La masculinidad está matando a los hombres: la construcción del hombre y su desarraigo

Original por Kali Halloway en Alternet, Masculinity is Killing Men: The Roots of Men and Trauma.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

Nota: este artículo se refiere mayoritariamente a experiencias cis.

Damos comienzo al proceso de convertir a los niños en hombres mucho antes del fin de la infancia.

Las tres palabras más dañinas que todo hombre recibe en su niñez es cuando se le emplaza a “ser un hombre” — Joe Ehrmann, entrenador y antiguo jugador de la NFL (Liga Profesional de Fútbol Americano).

No nos engañemos, sabemos desde hace tiempo que muchos hombres están muriendo por culpa de la masculinidad. Mientras que la construcción de lo femenino nos exige a las mujeres ser delgadas, bellas, serviciales y al mismo tiempo, en un precario equilibrio, virginales y follables, la construcción de lo masculino obliga a los hombres demostrar y redemostrar constantemente que, bueno, son eso: hombres.

Ambos conceptos son destructivos pero si nos atenemos a las estadísticas, el número de hombres incluidos y afectados y su, comparativamente, exigua esperanza de vida dan prueba de que la masculinidad es una asesina más efectiva, neutralizando a sus objetivos de manera más rápida y en mayores números. El número de víctimas atribuibles a la masculinidad versan en torno a sus manifestaciones más específicas: alcoholismo, adicción al trabajo y violencia. Aunque no maten explícitamente, sí provocan una especie de muerte espiritual, causando trauma, disociación e, inconscientemente, depresión. (Estos elementos empeoran si nos movemos en términos de raza, clase, orientación sexual y otros factores de opresión, pero concentrémonos en la primera infancia y en la socialización adolescente de manera global.) Citando a la poeta Elizabeth Barret Browning: “no es en la muerte donde los hombres en su mayoría fenecen”. Y, para muchos, el proceso comienza mucho antes de llegar a la adultez.

La emocionalmente dañina masculinización comienza antes de la adolescencia para muchos chicos, en la más tierna infancia. El psicólogo Terry Real, en su libro I Don’t Want to Talk About It: Overcoming the Secret Legacy of Male Depression (No quiero hablar de ello: superar el secreto legado de la depresión masculina) de 1998, desmenuza varios estudios en los que se nos explica que padres y madres, inconscientemente, proyectaron en las criaturas una especie de “masculinidad” innata, y, por tanto, una menor necesidad de confort, protección y afecto justo tras haberse producido el alumbramiento y pese a que los bebés no poseen comportamientos categorizables por género. De hecho, los bebés suelen comportarse de maneras que nuestra sociedad define como “femeninas”. Como Real nos expone: las criaturas llegan a este mundo con una dependencia, expresividad y emociones idénticas, y con el mismo deseo de afecto físico. En los primeros estadios de la vida, todas las criaturas se ciñen más a lo que estereotípicamente se define como femenino. De existir alguna diferencia, está precisamente en los asignados hombres, más sensibles y expresivos que sus pares femeninas. Lloran más a menudo, parecen más frustrados y muestran más enfado cuando la persona al cargo de sus cuidados abandona la sala.

Tanto padres como madres se imaginaron diferencias inherentes al sexo de sus criaturas, asignadas un género u otro. Aunque los especialistas sanitarios se encargaron de medir su peso, tamaño, nivel de altura y fortaleza, los progenitores informaron mayoritariamente que las criaturas asignadas mujeres eran más delicadas y “dulces” que las asignadas hombres, a los que imaginaban más grandes y, por lo general, más “fuertes”. Cuando se ofreció a un grupo de 204 adultos un visionado de la misma criatura llorando y se le entregó a cada persona información distina sobre el género asignado de la criatura,  adjudicaron a la criatura “hembra” una actitud miedosa, mientras que a la criatura “macho” la describieron como “colérica”.

De manera intuitiva, estás diferencias perceptivas provocan a su vez diferencias correlativas en el cuidado parental que posteriormente se acaba aplicando a estas criaturas ya asignadas hombre. En palabras del personal al cargo del estudio: “parecería razonable asumir que una criatura a la que se considera asustada reciba más cariño que una que parece enfadada”. Esta teoría se ve reforzada por otros estudios que cita Real. Todos coinciden en que “en el momento del nacimiento, a las criaturas asignadas hombre se les habla menos que a las asignadas mujer, se les reconforta menos, se les alimenta menos”. En resumidas cuentas, los recortes emocionales hacia nuestros hijos comienzan en el mismo umbral de su vida, en el momento más vulnerable de la misma.

Es este un patrón recurrente a través de toda la infancia y adolescencia. Real hace referencia a un estudio en el cual se nos muestra que tanto madres como padres pusieron énfasis en los “logros y competitividad de sus hijos”, y les enseñaron a “controlar sus emociones”, o lo que es lo mismo, instruir tácitamente a los chicos a ignorar o minimizar sus necesidades o deseos emocionales. De manera similar, tanto padres como madres son más estrictas hacia sus hijos, actuando presumiblemente bajo la premisa de que “pueden con ello”. Beverly I. Fagot, la fallecida investigadora y autora de The Influence of Sex of Child on Parental Reactions to Toddler Children (La Influencia del género de las criaturas preadolescentes ante reacciones parentales), descubrió que tanto padres como madres ofrecían estímulo positivo a sus criaturas ante las muestras de comportamiento “cis” (opuesto a un comportamiento “trans”). Progenitores que explícitamente se mostraban partidarias de la igualdad de género ofrecían, por el contrario, más respuestas positivas a sus hijos cuando jugaban con Legos y más respuestas negativas a sus hijas cuando mostraban actitudes “deportivas”. Se premiaba más los momentos de juego sin vigilancia parental, o “logros individuales” a los chicos y se mostraban más respuestas positivas a las chicas cuando estas requerían ayuda. Como norma, estos progenitores ignoraban el papel activo que estaban jugando en la socialización de sus hijos con arreglo a roles de género. Fagot incluye que todas estas personas adultas afirmaron que educaban de manera ecuánime a sus criaturas, sin prestar atención a su género asignado, una afirmación rebatida totalmente por las conclusiones del estudio.

tumblr_nskbu0NLew1ubr9deo1_1280

Sin duda, estas prontas lecciones transmiten mensajes nefastos tanto a niños como a niñas, con consecuencias irreparables. Sin embargo, mientras que , como afirma Terry Real, “a las chicas les está permitido conservar la expresividad emocional y cultivar la conectividad”, a los chicos se les educa para eliminar esas emociones e incluso se les inculca que su masculinidad depende casi exclusivamente de ello. Muy a pesar de esta realidad carente de lógica, nuestra sociedad ha abrazado completamente el concepto de que la relación entre virilidad y masculinidad es, de algún modo, fortuita y precaria, y se ha tatuado a fuego el mito de que “los chicos habrán de convertirse en hombres… que los chicos, en oposición a las chicas, deben alcanzar la sagrada masculinidad”.

Nuestros pequeños naturalizan estas ideas desde una pronta edad; debatiendo con Real, me informó de estudios que sugieren que estos jóvenes comienzan a ocultar sus sentimientos desde los 3 o los 5 años. “No es que posean menos emociones, es que ya van aprendiendo las reglas del juego: que mejor no las muestren”. Los chicos, según el imaginario popular, se convierten en hombres no solo creciendo, sino siendo sometidos a toda esta socialización. Sin embargo, Real también añade algo que para chicos cis puede parecer obvio: “no necesitan que nadie les haga hombres, ya lo son. Los chicos no necesitan desarrollar su masculinidad”.

Es inconmensurable la influencia de imágenes y mensajes sobre masculinidad implícitos en nuestros medios de comunicación. Miles de series y películas lanzan propaganda a los jóvenes (y a todo el mundo, en realidad) no tanto sobre cómo hombres (y mujeres) ya somos sino cómo deberíamos ser. Aunque hoy día existe mucho material académico sobre la representación de la mujer en los medios de comunicación y también existen miles de análisis deconstructivos de sus perniciosos efectos gracias a feministas, no existe tanto análisis sobre las construcciones masculinas en los mismos. Aun así, reconocemos claramente las características que mediáticamente se valoran entre los hombres en películas, televisión, videojuegos, tebeos, etc.: fortaleza, valor, independencia, la habilidad de proveer y proteger.

Mientras que las representaciones masculinas se han complejizado, se han hecho más variadas y humanas en estos últimos años (ya hace tiempo de El Sargento de Hierro y del arquetipo de Supermán), aún permanece ese privilegio de algunas características “masculinas” sobre otras. En palabras de Amanda D. Lotz en su libro de 2014, Cable Guys: Television and Masculinities in the 21st Century, Chicos de antena: televisión y masculinidades en el siglo XXI, aunque las representaciones masculinas en los medios se han diversificado, “la narración, por otra parte, ha llevado a cabo una importante labor ideológica apoyando de manera constante a personajes masculinos construidos desde el heroísmo o la admiración, denostando al resto. De esta manera, aunque las series de televisión han ampliado su muestra de tipos de hombre y masculinidades, han conservado su “preferencia” o “predilección” por un tipo de masculinidad cuyos atributos se idealizan constantemente.

