¿Quiénes fueron las brujas? – Terror patriarcal en la gestación del capitalismo. (Parte 1).

Original por Alex Knight en The End of Capitalism, Who Were the Witches? Patriarchal Terror and The Creation of Capitalism

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Esta temporada no hay libro que desee más recomendar que el brillante Calibán y la Bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria de Silvia Federici, donde nos cuenta el oscuro fenómeno de la caza de brujas que arrasó Europa durante más de 200 años. Federici, sacando a la luz este pedazo de historia oculta, nos muestra los orígenes del capitalismo en su brutal opresión a la masa trabajadora (representada por el shakesperiano Calibán) y también, sorprendentemente, en la despiadada subyugación de la mujer. También saca a la luz los gigantescos y coloridos movimientos campesinos de Europa que presentaron oposición ante las injusticias de su tiempo, conectando su derrota con la imposición de un nuevo orden patriarcal que provocó un cisma entre hombres y mujeres de clase trabajadora. Hoy día, cuando cada vez más y más gente pone en duda le eficacia de un sistema capitalista que ha arrojado al planeta en una gran crisis, Calibán y la Bruja se presenta como una lectura ineludible para comprender la traumática violencia y la desigualdad de la que el capitalismo se ha nutrido desde su creación.

¿Quiénes eran las brujas?

Es probable que aquellos padres y madres que les dan un sombrero puntiagudo a sus retoños la noche de Halloween nunca se hayan parado a reflexionar sobre ello, al margen de considerar a las brujas como otro icono de la cultura popular más al nivel del monstruo de Frankenstein o Drácula. Sin embargo, en lo más profundo de este ritual yace una historia oculta que puede explicarnos varias cosas de nuestro mundo, ya que su legado aun nos afecta 500 años después. En su libro, Federici nos lleva al pasado para mostrarnos cómo la misteriosa figura de la bruja es clave para la comprensión de la aparición del capitalismo, el sistema basado en la obtención de capital que hoy día domina el mundo.

Durante los siglos XV, XVI y XVII el miedo a las brujas dominaba la vida en Europa y en la América colonial hasta tal punto que cualquier mujer que se enfrentara a una acusación de práctica de brujería podía verse sometida a la más cruel de las torturas para obtener su confesión, o simplemente ser ejecutada en base meras sospechas, algo que era habitual al no existir en muchas ocasiones ningún tipo de prueba. La autora comenta que «durante más de dos siglos, en varios países europeos, cientos de miles de mujeres fueron juzgadas, torturadas, quemadas vivas o colgadas bajo la acusación de haber vendido su cuerpo y alma al diablo, de, mediante hechicería, haber causado la muerte a niños, bebido su sangre, elaborado pociones con sus despojos, provocado la muerte a vecinos, destruido cosechas o ganado, desatado tormentas y otras muchas abominaciones», p. 169.

En otras palabras, cualquier inconveniente que ocurriera en cualquier momento de la época era susceptible de ser producto de las brujas. Así que, ¿de dónde surgió esta avalancha de histeria que se llevó las vidas de tantas desgraciadas mujeres, muchas de las cuales es bastante probable que nunca volaran montadas en escobas ni cocinaran con ojos de tritón en grandes calderos?

Calibán subraya que la caza de brujas no fue una anécdota de manos de un grupo de campesinos ignorantes, sino una política planificada por el Estado y la Iglesia, los estamentos gobernantes de la sociedad. Para que lo comprendamos mejor en perspectiva: la brujería actual no sería causa en absoluto de alarma, pero el pánico a las células terroristas durmientes que podrían operar en cualquier momento porque odian nuestra cultura es el pan nuestro de cada día. Nada que nos sorprenda: políticos y medios de comunicación han estado metiéndonos con sacacorchos este mensaje en nuestras cabezas durante años, aunque el terrorismo cause menos muertos que, por ejemplo, la falta de acceso a sanidad. Y así como el pánico al terrorismo ha dado legitimidad a los poderes fácticos actuales para rediseñar Oriente Medio, el libro da cuenta de cómo los poderes fácticos de entonces inventaron y explotaron el miedo a las brujas para rediseñar la sociedad europea en un nuevo paradigma que satisficiera sus intereses.

