La masculinidad está matando a los hombres: la construcción del hombre y su desarraigo

Original por Kali Halloway en Alternet, Masculinity is Killing Men: The Roots of Men and Trauma.

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Nota: este artículo se refiere mayoritariamente a experiencias cis.

Damos comienzo al proceso de convertir a los niños en hombres mucho antes del fin de la infancia.

Las tres palabras más dañinas que todo hombre recibe en su niñez es cuando se le emplaza a “ser un hombre” — Joe Ehrmann, entrenador y antiguo jugador de la NFL (Liga Profesional de Fútbol Americano).

No nos engañemos, sabemos desde hace tiempo que muchos hombres están muriendo por culpa de la masculinidad. Mientras que la construcción de lo femenino nos exige a las mujeres ser delgadas, bellas, serviciales y al mismo tiempo, en un precario equilibrio, virginales y follables, la construcción de lo masculino obliga a los hombres demostrar y redemostrar constantemente que, bueno, son eso: hombres.

Ambos conceptos son destructivos pero si nos atenemos a las estadísticas, el número de hombres incluidos y afectados y su, comparativamente, exigua esperanza de vida dan prueba de que la masculinidad es una asesina más efectiva, neutralizando a sus objetivos de manera más rápida y en mayores números. El número de víctimas atribuibles a la masculinidad versan en torno a sus manifestaciones más específicas: alcoholismo, adicción al trabajo y violencia. Aunque no maten explícitamente, sí provocan una especie de muerte espiritual, causando trauma, disociación e, inconscientemente, depresión. (Estos elementos empeoran si nos movemos en términos de raza, clase, orientación sexual y otros factores de opresión, pero concentrémonos en la primera infancia y en la socialización adolescente de manera global.) Citando a la poeta Elizabeth Barret Browning: “no es en la muerte donde los hombres en su mayoría fenecen”. Y, para muchos, el proceso comienza mucho antes de llegar a la adultez.

La emocionalmente dañina masculinización comienza antes de la adolescencia para muchos chicos, en la más tierna infancia. El psicólogo Terry Real, en su libro I Don’t Want to Talk About It: Overcoming the Secret Legacy of Male Depression (No quiero hablar de ello: superar el secreto legado de la depresión masculina) de 1998, desmenuza varios estudios en los que se nos explica que padres y madres, inconscientemente, proyectaron en las criaturas una especie de “masculinidad” innata, y, por tanto, una menor necesidad de confort, protección y afecto justo tras haberse producido el alumbramiento y pese a que los bebés no poseen comportamientos categorizables por género. De hecho, los bebés suelen comportarse de maneras que nuestra sociedad define como “femeninas”. Como Real nos expone: las criaturas llegan a este mundo con una dependencia, expresividad y emociones idénticas, y con el mismo deseo de afecto físico. En los primeros estadios de la vida, todas las criaturas se ciñen más a lo que estereotípicamente se define como femenino. De existir alguna diferencia, está precisamente en los asignados hombres, más sensibles y expresivos que sus pares femeninas. Lloran más a menudo, parecen más frustrados y muestran más enfado cuando la persona al cargo de sus cuidados abandona la sala.

Tanto padres como madres se imaginaron diferencias inherentes al sexo de sus criaturas, asignadas un género u otro. Aunque los especialistas sanitarios se encargaron de medir su peso, tamaño, nivel de altura y fortaleza, los progenitores informaron mayoritariamente que las criaturas asignadas mujeres eran más delicadas y “dulces” que las asignadas hombres, a los que imaginaban más grandes y, por lo general, más “fuertes”. Cuando se ofreció a un grupo de 204 adultos un visionado de la misma criatura llorando y se le entregó a cada persona información distina sobre el género asignado de la criatura,  adjudicaron a la criatura “hembra” una actitud miedosa, mientras que a la criatura “macho” la describieron como “colérica”.

De manera intuitiva, estás diferencias perceptivas provocan a su vez diferencias correlativas en el cuidado parental que posteriormente se acaba aplicando a estas criaturas ya asignadas hombre. En palabras del personal al cargo del estudio: “parecería razonable asumir que una criatura a la que se considera asustada reciba más cariño que una que parece enfadada”. Esta teoría se ve reforzada por otros estudios que cita Real. Todos coinciden en que “en el momento del nacimiento, a las criaturas asignadas hombre se les habla menos que a las asignadas mujer, se les reconforta menos, se les alimenta menos”. En resumidas cuentas, los recortes emocionales hacia nuestros hijos comienzan en el mismo umbral de su vida, en el momento más vulnerable de la misma.

Es este un patrón recurrente a través de toda la infancia y adolescencia. Real hace referencia a un estudio en el cual se nos muestra que tanto madres como padres pusieron énfasis en los “logros y competitividad de sus hijos”, y les enseñaron a “controlar sus emociones”, o lo que es lo mismo, instruir tácitamente a los chicos a ignorar o minimizar sus necesidades o deseos emocionales. De manera similar, tanto padres como madres son más estrictas hacia sus hijos, actuando presumiblemente bajo la premisa de que “pueden con ello”. Beverly I. Fagot, la fallecida investigadora y autora de The Influence of Sex of Child on Parental Reactions to Toddler Children (La Influencia del género de las criaturas preadolescentes ante reacciones parentales), descubrió que tanto padres como madres ofrecían estímulo positivo a sus criaturas ante las muestras de comportamiento “cis” (opuesto a un comportamiento “trans”). Progenitores que explícitamente se mostraban partidarias de la igualdad de género ofrecían, por el contrario, más respuestas positivas a sus hijos cuando jugaban con Legos y más respuestas negativas a sus hijas cuando mostraban actitudes “deportivas”. Se premiaba más los momentos de juego sin vigilancia parental, o “logros individuales” a los chicos y se mostraban más respuestas positivas a las chicas cuando estas requerían ayuda. Como norma, estos progenitores ignoraban el papel activo que estaban jugando en la socialización de sus hijos con arreglo a roles de género. Fagot incluye que todas estas personas adultas afirmaron que educaban de manera ecuánime a sus criaturas, sin prestar atención a su género asignado, una afirmación rebatida totalmente por las conclusiones del estudio.

