelar una oscura historia de expropiaciones, empobrecimiento, terror de género y sexual  y colonizaciones brutales de pueblos no europeos. Este abyecto legado le lleva a afirmar que el sistema mismo está «inherentemente comprometido con el racismo y el sexismo», p. 17.

De manera más taxativa, escribe que: «es contradictorio asociar capitalismo con cualquier otra forma de liberación o atribuir a su longevidad la capacidad de satisfacer las necesidades humanas. Si el capitalismo ha sido capaz de sobrevivir es únicamente por la red de desigualdades que ha grabado en el cuerpo del proletariado mundial y por su capacidad para globalizar la explotación. Y es este un proceso que todavía se sigue desarrollando delante de nuestros ojos, como así ha sido durante los últimos 500 años», p. 17.

Se suele decir que podemos medir la catadura moral de una sociedad por cómo trata a sus mujeres. Este libro facilita una documentación lo suficientemente convincente como para evidenciar que el capitalismo siempre ha sido un sistema dominado por los hombres, un sistema que estrecha los márgenes de oportunidad y seguridad para las mujeres así como excluye a aquellas que no se adecúan a los exiguos roles de género. Federici hace un uso particular de la historia de la caza de brujas para dar luz a los entresijos del capitalismo y mostrar la demonización, silenciamiento y restricción del poder sexual femenino sobre las que se sustentó desde su origen7. En respuesta a la pregunta que da título a este ensayo, escribe: «la bruja era la partera y la que renunciaba a la maternidad, era la mendiga que se ganaba el pan robando leña o mantequilla de sus vecinos y la mujer promiscua, la prostituta o adúltera.  Sin embargo, también era, generalmente, la mujer que hacía uso de su sexualidad fuera de la celda del matrimonio y la procreación. La bruja era la mujer rebelde que contestaba, discutía, juraba y no derramaba una lágrima bajo tortura», p. 184.

En otras palabras, las brujas eran aquellas mujeres que de una manera u otra ofrecieron resistencia al establecimiento de un orden social injusto: la explotación mecánica de capitalismo. Las brujas representaban un mundo que los nuevos amos de Europa ansiaban destruir: un mundo con un liderazgo femenino sólido, un mundo cuyo núcleo fueran las comunidades y conocimiento locales, un mundo vivo con posibilidades infinitas, un mundo rebelde.

No debemos desesperar por el mundo que pudo ser y no fue. Permanece aun en nosotras hoy día, en las luchas de la gente que nos organizamos en busca de justicia. Podemos escuchar hoy desde Afganistán la voz clara de Malalai Joya, una mujer valiente, expulsada del parlamento afgano en 2007 por cargar contra los señores de la guerra apoyados por EEUU que gobiernan su país. Apareció recientemente en Democracy Now! proclamando que «mi gente se encuentra ahora atrapada entre dos poderosísimos enemigos: desde el cielo, las fuerzas de ocupación que arrojan bombas sobre civiles inocentes… [y] desde el suelo, los talibán y estos señores de la guerra, que continúan arrasando nuestras vidas a golpe de fascismo».8

Joya corre un riesgo con este tipo de comentarios, pero lleva en sus palabras una verdad irrenunciable y necesaria para poner fin al sinsentido de la guerra y la ocupación de Oriente Medio. Todas aquellas personas que acuden a su llamada lo hacen imbuidas en el espíritu inmortal del hereje y la bruja que se opusieron al avance del feudalismo primero y del capitalismo después, defendiendo una lucha tan grande como la Tierra y tan vieja como el tiempo mismo.612px-Lützelburger_Hohlbein_Kämpfende_Bauern

Notas.

6 – ver Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años de Jared Diamond. Un estudio del auge de Europa con enfoque más en la ecología que en el patriarcado, pero útil por otra parte para vislumbrar la carnicería del proceso colonizador.

