Desmontando el mito del racismo inverso: no, la esclavitud irlandesa jamás existió.

Original por Liam Stack en el New York Times, Debunking a Myth: Irish Were Not Slaves, Too.

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Esta foto de 1908, en la que aparecen un grupo de pescadores en la iglesia de San Juan en Barbados, se usa muy a menudo para ilustrar memes que defienden falsamente que la población de origen irlandés fue tratada como esclava en la América colonial.

Ha aparecido en páginas de Facebook de cultura general irlandesa, en revistas científicas en Estados Unidos y en tablones de nacionalistas blancos: la poco conocida historia de la esclavitud irlandesa que ayudó a construir los Estados Unidos, de quien se dice que en un momento dado superó a la de origen africano y cuyo trato era peor incluso que el de esta última.

Sin embargo, esto,no es cierto. La historiografía actual defiende que el concepto de esclavitud irlandesa se basa en una interpretación errónea de la historia, y que esta anomalía en la mayoría de ocasiones viene originada por motivaciones políticas. Los memes de extrema derecha abundan por toda Internet, y son utilizados como armas de corte racista contra la población afroamericana. También existió la esclavitud irlandesa, dicen estos memes, lo superamos, ¿por qué vosotros no?

Un grupo académico formado por personas de origen irlandés y estadounidense han dedicado años a hacer retroceder este bulo. El año pasado, 82 personas del mundo de la academia y la escritura redactaron una carta abierta denunciando este falso mito de la esclavitud irlandesa y solicitando a los medios que dejaran de mencionarlo. Algunos rectificaron, eliminando o revisando los artículos en los que se hacía referencia a estas falsedades; sin embargo, el impacto de la carta tuvo un efecto limitado.

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Un meme ilustrado a partir de una foto de 1908 en Barbados hace uso de varias falsedades al respecto de la historia de la inmigración irlandesa en Estados Unidos para criticar a la población afroamericana.

Hechos vs. Ficción.

El discurso sobre la esclavitud irlandesa se sustenta sobre una malinterpretación de la historia de la servidumbre por contrato, motivo por el cual gran cantidad de población europea pobre emigró a los Estados Unidos y al Caribe en el periodo colonial temprano, afirma la historiografía.

Sin duda, la vida fue durísima para esta gente, sometida a un trabajo servil y  no remunerado; en muchas ocasiones recibían un trato vejatorio y gran parte de ella no accedió a esta servidumbre voluntariamente. Algunas de estas personas eran prisioneros políticos, y otras conformaban mano de obra infantil.

«No estoy diciendo que fuera algo agradable ni nada, más bien lo contrario, pero esta situación se encontraba en una categoría ajena  a la de la esclavitud», cuente Liam Hogan, investigador irlandés que ha llevado la iniciativa en esta lucha por desmontar el mito. «Era una situación pasajera».

Las diferencias legales entre esta servidumbre y la esclavitud eran enormes, afirma Matthew Reilly, arqueólogo experto en Barbados. A diferencia de la población esclava, las personas sometidas a servidumbre eran consideradas humanas legalmente. Su servidumbre se legalizaba por un contrato que limitaba su servicio a un periodo de tiempo definido, muy a menudo siete años, a cambio del pasaje a las colonias. El estatus de privación de libertad no se perpetuaba a sus descendientes.

Las crónicas contemporáneas irlandesas se referían comúnmente a estas personas como esclavas, afirma el señor Hogan. Esto era cierto en el sentido de que cualquier forma de trabajo forzoso puede ser descrita como esclavitud, desde la de la Antigua Roma hasta el tráfico de personas hoy en día. Sin embargo, en la América colonial y el Caribe, el término esclavitud ostentaba un significado legal concreto y específico. La población europea, por definición, no se encontraba incluida en él.

«La servidumbre por contrato implicaba la firma de un documento legal por ambas partes; sin embargo, la esclavitud no tenía estas características, no se reflejaba en un documento contractual», nos cuenta Leslie Harris, catedrática de Historia Afroamericana en la Universidad del Noroeste. «Existe una diferencia de calado entre ser un prisionero de guerra, algo parecido al primer caso, y que  compren o vendan tu cuerpo como parte de un intercambio comercial, caso de la segunda».

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Esta imagen, extraída de una pintura de 1884 mostrando un mercado de personas esclavas en la Antigua Roma, por Jean-Léon Gérôme, se usa en muchos memes y artículos para defender la que la inmigración irlandesa en la América colonial era esclava.

«Eh, que la esclavitud irlandesa también existió».

Estos memes a veces aparecen en plataformas de corte apolítico, como en páginas de culturilla general, pero ahora se han extendido debido a la creciente tensión política y racial en países como Estados Unidos, según Hogan. Un argumento que acompaña a estos memes y les sirve de cimentación es que tanto la historiografía como los medios nos están ocultando la verdad. El propio Hogan afirma haber recibido amenazas de muerte de estadounidenses por su trabajo.

«Estos memes comparten elementos comunes: la falsedad de que la población irlandesa fue esclavizada en América y el Caribe tras la invasión británica de Irlanda de 1649 por Oliver Cromwell, el falso mito de que las personas de origen irlandés sometidas a esclavitud eran más baratas y recibían peor trato que las de origen africano y el bulo de que a las mujeres irlandesas se les obligaba a procrear con hombres negros.

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Esta versión del meme usa una fotografía de 1911 que retrata a mano de obra infantil en una mina de Pennsylvania para ilustrar los falsos mitos sobre la esclavitud irlandesa. Muchos de ellos son fáciles desenmascarar. La mayoría de memes usan fotografías, algunas incluso del Holocausto judío o de mano de obra infantil del siglo XX para ilustrar eventos del siglo XVII, siglos antes de la invención  de la fotografía. Muchos de ellos hacen referencia a un edicto del rey Jacobo II en 1625, cuando el nacimiento de este monarca data de 1633.

En muchas ocasiones se hacen con atrocidades concretas sufridas por población esclava de origen africano y las sustituyen por población irlandesa. Su evento favorito es la masacre Zong de 1781, en la cual 130 personas sometidas de origen africano fueron arrojadas por la borda de un barco negrero a su suerte.

InfoWars, el sitio web conspiranoico y de extrema derecha aupado por el Presidente Trump, es uno de los lugares que más ha defendido falsamente que las víctimas de esta masacre fueron irlandesas, inflando la cifra total de víctimas añadiendo incluso un cero al final.

«Acaba pareciendo una carrera desde abajo a ver quién ha sufrido más», dice el señor Reilly, a lo que añade que «estos memes son también un instrumento por el cual cierta gente se sirve para reivindicar un linaje concreto con el único objetivo de defender un posicionamiento político».

Los orígenes de una idea equivocada.

El discurso sobre la esclavitud blanca ha sido una herramienta muy usada por la extrema derecha; sin embargo, no comenzó a ser concretamente irlandesa hasta la publicación en el año 2000 de «To Hell or Barbados: The Ethnic Cleansing of Ireland» (Al Infierno o Barbados: la limpieza étnica de Irlanda), escrito por el fallecido periodista Sean O’Callaghan, cuya obra Hogan y otras tantas personas califican como dotada de una pobre investigación. Sin embargo, recibió críticas positivas en Irlanda y en países como Estados Unidos se convirtió en una lectura común.

En países como este último, el libro vinculó el discurso sobre la esclavitud blanca con un grupo étnico que ascendía a 34 millones de personas, la mayoría de las cuales habían crecido con historias de la rebelión irlandesa contra el dominio inglés e historias de prejuicios anti irlandeses en Estados Unidos a principios del siglo XX. Y, desde aquí, despegó.

El trabajo de O’Callaghan se incluyó en páginas sobre genealogía irlandesa, en ensayos muy populares en línea y en artículos de publicaciones como el Scientific American y el Daily Kos. También apareció en el IrishCentral, el portal de noticias líder orientado a población de origen irlandés, donde la mayoría de comentarios en Facebook iban dirigidos contra la población afroamericana.

Los memes comenzaron a popularizarse en tablones de nacionalistas blancos, páginas neonazis y páginas de extrema derecha como InfoWars. En las redes sociales, predominan sobre todo en Facebook, donde han recibido millones de publicaciones compartidas.

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Este cartel sobre una posible película sobre la esclavitud irlandesa ilustra una fotografía de mano de obra infantil en una granja en Texas.

La manipulación de la historia como arma.

Irlanda tiene una larga historia de tragedias verificables: siglos de ocupación británica, hambrunas, emigración y violencia sectaria. Tres décadas de conflicto armado en el norte que no finalizó hasta 1998 y violencia paramilitar de manera intermitente desde entonces.

El señor Hogan argumentaba que era horrible para mucha población nativa irlandesa ver cómo en Estados Unidos «la historia se usa como arma» por quienes se jactan de tener alguna vinculación con la isla. Él mismo afirmó que, para algunas personas, parecía que el meme «pretendía sustituir la verdadera historia de Irlanda».

Es cierto que existía un sentimiento anti irlandés en los Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XX; sin embargo, era algo distinto a la servidumbre presente en el siglo XVII, dice Harris. La descendencia de esta gente sometida, irlandesa o no, no sufrió un legado de racismo similar al que sufrió la población afrodescendiente.

Sin embargo, la existencia de este meme le parece poco sorprendente. «Siempre ha habido una reacción muy agresiva a la hora de hablar sobre nuestro pasado de esclavitud que aún perdura», afirma Harris; quien no olvida mencionar las leyes segregacionistas que perduraron hasta los sesenta y otras formas de discriminación contra la población negra que nació y creció cuando la esclavitud ya era historia.

«Este uso fraudulento de la historia irlandesa devalúa la historia real», dice Hogan. «Existen bibliotecas repletas con todo lo horrendo que ocurrió realmente. No necesitamos estos memes ni artículos sórdidos hasta arriba de mentiras».

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¡Sorpresa! Eres una TERF si…

Original por Cristan Williams (@cristanwilliams) en TransAdvocate, You might be a TERF If…

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Me he venido dando cuenta desde hace tiempo que existe cierta confusión sobre lo que significa el acrónimo TERF* (Trans-Exclusionary Radical Feminist; Feminista Radica Trans-Excluyente), así que aquí va una breve guía para ayudaros a averiguar si sois TERFs. Hay posibilidades de que lo seas si te crees feminista y a la vez…

1) Defiendes que las mujeres trans son en realidad hombres cis, que los hombres trans son mujeres cis y malgenerizas adrede a la gente trans.

2) Sacas del armario a personas trans ante sus jefes.

3) Les dices a las mujeres trans que las cirugías a las que se han sometido promueven la cultura de la violación.

4) Aseguras que las mujeres trans que se definen como lesbianas no pueden serlo.

5) No te avergüenzas de decir que viviríamos mejor en un mundo sin mujeres trans. (1)

6) Tus argumentos transantagonistas y los de los grupos de extrema derecha coinciden. (2)

7) Aseveras que el privilegio cis no existe; es deicr, que la gente cisgénero no ostenta un privilegio en una sociedad hostil a la gente trans.