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Sin duda, estas prontas lecciones transmiten mensajes nefastos tanto a niños como a niñas, con consecuencias irreparables. Sin embargo, mientras que , como afirma Terry Real, “a las chicas les está permitido conservar la expresividad emocional y cultivar la conectividad”, a los chicos se les educa para eliminar esas emociones e incluso se les inculca que su masculinidad depende casi exclusivamente de ello. Muy a pesar de esta realidad carente de lógica, nuestra sociedad ha abrazado completamente el concepto de que la relación entre virilidad y masculinidad es, de algún modo, fortuita y precaria, y se ha tatuado a fuego el mito de que “los chicos habrán de convertirse en hombres… que los chicos, en oposición a las chicas, deben alcanzar la sagrada masculinidad”.

Nuestros pequeños naturalizan estas ideas desde una pronta edad; debatiendo con Real, me informó de estudios que sugieren que estos jóvenes comienzan a ocultar sus sentimientos desde los 3 o los 5 años. “No es que posean menos emociones, es que ya van aprendiendo las reglas del juego: que mejor no las muestren”. Los chicos, según el imaginario popular, se convierten en hombres no solo creciendo, sino siendo sometidos a toda esta socialización. Sin embargo, Real también añade algo que para chicos cis puede parecer obvio: “no necesitan que nadie les haga hombres, ya lo son. Los chicos no necesitan desarrollar su masculinidad”.

Es inconmensurable la influencia de imágenes y mensajes sobre masculinidad implícitos en nuestros medios de comunicación. Miles de series y películas lanzan propaganda a los jóvenes (y a todo el mundo, en realidad) no tanto sobre cómo hombres (y mujeres) ya somos sino cómo deberíamos ser. Aunque hoy día existe mucho material académico sobre la representación de la mujer en los medios de comunicación y también existen miles de análisis deconstructivos de sus perniciosos efectos gracias a feministas, no existe tanto análisis sobre las construcciones masculinas en los mismos. Aun así, reconocemos claramente las características que mediáticamente se valoran entre los hombres en películas, televisión, videojuegos, tebeos, etc.: fortaleza, valor, independencia, la habilidad de proveer y proteger.

Mientras que las representaciones masculinas se han complejizado, se han hecho más variadas y humanas en estos últimos años (ya hace tiempo de El Sargento de Hierro y del arquetipo de Supermán), aún permanece ese privilegio de algunas características “masculinas” sobre otras. En palabras de Amanda D. Lotz en su libro de 2014, Cable Guys: Television and Masculinities in the 21st Century, Chicos de antena: televisión y masculinidades en el siglo XXI, aunque las representaciones masculinas en los medios se han diversificado, “la narración, por otra parte, ha llevado a cabo una importante labor ideológica apoyando de manera constante a personajes masculinos construidos desde el heroísmo o la admiración, denostando al resto. De esta manera, aunque las series de televisión han ampliado su muestra de tipos de hombre y masculinidades, han conservado su “preferencia” o “predilección” por un tipo de masculinidad cuyos atributos se idealizan constantemente.

Conocemos de sobra a este tipo de personajes que se repiten hasta la saciedad. Son los héroes de acción indomables, los psicópatas folladores de Grand Theft Auto, los padres de sitcom alérgicos al trabajo doméstico casados inexplicablemente con bellísimas esposas, los veinteañeros porretas sin oficio ni beneficio que se las apañan para ligarse a la tía buena al final; y, aún, el férreo Superman. Incluso el sensible y amoroso Paul Rudd de algún modo se “masculiniza” antes de los títulos de crédito de sus películas. Es importante reseñar aquí que un estudio de Antiviolencia en televisión concluyó que, de media, los hombres de 18 años en Estados Unidos ya han visionado 26.000 asesinatos en pantalla, “la mayoría de ellos, cometidos por otros hombres.” Añadid ahora estos números a la violencia en el cine u otros medios y las cifras son astronómicas.

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La pronta anulación de los sentimientos en los chicos y nuestra insistencia colectiva para que permanezcan en ese camino han traído como consecuencia el cisma entre ellos y sus sentimientos  y entre ellos mismos y sus yos más vulnerables.  La historiadora Stephanie Coontz ha llamado a esto la “mística masculina”. Deja a las pequeñas criaturas asignadas hombre y posteriormente, a los hombres adultos, desmembrados emocionalmente, con pánico a mostrar debilidad y la mayoría de las veces incapaces de acceder satisfactoriamente, reconocer o enfrentarse a sus sentimientos.

En su libro, Why Men Can’t Feel (El porqué de la asensibilidad masculina), Marvin Allen afirma que “estos mensajes animan a los chicos a ser competitivos, a centrarse en los logros externos, depender de su intelecto, soportar el dolor físico y reprimir sus sentimientos de vulnerabilidad. Cuando alguno de ellos viola el código, lo común es humillarle, ridiculizarle o avergonzarle.” El cliché cultural sobre los hombres totalmente disociados de sus sentimientos no tiene nada que ver con la virilidad, más bien es el indicativo de unos códigos de conducta religiosamente transmitidos, en su mayoría por padres y madres bienintencionadas y globalmente por la sociedad. En palabras de Terry Real en la charla que mantuvimos, este proceso de desconexión de los chicos de su yo “femenino”, o, más adecuadamente, “humano”, es tremendamente dañino. “Cada paso es perjudicial”, indica Real, “es traumático. Es traumático que te fuercen a abdicar de la mitad de tu propia humanidad”.

Este dolor se aplana una vez que los hombres canalizamos nuestros sentimientos de necesidad emocional y vulnerabilidad. Mientras que las mujeres naturalizan su dolor, los hombres lo exteriorizamos, hacia nosotros mismos o hacia otros. En palabras de Real, las mujeres “se responsabilizan, se sienten mal, lo saben y luchan por dejar de estarlo. Los hombres solemos externalizar el estrés. Lo exteriorizamos y nos olvidamos de nuestra responsabilidad en ello. Es lo contrario a la autoinculpación, es como sentirse una víctima colérica. La Asociación Nacional de Trastornos Mentales recoge en sus datos que, incluyendo criterios de etnicidad, las mujeres son el doble de propensas a sufrir depresión que los hombres, pero Real está convencido de que los comportamientos exteriorizantes de los hombres sirven para enmascarar depresión, que en la mayoría de casos nunca obtiene ni diagnóstico ni reconocimiento.