Conocemos de sobra a este tipo de personajes que se repiten hasta la saciedad. Son los héroes de acción indomables, los psicópatas folladores de Grand Theft Auto, los padres de sitcom alérgicos al trabajo doméstico casados inexplicablemente con bellísimas esposas, los veinteañeros porretas sin oficio ni beneficio que se las apañan para ligarse a la tía buena al final; y, aún, el férreo Superman. Incluso el sensible y amoroso Paul Rudd de algún modo se “masculiniza” antes de los títulos de crédito de sus películas. Es importante reseñar aquí que un estudio de Antiviolencia en televisión concluyó que, de media, los hombres de 18 años en Estados Unidos ya han visionado 26.000 asesinatos en pantalla, “la mayoría de ellos, cometidos por otros hombres.” Añadid ahora estos números a la violencia en el cine u otros medios y las cifras son astronómicas.

Shell shocked soldier, 1916

La pronta anulación de los sentimientos en los chicos y nuestra insistencia colectiva para que permanezcan en ese camino han traído como consecuencia el cisma entre ellos y sus sentimientos  y entre ellos mismos y sus yos más vulnerables.  La historiadora Stephanie Coontz ha llamado a esto la “mística masculina”. Deja a las pequeñas criaturas asignadas hombre y posteriormente, a los hombres adultos, desmembrados emocionalmente, con pánico a mostrar debilidad y la mayoría de las veces incapaces de acceder satisfactoriamente, reconocer o enfrentarse a sus sentimientos.

En su libro, Why Men Can’t Feel (El porqué de la asensibilidad masculina), Marvin Allen afirma que “estos mensajes animan a los chicos a ser competitivos, a centrarse en los logros externos, depender de su intelecto, soportar el dolor físico y reprimir sus sentimientos de vulnerabilidad. Cuando alguno de ellos viola el código, lo común es humillarle, ridiculizarle o avergonzarle.” El cliché cultural sobre los hombres totalmente disociados de sus sentimientos no tiene nada que ver con la virilidad, más bien es el indicativo de unos códigos de conducta religiosamente transmitidos, en su mayoría por padres y madres bienintencionadas y globalmente por la sociedad. En palabras de Terry Real en la charla que mantuvimos, este proceso de desconexión de los chicos de su yo “femenino”, o, más adecuadamente, “humano”, es tremendamente dañino. “Cada paso es perjudicial”, indica Real, “es traumático. Es traumático que te fuercen a abdicar de la mitad de tu propia humanidad”.

Este dolor se aplana una vez que los hombres canalizamos nuestros sentimientos de necesidad emocional y vulnerabilidad. Mientras que las mujeres naturalizan su dolor, los hombres lo exteriorizamos, hacia nosotros mismos o hacia otros. En palabras de Real, las mujeres “se responsabilizan, se sienten mal, lo saben y luchan por dejar de estarlo. Los hombres solemos externalizar el estrés. Lo exteriorizamos y nos olvidamos de nuestra responsabilidad en ello. Es lo contrario a la autoinculpación, es como sentirse una víctima colérica. La Asociación Nacional de Trastornos Mentales recoge en sus datos que, incluyendo criterios de etnicidad, las mujeres son el doble de propensas a sufrir depresión que los hombres, pero Real está convencido de que los comportamientos exteriorizantes de los hombres sirven para enmascarar depresión, que en la mayoría de casos nunca obtiene ni diagnóstico ni reconocimiento.

 contrarioEjemplos de estos comportamientos destructivos abarcan desde lo socialmente permitido, como la adicción al trabajo, a lo punible, como la adicción a las drogas o la violencia. Los hombres tienen el doble de posibilidades de ser víctimas de trastornos de ira. Según datos del Centro de Control de Epidemias de Atlanta, los hombres ingieren más alcohol estadísticamente que las mujeres, ocasionando “una tasa más alta de hospitalizaciones y muertes relacionadas con la ingesta de alcohol.  (Posiblemente porque hombres bajo la influencia del alcohol tienen más posibilidades de entablar otras conductas de riesgo, como el exceso de velocidad al vehículo o circular sin cinturón de seguridad)”. Los chicos tienen más probabilidad de consumir drogas antes de los doce que las chicas, lo que da lugar a una tasa más alta de consumo de drogas en hombres que en mujeres en edades más avanzadas. Los hombres en Estados Unidos son más susceptibles de asesinar (90’5% de todos los asesinatos) y de ser asesinados (76’8% de las víctimas), algo que también se extiende a ellos mismos: los hombres disponen de su propia vida cuatro veces más que las mujeres, y copan el 80% de los suicidios.” (Es interesante que por el contrario, las estimaciones de intentos de suicidio entre mujeres sean tres o cuatro veces superiores a la de los hombres.) Y según Prisiones, el 93% de la población reclusa son hombres.

Los efectos dañinos de este sesgo emocional que ya hemos detallado también interfieren en la brecha de género de la esperanza de vida. Según Terry Real:

“La voluntad masculina para minimizar la debilidad y el dolor es tal que ha pasado a ser un factor de disminución de esperanza de vida. Los diez años de diferencia entre la esperanza de mujeres y hombres poco tiene que ver con la genética. Los hombres morimos antes porque nos descuidamos: tardamos más en reconocer que estamos enfermos, tardamos más en pedir ayuda y una vez que nos ha sido asignado un tratamiento, somos menos consecuentes con él que las mujeres”.

La masculinidad es difícil de conseguir e imposible de mantener, un hecho que Real incluye y que queda de manifiesto en la frase “frágil ego masculino”. Como la autoestima masculina descansa temblorosamente sobre el frágil suelo de la construcción social, el esfuerzo para mantenerla es agotador. Intentar evitar la humillación que queda una vez esta se ha desvanecido puede llevar a muchos hombres a finales peligrosos. No pretendo absolver a muchos hombres de la responsabilidad de sus actos, solo señalar las fuerzas que subyacen bajo este sistema de conductas que comúnmente atribuimos a criterios individuales, ignorando sus causas de fondo.

James Giligan, exdirector del Centro de Estudios sobre Violencia de la Facultad de Medicina de Harvard ha escrito numerosos tomos al respecto de la violencia masculina y sus fuentes. En una entrevista en 2013 para MenAlive, un blog de salud masculina, Giligan habló de sus conclusiones: “aún no he descubierto una sola muestra de violencia que no haya sido provocada por una experiencia de humillación, falta de respeto y ridiculización y que no representara un intento para prevenir o deshacer esa “caída de máscara”, independientemente de lo severo de su castigo, incluyendo la muerte”.

Muy a menudo, hombres que sufren continúan haciéndolo en soledad porque creen firmemente que mostrar su dolor personal es equivalente a haber fracasado como hombres. “Como sociedad, respetamos más a los heridos silentes, explica Terry Real, a aquellos que ocultan sus dificultades, que a aquellos que dejan fluir su estado”. Y, como con otras cosas, el coste, tanto humano como en dinero real, de no reconocer esta tortura masculina es mayor que el de atender estas heridas, o evitar provocarlas desde un principio. Es de vital importancia que nos tomemos en serio lo que le hacemos a los pequeños asignados hombre al nacer, cómo lo hacemos y el altísimo coste emocional provocado por la masculinidad, que convierte a pequeños emocionalmente completos en adultos debilitados sentimentalmente.

Cuando la masculinidad se define mediante su ausencia, cuando se asienta en el concepto falaz y absurdo de que la única manera de ser un hombre es no reconocer una parte esencial de ti mismo, las consecuencias son despiadadas y parten el alma. La disociación y desarraigo consecuentes dejan al hombre más vulnerable, susceptible y en necesidad de muletas para soportar el dolor creado por nuestras solicitudes de masculinidad. De nuevo en palabras de Terry Real: “para las mujeres, la naturalización del dolor las debilita y dificulta el establecimiento de una comunicación directa. La tendencia de un hombre deprimido a externalizar el dolor puede convertirle en alguien psicológicamente peligroso.”

tumblr_nrntnq90Da1ubr9deo1_1280

Hemos establecido un patrón injusto e inalcanzable, y, tratando de vivir con arreglo al mismo, muchos hombres están siendo asesinados lentamente. Debemos superar nuestros obsoletos conceptos de masculinidad y nuestras consideraciones sobre lo que es ser un hombre. Debemos comenzar a ver a los hombres como realmente no son, sin necesidad de probar que lo son, para ellos o para el resto del mundo.

.Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

Los hombres gordos son una cuestión feminista.

Del original de Virgie Tovar en Everyday Feminism, Fat men are a feminist issue.

fatmentfeminist

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

Muy a menudo se me ha preguntado por mi opinión política en relación a la gordura en hombres.

Lo cierto es que he dudado durante largo tiempo pronunciarme al respecto –muy a pesar de la importancia que reviste el asunto– principalmente por dos razones:

  1. Mi entorno y experiencia se centran en el estudio y defensa de los cuerpos leídos como mujer, y
  2. No he dedicado el suficiente tiempo a desarrollar mis opiniones relativas a cómo afecta la gordofobia en hombres, partiendo de la base de que esta fobia se encuentra especialmente determinada por el género.

La gordofobia, en muchas de sus formas, fomenta el odio contra las mujeres y normativiza nuestros cuerpos. Sin embargo, hace poco que me he dado cuenta de que, a veces, en la gordofobia infligida contra los cuerpos leídos como hombres también existe misoginia.

Mientras me documentaba para elaborar este artículo, descubrí que a los hombres gordos se les lee como femeninos. Normalmente, se considera que los hombres gordos son de moral disoluta y de disciplina despendolada, algo que históricamente se ha adscrito a las mujeres y la femineidad. También me topé con algunas discusiones que señalaban que la gordofobia masculina tiene su origen en la preocupación por la progresiva feminización de los hombres.

De esta manera, creo firmemente que algunos elementos (o puede que la mayoría) de los que provocan la gordofobia sufrida por los cuerpos leídos como  hombre son el sexismo y el odio intrínseco hacia lo femenino en nuestra cultura, no el odio per se hacia las personas gordas.

Tras haber revisado imágenes y artículos relacionadas con este asunto en la red, tres puntos me llamaron la atención.

  1. Feminización química.

Incluso el célebre personaje televisivo en Estados Unidos Dr. Oz ha manifestado su malestar respecto al aumento de peso en hombres, que, según él, puede dar lugar a «aumento de la conversión de testosterona en estrógenos».

En este artículo de la periodista y escritora Judy Mandelbaum en la revista Salon, cuyo título rezaba Según investigadores del sexo, el «tamaño» importa, al que le añadía la siguiente ocurrencia: «recientes estudios demuestran que los hombres gordos duran más en la cama. ¿Deberíamos de estar de celebración en los Estados Unidos? El cuerpo del texto incluía el siguiente fragmento (énfasis personal):

«Los hombres con sobrepeso mostraban altos niveles de estradiol, la hormona sexual femenina. Este elemento afectaba aparentemente a los neurotransmisores masculinos naturales y ralentizaba su llegada al orgasmo. Irónicamente, cuando más se reducía su apariencia masculina, en mejores amantes se convertían».

Es difícil patinar más y mejor.

En primer lugar, sé  que existe la creencia popular de que las hormonas sexuales de cada género determinan un un comportamiento característico, siendo agresivo en hombres y sumiso en mujeres. También se les adjudica efecto en la duración del coito.

Pertenezco a esa minoría de catedráticas que defienden que esta especie de determinismo hormonal no solo plantea problemas, sino que es totalmente falso.

Mendelbaum traza vínculos potencialmente engañosos entre la ampliación de la duración del coito y la mayor presencia de estrógenos en hombres gordos, cuando es harto difícil establecer tal conexión. Fijaos también en la palabra aparentemente en el extracto, sin ningún tipo de valor explicativo, sea el que sea. Aunque los hechos se encuentren correlacionados, esto no significa que les una ninguna relación de causalidad.

Hay infinidad de factores que posiblemente sí tengan influencia en estos descubrimientos. Uno de ellos, el primero que se me ocurre, puede ser una mayor timidez en hombres gordos, que puede afectar al tiempo que necesitan para alcanzar el orgasmo.

Las personas gordas hemos aprendido que nuestros cuerpos no solo no son atractivos, sino que directamente están MAL. Esto me ha llevado a darme cuenta de que tanto la timidez como la inseguridad son factores importantes que intervienen en la consecución del orgasmo durante el sexo.

fatcastration

Como mujer gorda, tengo más células adiposas, las mismas que almacenan hormonas, y, por ello, seguramente tendré más estrógenos y testosterona en mi cuerpo que una mujer delgada.

No creo que un mayor nivel de hormonas en mi cuerpo afecte a mi capacidad de llegar al orgasmo tanto como lo hace mi conciencia personal de persona gorda.

Cuando me encuentro con parejas sexuales que me hacen sentir emocionalmente segura, no tengo ningún problema en conseguir orgasmos increíbles en cortos periodos de tiempo. Aunque no puedo anunciar que es lo mismo que les ocurre a los hombres que se sometieron al estudio que he mencionado antes, sí puedo afirmar que este factor puede generar socava sus postulados.

En segundo lugar, y probablemente el más importante, la autora está haciendo uso de un supuesto argumento científico para proponer que los hombres gordos, tanto física como químicamente, guardan parecido con las mujeres.

La noción de que las partes del cuerpo de los hombres tienen una apariencia menos masculina cuanto mayor sea su volumen no es ciencia (ni siquiera hormonación), son los prejuicios  gordófobos de la propia autora. Sin embargo, lo importante de esto último es que vincule la expresión de género y la gordura.

Sus declaraciones ponen en entredicho el género y la virilidad de los hombres gordos, haciendo uso de una herramienta basada en la noción cultural que defiende que un hombre leído como femenino es motivo de vergüenza.

  1. Gordura castradora

En busca de imágenes y artículos relativos a hombres gordos, di con un meme muy popular asociado a hombres gordos. Lo llamé el meme de gordura castradora.

fatcat2

Representa literalmente la idea de que los hombres gordos no pueden dar con su pene (un nivel de condescendencia típica y exclusivamente reservado a las mujeres, no se nos olvide), que llevan años sin verlo y otras formas de castración metafórica.

Permitidme hablaros de las dos partes de este meme que me parecieron especialmente sexistas:

En primer lugar, la noción de que los hombres gordos están incapacitados para encontrarse el pene, cuanto menos, infantiliza.

Como he mencionado anteriormente, por lo general, estos niveles de condescendencia están reservados solo a mujeres, cuya construcción cultural les adjudica puerilidad y una menor inteligencia en comparación con los hombres.

Este meme  me trajo a la mente aquellas veces que los hombres me hablan de una manera infantil cuando creen que no he entendido algo que ellos creen obvio; es más, lo considero una prueba de que los cuerpos de los hombres gordos están construidos como femeninos: tal condescendencia muestra un tipo de comunicación normalmente unidireccional, de hombres a mujeres.

Segundo, este pene desaparecido representa la clásica preocupación cultural por la diferenciación sexual.

Este meme parece insinuar que a los hombres gordos no se les puede clasificar como hombres porque su volumen afecta a la visibilidad de su pene. Ya que los penes se leen como sinónimo de masculinidad, una cantidad de grasa tal que altere la visibilidad del pene le genera problemas al binarismo de género y, por tanto, a la heterosexualidad obligatoria.

Considero importante incluir que la grasa, como otros elementos, altera la forma de los genitales, cosa que es totalmente normal, por otra parte.

Estamos bombardeados por la idea de la uniformidad genital que nos transmite el porno, esa fuente sobre la cual muchas personas basan su aprendizaje sexual, pero lo cierto es que lo que hay por ahí es una variedad de genitales muy abundante, además de real.

Uno de los grandes descubrimientos de mi adultez fue el entorno de mi oronda vulva, porque sí, las mujeres gordas también tenemos vulvas gordas.

Mis labios mayores poseen un tamaño mayor que los de las mujeres delgadas, así que mi clítoris está profundamente acurrucado entre mis rechonchos labios y gracias a mi hermoso vientre, la entrada a mi conducto vaginal está un poquito más por debajo que el de los cuerpos delgados, porque los cuerpos varían.

Todos estos elementos se adaptan perfectamente al acto sexual y no modifican la identidad de género, la orientación o el encanto de las personas.

e39c8a9a-3454-11e4-_762438h

  1. El desarrollo de las tetas de hombre.

Otra fuente de preocupación en lo relativo a hombres gordos es el desarrollo de los pechos, también conocidos con el vergonzante nombre de tetas de hombre o moobs en inglés (mezcla de los términos man (hombre) y boobs (tetas, pechos).

Este fenómeno suele leerse como repugnante (¡gracias, UrbanDictionary!) e Internet está lleno de recomendaciones para su tratamiento, tanto quirúrgicas como de otros tipos.

En un artículo para la revista Men’s Health sobre el destierro de las tetas de hombre, el autor se explaya con lo siguiente: es probable que te gusten los pechos prominentes siempre que no seas tú el que los lleva puestos.