8) Sostienes que el género es una ficción, pero que el binario “hombres biológicos” y “mujeres biológicos” es tan real como el aire que respiramos.

9) Reivindicas que las operaciones quirúrgicas a las que se somete la gente trans aparecieron de la mano de hombres como servicio al patriarcado. (3)

10) Mientes sobre amenazas de muerte y violación que has recibido de personas trans.

11) Difamas sobre el miedo que te da que las mujeres trans planteen un riesgo de violación y a violencia a las mujeres cis en los aseos femeninos.

12) No te cortas en decir que las personas trans transitan para satisfacer sus deseos sexuales.

13) Degradas y deshumanizas los genitales de las personas trans.

14) Trabajas para derribar protecciones legales de las que disfruta la gente trans.

15) Te aplicas en vetar el acceso de las personas trans al sistema médico.

16) Generalizas a todo el colectivo si tuviste una mala experiencia con una persona trans.

17) Comparas las transiciones con procesos similares al de Frankenstein.

18) Tienes claro que las personas trans transitan debido a presiones políticas o sociales. (4)

19) Llamas empoderamiento a tu trabajo para frenar la propagación de estereotipos antifeministas pero llamas censura a cuando las personas trans luchan por detener la propagación de estereotipos transantagonistas.

20) Para ti, las mujeres trans transitan porque en realidad son hombres homosexuales y que los hombres trans hacen lo propio porque son lesbianas que quieren huir de las imposiciones patriarcales.

21) Amenazas a organizaciones de feminismo radical de verdad con asesinar a sus componentes transgénero y te presentas armada a eventos radfem.

22) Agredes a feministas por proteger a mujeres trans de una redada TERF.

23) Hostigas a una pareja de lesbianas con una criatura trans y luego amenazas a esta con un cuchillo.

24) Amenazas de tal manera a una feminista radical, lesbiana y butch que esta decide poner en marcha su propio festival de música inclusivo para mujeres.

25) Intimidas a un grupo de mujeres trans con violencia física, lo que las acaba conminando a poner en marcha el espacio conocido como “Camp Trans” en protesta.

26) Fomentas las leyes que recortan el acceso de la gente trans a los aseos que les corresponden por género no asignado porque crees que es algo “en favor de las lesbianas”.

27) Te pispas de que los republicanos del Tea Party promueven tu retórica TERF.

28) Extiendes propaganda ultraderechista para sustentar tu odio porque, según tú, esa gente es la única que se puede considerar ideológicamente aliada.

29) Te percatas de que grupos integristas de extrema derecha defienden tus argumentos.

30) Apelas a los “olores vaginales” como esencia de diferenciación sexual que delimitan un estatus sexual genuino (¿), de tal manera que a tu juicio las mujeres trans no son mujeres de verdad porque las vaginas de estas mujeres despiden olores demasiado fuertes que causan “problemas sensitivos” mientras al mismo tiempo a otras les pasa lo contrario, por lo que, siempre según tu criterio, una mujer trans no podrá saber nunca (porque las mujeres cis sí lo saben, al parecer) lo que es tener una “vagina grande, peluda y olorosa”.

Bonus track: intentas fingir que el término “TERF”, popularizado en 2008 por un grupo feminista radical inclusivo para diferenciarse como tal de otros grupos del mismo cuño pero con un discurso transantagonista, se acuñó por parte de la comunidad trans con el objetivo de difamar el feminismo.

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Si queréis saber a qué suena una TERF, por favor, consultad la #lógicaTERF aquí.

Y con todo, ¿qué es el feminismo?

Me mostraré inequívoca con mis palabras: creo firmemente que las vidas de las personas transgénero, incluyendo aquellas que ya han transitado, son reales y genuinas. Deberíamos homenajear a estas personas, no ponerlas en cuestión. Las decisiones sobre su salud deberían ser suyas y nada más que suyas. Lo que redacté hace décadas no es fiel reflejo de lo que hoy día sabemos, pues nos alejamos de las categorías binarias de lo “masculino” y lo “femenino” y zambullimos nuestra vivencia en un continuo de identidades y expresiones plenamente humanas.

El trabajo con población transexual y los estudios sobre la formación de la identidad de género en menores nos han provisto de una información básica que echa por tierra el concepto de que existen dos sexos biológicos distintos. Estas ideas amenazan con transformar la biología tradicional relativa a las diferencias sexuales en una biología radical sustentada semejanzas sexuales… Toda persona transexual tiene derecho a someterse a una operación de cambio de sexo, y la comunidad debería proveérsela como derecho. 

  • Andrea Dworkin, feminista radical de vanguardia y activista.

Esta sociedad, dominada por los hombres, nos ha definido a las mujeres como un grupo biológico indistinto, sin posibilidad de remisión. Si esto en algún momento nos hubiera dirigido hacia la emancipación, ya seríamos libres… Para mí, ser mujer es algo político. No se me habría ocurrido decir esto hasta hace poco, ni siquiera me habría decidido a trabajar sobre ello; sin embargo, en los últimos años ha habido mucho debate sobre si las mujeres trans son en realidad mujeres… Siempre he pensado que no me importa la manera en la que una persona llega a ser mujer u hombre; no me importa, de verdad. Eso forma parte de su particularidad, de su singularidad, como la del resto. Quienquiera que se identifique como mujer, quiera ser una mujer y se presente como mujer, hasta donde llega mi entendimiento, es una mujer.

  • Catharine MacKinnon, feminista radical de vanguardia y activista.

La idea de que el feminismo radical verdaderamente revolucionario es el transinclusivo es una verdad como un templo. Honestamente, no entiendo cómo o por qué un sector del feminismo radical defiende teorías esencialistas de “casta sexual” basadas en conceptos biológicos y sexuales en lugar de la teoría de “clases sexuales”, como indicaron Wittig, Andrea y MacKinnon. ¿Se puede reformular el feminismo radical para que su transinclusividad, algo que le es consustancial, quede más en evidencia? Espero que sí. 

  • John Stoltenberg, feminista radical y activista.

 

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Es muy común que la ideología TERF de las autodenominadas “RadFem se encuentren con homólogos ideológicos como las de las viñetas.

*En los últimos años, la comunidad trans hemos dejado de hablar de las TERF como RadFems. Nuestros motivos han sido que existen una gran cantidad de feministas radicales, de segunda ola o separatistas lésbicas que consideran horrendas para el feminismo las conductas de las que he hablado antes. Como muestra de respeto a las RadFems auténticas, la comunidad trans ha dejado de equiparar la identidad de estos grupos radicales con la de las facciones de odio de algunos de ellos. De esta manera, usamos el término feminista, Trans Exclusionary Radical Feminists, Feministas Radicales Transexclusivistas o TERFs para distinguir a estos sectores de odo del resto del feminismo radical en general o de feministas transinclusivas como Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon.

(1) Se esperan que nos sorprendamos al ver las estadísticas de los asesinatos que sufren, y no se dan cuenta de que algunas de nosotras desearíamos que acabaran con TODOS.

  •  BevJo, opinadora TERF, autora y oradora.

(2) Aun cuando hay mucha gente que cree que la moralidad debe construirse en torno a la ley, yo creo que la eliminación del transexualismo no se conseguirá con que la legislación prohíba los tratamientos y cirugías transexuales sino con que lo limite y rebaje el apoyo otorgado al fomento de estereotipos de los roles sexuales, el principal causante del problema. Toda legislación debe orientarse a las condiciones sociales que iniciaron y promovieron en primer lugar la cirugía y el crecimiento del complejo médico-institucional que trasladó esos estereotipos a carne y hueso.

  • Janice Raymond (1980), “Technology on the Social and Ethical Aspects of Transsexual Surgery, opinadora TERF, autora y oradora.

(3) Hay ahora mismo una cosa que me confunde, y es que cuando presencio un debate legislativo en la Cámara de los Lores,suelo coincidir en su mayor parte con las posiciones de extrema derecha. Particularmente, con la persona con la que más estoy de acuerdo en esto,aunque no creo que le haga mucha gracia darse cuenta de ello, es Norman Tebbit… Tebbitt también habla de la salvaje mutilación del transgenerismoDe ocurrir en  culturas ajenas a las de las Islas Británicas, diríamos que se trata de una práctica cultural totalmente nociva, y que cómo es que no nos damos cuenta de ello aquí, en nuestra propia casa.

  • Sheila Jeffreys, doctora, académica y autora TERF, durante un discurso en la Conferencia en homenaje a Andrea Dworkin en el Centro de Estudios de Justicia de la Universidad de Oxford.

(4) [La cirugía de reasignación de género] se parece a la política psiquiátrica de la Unión Soviética. Me refiero que el transexualismo debería verse a través de este prisma, como una agresión médica a los derechos humanos con tintes claramente políticos. La mutilación de cuerpos sanos y la sujeción de estos cuerpos a un tratamiento de corte tan peligroso viola el derecho de estas personas a vivir con dignidad en el cuerpo en el que nacieron, el cuerpo que Janice Raymond llama “nativo”. Es un ataque al cuerpo rectificar una condición política, una insatisfacción “de género” en una sociedad machista basada en una noción de diferencia de género falsa y construida políticamente… Obras recientemente publicadas sobre el transexualismo en las comunidades lésbicas muestran claros lazos del mismo con las prácticas sadomasoquistas.

  • Sheila Jeffreys

Que quede claro que la propia comunidad de Jeffrey, “Australian Lesbians”, fue pionera en la cirugía de reasignación en Australia.

Mi conclusión más importante es que el transexualismo es básicamente un problema social cuya causa no puede ser explicada excepto en términos de los roles sexuales e identidades que genera la sociedad patriarcal. A través de tratamientos quirúrgicos y hormonales, los transexuales renuncian a sus cuerpos “nativos”, especialmente a sus órganos sexuales, en pos del cuerpo y de los órganos sexuales del sexo opuesto. Lo hacen principalmente porque su cuerpo y genitalidad encarnan principalmente la esencia de su masculinidad rechazada y su feminidad deseada. De esta manera, el transexualismo se presenta como el resultado de definiciones socialmente prescritas sobre masculinidad y feminidad, una de las cuales el transexual rechaza para bascular hacia la otra. De esta manera, en el capítulo III argumento que la Primera Causa del Transexualismo es una sociedad definida por el género cuyas normas de masculinidad y feminidad generan el deseo de transexualizarse… Creo que el primer motivo para ello no puede derivarse de actitudes y/o conductas intrapsíquicas o incluso de procesos de condicionamiento familiar, sino de los roles de una sociedad definida por el género (lo cual, en un sentido aristotélico, dispara el resto de causas).

  • Janice Raymond (1979), El Imperio Transexual, p. 16.

