Por qué no deberíamos celebrar nada el 12 de octubre. Cristóbal Colón al descubierto.

Original por Howard Zinn en Jacobin Magazine, “The Real Christopher Columbus“.

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Mujeres y hombres arawak, sin ninguna prenda, de tez leonada y en la plenitud de su asombro, surgieron de sus aldeas hacia las playas de la isla y nadaron para acercarse al enorme y extraño barco fondeado en la bahía. Cuando Colón y el resto de su tripulación desembarcaron con sus espadas, la población arawak les agasajó con comida, agua y regalos. Según escribió en su diario de a bordo:

«Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier cosa que se los diese… Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia… que Vuestras Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren.»

El pueblo arawak de las Islas Bahamas tenía bastante en común con la población nativa del continente, cuya hospitalidad (que los europeos se encargaron de registrar insistentemente) y fe en compartir eran dignas de renombre. Estas características no eran comunes en la Europa del Renacimiento, cuyo clima estaba controlado por la religión de los papas, el gobierno de reyes y el frenesí por los metales preciosos que a partir de entonces dominaría la agenda de la civilización occidental y de su primer mensajero, Cristóbal Colón.

A Colón le preocupaba especialmente conocer cierta información. ¿Dónde estaba el oro? Había conseguido convencer  a los Reyes Católicos para que le financiaran una expedición hacia unas tierras y una riqueza que esperaba conseguir al otro lado del Atlántico: las Indias, Asia, oro y especias. Como mucha otra gente de su tiempo, sabía que la tierra era redonda y que podía navegar hacia el oeste para llegar al extremo oriente.

Hacía poco que la unión dinástica de Castilla y Aragón se había consumado, unificando gran parte de la península ibérica bajo un mismo matrimonio y poniendo la primera piedra de uno de los nuevos estados-nación europeos, al estilo de Francia, Inglaterra y Portugal. La mayoría de su población estaba formada por el campesinado, gran parte del cual, desposeído, trabajaba en tierras de la nobleza, que constituía el 2% de la población y poseía el 95% de la tierra. Como otros estados del mundo moderno, España buscaba oro, símbolo de riqueza que en esa época comenzaba a superar en utilidad a la tierra, porque permitía el acceso a cualquier cosa.

Asia estaba, se decía, llena de oro, y de sedas y especias, que Marco Polo y muchas otras expediciones habían traído siglos atrás. Sin embargo, Constantinopla y el mediterráneo oriental habían caído en manos del imperio turco, controlando todas las rutas hacia Asia, por lo que se precisaba de otra vía. Navegantes portugueses ya había conseguido bordear el continente africano a través del cabo de Buena Esperanza. Castilla decidió jugársela con un viaje transoceánico a través de unas aguas desconocidas.

A cambio de oro y especias, le prometieron a Colón el 10% de los beneficios, el gobierno sobre las nuevas tierras recién descubiertas y el prestigio de un nuevo título: Almirante de la Mar Océana. Colón era un empleado de una oficina comercial de Génova, en Italia, tejedor a ratos (era hijo de un tejedor profesional) y un marinero experto. Zarpó con tres barcos, el mayor de los cuales era la Santa María, una pequeña carabela de unos 30 metros, y 39 tripulantes.

Colón jamás habría conseguido llegar a Asia, miles de kilómetros más alejada de lo que él creía, imaginando un planeta más pequeño, habría perecido víctima de la inmensidad del océano. Sin embargo, tuvo suerte, a un cuarto de esa distancia se encontró con unas tierras desconocidas y no cartografiadas entre Europa y Asia: el continente americano. A principios de octubre de 1492, 33 días después de dejar atrás las Islas Canarias, frente a la costa atlántica de África, vieron ramas y palos flotar sobre el agua y bandadas de pájaros sobrevolar sus cabezas.

Había tierra cerca. El día 12, un marinero de nombre Rodrigo distinguió la luna de primera hora de la mañana ocultarse sobre claras arenas, y avisó a sus camaradas. Se trataba de una isla de las Bahamas, en el mar Caribe. El primer hombre en ver tierra tenía previsto obtener como recompensa una pensión anual de 10.000 maravedíes de por vida, pero Rodrigo no vio ni una moneda: Colón se apuntó el tanto proclamando que el que ha había visto aquellos reflejos era él la mañana anterior, llevándose el premio.

