Por qué no deberíamos celebrar nada el 12 de octubre. Cristóbal Colón al descubierto.

Original por Howard Zinn en Jacobin Magazine, “The Real Christopher Columbus“.

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Mujeres y hombres arawak, sin ninguna prenda, de tez leonada y en la plenitud de su asombro, surgieron de sus aldeas hacia las playas de la isla y nadaron para acercarse al enorme y extraño barco fondeado en la bahía. Cuando Colón y el resto de su tripulación desembarcaron con sus espadas, la población arawak les agasajó con comida, agua y regalos. Según escribió en su diario de a bordo:

«Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier cosa que se los diese… Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia… que Vuestras Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren.»

El pueblo arawak de las Islas Bahamas tenía bastante en común con la población nativa del continente, cuya hospitalidad (que los europeos se encargaron de registrar insistentemente) y fe en compartir eran dignas de renombre. Estas características no eran comunes en la Europa del Renacimiento, cuyo clima estaba controlado por la religión de los papas, el gobierno de reyes y el frenesí por los metales preciosos que a partir de entonces dominaría la agenda de la civilización occidental y de su primer mensajero, Cristóbal Colón.

A Colón le preocupaba especialmente conocer cierta información. ¿Dónde estaba el oro? Había conseguido convencer  a los Reyes Católicos para que le financiaran una expedición hacia unas tierras y una riqueza que esperaba conseguir al otro lado del Atlántico: las Indias, Asia, oro y especias. Como mucha otra gente de su tiempo, sabía que la tierra era redonda y que podía navegar hacia el oeste para llegar al extremo oriente.

Hacía poco que la unión dinástica de Castilla y Aragón se había consumado, unificando gran parte de la península ibérica bajo un mismo matrimonio y poniendo la primera piedra de uno de los nuevos estados-nación europeos, al estilo de Francia, Inglaterra y Portugal. La mayoría de su población estaba formada por el campesinado, gran parte del cual, desposeído, trabajaba en tierras de la nobleza, que constituía el 2% de la población y poseía el 95% de la tierra. Como otros estados del mundo moderno, España buscaba oro, símbolo de riqueza que en esa época comenzaba a superar en utilidad a la tierra, porque permitía el acceso a cualquier cosa.

Asia estaba, se decía, llena de oro, y de sedas y especias, que Marco Polo y muchas otras expediciones habían traído siglos atrás. Sin embargo, Constantinopla y el mediterráneo oriental habían caído en manos del imperio turco, controlando todas las rutas hacia Asia, por lo que se precisaba de otra vía. Navegantes portugueses ya había conseguido bordear el continente africano a través del cabo de Buena Esperanza. Castilla decidió jugársela con un viaje transoceánico a través de unas aguas desconocidas.

A cambio de oro y especias, le prometieron a Colón el 10% de los beneficios, el gobierno sobre las nuevas tierras recién descubiertas y el prestigio de un nuevo título: Almirante de la Mar Océana. Colón era un empleado de una oficina comercial de Génova, en Italia, tejedor a ratos (era hijo de un tejedor profesional) y un marinero experto. Zarpó con tres barcos, el mayor de los cuales era la Santa María, una pequeña carabela de unos 30 metros, y 39 tripulantes.

Colón jamás habría conseguido llegar a Asia, miles de kilómetros más alejada de lo que él creía, imaginando un planeta más pequeño, habría perecido víctima de la inmensidad del océano. Sin embargo, tuvo suerte, a un cuarto de esa distancia se encontró con unas tierras desconocidas y no cartografiadas entre Europa y Asia: el continente americano. A principios de octubre de 1492, 33 días después de dejar atrás las Islas Canarias, frente a la costa atlántica de África, vieron ramas y palos flotar sobre el agua y bandadas de pájaros sobrevolar sus cabezas.

Había tierra cerca. El día 12, un marinero de nombre Rodrigo distinguió la luna de primera hora de la mañana ocultarse sobre claras arenas, y avisó a sus camaradas. Se trataba de una isla de las Bahamas, en el mar Caribe. El primer hombre en ver tierra tenía previsto obtener como recompensa una pensión anual de 10.000 maravedíes de por vida, pero Rodrigo no vio ni una moneda: Colón se apuntó el tanto proclamando que el que ha había visto aquellos reflejos era él la mañana anterior, llevándose el premio.

Cuando se acercaron para fondear, se encontraron con la población nativa arawak, que se lanzó al agua para recibirles. La tribu arawak vivía en pequeñas comunas y había desarrollado una agricultura basada en el maíz, la batata y la yuca. Molían y tejían, pero no tenían acceso a caballos u otros animales de tiro. Desconocían el hierro, pero vestían pequeños ornamentos en oro en las orejas.