7 – para  una brillante categorización de percepciones a través de las cuales la sexualidad femenina aun continúa bajo asedio, ver Friedman, Jaclyn & Jessica Valenti. Yes Means Yes! Visions of Female Sexual Power and A World Without Rape. Seal Press 2008. My review of this book can also be found here:http://endofcapitalism.com/2009/05/17/review-of-yes-means-yes-visions-of-female-sexual-power-and-a-world-without-rape/

8- Retransmisión Democracy Now! del 28 de octubre de 2009: “A Woman Among Warlords: Afghan Democracy Activist Malalai Joya Defies Threats to Challenge US Occupation, Local Warlords.” Online athttp://www.democracynow.org/2009/10/28/a_woman_among_warlords_afghan_democracy

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¿Quiénes fueron las brujas? – Terror patriarcal en la gestación del capitalismo. (Parte 1).

Original por Alex Knight en The End of Capitalism, Who Were the Witches? Patriarchal Terror and The Creation of Capitalism

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Esta temporada no hay libro que desee más recomendar que el brillante Calibán y la Bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria de Silvia Federici, donde nos cuenta el oscuro fenómeno de la caza de brujas que arrasó Europa durante más de 200 años. Federici, sacando a la luz este pedazo de historia oculta, nos muestra los orígenes del capitalismo en su brutal opresión a la masa trabajadora (representada por el shakesperiano Calibán) y también, sorprendentemente, en la despiadada subyugación de la mujer. También saca a la luz los gigantescos y coloridos movimientos campesinos de Europa que presentaron oposición ante las injusticias de su tiempo, conectando su derrota con la imposición de un nuevo orden patriarcal que provocó un cisma entre hombres y mujeres de clase trabajadora. Hoy día, cuando cada vez más y más gente pone en duda le eficacia de un sistema capitalista que ha arrojado al planeta en una gran crisis, Calibán y la Bruja se presenta como una lectura ineludible para comprender la traumática violencia y la desigualdad de la que el capitalismo se ha nutrido desde su creación.

¿Quiénes eran las brujas?

Es probable que aquellos padres y madres que les dan un sombrero puntiagudo a sus retoños la noche de Halloween nunca se hayan parado a reflexionar sobre ello, al margen de considerar a las brujas como otro icono de la cultura popular más al nivel del monstruo de Frankenstein o Drácula. Sin embargo, en lo más profundo de este ritual yace una historia oculta que puede explicarnos varias cosas de nuestro mundo, ya que su legado aun nos afecta 500 años después. En su libro, Federici nos lleva al pasado para mostrarnos cómo la misteriosa figura de la bruja es clave para la comprensión de la aparición del capitalismo, el sistema basado en la obtención de capital que hoy día domina el mundo.

Durante los siglos XV, XVI y XVII el miedo a las brujas dominaba la vida en Europa y en la América colonial hasta tal punto que cualquier mujer que se enfrentara a una acusación de práctica de brujería podía verse sometida a la más cruel de las torturas para obtener su confesión, o simplemente ser ejecutada en base meras sospechas, algo que era habitual al no existir en muchas ocasiones ningún tipo de prueba. La autora comenta que «durante más de dos siglos, en varios países europeos, cientos de miles de mujeres fueron juzgadas, torturadas, quemadas vivas o colgadas bajo la acusación de haber vendido su cuerpo y alma al diablo, de, mediante hechicería, haber causado la muerte a niños, bebido su sangre, elaborado pociones con sus despojos, provocado la muerte a vecinos, destruido cosechas o ganado, desatado tormentas y otras muchas abominaciones», p. 169.

En otras palabras, cualquier inconveniente que ocurriera en cualquier momento de la época era susceptible de ser producto de las brujas. Así que, ¿de dónde surgió esta avalancha de histeria que se llevó las vidas de tantas desgraciadas mujeres, muchas de las cuales es bastante probable que nunca volaran montadas en escobas ni cocinaran con ojos de tritón en grandes calderos?

