Consentimiento: ¿en serio es tan difícil?

Original en Rockstar Dinosaur Pirate Princess, Consent: not actually that complicated.

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¿Sabéis qué no es tan difícil?

El consentimiento.

Se ha debatido mucho recientemente mucho sobre ello: algunas universidades han lanzado normas relativas al consentimiento explícito y ha llegado a la gran pantalla, y arrasando en taquilla, la adaptación del libro que hizo de la ausencia de consentimiento algo sexy. Igual no lo sabéis, pero ya existe en Reino Unido algo parecido al consentimiento explícito, o cómo Ched Evans acabó condenado mientras que su codemandado no. Las actas del tribunal recogen cómo el jurado entendió que era razonable que la víctima hubiera decidido mantener relaciones sexuales con el codemandado, pero no con otro tipo cualquiera que pasaba por allí, véase Evans. Esto, en Reino Unido, no funciona la mayoría de las veces como en los tribunales; lo que sí es similar es la investigación; de hecho, se han hecho públicas hace poco nuevas pautas para facilitarla.

Por otro lado, llueven las críticas y los comentarios negativos siempre que se escribe un artículo sobre consentimiento o se da un paso en favor de aumentar la carga de la prueba en la persona que da comienzo a la relación sexual para asegurarse que la persona con la que quieren mantener esas relaciones, bueno, en fin, como os lo diría, verdaderamente QUIERE mantener esas relaciones.

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Incluso los comentarios en respuesta a estas viñetas nos muestran de manera nítida lo mal entendido del consentimiento.

Salta a la vista  que muchísima gente NO entiende de verdad lo que significa consentimiento. Desde el famoso hay a quien no hace falta que le pregunten antes de cada relación pasando por el estudiante al que, presuntamente, se le ocurrió sorprender a su pareja con algo de BDSM no consentido hasta a esta mierda de canción y a cada basura de comentario en cualquier artículo que deje caer que sí significa SÍ; parece que la gente tiene un problema importante al entender que siempre que te acuestas con alguien, y cuando digo siempre digo en todas las ocasiones en las que mantienes relaciones con alguien, es preciso asegurarse de que quieren mantenerlas. Esto va para mujeres, hombres y todo el mundo. Con quien quiera que sea que te estés poniendo a juguetear, asegúrate de que de verdad le apetece. Y ya está, no es tan difícil, de verdad.

Si todavía te rechina el asunto, ponte en que en vez de iniciando una relación sexual, estás sirviendo una taza de té.

Di en alto  ─ ¿oye, te apetecería una taza de té?─, y si te responden ─ joder, joder, sí, coño, sí, me encantaría MIL una taza de té, ¡gracias!*─ bien, entonces ya tienes claro que les apetece una taza de té. Si dices ─ ¿oye, te apetecería una taza de té?─ y te encuentras con un dubitativo ─no lo tengo muy claro…─ entonces prepara el té o no lo prepares, pero sí ten claro que pueden o no bebérselo, y en caso de que no, bien, ten la delicadeza de NO HACÉRSELO BEBER. No les culpes de haberte hecho hacer el esfuerzo de preparar el té en el improbable caso de que lo hubieran querido; asimila que no lo quieren y en paz. El mero hecho haberlo preparado no te da derecho a metérselo por el gaznate.

SI la respuesta es ─no, gracias─, entonces no hagas té. Punto. No prepares té, no se lo hagas beber y no te enfades porque no les apetezca. No les apetece y punto, ¿bien?

También puedes oír un ─sí, por favor, muy amable─ y cuando llegues con el té ya no les apetece para nada. Sin duda es un chasco, has hecho el esfuerzo de preparar el té y todo, pero están sujetas a ninguna ley vinculante que les obligue a beberse el té. Antes les apetecía, ahora no. Mucha gente cambia de opinión en el rato que tarda en hervir la tetera, reposar el té y añadirse la leche. Sigue sin haber ningún follón por el que la gente cambie de parecer y tampoco tienes ningún derecho a verles bebérselo por el hercúleo esfuerzo que has realizado preparando ese té.