Como en el anteriormente mencionado meme del pene desaparecido, se establece aquí un vínculo entre la heterosexualidad obligatoria y el tamaño del cuerpo, ya que, subliminalmente, se determinan las fronteras de la sexualidad insisitiendo en que solo las mujeres deben tener pechos.

Como hombre, debes sentirte atraído hacia ellas, y si eres el que las lleva, entonces estás haciendo tambalear la heteronormatividad porque desdibujas esa división socialmente determinada entre los cuerpos leídos como hombres y los leídos como mujer.

He aquí la verdad: todo ser humano tienen pechos. Y los Estados Unidos poseen una cultura especialmente obsesionada con los mismos. Creo que, en relación a esto, hay un nexo de unión entre la obsesión por la despersonalización y la sexualización de los cuerpos leídos como mujer y las preocupaciones sociales que generan los cuerpos gordos leídos como hombre.

Se supone que solo los hombres son los que despersonalizan nuestros cuerpos; nuestros pechos, específicamente. Cuando los pechos masculinos superan el límite que se establece de manera arbitraria, comienza a haber problemas, ya que la lectura de lo masculino comienza a confundirse.

Más que eso, el poder que en teoría ostentan los hombres se sustenta, en parte, en el concepto de la superioridad física de sus cuerpos, porque los cuerpos gordos, género aparte, están construidos como físicamente incapaces, convirtiendo a los hombres gordos en una amenaza a la dominación masculina.

Conclusiones.

Seamos claras: no apoyo ninguna de las descripciones de los hombres gordos que he mencionado anteriormente. Quiero también aclarar que no he llegado a todas las razones por las cuales los hombres sufren gordofobia, ya que son muchísimas.

Sin embargo, creo firmemente que el sexismo ejerce uno de los papeles más importantes en las maneras en que se describe a los hombres gordos por Internet.

Esta preocupación porque  los hombres gordos se conviertan paulatinamente en cuerpos leídos como mujer o porque muestren características tradicionalmente adscritas a los mismos es, en mi opinión, el núcleo (o su mayor parte) de la gordofobia sufrida por los cuerpos leídos como hombre.

Y, por tanto, concibo que el enfoque de este asunto debe partir desde el feminismo. No solo eso, creo que merece que nos preguntemos, sin obviar el privilegio masculino, que los hombres gordos todavía ostentan, por las modos con los que se construyen culturalmente los cuerpos de los hombres gordos  y la manera que esto afecta a la lectura de los cuerpos leídos como mujer y al control de la disconformidad de género de cualquier tipo.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

17 mentiras que los hombres aprendemos sobre el sexo

Del original de Julianne Ross en Everyday Feminism, 17 Lies We Need to Stop Teaching Boys About Sex.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

malesexmyths2-300x194

Originalmente publicado en Mic y reblogueado aquí con su permiso.

Hace poco, Policymic dejó en evidencia las diecisiete mentiras relativas al sexo que las chicas jóvenes aprenden de la sociedad.  Aunque, a priori, tuviera pinta de estar orientada exclusivamente a mujeres, esa lista tenía como objetivo mostrar a todos los géneros que una sexualidad sana es posible.

No hay duda de que los chicos jóvenes, tanto como las chicas, están expuestos a falacias que a la postre pueden causarles infinidad de problemas.

Aunque nuestra cultura promueve una visión del sexo androcéntrica; es decir, falocéntrica, también plantea problemas a aquellos cuerpos leídos como hombre. Los hombres aprenden que los hombres de verdad son solo aquellos que ponen en práctica una sexualidad agresiva; no solo eso, además, los principios de la masculinidad tóxica fomentan una conducta estoica (en el sentido de irreflexiva) e ignorante. Admitir miedo, incomodidad o confusión con respecto al sexo implica reconocer una vulnerabilidad que entra en conflicto con una cultura que naturaliza el machismo.

El estigma que afecta a la sexualidad masculina va de la mano con el aumento de los comportamientos de riesgo, la violencia y la difusión de enfermedades de transmisión sexual.

Los cuerpos leídos como hombre conforman la mitad del pastel del debate sobre la visión positiva del sexo, por lo que es precisa que transmitamos una educación adecuada para todo el mundo, sobre todo en relación a anatomía, comunicación y consentimiento. Empecemos por dejar en evidencia esos diecisiete mitos que envuelven al sexo y a los cuerpos leídos como hombre.

1. El tamaño importa (y lo es todo)

Si hay algo que la sociedad ha equiparado tradicionalmente a la masculinidad es el tamaño del pene, así que no debería extrañarnos que muchos hombres estén preocupados por el tamaño de sus genitales.

La verdad es la siguiente: el tamaño importa a veces y a algunas personas, pero no lo es todo.

De esta manera, y en muchas ocasiones, los tipos se ven obligados a alcanzar un estándar poco realista. Muchos de ellos no han visto erecciones ajenas más allá del porno, por lo que disponen de una perspectiva muy sesgada. El porno, además, tiene las ventajas añadidas de una iluminación, unos ángulos y un maquillaje cuanto menos halagadores, lo que lo convierte en un elemento bastante poco acertado para efectuar una comparación válida.

Una erección media alcanza una longitud de 13 a 15 centímetros y un perímetro de 10 a 13 centímetros, dependiendo de la fuente.

Las preferencias de mucha gente tienen más que ver con el condicionamiento social predominante que con el puro placer físico. Las personas somos de varias formas y tamaños, y aquellas que gustan a unas pueden no gustar a otras.

Además de eso, tened en cuenta que la vagina no es un pozo sin fondo en la cual meter cualquier cosa, solo mide de largo entre siete y medio y diez centímetros de media, y se dilata durante la relación sexual para facilitar el acceso. Otras aberturas no ofrecen eso.

quitate_el_disfraz

Por último, la química sexual le gana por goleada al tamaño. Según palabras del Doctor Debby Herbenick, del Instituto Kinsey (institución sin ánimo de lucro dedicada a la investigación en material sexual, de género y reproductiva): «nuestras investigaciones concluyen, de manera consistente, que la conexión psicológica, la intimidad y la satisfacción relacional tienen más que ver en nuestra satisfacción sexual que el tamaño o la forma de los genitales de nuestra acompañante.»

2. En el sexo, la penetración lo es todo.

Conocemos comúnmente la virginidad como un estado previo a la penetración del pene en la vagina, una idea demasiado limitada como para tener significación por sí misma, ya que excluye el sexo oral y anal, las experiencias de parejas LGBTQ y concepciones más personales de intimidad.

Más allá de la virginidad, el sexo, el amor y las relaciones afectivas son muchas más cosas que simplemente introducir determinada cosita en determinado agujerito.

3. Todos los hombres tienen pene.

Muchos de los elementos que estoy sometiendo a discusión van dirigidos a aquellos a los que se asigna varón al nacer, de cara a establecer un espacio de debate para temas que los hombres, por lo general, no tienen oportunidad de tratar adecuadamente.

Insistimos en que la identidad de género no tiene nada que ver con el sexo biológico.

La masculinidad no se define mediante aquello que tienes entre las piernas.

4. Los hombres siempre tienen ganas de follar.

La sociedad ha insistido durante tanto tiempo en la libido masculina que hemos llegado a un punto en que la falta de deseo sexual en hombres se ha convertido en sinónimo de castración. El caso es que, a veces, a los hombres, ―como a las mujeres―, simplemente no les apetece. Elementos como la dieta, las horas de sueño, el estrés o la confianza pueden afectarnos al ánimo.

Los estudios referentes al debate sobre si el deseo sexual es mayor en mujeres que en hombres son tan infinitos como contradictorios, pero veámoslo en perspectiva: como señala IO9, «un deseo sexual mayor no se traduce en mayores aptitudes para el sexo, ni en un disfrute mayor del mismo».

Y, lo que es más importante, las tendencias mayoritarias no reflejan ni mucho menos las preferencias personales: algunos hombres prefieren las relaciones monógamas, otras el sexo casual y otros no desean ningún tipo de contacto sexual.

Debemos dejar de leer el deseo ―y su ausencia― en términos de género.

5. Los hombres no pueden ser víctimas de violación

Las violaciones son un delito infradenunciado, sin importar el género afectado. Una encuesta realizada recientemente por la agencia de estadística del Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha arrojado datos que nos muestran que existen muchos más hombres víctimas de violación de los que pensábamos.

De cuarenta mil hogares entrevistados, la agencia logró esclarecer que el 38 por ciento de los delitos de violación y agresión sexual fueron cometidos en perjuicio de hombres ―un dato bastante más elevado que el que muestran anteriores estadísticas, con un porcentaje de hombres víctimas de entre un cinco y un catorce por ciento. Más allá de estadísticas, negar la realidad de los hombres como víctimas de violaciones representa un daño terrible a las víctimas.