 contrarioEjemplos de estos comportamientos destructivos abarcan desde lo socialmente permitido, como la adicción al trabajo, a lo punible, como la adicción a las drogas o la violencia. Los hombres tienen el doble de posibilidades de ser víctimas de trastornos de ira. Según datos del Centro de Control de Epidemias de Atlanta, los hombres ingieren más alcohol estadísticamente que las mujeres, ocasionando “una tasa más alta de hospitalizaciones y muertes relacionadas con la ingesta de alcohol.  (Posiblemente porque hombres bajo la influencia del alcohol tienen más posibilidades de entablar otras conductas de riesgo, como el exceso de velocidad al vehículo o circular sin cinturón de seguridad)”. Los chicos tienen más probabilidad de consumir drogas antes de los doce que las chicas, lo que da lugar a una tasa más alta de consumo de drogas en hombres que en mujeres en edades más avanzadas. Los hombres en Estados Unidos son más susceptibles de asesinar (90’5% de todos los asesinatos) y de ser asesinados (76’8% de las víctimas), algo que también se extiende a ellos mismos: los hombres disponen de su propia vida cuatro veces más que las mujeres, y copan el 80% de los suicidios.” (Es interesante que por el contrario, las estimaciones de intentos de suicidio entre mujeres sean tres o cuatro veces superiores a la de los hombres.) Y según Prisiones, el 93% de la población reclusa son hombres.

Los efectos dañinos de este sesgo emocional que ya hemos detallado también interfieren en la brecha de género de la esperanza de vida. Según Terry Real:

“La voluntad masculina para minimizar la debilidad y el dolor es tal que ha pasado a ser un factor de disminución de esperanza de vida. Los diez años de diferencia entre la esperanza de mujeres y hombres poco tiene que ver con la genética. Los hombres morimos antes porque nos descuidamos: tardamos más en reconocer que estamos enfermos, tardamos más en pedir ayuda y una vez que nos ha sido asignado un tratamiento, somos menos consecuentes con él que las mujeres”.

La masculinidad es difícil de conseguir e imposible de mantener, un hecho que Real incluye y que queda de manifiesto en la frase “frágil ego masculino”. Como la autoestima masculina descansa temblorosamente sobre el frágil suelo de la construcción social, el esfuerzo para mantenerla es agotador. Intentar evitar la humillación que queda una vez esta se ha desvanecido puede llevar a muchos hombres a finales peligrosos. No pretendo absolver a muchos hombres de la responsabilidad de sus actos, solo señalar las fuerzas que subyacen bajo este sistema de conductas que comúnmente atribuimos a criterios individuales, ignorando sus causas de fondo.

James Giligan, exdirector del Centro de Estudios sobre Violencia de la Facultad de Medicina de Harvard ha escrito numerosos tomos al respecto de la violencia masculina y sus fuentes. En una entrevista en 2013 para MenAlive, un blog de salud masculina, Giligan habló de sus conclusiones: “aún no he descubierto una sola muestra de violencia que no haya sido provocada por una experiencia de humillación, falta de respeto y ridiculización y que no representara un intento para prevenir o deshacer esa “caída de máscara”, independientemente de lo severo de su castigo, incluyendo la muerte”.

Muy a menudo, hombres que sufren continúan haciéndolo en soledad porque creen firmemente que mostrar su dolor personal es equivalente a haber fracasado como hombres. “Como sociedad, respetamos más a los heridos silentes, explica Terry Real, a aquellos que ocultan sus dificultades, que a aquellos que dejan fluir su estado”. Y, como con otras cosas, el coste, tanto humano como en dinero real, de no reconocer esta tortura masculina es mayor que el de atender estas heridas, o evitar provocarlas desde un principio. Es de vital importancia que nos tomemos en serio lo que le hacemos a los pequeños asignados hombre al nacer, cómo lo hacemos y el altísimo coste emocional provocado por la masculinidad, que convierte a pequeños emocionalmente completos en adultos debilitados sentimentalmente.

Cuando la masculinidad se define mediante su ausencia, cuando se asienta en el concepto falaz y absurdo de que la única manera de ser un hombre es no reconocer una parte esencial de ti mismo, las consecuencias son despiadadas y parten el alma. La disociación y desarraigo consecuentes dejan al hombre más vulnerable, susceptible y en necesidad de muletas para soportar el dolor creado por nuestras solicitudes de masculinidad. De nuevo en palabras de Terry Real: “para las mujeres, la naturalización del dolor las debilita y dificulta el establecimiento de una comunicación directa. La tendencia de un hombre deprimido a externalizar el dolor puede convertirle en alguien psicológicamente peligroso.”

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Hemos establecido un patrón injusto e inalcanzable, y, tratando de vivir con arreglo al mismo, muchos hombres están siendo asesinados lentamente. Debemos superar nuestros obsoletos conceptos de masculinidad y nuestras consideraciones sobre lo que es ser un hombre. Debemos comenzar a ver a los hombres como realmente no son, sin necesidad de probar que lo son, para ellos o para el resto del mundo.

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Las trabajadoras del sexo tenemos mucho que decir sobre derechos laborales. ¡Escuchadnos!

Del original de Jane Green en The GuardianListen to sex workers – you’ll realise we have a lot to say about labour rights.

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Las trabajadoras del sexo practicamos nuestra profesión porque tenemos necesidades y deseos en la vida: comida, cobijo y los gastos cotidianos que nos afectan diariamente. Además, somos parte integrante de las comunidades donde trabajamos y vivimos.

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En Victoria, Londres, el trabajo sexual a pie de calle continúa criminalizado y sometido a leyes reguladoras.

Me produjo una frustración y una desesperación horrible leer el artículo Vivir en St. Kilda (Escocia) me abrió los ojos al mundo de la prostitución. Si tengo suerte, podré escapar. Frustración y desesperación porque, como trabajadora del sexo, antigua trabajadora a pie de calle y abogada de trabajadoras del sexo, muy a menudo veo que gente ajena a nuestro mundo habla de nuestras vidas de forma despectiva y estigmatizante. Tan, tan a menudo, que hasta ya existe un término para denominar nuestro trabajo: porno por compasión.

