Los hombres gordos son una cuestión feminista.

Del original de Virgie Tovar en Everyday Feminism, Fat men are a feminist issue.

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Muy a menudo se me ha preguntado por mi opinión política en relación a la gordura en hombres.

Lo cierto es que he dudado durante largo tiempo pronunciarme al respecto –muy a pesar de la importancia que reviste el asunto– principalmente por dos razones:

  1. Mi entorno y experiencia se centran en el estudio y defensa de los cuerpos leídos como mujer, y
  2. No he dedicado el suficiente tiempo a desarrollar mis opiniones relativas a cómo afecta la gordofobia en hombres, partiendo de la base de que esta fobia se encuentra especialmente determinada por el género.

La gordofobia, en muchas de sus formas, fomenta el odio contra las mujeres y normativiza nuestros cuerpos. Sin embargo, hace poco que me he dado cuenta de que, a veces, en la gordofobia infligida contra los cuerpos leídos como hombres también existe misoginia.

Mientras me documentaba para elaborar este artículo, descubrí que a los hombres gordos se les lee como femeninos. Normalmente, se considera que los hombres gordos son de moral disoluta y de disciplina despendolada, algo que históricamente se ha adscrito a las mujeres y la femineidad. También me topé con algunas discusiones que señalaban que la gordofobia masculina tiene su origen en la preocupación por la progresiva feminización de los hombres.

De esta manera, creo firmemente que algunos elementos (o puede que la mayoría) de los que provocan la gordofobia sufrida por los cuerpos leídos como  hombre son el sexismo y el odio intrínseco hacia lo femenino en nuestra cultura, no el odio per se hacia las personas gordas.

Tras haber revisado imágenes y artículos relacionadas con este asunto en la red, tres puntos me llamaron la atención.

  1. Feminización química.

Incluso el célebre personaje televisivo en Estados Unidos Dr. Oz ha manifestado su malestar respecto al aumento de peso en hombres, que, según él, puede dar lugar a «aumento de la conversión de testosterona en estrógenos».

En este artículo de la periodista y escritora Judy Mandelbaum en la revista Salon, cuyo título rezaba Según investigadores del sexo, el «tamaño» importa, al que le añadía la siguiente ocurrencia: «recientes estudios demuestran que los hombres gordos duran más en la cama. ¿Deberíamos de estar de celebración en los Estados Unidos? El cuerpo del texto incluía el siguiente fragmento (énfasis personal):

«Los hombres con sobrepeso mostraban altos niveles de estradiol, la hormona sexual femenina. Este elemento afectaba aparentemente a los neurotransmisores masculinos naturales y ralentizaba su llegada al orgasmo. Irónicamente, cuando más se reducía su apariencia masculina, en mejores amantes se convertían».

Es difícil patinar más y mejor.

En primer lugar, sé  que existe la creencia popular de que las hormonas sexuales de cada género determinan un un comportamiento característico, siendo agresivo en hombres y sumiso en mujeres. También se les adjudica efecto en la duración del coito.

Pertenezco a esa minoría de catedráticas que defienden que esta especie de determinismo hormonal no solo plantea problemas, sino que es totalmente falso.

Mendelbaum traza vínculos potencialmente engañosos entre la ampliación de la duración del coito y la mayor presencia de estrógenos en hombres gordos, cuando es harto difícil establecer tal conexión. Fijaos también en la palabra aparentemente en el extracto, sin ningún tipo de valor explicativo, sea el que sea. Aunque los hechos se encuentren correlacionados, esto no significa que les una ninguna relación de causalidad.

Hay infinidad de factores que posiblemente sí tengan influencia en estos descubrimientos. Uno de ellos, el primero que se me ocurre, puede ser una mayor timidez en hombres gordos, que puede afectar al tiempo que necesitan para alcanzar el orgasmo.

