Llamemos al trabajo sexual por su nombre: trabajo.

Original en The Nation, Let’s Call Sex Work  What It Is: Workpor Melissa Grant.

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Criminalizar a las trabajadoras del sexo no mejorará sus vidas. Otorgarles derechos, sí.

Artículo adaptado de Playing the Whore: The Work of Sex Work, de Melissa Grant.

No hay una única industria del sexo. El negocio de las escorts, la prostitución callejera, las azaxfatas, strippers o la grabación de vídeos sexuales o por webcam… El abanico de ocupaciones que abarca la industria del sexo hace que hablar de una única industria se quede corto. El abogar por la eliminación de todo el comercio sexual a partir de esa visión limitada puede conllevar el riesgo de apelar a un concepto tan plano y superficial cuya consecuencia sería el reforzamiento de que todo el sexo que se puede obtener a través de dinero tiene su origen en el mismo fenómeno: violencia, anormalidad o desesperación.

En muchos sentidos, la industria del sexo es solo un parte del océano de la economía sumergida, ese mercado oculto de puestos de trabajo con varios niveles de regulación y legalidad. En esta economía, aquella industria que opera bajo la más intensa criminalización en las áreas menos reconocidas posee una capacidad organizativa que se mantiene oculta deliberadamente. Las trabajadoras de este tipo de sectores se encuentran presas en una ciudad flotante, como el sociólogo Sudhir Venkatesh la describió en su libro homónimo, una ciudad en los confines de una sociedad legítima. Sin embargo, parece que los académicos de la economía sumergida, que han esquematizado las ocupaciones de recogedores furtivos de basura, vendedores ambulantes,  falsificadores y contrabandistas no le han otorgado el mismo valor al trabajo sexual porque es ilegal, porque presta un servicio y porque en la mayoría de los casos, sus trabajadoras son mujeres.

Describiré a continuación algunas ocupaciones que estos sabios de la economía sumergida han obviado: en primer lugar, una mazmorra muy popular, que es en realidad una casa en un barrio residencial en el extrarradio de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, conectada por transporte público a su distrito administrativo y a todas aquellas personas que trabajan allí. No es un lugar marginal, ni mucho menos transgresor, tan solo es una mazmorra en las que aquellos clientes que busquen contratar los servicios de sus trabajadoras sepan qué se pueden encontrar. Es decir, algo distinto a un sitio de masajes o a un club de caballeros. A nadie se le encadena contra su voluntad, solo a quien paga por ello y siempre por un tiempo determinado previamente acordado.

En estas mazmorras, el cliente sabe que tiene a su disposición a varias trabajadoras de varios departamentos. Algunas de ellas le facilitarán lo que pide y otras no. Una recepcionista le atenderá las llamadas o le contestará a sus correos o le remitirá a otra trabajadora que podrá ayudarle en lo que necesita con arreglo a las preferencias de la trabajadora y a la disponibilidad mutua. Algunas de estas mazmorras publican las especialidades de sus profesionales en su página web e incluso les incluyen en una lista junto a un enlace donde aparece su teléfono, los cuales también pueden turnarse entre la recepción, en la adjudicación de sus clientes al resto de trabajadoras según su sección. Tras cada adjudicación, la trabajadora redacta un pequeño informe y lo archiva para tener una referencia de ese cliente en caso de futuras llamadas para facilitar el trabajo al resto. La mazmorra se encuentra sumergida solo porque el valor de su trabajo producido no figura como trabajo real. Hay reuniones de departamento, horarios y reparto de comisiones en base a antigüedad. Llegan facturas y se pagan, igual que los impuestos sobre la propiedad. En ocasiones puede que el administrador dé leves referencias de empleo y puede que en otras despida a gente.

Hay un grupo de personas en la mazmorra que se hacen cargo de un trabajo que no remunerado: los múltiples amos de casa que llaman a diario para pedir ir a limpiar. Las empleadas de la mazmorra saben que gestionar las fantasías de esclavitud de estos hombres es en sí una ocupación, aunque solo tengan que cerciorarse que toda la cubertería y vajilla permanecen intactas tras el paso de estos esclavos. Que no cuente como precedente esto ante las décadas de debate feminista sobre el valor del trabajo doméstico, pero ¿y lo gratificante que resulta que los amos de casa se conformen con la la remuneración que les otorga un fregadero vacío?