El término porno por compasión nos describe a las trabajadoras del sexo como víctimas alienadas,  incapaces de tener voz propia y en constante necesidad de rescate o de rehabilitación. Es esta una visión que niega la potestad que tenemos sobre nuestros propios cuerpos, que busca sabotear las luchas de las trabajadoras del sexo para que nuestros derechos como personas se vean reconocidos y que coloca en un lugar preponderante en debates sobre nuestras vidas y derechos las voces de aquellas personas ajenas a nuestro mundo. Esto no puede ser.

Las trabajadoras del sexo, como las demás, practicamos nuestra profesión porque tenemos necesidades y deseos en la vida: comida, cobijo y los gastos cotidianos que nos afectan diariamente, y sí, a veces drogas, aunque obtener drogas no es ni mucho menos el motivo indispensable que nos lleva a involucrarnos en esta rama profesional. Formamos parte de las comunidades en las que trabajamos y vivimos, siendo las trabajadoras del sexo a pie de calle la parte más visible de nuestra comunidad y también las que se enfrentan a situaciones específicas en términos de atención pública y mediática.

En Victoria, Londres, el trabajo sexual a pie de calle continúa criminalizado y sometido a leyes reguladoras. Esto se refleja en nuestro día a día como profesionales del sexo cuando recibimos un trato diferente al que se aplica a trabajadoras de otras ramas. Estamos sometidas a un complejo y confuso régimen de regulaciones que nos dicta cómo y cuándo tenemos que trabajar. Cuando en alguna ocasión no cumplimos esas determinaciones o cuando somos víctimas de violencia, nos vemos obligadas a pedir ayuda a las autoridades (entre ellas, la policía) y a arriesgarnos a ser multadas por no cumplir las especificaciones de las leyes reguladoras.

En relación con lo anterior, algo que te puede provocar que el ánimo se te caiga a los pies es leer la prensa y encontrarte un artículo de opinión que tire de generalizaciones fundamentadas en interacciones que el autor ha con trabajadoras del sexo, que en general no van más allá que un par de buenos días.

Si de verdad quieres enterarte de nuestras vidas como trabajadoras del sexo, te daré una pista: escúchanos, tenemos mucho que decir. No estamos calladas, luchamos a diario por los derechos laborales de nuestra comunidad. Apreciamos a aquellas personas que nos escuchan y no tratan de hablar en nuestro nombre; las aliadas de verdad respetan nuestra independencia y no presuponen nada sobre nosotras, sino que intentan descubrir por sí mismas nuestro mundo, el de las trabajadoras del sexo, a través de nosotras.

Si escribes sobre nosotras, es importante que entiendas que cuando describes el ambiente en el que trabajamos como un martilleo constante de miseria, día y  noche,  día y  noche y a nosotras como de caras sumisas, pero de ojos curtidos, lo que estás haciendo es despersonalizarnos y estigmatizarnos. Si en realidad te preocupa la violencia en nuestras vidas, si quieres ser una persona mentalizada sobre nuestra comunidad que quiere darnos su apoyo, los elementos clave a los que te tienes que enfrentar son el estigma y la discriminación y las leyes que criminalizan nuestro trabajo y evitan que disfrutemos de los derechos como personas y trabajadoras de los que sí disfrutan otros miembros de la sociedad, esas mismas leyes que nos dificultan el acceso a la justicia cuando somos víctimas de violencia.

Todo tipo de ayuda relativa a lo anterior que se nos facilite a las trabajadoras del sexo es un apoyo muy importante, escribir cosas como sexo por compasión, no.

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Cómo saber que eres un misógino

Del original  de Mychal Denzel Smith en Feministing, How to know you hate women.

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Ray Rice, Janay Rice

He aquí una prueba infalible de que eres un misógino: se produce un caso de violencia de género en el cual un hombre golpea a una mujer hasta que la deja inconsciente. El caso adquiere notoriedad nacional y todas las preguntas y comentarios que se te vienen a la cabeza tienen que ver sobre el comportamiento de ella. Eres un misógino de aúpa, ni más, ni menos.

No hay otra explicación, nada de «no conozco la totalidad de los hechos», no hay excusas, eres un misógino. Reconócelo.

Seguramente no creas que eres un misógino; en realidad, lo más probable es que pienses que solo estás siendo un observador objetivo cuyo único interés es la verdad. No te lo crees ni tú, amigo.

Es un incidente que suele darse en nuestros debates sobre conflictos verdaderamente importantes: tenemos que ser justas con ambas partes. No tenemos en cuenta, sin embargo, que una de las partes es la subyugada y la otra, la opresora. Si no te parece mal legitimar a esta última en pos de la «justicia», tampoco te parecerá mal decir que estás de acuerdo con la opresión como una condición inherentemente humana. Menuda mierda.

La violencia machista no merece una perspectiva «justa», no deberían existir justificaciones, racionalizaciones o ambigüedades. La violencia machista no debería tolerarse, punto. Sin embargo, cada vez nos disponemos a denunciar esta violencia de manera colectiva, hay alguien que alza la voz discordante.

«Bueno, el caso es que hizo mal en pegarla, pero creo que ella no debió…»

«No estoy de acuerdo con que se pegue a las mujeres, pero si te metes en los asuntos de un hombre con sus mismos modos… »

«¿Y las obligaciones que tiene [ella] con su familia

«¿Por qué no se largó? Así está justificando su comportamiento [el de él]»

«No deberíamos entrometernos en asuntos de pareja»

«¿Y qué se esperaba?»

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Odio. Es odio. No hay otra manera de llamarlo cuando has tenido constancia del hostigamiento sistemático hacia las mujeres a lo largo de la historia hasta silenciarlas y convertirlas en ciudadanas de segunda y aun así les culpas por la violencia que sufren.

Existe una tendencia a juzgar de manera ecuánime las acciones de las personas poderosas y desempoderadas y luego preguntar «ah, ¿pero que no es eso la igualdad?». Es una manera muy astuta de evadirse retóricamente del asunto que nos concierne. La igualdad es el objetivo, pero fingir que convivimos como iguales AHORA MISMO es una ficción. Nos guste o no, llevamos a nuestras espaldas el peso de la historia cuando interactuamos de manera personal. La historia de la violencia machista es la historia de los cuerpos femeninos como campos de batalla en la lucha por el poder. Puñetazos, patadas, armas y amenazas de muerte solo son algunos de los métodos que se han puesto en práctica para asegurar el dominio sobre las mujeres y negarles autonomía, primero en casa y luego en el resto del mundo.