Las personas gordas hemos aprendido que nuestros cuerpos no solo no son atractivos, sino que directamente están MAL. Esto me ha llevado a darme cuenta de que tanto la timidez como la inseguridad son factores importantes que intervienen en la consecución del orgasmo durante el sexo.

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Como mujer gorda, tengo más células adiposas, las mismas que almacenan hormonas, y, por ello, seguramente tendré más estrógenos y testosterona en mi cuerpo que una mujer delgada.

No creo que un mayor nivel de hormonas en mi cuerpo afecte a mi capacidad de llegar al orgasmo tanto como lo hace mi conciencia personal de persona gorda.

Cuando me encuentro con parejas sexuales que me hacen sentir emocionalmente segura, no tengo ningún problema en conseguir orgasmos increíbles en cortos periodos de tiempo. Aunque no puedo anunciar que es lo mismo que les ocurre a los hombres que se sometieron al estudio que he mencionado antes, sí puedo afirmar que este factor puede generar socava sus postulados.

En segundo lugar, y probablemente el más importante, la autora está haciendo uso de un supuesto argumento científico para proponer que los hombres gordos, tanto física como químicamente, guardan parecido con las mujeres.

La noción de que las partes del cuerpo de los hombres tienen una apariencia menos masculina cuanto mayor sea su volumen no es ciencia (ni siquiera hormonación), son los prejuicios  gordófobos de la propia autora. Sin embargo, lo importante de esto último es que vincule la expresión de género y la gordura.

Sus declaraciones ponen en entredicho el género y la virilidad de los hombres gordos, haciendo uso de una herramienta basada en la noción cultural que defiende que un hombre leído como femenino es motivo de vergüenza.

  1. Gordura castradora

En busca de imágenes y artículos relativos a hombres gordos, di con un meme muy popular asociado a hombres gordos. Lo llamé el meme de gordura castradora.

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Representa literalmente la idea de que los hombres gordos no pueden dar con su pene (un nivel de condescendencia típica y exclusivamente reservado a las mujeres, no se nos olvide), que llevan años sin verlo y otras formas de castración metafórica.

Permitidme hablaros de las dos partes de este meme que me parecieron especialmente sexistas:

En primer lugar, la noción de que los hombres gordos están incapacitados para encontrarse el pene, cuanto menos, infantiliza.

Como he mencionado anteriormente, por lo general, estos niveles de condescendencia están reservados solo a mujeres, cuya construcción cultural les adjudica puerilidad y una menor inteligencia en comparación con los hombres.

Este meme  me trajo a la mente aquellas veces que los hombres me hablan de una manera infantil cuando creen que no he entendido algo que ellos creen obvio; es más, lo considero una prueba de que los cuerpos de los hombres gordos están construidos como femeninos: tal condescendencia muestra un tipo de comunicación normalmente unidireccional, de hombres a mujeres.

Segundo, este pene desaparecido representa la clásica preocupación cultural por la diferenciación sexual.

Este meme parece insinuar que a los hombres gordos no se les puede clasificar como hombres porque su volumen afecta a la visibilidad de su pene. Ya que los penes se leen como sinónimo de masculinidad, una cantidad de grasa tal que altere la visibilidad del pene le genera problemas al binarismo de género y, por tanto, a la heterosexualidad obligatoria.

Considero importante incluir que la grasa, como otros elementos, altera la forma de los genitales, cosa que es totalmente normal, por otra parte.

Estamos bombardeados por la idea de la uniformidad genital que nos transmite el porno, esa fuente sobre la cual muchas personas basan su aprendizaje sexual, pero lo cierto es que lo que hay por ahí es una variedad de genitales muy abundante, además de real.

Uno de los grandes descubrimientos de mi adultez fue el entorno de mi oronda vulva, porque sí, las mujeres gordas también tenemos vulvas gordas.