Es interesante comparar cómo ambas cruzadas han hecho uso de la táctica que se conoce técnicamente como dominio rápido (Shock and Awe), con el objetivo de confundir a la población con una enorme exhibición de fuerza, suavizando así la oposición a la implantación de reformas drásticas e impopulares. Con la caza, esta terapia del shock se aplicó mediante la quema de brujas, espectáculos de tal violencia que paralizaban pueblos y regiones enteras para inducirlos a que aceptaran los elementos fundamentales de la reestructuración de la sociedad medieval. Federici describe una quema cualquiera como un «importante evento público al que todos los miembros de la comunidad debían asistir , incluyendo a los hijos e hijas de las condenadas, particularmente a sus hijas, a las cuales, en ocasiones, se les propinaba una sarta de latigazos frente a la hoguera en la que veían su madre arder viva», p. 186.

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La quema de brujas fue la versión moderna de la táctica de dominio rápido.

El libro argumenta que este tipo de cruentas ejecuciones no tenían como objetivo únicamente castigar a las brujas, sino mostrar gráficamente las consecuencias de cualquier tipo de desobediencia al clero o a la nobleza. Más en concreto, la quema de brujas pretendía aterrorizar a las mujeres para que aceptaran un «nuevo orden patriarcal en el cual su cuerpo, su fuerza de trabajo y su poder sexual y reproductivo quedara a disposición del estado y fuera transformado en capital económico», p. 170.

Federici hace hincapié en que hasta el siglo XVI, aun viviendo en una sociedad sexista, las mujeres conservaban una independencia económica sustancial al respecto del hombre que en el capitalismo ha desaparecido, donde los roles de género están más diferenciados. «Si tenemos en cuenta que en la sociedad medieval  las relaciones colectivas preponderaban frente a las relaciones familiares y que la mayoría de tareas de las mujeres siervas (lavado, hilado, recolección y cuidado de los animales) se llevaban a cabo en cooperación con otras mujeres podemos deducir que esto representaba una fuente de poder y protección para las mujeres. Era la base de una intensa sociabilidad femenina y de una solidaridad que otorgaba a las mujeres poder para resistir al hombre».

La caza de brujas dio comienzo a un periodo en el cual las mujeres fueron forzadas a convertirse en lo que ella ha denominado «siervas de la fuerza de trabajo masculina», p.115 y verse así excluidas de obtener un salario. Se las recluyó en el gratuito cuidado de menores, mayores y enfermos, en la alimentación de sus maridos o parejas y en el mantenimiento del hogar. En palabras de Federici, esta fue la reclusión doméstica femenina, la imposición de un estatus de segunda clase en el cual las mujeres se encontraban totalmente sometidas al salario del hombre, p.27.

La autora más adelante nos muestra cómo la sexualidad femenina, considerada entonces una fuente de poder femenino sobre el masculino, comenzó a caer bajo sospecha y se convirtió objetivo militar de las autoridades. El asedio dio comienzo mediante nuevas leyes que eliminaron el control de las mujeres sobre el proceso reproductivo, tal como los métodos anticonceptivos  y la sustitución de matronas por obstetras hombres, así como la prohibición del aborto y el infanticidio. Federici considera esto un intento para convertir el cuerpo de las mujeres en una «máquinas productoras de niños para el Estado», de tal manera que el único objetivo vital al que toda mujer debía aspirar fuera la reproducción, p. 144.