En la otra punta del país, existe una agencia de escorts gestionada por R. en una pequeña ciudad gestionada., una persona que solo se encarga de pagar por un anuncio en la contraportada de un periódico y del móvil a los que los clientes llaman tras ver el anuncio. La mujer con la que comparte anuncio y línea le paga a R. una parte de lo obtenido en cada cita de media hora que consigue mediante el anuncio, para así no tener necesitar plena disponibilidad para coger el teléfono o facilitar datos sobre ellas al periódico de turno donde colocaron el anuncio.  Les basta con presentarse en las habitaciones de los moteles donde se reunen con sus clientes. De vez en cuando alguna mujer se pone en contacto con ellas para ofrecerles colaboración, R. se reúne con ellas en cualquier cafetería. Si llegan a un acuerdo, les es facilitada una formación y son incluidas en los turnos telefónicos o de reserva de citas y una vez que ya conocen bien sus tareas, remontan el vuelo para seguir de manera independiente su profesión.

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También está M, modelo transexual en páginas web de la misma temática. La mayor parte de su dinero lo obtiene  haciendo de escort para hombres aficionados a esos sitios web en fiestas sexuales en clubs y otros eventos semiprivados, independientemente de acabar manteniendo relaciones sexuales, algo que ocurre solo en ocasiones. A través de estos sitios web consigue publicitarse como acompañante sin tener que pagar por aparecer en los directorios de escorts online. Cuando algún cliente se pone en contacto con ella para mostrarle su interés, tiene tiempo de planear cómo llevar a cabo la cita. M. deja siempre claro que cobrará por cada cita. Una amiga de ella tuvo un disgusto cuando un policía secreta se puso en contacto con ella a través de un anuncio abierto en internet y, tras concertar la cita, la arrestó en su propio apartamento, confiscándole su teléfono y portátil. M. no teme tener que hacer frente a la policía en el club.

Y por otro lado también está C., administradora de una web porno desde el apartamento que comparte con su novio. Además de confeccionar su propio porno, también recluta a otras personas a través de foros en línea en los que se involucra o a través de amigas que saben que vive de la página. Cuando llega una modelo al apartamento de C. para retratarse, el único contacto de la página de la que esta persona dispone es C., que también es la fotógrafa. El ordenador personal de C es también su equipo de trabajo. Su puesto de trabajo es su salón: un sofá, un telón fotográfico, sus DVDs y sus gatos.

A veces se queda sin dinero con que pagar a sus modelos y se dedica a fotografiarse a ella misma hasta que más personas se registran en su página. A veces algunos fans le piden que vaya a visitarles a otras ciudades para fotografiar a modelos allí pagándole viaje y obra. Ingresa al mes una cantidad imprevisible. También trabaja de stripper en un club para terminar de cuadrar el mes.

Aunque estas son las vertientes más visibles del trabajo sexual: porno, striptease, dominación y escorting, y cada una ofrece un ambiente totalmente distinto, no es raro que sus trabajadoras obtengan sus ingresos de varias de ellas. Y ya no es solo cuestión de aumentar sus ingresos, sino de tener la capacidad de negociar los distintos grados de exposición y vigilancia a los que te somete cada ámbito. Para cada escort que nunca abandonaría su intimidad para trabajar en un club de streaptease ante el riesgo de encontrarse con alguien conocido en él, hay una stripper que nunca abandonaría su intimidad trabajando en el porno o publicando fotos suyas en internet y también hay trabajadoras del porno que nunca tendrían sexo por dinero fuera del rodaje.

He podido tener acceso a anécdotas exclusivas de trabajadoras del sexo que han compartido conmigo en los últimos diez años en los que he colaborado con algunas y conocido a otras. Todas incorporan trabajo online y analógico. Cada una agasaja a sus clientes de una determinada manera y según sus propios usos: páginas web que venden books de fotos y registros, servicios de escorts que organizan citas, clubes que aíslan un porcentaje de entrada y consumiciones, etc. Cada una de ellas exige unas determinadas habilidades, cada una tiene su intríngulis y cada una tiene sus inconvenientes.