Si se encuentran privadas de consciencia, no hagas té. La gente inconsciente no suele querer té y tampoco es capaz de responder a la pregunta de que si quieren té porque están inconscientes.

Bien, pongamos por caso que estaban conscientes cuando les preguntaste si querían té y dijeron que sí, pero en el rato que ha tardado la tetera en hervir, el té en reposar y la leche en añadirse, han perdido la consciencia. Muy sencillo, deja el té un momento, asegúrate de que la persona inconsciente se encuentra bien y, ojo al pequeño detalle, no le hagas beber el té. Te dijeron que sí, claro, sin problema, pero la gente sin consciencia muy raramente quiere té.

¿Y si alguien te dijo que sí quería té, empezó a tomárselo y luego se desmayó antes de terminárselo? Bueno, lo primero, no se lo eches por el gaznate. Lo segundo, deja el té a un lado y asegúrate de que se encuentra bien, para este caso también vale lo de que a la gente inconsciente no le apetece té. Hazme caso, te lo digo de corazón.

Si a alguien le apetecía té en tu casa el sábado pasado no quiere decir que le vaya a apetecer siempre. Muy seguramente no querrán que aparezcas de la nada en su casa y les hagas té para forzarles a bebérselo porque «PERO SI LA SEMANA PASADA SÏ QUE QUERÍAS» o despertarse descubriéndote a ti derramándoselo por el gaznate porque «PERO SI ANOCHE SÍ TE APETECÍA».

Una analogía estúpida, ¿eh? Sí, sin duda esto lo tenías claro, en ningún caso le forzarías a nadie a beber té porque la semana pasada sí le apetecía. POR DESCONTADO ni se te ocurriría derramar té por el gaznate de alguien inconsciente porque hacía cinco minutos, estando consciente, te había dicho que sí. Muy bien, entonces, si te das cuenta de lo ridículo que es obligar a la gente a tomar té cuando no lo quieren y eres perfectamente capaz de entender cuándo no lo quieren, ¿por qué es tan difícil de entender esto mismo cuando hablamos de sexo?

En sexo y té, el consentimiento lo es todo.

Y ya que estamos, me voy a poner un té.

*Expresado palabra por palabra a un amigo un domingo de mañaneo tras una fiesta en una nave. , qué genial es.

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Asexualidad: la vida sin atracción sexual

Del original anónimo en Everyday Feminism, Asexuality: Life Without Sexual Attraction.

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Publicado originalmente en Feminspire y compartido aquí con su permiso.

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Durante mi etapa de instituto, no me resultaba un gran problema mantener conversaciones sobre sexo. No era algo que hubieran practicado la mayoría de mis amigas más cercanas, así que apenas salía a colación. Además, tenía una experiencia al respecto lo suficientemente competente como para inmiscuirme en cualquier conversación referente o para formar parte de cualquier corrillo que jugara al yo nunca, llegado el caso.

Sin embargo, cuando llegué a la universidad, parecía que todas las charlas de presentación eran un interrogatorio sobre a quién te habías tirado o cómo y así un largo etcétera. No era que no tuviera historias con las que contribuir, lo que me pasó es que en algún momento de ese lapso de tiempo que transcurrió entre el fin del instituto y el comienzo de esas charlas con mis nuevas compañeras de colegio mayor, me di cuenta de algo muy personal: no sentía atracción sexual por nadie.

No miraba a la gente y fantaseaba sobre cómo me la follaría y ni siquiera es un factor que tenga en cuenta en mis relaciones o mis citas  (si exceptuamos ese leve pánico a las expectativas sexuales que cargan sobre mis espaldas).

Me siento comodísima en debates sobre orientaciones y experiencias sexuales, desde el tibio sexo hetero hasta el más bizarro, quinqui y salvaje que te puedas imaginar; creo que es importante permitir que la gente se alce como portavoz de sus propios designios y acciones.

No obstante, seamos cuidadosas, no nos dejemos llevar por la excitación y pongamos en un apuro a aquellas personas como nosotras que tienen poco o nulo interés en el sexo o en actividades sexuales de cualquier índole.