Cuando se acercaron para fondear, se encontraron con la población nativa arawak, que se lanzó al agua para recibirles. La tribu arawak vivía en pequeñas comunas y había desarrollado una agricultura basada en el maíz, la batata y la yuca. Molían y tejían, pero no tenían acceso a caballos u otros animales de tiro. Desconocían el hierro, pero vestían pequeños ornamentos en oro en las orejas.

Esto último parecía ser algo aparentemente insignificante pero hizo que Colón embarcara privados de libertad a varios arawak para que le indicaran cuál era el origen de todo ese oro. Zarpó rumbo a la actual Cuba y más tarde a la Española (isla que comparten Haití y la República Dominicana). Allí, pepitas de oro en los lechos de los ríos y una máscara de oro que le fue presentada a Colón por un cacique local llevaron a despertar las ensoñaciones de ciudades de oro en los marineros del otro lado del océano.

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El informe que presentó el genovés a los Reyes Católicos estaba lleno de extravagancias. En él, insistía en haber llegado a Asia (llegó a Cuba) y a una isla de la costa de China (la Española). Muchas de sus descripciones eran ficticias.

«Mas es tanto y en tantos lugares y en esta misma isla Española -dice el Almirante-, que es maravilla. En la isla Española se cogían pedazos de oro de las minas como granos de trigo. También hay mucho ají, que es su pimienta, de ella que vale más que pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana: puédense cargar cincuenta carabelas cada año en aquella Española.»

La población indígena, según Colón, era «tan inocente y libre de posesiones que nadie que no lo haya visto antes lo creería. Cuando les pides algo, nunca te dicen que no, con todo el mundo lo comparten…” Pone fin al escrito solicitando ayuda a sus majestades ofreciéndoles en su próximo viaje “volver con todo el oro que puedan necesitar… y todos los esclavos, también».

Gracias a este grandilocuente informe y a sus promesas ficticias, en su segundo viaje Colón pudo contar con diecisiete barcos y más de mil doscientos tripulantes. El objetivo estaba claro: oro y esclavos. Desde su base en la actual Haití, Colón envió una expedición hacia el interior del golfo de México. Volvieron de manos vacías y no vieron ninguna ciudad de oro, pero con algo debían llenar los barcos antes de volver a la península ibérica.

En 1495 Colón desató una gran redada con el objetivo de capturar y esclavizar población nativa. 1500 personas de la tribu arawak; hombres, mujeres y menores fueron puestos bajo custodia por los españoles y sus perros. Más tarde, 500 de estas personas, las que consideraron mejores especímenes, fueron confinados en las bodegas de los barcos. Solo 300 sobrevivieron a la travesía.

Gran parte de la población murió en cautividad. Y Colón, ansioso por devolver el dinero que habían invertido en él y su empresa, tenía que llenar los barcos de oro. En la provincia de Cicao, Haití, donde tanto él como muchos de sus hombres habían imaginado que se alzarían enormes ciudades doradas, ordenó que todas mayores de 14 años recogieran una cantidad determinada de oro cada tres meses. Una vez depositado, obtenían una pequeña pieza de cobre. Si les pillaban sin ese distintivo, les serían seccionadas ambas manos sin posibilidad de auxilio, abandonándoles hasta la muerte mientras se desangraban.

Los trabajos impuestos a la población eran imposibles de satisfacer. El único oro presente en la zona eran pequeñas pepitas de polvo de oro sacadas de los lechos de los ríos. De esta manera, muchas personas optaron por la huida, pero caían fácilmente bajo las fauces de los perros y finalmente morían. Cuando era obvio que oro se había agotado, se obligó a la población a acometer trabajos forzosos en grandes fincas, que más tarde se conocerían como encomiendas. La intensidad del trabajo causó la muerte a miles. Hacia el año 1515 se estima que existía una población nativa de 50.000 personas, hacia 1550 solo quedaban 500 y un informe de 1650 es conciso afirmando que para ese entonces ya no queda nadie de las poblaciones originarias ni de sus descendientes.

La principal fuente de información, y en muchos casos la única, sobre lo acontecido en las islas del Caribe tras la llegada de Colón es Bartolomé de las Casas, un joven sacerdote que participó en la conquista de Cuba. En un primer momento se hizo plantador, albergando en su hacienda a población nativa esclava, pero finalmente abandonó su puesto y se convirtió en uno de los mayores críticos del colonialismo español. Las Casas transcribió los diarios de Colón y, en la cincuentena, escribió en varios volúmenes su famosa «Historia de las Indias».