Sin embargo, pese a ser trabajos totalmente distintos y pese a moverse cada uno en un ambiente distinto y pese a los problemas que puede acarrear juntarlos todos en el mismo saco, hay cierta utilidad política en denominarlos todos trabajo sexual, concepto que, insisto, varía considerablemente según el tiempo y el lugar. La utilidad política de esto radica en que, todas aquellas personas que llevan a cabo trabajo sexual, sea cual sea el lugar o las condiciones, merecen los derechos y el respeto que sí se facilitan a los y las trabajadoras de otros sectores. Por ejemplo, el retrato de la prostitución callejera como se nos muestra en los medios es el de una mujer, sobre todo no blanca, en falda corta junto a un coche o inclinada hacia él. Es una imagen poderosísima, aunque muy concreta. Como protagonista del imaginario de la prostitución, esta mujer representa un paradigma para todas las trabajadoras del sexo: la reducción de su trabajo y vidas a la fantasía de un cuerpo y de su representación limitada y particular para el consumo público. Los cuerpos de las trabajadoras sexuales pocas veces son representados o entendidos como algo más que símbolos intercambiables por decadencia urbana, misoginia o explotación incluso por aquellas personas que pretenden mostrar empatía por ellas, que quieren derribar esos estereotipos o que simplemente quieren ayudar.

Este personaje ni siquiera representa a la totalidad de las trabajadoras del sexo a pie de calle. La socióloga Elizabeth Bernstein habla al respecto de la prostitución callejera: es importante reonocer hasta qué punto las prácticas y significados del trabajo sexual han cambiado en los diferentes caminos que la prostitución ha seguido, caminos que ella ha estudiado, todos incluso en una misma ciudad. Cierta parte de este trabajo puede describirse de manera más exacta como comercio o trueque, según Bernstein, autogestionado, intercambios ocasionales que por lo general tienen lugar en las comunidades u hogares de las mujeres.  Discrimina esto anterior del trabajo sexual de la prostitución callejera ‘de carrera’, en la que el intercambio comercial del sexo se conceptualiza como trabajo ceñido a la muestra pública del cuerpo. Algo parecido cuentan en el Proyecto de Empoderamiento Mujeres Jóvenes de Chicago, una organización de base constituida por mujeres y adolescentes negras que están o se han visto envueltas en trabajo sexual. Han optado por autodefinirse  como comercio sexual y economía callejera para reconocer que, para su comunidad, intercambiar sexo por cualquier cosa que necesiten para sobrevivir no es algo necesariamente entendido como trabajo y que convive de manera natural con otras tareas, como el trenzado o el cuidado de bebés.

La industria del sexo es variada y porosa por doquier. En Estados Unidos, más concretamente en el estado de Nevada, existen burdeles legales en los pocos condados en los que la prostitución nunca ha sido penalizada del todo y donde se hace más tolerable ante la opinión pública gracias a una estricta regulación y aislamiento. Allí, según The State of Sex, un estudio reciente realizado por Barbara G. Brents, Crystal Jackson y Kathryn Hausbeck, un tercio de las trabajadoras de estos burdeles nunca habían hecho trabajo sexual antes, pero venían de otros sectores del sector servicios, no sexuales, eso sí. Tres cuartas partes de las trabajadoras entrevistadas cambiaron el trabajo normal por el trabajo sexual. Vender sexo, escriben, es, por lo general, una ocupación entre otras muchas.

Cuando decimos que el trabajo sexual presta un servicio no pretendemos dotar de higiene o elevar el estatus de sus trabajadoras, sino para dejar claro que las mismas trabajadoras que facilitan un servicio sexual también están facilitando uno no sexual. En su estudio al respecto de las strippers del cinturón industrial de los Estados Unidos, Policing Pleasure: Sex Work, Policy, and the State in Global Perspective, Susan Dewey pudo observar que la gran mayoría de bailarinas (todas menos una) de un club en el norte del Estado de Nueva York provenían de otros sectores ajenos a la industria del sexo y muchas habían abandonado empleos en el sector servicios poco remunerados y antes que volver, preferían la barra del topless con sus posibilidades de oleadas de clientes. Para las bailarinas a las que Dewey entrevistó, el verdadero trabajo explotador, exclusivista y por el que no podrían nunca optar a la movilidad social y la estabilidad financiera era el trabajo de fuera.