Calibán subraya que la caza de brujas no fue una anécdota de manos de un grupo de campesinos ignorantes, sino una política planificada por el Estado y la Iglesia, los estamentos gobernantes de la sociedad. Para que lo comprendamos mejor en perspectiva: la brujería actual no sería causa en absoluto de alarma, pero el pánico a las células terroristas durmientes que podrían operar en cualquier momento porque odian nuestra cultura es el pan nuestro de cada día. Nada que nos sorprenda: políticos y medios de comunicación han estado metiéndonos con sacacorchos este mensaje en nuestras cabezas durante años, aunque el terrorismo cause menos muertos que, por ejemplo, la falta de acceso a sanidad. Y así como el pánico al terrorismo ha dado legitimidad a los poderes fácticos actuales para rediseñar Oriente Medio, el libro da cuenta de cómo los poderes fácticos de entonces inventaron y explotaron el miedo a las brujas para rediseñar la sociedad europea en un nuevo paradigma que satisficiera sus intereses.

Es interesante comparar cómo ambas cruzadas han hecho uso de la táctica que se conoce técnicamente como dominio rápido (Shock and Awe), con el objetivo de confundir a la población con una enorme exhibición de fuerza, suavizando así la oposición a la implantación de reformas drásticas e impopulares. Con la caza, esta terapia del shock se aplicó mediante la quema de brujas, espectáculos de tal violencia que paralizaban pueblos y regiones enteras para inducirlos a que aceptaran los elementos fundamentales de la reestructuración de la sociedad medieval. Federici describe una quema cualquiera como un «importante evento público al que todos los miembros de la comunidad debían asistir , incluyendo a los hijos e hijas de las condenadas, particularmente a sus hijas, a las cuales, en ocasiones, se les propinaba una sarta de latigazos frente a la hoguera en la que veían su madre arder viva», p. 186.

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La quema de brujas fue la versión moderna de la táctica de dominio rápido.

El libro argumenta que este tipo de cruentas ejecuciones no tenían como objetivo únicamente castigar a las brujas, sino mostrar gráficamente las consecuencias de cualquier tipo de desobediencia al clero o a la nobleza. Más en concreto, la quema de brujas pretendía aterrorizar a las mujeres para que aceptaran un «nuevo orden patriarcal en el cual su cuerpo, su fuerza de trabajo y su poder sexual y reproductivo quedara a disposición del estado y fuera transformado en capital económico», p. 170.

Federici hace hincapié en que hasta el siglo XVI, aun viviendo en una sociedad sexista, las mujeres conservaban una independencia económica sustancial al respecto del hombre que en el capitalismo ha desaparecido, donde los roles de género están más diferenciados. «Si tenemos en cuenta que en la sociedad medieval  las relaciones colectivas preponderaban frente a las relaciones familiares y que la mayoría de tareas de las mujeres siervas (lavado, hilado, recolección y cuidado de los animales) se llevaban a cabo en cooperación con otras mujeres podemos deducir que esto representaba una fuente de poder y protección para las mujeres. Era la base de una intensa sociabilidad femenina y de una solidaridad que otorgaba a las mujeres poder para resistir al hombre».

La caza de brujas dio comienzo a un periodo en el cual las mujeres fueron forzadas a convertirse en lo que ella ha denominado «siervas de la fuerza de trabajo masculina», p.115 y verse así excluidas de obtener un salario. Se las recluyó en el gratuito cuidado de menores, mayores y enfermos, en la alimentación de sus maridos o parejas y en el mantenimiento del hogar. En palabras de Federici, esta fue la reclusión doméstica femenina, la imposición de un estatus de segunda clase en el cual las mujeres se encontraban totalmente sometidas al salario del hombre, p.27.

La autora más adelante nos muestra cómo la sexualidad femenina, considerada entonces una fuente de poder femenino sobre el masculino, comenzó a caer bajo sospecha y se convirtió objetivo militar de las autoridades. El asedio dio comienzo mediante nuevas leyes que eliminaron el control de las mujeres sobre el proceso reproductivo, tal como los métodos anticonceptivos  y la sustitución de matronas por obstetras hombres, así como la prohibición del aborto y el infanticidio. Federici considera esto un intento para convertir el cuerpo de las mujeres en una «máquinas productoras de niños para el Estado», de tal manera que el único objetivo vital al que toda mujer debía aspirar fuera la reproducción, p. 144.