De esta manera, ¿por qué la gente sigue pensando que los hombres no pueden ser víctimas de violación? Esta concepción errónea principalmente se sustenta en la idea que he mencionado anteriormente: los hombres siempre quieren sexo. Una premisa especialmente dolorosa y confusa para las víctimas.

Jennifer Marsh, de Red Nacional contra las Agresiones, la Violación y el Incesto (RAINN, en sus siglas en inglés), enunció en PolicyMic que «las víctimas masculinas a menudo se sienten mal consigo mismas cuando no desean la agresión ni la disfrutan».

Una erección no implica consentimiento; la realidad es que una erección fortuita puede sobrevenir tanto en hombres como en mujeres durante una agresión sexual.

6. No hace falta que los hombres se vacunen del Virus del Papiloma Humano (VPH).

Aunque el virus del papiloma esté asociado típicamente a las mujeres, lo cierto es que los hombres también pueden ser portadores e incluso contagiárselo a sus parejas mujeres.

Por estos motivos, el Centro de Control de Enfermedades (Atlanta, Estados Unidos) recomienda la aplicación de Gardasil tanto en hombres como en mujeres de entre nueve y veintiséis años. Esta vacuna previene de diferentes afecciones de VPH, dos de cuyas cepas producen verrugas genitales y cáncer cervical. Y sí, es segura.

Hablando del tema, los hombres también pueden sufrir infecciones urinarias y candidiasis, igual no tan a menudo como las mujeres, pero eso no las convierte en menos virulentas cuando atacan.

7. Para aprender de sexo, una buena fuente es el porno.

Sin entrar en deliberaciones personales sobre lo ético de las implicaciones que tiene el porno (y hay miles de textos que ya se han posicionado en múltiples puntos de este debate), está claro que es un producto que se consume masivamente en la actualidad y seguirá consumiéndose en el futuro.

De esta manera, recordemos que el sexo en el porno no es sexo real. Como en cualquier otra empresa cinematográfica, hay actores, directores, editores y un exceso de barroquismo, valga la redundancia.

A lo que vamos: a pesar de la omnipresente y frenética presencia de la que goza la penetración en el porno, la mayoría de mujeres no se corren solo con ella.

Otra prueba de que el sexo real difiere con el del porno es que los hombres no producen litros de semen, que todos los genitales no parecen sacados de una cadena de producción y que el ser humano suele tener pelo.

Love-Money

Porque el porno no deja de ser una actuación, no un manual de instrucciones, y el someterte a interminables sesiones de porno no te convertirán necesariamente en mejor amante.

Cosa que si conseguirá que hables con tu pareja de lo que le gusta, por ejemplo.

8. El sexo se acaba cuando el hombre se corre.

El sexo no es una práctica teológica, el orgasmo no lo es todo. Esto vale tanto para hombres como para mujeres.

No es asunto de vida o muerte que te sientas incómodo por el «dolor de huevos», al fin y al cabo, de lo que hay que disfrutar es del camino.

9. El sexo es una maratón. Si no dura horas, no vale.

Las sesiones maratonianas copulatorias que nos muestran el porno y las comedias románticas no son fieles a la realidad, y es probable que lleguen a ser dolorosas si las ponemos en práctica en nuestro día a día. Los hombres, al igual que las mujeres, también pueden sufrir irritación tras el acto.

La realidad es que el sexo (sin incluir preliminares) normalmente suele durar lo que dura de media una canción de Marvin Gaye: de tres a siete minutos.

¿Os parece poco, verdad? Sin embargo, el sexólogo y escritor Ian Kerner nos lo muestra en perspectiva: «los [cis]hombres  estamos llamados a eyacular rápidamente ―y situaciones de estrés pueden hacernos eyacular de manera aún más rápida. Nos ha sido útil como raza. Si los tipos tardáramos una hora en eyacular, seríamos bastantes menos».

10. Los hombres bisexuales son hombres homosexuales que no se atreven a salir del armario.

La ciencia, como Colón, ha descubierto algo que ya conocían millones de personas, en concreto los hombres bisexuales: la bisexualidad masculina existe. Y no, no es simplemente «una escala de camino a “Villahomo de Abajo”».

No obstante, los hombres bisexuales aun tienen que enfrentarse al estigma de ser cuestionados sobre la legitimidad de su orientación sexual. Lo mismo les ocurre a las mujeres, aunque de ellas se infiere, a priori, una orientación más fluida (y sexualizada).

Sin duda, según afirma Patrick McAleenan (diario Telegraph) «aún está por ver el innatismo o la culturalidad de vivir en una sociedad que adora a Katy Perry por componer una canción llamada I Kissed a Girl (Besé a una chica) y a Madonna cuando se magrea con Britney Spears en directo».

Los hombres no deberían avergonzarse por sensaciones homoeróticas; tampoco es justo que presupongamos que la línea entre la heterosexualidad y la homosexualidad en hombres es más rígida que entre mujeres.

11. A los hombres heterosexuales, por el culo, ni el pelo de una gamba.

Explorar su trasero es tabú para muchos hombres hetero porque les preocupa estar haciendo algo «gay».

Esto es una estupidez, siendo el principal motivo que no tiene nada de malo ser gay. Además, no todos los hombres gay practican sexo anal.

Sea cual sea tu orientación sexual, la próstata sigue estando ahí. Este glande del tamaño de una nuez, también conocido por ser el «punto G masculino» se encuentra entre el pene y la vejiga, y muchos hombres, tanto gay como heterosexuales, han dado fe de que su estimulación les provoca orgasmos más intensos.

12. El sexo oral y anal es más seguro que el sexo vaginal

Aunque el riesgo de embarazo sea remoto mediante prácticas de sexo anal y oral (y a este último se le considera como la práctica que menos riesgo provoca para contraer VIH), aun existen múltiples posibilidades de contagiar y que te contagies de muchas ETS mediante una u otra práctica.

Escoger entre opciones implica escoger entre riesgos, no evitarlos. La mayor medida de seguridad es asegurarte que tanto tú como tu pareja os analizáis regularmente (incluyendo un análisis rectal de ETS, si existe la posibilidad), y, por supuesto, el uso de preservativos.

13. Una erección es sinónimo de deseo sexual (y viceversa).

A los tipos puede ponérseles dura de manera aleatoria por muchos motivos, especialmente durante la pubertad. Las erecciones espontáneas podrán ser motivo de vergüenza, pero son corrientes, y en muchas ocasiones no tienen que ver con lo cachondo que está el interfecto.

Las poluciones nocturnas, también conocidas como tiendas de campaña, son uno de los ejemplos más comunes. Ocurren en el momento en el que el cerebro entra en la fase REM, y en absoluto están relacionados con la temática sexual de los sueños.

Y a la inversa, que a un tipo no se le ponga dura no significa que no esté cachondo. Tanto el alcohol como los estupefacientes pueden influir y la disfunción eréctil es algo muy común en Estados Unidos, afectando en torno a entre quince y treinta millones de hombres.

Moraleja: el deseo es algo demasiado complejo como para reflejarse únicamente en signos físicos.

14. Los tipos en relaciones (hetero) ya no llevan los pantalones en su relación.

En jerga actual, el término «llevar los pantalones» se refiere a quien lleva las riendas de una relación en pareja; cuando se dice que una mujer  en una relación «lleva los pantalones», es que ejerce «control» sobre su pareja hetero, un hombre en este caso.

Un_Nuevo_modelo_de_Hombre

Es una expresión inherentemente sexista (si dudáis, echad un ojo a esta entrada), ya que nos transmite que el estado natural de las cosas es que un hombre mantenga a la mujer en su sitio.

15. La omisión del «no» es explícitamente un «sí».

Existe tanto estigma y tanta vergüenza cuando hablamos de sexualidad, que hablar de consentimiento puede parecer extraño, especialmente si eres joven. Tenemos que superarlo, porque hablar de consentimiento es lo más importante dentro del ámbito que nos atañe.

Desde las recientes medidas gubernamentales encaminadas a contener la proliferación de violencia sexual en las universidades a las protestas estudiantiles en todo el país, queda claro que el acoso sexual sigue conformando un problema importantísimo tanto para mujeres como para hombres jóvenes. La ignorancia no vale como excusa.

Es nuestro deber enseñar tanto a chicos como a chicas a aclarar sus intenciones, respetando siempre al autonomía corporal ajena.

Insistamos en lo siguiente, ya independientemente del género: un no es un no. Que no haya un «sí» explícito también es un no. La ingesta de alcohol y la ropa que se lleva puesta no es sinónimo de consentimiento.

Y ninguna persona está obligada a tener sexo con nadie. Nunca.

A propósito, ya que estamos, recordad también que la friendzone no existe y piropear a las mujeres difiere mucho de la idea de «cumplido».

16. Las mujeres (y sus genitales) son complicadas y dan miedito.

Contrariamente a lo que comúnmente se piensa, el orgasmo femenino no es el mítico unicornio esquivo del sexo.