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Aquellas personas opuestas a esta industria, desde el lobby europeo de mujeres a blogueras feministas reaccionarias gustan de defender que las trabajadoras del sexo tienen mucho morro insistiendo en lo de que su trabajo es como cualquier otro. Con esto, las activistas por la abolición no solo coinciden con las trabajadoras sexuales en que las condiciones bajo las que se facilitan los servicios sexuales pueden ser igualmente inestables o repugnantes que las que se dan cortando cutículas, aplicando enemas o cambiando de pañales al bebé de otra persona.

Lo que las abolicionistas piensan realmente cuando se estremecen ante la idea de que el trabajo sexual pueda ser como cualquier otro es que el trabajo sexual no es o no puede parecerse a su trabajo. Cuando las abolicionistas piensan en trabajo, piensan en sus ocupaciones, mucho más respetadas, administrando proyectos sociales o investigando o colaborando en grupos de presión. Considerar a su nivel el trabajo sexual elimina las divisiones que otorgan más prestigio a unas ocupaciones denigrando a  otras.

El verdadero mensaje abolicionista es que son ellas, las mujeres que pelean contra el trabajo sexual, las que de verdad trabajan duro, las que rompen los techos de cristal y le dan prestigio a la feminidad mientras que las putas de ahí abajo poco más hacen que tirarse a la bartola. Según afirma la teórica Kathi Weeks, llamar puta a una mujer es una manera de emitir un juicio sobre el valor sexual y del trabajo de una mujer. Cada puta, escribe en El problema laboral, es  un elemento peligroso que, a menos que se la arrincone en la otredad, puede poner en tela de juicio los aparentemente inamovibles beneficios del trabajo, así como el hogar, la familia y el compromiso femenino hacia ellas. Cuando las abolicionistas rescatan a una trabajadora sexual, lo que en realidad están haciendo es disciplinarla y empujarla de nuevo a su rol correcto como mujer. Y esto va más allá de pretendidas ONG:  misiones individuales de mujeres inundan internet e incluso iglesias; proyectos que se jactan de autofinanciarse vendiendo velas y joyería elaborada por trabajadoras sexuales rescatadas. Este tipo de empleo podría considerarse ajeno a la industria del sexo, pero sin un suministro regular de trabajadoras rescatadas no existiría mano de obra barata y por tanto ninguna vela que vender y ningún proyecto en el que pudieran ocuparse estas rescatadoras.

Como bien apuntó la anarcofeminista Emma Goldman en 1910, el pánico de nuestra sociedad a la prostitución no ayuda en nada a las trabajadoras, pero ha demostrado ser una fuente de trabajos parasitarios de políticos que acechan por el mundo en forma de inspectores, investigadores, detectives y así. La reducción de los ingresos de las trabajadoras del sexo era ya entonces y sigue siendo hoy objetivo de las abolicionistas.

Son las mismas que se hacen con los puestos de trabajo de las trabajadoras del sexo cuando se adjudican alguna victoria. La activista sociofeminista y antirracista Selma James, en su ensayo “Putas en la Casa del Señor”, documenta el cierre en los ochenta de un exitoso y legal proyecto de base de trabajadoras del sexo en Londres para que abogadas feministas y mujeres del lobby antiporno pudieran poner en marcha el suyo sin verse en la necesidad emplear a las trabajadoras que pusieron en marcha el anterior proyecto. Lo que estamos contemplando ante nosotras es el proceso por el cual la lucha de las mujeres se aparta de la historia y se convierte en industria, apunta James.

Por estas reivindicaciones de las trabajadoras del sexo, aunque devaluadas, seguimos insistiendo que el trabajo sexual es trabajo. Ojo, no confundamos esto con un sentimiento acrítico: como que el trabajo sexual solo es trabajo si goza de buenas condiciones y si nos gusta realizarlo. La esperanza de que mostremos entusiasmo por nuestros trabajos es algo habitual en las trabajadoras del sexo: la administración del sex shop sindicado Lusty Lady en San Francisco trató de insertar una cláusula en sus contratos por la cual el trabajo facilitado por las firmantes debía de ser divertido, algo que las bailarinas se negaron a firmar. Insistir conque las trabajadoras del sexo solo se merecen el acceso a derechos si su trabajo es divertido, si lo aman o si les empodera es retrógrado. Es una exigencia que asegura que nada de esto último se cumpla nunca.

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Un comentario en “Llamemos al trabajo sexual por su nombre: trabajo.

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