Cómo diferenciar entre la solidaridad sincera y las alianzas teatreras

Original en Black Girl Dangerous, “How to tell the difference between real solidarity and ‘ally theatre’“.

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Si eres una persona en alguna situación de opresión envuelta en labores de activismo o alguien con una actividad intensa en redes sociales, o ambas cosas, es muy probable que te hayas enfrentado a esas personas autodenominadas «aliadas» con un concepto tan particular de «alianzas» que estabas mejor que se hubieran quedado en su casa.

Se mueven dentro de un espectro que abarca desde la fragilidad de la blanquitud a las estupideces cis, empezando por el «estoy de tu lado, así que deberías ser más agradable conmigo y educarme», estas «alianzas» han causado más perjuicio que favor a esas personas que prometen ayudar. Por eso hace tiempo que he dejado de usar la palabrita, salvo en ocasiones entre sarcásticas comillas.

Hace un par de meses, la columnista y editora Princess Harmony Rodríguez acuñó el término «alianza teatreras» en un artículo criticando la manera de actuar en las redes sociales  de determinadas personas que se autodenominan «aliadas».

Me encontraba hace poco twiteando sobre cómo mi recelo hacia las mujeres blancas ha influenciado mucho mi visión de la inocencia y la villanía. Al haber experimentado tantísima violencia por parte de mujeres blancas durante años, me suelo mostrar escéptica ante cualquier historia que pinte a la mujer blanca como inocente y a la negra como culpable, porque mi vivencia me indica lo contrario, que las mujeres blancas podrán hacernos cualquier cosa, que seguirán siendo ellas las víctimas y nosotras las villanas. Vamos, que no me fío de ellas, eso fue lo que twiteé.

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Así que adivinad lo que pasó, se dejó caer por ahí una «aliada».

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«Gracias por decirlo, soy blanca y soy consciente de que le hemos fallado a la gente negra desde siempre. Nos queda mucho trabajo por hacer».

Vale, empecemos por el principio: no  dije lo que dije POR ELLA. Notición: no todo lo que una persona negra diga sobre su vida es para vuestro consumo y rebote, gente no blanca.

Y segundo, de esto hablo cuando menciono lo de «alianza teatrera», ¿qué es lo que pretende diciendo eso? ¿De qué manera cree estar ayudando?

SPOILERS: nada y de ninguna. Es una manera de decir veladamente «eh, mírame, yo no soy como el resto de la gente blanca» decorado de tal manera que parece decir «la expresión de tu dolor me parece un material de lectura interesantísimo, gracias».

La necesidad de esta mujer por ocupar espacio de CUALQUIER modo, su necesidad mostrar esa alianza de manera pública, para que todo el mundo vea lo genial que es y lo diferente que es, ha pesado demasiado y se ha visto incapaz, tras leer los tweets, de tener la deferencia de callarse. Creo que resultaba bastante obvio en ese momento que la última persona con la que deseaba comunicarme es con una tipa blanca. Twiteé sobre todo el dolor el daño sufrido por culpa de mujeres blancas y la respuesta de esta chica se limita a «gracias por contarlo». Chica, te lo digo de corazón, vete al carajo.

Y no es la única, muchísima gente hace eso, muchísima gente hace el paripé con su alianza de maneras muy dolorosas. Y esto, amiguis, es hacer teatro, puro teatro, algo muy distinto a mostrar solidaridad de verdad. Hay muchas diferencias, de hecho, aquí os expongo algunas:

  1. La solidaridad sincera no necesita de un público que atestigüe lo genial que es tu alianza.

Mucha gente de la autodenominada «aliada» se han metido en esto porque aquí dan galletitas y es algo viste muy bien. Y tanto que si viste. Es verdad que es algo que algunas de estas personas ignoran, pero ocurre, y vaya que si ocurre. Estas personas, reconocidas como aliadas, que van en busca de su palmadita en la espalda, necesitan de un público que pondere sus actuaciones, ya sea de papeles figurantes o de protagonistas. Luchar contra la opresión no vale para nada para si nadie me mira.