Mis labios mayores poseen un tamaño mayor que los de las mujeres delgadas, así que mi clítoris está profundamente acurrucado entre mis rechonchos labios y gracias a mi hermoso vientre, la entrada a mi conducto vaginal está un poquito más por debajo que el de los cuerpos delgados, porque los cuerpos varían.

Todos estos elementos se adaptan perfectamente al acto sexual y no modifican la identidad de género, la orientación o el encanto de las personas.

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  1. El desarrollo de las tetas de hombre.

Otra fuente de preocupación en lo relativo a hombres gordos es el desarrollo de los pechos, también conocidos con el vergonzante nombre de tetas de hombre o moobs en inglés (mezcla de los términos man (hombre) y boobs (tetas, pechos).

Este fenómeno suele leerse como repugnante (¡gracias, UrbanDictionary!) e Internet está lleno de recomendaciones para su tratamiento, tanto quirúrgicas como de otros tipos.

En un artículo para la revista Men’s Health sobre el destierro de las tetas de hombre, el autor se explaya con lo siguiente: es probable que te gusten los pechos prominentes siempre que no seas tú el que los lleva puestos.

Como en el anteriormente mencionado meme del pene desaparecido, se establece aquí un vínculo entre la heterosexualidad obligatoria y el tamaño del cuerpo, ya que, subliminalmente, se determinan las fronteras de la sexualidad insisitiendo en que solo las mujeres deben tener pechos.

Como hombre, debes sentirte atraído hacia ellas, y si eres el que las lleva, entonces estás haciendo tambalear la heteronormatividad porque desdibujas esa división socialmente determinada entre los cuerpos leídos como hombres y los leídos como mujer.

He aquí la verdad: todo ser humano tienen pechos. Y los Estados Unidos poseen una cultura especialmente obsesionada con los mismos. Creo que, en relación a esto, hay un nexo de unión entre la obsesión por la despersonalización y la sexualización de los cuerpos leídos como mujer y las preocupaciones sociales que generan los cuerpos gordos leídos como hombre.

Se supone que solo los hombres son los que despersonalizan nuestros cuerpos; nuestros pechos, específicamente. Cuando los pechos masculinos superan el límite que se establece de manera arbitraria, comienza a haber problemas, ya que la lectura de lo masculino comienza a confundirse.

Más que eso, el poder que en teoría ostentan los hombres se sustenta, en parte, en el concepto de la superioridad física de sus cuerpos, porque los cuerpos gordos, género aparte, están construidos como físicamente incapaces, convirtiendo a los hombres gordos en una amenaza a la dominación masculina.

Conclusiones.

Seamos claras: no apoyo ninguna de las descripciones de los hombres gordos que he mencionado anteriormente. Quiero también aclarar que no he llegado a todas las razones por las cuales los hombres sufren gordofobia, ya que son muchísimas.

Sin embargo, creo firmemente que el sexismo ejerce uno de los papeles más importantes en las maneras en que se describe a los hombres gordos por Internet.

Esta preocupación porque  los hombres gordos se conviertan paulatinamente en cuerpos leídos como mujer o porque muestren características tradicionalmente adscritas a los mismos es, en mi opinión, el núcleo (o su mayor parte) de la gordofobia sufrida por los cuerpos leídos como hombre.

Y, por tanto, concibo que el enfoque de este asunto debe partir desde el feminismo. No solo eso, creo que merece que nos preguntemos, sin obviar el privilegio masculino, que los hombres gordos todavía ostentan, por las modos con los que se construyen culturalmente los cuerpos de los hombres gordos  y la manera que esto afecta a la lectura de los cuerpos leídos como mujer y al control de la disconformidad de género de cualquier tipo.

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Las guarras no existen

Del original de Melissa Gira Grant There is no such thing as a ‘slut’.

Melissa Gira Trant. America.aljazeera.com.