No  existen muchos trabajos de investigación sobre asexualidad actualmente, pero uno de ellos, muy comúnmente citado, es el del Journal of Sex Research, del año 2004, que declara que el 1% de la población mundial es asexual. Sin duda, un número muy inferior al real, teniendo en cuenta la gente que no se declara como tal por miles de razones.

Una persona asexual es aquella que no experimenta atracción sexual alguna.

Esto no quiere decir que no puedan experimentar excitación, atracción afectiva o estética, o que no deseen intimidad en sus relaciones. Incluso puedes masturbarte y tener encuentros sexuales y seguir siendo asexual.

La sexualidad conforma un espectro en la cual la asexualidad se encuentra en uno de los extremos; sin embargo, alguien que se identifica como asexual es también un individuo, independiente y con particularidades.

También puedes ser asexual y heteroafectiva, y asexual y homoafectiva, o incluso asexual y anafectiva, o cualquier cosa entre medias.

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El espectro asexual también incluye a  personas demisexuales, aquellas que solo experimentan atracción sexual tras haber establecido un sólido vínculo emocional y a personas grisexuales, aquellas que en muy raras ocasiones experimentan atracción sexual.

La asexualidad se diferencia notoriamente del celibato o de la abstención de actividades sexuales porque existe una diferencia intrínseca  entre conducta y atracción. Y, aun con esto, hay personas asexuales que se involucran en prácticas sexuales por múltiples razones.

En la sociedad hipersexualizada en la que vivimos, las personas asexuales tienen que enfrentarse a miles de situaciones de discriminación y juicio, no solo ante personas heterosexuales, sino ante todas las que conforman el espectro de género y orientación.

Los cuerpos leídos como masculino que se identifican como asexuales, por ejemplo, no suelen involucrarse en las típicas conversaciones de vestuario en las que muchas de nosotras nos jactamos de nuestras conquistas sexuales ni chismorrean sobre la gente atractiva de su entorno ni sobre todo lo que les gustaría hacerles.

Los cuerpos leídos como femenino e identificados como asexuales, por otra parte, sufren la acusación constante de mojigatería o de hacerse las difíciles.

Todas las personas asexuales pueden sufrir ostracismo, especialmente de adolescentes, cuando la mayoría de nuestras conversaciones están monopolizadas por el sexo o las relaciones, cuando esas personas se ven incapaces de asociar o entender por qué el sexo es un tema tan solicitado.

Suelen ser diana de comentarios como el de estar perdiéndose todo ese gran mundo del sexo, o el tan manido ya encontrarás a la persona adecuada.

Hace poco que me identifico como asexual y coincido con la mayor parte de su definición, pero sí hubo un momento a lo largo de mi vida en el que pasaba, de pleno derecho, por una persona sexualmente activa. El caso es que no me gustaba ni se me antojaba, ni tampoco veía a gente y me sentía vincluada a ella de manera sexual.

Para mí, el sexo era una manera de obtener la intimidad de una relación con alguien pero, desafortunadamente, no me funcionó. La gente no compartía mi visión, así que pensé que igual algo me ocurría al no compartir ese deseo.

Durante mucho tiempo, incluso descarté aplicar para mí cualquier tipo de orientación sexual, ya que ninguna me definía como es debido. Tampoco creía que hubiera otra gente como yo, que no concibiera las relaciones desde una óptica sexual.

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Lo que acabó por ocurrirme es que me vi envuelta en multitud de relaciones tóxicas porque consideraba que sexo era lo que se esperaba de mí y lo que tenía quedar en una relación.

Tener constancia de la asexualidad ha sido para mí un paso importantísimo a la hora de firmar la paz con todas esas experiencias sexuales no deseadas.

Para muchas personas asexuales, el ser capaces de decir simplemente que lo son es una parte importantísima dentro de la construcción de su identidad y una forma de salir del armario. Es algo perfectamente equiparable a la situación de las personas que no se identifican como heterosexuales.