En las redes sociales, sus «alianzas» se centran en compartir y retwitear comentarios o publicaciones racistas, misóginas y tránsfobas publicados por otra gente junto con un texto de su cosecha donde se quejan vehementemente en plan: ¡oh, que mire todo el mundo! ¡Esta persona es una tirana! ¡Miradme cómo lo expongo! Mirad, ¿veis lo que hago? Ojooooo.

No se les suele pasar por la cabeza que de no haber sido por su retwwet, era muy probable que nadie hubiera tenido constancia jamás esos comentarios racistas, misóginos o tránsfobos publicados en la cuenta de una persona que ni siquiera se ha cambiado el huevo de la foto de perfil y que tiene la friolera de 12 seguidores. Pero no, venga, qué puñetas, por qué no, pudiendo perfectamente evitarlo, exponer a más violencia a personas a las que les afectan estas cosas para que vean lo guay que es mi alianza.

Pongamos por caso que pasa esto:

Alguien cuelga un tweet ofensivo hacia una persona sexodivergente y no blanca. Decidme cuál de las siguientes opciones es la que consideráis solidaria:

  1. Retwitear el comentario ofensivo con un «JODER, todo es una mierda».
  2. Responder al horrendo comentario asegurándote de que incluyes a la persona ofendida a la que se dirigía el mismo para que vea lo bien que te estás portando.
  3. Responder directamente a la persona que ha comentado, sin retweets ni nada, y sin incluir a la persona ofendida a quien se dirigía el comentario.

Las opciones que no son c) son todas teatro, lo siento.

La solidaridad sincera no necesita ni de un público ni de una palmadita. Si se le da un correctivo a un troll y nadie más se entera (en el momento o después) el trabajo ya está hecho. Y tiene su efecto en el entorno, ya os digo.

Es muy posible que la persona a quien se dirigía la ofensa no desee enzarzarse con el troll; si la fuerzas a involucrarse en la discusión no estás aplicando ninguna solidaridad, solo violencia.

  1. Las alianzas teatreras y el paripé esconden sibilinamente quejas que resuenan a los típicos «no todos…» y «yo no soy como las demás…».

Las soflamas como «no todos los hombres», «no todos los blancos» se han convertido en algo tan común que ya han pasado a la categoría de parodia dentro de círculos con cierta sensibilidad social. Alguien con privilegio derriba la puerta de la conversación con un «no todos…» y nos partimos de risa, ponemos los ojos en blanco o nos burlamos en su cara, y a veces las tres cosas a la vez. El «no todos» es un intento directo para hacer descarrilar una conversación un intento de ocultar las vivencias producto de opresiones sistemáticas. Otras veces es la manera que tiene esa persona de decir «yo no» o «no soy como los demás…». Cuando su uso tiene como objetivo el descarrilamiento de la conversación, lo consideramos troleo clásico, pero cuando el objetivo es sustituirlo por un «yo no» estamos de nuevo ante otra muestra de teatro o paripé.

Aquí es donde vienen las curvas porque el tan manido «no todos…» ha pasado a ser una expresión tan denostada que nos provoca rechazo instantáneo, por eso aquellas personas que se reconocen como aliadas y que ya tienen cierta solera en estas lides la evitarán, obviamente. Si la mencionan se les pondrá la cruz  y se caerán del pedestal de las Alianzas, sí, con A mayúscula y quedará nulo su diploma de honor en Lucha Social.

El hecho de que no puedan decirlo no significa que su deseo por expresarlo haya desaparecido. Al contrario,  ese sentimiento permanece ahí, estimulando su ego como un juguete sexual. Después de todo, ¿de qué manera se enteraría el resto de la gente de que su Alianza está escrita con una A mayúscula y con letras de oro si no dejan lo suficientemente claro que NO SON COMO LA DEMÁS GENTE BLANCA/HETERO/CIS, etc.? Tienen que apañárselas para encontrar las otras mil maneras de expresar su tan querido «yo no soy como…» sin usar las palabras malditas.