En el segundo tomo de «Historia de las Indias», Las Casas, el cual urgió que se reemplazara a la población nativoamericana por negra traída de África, creyendo que su fortaleza propiciaría su supervivencia; sin embargo, las consecuencias del trabajo esclavo en estas personas le harían desistir, habla sobre el trato del colonialismo español a la población nativa.

Poco tiempo después, según sus escritos, los colonizadores dijeron que ya no andarían más: «montaban sobre las espaldas de los Indios si tenían prisa» o les llevaban en hamacas por parejas de personas haciendo relevos. «También tenían Indios con grandes hojas para ocultarles el sol y otros para abanicarles con plumas de ganso».

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Un control absoluto llevó a la crueldad más absoluta. A los españoles «no les importaba acuchillar a Indios de diez y de veinte y de partirles en pedazos para probar el filo de sus espadas». Todo intento de rebelión fue sofocado. Según Las Casas, «sufrían y morían en las minas y otros trabajos en la desesperación del silencio, sin saber de ningún alma que pudiera acudir en su ayuda». Según él el trabajo en las minas transcurría así:

«… desgarran montañas de arriba abajo miles de veces; cavan, rompen rocas, mueven piedras y transportan tierra en sus espaldas para limpiarla en los ríos, mientras que quien se queda lavando el oro permanece en el río con las espaldas dobladas tan continuamente que se les rompen.»

Tras seis u ocho meses de trabajo en las minas, lo necesario para que el oro recolectado por cada grupo fuera el suficiente para poder fundirse, al menos un tercio de los trabajadores ya había muerto. Mientras que los hombres eran enviados a miles de kilómetros, las mujeres permanecían en las aldeas obligadas a arar la tierra para hacer sitio a miles de plantas de yuca.

«Y así maridos y mujeres solo se juntaban una vez cada ocho o diez meses y cuando se veían estaban tan agotados y deprimidos que ya no procreaban. Y los recién nacidos morían muy pronto porque a sus madres, agotadas y malnutridas, no les quedaba leche que darles… Muchas mujeres ahogaron a sus pequeños por pura desesperación… así los maridos morían en las minas, las mujeres en el campo y los niños de falta de leche… y en poco tiempo, una tierra tan fértil, poderosa y excelente, quedó falta de gente».

Cuando llegó a la Española en 1508, Las Casas dejó constancia de que «quedan 60.000 personas en esta isla, incluyendo los Indios, por lo que de 1494 a 1508 en torno a tres millones de personas han muerto por la guerra, la esclavitud y el trabajo en las minas. ¿Habrá alguien en generaciones venideras que pueda llegar a creérselo? A mí, incluso como testigo, ya me cuesta creer que sea verdad…»

Lo que Colón le hizo a la población arawak de las Bahamas, Cortés lo hizo con el Imperio Azteca de México, Pizarro con el Inca del Perú y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts a las poblaciones powhatan y pequot. Hicieron uso de las mismas tácticas, por las mismas razones: el frenesí el de los estados protocapitalistas europeos por el oro, esclavos y productos agrícolas con los que pagar los préstamos que financiaban sus expediciones, con los que a su vez financiar la cada vez más compleja burocracia de las crecientes monarquías occidentales, con los que estimular el crecimiento de una nueva economía monetaria que paulatinamente abandonaba el feudalismo, con los que participar en lo que Karl Marx posteriormente denominó «acumulación primitiva del capital». Así dio comienzo un intrincado sistema de tecnología negocio, política y cultura que llegaría a ser hegemónico durante los 500 años posteriores.

¿Sabemos a ciencia cierta que lo que destruimos era inferior? ¿Quiénes eran estas personas que se arrojaron a la playa y nadaron para llevar a Colón y a su tripulación regalos y presentes, estas personas que vieron a Cortés y Pizarro cabalgar sobre sus tierras? ¿Qué ganó la población española con toda esta muerte y brutalidad infringida contra la población nativoamericana? Según Hans Koning en su libro Columbus: His Enterprise:

«El oro y plata expoliados y transportados a España no repercutieron en una mejora del poder adquisitivo del pueblo español. Solo otorgó a sus gobernantes ventaja en el equilibrio de poder de la época y la oportunidad de contratar más mercenarios para sus guerras. Finalmente tuvieron que alzar la bandera blanca tras todas esas guerras y lo que quedó fue una brutal inflación, una población desabastecida, mayor poder adquisitivo para la minoría más rica y más pobreza para la mayoría más pobre, junto con un campesinado totalmente depauperado.»