Un número significativo de hombres trans son lesbianas que anuncian que quieren transitar en un intento de huir de la misoginia, tanto de su versión más interiorizada como la de la sociedad. Un número significativo de mujeres trans son hombres homosexuales, presionados a tarnsitar por una sociedad conservadora que odia la disconformidad de género de estos hombres.

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Los derechos reproductivos también pertenecen a las mujeres trans

Original en Everyday Feminism por Luna Merbruja, “4 Ways To Center Trans Women In Reproductive Justice“.

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Tenía 17 años la primera vez que me dijeron que me iban a esterilizar. No me lo creía, aunque ya había oído rumores a través de otras personas trans de que igual  me ocurría al empezar la terapia de hormonación, nadie me dijo que fijo me iba a pasar.

El personal terapeuta al que me encomendé disponía de una enorme lista de cosas que debía tener en cuenta antes de comenzar la terapia hormonal; sin embargo, con lo que no podía tragar en ese momento era con lo de la esterilización. Toda mi vida había soñado con ser madre, mi criatura sería un bebé marroncito y regordete con ojos marrón oscuro y abundante cabello en la cabeza, con mi ADN como parte de la mágica existencia de este ser angelical.

Sin embargo, ese sueño se desvaneció de un plumazo, el médico le dijo a mi yo de diecisiete años que me iba a quedar estéril a un año del tratamiento. Me ofrecieron una opción: almacenar esperma en un banco para mis potenciales criaturas futuras. El precio que me dieron oscilaba en torno a los 500 euros  por congelar una primera muestra y una cuota de 50 al mes por su mantenimiento.

Lo descarté al momento al interponerse de nuevo una barrera financiera entre mí misma y mis sueños. Me fui sabiéndome derrotada, sin más alternativa que comenzar el tratamiento lo antes posible y preocuparme por la procreación más adelante. Antes siquiera de poder darle más vueltas al asunto, me informaron de que necesitaba del consentimiento de mi madre para dar comienzo al tratamiento. Al preguntarle, se opuso frontalmente y me excluyó de la cobertura sanitaria familiar. En un principio estallé de ira al ver que mi madre también suponía una barrera; sin embargo, al poder pensar más sobre el tema de la esterilización, llegué a la conclusión de que era un compromiso demasiado grande, así que abandoné la idea.

4 años después me vi en las mismas, en la consulta del médico dos días antes de Navidad preguntándole por la terapia de hormonación. Aún sin un duro y por tanto incapaz de financiarme el banco de esperma, comencé la terapia prometiéndome a mí misma que si en un año no me encontraba satisfecha con sus efectos, la abandonaría.

Hoy en día ya he superado el umbral de la esterilidad. Ya he lamentado mi incapacidad para procrear criaturas con una carga genética originaria de múltiples estirpes  , cada una de ellas intrínsecamente  ligada a las luchas antirracistas. No puedo procrear, y no hay un movimiento en favor de los derechos reproductivos que se plantee ayudarme.

Hasta que vi la actuación de Micha Cárdenas sobre su embarazo como mujer trans y tuve una revelación. Era y es posible incluso hoy quedarse embarazada de nuevo. Es decir, que las mujeres trans que interrumpen su tratamiento hormonal durante unos meses pueden hacer remitir la esterilidad y quedarse de nuevo embarazadas con esperma viable. Como público, según Micha se mostraba ante su arte y las imágenes microscópicas de su esperma, aún útil, lloré desconsoladamente. Había estado sometida a tratamiento hormonal durante años y aún pudo quedarse embarazada. Todo esto me abrió un amplio abanico de posibilidades y esperanza. ¡Y alegría! ¡Y felicidad!

También desató en mí una ira volcánica. Me tiré horas diseccionando minuciosamente todos los sistemas y estructuras que limitaban mi conocimiento y habilidad para poder procrear. Aprendí varias cosas de esta experiencia, cosas que he querido recopilar para conseguir que las luchas por la justicia reproductiva incluyan a las mujeres trans. Con suerte, gracias a un poco de pedagogía y más presencia de las mujeres trans, muchas de nosotras dejemos de ver el paso por la terapia hormonal como el fin de nuestras esperanzas de crear una familia. Y espero también que con más pedagogía e incluyendo los elementos de esta lista al corpus de la justicia reproductiva, las mujeres trans veamos ampliadas nuestras posibilidades de planificación familiar.

  1. Bancos de esperma a precios asequibles o gratuitos.

Como os he contado, almacenar esperma en un banco quedaba fuera de mis posibilidades económicas. Además, lamentablemente, muchos médicos, incluyendo muchos especializados en pacientes transgénero, nos urgen a las mujeres trans a comenzar cuanto antes la terapia hormonal. Incluso a mí ahora, con 21 años, me dice un médico que se encarga de decenas, o quizá de cientos de pacientes trans, que me tome la dosis máxima para que los resultados sean “los mejores”; es decir, que parezca lo más cis posible. Qué casualidad que justo me lo recomendara cuando le comuniqué mis reservas al respecto de la esterilización.

¿Qué podemos hacer? Actualmente las pastillas anticonceptivas cuestan en torno a 20-50€ al mes, dependiendo. Los bancos de esperma  te cuestan 40€ al mes tras una primera consulta y un primer procesamiento y congelamiento estándar de esperma, que cuesta en torno a 500€. Los métodos anticonceptivos son relativamente caros; sin embargo, la lucha por la justicia reproductiva ha combatido sin descanso por hacer que sean lo más asequible posibles. Un ímpetu que ya me gustaría ver a la hora de facilitar a las mujeres trans opciones reproductivas, por ejemplo, recaudando fondos y organizándose para luchar por cambiar la ley y que se creen blancos de esperma a precios asequibles o gratuitos para las mujeres trans a través planes sanitarios, tanto públicos como privados.

  1. Evitar que las mujeres trans sufran violencia

Morgan Robyn Collado me inspiró a reestructurar los criterios de la justicia reproductiva para que incluyera por fin a las mujeres trans con su discurso:

Si las mujeres trans negras e hispanas no podemos reproducirnos porque estamos sometidas a niveles altísimos de violencia, esto también es justicia reproductiva. Si no podemos crear una red de personas y comunidades que constituyan una familia por la transmisoginia a la que estamos sometidas, entonces esto también le concierne a la justicia reproductiva.

Así en resumen, si nos asesinan, ¿cómo vamos a poder crear familias? La violencia contra las mujeres trans tiene tintes es gravosa; entre 2008 y 2015 fueron asesinadas 1700 mujeres trans en todo el mundo, de las cuales en torno al 80% no eran blancas. Por claro que quede que estos crímenes son producto de la transmisoginia, la misoginia de corte racista, o “misoginoir”, la misoginia que que sufren con especial saña las mujeres negras, también juega un papel importante.

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Esta violencia no es accidental. Muchas mujeres trans sufren agresiones y son asesinadas por sus pajreas, lo que las coloca en una posición de especial vulnerabilidad a la hora de protegerlas. Para conseguirlo, debemos aplicarnos en la eliminación del racismo y la transmisoginia de nosotras mismas y de nuestras amplias comunidades, lo que significa que quien no sufre estos problemas debe educarse en múltiples ámbitos feministas, debe apoyarnos facilitándonos el acceso laboral a empleos sostenibles y denunciar la transmisoginia venga de donde venga. Solo así se podrá eliminar la cultura que nos despersonaliza.

Hasta que no disfrutemos de la consideración de personas  humanas válidas y encantadoras, continuaremos sufriendo una violencia brutal. Y no hay quien cree una familia sana y feliz bajo esta premisa.

  1. Empleo digno con seguro médico.

Ah, el empleo. ¿Es que acaso no buscamos todo el mundo ese empleo que satisfaga  nuestras necesidades y que a la vez no nos sorba el alma? Sí, así es, y adivinad quienes somos las que menos probabilidad tenemos de conseguirlo. Efectivamente, las mujeres trans.

Vale, partamos de que esto es muy idealista, pero si no me pongo altas expectativas y esperanzas no creo llegar a obtener nunca ni la mitad de lo que pido, así que por favor, ayudadnos a que podamos cumplir este sueño, dadnos a las mujeres trans la oportunidad de poder fracasar, de crecer profesionalmente y de que nos tomen en serio en nuestros puestos de trabajo.

Muy pocos entornos laborales nos apoyan para que aprendamos a mejorar nuestras habilidades en ellos. La mayoría exigen requisitos inusitadamente altos, en muchas ocasiones inalcanzables para nosotras. Por ejemplo, si echo el currículum en un sitio donde me ofrecen el salario mínimo es probable que no pueda hablar de mí ni de mis referencias por tener que usar mi nombre asignado al nacer y unos pronombres que nos e ajustan a la realidad.

La mayoría de puestos de trabajo exigen tener un año de experiencia y pese a ya poseerla por haber trabajado en diferentes puestos, no puedo darle validez a mi historia laboral sin salir del armario como trans, tanto a mi nuevo jefe como al anterior.

Algo útil para superar esto, o para atenuarlo sobradamente, sería aliarse con organizaciones de corte LGTBQIA+ y conseguir que nos publiciten, que nos den una visibilidad especial a las mujeres trans. Y no hablo de conseguir trabajos donde cobres el salario mínimo, hablo de puestos donde puedas disfrutar de acceso a la sanidad y donde sus beneficios te afecten tanto a ti como a tu familia; por  ejemplo, ganar un salario lo suficientemente alto para permitirte criar a tus retoños.

La mayoría de puestos de trabajo disponibles para mujeres trans no se remuneran. Aunque el trabajo pueda ser apasionante, en muy raras ocasiones ofrece unas garantías para poder crear una familia y mantenerla.

  1. Políticas de adopción orientadas a personas trans

Aunque no sé mucho de leyes, sé que hay mucha gente dentro del vasto mundo  de la lucha por la justicia reproductiva que sí, así que os necesitamos para conseguir cambios estructurales que nos apoyen a la hora de reproducirnos. Esas políticas deberían incluir criterios y sensibilidades a la hora de identificar la manera en la que la gente proyecta su transmisoginia en nosotras. Por ejemplo, la noción de que las mujeres trans somos acosadores sexuales de menores es demasiado común, algo que frena sobremanera nuestras expectativas.

Disfrutar de leyes que promuevan prácticas específicamente no discriminatorias, junto con las habilidades adecuadas para identificar este tipo de tendencias y educar sobre respeto básico a la gente trans mejoraría las oportunidades reproductivas de las mujeres trans a la hora de adoptar y procrear.

Mejor todavía, emplear a mujeres trans en estas agencias de adopción y planificación familiar para trabajar con futuras madres trans. Esto ya sería hasta un sueño. Es absolutamente imprescindible que haya alguien con quien podamos hablar de nuestras ansiedades maternales, ya que es harto difícil gestionar todas esas emociones mientras vivimos con el recordatorio constante (y jodido) de que las “mujeres de verdad” son las que menstrúan.

Disponer de una persona que honestamente nos escuche y de por buenos nuestras ansiedades maternales sin anular nuestra feminidad es algo imprescindible si queremos crear una cultura de apoyo a las familias de las mujeres trans.