He aquí el teatro, he aquí la alianza de paripé.

Pongamos por caso el siguiente ejemplo:

Una mujer negra twitea: uf, esta chica blanca me ha tocado el pelo sin mi permiso, ¿por qué tienen que ser así de maleducadas y creerse con derecho a todo? Decidme cuál de las siguientes opciones es la que consideráis solidaria:

  1. Responder con un «¿Qué demonios le pasa a ciertas personas blancas? ¡Yo soy blanco y no lo hago!».
  2. Responder con un «es que a la mayoría de la población blanca nos han educado a sentirnos con derecho sobre cualquier cosa en lugar del respeto hacia otras etnias».
  3. Responder con un «siento mucho lo que te ha ocurrido».
  4. No responder

Toda respuesta que no sea la d) (o la c) en ocasiones, si conoces a la afectada), es teatro.

La solidaridad sincera no consiste en decirle a las personas afectadas por tal o cual opresión, ya sea directa o indirectamente, que no eres como las demás o que tú, que no eres como las demás, tienes legitimidad para comentar sobre lo mal que se comporta el resto de la gente.

Porque, uno, la única manera consistente de no ser como las demás es NO SER como las demás y, dos, independientemente de la visión de una persona hacia tal o cual «ismo» o su espléndida y trabajada «alianza», esa persona se sigue beneficiando de pertenecer a un grupo privilegiado. El sistema está montado para que ciertos grupos sociales se beneficien de él y bajo ningún caso podrán evitarlo por mucho que bajen al barro. En otras palabras: SÍ son como las demás personas, así funciona el sistema de privilegio y la supremacía de ciertos sectores poblacionales.

  1. La solidaridad sincera va más allá de una etiqueta.

No entiendo a esa gente que se pone la etiquetita de «aliado» o «aliada» en sus biografías. «Profesor, jardinero, aliado blanco. #BlackLivesMatter.»

No, no, déjalo, en serio.

Creo que ya lo he dicho, pero una alianza no es una identidad.

Este mismo año una estudiante universitaria de etnia negra quiso transmitirme su frustración ante la conducta de una estudiante, blanca, que siempre que recibía un reproche por algún comportamiento o comentario opresivo se mostraba herida en sus sentimientos y sus respuesta hacían hincapié que esa eran maneras de negar su identidad de aliada.

Mi reacción fue un poco así:

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Ah, qué ahora una alianza es una identidad. Muy bien, perfecto, voy a tirarme por el balcón.

Escuchad: solidaridad significa actuar, punto. Si queremos mostrar solidaridad, nuestras acciones son lo único que cuenta. Que la gente privilegiada ponga la oreja y escuche lo que les piden los grupos oprimidos. Eso es lo que cuenta.

Ponerte la chapita de tu alianza y llamarla identidad y, peor, hacer gala de ella a modo de escudo para esquivar toda crítica de aquellas personas con las que supuestamente te has aliado es lo opuesto a solidaridad.

Ponerte la etiquetita en tu biografía es una manera rápida de mostrar a la gente de que lo único que buscas es tu galletita y lo siento, #buenono, pero yo no cocino.

Si te encuentras en alguno de los ejes de privilegio (blanquitud, heterosexualidad, cisexualidad, normofuncionamiento, etc.) y quieres mostrar tu solidaridad a personas en situación de desventaja, por favor, antes de lanzarte a hacer el papel de tu vida, pregúntate: «¿lo que voy a decir va a resultar de alguna manera beneficioso a quien se lo voy a decir? Y de ser así, ¿cómo?».

Si no te sale ninguna respuesta en condiciones, es probable que se trate de puro teatro, así que por favor, sal de escena.

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La guerra contra las trabajadoras sexuales

El estante de la Citi

Una infame alianza de feministas, polizontes y conservadores hace daño a las mujeres en nombre de la defensa de  sus derechos.

Melissa Gira Grant en la edición de February 2013

http://reason.com/archives/2013/01/21/the-war-on-sex-workers

El pasado 30 de agosto, una mujer de 19 años fue detenida en Ann Arbor (Michigan) después de que un posible cliente llamara a la polícía para denunciarla. Alegó que la mujer le había subido el precio de sus servicios tras el contacto inicial por internet. Los polis se la llevaron esposada.