Ser una guarra es útil. Esto es lo que las sociólogas Elizabeth A. Armstrong y Laura T. Hamilton escriben en su recientemente publicado estudio sobre el sexo y el estatus social. En él, analizan las fiestas de dormitorio y la vida sorórica de un colegio mayor. Hablan sobre cómo las mujeres se enfrentan a ser tachadas de guarras por otras mujeres; y cómo esa etiqueta se aplica concretamente a unas pero no a otras. Su descubrimiento ha sido el siguiente: el estigma de la putificación no tiene nada que ver con el comportamiento sexual, sino que se produce cuando alguna de estas mujeres transgrede las barreras determinadas por su clase social.

En el momento en que alguna mujer putifica a otra, no estamos hablando de una muestra de sexismo naturalizado, sino de un movimiento perfectamente calculado cuyo objetivo es conseguir alzarse socialmente sobre otras mujeres. Según sostienen las autoras de estudio, «las mujeres se involucran activamente en la putificación porque puede proporcionarles réditos». No solo eso, las chicas «bien» pueden tener todas las relaciones sexuales que deseen y esquivar la etiqueta. Las chicas «malas», las que normalmente proceden de una posición económica menos privilegiada o que aparentan ser menos femeninas, han disfrutado, de hecho, de menos experiencias sexuales que las chicas «bien». Entre ellas, las chicas «malas» podrán haber tachado de putas a las chicas «bien»; sin embargo, muy difícilmente habrán socavado su reputación.

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«Es una especie de privilegio sexual», concluyen las investigadoras

Por lo que parece, las «guarras» no existen, solo existen chicas a las que se quiere excluir y eliminar de los círculos sociales. Casi ninguna de las jóvenes en edad universitaria a las que las autoras y su equipo investigaron pudo ponerse de acuerdo sobre qué constituía ser una guarra. Eso sí, sí estuvieron de acuerdo en todos los casos en que las guarras eran otras.

Una etiqueta que causa división

Las guarras forman más parte de nuestra imaginación que de nuestras camas. Como pasa con sus primas, las «putas», que te tachen de guarra poco tiene que ver con qué hiciste o con quién lo hiciste, más bien sobre lo que se habla de ti. «Puta» es un apelativo con más solera, pero es parte del mismo concepto: el valor sexual de una mujer es intercambiable con su valor social, con su poder y con su influencia. Gracias a Armstrong y Hamilton, en el momento en que discriminamos estos elementos, descubrimos que no podemos enfrentarnos al estigma de la putificación solo rechazando la etiqueta. Este rechazo va inherentemente unido a la etiqueta, y es el que le da su poder. Es decir, no te lleva a ninguna parte insistir que no eres una guarra porque en realidad es lo que supuestamente estás llamada a hacer. Da igual cómo llames a esa mujer —guarra, puta, furcia, casquivana, ramera—, con ello estás trazando una línea roja.

El feminismo de los noventa quiso apropiarse del término guarra, o al menos resignificarlo. El transgresor estilo kinderwhore incorporó las faldas cortas, siempre unidas al maquillaje corrido o a las botas con punta de acero. Además, y junto al movimiento de punk rock feminista Riot Grrrl, lograron entrar en la corriente algunas tendencias minoritarias de visión positiva del sexo. Esto propició la aparición de lugares limpios e iluminados donde pudieras comprar tu primer vibrador o arnés, artículos en lustrosas revistas para mujeres donde se decía que el lesbianismo estaba guay (en estos casos, solo si te habías pintado bien los labios). La etiqueta de guarra supuso una revolución para algunas mientras que para otras adquirió un hálito más guay y más moderno.

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Por otro lado, la ola feminista más reciente, la que denuncia la putificación, puede parecer contradictoria. ¿Lo que quieren las feministas es destruir el poder que ejerce la putificación o, simplemente y de manera superficial, lo que pretenden es mantenerlo a distancia? El estudio de Armstrong y Hamilton sugiere que nuestra cambiante relación con respecto al término «guarra» tiene poco que ver con nuestras impresiones sobre la libertad sexual (la que existe o la que se supone) y más con nuestras inquietudes sociales y de clase. Una guarra siempre es alguien peor que tú, alguien a quien es lícito expulsar de la correcta femineidad y cuyo verdugo obtiene gratificación. El estigma de la putificación seguirá ahí hasta que más gente reconozca las divisiones que este tipo de humillación favorece.