***

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Históricamente, hemos sido las mujeres trans las que hemos estado en la primera línea de la lucha política y las que hemos facilitado infinitas cantidades de esfuerzo físico y emocional a la juventud luchando por hogares para ella. Muchísimas mujeres trans han acogido y alimentado a jóvenes trans y LGTB/GSD en general, al estilo de Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera con su STAR House. Las mujeres trans estadounidenses fueron pioneras en la creación de hogares relacionadas con su “ball culture”, una subcultura solidaria de corte LGBT/GSD, a través de la cual facilitaron el acceso de jóvenes sexodivergentes y trans de todas las edades a familias que les aceptaron y quisieron. Este tipo de conductas solidarias ha sido algo históricamente muy importante en términos de lucha social. Hoy en día aún existen organizaciones y refugios como Casa Ruby o Jazzie’s Place.

Apoyarnos a las mujeres trans  en esta materia es necesario para que la lucha de la justicia reproductiva pueda seardigna de su nombre. Es imposible que una comunidad pueda sostenerse únicamente mediante acciones individuales, como demostraron el desmantelamiento de la STAR House y la Transie House, por lo que si dispusiéramos de sistemas y estructuras que nos facilitaran el acceso a la reproducción, existiría menos juventud trans y sexodivergente siendo excluida del sistema de adopción y acabando en la indigencia.

Me quedan años para que pueda llegar a ser capaz de reproducirme, así que espero que hayamos progresado lo suficiente para que cuando llegue el momento pueda disfrutar de varias opciones para llevarlo a cabo. Este es un buen comienzo para reestructurar vuestro trabajo en esta materia y para que elaboréis una nueva estrategia para que vuestro entorno comience a apoyar más y mejor a las mujeres trans.

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Desempeñar la masculinidad

Original por  Robert Kazandjian en Media Diversified, Performing Masculinity.

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Mi padre nos cuenta muy a menudo la historia de cuando vio por primera y última vez a su padre llorar. A principios de febrero de 1958, Armenag Kazandjian, de seis años, se encontraba sentado a la mesa de su familia en el piso del Cairo, disfrutando de un bol de Ful, un plato tradicional de la cocina egipcia. Mi abuelo, Vahe, bebía café aromático y leía el periódico. Mi padre recuerda ver al suyo dejar con pasmosa tranquilidad el periódico en la mesa y clavar su mirada a través de una ventana abierta mientras sus ojos se humedecían y las lágrimas comenzaban a a recorrer sus hirsutas mejillas. Mi padre quiso saber qué pasaba, y mi abuelo, con sus ojos fijos en la atestada calle, le explicó que los jugadores del Manchester United más brillante de todos los tiempos se habían matado en un accidente de avión en Alemania. «Chavales», exclamó, «chavales jovencísimos».

La familia de mi padre estaba acostumbrada a tragedias inmensas. Sus padres eran niños cuando sobrevivieron al genocidio armenio. Crecieron en hogares desgarrados física y psicológicamente, entre comunidades que luchaban por reconstruirse. La madre de Vahe, huida de los pogromos antiarmenios de Estambul de 1915, vivía con la angustia de no poder facilitar un espacio digno a la creciente familia de su hijo. Considerándose una carga, subío hasta el tejado de su bloque de apartamentos y se arrojó al vacío. Mi padre y su hermano se enteraron de la terrible noticia al volver del colegio; sin embargo, nadie recuerda ver llorar a mi abuelo. La sociedad armenia era, y aún hoy lo es, profundamente patriarcal. Los hombres que sobrevivieron al genocidio cargaron con el peso de la vergüenza del desplazado; creían haber fallado como protectores arquetípicos de su pueblo. Esta humillación pasó de padres a hijos y así cristalizó la decisión de demostrar a perpetuidad  nuesra fortaleza patriarcal. La respuesta estoica de mi padre a la muerte de mis abuelos es muestra clara de esta herencia perniciosa.

Es probable que debido a esto el único recuerdo que guardaba mi padre sobre la vulnerabilidad de mi abuelo tras el desastre de Múnich explique su conexión emocional con el Manchester United de fútbol. Y pese a haber nacido y crecido pared con pared junto al estadio del Tottenham, el deseo por emular a mi padre me hizo pasearme por los parques del norte de Londres con un prominente cuello alto como el de nuestro «Rey», Eric Cantona.

Ver los partidos del United por la tele con mi padre comenzó a ser un ritual. En la intimidad de nuestro estrecho salón me fijaba en su manera de actuar casi tanto como lo que ocurría en el campo. Si aplaudía uno de los pases de «quaterback» de Paul Ince, yo hacía lo propio. Si se levantaba del sofá para celebrar los goles de Andy Cole, yo también. Si se hartaba a lanzar insultos a la pantalla, yo los memorizaba, por raros que me resultaran y los repetía por lo bajini. Y si golpeaba brutalmente el puño contra la mesa del café de pura rabia, ahí que iba yo, esperando que mi padre no notara el dolor que casi se me escapaba por los ojos.

Y así aprendí a desempeñar mi masculinidad. A través del prisma que me otorgaba ver el fútbol con mi padre, entendí que lo que se esperaba de mi era tragarme la decepción y la tristeza, transformarla en ira y escupirla como la llama de un dragón. Al crecer, apliqué esta manera de entender la vida a todo y a todo el mundo de mi entorno: expulsiones del colegio, agujeros con la forma de mi puño en las puertas de los dormitorios, costillas rotas y narices quebradas dejaban de manifiesto mi compromiso con convertirme en un «hombre hecho y derecho». Aprendí que toda la infelicidad que sintiera debía enmascararla con pintura de guerra, lo que me condujo a un camino de destrucción. Solo a través de la lectura y escritura en los últimos años de mi adolescencia comencé a desmontar mis tóxicas ideas en torno a la masculinidad.

Ya en la universidad, volvía a casa regularmente para mantener viva la tradición de ver al Manchester United con mi padre. Compartir ese tiempo con él viendo un partido se había convertido en algo altamente sentimental para mí, algo que creía recíproco. Este sentimentalismo se hacía astillas muy a menudo cuando regresaba a casa y le encontraba dejándose hasta los últimos cuartos en apuestas. También me invadía la tristeza cuando oía a su coche detenerse fuera mediada la segunda mitad. A pesar de estar desarrollando la necesidad reconocer de manera honesta mis emociones, sentía pánico ante la posibilidad de mantener una conversación sentimental con mi padre,  por lo que prefería volver a optar por la rabia, algo que me era mucho más familiar.

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El día en el que le diagnosticaron cáncer a mi hermano,  no acudí a mi familia para buscar esa tranquilidad que todos y todas necesitábamos, opté por ir al gimnasio a levantar peso. Tan decidido me encontraba a ser «fuerte», que elegí la expresión más literal. Me decidí por presas de banco y peso muerto en lugar de mostrarme abiertamente vulnerable y mostrar mis miedos a la gente de mi entorno más cercano. Y ahora me toca vivir con ese vergonzoso recuerdo.

La construcción patriarcal de la masculinidad es algo muy real, y es algo que nos desguaza por dentro. Nos condiciona para rechazar las respuestas genuinas al dolor que  nosotros mismos experimentamos y al dolor que sufren las personas de nuestro entorno. Al bloquear cualquier expresión sana de nuestros sentimientos, exteriorizamos en primer lugar nuestro dolor agrediendo y violentando a otras personas, especialmente mujeres, aunque posteriormente ese dolor también se vuelva contra nosotros. Todo esto resulta en nuestras parejas temblando por la intensidad con la que alzamos la voz, o en nuestros hijos imitando nuestras conductas y en nuestras hijas condicionadas a aceptar nuestros abyectos comportamientos como algo corriente. Algo que resulta en enviar fotos de pollas sin consentimiento, en insultar a una mujer a la cara tras haber rechazado esta nuestras agresivas proposiciones. Algo que resulta en no ver nada de malo en emborracharnos hasta caer inconscientes o en un «eso para mí no es violar». Toda esa crueldad y resentimiento se encuentran arraigados en nuestra genuina y primigenia decisión de desplegar de la manera más concisa nuestra «fortaleza» mientras abandonamos los poderes terapéuticos que conlleva asumir nuestra denominada «vulnerabilidad».

Hoy, el disfrute de los partidos del United con mi padre se ha visto enturbiado por la aflicción. No se encuentra bien, su memoria a corto plazo se le escapa como vapor por una ventana. En un par de días, le cuesta recordar los detalles de los partidos más apasionantes. En verano, el equipo que ambos amamos fichó al capitán y al máximo goleador histórico de Armenia, Henrik Mkhitaryan, algo que nos llenó de euforia. El domingo pasado, en Old Trafford, Mkhitaryan corrió a por un balón dividido, se lanzó un autopase y disparó hacia la portería del Tottenham, alojando el balón en las mallas, convirtiéndose así en e l primer armenio en anotar un gol en la Premier. Lloré. Miré a mi izquierda y mi padre lloraba también, sin ningún rubor. Puede que derramáramos lágrimas porque ser armenio es algo oscuro y desconocido, algo que requiere de explicaciones y mapas y que, sin embargo, ese día la norma no se cumplió. Quizá lloramos porque el gol de Henrick Mkhitaryan representaba el símbolo de nuestra supervivencia y crecimiento tras el genocidio, en un mundo en el que nuestros opresores deseaban nuestra desaparición. Puede que mi padre pensara en el Cairo y en ese plato de ful, y en las lágrimas de su padre. Quizá lloré porque sabía que pronto no recordaría jamás ese momento.

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Las feministas creyentes también son feministas

Original por , and , en The Huffington Post.

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Parece ser que cada pocas semanas una celebridad declara con orgullo y a voz en grito que no es feminista: mujeres como Shailene Woodley, Katy Perry, Kelly Clarkson, Kendall Jenner lo han hecho recientemente.

Estas mujeres escudan su rechazo a proclamarse feministas en que no odian a los hombres, haciéndose eco de una de las más intratables, somnolientas y denigrantes caracterizaciones del feminismo, o insistiendo en que, personalmente, ellas no sufren opresión, haciendo caso omiso de que los papeles sólidos y cautivadores para mujeres llegan a su fin décadas antes que los de los hombres, o que hace poco, la actriz Maggie Gyllenhaal, de 37 años, fue rechazada para interpretar el papel de interés amoroso de un hombre de 55 por ser considerada “demasiado vieja”.

Incluso si aceptamos los argumentos de estas jóvenes estrellas que defienden que no sufren discriminaciones, las feministas nos preguntaríamos dónde queda su preocupación por otras mujeres menos privilegiadas. Una cuestión a la vez frustrante y justificada, por otra parte.