No pretendo hablar por las personas asexuales en general ni por ninguna en particular, tengo perfecta constancia que el espectro asexual es igual de amplio que el alosexual (activosexual). La Red por el Reconocimiento y la Visibilidad Asexual, AVEN en sus siglas en inglés, contiene recursos informativos muy detallados y un foro de consulta y debate por internet. También hay gran cantidad de muy buena información sobre relaciones con personas asexuales (¡también hay unos consejos muy buenos para practicar sexo 100% consentido entre personas alosexuales!).

Lo mejor que podemos hacer es mantenernos informadas, tanto de nuestras propias orientaciones como de las ajenas, y tener siempre en cuenta la posibilidad de que hay personas a nuestro alrededor que pueden no compartir nuestra visión del sexo.

Incluso entre personas alosexuales existen un amplio abanico de situaciones e individuos que les estimulan o deprimen sexualmente. ¿Por qué parece tan rupturista que algunas de nosotras no pertenezcamos a ninguna opción de este surtido tan difuso?

Muchas veces parece que cada vez que nos distraemos un momento, aparece una nueva orientación que debemos empezar a tener en cuenta.

Es muy importante que tengamos en cuenta que no solo no hay nada malo en tener sexo, en evitarlo, en tenerlo con una persona, muchas o personas de distinto género, tampoco hay nada malo en simplemente no tenerlo o no querer tenerlo.

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17 mentiras que los hombres aprendemos sobre el sexo

Del original de Julianne Ross en Everyday Feminism, 17 Lies We Need to Stop Teaching Boys About Sex.

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Originalmente publicado en Mic y reblogueado aquí con su permiso.

Hace poco, Policymic dejó en evidencia las diecisiete mentiras relativas al sexo que las chicas jóvenes aprenden de la sociedad.  Aunque, a priori, tuviera pinta de estar orientada exclusivamente a mujeres, esa lista tenía como objetivo mostrar a todos los géneros que una sexualidad sana es posible.

No hay duda de que los chicos jóvenes, tanto como las chicas, están expuestos a falacias que a la postre pueden causarles infinidad de problemas.

Aunque nuestra cultura promueve una visión del sexo androcéntrica; es decir, falocéntrica, también plantea problemas a aquellos cuerpos leídos como hombre. Los hombres aprenden que los hombres de verdad son solo aquellos que ponen en práctica una sexualidad agresiva; no solo eso, además, los principios de la masculinidad tóxica fomentan una conducta estoica (en el sentido de irreflexiva) e ignorante. Admitir miedo, incomodidad o confusión con respecto al sexo implica reconocer una vulnerabilidad que entra en conflicto con una cultura que naturaliza el machismo.

El estigma que afecta a la sexualidad masculina va de la mano con el aumento de los comportamientos de riesgo, la violencia y la difusión de enfermedades de transmisión sexual.

Los cuerpos leídos como hombre conforman la mitad del pastel del debate sobre la visión positiva del sexo, por lo que es precisa que transmitamos una educación adecuada para todo el mundo, sobre todo en relación a anatomía, comunicación y consentimiento. Empecemos por dejar en evidencia esos diecisiete mitos que envuelven al sexo y a los cuerpos leídos como hombre.

1. El tamaño importa (y lo es todo)

Si hay algo que la sociedad ha equiparado tradicionalmente a la masculinidad es el tamaño del pene, así que no debería extrañarnos que muchos hombres estén preocupados por el tamaño de sus genitales.

La verdad es la siguiente: el tamaño importa a veces y a algunas personas, pero no lo es todo.

De esta manera, y en muchas ocasiones, los tipos se ven obligados a alcanzar un estándar poco realista. Muchos de ellos no han visto erecciones ajenas más allá del porno, por lo que disponen de una perspectiva muy sesgada. El porno, además, tiene las ventajas añadidas de una iluminación, unos ángulos y un maquillaje cuanto menos halagadores, lo que lo convierte en un elemento bastante poco acertado para efectuar una comparación válida.

Una erección media alcanza una longitud de 13 a 15 centímetros y un perímetro de 10 a 13 centímetros, dependiendo de la fuente.