Teniendo en cuenta todo esto, nos equivocamos juzgando de manera negativa que un hombre pegue a una mujer porque él es físicamente más fuerte que ella, o porque las mujeres sean delicadas. Esta línea de pensamiento, aunque posicionada correctamente en el debate, lo está por los motivos equivocados, ya que refuerza el ideario patriarcal de que la protección ha de ser competencia estricta de los hombres.

No, la violencia machista es una lacra porque afianza una jerarquía de poder y es un método para asegurar la sumisión y garantizar el mantenimiento de la desigualdad a través del miedo.

Así que, si en algún momento dado empiezas a justificar estos actos, eres un misógino. Tenlo en cuenta mientras te recopilas la «totalidad de los hechos».

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Stop-Violence-Against-Women

Correr siendo mujer

Del original Running While Female de Karen Cordano en The Huffington Post.

Hoy he hecho mi primera carrera de mi primera semana de preparación para mi primera media maratón. Ocho kilometrillos, aunque esos ocho kilómetros no se me hacen fáciles.

A cuatro manzanas de mi casa, un tipo en bicicleta con vestimenta de licra deportiva me adelantó. Le sonreí y le hice un pequeño saludo, porque es lo que hago con todas las personas con las que me cruzo, me parece bien practicar mis buenos modales. Su cara se encendió y me mostró una gran sonrisa. Un par de manzanas más adelante, me olvidé del asunto.

Al completar el primer kilómetro, me pregunté a mí misma que por qué no otros cuatro, pero en ese momento noté algo en la periferia de mi ojo. Me tropecé con la cara sonriente del tipo de la bicicleta que repentinamente corría a mi lado. No le devolví la sonrisa. Eran en torno a las diez menos cuarto de la mañana de un domingo, había muchísima gente alrededor, madres y niñas en la zona infantil en lo alto del parque, un joven tirando a canasta en la cancha de baloncesto y gente paseando a sus perros. Aun así, estaba asustada.

El tipo parecía en forma, sufría bastante menos que yo en el recorrido de once minutos de baja intensidad que estaba haciendo. Se colocó junto a mí o unos pasos por detrás. Al llegar a la esquina, aumenté el ritmo y giré a la derecha delante de él. Durante un momento, pensé que había dejado de seguirme, pero no era así; no tenía ni idea de donde había dejado la bici. Dando vueltas al parque, se puso a mi izquierda, atrapándome entre él y el bordillo y haciéndome sentir aun más encajonada.

Quise decirle que me estaba asustando, quise que me la sudara el que me estuviera siguiendo, quise ser valiente, quise llamar a mi marido, quise que mi alianza matrimonial creciera en tamaño, que me protegiera de… ¿qué? ¿De un tipo haciendo footing? Quise ignorar esa vocecita de mi cabeza que me decía que mi seguridad estaba en peligro; quiero decir, ¿qué es lo que estaba haciendo el tipo en realidad? Igual solo había salido a correr a bajo ritmo. Quise dejar de preguntarme si mi sonrisa y mi saludo anteriores habían sido demasiado amistosos.

Pero no, lo hice, me preocupó el haber flirteado con él, aunque supiera que no lo había hecho, me preocupó que mis culottes de ciclista y mi camiseta de tirantes fueran demasiado sugerentes, me preocupó el estar siendo una mujer débil e histérica que estaba haciendo de todo una montaña, aunque claramente supiera que no lo estaba haciendo.

¿Y quién sabe qué intenciones tenía él? No creo que fuera a herirme, pero me estaba haciendo sentir incómoda y mis reacciones de tensión e inquietud ahí estaban.

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A medio camino, bordeando el parque, hay una boca de incendios que suelo rodear para volver al cruce donde he alcanzado el kilómetro y medio. Reduje hasta que le tuve al lado y giré rápidamente. Medio kilómetro después de haberse pegado a mí por primer momento, dejó de seguirme. Observé a mi alrededor obsesivamente durante otro kilómetro hasta que no pude más, me paré y me apoyé a la sombra de una pareja árboles para llamar a mi marido.

Me sentí idiota, como una idiota histérica. Mi marido y sus amigos se encontraban en un mercadillo y le pedí si podía venir a recogerme. No sabía qué hacer, estaba asustada de volver a casa, asustada de que todavía me estuviera mirando, asustada a plena luz del día y rodeada de gente. Decidí continuar.

A los seis kilómetros y medio me escribió mi marido diciéndome que se encontraba en la zona con el coche y que me llevaría a casa; se lo agradecí, me despedí y continué. Nunca volví a ver a aquel tipo.

En junio, el diario Washington Post publicó una página de opinión firmada por George Will donde condenaba la exageración de la violencia sexual contra las mujeres en los campus, lo que propiciaba un clima de victimismo que favorecía la aparición de un nuevo estatus de privilegio. Internet ardió con reacciones desde partes, pero las que me conmocionaron fueron aquellas de mujeres que coincidían con Will. Leí comentarios de mujeres que cuestionaban el hecho de que las universitarias estuvieran siempre pensando en el peligro de ser violadas, de mujeres que se preguntaban qué de especial tenían estas chicas para que alguien las quisiera agredir sexualmente. En resumen: mujeres que se preguntaban por qué otras mujeres se ponían como unas histéricas.

En 2012, un estudio llevado a cabo por el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta (Estados Unidos) puso en evidencia que una de cada cinco mujeres serán previsiblemente víctimas de violación a lo largo de su vida. Supone una estadística idéntica a la de 2007, la de otro estudio, este solicitado por el Departamento de Justicia durante la Administración Bush. Así que no se trata de ningún dato conjurado por alguna administración de izquierdas o por algún aquelarre feminista con el cual conseguir sus objetivos, sean cuales sean. No, es real, las mujeres tememos las violaciones por muchas razones. Mi miedo a las violaciones no está producido porque crea que se me encuentra especial o apetecible o porque crea que todos los tíos son malos por naturaleza o violadores en potencia. Las agresiones sexuales son delitos en los que se incluyen violencia y control, no deseo. Mi aprendizaje ha versado en que las mujeres, durante la mayor parte de su vida, lo van buscando a cada paso que dan; he aprendido que si alguien me agrede, nadie va a creerme, y los comentarios favorables al artículo de Will hechos por mujeres reafirman esas ideas. En el momento en que alguien más alto y más fuerte que yo invade mi espacio personal, me asusto.