Por un lado, ¿a quién le importa lo que una estrella del espectáculo piense sobre el feminismo? Por otro lado, estas mujeres tienen un enorme poder de influencia sobre otras mujeres jóvenes. Al expresar displicentemente, «yo tengo derechos, así que ¿quién necesita el feminismo?» deshonran los sacrificios de las que lucharon antes que nosotras e ignoran el hecho de que los derechos de las mujeres aún  están en liza. Aún no están garantizados los derechos de las mujeres que luchan por eliminar la brecha salarial, por los permisos de maternidad y por el acceso a la sanidad reproductiva. Aún no están garantizados para las mujeres no blancas o las del espectro LGTB/GSD.

Y aún continúan debatiéndose los derechos de las mujeres creyentes.

El género sigue siendo un asunto muy importante en el seno de las tradiciones religiosas de corte patriarcal, y muchas mujeres continúan sin tener acceso a muchos roles sociales debido a su género. Sin embargo, mientras el feminismo mayoritario prácticamente le ruega a las jóvenes estrellas que por favor, se definan como feministas, las mujeres creyentes sufren burlas por proclamar su identidad feminista y combatir el sexismo desde el interior de sus tradiciones.

¿Cómo hemos llegado las mujeres creyentes a ser feministas de segunda?

Entendemos que puede parecer que existe una desconexión entre nuestra fe y nuestro feminismo, también reconocemos que nuestras tradiciones religiosas han sido sometidas a un filtro interpretativo de corte sexista, y sin duda comprendemos por qué muchas feministas abandonan su fe, pues nosotras también nos hemos visto tentadas a hacer lo mismo.

Sin embargo, aunque toda feminista judía, cristiana y musulmana abandonara sus tradiciones, aún quedarían mujeres que permanecerían, mujeres cuya decisión de seguir en su mismo entorno les reportaría consecuencias jurídico-religiosas. Seguirían estando sometidas a la Halajá, a las fatuas y al derecho canónico; seguirían sufriendo exclusión del acceso a puestos de responsabilidad y continuarían enfrentándose a opresión ejercida por parte de miembros de sus comunidades que consideraran válido el estatus menor de las mujeres en base a las enseñanzas de sacerdotes, rabinos e imanes iluminados.

Reconocemos y nos preocupamos por las consecuencias reales de nuestra fe en el mundo; sin embargo, también reivindicamos los mensajes fundacionales de nuestras creencias por lo que son y por las maneras en las que han sido malinterpretados. En otras palabras, nos negamos a que nuestra tradición religiosa se defina en base a interpretaciones sexistas.

Este rechazo se está expresando de varias maneras: académicas feministas y judías, cristianas y musulmanas estamos trabajando dentro del marco de traducciones existente de la Torá, la Biblia y el Corán, produciendo nuevas traducciones y, en ocasiones, cuestionando la autenticidad y divinidad de pasajes irremediablemente sexistas.

Al mismo tiempo, otras activistas están llevando a cabo rezos, cultos y liturgias subversivas para dejar en evidencia el arraigadísimo sexismo de las instituciones religiosas. Anat Hoffman fue detenida y cacheada por una acción en la cual buscaba el reconocimiento delas mujeres judías que deseen rezar en alto junto a sus correligionarios hombres en el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén. Kate Kelly recibió la excomunión tras fundar el movimiento «Mujeres que decretan» (Ordain Women), para defender el acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad en el seno de la Iglesia Mormona. Amina Wadud sufrió condenas internacionales y amenazas de agresión por ser la primera mujer en dirigir un rezo musulmán mixto en Estados Unidos.

Todas estas mujeres se han aplicado y se han mantenido firmes ante la posibilidad de abandonar sus creencias ante interpretaciones sexistas. Valentía es esto. Feminismo es esto.

 Y, pese a todo, mientras el feminismo mayoritario se arrastra ante las jóvenes estrellas para solicitarles un servicio a la lucha, las mujeres creyentes aplicadas en un trabajo valiente y arduo tienen que aguantar continuamente la comidilla de que «no son feministas de verdad».

Sabemos que mucha gente piensa que el único acto genuinamente feminista que puedes llevar a cabo con respecto a las religiones es abandonar sus tradiciones típicamente patriarcales. Nosotras defendemos que también puede serlo permanecer, y esperamos con ansia el día en que hacerlo no ponga en cuestión ni nuestra fe ni nuestro feminismo.

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Por qué no deberíamos celebrar nada el 12 de octubre. Cristóbal Colón al descubierto.

Original por Howard Zinn en Jacobin Magazine, “The Real Christopher Columbus“.

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Mujeres y hombres arawak, sin ninguna prenda, de tez leonada y en la plenitud de su asombro, surgieron de sus aldeas hacia las playas de la isla y nadaron para acercarse al enorme y extraño barco fondeado en la bahía. Cuando Colón y el resto de su tripulación desembarcaron con sus espadas, la población arawak les agasajó con comida, agua y regalos. Según escribió en su diario de a bordo:

«Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier cosa que se los diese… Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia… que Vuestras Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren.»

El pueblo arawak de las Islas Bahamas tenía bastante en común con la población nativa del continente, cuya hospitalidad (que los europeos se encargaron de registrar insistentemente) y fe en compartir eran dignas de renombre. Estas características no eran comunes en la Europa del Renacimiento, cuyo clima estaba controlado por la religión de los papas, el gobierno de reyes y el frenesí por los metales preciosos que a partir de entonces dominaría la agenda de la civilización occidental y de su primer mensajero, Cristóbal Colón.

A Colón le preocupaba especialmente conocer cierta información. ¿Dónde estaba el oro? Había conseguido convencer  a los Reyes Católicos para que le financiaran una expedición hacia unas tierras y una riqueza que esperaba conseguir al otro lado del Atlántico: las Indias, Asia, oro y especias. Como mucha otra gente de su tiempo, sabía que la tierra era redonda y que podía navegar hacia el oeste para llegar al extremo oriente.

Hacía poco que la unión dinástica de Castilla y Aragón se había consumado, unificando gran parte de la península ibérica bajo un mismo matrimonio y poniendo la primera piedra de uno de los nuevos estados-nación europeos, al estilo de Francia, Inglaterra y Portugal. La mayoría de su población estaba formada por el campesinado, gran parte del cual, desposeído, trabajaba en tierras de la nobleza, que constituía el 2% de la población y poseía el 95% de la tierra. Como otros estados del mundo moderno, España buscaba oro, símbolo de riqueza que en esa época comenzaba a superar en utilidad a la tierra, porque permitía el acceso a cualquier cosa.

Asia estaba, se decía, llena de oro, y de sedas y especias, que Marco Polo y muchas otras expediciones habían traído siglos atrás. Sin embargo, Constantinopla y el mediterráneo oriental habían caído en manos del imperio turco, controlando todas las rutas hacia Asia, por lo que se precisaba de otra vía. Navegantes portugueses ya había conseguido bordear el continente africano a través del cabo de Buena Esperanza. Castilla decidió jugársela con un viaje transoceánico a través de unas aguas desconocidas.

A cambio de oro y especias, le prometieron a Colón el 10% de los beneficios, el gobierno sobre las nuevas tierras recién descubiertas y el prestigio de un nuevo título: Almirante de la Mar Océana. Colón era un empleado de una oficina comercial de Génova, en Italia, tejedor a ratos (era hijo de un tejedor profesional) y un marinero experto. Zarpó con tres barcos, el mayor de los cuales era la Santa María, una pequeña carabela de unos 30 metros, y 39 tripulantes.

Colón jamás habría conseguido llegar a Asia, miles de kilómetros más alejada de lo que él creía, imaginando un planeta más pequeño, habría perecido víctima de la inmensidad del océano. Sin embargo, tuvo suerte, a un cuarto de esa distancia se encontró con unas tierras desconocidas y no cartografiadas entre Europa y Asia: el continente americano. A principios de octubre de 1492, 33 días después de dejar atrás las Islas Canarias, frente a la costa atlántica de África, vieron ramas y palos flotar sobre el agua y bandadas de pájaros sobrevolar sus cabezas.

Había tierra cerca. El día 12, un marinero de nombre Rodrigo distinguió la luna de primera hora de la mañana ocultarse sobre claras arenas, y avisó a sus camaradas. Se trataba de una isla de las Bahamas, en el mar Caribe. El primer hombre en ver tierra tenía previsto obtener como recompensa una pensión anual de 10.000 maravedíes de por vida, pero Rodrigo no vio ni una moneda: Colón se apuntó el tanto proclamando que el que ha había visto aquellos reflejos era él la mañana anterior, llevándose el premio.

Cuando se acercaron para fondear, se encontraron con la población nativa arawak, que se lanzó al agua para recibirles. La tribu arawak vivía en pequeñas comunas y había desarrollado una agricultura basada en el maíz, la batata y la yuca. Molían y tejían, pero no tenían acceso a caballos u otros animales de tiro. Desconocían el hierro, pero vestían pequeños ornamentos en oro en las orejas.

Esto último parecía ser algo aparentemente insignificante pero hizo que Colón embarcara privados de libertad a varios arawak para que le indicaran cuál era el origen de todo ese oro. Zarpó rumbo a la actual Cuba y más tarde a la Española (isla que comparten Haití y la República Dominicana). Allí, pepitas de oro en los lechos de los ríos y una máscara de oro que le fue presentada a Colón por un cacique local llevaron a despertar las ensoñaciones de ciudades de oro en los marineros del otro lado del océano.

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El informe que presentó el genovés a los Reyes Católicos estaba lleno de extravagancias. En él, insistía en haber llegado a Asia (llegó a Cuba) y a una isla de la costa de China (la Española). Muchas de sus descripciones eran ficticias.

«Mas es tanto y en tantos lugares y en esta misma isla Española -dice el Almirante-, que es maravilla. En la isla Española se cogían pedazos de oro de las minas como granos de trigo. También hay mucho ají, que es su pimienta, de ella que vale más que pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana: puédense cargar cincuenta carabelas cada año en aquella Española.»

La población indígena, según Colón, era «tan inocente y libre de posesiones que nadie que no lo haya visto antes lo creería. Cuando les pides algo, nunca te dicen que no, con todo el mundo lo comparten…” Pone fin al escrito solicitando ayuda a sus majestades ofreciéndoles en su próximo viaje “volver con todo el oro que puedan necesitar… y todos los esclavos, también».

Gracias a este grandilocuente informe y a sus promesas ficticias, en su segundo viaje Colón pudo contar con diecisiete barcos y más de mil doscientos tripulantes. El objetivo estaba claro: oro y esclavos. Desde su base en la actual Haití, Colón envió una expedición hacia el interior del golfo de México. Volvieron de manos vacías y no vieron ninguna ciudad de oro, pero con algo debían llenar los barcos antes de volver a la península ibérica.

En 1495 Colón desató una gran redada con el objetivo de capturar y esclavizar población nativa. 1500 personas de la tribu arawak; hombres, mujeres y menores fueron puestos bajo custodia por los españoles y sus perros. Más tarde, 500 de estas personas, las que consideraron mejores especímenes, fueron confinados en las bodegas de los barcos. Solo 300 sobrevivieron a la travesía.