Así dieron comienzo las invasiones europeas del continente americano y la posterior destrucción de los asentamientos indígenas. Un comienzo trufado de conquista, esclavitud y muerte. Sin embargo, cuando leemos libros de historia para colegios e institutos, todos comienzan hablando de «heroicas aventuras» y ninguno de derramamiento de sangre. Y el 12 de octubre, el día de la raza, de la Hispanidad y de Colón, continúa celebrándose a lo largo de todo occidente.

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¿Qué es civilización?

Original por Moss Moth.

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Hay gente que, cuando oye que otras personas quieren acabar con la civilización, responde de manera negativa porque de siempre han asociado civilización a bien. Este fragmento es un intento por aclarar, definir y describir lo que yo (y otra gente) entendemos por civilización.

La definición de diccionario de la palabra civilización recoge el uso común de la palabra:

  1. Sociedad que ha alcanzado un nivel avanzado de desarrollo social (y disfruta, por ejemplo, de organizaciones políticas y religiosas complejas), «la gente evolucionó progresivamente de un estado de barbarie a uno de civilización».
  2. Proceso social por el cual las sociedades alcanzan un estado civilizado.
  3. Una determinada sociedad en un determinado momento y lugar, «la civilización maya arcaica». Sinónimo: cultura.
  4. Cualidad de la excelencia en pensamiento, modales y gusto, «un hombre refinado intelectualmente», «se le recuerda por ser un hombre generoso y civilizado».

Sus sinónimos incluyen avance, educación, cultura, desarrollo, instrucción, encumbramiento, ilustración, iluminación, modales, progreso y refinamiento.

No hace falta decir que aquellas personas que se encargan de redactar las acepciones de diccionario son en sí gente civilizada, lo que explica  las flores con las que se describen. Parafraseando a Derrick Jensen, ¿os imagináis a las personas que redactan los diccionarios describiéndose como miembros de una sociedad pobre, subdesarrollada y atrasada?

Por el contrario, entre los antónimos de civilización se incluyen: barbarie, salvajismo, brutalidad, jungla. Estas son las palabras que la gente civilizada usamos para referirnos a aquellas personas que consideramos que se encuentran más allá del linde de la civilización, en concreto, pueblos indígenas. Bárbaro viene de la palabra griega cuyo significado es no griego, extranjero. La palabra salvaje viene del latín silvaticus, que significa perteneciente a los bosques. Las etimologías parecen, en su origen, inofensivas, pero es bastante esclarecedor el modo en que hemos aplicado estos términos.

Bárbaro

  1. Cualidad de ser explícitamente cruel e inhumano. Sinónimos: atroz, atrocidad, barbaridad, monstruosidad.
  2. Acto salvaje y bárbaro. Sinónimos: brutalidad, barbarie, salvajismo.

Salvajismo

  1. Cualidad o condición de lo salvaje.
  2. Acto cruel y violento.
  3. Comportamiento o naturaleza salvaje, barbarie.

Esta asociación de crueldad e incivilización es, sin embargo, contradictoria si repasamos los registros de los contactos entre gente civilizada e indígena.

Retrotraigámonos a unos de los contactos más famosos entre pueblos indígenas y civilizados: cuando Cristóbal Colón puso el pie por primera vez en lo que más adelante se conocería como Américas, registró la impresión que le causaron los nativos, incluyendo en su diario lo siguiente: su inocencia desnuda… Son muy amables y no conocen el mal ni el asesinato ni el robo…

Así que concluyó: serán unos esclavos excelentes.