Así que, ¿qué diantres ha pasado esta mañana?

No creo que estuviera realmente en peligro, pero, pese a todo, modifiqué mis planes de recorrido, que preveían transcurrir por un camino semidesconocido junto a un arroyo a través del parque tras el tercer kilómetro. No dudo de las intenciones del tipo, pero tengo clarísimo que sabía que me estaba haciendo sentir violenta y aun así no paró.

La conclusión de todo es que me siento avergonzada por no decirle que me estaba asustando, por no pedirle que dejara de seguirme, porque preponderara mi preocupación por no molestar, por preguntarme si es que en realidad lo que había hecho había sido flirtear con él, si no me había vestido con ropa adecuada o si lo iba buscando, por sentirme pequeña e inútil, por sentir esa desazón en el estómago aun horas después, por cogerle miedo a mis carreras del martes.

Tengo vergüenza de estar avergonzada.

Espero más de mí misma, pero también espero más de ese hombre. Espero más de todos los hombres.

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Esta mañana no he hecho nada mal.

La cultura de la violación. Guía para el caballero.

Del original A Gentleman’s Guide to Rape Culture de Zaron Burnett III.

Si eres un hombre, formas parte de la cultura de la violación. Y sí, ya sé que suena duro; no eres necesariamente un violador, pero perpetúas comportamientos a los que comúnmente nos referimos como cultura de la violación.

Seguramente estarás pensando «Para quieto ahora mismo, Zaron, ¡ni siquiera me conoces, colega! Como se te ocurra insinuar que me molan las violaciones… No, yo no soy de esos, tío».

Sé cómo te sientes, tuve la misma respuesta cuando me dijeron a mí que formaba parte de la cultura de la violación. Suena fatal, pero imagínate andar por el mundo sin dejar de tener miedo a que te violen. Aun peor, la cultura de la violación no solo es una mierda para las mujeres, lo es para todo el mundo involucrado en ella. Pero no  te obsesiones con la terminología, no te quedes pasmado en las palabras que te ofenden y dejes de lado lo que en realidad quieren decirte. La expresión «cultura de la violación» no es el problema; sí lo es la realidad que describe.

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Los hombres somos los principales responsables y los máximos apoyos de la cultura de la violación.

No somos los hombres los únicos que violamos, como no son las mujeres las únicas víctimas. Hay hombres que violan a otros hombres y mujeres que violan a hombres, pero lo que nos convierte a los hombres en sus máximos responsables es que somos los que cometemos el 99% de las violaciones denunciadas.

¿Y cómo formas parte de la cultura de la violación? Bueno, mira que no me gusta nada decirlo, pero lo haces simplemente por ser un hombre.

Cuando me cruzo con una mujer en un aparcamiento por la noche y ella anda por delante de mí, hago todo lo que creo posible para que a) no se sobresalte b) tenga tiempo de sentirse segura o cómoda y c) en la medida de lo posible, pueda acercarme de manera amistosa para hacerla saber que no soy una amenaza. Y lo hago porque soy un hombre.

Basicamente, me hago cargo de que esa mujer que me encuentro por la calle, en el ascensor, en las escaleras o donde sea se sienta segura; intento que se sienta tan segura como si yo no estuviera allí. Tengo presente que toda mujer que coincide conmigo en un espacio público y no me conoce, me lee como hombre. Un hombre que, en concreto, se encuentra repentinamente a su lado. Tengo que tener en cuenta su sentido de espacio y que mi presencia pueda hacerlea sentirse vulnerable. Y hemos aquí el factor clave, la vulnerabilidad.

No sé vosotros, pero yo no me paso la vida sintiéndome vulnerable. He tenido que aprender que las mujeres pasan la mayor parte de su vida social con constantes e inevitables sentimientos de vulnerabilidad. Paraos a pensarlo un momento. Imaginaos sentir una  constante sensación de peligro, como que tuvierais  la piel de cristal.

Como tipos modernos, lo que hacemos es buscar el peligro; elegimos vivir aventuras y practicamos deportes de riesgo para sentir como que estamos en peligro. En definitiva, bromeamos sobre nuestra vulnerabilidad. Así de diferente vemos el mundo los hombres (ojo, esto lo digo teniendo perfectamente en cuenta que existe una comunidad femenina de deportistas fde riesgo muy dinámica, que también ponen en peligro sus vidas a menudo. Sin embargo, ellas no tienen que ponerse exclusivamente en situaciones de adrenalina para sentir el peligro).

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Soy prácticamente abstemio y, podría decir, sólidamente, que llevo buenas pintas, lo que quiere decir que, andando solo por la noche muy raramente temo por mi seguridad. Algunos sabréis lo que quiero decir con esto. Muchas mujeres no saben lo que es moverse libremente por el mundo a cualquier hora del día o la noche y sentir que no va a haber ningún problema; de hecho, lo que sienten estas mujeres es lo contrario.

Una mujer siempre tiene que pensar adónde va, a qué hora irá, a qué hora llegará, a qué hora volverá, qué día de la semana es, si se quedará sola en algún momento… y así sigue la cosa, porque hay más elementos que me estoy dejando en el tintero. Yo, honestamente, no tengo que pensar mucho sobre lo que tengo que hacer para estar a resguardo en cualquier momento de mi vida. Me deleito con la libertad de la que dispongo para levantarme e ir de aquí para allá de día, de noche, llueva o haga sol, a cualquier parte de la ciudad. Si queréis llegar a entender la cultura de la violación, recordad que la mitad de la población no disfruta de esta libertad.

Estos son los motivos por los que intento usar una expresión corporal transparente y por los que trato de actuar de tal manera que los miedos y demás sensaciones que las mujeres puedan sentir al respecto se reduzcan. Os recomiendo encarecidamente que hagáis lo mismo. Os lo digo en serio, es lo mínimo que cualquier hombre podemos hacer en espacios públicos para que las mujeres se sientan más cómodas en este mundo que compartimos. Basta con que las tengáis en cuenta tanto a ellas como a su espacio personal.