Esto último parecía ser algo aparentemente insignificante pero hizo que Colón embarcara privados de libertad a varios arawak para que le indicaran cuál era el origen de todo ese oro. Zarpó rumbo a la actual Cuba y más tarde a la Española (isla que comparten Haití y la República Dominicana). Allí, pepitas de oro en los lechos de los ríos y una máscara de oro que le fue presentada a Colón por un cacique local llevaron a despertar las ensoñaciones de ciudades de oro en los marineros del otro lado del océano.

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El informe que presentó el genovés a los Reyes Católicos estaba lleno de extravagancias. En él, insistía en haber llegado a Asia (llegó a Cuba) y a una isla de la costa de China (la Española). Muchas de sus descripciones eran ficticias.

«Mas es tanto y en tantos lugares y en esta misma isla Española -dice el Almirante-, que es maravilla. En la isla Española se cogían pedazos de oro de las minas como granos de trigo. También hay mucho ají, que es su pimienta, de ella que vale más que pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana: puédense cargar cincuenta carabelas cada año en aquella Española.»

La población indígena, según Colón, era «tan inocente y libre de posesiones que nadie que no lo haya visto antes lo creería. Cuando les pides algo, nunca te dicen que no, con todo el mundo lo comparten…” Pone fin al escrito solicitando ayuda a sus majestades ofreciéndoles en su próximo viaje “volver con todo el oro que puedan necesitar… y todos los esclavos, también».

Gracias a este grandilocuente informe y a sus promesas ficticias, en su segundo viaje Colón pudo contar con diecisiete barcos y más de mil doscientos tripulantes. El objetivo estaba claro: oro y esclavos. Desde su base en la actual Haití, Colón envió una expedición hacia el interior del golfo de México. Volvieron de manos vacías y no vieron ninguna ciudad de oro, pero con algo debían llenar los barcos antes de volver a la península ibérica.

En 1495 Colón desató una gran redada con el objetivo de capturar y esclavizar población nativa. 1500 personas de la tribu arawak; hombres, mujeres y menores fueron puestos bajo custodia por los españoles y sus perros. Más tarde, 500 de estas personas, las que consideraron mejores especímenes, fueron confinados en las bodegas de los barcos. Solo 300 sobrevivieron a la travesía.

Gran parte de la población murió en cautividad. Y Colón, ansioso por devolver el dinero que habían invertido en él y su empresa, tenía que llenar los barcos de oro. En la provincia de Cicao, Haití, donde tanto él como muchos de sus hombres habían imaginado que se alzarían enormes ciudades doradas, ordenó que todas mayores de 14 años recogieran una cantidad determinada de oro cada tres meses. Una vez depositado, obtenían una pequeña pieza de cobre. Si les pillaban sin ese distintivo, les serían seccionadas ambas manos sin posibilidad de auxilio, abandonándoles hasta la muerte mientras se desangraban.

Los trabajos impuestos a la población eran imposibles de satisfacer. El único oro presente en la zona eran pequeñas pepitas de polvo de oro sacadas de los lechos de los ríos. De esta manera, muchas personas optaron por la huida, pero caían fácilmente bajo las fauces de los perros y finalmente morían. Cuando era obvio que oro se había agotado, se obligó a la población a acometer trabajos forzosos en grandes fincas, que más tarde se conocerían como encomiendas. La intensidad del trabajo causó la muerte a miles. Hacia el año 1515 se estima que existía una población nativa de 50.000 personas, hacia 1550 solo quedaban 500 y un informe de 1650 es conciso afirmando que para ese entonces ya no queda nadie de las poblaciones originarias ni de sus descendientes.

La principal fuente de información, y en muchos casos la única, sobre lo acontecido en las islas del Caribe tras la llegada de Colón es Bartolomé de las Casas, un joven sacerdote que participó en la conquista de Cuba. En un primer momento se hizo plantador, albergando en su hacienda a población nativa esclava, pero finalmente abandonó su puesto y se convirtió en uno de los mayores críticos del colonialismo español. Las Casas transcribió los diarios de Colón y, en la cincuentena, escribió en varios volúmenes su famosa «Historia de las Indias».

En el segundo tomo de «Historia de las Indias», Las Casas, el cual urgió que se reemplazara a la población nativoamericana por negra traída de África, creyendo que su fortaleza propiciaría su supervivencia; sin embargo, las consecuencias del trabajo esclavo en estas personas le harían desistir, habla sobre el trato del colonialismo español a la población nativa.