Activismo de acera

Quizá las muestras actuales más evidentes de esta relación con la putificación tanto de afinidad como de aversión, sean las múltiples Marchas de las Putas que han tenido lugar en las calles de ciudades como Toronto, Sydney o Nueva York. El origen de estas marchas, que denuncian tanto las agresiones sexuales como la putificación, está en las chicas de un colegio mayor que se opusieron a la recomendación displicente de un oficial de policía de Toronto que las recomendaba que «“dejaran de vestir como guarras» para evitar violaciones. La Marcha de las Putas pretendía enfrentarse a aquellas obligaciones legales que instaban a las mujeres a adherirse a sus estándares de recato como requisito indispensable para solicitar protección,

«No avanzaremos si las mujeres siguen alejándose del término «guarra» y los intentos por reformularlo no serán más que castillos en el aire».

Armstrong y Hamilton nos proponen revisar las Marchas de las Putas, ya que, según su estudio, en ellas las mujeres ejercen control sobre otras mediante el establecimiento de una normativa sexual por el rechazo y la imposición ajena del estigma de la putificación. Por otro lado, también podemos revisar cómo este estigma se desarrolla ámbitos de autoridad más explícita: la policía. Ahí, como en el colegio mayor, algunas mujeres también esperan obtener beneficios. Por otro lado, no todas tienen garantizada la protección policial, en concreto aquellas que por motivos de raza, identidad de género y vida sexual son más susceptibles de sufrir acoso policial. Me refiero a mujeres negras, mujeres trans, lesbianas y trabajadoras del sexo.

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Las predecesoras intelectuales de estas Marchas fueron aquellas manifestaciones lideradas por trabajadoras del sexo, las más proclives a pasarlo peor cuando el estigma de la putificación se mezcla con la autoridad policial. En julio de 2006, documenté a un grupo de trabajadoras del sexo que se habían reunido en Las Vegas procedentes de todo Estados Unidos, mientras marchaba con ellas. Sus pintas no eran muy diferentes de las que cualquiera pudiera llevar en una Marcha de las Putas; únicamente se explotaban deliberadamente todos los clichés asociados a su uniforme de trabajo: pantalones cortos de plástico, medias de rejilla en forma de pequeños cuadrados o botas de plataforma. Nos detuvimos en frente de glamurosos hoteles y en la Avenida Las Vegas mientras repartíamos pasquines que informaban sobre los derechos de las trabajadoras del sexo; sin embargo, cuando un pequeño grupo se atrevió a entrar en el Caesar’s Palace, fueron expulsadas. Este supuesto es exclusivo de Las Vegas, ya que, esas activistas, al cruzar la puerta, se convirtieron inmediatamente en potenciales competidoras de las propias trabajadoras del sexo con las que el casino, no oficialmente, contaba. (No hay duda de que si las activistas hubieran estado trabajando, hubieran accedido al casino con una vestimenta más discreta, como cualquier otra mujer de negocios).

Femineidad ilegítima

La relación del estigma de la putificación con la lucha de clases queda aún más en evidencia cuando nos fijamos en la sensatez que esas putas mostraron. En los noventa, el sociólogo y psicólogo Gail Pheterson identificó a su precursor, el «estigma de la meretriz». Según incluye en The Prostitution Prism, el Prisma de la prostitución, esto «va unido no únicamente a la femineidad sino a aquella femineidad ilegítima o ilícita. En otras palabras, ser una mujer es un requisito previo para ser puta, pero no la única justificación». El «estigma de la meretriz», tal y como escribo en mi libro Playing the whore, «Jugando a las putas», «pone en el punto de mira las jerarquías de raza y clase, favorecidas por la división de las mujeres entre puras e impuras, limpias y sucias, las blancas y virginales y todas las demás. Si una mujer es «lo otro», ser puta es «lo otro de lo otro».