Aun con todo, comprendemos que esto solo es una parte de un gran plan elaborado por Iglesia y Estado para eliminar todas las formas «improductivas» de sexualidad. Por ejemplo, «la homosexualidad, el sexo entre personas jóvenes y mayores, el sexo entre personas de distinta clase, el coito anal, el sexo a cuatro patas, el nudismo y las danzas. También se suprimió la sexualidad pública y colectiva tan en boga durante el Medievo, como en los festivales de primavera de origen pagano que aún se celebraban por toda Europa en el siglo XVI.», p. 194. En este punto, la caza de brujas atrapó no solo a la sexualidad femenina sino a la homosexualidad y a la disconformidad de género, colaborando en la elaboración del cisma sexual patriarcal que nos define hoy como sociedad.

Capitalismo – Nacido de entre las llamas

Lo que destaca a Calibán de otros trabajos que han explorado el fenómeno brujería es que el libro coloca la caza de brujas dentro del contexto del desarrollo del capitalismo. Para Federici, no fue ningún accidente que «la caza de brujas ocurriera de manera simultánea a la colonización y el exterminio de poblaciones del Nuevo Mundo, el cercamiento en Inglaterra o el comienzo del comercio de esclavos», p.164. Para ella, este cúmulo de tragedias, aparentemente inconexas, fueron instigadas por la élite europea cuando el capitalismo aún se encontraba en gestación, a lo largo de los siglos XV al XVII. Muy contrariamente a la ortodoxia del dejar-hacer, que propugna que el buen funcionamiento del capitalismo se basa en la no intervención estatal, Federici propone que fue precisamente la violencia estatal a través de estas campañas la que sentó las bases del capitalismo económico.

Illustration of Joan of Arc Being Burned at the Stake

Una nueva era surgió de entre las llamas de la caza de brujas.

Por suerte para el lector o lectora, en caso de que no esté familiarizada con este periodo histórico, Federici da a conocer estos eventos mediante un lenguaje claro y accesible. Hace hincapié en las políticas de cercamiento porque su importancia se ha diluido  a lo largo del tiempo.

La mayoría no recordamos que durante el Medievo, antes del cercamiento, incluso lo más bajo de la servidumbre poseía su pedazo de tierra para uso personal. Federici añade que «con el uso de la tierra también llegó el uso de zonas comunitarias como prados, bosques, lagos, pastos salvajes, las cuales proveían al campesinado de recursos cruciales para su economía (leña como combustible, madera para construcción, estanques para pescar y zonas de pastoreo para animales que fortalecieron la cohesión comunitaria y la cooperación », p. 24. Este acceso a la tierra suponía un colchón para el campesinado a través del cual obtenían una seguridad que de otro modo debían obtener del designio de su señor. Podían cultivar su propio alimento y cazar en abundantes bosques que aún permanecían en pie por aquel entonces, lo que junto a su conexión con las zonas comunitarias les otorgó un territorio en el que organizar movimientos de resistencia y economías alternativas ajenas al control de sus amos.

El cercamiento fue un proceso mediante el cual la tierra era sustraída por el Estado, dividida en lotes y entregada a especuladores que buscaban obtener un beneficio a través del pastoreo de rebaños de ovejas o vacas o de la agricultura a gran escala. En lugar de usarse para subsistencia, como hasta entonces, el botín catastral se vendía en los frágiles mercados nacionales o internacionales. Una nueva clase de terratenientes capitalistas emergió, mientras, en su contraparte más oscura, el campesinado desahuciado era víctima del trauma de la desposesión. En palabras de Federici: «tan pronto se vieron privados del acceso a la tierra, toda esta clase trabajadora cayó presa de una dependencia desconocida  durante el Medievo, ya que su condición de campesinado desposeído permitió a sus empleadores reducirles los salarios y extender su jornada», p.72.

Para Federici, la consecuencia del cercamiento fue la creación de una clase trabajadora desposeída, sin propiedades ni tierra, un proletariado sin más opción que trabajar por un salario para sobrevivir, constituyéndose el trabajo asalariado como elemento troncal del capitalismo.