¿Qué a las mujeres les resulta difícil correrse? Por descontado. No obstante, bombardear constantemente a tipos y tipas con lo de que hacer que una mujer se corra es sinónimo de tarea hercúlea implica sembrar semillas de ansiedad y fracaso.

Más allá de dar la charlita sobre de dónde viene los niños, la educación sexual sería de más ayuda si hiciera por desmitificar de manera exhaustiva nuestros cuerpos y sus partes, independientemente de nuestro género y sexo.

Como todo el mundo somos diferentes, no estaría de más que enseñáramos a nuestras jóvenes a comunicarse de manera cómoda con sus parejas sobre lo que les gusta y lo que no. Es un punto que les será de gran ayuda a lo largo de sus vidas, tanto fuera como dentro del dormitorio.

17. Los tipos no están llamados a tener paciencia.

Arropados en el estereotipo de que los hombres siempre están pensando en sexo, muchos de ellos creen que todos aquellos tipos de su alrededor lo hacen.

Las normas culturales nos dictan que todos los hombres deberían estar ansiosos por follarse a la primera persona que se crucen por la calle y así también lo desee, pero nada más lejos de la realidad.

Muchas mujeres disfrutan del sexo casual, muchos hombres no. Algunos prefieren tomárselo con calma, y otros no sienten ningún tipo de atracción sexual.

Informes de Planificación Familiar (organización no gubernamental para la salud reproductiva y sexual) afirman que uno de cada cuatro hombres de diecinueve años no es sexualmente activo. Los chicos normalmente exageran su nivel de experiencias y la cantidad de parejas sexuales que han tenido; en una entrevista a mil doscientos adolescentes y jóvenes de entre quince y veintidós años, se esclareció que en torno a un treinta por ciento habían mentido sobre «lo lejos que habían llegado» y un setenta y ocho por ciento afirmaron sentirse presionados por la sociedad para tener relaciones sexuales.

No mantener relaciones sexuales no le convierte a alguien en menos hombre, porque tu identidad no depende de la gente con la que te acuestes. No es asunto de nadie que no seas tú.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

418686_4340847559429_535799097_n

Los hombres no tienen ni idea de ponerse malos

Del original de Alicia Schindler en The Huffington Post Women, Men suck at being sick.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

Me duele todo el cuerpo, tengo la mente nublada, soy un despojo chorreante e hirviente, pero soy la madre y no tengo tiempo para estar mala. Ni un minuto. Tengo que domar a las niñas, hacer los almuerzos y organizar las actividades del día. Así que, aunque lo único que quiero es caerme muerta y dormir, lo que hago es no parar quieta y agitarme de un lado a otro. Aunque puede que sea por el frío.

Mi marido se arrastra hasta la cocina, con una mueca de cansancio plasmada en su cara.

«¿Qué te pasa?», pregunto, mientras a duras penas puedo hacerme cargo de todo.

«No puedo respirar», dice. «¿Me pasas un pañuelo?» Mientras, me mira con ojos de cordero degollado.

«Claro», digo de mala gana, y le acerco el paquete de pañuelos. ¿Puedo yo tomarme el día libre por estar mala? ¿Puedo ser yo la que por una vez esté mala?

«¿Te traigo un barreño?», le pregunto, sarcásticamente.

«Preferiría un zumo». Intenta ponerme ojos de cachorrito, pero lo que a mí me parece es que es un perro.

Intento respirar hondo, tranquilamente, pero tengo la nariz bloqueada, así que trago mocos y toso, pero nadie parece notarlo. Si no estuviera tan agotada, seguramente tendría algo mordaz que decir, pero como no puedo con mi alma, le paso una vaso de zumo, con el ceño fruncido, eso sí.

¿Cómo demonios lo hace? ¿Cómo demonios ocurre que siempre que tiene un catarro, lo convierte en neumonía?

Cuando tiene náuseas, se va al baño a emitir esa voz perruna, ese sonido de mala bestia cual animal moribundo.

Cada vez que está pocho, el mundo ha llegado a su fin.

Sí, efectivamente, algo le pasa a mi marido, pero no hay duda de que, principalmente, no tiene ni idea de ponerse malo.

Igual soy yo, pero siempre que no me encuentro bien, sus síntomas empeoran mágicamente. No voy a decir que lo haga adrede pero…

Yo: no me encuentro muy bien.

Marido: yo tampoco.

Yo: me duele la cabeza.

Marido: a mí también, y la garganta.

Yo: qué raro.

Marido: también tengo la espalda un poco agarrotada.

Yo: ¿de verdad?

Marido: Sí. La verdad es que me duele todo, creo que voy a echarme. ¿Me haces un caldito?

Parece ser que las mujeres no tenemos derecho a ponernos malas. Nunca.

Y creo que puedo decir, oficialmente, que esto no solo le pasa a mi marido. Creo que podemos meter a la gran mayoría de hombres en este saco, si acaso excluiremos a Clint Eastwood, a mi abuelo y a alguna que otra excepción, que siempre hay.

Mujeres de todas partes coinciden en que los hombres no pueden sobrellevar el dolor. Resoplan y gimotean, se quejan en exceso, rozan la hipocondría y arman escándalo mientras sus esposas cuidan del bebé de pie, hacen la cena y vigilan los deberes del cole de sus hijas, todo con 40 de fiebre y una pierna y tres brazos rotos. Sí, tres.

Me hace pensar en las expresiones que uso al azar y sin pensar: «compórtate como un hombre» o «¿qué eres, un tipo o una mierdecilla?». ¿Cómo llegaron estas expresiones a formar parte del imaginario popular? Creo que sería más apropiado «compórtate como una mujer» o «qué eres, una madre o una mierdecilla?». Esta última voy a empezar a decírsela a mis hijas, porque si hay algo que sabemos muy bien cómo hacer, es sufrir.

Me pone enferma.

Descargo de responsabilidad marital: Como aclaración y no porque lo esté leyendo, he de decir que mi marido es muy macho. Es el entrenador para todo, mata arañas, sube escaleras, arregla cosas y no hay nada que le guste más que las patatas fritas de bolsa en el sofá y los deportes en la tele. No hay duda de que mi marido le puede al tuyo… al menos que esté malo, claro.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

Los hombres pueden ser feministas, pero se lo tienen que currar.

Del original de Katie McDonough en Salon, Men can be feminists but it’s actually really hard work

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

2013 Sundance Portrait - Don Jon's Addiction

El feminismo es para todas porque el sexismo nos afecta a todas; sin embargo, muchos hombres se sienten cómodos en el statu quo.

La ley de los titulares de Betterbridge defiende que «cualquier titular en forma de pregunta puede ser respondido con un «no»». Sin embargo, este artículo del New York Times puede ser una honrosa excepción: « ¿Es posible ser hombre y feminista?», nos pregunta el autor Jack Flanagin, que se define como tal. La respuesta a esa pregunta es «sí», o más que eso, «venga ya, claro que sí, ¿estás de broma?».

Sin duda, es excelente que un periodista haga semejante pregunta, aunque falle al centrarse en individuos como Hugo Schwyzer —quien dispone de varias plataformas a través de las cuales escribir sobre los hombres y el feminismo mientras dedica su tiempo libre a atacar las vidas personales, académicas y profesionales de feministas negras y no blancas—. Jamil Smith subió un twitt  en el que anunciaba que puestos a mantener una conversación sobre hombres y feminismo, ¿por qué no hablar con hombres feministas? Lo que Smith pretende, creo, es abrir el debate sobre por qué nos hacemos tantas cábalas sobre si los hombres pueden ser feministas y tan pocas una vez se nos contesta afirmativamente a esa pregunta. ¿No nos pica ni un poquito la curiosidad?

El punto más persuasivo del artículo del Times se encuentra en el último párrafo, donde el autor Noah Berlatsky debate sobre el trabajo que exige ser un hombre feminista. «Es cierto que, en ocasiones, los hombres feministas, yo incluido, nos imaginamos como bravos aliados que altruistamente salvamos a las mujeres luchando en su nombre», atina Berlatsky, «pero las fantasías de hombres que salvan a las mujeres cual caballeros de cuento no son más que diferentes caras de la misoginia, y, en este caso en particular, terriblemente retrógadas. La misoginia nos enjaula a todas. Cuando me declaro hombre feminista, no lo hago porque creo que podré con ello salvar mujeres, sino porque considero importante que los hombres nos demos cuenta de que no seremos libres hasta que las mujeres también lo sean».

malefeminist

Berlatsky llega a una conclusión importante en relación a la naturaleza de la justicia: es un proyecto con múltiples ramas, todas entrelazadas. En contraposición al trillado cliché de «madres, esposas e hijas» que suele centrar el debate sobre por qué los hombres deberían preocuparse por los derechos de las mujeres, Berlatsky defiende que los hombres deberían ser feministas particularmente porque las vidas de las mujeres de cualquier edad con las que nunca han tenido contacto y con las que nunca lo tendrán también son importantes. Y más en concreto, en una cultura que disuade a los hombres de construir y expresar su empatía, el propio hecho de que les importe algo más que una mierda alguien a quien no conoces, constituye en sí mismo un acto de subversión. Sin embargo, la idea de Berlatsky de que «la misoginia nos enjaula» también nos muestra otro argumento por el cual considero que los hombres pueden y deberían identificarse como feministas: los hombres han de enfurecerse por la violencia infligida contra las mujeres y por el sistema que las despersonaliza, pero circunscribir la relación de los hombres con el feminismo exclusivamente a la relación de los mismos con el estatus de las mujeres en el mundo solapa el hecho de que a los hombres también les afecta el patriarcado, las masculinidades tóxicas y el sexismo institucional y cultural sistémico.