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Mientras muchas piensan que el estigma de la putificación está unido intrínsecamente al sexo, las investigadoras nos muestran que, en realidad, de sexo, poco. Este estigma se encarga explícitamente de crear y fomentar todas esas diferencias. Acabar con él necesitará de algo más que una reivindicación sexual como la que hubo en los noventa. No avanzaremos si las mujeres se alejan del término «guarra» y los intentos por reformularlo no serán más que castillos en el aire. Si queremos luchar contra este estigma, debemos empezar por desmantelar el, según las autoras, privilegio sexual para que las situaciones en las que se dan experiencias sexuales y que no están unidas a términos de movilidad o estatus social se multipliquen. En esto, luchas básicas del feminismo como el libre acceso al aborto y el fin de la violencia de género deben ser entendidas como parte de la lucha por la libertad sexual. Aunque en ocasiones se las considere contradictorias, lo cierto es que la lucha por la obtención tanto de medios sanitarios dignos como de igualdad de género no puede ganarse mientras se encuentre separada de la lucha por el placer y la liberación sexual.

El deseo y la justicia son inseparables. Empero, mientras exista el estigma de la putificación entre mujeres, la libertad sexual será privilegio de unas pocas.

Melissa Gira Grant es periodista freelance y autora de “Playing the Whore: The Work of Sex Work.” (Jugando a las putas: el trabajo de las trabajadoras del sexo).

 

¿Cómo lidiar con la gordofobia en el periodo de recuperación de un TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria)?

Del original de Erin McKelle en Dealing with Fatphobia while in Eating Disorder Recovery.

Humillar a una persona por su peso tiene efectos altamente nocivos para su salud física y mental y para la relación de esta con su propio cuerpo.

Los trastornos alimentarios tienen efectos altamente nocivos para la salud física y mental las personas y para la relación de estas con sus propios cuerpos.

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¿Lidiar con ambos a la vez? Harto difícil.

Cualquier receptora de medios de comunicación te dirá que muchas cosas relacionadas con este asunto son inevitables. Que allá donde mires, existen mensajes relacionados con el cuerpo y el peso. Vivir en [esta] sociedad y no haber tenido contacto con algún tipo de gordificación[1] es, cuanto menos, imposible.

Está en nuestra mano aprender cómo lidiar estos ataques de tal manera que evitemos que afecten al transcurso de nuestra recuperación.

Trastornos alimenticios y gordofobia.

Ambos elementos, los trastornos alimentarios y la gordofobia, están íntimamente ligados.

Muchos (si no la mayoría) de trastornos alimentarios se relacionan directamente con el dúo peso-ansiedad. La necesidad de controlar el peso propio o de manipular personalmente nuestro cuerpo también es consecuencia de lo anteriormente mencionado.

También existe cierta conexión entre los trastornos alimentarios y la influencia de los medios de comunicación. La insatisfacción con nuestro cuerpo y los trastornos de la conducta alimentaria son consecuencia directa de nuestros hábitos en la sociedad de consumo y la publicidad.

Estas afecciones están experimentando un repunte. Según recientes investigaciones, la quinta parte de las mujeres de entre doce y treinta años padece algún trastorno de este tipo. De manera esclarecedora, el alcance de los medios de comunicación también ha crecido con el paso de los años. Algunas investigaciones han demostrado que incluso una exposición a corto plazo al canon ideal mediático de delgadez puede agravar la insatisfacción con nuestro propio cuerpo.

Existe una conexión entre la recepción (y la consecuente naturalización) del modelo de delgadez ideal y el desarrollo de trastornos alimentarios.