Excluidas de su hogar tradicional, muchas comunidades se disolvieron por toda la campiña en busca de nuevas fincas. Así, el Estado contraatacó con el llamado Código Sangriento, que convirtió en legal la captura de vagabundos errantes para forzarles a trabajar por un salario o ser ejecutados. El resultado, para Federici, es claro: «el empobrecimiento absoluto de la clase trabajadora europea. Una prueba de ello es el cambio en su dieta. La carne desapareció de sus mesas, con la excepción de algún resto de manteca, así como la cerveza y el vino, la sal y el aceite de oliva.», p.77.  Y aunque esta clase empezó a trabajar durante más horas al servicio de sus nuevos amos capitalistas, el nivel de vida cayó en picado durante todo el siglo XVI y no fue hasta el siglo XIX cuando los ingresos alcanzaron de nuevo el nivel de antes del cercamiento.

Según Federici, la caza de brujas fue de vital importancia en este proceso de empobrecimiento al introducir un cuño sexista en el seno de la clase trabajadora que minó la solidaridad de clase, dificultando la resistencia de estas comunidades al verse desplazadas de sus tierras, p. 48. Mientras que las mujeres sufrían la amenaza de horribles torturas y muerte si no se adaptaban a los nuevos y sumisos roles de género, a los hombres se les sobornaba con la promesa de unas esposas dóciles y un nuevo acceso al cuerpo femenino. También se cita que «otro aspecto de la política de división sexual para difuminar la protesta de la clase trabajadora fue la institucionalización de la prostitución, implementada mediante la apertura de burdeles municipales por toda Europa», p.49. Junto a la prostitución, la legalización de la violencia sexual otorgó más aprobación a la explotación del cuerpo de las mujeres. Explica que «En Francia, las autoridades municipales en la práctica despenalizaron la violación, siempre y cuando las víctimas fueran mujeres de clase baja», p-47. Con esto dio comienzo lo que Federici gusta de llamar «movimiento proviolación de facto», colocando a las mujeres en una posición difícil si deseaban salir de casa.

Los juicios por brujería fueron el asalto final, mediante los cuales la integridad de las comunidades campesinas fue totalmente destruida gracias a la promoción en su seno de la sospecha y el miedo. En cada vez peores condiciones, se animaba a los vecinos a volverse los unos contra los otros para que cualquier insulto o molestia presentara base para una denuncia por brujería. Sondeando todo este perjuicio, Silvia Federici concluye que «la persecución de las brujas, en Europa y el Nuevo Mundo, tuvo la misma importancia que las colonizaciones y le expropiación del campesinado europeo en el desarrollo del capitalismo».

1 – Estudiantes de Harvard publicaron un estudio el 17 de septiembre de 2009 en el que defendían que aproximadamente 45.000 estadounidenses mueren anualmente por falta de acceso al sistema médico, una proporción bastante mayor que los asesinados el 11 de septiembre en los ataques terroristas al World Trade Center. Más información en este enlace: http://www.reuters.com/article/healthNews/idUSTRE58G6W520090917

2 – Dominio Rápido, Wikipedia. En línea. http://en.wikipedia.org/wiki/Shock_and_awe.

3 – La estrategia de la doctrina del shock ha sido analizada con detalle en diversos casos por Naomi Klein en su excelente La Doctrina del Shock: El auge del capitalismo deldesastre. Metropolitan Books 2007. Por ejemplo, cuenta que la devastación por parte de Estados Unidos de la infraestructura social de Irak, entre la que se encontraban hospitales, escuelas y sistemas de suministro de alimentos y agua dejó en tal estado de trauma a la población iraquí que carecieron de fuerza de movilización para prevenir la privatización de la riqueza petrolera del país.

4 – Más información de las consecuencias de la caza de bruja en la dominación masculina de la reproducción y la medicina en Brujas, Parteras y Enfermeras: Una historia de sanadoras de Bárbara Ehrenreich.

5 – El punto más alto en el que se encontraron los salarios ocurrió poco antes del siglo XVI (en torno a 1450) y su punto más bajo fue en sus postrimerías (en torno a 1650). Su caída durante el siglo XVI fue abruptísima. The Modern World-System. Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century. New York: Academic Press, 1974. pg. 80.

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