Gran parte de la población murió en cautividad. Y Colón, ansioso por devolver el dinero que habían invertido en él y su empresa, tenía que llenar los barcos de oro. En la provincia de Cicao, Haití, donde tanto él como muchos de sus hombres habían imaginado que se alzarían enormes ciudades doradas, ordenó que todas mayores de 14 años recogieran una cantidad determinada de oro cada tres meses. Una vez depositado, obtenían una pequeña pieza de cobre. Si les pillaban sin ese distintivo, les serían seccionadas ambas manos sin posibilidad de auxilio, abandonándoles hasta la muerte mientras se desangraban.

Los trabajos impuestos a la población eran imposibles de satisfacer. El único oro presente en la zona eran pequeñas pepitas de polvo de oro sacadas de los lechos de los ríos. De esta manera, muchas personas optaron por la huida, pero caían fácilmente bajo las fauces de los perros y finalmente morían. Cuando era obvio que oro se había agotado, se obligó a la población a acometer trabajos forzosos en grandes fincas, que más tarde se conocerían como encomiendas. La intensidad del trabajo causó la muerte a miles. Hacia el año 1515 se estima que existía una población nativa de 50.000 personas, hacia 1550 solo quedaban 500 y un informe de 1650 es conciso afirmando que para ese entonces ya no queda nadie de las poblaciones originarias ni de sus descendientes.

La principal fuente de información, y en muchos casos la única, sobre lo acontecido en las islas del Caribe tras la llegada de Colón es Bartolomé de las Casas, un joven sacerdote que participó en la conquista de Cuba. En un primer momento se hizo plantador, albergando en su hacienda a población nativa esclava, pero finalmente abandonó su puesto y se convirtió en uno de los mayores críticos del colonialismo español. Las Casas transcribió los diarios de Colón y, en la cincuentena, escribió en varios volúmenes su famosa «Historia de las Indias».

En el segundo tomo de «Historia de las Indias», Las Casas, el cual urgió que se reemplazara a la población nativoamericana por negra traída de África, creyendo que su fortaleza propiciaría su supervivencia; sin embargo, las consecuencias del trabajo esclavo en estas personas le harían desistir, habla sobre el trato del colonialismo español a la población nativa.

Poco tiempo después, según sus escritos, los colonizadores dijeron que ya no andarían más: «montaban sobre las espaldas de los Indios si tenían prisa» o les llevaban en hamacas por parejas de personas haciendo relevos. «También tenían Indios con grandes hojas para ocultarles el sol y otros para abanicarles con plumas de ganso».

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Un control absoluto llevó a la crueldad más absoluta. A los españoles «no les importaba acuchillar a Indios de diez y de veinte y de partirles en pedazos para probar el filo de sus espadas». Todo intento de rebelión fue sofocado. Según Las Casas, «sufrían y morían en las minas y otros trabajos en la desesperación del silencio, sin saber de ningún alma que pudiera acudir en su ayuda». Según él el trabajo en las minas transcurría así:

«… desgarran montañas de arriba abajo miles de veces; cavan, rompen rocas, mueven piedras y transportan tierra en sus espaldas para limpiarla en los ríos, mientras que quien se queda lavando el oro permanece en el río con las espaldas dobladas tan continuamente que se les rompen.»

Tras seis u ocho meses de trabajo en las minas, lo necesario para que el oro recolectado por cada grupo fuera el suficiente para poder fundirse, al menos un tercio de los trabajadores ya había muerto. Mientras que los hombres eran enviados a miles de kilómetros, las mujeres permanecían en las aldeas obligadas a arar la tierra para hacer sitio a miles de plantas de yuca.

«Y así maridos y mujeres solo se juntaban una vez cada ocho o diez meses y cuando se veían estaban tan agotados y deprimidos que ya no procreaban. Y los recién nacidos morían muy pronto porque a sus madres, agotadas y malnutridas, no les quedaba leche que darles… Muchas mujeres ahogaron a sus pequeños por pura desesperación… así los maridos morían en las minas, las mujeres en el campo y los niños de falta de leche… y en poco tiempo, una tierra tan fértil, poderosa y excelente, quedó falta de gente».

Cuando llegó a la Española en 1508, Las Casas dejó constancia de que «quedan 60.000 personas en esta isla, incluyendo los Indios, por lo que de 1494 a 1508 en torno a tres millones de personas han muerto por la guerra, la esclavitud y el trabajo en las minas. ¿Habrá alguien en generaciones venideras que pueda llegar a creérselo? A mí, incluso como testigo, ya me cuesta creer que sea verdad…»

Lo que Colón le hizo a la población arawak de las Bahamas, Cortés lo hizo con el Imperio Azteca de México, Pizarro con el Inca del Perú y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts a las poblaciones powhatan y pequot. Hicieron uso de las mismas tácticas, por las mismas razones: el frenesí el de los estados protocapitalistas europeos por el oro, esclavos y productos agrícolas con los que pagar los préstamos que financiaban sus expediciones, con los que a su vez financiar la cada vez más compleja burocracia de las crecientes monarquías occidentales, con los que estimular el crecimiento de una nueva economía monetaria que paulatinamente abandonaba el feudalismo, con los que participar en lo que Karl Marx posteriormente denominó «acumulación primitiva del capital». Así dio comienzo un intrincado sistema de tecnología negocio, política y cultura que llegaría a ser hegemónico durante los 500 años posteriores.

¿Sabemos a ciencia cierta que lo que destruimos era inferior? ¿Quiénes eran estas personas que se arrojaron a la playa y nadaron para llevar a Colón y a su tripulación regalos y presentes, estas personas que vieron a Cortés y Pizarro cabalgar sobre sus tierras? ¿Qué ganó la población española con toda esta muerte y brutalidad infringida contra la población nativoamericana? Según Hans Koning en su libro Columbus: His Enterprise:

«El oro y plata expoliados y transportados a España no repercutieron en una mejora del poder adquisitivo del pueblo español. Solo otorgó a sus gobernantes ventaja en el equilibrio de poder de la época y la oportunidad de contratar más mercenarios para sus guerras. Finalmente tuvieron que alzar la bandera blanca tras todas esas guerras y lo que quedó fue una brutal inflación, una población desabastecida, mayor poder adquisitivo para la minoría más rica y más pobreza para la mayoría más pobre, junto con un campesinado totalmente depauperado.»

Así dieron comienzo las invasiones europeas del continente americano y la posterior destrucción de los asentamientos indígenas. Un comienzo trufado de conquista, esclavitud y muerte. Sin embargo, cuando leemos libros de historia para colegios e institutos, todos comienzan hablando de «heroicas aventuras» y ninguno de derramamiento de sangre. Y el 12 de octubre, el día de la raza, de la Hispanidad y de Colón, continúa celebrándose a lo largo de todo occidente.

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Cómo diferenciar entre la solidaridad sincera y las alianzas teatreras

Original en Black Girl Dangerous, “How to tell the difference between real solidarity and ‘ally theatre’“.

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Si eres una persona en alguna situación de opresión envuelta en labores de activismo o alguien con una actividad intensa en redes sociales, o ambas cosas, es muy probable que te hayas enfrentado a esas personas autodenominadas «aliadas» con un concepto tan particular de «alianzas» que estabas mejor que se hubieran quedado en su casa.

Se mueven dentro de un espectro que abarca desde la fragilidad de la blanquitud a las estupideces cis, empezando por el «estoy de tu lado, así que deberías ser más agradable conmigo y educarme», estas «alianzas» han causado más perjuicio que favor a esas personas que prometen ayudar. Por eso hace tiempo que he dejado de usar la palabrita, salvo en ocasiones entre sarcásticas comillas.

Hace un par de meses, la columnista y editora Princess Harmony Rodríguez acuñó el término «alianza teatreras» en un artículo criticando la manera de actuar en las redes sociales  de determinadas personas que se autodenominan «aliadas».

Me encontraba hace poco twiteando sobre cómo mi recelo hacia las mujeres blancas ha influenciado mucho mi visión de la inocencia y la villanía. Al haber experimentado tantísima violencia por parte de mujeres blancas durante años, me suelo mostrar escéptica ante cualquier historia que pinte a la mujer blanca como inocente y a la negra como culpable, porque mi vivencia me indica lo contrario, que las mujeres blancas podrán hacernos cualquier cosa, que seguirán siendo ellas las víctimas y nosotras las villanas. Vamos, que no me fío de ellas, eso fue lo que twiteé.

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Así que adivinad lo que pasó, se dejó caer por ahí una «aliada».

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«Gracias por decirlo, soy blanca y soy consciente de que le hemos fallado a la gente negra desde siempre. Nos queda mucho trabajo por hacer».

Vale, empecemos por el principio: no  dije lo que dije POR ELLA. Notición: no todo lo que una persona negra diga sobre su vida es para vuestro consumo y rebote, gente no blanca.

Y segundo, de esto hablo cuando menciono lo de «alianza teatrera», ¿qué es lo que pretende diciendo eso? ¿De qué manera cree estar ayudando?

SPOILERS: nada y de ninguna. Es una manera de decir veladamente «eh, mírame, yo no soy como el resto de la gente blanca» decorado de tal manera que parece decir «la expresión de tu dolor me parece un material de lectura interesantísimo, gracias».

La necesidad de esta mujer por ocupar espacio de CUALQUIER modo, su necesidad mostrar esa alianza de manera pública, para que todo el mundo vea lo genial que es y lo diferente que es, ha pesado demasiado y se ha visto incapaz, tras leer los tweets, de tener la deferencia de callarse. Creo que resultaba bastante obvio en ese momento que la última persona con la que deseaba comunicarme es con una tipa blanca. Twiteé sobre todo el dolor el daño sufrido por culpa de mujeres blancas y la respuesta de esta chica se limita a «gracias por contarlo». Chica, te lo digo de corazón, vete al carajo.

Y no es la única, muchísima gente hace eso, muchísima gente hace el paripé con su alianza de maneras muy dolorosas. Y esto, amiguis, es hacer teatro, puro teatro, algo muy distinto a mostrar solidaridad de verdad. Hay muchas diferencias, de hecho, aquí os expongo algunas:

  1. La solidaridad sincera no necesita de un público que atestigüe lo genial que es tu alianza.

Mucha gente de la autodenominada «aliada» se han metido en esto porque aquí dan galletitas y es algo viste muy bien. Y tanto que si viste. Es verdad que es algo que algunas de estas personas ignoran, pero ocurre, y vaya que si ocurre. Estas personas, reconocidas como aliadas, que van en busca de su palmadita en la espalda, necesitan de un público que pondere sus actuaciones, ya sea de papeles figurantes o de protagonistas. Luchar contra la opresión no vale para nada para si nadie me mira.