Aun con todo, comprendemos que esto solo es una parte de un gran plan elaborado por Iglesia y Estado para eliminar todas las formas «improductivas» de sexualidad. Por ejemplo, «la homosexualidad, el sexo entre personas jóvenes y mayores, el sexo entre personas de distinta clase, el coito anal, el sexo a cuatro patas, el nudismo y las danzas. También se suprimió la sexualidad pública y colectiva tan en boga durante el Medievo, como en los festivales de primavera de origen pagano que aún se celebraban por toda Europa en el siglo XVI.», p. 194. En este punto, la caza de brujas atrapó no solo a la sexualidad femenina sino a la homosexualidad y a la disconformidad de género, colaborando en la elaboración del cisma sexual patriarcal que nos define hoy como sociedad.

Capitalismo – Nacido de entre las llamas

Lo que destaca a Calibán de otros trabajos que han explorado el fenómeno brujería es que el libro coloca la caza de brujas dentro del contexto del desarrollo del capitalismo. Para Federici, no fue ningún accidente que «la caza de brujas ocurriera de manera simultánea a la colonización y el exterminio de poblaciones del Nuevo Mundo, el cercamiento en Inglaterra o el comienzo del comercio de esclavos», p.164. Para ella, este cúmulo de tragedias, aparentemente inconexas, fueron instigadas por la élite europea cuando el capitalismo aún se encontraba en gestación, a lo largo de los siglos XV al XVII. Muy contrariamente a la ortodoxia del dejar-hacer, que propugna que el buen funcionamiento del capitalismo se basa en la no intervención estatal, Federici propone que fue precisamente la violencia estatal a través de estas campañas la que sentó las bases del capitalismo económico.

Illustration of Joan of Arc Being Burned at the Stake

Una nueva era surgió de entre las llamas de la caza de brujas.

Por suerte para el lector o lectora, en caso de que no esté familiarizada con este periodo histórico, Federici da a conocer estos eventos mediante un lenguaje claro y accesible. Hace hincapié en las políticas de cercamiento porque su importancia se ha diluido  a lo largo del tiempo.

La mayoría no recordamos que durante el Medievo, antes del cercamiento, incluso lo más bajo de la servidumbre poseía su pedazo de tierra para uso personal. Federici añade que «con el uso de la tierra también llegó el uso de zonas comunitarias como prados, bosques, lagos, pastos salvajes, las cuales proveían al campesinado de recursos cruciales para su economía (leña como combustible, madera para construcción, estanques para pescar y zonas de pastoreo para animales que fortalecieron la cohesión comunitaria y la cooperación », p. 24. Este acceso a la tierra suponía un colchón para el campesinado a través del cual obtenían una seguridad que de otro modo debían obtener del designio de su señor. Podían cultivar su propio alimento y cazar en abundantes bosques que aún permanecían en pie por aquel entonces, lo que junto a su conexión con las zonas comunitarias les otorgó un territorio en el que organizar movimientos de resistencia y economías alternativas ajenas al control de sus amos.

El cercamiento fue un proceso mediante el cual la tierra era sustraída por el Estado, dividida en lotes y entregada a especuladores que buscaban obtener un beneficio a través del pastoreo de rebaños de ovejas o vacas o de la agricultura a gran escala. En lugar de usarse para subsistencia, como hasta entonces, el botín catastral se vendía en los frágiles mercados nacionales o internacionales. Una nueva clase de terratenientes capitalistas emergió, mientras, en su contraparte más oscura, el campesinado desahuciado era víctima del trauma de la desposesión. En palabras de Federici: «tan pronto se vieron privados del acceso a la tierra, toda esta clase trabajadora cayó presa de una dependencia desconocida  durante el Medievo, ya que su condición de campesinado desposeído permitió a sus empleadores reducirles los salarios y extender su jornada», p.72.

Para Federici, la consecuencia del cercamiento fue la creación de una clase trabajadora desposeída, sin propiedades ni tierra, un proletariado sin más opción que trabajar por un salario para sobrevivir, constituyéndose el trabajo asalariado como elemento troncal del capitalismo.