No hay nada particularmente excepcional en esta historia, que apareció por primera vez en AnnArbor.com. Es una de las docenas de ellas que podéis encontrar a diario en informes de la policía y periódicos locales por todo el país, a menudo acompañadas por fotos de fichaje. No hay ninguna organización defensora de los derechos de las mujeres que compile datos completos de cuántas personas son detenidas…

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Más allá de lo masculino y lo femenino: los seis géneros del judaísmo clásico

Original en Sojourn, “More Than Male and Female: The Six Genders in Classical Judaism”

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Es fácil afirmar que el judaísmo es una religión que recoge un género exclusivamente binario. Casi todo el derecho tradicional común está basado en las diferencias entre hombres y mujeres, y lo podemos ver incluido en roles de género, liturgia, responsabilidades familiares y en derecho secular y religioso.
Sin embargo, si nos zambullimos un poco más profundamente en los textos sagrados, llegamos a discernir que una perspectiva binaria masculina/femenina no solo se nos queda corta, sino que en muchos momentos nos lleva a total equívoco. He aquí breve descripción según el rabino de la Torá Trans Elliot Kukla:

Zachar/זָכָר: término que deriva de la palabra usada para una espada puntiaguda, normalmente referida al falo. Se traduce habitualmente por “hombre/masculino”.

Nekeivah/נְקֵבָה: término que deriva de la palabra usada para una fisura o grieta, que probablemente esté referida a la cavidad vaginal. Se traduce normalmente por “mujer/femenina”.

Androgynos/אַנְדְּרוֹגִינוֹס: una persona con características sexuales tanto “masculinas” como “femeninas”. Hay 149 referencias en la Mishná y en el Talmud (siglos I-VIII); 350 en la Midrash clásica y en códigos legales judíos (siglos II-XVI).

Tumtum/ טֻומְטוּם: una persona cuyas características sexuales no están determinadas o permanecen ocultas. 181 referencias en la Mishná y el Talmud, 335 en el Midrash clásico y en códigos legales judíos.

Ay’lonit/איילונית: una persona identificada como “mujer” al nacer, pero que desarrolla características “masculinas” en la pubertad y no es fértil. 80 definiciones en la Mishná y el Talmud; 40 en la Midrash clásica y en códigos legales judíos.

Saris/סריס: una persona identificada como “hombre” al nacer pero que desarolla características “femeninas” en la pubertad o que carece de pene. Una persona saris puede serlo de manera “natural” (saris hamah) o convertirse en una por interacción divina (saris Adam). 156 referencias en la Mishná y el Talmud; 379 en el Midrash clásico y en códigos legales judíos.

Podemos concluir que el género binario no es de ningún modo el sistema de categorización de género del judaísmo tradicional. Entonces, ¿cómo hemos llegado a este punto en el cual el criterio comúnmente aceptado es que tan solo existen dos géneros opuestos, masculino y femenino? Pues por el clásico ejemplo de que lo común acaba equiparándose con lo superior. Como las categorías mayoritarias son masculino y femenino empezaron a asumirse como “mejores” más que como “comunes” o “típicas”. Tras comprender las complejidades del género en la sociedad secular, estas clasificaciones judaicas cada vez tienen más visibilidad, gracias a la cual hemos conseguido descubrir que nuestros ancestros tenían una visión particularmente progresista en términos de género.

Porque, en palabras de Ben Bagbag en Pirkei Avot 5:22
בן בגבג אומר, הפוך בה והפך בה, והגי בה דכולא בה, ובה תחזי, סיב ובלי בה; ומינה לא תזוז, שאין לך מידה טובה יותר ממנה
“Ben Bagbab dijo: dale vueltas y más vueltas a la Torá porque todo está ahí. Mira a través de ella y crece con ella, no te alejes de ella, porque no tendrás mejor atributo que convivir con ella.”

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