En las redes sociales, sus «alianzas» se centran en compartir y retwitear comentarios o publicaciones racistas, misóginas y tránsfobas publicados por otra gente junto con un texto de su cosecha donde se quejan vehementemente en plan: ¡oh, que mire todo el mundo! ¡Esta persona es una tirana! ¡Miradme cómo lo expongo! Mirad, ¿veis lo que hago? Ojooooo.

No se les suele pasar por la cabeza que de no haber sido por su retwwet, era muy probable que nadie hubiera tenido constancia jamás esos comentarios racistas, misóginos o tránsfobos publicados en la cuenta de una persona que ni siquiera se ha cambiado el huevo de la foto de perfil y que tiene la friolera de 12 seguidores. Pero no, venga, qué puñetas, por qué no, pudiendo perfectamente evitarlo, exponer a más violencia a personas a las que les afectan estas cosas para que vean lo guay que es mi alianza.

Pongamos por caso que pasa esto:

Alguien cuelga un tweet ofensivo hacia una persona sexodivergente y no blanca. Decidme cuál de las siguientes opciones es la que consideráis solidaria:

  1. Retwitear el comentario ofensivo con un «JODER, todo es una mierda».
  2. Responder al horrendo comentario asegurándote de que incluyes a la persona ofendida a la que se dirigía el mismo para que vea lo bien que te estás portando.
  3. Responder directamente a la persona que ha comentado, sin retweets ni nada, y sin incluir a la persona ofendida a quien se dirigía el comentario.

Las opciones que no son c) son todas teatro, lo siento.

La solidaridad sincera no necesita ni de un público ni de una palmadita. Si se le da un correctivo a un troll y nadie más se entera (en el momento o después) el trabajo ya está hecho. Y tiene su efecto en el entorno, ya os digo.

Es muy posible que la persona a quien se dirigía la ofensa no desee enzarzarse con el troll; si la fuerzas a involucrarse en la discusión no estás aplicando ninguna solidaridad, solo violencia.

  1. Las alianzas teatreras y el paripé esconden sibilinamente quejas que resuenan a los típicos «no todos…» y «yo no soy como las demás…».

Las soflamas como «no todos los hombres», «no todos los blancos» se han convertido en algo tan común que ya han pasado a la categoría de parodia dentro de círculos con cierta sensibilidad social. Alguien con privilegio derriba la puerta de la conversación con un «no todos…» y nos partimos de risa, ponemos los ojos en blanco o nos burlamos en su cara, y a veces las tres cosas a la vez. El «no todos» es un intento directo para hacer descarrilar una conversación un intento de ocultar las vivencias producto de opresiones sistemáticas. Otras veces es la manera que tiene esa persona de decir «yo no» o «no soy como los demás…». Cuando su uso tiene como objetivo el descarrilamiento de la conversación, lo consideramos troleo clásico, pero cuando el objetivo es sustituirlo por un «yo no» estamos de nuevo ante otra muestra de teatro o paripé.

Aquí es donde vienen las curvas porque el tan manido «no todos…» ha pasado a ser una expresión tan denostada que nos provoca rechazo instantáneo, por eso aquellas personas que se reconocen como aliadas y que ya tienen cierta solera en estas lides la evitarán, obviamente. Si la mencionan se les pondrá la cruz  y se caerán del pedestal de las Alianzas, sí, con A mayúscula y quedará nulo su diploma de honor en Lucha Social.

El hecho de que no puedan decirlo no significa que su deseo por expresarlo haya desaparecido. Al contrario,  ese sentimiento permanece ahí, estimulando su ego como un juguete sexual. Después de todo, ¿de qué manera se enteraría el resto de la gente de que su Alianza está escrita con una A mayúscula y con letras de oro si no dejan lo suficientemente claro que NO SON COMO LA DEMÁS GENTE BLANCA/HETERO/CIS, etc.? Tienen que apañárselas para encontrar las otras mil maneras de expresar su tan querido «yo no soy como…» sin usar las palabras malditas.

He aquí el teatro, he aquí la alianza de paripé.

Pongamos por caso el siguiente ejemplo:

Una mujer negra twitea: uf, esta chica blanca me ha tocado el pelo sin mi permiso, ¿por qué tienen que ser así de maleducadas y creerse con derecho a todo? Decidme cuál de las siguientes opciones es la que consideráis solidaria:

  1. Responder con un «¿Qué demonios le pasa a ciertas personas blancas? ¡Yo soy blanco y no lo hago!».
  2. Responder con un «es que a la mayoría de la población blanca nos han educado a sentirnos con derecho sobre cualquier cosa en lugar del respeto hacia otras etnias».
  3. Responder con un «siento mucho lo que te ha ocurrido».
  4. No responder

Toda respuesta que no sea la d) (o la c) en ocasiones, si conoces a la afectada), es teatro.

La solidaridad sincera no consiste en decirle a las personas afectadas por tal o cual opresión, ya sea directa o indirectamente, que no eres como las demás o que tú, que no eres como las demás, tienes legitimidad para comentar sobre lo mal que se comporta el resto de la gente.

Porque, uno, la única manera consistente de no ser como las demás es NO SER como las demás y, dos, independientemente de la visión de una persona hacia tal o cual «ismo» o su espléndida y trabajada «alianza», esa persona se sigue beneficiando de pertenecer a un grupo privilegiado. El sistema está montado para que ciertos grupos sociales se beneficien de él y bajo ningún caso podrán evitarlo por mucho que bajen al barro. En otras palabras: SÍ son como las demás personas, así funciona el sistema de privilegio y la supremacía de ciertos sectores poblacionales.

  1. La solidaridad sincera va más allá de una etiqueta.

No entiendo a esa gente que se pone la etiquetita de «aliado» o «aliada» en sus biografías. «Profesor, jardinero, aliado blanco. #BlackLivesMatter.»

No, no, déjalo, en serio.

Creo que ya lo he dicho, pero una alianza no es una identidad.

Este mismo año una estudiante universitaria de etnia negra quiso transmitirme su frustración ante la conducta de una estudiante, blanca, que siempre que recibía un reproche por algún comportamiento o comentario opresivo se mostraba herida en sus sentimientos y sus respuesta hacían hincapié que esa eran maneras de negar su identidad de aliada.

Mi reacción fue un poco así:

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Ah, qué ahora una alianza es una identidad. Muy bien, perfecto, voy a tirarme por el balcón.

Escuchad: solidaridad significa actuar, punto. Si queremos mostrar solidaridad, nuestras acciones son lo único que cuenta. Que la gente privilegiada ponga la oreja y escuche lo que les piden los grupos oprimidos. Eso es lo que cuenta.

Ponerte la chapita de tu alianza y llamarla identidad y, peor, hacer gala de ella a modo de escudo para esquivar toda crítica de aquellas personas con las que supuestamente te has aliado es lo opuesto a solidaridad.

Ponerte la etiquetita en tu biografía es una manera rápida de mostrar a la gente de que lo único que buscas es tu galletita y lo siento, #buenono, pero yo no cocino.

Si te encuentras en alguno de los ejes de privilegio (blanquitud, heterosexualidad, cisexualidad, normofuncionamiento, etc.) y quieres mostrar tu solidaridad a personas en situación de desventaja, por favor, antes de lanzarte a hacer el papel de tu vida, pregúntate: «¿lo que voy a decir va a resultar de alguna manera beneficioso a quien se lo voy a decir? Y de ser así, ¿cómo?».

Si no te sale ninguna respuesta en condiciones, es probable que se trate de puro teatro, así que por favor, sal de escena.

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La guerra contra las trabajadoras sexuales

El estante de la Citi

Una infame alianza de feministas, polizontes y conservadores hace daño a las mujeres en nombre de la defensa de  sus derechos.

Melissa Gira Grant en la edición de February 2013

http://reason.com/archives/2013/01/21/the-war-on-sex-workers

El pasado 30 de agosto, una mujer de 19 años fue detenida en Ann Arbor (Michigan) después de que un posible cliente llamara a la polícía para denunciarla. Alegó que la mujer le había subido el precio de sus servicios tras el contacto inicial por internet. Los polis se la llevaron esposada.

No hay nada particularmente excepcional en esta historia, que apareció por primera vez en AnnArbor.com. Es una de las docenas de ellas que podéis encontrar a diario en informes de la policía y periódicos locales por todo el país, a menudo acompañadas por fotos de fichaje. No hay ninguna organización defensora de los derechos de las mujeres que compile datos completos de cuántas personas son detenidas…

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Más allá de lo masculino y lo femenino: los seis géneros del judaísmo clásico

Original en Sojourn, “More Than Male and Female: The Six Genders in Classical Judaism”

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Es fácil afirmar que el judaísmo es una religión que recoge un género exclusivamente binario. Casi todo el derecho tradicional común está basado en las diferencias entre hombres y mujeres, y lo podemos ver incluido en roles de género, liturgia, responsabilidades familiares y en derecho secular y religioso.
Sin embargo, si nos zambullimos un poco más profundamente en los textos sagrados, llegamos a discernir que una perspectiva binaria masculina/femenina no solo se nos queda corta, sino que en muchos momentos nos lleva a total equívoco. He aquí breve descripción según el rabino de la Torá Trans Elliot Kukla:

Zachar/זָכָר: término que deriva de la palabra usada para una espada puntiaguda, normalmente referida al falo. Se traduce habitualmente por “hombre/masculino”.

Nekeivah/נְקֵבָה: término que deriva de la palabra usada para una fisura o grieta, que probablemente esté referida a la cavidad vaginal. Se traduce normalmente por “mujer/femenina”.

Androgynos/אַנְדְּרוֹגִינוֹס: una persona con características sexuales tanto “masculinas” como “femeninas”. Hay 149 referencias en la Mishná y en el Talmud (siglos I-VIII); 350 en la Midrash clásica y en códigos legales judíos (siglos II-XVI).

Tumtum/ טֻומְטוּם: una persona cuyas características sexuales no están determinadas o permanecen ocultas. 181 referencias en la Mishná y el Talmud, 335 en el Midrash clásico y en códigos legales judíos.

Ay’lonit/איילונית: una persona identificada como “mujer” al nacer, pero que desarrolla características “masculinas” en la pubertad y no es fértil. 80 definiciones en la Mishná y el Talmud; 40 en la Midrash clásica y en códigos legales judíos.

Saris/סריס: una persona identificada como “hombre” al nacer pero que desarolla características “femeninas” en la pubertad o que carece de pene. Una persona saris puede serlo de manera “natural” (saris hamah) o convertirse en una por interacción divina (saris Adam). 156 referencias en la Mishná y el Talmud; 379 en el Midrash clásico y en códigos legales judíos.

Podemos concluir que el género binario no es de ningún modo el sistema de categorización de género del judaísmo tradicional. Entonces, ¿cómo hemos llegado a este punto en el cual el criterio comúnmente aceptado es que tan solo existen dos géneros opuestos, masculino y femenino? Pues por el clásico ejemplo de que lo común acaba equiparándose con lo superior. Como las categorías mayoritarias son masculino y femenino empezaron a asumirse como “mejores” más que como “comunes” o “típicas”. Tras comprender las complejidades del género en la sociedad secular, estas clasificaciones judaicas cada vez tienen más visibilidad, gracias a la cual hemos conseguido descubrir que nuestros ancestros tenían una visión particularmente progresista en términos de género.