Sin embargo, siempre van a existir grados y escalones; nunca me atreveré a decir lo contrario. Las normas culturales que nos encarcelan a las mujeres en el papel exclusivo de madres y cuidadoras significan también para nosotras un salario inferior al de nuestros compañeros hombres y que nuestras ambiciones personales y profesionales queden a expensas de los cuidados que tendremos que aplicar a nuestras u a otras personas. No obstante, estas normas también impiden que los hombres se cuestionen su masculinidad o que duden de su capacidad de quedarnos en casa a cuidar de nuestras hijas. Ambas cosas son gradualmente diferentes, pero ambas importan.

Lo mismo podemos decir del discurso hegemónico sobre agresiones sexuales. Las mujeres, de cualquier edad, copan las estadísticas de víctimas de agresiones sexuales, pero una cultura que taxativamente afirma que no hay víctimas de violación entre varones jóvenes adolescentes imposibilita que estas víctimas denuncien su situación. El núcleo de la cultura de la violación contiene conceptos destructivos sobre los derechos sexuales de los que gozan los hombres y es el responsable de que a las mujeres se las adjudique el papel de víctima durante toda su vida. Por otro lado, también alimenta la idea de que los hombres son seres sedientos de sexo, lo que provoca que aquellos que han sido víctimas de violación duden sobre si lo que les ha ocurrido constituye un delito o no. De hecho, para que esto se tipificara como delito, tuvo que pasar mucho, mucho tiempo. Estas mismas normas también favorecen que los hombres tengan distorsionado el concepto de deseo y satisfacción sexual. Aunque las más afectadas por la violencia que esto causa son las mujeres, los hombres también sufren su influencia.

men-feminism-e1372102217532

Hay miles de cosas que tenemos que preguntarnos en relación a cómo los hombres pueden ser feministas sin ostentar el núcleo del movimiento; tienen que ver sobre aprender a escuchar y a apoyar en vez de censurar y sabotear. Tiene que ver sobre cómo los hombres se llevan todos los elogios y alabanzas por hacer cosas básicas, cosas que se da por sentado que deberían hacer, como no agredir mujeres. También tiene que ver sobre cómo muchos hombres no se identifican como feministas porque están estrechamente implicados en el sostenimiento de un sistema —el patriarcado y el supremacismo blanco— que les beneficia. Y la idea de Berlatsky en lo que respecta a la delgada línea que separa el complejo salvador masculino y los hombres como fuerza social legítima capaz de efectuar un cambio social en positivo no tiene desperdicio. Podemos seguir dándole vueltas y vueltas a esto siempre y cuando reconozcamos que los hombres que se identifican como feministas no son meros animadores del movimiento feminista —más bien, lo que hacen es luchar contra los sistemas que les enseñan que escuchar es de maricas, que no deberían mostrarse emocionalmente, que los hombres heteros no pueden tener amistades íntimas con otros tipos, o que mira qué graciosas son las violaciones en la cárcel.

Que el feminismo tiene implicaciones para todo el mundo es algo que se ha expresado continuamente durante toda la historia del movimiento, y lo volví a recordar este fin de semana al leer una entrevista a la actriz Mackenzie Davis, quien dijo que no es capaz de entender cómo la palabra «feminismo» provoca tanto pavor en determinadas personas.

«El feminismo tiene como base las luchas raciales y de género, ambas conectadas interseccionalmente, por eso me confunde que algunas personas digan que es algo que no pueden apoyar», enunció en Times. «Creo que es una gran palabra».

Una opinión que comparten muchos hombres.

 Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

Nota del traductor: no estoy muy de acuerdo en la manera en la que el artículo mezcla peligrosamente las opresiones patriarcales que sufren las mujeres y las que sufrimos los hombres. Como bien dice, no son equiparables. Pero acercarlas tanto puede dar lugar a que se equiparen o incluso a que se justifiquen.

4 consejos desde la trinchera de los aliados feministas

Del original de Andrew Hernann en Everyday Feminism, 4 Lessons from the Trenches of Allyship

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).

 

German_stormtroops_training_Sedan_May_1917_3

No hace mucho, fui de karaoke con mi esposa y diez de sus compañeras de trabajo, también mujeres.

Es un ritual anual; trabajan de profesoras y salen a celebrar el haber sobrevivido a la última tanda de incansables alumnos de primaria.

Algunas de sus parejas, novios y maridos, fuimos con ellas también, pero nos hicimos a un lado. Una vez entramos en la sala reservada, dejamos que nuestras parejas escogieran las canciones. Tras una hora, pude establecer un patrón.

Todo el mundo cantamos la primera canción, School’s out for Summer de Alice Cooper (no veáis qué subidón). En las siguientes dos canciones, de Beyoncé y Alanis Morrissette, los tipos fuimos a la barra, pero, después, cuando empezó We didn’t start the fire  de Billy Joel, ¡volvimos corriendo! Luego, cuando sonó algo de Jewel más tarde, los cuatro tipos nos volvimos al rincón otra vez.

La música sonaba fuerte, así que no pudimos charlar mucho, simplemente estuvimos ahí, agitando embarazosamente los hielos de nuestras copas. Tras Jewel, sonó el My heart Will go on the Celine Dion y luego el Like a Prayer de Madonna. Por supuesto que nos sabíamos las letras — cómo no, habiendo crecido en los noventa—  pero en vez de bailar y cantar, nos dedicamos a intentar no prestarnos atención unos a otros mientras mientras canturréabamos la parte de in the midnight hour, I can feel your power.

¿Por qué nunca cantamos canciones de vocalistas mujeres?

Muy sencillo, porque nos han enseñado que solo a las mujeres o a los gais les gustan ese tipo de artistas. El que hubiéramos acompañado a nuestras parejas cantando hubiera significado exhibir nuestra feminidad o nuestra homosexualidad, la cual, —de nuevo, según nos han enseñado— hubiera puesto en entredicho nuestra querida masculinidad.

masculinityintro

Ahora, en perspectiva, me avergüenzo de haberme mostrado tan reticente por cantar. En primer lugar, perdí una oportunidad de divertirme con mi mujer y sus compañeras; luego, falté a mis principios personales y profesionales. ¿Cómo yo, alguien que se identifica abiertamente como aliado feminista y de la comunidad LGBTQIA+, se avergüenza de cantar una canción en la que la vocalista es una mujer?

Como muchos hombres, me educaron en masculinidad y, sobre todo, en cómo preservarladesde una temprana edad.

En mi colegio, mis amigos y yo solíamos jugar a «castiga al marica», una versión del pilla-pilla en la que había que intentar pillar al niño al que le tocaba llevar la pelota — el marica— y placarlo para que la soltara.

Más tarde, ya en el instituto, empezaron las «charlas de vestuario». Por un lado, los tipos trataban de embellecer su vida sexual, alardeando de las tipas a las que se había tirado y a las madres a las que también se follarían. Cuanto más explícitas fueran las historias y los gestos que las acompañaban y cuanto más se degradara a las mujeres en cuestión, más machos parecían ser.

Por otra parte, estos chicos insultaban a esos otros chicos que parecían más miedosos, o, en general, a cualquiera que no tuviera una pinta lo suficientemente atlética, que tuviera amigas mujeres, que prefiriera las artes o que pareciera homosexual, signifique lo que signifique eso.

Hacían acopio de todo tipo de insultos sexistas y homófobos y, junto con todo un amplio abanico de comportamientos de carácter explícito, los usaban para socavar la masculinidad de estos chicos.

Por supuesto que el vestuario no siempre era así, y tampoco todos participaban activamente en esa pose. Por ejemplo, muchos de mis amigos y yo nunca nos sentimos lo suficientemente a gusto ni con la suficiente confianza como para involucrarnos (no recuerdo haber hecho otra cosa en el instituto que andar agachando la cabeza). Sin embargo, existía una presión tácita por la que, al menos, debíamos reírnos en conjunto, porque, si no lo hacíamos, alguien de manera inevitable te acusaría de ser un marica (o algo peor).