Pensaréis que es injusto que paguemos justos por pecadores, que tengamos que cambiar nuestros hábitos por el comportamiento de otros tipos, pero, ¿sabéis qué? Tenéis razón, es injusto, ¿pero es culpa de las mujeres? ¿O es más bien culpa de aquellos tipos que actúan de manera infame y nos hacen quedar mal a los demás? Si te preocupa la justicia, descarga tu rabia sobre los tipos que hacen que tanto tú como tu forma de actuar sea cuestionable.

En el momento en que un hombre es sometido a evaluación; es decir, cuando se trata de determinar lo que un hombre es capaz de hacer, una mujer presupondrá lo que eres bien capaz de hacer. Desafortunadamente, esto implica que a los hombres se nos juzgará a partir de nuestro peor ejemplo. Ah, y si piensas que este uso de estereotipos es un asco, ¿cómo reaccionarías tú al encontrarte a una serpiente en el campo, eh?

¿No la tratarías como a una serpiente? Esto no es estereotipar, es juzgar a un animal por lo que es capaz de hacer y por el daño que es capaz de infligir. La ley de la jungla, tronco; eres un hombre, y las mujeres te tratarán como tal.

Es responsabilidad tuya ese miedo, razonable y comprensible, que se tiene de los hombres. Es verdad que no lo creaste, como tampoco creaste tú las autovías. Algunas cosas que heredamos de la sociedad molan, otras son cultura de la violación.

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Como ninguna mujer puede juzgar de manera acertada tus intenciones a primera vista, presupondrá que eres como los demás tipos. En el 73 por ciento de las violaciones, las víctimas conocían a su agresor, así que, si ni siquiera pueden fiarse ni juzgar acertadamente las intenciones de hombres a los que ya conocen, ¿cómo esperas que vayan a hacerlo contigo, un completo desconocido? La prevención de las violaciones no pasa porque las mujeres se eduquen en cómo evitarlas, sino en que los hombres no las cometan.

Para prevenir las violaciones, un hombre debe entender que un «no» nunca es un «sí», que cuando una mujer se encuentra bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y se ve incapaz de articular palabra no es un «sí» o que estar en una relación no implica un «sí» automático. Dejemos de concentrarnos en cómo las mujeres pueden evitar ser violadas o cómo la cultura de la violación hace sospechosos a hombres inocentes, ciñámonos a lo que, como hombres, podemos hacer para evitar que se cometan violaciones: desmantelar las estructuras que las permiten y modificar las actitudes que las toleran.

Ya que formas parte de ella, tienes el deber de saber lo que es la cultura de la violación.

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Extraído de la página de Marshall University’s Women’s Center:

La cultura de la violación es el entorno en el cual la violación ostenta una posición preponderante y en la cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La cultura de la violación se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de la mujer.

La primera vez que una mujer me dijo que formaba parte de la cultura de la violación, me posicioné en contra por motivos evidentes. Como muchos de vosotros, quise decir «Eh, a mí no me metas», pero, en vez de eso, la escuché. Más tarde, fui a ver a una escritora a la que admiro y la pedí que escribiera un artículo conmigo en el cual explicara la cultura de la violación específicamente para mí y para lectores hombres. Dejó de contestarme a los correos.

En primer lugar, me molesté. Más tarde, cuando quedó claro que de ninguna manera iba a obtener respuesta,me terminé de cabrear. Por suerte, sé evitar responder en caliente, los truenos impresionan pero es la lluvia la que en realidad nutre la vida, así que dejé que amainara la tormenta y me paré un momento a pensar. Di un paseo, uno de esos que hacen que se me encienda la bombilla.

A manzanas de mi casa, enfrente de un lavadero de coches, se me encendió. Si tanto me importaba la cultura de la violación, necesitaba salir a descubrirla yo mismo. Ninguna mujer me está en deuda conmigo por el hecho de que quiera saber algo que ella inherentemente  ya comprende. Ninguna mujer debe verse en la obligación de explicarme la cultura de la violación solo porque quiera saber lo que es. Ninguna mujer me debe una mierda. He vivido cómo me recorría profundamente el deseo de que una mujer me satisficiera. Incluso mi curiosidad, una de las cualidades de las que me enorgullecía, estaba contaminada de esa presunción androcéntrica omnipresente en la cultura de la violación. Lo que esperaba era que me satisficieran, y esa actitud es un problema. Así que empecé a leer y seguí hasta que entendí la cultura de la violación y mi lugar en ella.

Adjunto aquí una enumeración de ejemplos de cultura de la violación.

  • Echar la culpa a la víctima («lo iba buscando»).
  • Dulcificar las agresiones sexuales («Estos hombres…»).
  • Hacer chistes sexualmente explícitos.
  • Tolerar el acoso sexual.
  • Inflar las cifras de denuncias de violación falsas.
  • Elaborar un estudio sobre los hábitos de vestimenta, salud psíquica, motivaciones e historial de la víctima de carácter público,
  • Violencia de género gratuita en películas y televisión.
  • Definir la «masculinidad» como dominante y sexualmente agresiva.
  • Definir la «feminidad» como sumisa y sexualmente pasiva.
  • Presionar a los hombres para que «consigan sus metas».
  • Presionar a las mujeres para que «estén alegres».
  • Presuponer que solo violan a mujeres promiscuas.
  • Presuponer que no hay hombres violados y que los que hay son «débiles».
  • No tomarse en serio las acusaciones de violación.
  • Enseñar a las mujeres cómo no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar.

Ahora que ya sabes lo que es, ¿cómo puedes actuar dentro de esta cultura?

  • Evita el uso de lenguaje que despersonalice o degrade a las mujeres.
  • Alza tu voz si oyes a alguien contar un chiste ofensivo o que dulcifica la violación.
  • Si una amiga te dice que la han violado, tómala en serio y apóyala.
  • Mantén un pensamiento crítico con los mensajes que te llegan de los medios de comunicación sobre mujeres, hombres, relaciones y violencia.
  • Respeta el espacio ajeno incluso en situaciones distendidas.
  • Mantén comunicación constante con tus parejas sexuales, no presupongas el consentimiento.
  • Define tu propio concepto de masculinidad o femineidad. No dejes que los estereotipos guíen tus actos.

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¿Qué otras cosas puedes hacer en relación a la cultura de la violación cuando la experimentas en la vida real?