Excluidas de su hogar tradicional, muchas comunidades se disolvieron por toda la campiña en busca de nuevas fincas. Así, el Estado contraatacó con el llamado Código Sangriento, que convirtió en legal la captura de vagabundos errantes para forzarles a trabajar por un salario o ser ejecutados. El resultado, para Federici, es claro: «el empobrecimiento absoluto de la clase trabajadora europea. Una prueba de ello es el cambio en su dieta. La carne desapareció de sus mesas, con la excepción de algún resto de manteca, así como la cerveza y el vino, la sal y el aceite de oliva.», p.77.  Y aunque esta clase empezó a trabajar durante más horas al servicio de sus nuevos amos capitalistas, el nivel de vida cayó en picado durante todo el siglo XVI y no fue hasta el siglo XIX cuando los ingresos alcanzaron de nuevo el nivel de antes del cercamiento.

Según Federici, la caza de brujas fue de vital importancia en este proceso de empobrecimiento al introducir un cuño sexista en el seno de la clase trabajadora que minó la solidaridad de clase, dificultando la resistencia de estas comunidades al verse desplazadas de sus tierras, p. 48. Mientras que las mujeres sufrían la amenaza de horribles torturas y muerte si no se adaptaban a los nuevos y sumisos roles de género, a los hombres se les sobornaba con la promesa de unas esposas dóciles y un nuevo acceso al cuerpo femenino. También se cita que «otro aspecto de la política de división sexual para difuminar la protesta de la clase trabajadora fue la institucionalización de la prostitución, implementada mediante la apertura de burdeles municipales por toda Europa», p.49. Junto a la prostitución, la legalización de la violencia sexual otorgó más aprobación a la explotación del cuerpo de las mujeres. Explica que «En Francia, las autoridades municipales en la práctica despenalizaron la violación, siempre y cuando las víctimas fueran mujeres de clase baja», p-47. Con esto dio comienzo lo que Federici gusta de llamar «movimiento proviolación de facto», colocando a las mujeres en una posición difícil si deseaban salir de casa.

Los juicios por brujería fueron el asalto final, mediante los cuales la integridad de las comunidades campesinas fue totalmente destruida gracias a la promoción en su seno de la sospecha y el miedo. En cada vez peores condiciones, se animaba a los vecinos a volverse los unos contra los otros para que cualquier insulto o molestia presentara base para una denuncia por brujería. Sondeando todo este perjuicio, Silvia Federici concluye que «la persecución de las brujas, en Europa y el Nuevo Mundo, tuvo la misma importancia que las colonizaciones y le expropiación del campesinado europeo en el desarrollo del capitalismo».

1 – Estudiantes de Harvard publicaron un estudio el 17 de septiembre de 2009 en el que defendían que aproximadamente 45.000 estadounidenses mueren anualmente por falta de acceso al sistema médico, una proporción bastante mayor que los asesinados el 11 de septiembre en los ataques terroristas al World Trade Center. Más información en este enlace: http://www.reuters.com/article/healthNews/idUSTRE58G6W520090917

2 – Dominio Rápido, Wikipedia. En línea. http://en.wikipedia.org/wiki/Shock_and_awe.

3 – La estrategia de la doctrina del shock ha sido analizada con detalle en diversos casos por Naomi Klein en su excelente La Doctrina del Shock: El auge del capitalismo deldesastre. Metropolitan Books 2007. Por ejemplo, cuenta que la devastación por parte de Estados Unidos de la infraestructura social de Irak, entre la que se encontraban hospitales, escuelas y sistemas de suministro de alimentos y agua dejó en tal estado de trauma a la población iraquí que carecieron de fuerza de movilización para prevenir la privatización de la riqueza petrolera del país.

4 – Más información de las consecuencias de la caza de bruja en la dominación masculina de la reproducción y la medicina en Brujas, Parteras y Enfermeras: Una historia de sanadoras de Bárbara Ehrenreich.

5 – El punto más alto en el que se encontraron los salarios ocurrió poco antes del siglo XVI (en torno a 1450) y su punto más bajo fue en sus postrimerías (en torno a 1650). Su caída durante el siglo XVI fue abruptísima. The Modern World-System. Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century. New York: Academic Press, 1974. pg. 80.

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