Me alegré de abandonar el vestuario cuando llegué a la universidad. En parte mediante un trabajo académico sobre justicia social y en parte mediante una red de amigas más diversa, empecé a darme cuenta de lo que en realidad promovía el uso de lenguaje sexista en mi instituto.

we-can-take-it

Aprendí que vivimos en una sociedad patriarcal.

¿Y qué significa esto? El patriarcado es un sistema social en el cual los hombres gozamos de privilegio. Como los hombres somos los privilegiados, la masculinidad también lo es. La masculinidad es el conjunto de características y roles general y típicamente asociados a los hombres.

Volviendo la vista atrás a mi infancia, me di cuenta de que el concepto tradicional de hombre «de verdad» no es más que un producto de este sistema patriarcal.

Esos chicos de mi instituto no actuaban de manera «natural», lo que hacían era reafirmar, conscientemente o no, los conceptos de masculinidad hegemónica que habían heredado de su familia, de los medios y de las instituciones; unos conceptos que dan prioridad a la heterosexualidad y a la masculinidad sobre otros tipos de orientación sexual y la feminidad y que además fusionan género con genitales.

Tras darme cuenta de todo esto, decidí declararme aliado feminista y de la lucha por los derechos LGBTQIA+.

El feminismo es una filosofía y un movimiento cuyo objetivo es establecer la igualdad de género. Ser un aliado feminista significa apoyar la igualdad de derechos para la gente LGBTQIA+ mediante la lucha contra la heternormatividad (el privilegio de la heterosexualidad) y el cisexismo (la asunción de que el género está determinado únicamente por el sexo biológico y de que la gente trans es inferior a la no trans, o cis). Ambas formas de alianza van unidas porque el patriarcado desfavorece tanto a las mujeres como la comunidad LGBTQIA+.

No podía vivir en una sociedad en la que la «neutralidad» me hacía cómplice del desempoderamiento sistemático de las mujeres y de la gente LGBTQIA+. Quise involucrarme personal y profesionalmente en esta lucha por la igualdad social en cuanto a género u orientación sexual.

Sin embargo, ser un aliado feministaes difícil, especialmente si eres un hombre heterosexual. Las presiones (en base a los conceptos tradicionales) de la masculinidad hegemónica y toda una vida de aprendizaje patriarcal sistemático son difíciles de superar.

No obstante, he recopilado aquí cuatro consejos —basados en mis propias experiencias y tropezones— para ayudar a que los hombres cis (yo incluido) se declaren abiertamente feministas y aliados feministas.

  1. Quiérete a ti mismo siendo TÚ mismo

Sí, ya sé que parece sacado de un libro pasteloso de autoayuda, pero, ¿cómo podemos destruir tanto el patriarcado sistémico como los privilegios masculinos si continuamos definiéndonos a nosotros mismos en base a los estándares que tanto la masculinidad hegemónica como el patriarcado reproducen?

Oímos que los hombres «que se precien de serlo» valoran la fortaleza, aunque también es verdad que los conceptos tradicionales de la masculinidad hegemónica son fácilmente quebradizos. Pensadlo: todo eso que lleva toda una infancia y adolescencia desarrollar puede venirse abajo tan solo con cantar la canción equivocada en un karaoke, así que no me extraña que muchos hombres, en estos casos, y para proteger su masculinidad, se aparten.

Nos enseñan —y no solo eso, nos enseñamos entre nosotros— lo que significa ser un hombre «de verdad». A través de anuncios de televisión, series, películas y revistas, los hombres aprendemos el modelo ideal de cuerpo que hemos de conseguir, la ropa que hemos de vestir, el trabajo que hemos de alcanzar y los hábitos diarios que debemos practicar, y así hasta el infinito.

No obstante, para ser abiertamente un aliado feminista, debemos estar cómodos con nuestro género y sexualidad y debemos dejar de identificarnos en relación a otras personas. Debemos dejar de ponernos la zancadilla unos a otros mediante la explotación de los mismos mitos patriarcales de siempre.

Un hombre  «de verdad» no es sistemáticamente atlético, un hombre «de verdad» no ha de tener un pene enorme, un hombre «de verdad» no siempre tiene un montón de sexo con miles de mujeres, un hombre «de verdad» no tiene por qué tener un puesto de trabajo poderoso y lucrativo.

Es verdad, un hombre podría ser atlético, tener un pene grande, hincharse a sexo con mogollón de mujeres y tener un trabajo que le genere mucho lucro. Sin embargo, eso no lo hace más o menos hombre que otros, ni deberían estos atributos servir de vara de medir con la que evaluarnos tanto a nosotros como a los demás.

Este concepto, en sí mismo, es un engaño.

YoungMasculinities_BSA

En definitiva, debemos identificarnos como nos sintamos más coherentes con nosotros mismos como individuos.

No estoy diciendo que esto sea fácil, por supuesto que cuesta. Sin embargo, al liberarnos del yugo de la expectación social, nos permitimos también reconocer tanto nuestro propio privilegio como la marginalización que sufren las demás.

  1. Anticípate a las críticas que seguramente recibirás

El patriarcado está en todas partes, y aquellos que se benefician de él criticarán a aquellos que intenten derribarlo con argumentos orientados a socavar su masculinidad.

En el momento en que exhibí mi condición de aliado, algunos cuestionaron mi sexualidad y otros incluso me insultaron. « ¿Es que ahora eres gay», decían algunos, «¿eres una chica?». Algunos otros incluso me hablaban de haber traicionado a mis queridos compañeros machos, heterosexuales y cis.

Me avergüenza admitir que mi respuesta defensiva se basó en la misma red de argumentos falaces. Dije: «¡no, no soy gay!», «¡no soy una chica!». La verdad es que estos argumentos refuerzan la desvalorización de la homosexualidad y la femineidad frente a la heterosexualidad y la masculinidad.

La mejor respuesta hubiera sido recordarles que no tiene nada de vergonzoso el ser homosexual o mujer.

A pesar de las críticas de algunos hombres hacia aliados abiertamente feministas y hacia las propias feministas, tengamos en cuenta que la masculinidad que intentan socavar —como dijimos en el punto 1— es la suya, no la nuestra.

  1. Recordad: ser un aliado feminista es algo más que defender los derechos de las personas LGBTQIA+ o las mujeres.

Ser un aliado feminista es una filosofía que se basa en la práctica, es algo que te exige escuchar y empatizar con las demás; es algo que requiere de ti honestidad en nuestras disyuntivas, confusiones y problemas; es algo que nos exige que nos eduquemos sobre feminismo, sobre alianzas feministas, sobre patriarcado y sobre masculinidad. Y también es algo que nos exige que pongamos en práctica esa educación día a día para reconocer y acabar con la marginalización sistemática de las que no son como nosotros.

Es un trabajo y hay que tomar decisiones.

FightPatriarchy_1000px_hi_res_

¿Cómo responderías si alguien te llama gay por haberte declarado feminista o aliado feminista? ¿Qué harás cuando escuches a un desconocido llamar a alguien maricón o hacer un chiste sobre violaciones? ¿Qué harás cuando un amigo o un miembro de tu familia llame a alguien maricón o haga un chiste sobre violaciones? ¿Seguirás usando el médico y la asistenta sistemáticamente? ¿Cantarás canciones de Madonna en un karaoke?

  1. Desarrolla amistades con gente afín

Esto no significa que tengas que deshacerte de tus antiguas amigas, pero tu único «amigo gay» no te convierte automáticamente en feminista ni aliado feminista.

Empecé a sentirme más cómodo —más abierto y más activista— como aliado cuando establecí amistades con otras feministas, aliadas y miembros de la comunidad LGBTQIA+.

Cuando diversificamos nuestro círculo de amigas, más fácilmente reconocemos cómo la masculinidad es un constructo social y, según empezamos a redefinirnos a nosotros mismos en base a conceptos diferentes, nos vamos sintiendo menos amenazados.

 

Consecuentemente, los insultos ajenos nos afectan menos y nos sentimos más cómodos y motivados para desarrollar y expresar nuestro feminismo o nuestra alianza con el mismo.

***

Es común la idea de que el feminismo es solo para mujeres y que la defensa de los derechos LGBTQIA+ es solo para miembros de esa comunidad.

¿Pero cómo podemos vivir en una sociedad igualitaria si no nos compretemos todas a socavar este privilegio y desempoderamiento sistemático, si no nos compretemos a alcanzar a la igualdad universal?

Ser feminista, aliado y tener una mentalidad abierta es de gran ayuda en este empeño, y eso mismo nos ayuda a mejorar como individuos empáticos, como amigas y como parejas.

Para ver contenido diario, podéis seguirme también por Facebook en Demonio Blanco y por Twitter (@DemonioblancoTT).