Porque, en palabras de Ben Bagbag en Pirkei Avot 5:22
בן בגבג אומר, הפוך בה והפך בה, והגי בה דכולא בה, ובה תחזי, סיב ובלי בה; ומינה לא תזוז, שאין לך מידה טובה יותר ממנה
“Ben Bagbab dijo: dale vueltas y más vueltas a la Torá porque todo está ahí. Mira a través de ella y crece con ella, no te alejes de ella, porque no tendrás mejor atributo que convivir con ella.”

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No pareces autista: el síndrome de Asperger y el miedo a que no te crean

Original en Near Earth Object, You Don’t Seem Autistic to Me: Asperger’s and the Fear of Not Being Believed, traducido por Marcos Salomón Uroz.

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¿Recuerdas cuando eras menor, y sufrir una enfermedad comportaba la tentadora posibilidad de permanecer en casa y no ir a la escuela por un día? A mí me gustaba bastante eso de estar lo suficientemente enfermo como para quedarme en casa y huir de la desgracia de ir al instituto, siempre y cuando la enfermedad en cuestión no me tuviera al borde de la muerte (tuve alguna infección brutal de oído de la que no tengo muy buenos recuerdos).

Recuerdo haberme puesto siempre a la defensiva a la hora de mostrar lo malito que estaba. ¿Estás seguro de que no estás lo suficientemente bien para pasar el día?”, preguntaban mis progenitores. Yo, asustado por su escepticismo, respondía con incredulidad. “¡Síiiiiii, estoy seguro!” Mostrarme así de a la defensiva se debía al hecho de saber que quería estar enfermo, que sabía de sobra que sí, que podía haber resistido la acometida del día y que quizá lo estuviera exagerando un poco. Por aquel entonces no se me ocurría, ahora sí, que ésta sobredramatización por mi parte ya la estuvieran teniendo en cuenta mis progenitores a la hora de permitirme quedarme en casa.El melodrama venía de serie.

Últimamente algo similar me está ocurriendo de una forma completamente distinta tras mi reciente diagnóstico de síndrome de Asperger. Me estoy dando cuenta de que me estoy sintiendo muy a la defensiva debido a mi condición. Tengo a menudo la sospecha de que cierta gente de mi vida duda de la realidad de mi Asperger, que piensan que o bien he tenido un mal diagnóstico, o que de alguna manera he manipulado el proceso para obtenerlo.

En realidad, tan sólo una persona me ha dicho hasta el momento algo así, y fue con la mejor y más buena de las intenciones, diciendo que soy demasiado “encantador” y sociable para ser Asperger, comparando el comportamiento que ven en mí con el de otras personas con esa condición o diagnóstico, quienes para estas personas se comportan de manera muy, muy diferente.

Y lo entiendo. Muchas personas con Asperger, y muchas de las representaciones del Asperger en el mundo del entretenimiento tienen varias y severas taras sociales que resultan obvias y  en ocasiones desesperantes para la gente neurotípica. Al parecer, hay “aspis” que sí, que parece que “tienen algo”, sin embargo para la gran mayoría yo no, porque no lo aparento. Me aventuraría a decir que nadie, excepto mi mujer y mi terapeuta, se han percatado de que soy autista. La mayoría de ocasiones lo disimulo perfectamente.

¿Y por qué no habría de hacerlo? Me he pasado la mayor parte de mis cuatro décadas intentando no parecer un alienígena, pero sufriendo el estrés constante de lo que yo percibí como un constante escrutinio y unas persistentes muestras de repugnancia por parte del resto de la gente. Tenía todos las papeletas para parecer normal: era encantador, sociable, e intentaba ser lo más gracioso posible al encontrarme rodeado de gente. Cuando el foco de atención no estaba centrado en mí, optaba por fundirme, desaparecer y por pasar lo más desapercibido posible. Hasta donde yo era consciente, mi cerebro se mantenía alerta, en plena lucha por la supervivencia. Estaba convencido, al menos a nivel biológico, de que necesitaba pasar desapercibido y fundirme con la gran masa para poder sobrevivir.

Y no tenía ni idea de por qué me resultaba tan, tan increíblemente difícil. Pero tuve que asumir que era por mi propia estupidez, vaguería, ingenuidad o que venía mal de fábrica.

Así que está claro, no parezco un “aspi” para la mayor parte de la gente la mayor parte del tiempo. Por otro lado, hay una persona que conozco de la que sospecho bastante que también es “aspie”, pero que no ha sentido la misma necesidad de adaptarse o de reírle las gracias al resto del mundo, sino que ha optado por abrazar sus particularidades y mandar al diablo a quién no les gustara. Yo nunca he tenido el privilegio de poder ir por ese camino, jamás ha sido para mí una opción. Siempre he sentido que para mí no había alternativa a la de pasar desapercibido.

Y como el niño que en secreto está feliz de estar enfermo para poder quedarse en casa un día de escuela y poder ver la televisión durante todo el día, yo ansiaba ese diagnóstico. Me aferré a la esperanza de que la neuropsiquiatra volviera con la firme diagnóstico de que yo, sin duda alguna, tenía Asperger. Era algo que prometía explicar todo el dolor, la alienación y la extrema confusión que había experimentado a lo largo de mi vida, y mostraría que mis errores no eran los responsables de tener que colmar con las expectativas del resto de la gente. Me preocupaba que en las pruebas  pudiera “engañar al sistema” inconscientemente y mostrarme más “aspi” de lo que ya era (como si supiera hacerlo, vaya). Me preocupaban las sospechas del resto de la gente, y yo también sospechaba de mí mismo.

Sin embargo, esta preocupación acabó volviéndose siendo una chorrada. La prueba, que duró unas diez horas, fue bastante, uhm, rarita, muy alejada de lo que yo nunca habría podido haber relacionado con el Asperger, así que no podría haber mentido en el test incluso si hubiera querido. Como la madre que siempre presume de que su hijo enfermo está exagerando un poco las cosas, estos test y evaluaciones tienen en cuenta las tendencias inconscientes y su manera de ser abstracta y oscura, que acaban resultando la prueba definitiva contra farsantes.

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En las partes de entrevista y expresión escrita de la evaluación intenté embellecer lo máximo posible los textos, pero al final se me quitaron las ganas. Bastaron respuestas directas, honestas y coherentes con mis pensamientos y sentimientos personales y genuinos. Me salió solo. Conté mi historia de la manera más honesta posible: era completa, rica, estúpida y triste de por sí, no necesitaba ni dramatización ni exageración. En sí misma, era un todo.

Y el diagnóstico de la doctora no dejó lugar a dudas, estaba seguro de que era autista. La facultativa lo describió como “severo”, refiriéndose al espectro, y explicó cómo mis resultados del test en su conjunto, que a priori no guardaban relación unos con otros, lo confirmaban, todos y cada uno.

Me describió además cómo es común que la gente asperger se incline por las artes y la interpretación teatral en particular. La gente “aspi” tiene habitualmente mentes sagaces y buenas habilidades de observación, y las usan como ventaja en el aprendizaje de ciertas habilidades y trabajos aplicándose en la imitación de las destrezas y comportamientos del resto de personas. Soy un buen actor de teatro, y resulta que también soy un buen imitador de gente neurotípica. Como he dicho, he tenido casi 40 años de práctica.

Así que no es ninguna sorpresa que no “parezca” autista para la mayoría. Es más, la doctora me aduló por mis increíbles logros hasta la fecha, con un máster y un trabajo importante y una vida plena con una descendencia increíble, todo construido mientras caminaba sobre una ciénaga y navegaba sobre el confuso laberinto de un cerebro con un cableado distinto.

Sin embargo, en vez de estar orgulloso, tiendo a estar a la defensiva, todavía me estresa el escrutinio, todavía me preocupo por las dudas del resto. Tanto, que me siento como un humano de mentira, siempre a punto de ser desenmascarado y humillado (lo que, recordad, naturalizo como una amenaza genuina a mi supervivencia), soy alguien continuamente preocupado por si el resto de personas piensan que mi autismo es un diagnóstico erróneo o es puro teatro.

Justo anoche tuve una conversación sobre mi autismo con alguien que tiene una experiencia personal con personas cercanas con Asperger, y me sentí como si me estuvieran asfixiando. Di muchas vueltas y balbuceé, hablé demasiado alto y rápido, me mecí hacia delante y hacia atrás ocupando espacio conversacional y preocupándome por lo lejos que había permitido llegar la conversación. Un follón de los gordos, del que ahora me doy cuenta de que solo se produjo porque pensaba que nadie me estaba creyendo. La persona con la que discutí no dijo ni hizo nada para hacerme pensar eso, pero fue lo que hice. Discutiendo sobre algo tan novedoso, personal y crudo en mí,  flaqueé y me desprotegí.

No quiero volver a sentirme así nunca más. Parte de este nuevo capítulo de mi vida implica comenzar a aceptarme y a creer en mí, pese a lo que el resto piense, o más importante: pese a lo que yo percibo o sospecho que piensen. Algo que debería valer igualmente incluso si no tuviera asperger.

Esto es lo real. Esto es lo que soy, y lo que siempre he sido. Y aun siendo tan mayor, para mí también es nuevo. En algunas maneras, soy alguien nuevo. Durante los próximos meses y años me encontraré experimentando y acomodándome a nuevas maneras de ser y de comportarme que más se adecuen a mí, y retirándome muchas de las máscaras y de situaciones fingidas que he ido colocándome a lo largo de los años. Muchas de esas capas permanecerán, porque también forman parte de mi ser.

Creo que, una vez que te percatas de ello, está en ti tu decisión. Intentaré no hacer este proceso más y más difícil para mí dejándome de preocupar por las ficticias dudas ajenas, que son las que mantienen en pie esas máscaras.

Actualización. 27 de agosto: Creo que debería aclarar un par de cosas. Algunas de las incertidumbres que yo me imagino que existen, aunque es probable que no, versan sobre mí. Sin embargo, hay un tipo de escepticismo mucho peor, es el que hace dudar sobre la neuropsiquiatra que me diagnosticó. Es una experta en su campo, con décadas de experiencia, y especializada en personas adultas dentro del espectro, y fue ella la que me hizo las pruebas durante horas y horas durante un período de meses. Y eso en junto al diagnóstico de mi terapeuta de cabecera. ¿Pero no saben de lo que hablan?

Honestamente, si piensas que mi doctora está equivocada, no sé qué decirte. No veo el motivo por el que debería creer que sabes más que ella y las otras personas que me diagnosticaron, o saber lo suficiente como para creer que fallaron estrepitosamente en su trabajo. Sin embargo, es algo muy frustrante y que me afecta de primeras.

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