Esta obsesión cultural con la delgadez, y la gordofobia que la acompaña, genera efectos negativos no solo en el ámbito de la salud mental sino también en el contexto de la creación y explotación de estereotipos y de actitudes gordofóbicas hacia personas que padecen trastornos alimentarios. Esto no solo puede poner trabas a la recuperación, sino que puede incluso agravar el trastorno.

¿Entonces, qué opciones tenemos para solucionar esto?

Lidiar con la gordificación.

En el momento de entrar en conflicto con alguien por motivos de gordificación, la réplica podrá variar dependiendo de tu cercanía con esa persona.

Si la vejación procede de un extraño (alguien quien, a priori,  desconoce tu trastorno), es recomendable que evites cualquier tipo de interacción o abandones la conversación, dependiendo de tu nivel de confianza y seguridad.

Puedes elegir dar una contestación a esa persona, pero lo más importante es cuidarte a ti misma.

Si alguien es susceptible de llevarte a un estado de ansiedad, no te molestes en establecer una conversación con esa persona.

En el caso en que esa persona sea cercana a ti o conozca de alguna manera tu afección (compañeros de clase o amigos mutuos), puedes optar por solicitarle cortésmente no emitir comentarios provocativos en tu presencia. Una buena opción es decir qué te hace sentir incómodo o que no te gusta hablar sobre cuerpos ajenos. Exponer razones conseguirá, probablemente, que abandone el tema.

¿Y en caso de que no lo haga? De nuevo, abandonar la conversación siempre es una opción válida.

Si la persona en cuestión es especialmente cercana, alguien a quien procuras cuidados (un familiar o un buen amigo), probablemente te encuentres en una situación lo suficientemente cómoda como para mostrar tu malestar al nivel que creas conveniente. Si crees conveniente transmitir que padeces un trastorno alimentario, hazlo. Si no deseas expresar tu malestar, también está bien. Una manera muy útil de gestionar ese malestar es hacer lo que te haga sentir segura en ese momento en concreto. En cierto modo, puede ser más difícil lidiar con la gordofobia que procede de gente a la que consideramos cercana porque las palabras de esas personas causan un efecto mayor en nosotros. Asimismo, esas personas pueden empeorar la situación cuando son origen de ese trastorno alimentario (yo, por ejemplo, tengo a algunas personas en mi vida que interpretan ese papel).

Un buen criterio al que adherirse en cualquier situación es la honestidad (en cualquiera de sus formas). Dudar sobre tu actuación es y será una sensación siempre recurrente; así que, si la cortas de raíz, te será de gran ayuda a largo plazo.

Permítete poner en práctica un juicio crítico sobre ese tipo de comentarios ajenos, no los interiorices ni naturalices.

Cuida de ti misma y ten en cuenta tus necesidades por encima de todo; pon en marcha actividades de autocuidado para aliviar el estrés causado.

Gordificación a través de los medios de comunicación.

La gordofobia que emana de los medios de comunicación es un hueso más duro de roer. No nos engañemos, vivimos en una sociedad cuyo eje es el consumo publicitario; lo comemos, lo bebemos y lo respiramos. Lo vivimos a diario.

Intenta pasar un día sin buscar nada en internet, sin ver la tele, sin leer ningún artículo, sin escuchar música, sin ver un anuncio o un cartel publicitario o sin ni siquiera revisar tu teléfono. ¿A que es difícil?

Teniendo en cuenta todo esto, evitar el contacto con los medios no es una buena solución para lidiar con el problema de la gordofobia. Sin embargo, existe una alternativa: aplicar los preceptos de la competencia medioinformativa a tu consumo personal de medios.

Mediante la puesta en práctica de la competencia medioinformativa, no absorbes sin criterio el bombardeo de mensajes. La gran diferencia es que, en este caso, estás interviniendo en su captación y analizándolos  en vez de dejar que se enconen en bruto en tu subconsciente.