En 1493, bajo el auspicio de la Corona de Castilla, se declaró Virrey y Gobernador del Caribe y las Américas. Se instaló en la isla que actualmente se encuentra dividida entre Haití y la República Dominicana y comenzó a exterminar y esclavizar sistemáticamente a la población indígena (las tribus taino de la isla estaban sin civilizar, al contrario que la civilización inca, también invadida por los conquistadores). En tres años había conseguido reducir la población indígena de ocho millones a tres. Hacia 1514 solo quedaban veintidós mil, y para 1542 se les consideraba extintos. [2]

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El sistema tributario establecido por Colón [en los territorios recién colonizados] alrededor de 1495, tan sencillo como despiadado, satisfizo el hambre de oro español  y aunó el desprecio, también español, por el trabajo manual, leído como judaizante. Todo habitante taíno que superara los 14 años estaba obligado a tributar a los nuevos dirigentes un cascabel de oro cada tres meses (o en zonas con no tanta abundancia de oro, veinticinco libras de algodón empacado). A aquellos que satisfacían esta demanda, se les daba un identificador que se colgaban al cuello como prueba de que así lo habían hecho. A los que no, se les castigaba cortándoles las manos y dejándoles desangrarse hasta la muerte… [3].

Más de diez mil personas fueron asesinadas durante la etapa de Colón como gobernador. En innumerables ocasiones estos civilizados invasores hicieron uso de tortura, violación y asesinato. Los españoles se apostaban quién era capaz de partir a una persona en dos, o de cortar una cabeza de un solo tajo o de abrirle las tripas a alguien. Arrancaban a los recién nacidos de los pechos de sus madres para estamparles la cabeza contra las rocas… Pasaron por la espada a recién nacidos, a sus madres y a todos los que estaban allí antes que ellos.

En otro momento:

Un español… desenvainó de repente su espada. Al momento, los otros cien hicieron lo mismo y empezaron a abrir tripas, a tajar y a asesinar hombres, mujeres, niños y personas ancianas que se encontraban en cautiverio y en estado de pánico… Y entre dos credos, solo puede quedar uno. Los españoles entraron en una casa grande que se encontraba al lado de donde sucedieron los hechos y, de la misma manera, empezaron a pasar por el filo a todo al que encontraron allí, derramando un arroyo de sangre como si en vez de personas hubiera sido sacrificado ganado…”[5].

Este patrón de crueldad y vicio unilateral, inexcusable y sin provocación se ha repetido innumerables veces en las interacciones entre gente civilizada e indígena a lo largo de la historia.

Este fenómeno está bien documentado en obras excelentes, entre ellas A Little Matter of Genocide: Holocaust and Denial in the Americas, de Ward Churchill, The Conquest of Paradise: Christopher Columbus and the Columbian Legacy, de Kirkpatrick Sale y Bury My Heart at Wounded Knee: An Indian Historia of the American West. Las obras de Farley Mowat, entre las que destacan Walking on the Land, The Deer People y The Desperate People ilustran también todos estos hechos poniendo el énfasis en las regiones árticas de Norteamérica. Eduardo Galeano también toca el tema  en  la trilogía Memoria del Fuego poniendo el punto de mira en el sur del continente americano (esta trilogía épica recoge varias situaciones de injusticia y sus consiguientes revueltas).  Una muy buena recomendación es el libro de Jack D. Forbes, Columbus and Other Cannibals: The Wétiko Disease of Exploitation, Imperialism and Terrorism. Otra fuente de información es el libro de Jared Diamond’s Guns, Germs and Steel: The Fates of Human Societies, aunque discrepo con algunos puntos de vista del autor.

EL mismo tipo de agresiones cometidas por la gente civilizada contra la población indígena fueron también cometidas contra toda forma de vida no humana animal y vegetal, a las que prácticamente se esquilmó (a menudo deliberadamente) incluso cuando no eran necesarias como alimento, simplemente por deporte. Para más información sobre esto, echadle un vistazo a las obras exhaustivas y conmovedoras de Farley Mowat Sea of Slaughter o de Clive Ponting A Green History of the World: The Environment and the Collapse of Great Civilization (donde se analiza la forma de vida precolombina y el colonialismo europeo).

Con todo este historial de atrocidades, deberíamos (si no lo hemos hecho ya) desterrar las connotaciones propagandísticas que conlleva la palabra civilizado (bueno) e incivilizado (malo) y buscar una definición más adecuada. Antropólogos y demás académicos ya han pensado en algunas definiciones de civilizado  menos propagandísticas.