Poco tiempo después, según sus escritos, los colonizadores dijeron que ya no andarían más: «montaban sobre las espaldas de los Indios si tenían prisa» o les llevaban en hamacas por parejas de personas haciendo relevos. «También tenían Indios con grandes hojas para ocultarles el sol y otros para abanicarles con plumas de ganso».

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Un control absoluto llevó a la crueldad más absoluta. A los españoles «no les importaba acuchillar a Indios de diez y de veinte y de partirles en pedazos para probar el filo de sus espadas». Todo intento de rebelión fue sofocado. Según Las Casas, «sufrían y morían en las minas y otros trabajos en la desesperación del silencio, sin saber de ningún alma que pudiera acudir en su ayuda». Según él el trabajo en las minas transcurría así:

«… desgarran montañas de arriba abajo miles de veces; cavan, rompen rocas, mueven piedras y transportan tierra en sus espaldas para limpiarla en los ríos, mientras que quien se queda lavando el oro permanece en el río con las espaldas dobladas tan continuamente que se les rompen.»

Tras seis u ocho meses de trabajo en las minas, lo necesario para que el oro recolectado por cada grupo fuera el suficiente para poder fundirse, al menos un tercio de los trabajadores ya había muerto. Mientras que los hombres eran enviados a miles de kilómetros, las mujeres permanecían en las aldeas obligadas a arar la tierra para hacer sitio a miles de plantas de yuca.

«Y así maridos y mujeres solo se juntaban una vez cada ocho o diez meses y cuando se veían estaban tan agotados y deprimidos que ya no procreaban. Y los recién nacidos morían muy pronto porque a sus madres, agotadas y malnutridas, no les quedaba leche que darles… Muchas mujeres ahogaron a sus pequeños por pura desesperación… así los maridos morían en las minas, las mujeres en el campo y los niños de falta de leche… y en poco tiempo, una tierra tan fértil, poderosa y excelente, quedó falta de gente».

Cuando llegó a la Española en 1508, Las Casas dejó constancia de que «quedan 60.000 personas en esta isla, incluyendo los Indios, por lo que de 1494 a 1508 en torno a tres millones de personas han muerto por la guerra, la esclavitud y el trabajo en las minas. ¿Habrá alguien en generaciones venideras que pueda llegar a creérselo? A mí, incluso como testigo, ya me cuesta creer que sea verdad…»

Lo que Colón le hizo a la población arawak de las Bahamas, Cortés lo hizo con el Imperio Azteca de México, Pizarro con el Inca del Perú y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts a las poblaciones powhatan y pequot. Hicieron uso de las mismas tácticas, por las mismas razones: el frenesí el de los estados protocapitalistas europeos por el oro, esclavos y productos agrícolas con los que pagar los préstamos que financiaban sus expediciones, con los que a su vez financiar la cada vez más compleja burocracia de las crecientes monarquías occidentales, con los que estimular el crecimiento de una nueva economía monetaria que paulatinamente abandonaba el feudalismo, con los que participar en lo que Karl Marx posteriormente denominó «acumulación primitiva del capital». Así dio comienzo un intrincado sistema de tecnología negocio, política y cultura que llegaría a ser hegemónico durante los 500 años posteriores.

¿Sabemos a ciencia cierta que lo que destruimos era inferior? ¿Quiénes eran estas personas que se arrojaron a la playa y nadaron para llevar a Colón y a su tripulación regalos y presentes, estas personas que vieron a Cortés y Pizarro cabalgar sobre sus tierras? ¿Qué ganó la población española con toda esta muerte y brutalidad infringida contra la población nativoamericana? Según Hans Koning en su libro Columbus: His Enterprise:

«El oro y plata expoliados y transportados a España no repercutieron en una mejora del poder adquisitivo del pueblo español. Solo otorgó a sus gobernantes ventaja en el equilibrio de poder de la época y la oportunidad de contratar más mercenarios para sus guerras. Finalmente tuvieron que alzar la bandera blanca tras todas esas guerras y lo que quedó fue una brutal inflación, una población desabastecida, mayor poder adquisitivo para la minoría más rica y más pobreza para la mayoría más pobre, junto con un campesinado totalmente depauperado.»

Así dieron comienzo las invasiones europeas del continente americano y la posterior destrucción de los asentamientos indígenas. Un comienzo trufado de conquista, esclavitud y muerte. Sin embargo, cuando leemos libros de historia para colegios e institutos, todos comienzan hablando de «heroicas aventuras» y ninguno de derramamiento de sangre. Y el 12 de octubre, el día de la raza, de la Hispanidad y de Colón, continúa celebrándose a lo largo de todo occidente.

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