La competencia medioinformativa abarca una inmensidad de pensamiento crítico y analítico (¡y práctico!), pero puede llevarse a cabo si simplemente reflexionas sobre las siguientes cuestiones elaboradas por el Center for Media Literacy (organización educativa relacionada con la competencia informativa) cuando ves un anuncio:

1. ¿Quién ha creado este mensaje?

2. ¿Qué creatividades llaman habitualmente mi atención?

3. ¿En qué medida otras personas entienden el mensaje de una manera diferente a la mía?

4. ¿Qué valores, estilos de vida y puntos de vista están representados u omitidos en este mensaje?

5. ¿Por qué se ha enviado este mensaje?

Un consejo para ayudarte a responder a estas preguntas: es importante recordar que los mensajes publicitarios tienen un objetivo, y ese objetivo es, en la mayoría de ocasiones, la obtención de poder o beneficio económico.

La próxima vez que veas un programa de televisión o leas algo en internet, tómate un momento para hacerte estas preguntas y para responderlas. Cuanto más practiques, mejor.

Gordofobia naturalizada

La cultura en la que vivimos se articula en torno al culto al ideal de delgadez. De esta manera, todos tenemos naturalizada su presencia en nuestro interior, y afecta a su vez a nuestra forma de pensar, a uno u otro nivel.

La concepción de nuestro propio cuerpo puede agravar el trastorno alimentario que padecemos. No solo eso, también puede constituir, en sí misma, una gran parte de ese trastorno. Por esto, enfrentarse a la gordofobia debe ser parte esencial de nuestra terapia. Debemos aprender a amar nuestros cuerpos y extirpar los juicios de valor sobre él, tanto ajenos como propios. Esto último constituye el caso más severo de gordofobia al que nos enfrentaremos.

Y no puedes hacerlo sola.

Es de vital importancia estar rodeado de una red de apoyo con la que puedas hablar y en la que puedas disfrutar de protección. Expresa ahí tu diálogo interno, ese en el que hablas de tu cuerpo. Pregunta por nuevas técnicas para relacionarte con tu cuerpo. Procura que te hagan mantener la responsabilidad sobre ti misma.

No existe una hoja de ruta infalible para tratar con la gordofobia, ya que cada persona explota un tipo diferente de gordofobia. Sin embargo, puede ser de ayuda poner en práctica algunas técnicas que te ayuden a entender cómo piensas sobre tu propio cuerpo.

Intenta escribir cualquier pensamiento que tengas sobre cuerpos durante un día entero. Percátate de los momentos en los que usas lenguaje gordofóbico o te sobrevienen pensamientos gordofóbicos. Usa afirmaciones positivas para acallar a ese duende de tu cabeza. Intenta que tu red entienda lo mejor posible en la posición en la que te encuentras. Puede dar miedo, pero entiende que es una parte insoslayable de la terapia.

***

Lidiar con la gordofobia nunca es fácil, pero es posible. Un elemento importante que debes recordar es que tanto tú como tu entorno debéis ser responsables de vosotros mismos.

La gordofobia forma parte de nuestro entorno cultural y, por ende, de tu realidad. Pero no tiene que ser así para siempre.

Puedes recuperarte.

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Erin McKelle es escritora colaboradora de Everyday Feminism además de ciberactivista, videobloguera, estudiante y abogada vocacional. Ha puesto en marcha varios proyectos, entre ellos  Fearless Feminism y Consent is Sexy. En sus ratos libres le gusta leer, escribir poesía de mala calidad, dibujar, la política y los realities de televisión. Puedes visitar su página o encontrarla en  Fearless Feminism,  Facts About Feminism y  Period Positive. Síguela en Twitter  @ErinMckelle y lee aquí sus artículos.

 

[1] Del término en inglés fat-shaming, del hipertérmino victim-shaming: humillar y vejar a alguien por determinada condición, en este concreto, por su peso.