Antropólogos decimonónicos como E.B Tylor definieron la civilización como la vida urbanita organizada bajo un gobierno y estructurada mediante escribas (o el uso de la palabra escrita). En estas sociedades, según él, hay un excedente de recursos con los que se puede comerciar o que se puede conseguir mediante guerra o explotación, lo que permite a su vez la diversificación de la actividad urbana en sí.

El genial autor y activista contemporáneo Derrick Jensen, habiendo reconocido las fallas que tiene la definición popular y de diccionario, escribe:

Definiría civilización de manera más precisa, y creo que también más útil, como una cultura , o lo que es lo mismo, como un complejo de historias, instituciones y mecanismos que se gobiernan y se sostiene en base al crecimiento urbano (civilización, ver civil, de civis, ciudadano, de latín civitatis, estado o ciudad) definiéndose así ciudad en contraposición a campo, pueblo, etc. y con una población en la práctica permanentemente sedentaria establecida en densidades que hacen necesaria la importación de comida y otras necesidades primarias.

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Jensen también tiene en cuenta que, debido a las necesidades de importación que tienen estas ciudades para satisfacer su nivel de vida y para crecer, ven necesario crear sistemas de centralización indefinida de recursos, creando una creciente área de insostenibilidad alrededor de un área rural cada vez más sobreexplotada.

El antropólogo contemporáneo John H. Bodley dice que «la principal función de la civilización es la organización de redes sociales paralelas de influencia ideológica, política, económica y militar que benefician explícitamente a intereses privilegiados. En otras palabras, instituciones civilizadas como iglesias, corporaciones y ejércitos existen por y para dotar de recursos y de pujanza a la élite dominante».

El historiador y sociólogo del siglo XX Lewis Mumford es el creador de una de mis definiciones favoritas de civilización, breve y concisa. Para él, una civilización es un grupo de instituciones que comenzó a tomar forma bajo los regímenes monárquicos. Sus características principales, constantes pero en proporciones variables a lo largo de la historia, son la centralización del poder político, la división en clases, la estratificación laboral de por vida, la mecanización de la producción, la hipertrofia del poder militar, la explotación económica del débil y la generalización de la esclavitud y el trabajo forzoso con fines industriales o militares [8).

Teniendo en cuenta el mencionado surtido de definiciones históricas y antropológicas, podemos deducir criterios básicos de lo que conocemos como civilización (en contraposición a poblaciones indígenas)…

  • Los grupos humanos viven en núcleos sedentarios, ciudades en su mayoría.
  • La sociedad en su conjunto depende del cultivo agrícola a gran escala, necesario para sostener a las poblaciones urbanas densas que no cultivan.
  • La sociedad está regida por gobernantes y cierta aristocracia bajo la centralización del poder político, económico y militar que se sustentan en la cúspide de la pirámide mediante la explotación de las masas.
  • La élite, y probablemente otros elementos, hacen uso de la escritura y las matemáticas para controlar la mercancía y los botines de guerra, entre otros.
  • Existe esclavitud y trabajo forzoso mediante el uso directo de la violencia física o la violencia mediante coacción económica (por la que la población es excluida sistemáticamente de todo aquello ajeno al trabajo asalariado).
  • Existen ejércitos profesionales y belicismo institucional.
  • La producción está mecanizada mediante el uso de maquinaria o el uso de fuerza de trabajo humana como si de elementos mecánicos se tratara (más explicación próximamente).
  • Existen instituciones complejas con el objetivo de mediar y controlar el comportamiento de la población a través de su aprendizaje y del moldeo de su visión del mundo (escuelas e iglesias), de su relación con las demás personas, con lo desconocido y con la naturaleza (religión organizada).

El antropólogo Stanley Diamond lo resumió de la siguiente manera: la civilización se sustenta en la conquista extranjera y la represión doméstica.

El patrón recurrente es el control. La civilización es una cultura de control. En las civilizaciones, un pequeño grupo de personas ejercen control sobre la gran mayoría de la población mediante instituciones civilizadas. Si hay personas más allá de las fronteras de la civilización, el control intentará extenderse mediante ejércitos o misioneros (tanto religiosos como laicos(técnicos)). Si la gente a la que se quiere someter es urbana, el control se efectuará mediante grupos locales militarizados, como la policía. Sin embargo, es más barato y explícitamente menos violento condicionar tipos de comportamiento mediante religión organizada, institucionalización académica y medios de comunicación u otros elementos semejantes que hacer uso de la fuerza bruta, algo que requiere una inversión significativa en armamento, vigilancia y mano de obra asalariada.