  1. Enfrentarte a otros hombres

No hablo de violencia, más bien eso es lo que tenemos que intentar evitar. Sin embargo, en ocasiones un hombre tiene que enfrentarse a otro hombre, por separado o en grupo, en determinadas situaciones. Cuando estoy en un espacio público y veo a otro hombre acosar a una mujer, me paro y me aseguro de que la mujer en cuestión me ve. Busco que se dé cuenta de que soy perfectamente consciente de la situación y espero que me de una señal explícita de ayuda. A veces, la pareja continúa peleando como que fuera invisible, pero en otras ocasiones, la mujer me hace ver que necesita apoyo e intervengo. Nunca he tenido que ponerme violento; en ocasiones mi sola presencia hace que el tipo se vaya si es desconocido o se explique si ya nos conocemos de antes. En resumen, la dinámica cambia. Por esto me detengo cuando veo que otro tipo está molestando en público a una mujer. Por alguna razón, me aseguro de que cualquier mujer, en lo que podría convertirse en una situación violenta (una situación que podría estar juzgando correctamente o no) encuentre la oportunidad para hacerme notar que necesita ayuda. Tengo una hermana pequeña, esa respuesta es prácticamente instintiva en mí.

Sin embargo, no solo hago esto con las mujeres. También he actuado así en una discusión afectiva entre dos hombres. Siempre que contemples una situación que parece salirse de control, y especialmente si están atacando a alguien o ese alguien pide ayuda, debes inmiscuirte. No significa entrar como un elefante en una cacharrería, sino hacerte partícipe, involucrarte, tomar nota de información pertinente, alertar a las autoridades, llamar a la policía, etc. Hacer algo, vaya.

  1. Corregir a otros hombres

Si otro tipo empieza a farfullar atropelladamente cosas ofensivas delante de ti, puedes actuar incluso si no hay cerca nadie de la comunidad sobre la que recae la ofensa. También vale para cuando alguien usa lenguaje misógino: levanta la voz, dile a tu amigo o a tu compañero de trabajo que los chistes de violaciones son basura y que no los vas a aguantar.

Hazme caso, no vas a perder tu «carnet de hombre». Aun así, si eres mayor de diecinueve y todavía te preocupa el carnet de hombre, tampoco es que tengas ni idea de lo que va la masculinidad respetable. No tiene nada que ver con ningún tipo de aprobación intelectualoide ajena, tiene que ver con que seas «tu propio modelo de hombre» y hagas las cosas bien. Te sorprenderá la cantidad de hombres que te guardarán respeto por hacer aquello que ellos no se atrevieron a hacer, lo he escuchado miles de veces. No soy la Liga de la Justicia, pero he discutido, discuto y seguiré discutiendo con manadas y manadas de tipos. Más tarde, algunos de esos tipos se me acercarán y me dirán el respeto que les infunde lo que hice. Siempre les respondo que, cuantas más veces repitas, cada vez es más fácil levantar la voz. Lo prometo, es cierto.

No quiero decir con esto que hay que haya que ir haciendo marcaje a todo el mundo. No intento hacer que todo el mundo viva según mis ideas, nadie necesita que le digas lo que piensas sobre cada cosa que dicen y si es acorde a tu criterio de conciencia social. Sin embargo, cuando otro tipo dice alguna gilipollez y te das cuenta ―esos chistes están a la orden del día―puedes hacerle notar que ni su chiste de violaciones ni su siempre sabia analogía del «todas putas» pasan la prueba.

  1. Hacer reflexionar a otros hombres

Pongámoslo así: estás en un grupo de hombres y uno de ellos empieza a chillarle a una chica. Muy sencillo, dile que deje de hacer el gilipollas. No te conviertes en un macarra si alzas la voz por la mujer, siempre y cuando no trates de conseguir puntos ante ella por defenderla, claro; si evitas eso, no estarás actuando como el caballero de brillante armadura. No, estarás haciendo lo correcto. Ninguna mujer necesita  que le chille un payaso sexista solo porque el pobre tipo no da para más. El piropeo es una de las peores exhibiciones de la sexualidad masculina que existen, y esos imbéciles nos hacen quedar como simples espantapájaros. ¿Lo pilláis, no? Hay que ponerle fin a estas soplapolladas.

Mediante construcción personal fue como conseguí levantar la voz ante un grupo de hombres. Tienes que hacerlo, más que nada por respeto a ti mismo. De otra manera, no eres más que otro tipo patético que permite que otro hombre maltrate a una mujer delante de ti. Cuando un menda piropea y no lo haces notar, lo que acaba de pasar es que él la ha tratado como un objeto sexual barato para su propia satisfacción y a la vez te ha convertido en ese macarra que está deseando que ocurra otra situación de maltrato en tu presencia para que la ratifiques mientras no dices una palabra.

¿Qué pensaría tu abuelo si te viera en esa situación? ¿Estaría orgulloso? ¿Estás orgulloso de ti mismo? El orgullo masculino solo vale para una cosa: para mejorar personalmente. No seas ese macarra silencioso que se mimetiza con la masa para recibir su aprobación. Levanta la voz cuando alguien piropee a una mujer enfrente de ti, dile que se calle la puta boca. Como hombre, tienes poder, úsalo, los hombres respetamos la convicción.

  1. Es nuestro trabajo establecer normas para nosotros mismos y, de esta manera, para los hombres en general.

Pensarás «Zaron, tío, espabila, tronco. El piropeo no es para tanto, ¿no estamos haciendo una montaña de ello? A algunas mujeres les gusta». Igual tienes razón, igual a algunas les gusta, pero eso no importa, a mí me gusta conducir a toda hostia, a mi sobrino le gusta fumar hierba por la calle, pero ninguno de los dos estamos habilitados para hacerlo. Así funciona el pertenecer a esta sociedad: si encuentras a una mujer que le guste que la piropeen, ve y hazlo, pero de puertas para adentro, no en público. Ahí, respeta su espacio, tanto físico como psíquico,

No te limites a ser un hombre, sé un ser humano, una persona con integridad y honor.

Cuando eventos como #YesAllWomen surgen en nuestros debates culturales y las mujeres de todo el mundo comienzan a compartir sus experiencias, sus traumas, sus historias y sus puntos de vista personales, nosotros, como hombres, no debemos inmiscuirnos en ese debate. Lo que tenemos que hacer es escuchar y reflexionar, que sus palabras cambien nuestra forma de ver el mundo. Nuestro trabajo ahí está en preguntarnos cómo podemos hacer mejor las cosas.

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