Estos elementos alcanzan la cumbre de su efectividad cuando se combinan con el control económico y de los medios agrícolas. Si controlas el suministro de alimento o de otros elementos de primera necesidad, la gente te obedecerá o morirá. La población urbana depende de sistemas de suministro de alimentos controlados por la élite para sobrevivir, ya que en la definición comúnmente aceptada de ciudad, la población está concentrada a unos niveles tan densos  que la importación de alimentos es capital.

Para aumentar el grado de control, la élite gobernante ha combinando su control sobre los medios de producción alimentaria y agrícola con un condicionamiento específico que refuerza su supremacía. En nuestra sociedad hegemónica capitalista, las clases altas controlan tanto el suministro de alimentos y de otros elementos de primera necesidad como de los contenidos que se enseñan en las escuelas. Las escuelas y los lugares de trabajo llevan a cabo un proceso de selección: aquellas personas que demuestran que son válidas para cooperar con la élite comportándose como es debido y obedeciendo en el trabajo o en la escuela, tendrán acceso a trabajos mejor remunerados y con menor carga de trabajo. Aquellas personas que o no pueden o no quieren obedecer, estarán excluidas de un acceso cómodo a elementos de primera necesidad, alimentos entre ellos, pudiendo acceder solo a trabajos de baja categoría y estando apocadas a trabajar mucho más solo para sobrevivir o directamente caer bajo el umbral de la pobreza. Un sistema de explotación tan racionalizado como este ayuda a aumentar la eficacia del propio sistema reduciendo la posibilidad de resistencia o de revuelta entre la población.

Los medios propagandísticos han conseguido convencer a la mayoría de la población de que este sistema es, en cierto modo, natural o necesario. Sin embargo, la realidad es que, como sistema, es una estructura completamente artificial y consecuencia directa de las acciones de la élite gobernante (y la omisión de aquellas personas que creen que se benefician del sistema o han sido reducidas mediante violencia o amenazas).

En contraposición a lo anterior, el concepto de natural que nos vende la cultura dominante no es cierto. Durante el 99% de la historia humana, las poblaciones han convivido en grupos pequeños, ecológicos, participativos e igualitarios. Y hay multitud de libros que comparan civilización e indigenismo de manera muy acertada, algunos de los cuales expongo a continuación.

My name is Chellis and I’m in recovery from western civilization, de Chellis Glendinning es un libro genial y muy asequible, amén de ser de mis favoritos. También podéis echar una ojeada al extracto del libro A Lesson in Earth Civics en línea: http://www. eco-action. org/dt/civics. html. De la misma autora, When Technology Wounds: The Human Consequences of Progress. O el Against Civilization: Readings and Reflections  de John Zerzan, una recopilación de extractos de autores de todo el mundo.

The Culture of Make Believe de Derrick Jensen es una crónica de los odios con violencia que han acusado nuestro planeta, tirando del hilo hasta sus orígenes imperiales, esclavistas, capitalistas y de ideología de la propiedad y el consumo. El Stone Age Economics de Marshall Sahlin es otro clásico en la misma línea. Mirad su ensayo The Original Affluent Society en línea aquí: http://www. primitivism. com/original-affluent. htm

El  libro del antropólogo Stanley Diamond Search of the Primitive: A Critique of Civilization también es digno de leerse, y el ensayo The Primitivist Critique of Civilization, de Richard Heinberg, también, y está disponible aquí: http://www. eco-action. org/dt/critique. html. También podéis revisar http://www.primitivism.com y http://eco-action.org/.

Lo que podéis encontrar ahí es una explicación de cómo lo común en las sociedades humanas eran las comunidades igualitarias y ecológicas durante generaciones, y que lo que es monstruoso y aberrante son las civilizaciones.

Vivir en el seno del ambiente controlador de la civilización es una experiencia traumática, aunque el nivel de trauma varía según las circunstancias personales y los grados de privilegio que las personas ostentamos dentro de la sociedad. Derrick Jensen deja bastante claro esto en su increíble documento A Language Older thn Words y Chellis Glendinning también en la obra que he mencionado anteriormente.

La insostenibilidad ecológica de las civilizaciones, sistemática, también es importante. Ampliaremos esta información más adelante.

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