Las preferencias de mucha gente tienen más que ver con el condicionamiento social predominante que con el puro placer físico. Las personas somos de varias formas y tamaños, y aquellas que gustan a unas pueden no gustar a otras.

Además de eso, tened en cuenta que la vagina no es un pozo sin fondo en la cual meter cualquier cosa, solo mide de largo entre siete y medio y diez centímetros de media, y se dilata durante la relación sexual para facilitar el acceso. Otras aberturas no ofrecen eso.

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Por último, la química sexual le gana por goleada al tamaño. Según palabras del Doctor Debby Herbenick, del Instituto Kinsey (institución sin ánimo de lucro dedicada a la investigación en material sexual, de género y reproductiva): «nuestras investigaciones concluyen, de manera consistente, que la conexión psicológica, la intimidad y la satisfacción relacional tienen más que ver en nuestra satisfacción sexual que el tamaño o la forma de los genitales de nuestra acompañante.»

2. En el sexo, la penetración lo es todo.

Conocemos comúnmente la virginidad como un estado previo a la penetración del pene en la vagina, una idea demasiado limitada como para tener significación por sí misma, ya que excluye el sexo oral y anal, las experiencias de parejas LGBTQ y concepciones más personales de intimidad.

Más allá de la virginidad, el sexo, el amor y las relaciones afectivas son muchas más cosas que simplemente introducir determinada cosita en determinado agujerito.

3. Todos los hombres tienen pene.

Muchos de los elementos que estoy sometiendo a discusión van dirigidos a aquellos a los que se asigna varón al nacer, de cara a establecer un espacio de debate para temas que los hombres, por lo general, no tienen oportunidad de tratar adecuadamente.

Insistimos en que la identidad de género no tiene nada que ver con el sexo biológico.

La masculinidad no se define mediante aquello que tienes entre las piernas.

4. Los hombres siempre tienen ganas de follar.

La sociedad ha insistido durante tanto tiempo en la libido masculina que hemos llegado a un punto en que la falta de deseo sexual en hombres se ha convertido en sinónimo de castración. El caso es que, a veces, a los hombres, ―como a las mujeres―, simplemente no les apetece. Elementos como la dieta, las horas de sueño, el estrés o la confianza pueden afectarnos al ánimo.

Los estudios referentes al debate sobre si el deseo sexual es mayor en mujeres que en hombres son tan infinitos como contradictorios, pero veámoslo en perspectiva: como señala IO9, «un deseo sexual mayor no se traduce en mayores aptitudes para el sexo, ni en un disfrute mayor del mismo».

Y, lo que es más importante, las tendencias mayoritarias no reflejan ni mucho menos las preferencias personales: algunos hombres prefieren las relaciones monógamas, otras el sexo casual y otros no desean ningún tipo de contacto sexual.

Debemos dejar de leer el deseo ―y su ausencia― en términos de género.

5. Los hombres no pueden ser víctimas de violación

Las violaciones son un delito infradenunciado, sin importar el género afectado. Una encuesta realizada recientemente por la agencia de estadística del Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha arrojado datos que nos muestran que existen muchos más hombres víctimas de violación de los que pensábamos.

De cuarenta mil hogares entrevistados, la agencia logró esclarecer que el 38 por ciento de los delitos de violación y agresión sexual fueron cometidos en perjuicio de hombres ―un dato bastante más elevado que el que muestran anteriores estadísticas, con un porcentaje de hombres víctimas de entre un cinco y un catorce por ciento. Más allá de estadísticas, negar la realidad de los hombres como víctimas de violaciones representa un daño terrible a las víctimas.

De esta manera, ¿por qué la gente sigue pensando que los hombres no pueden ser víctimas de violación? Esta concepción errónea principalmente se sustenta en la idea que he mencionado anteriormente: los hombres siempre quieren sexo. Una premisa especialmente dolorosa y confusa para las víctimas.

Jennifer Marsh, de Red Nacional contra las Agresiones, la Violación y el Incesto (RAINN, en sus siglas en inglés), enunció en PolicyMic que «las víctimas masculinas a menudo se sienten mal consigo mismas cuando no desean la agresión ni la disfrutan».

Una erección no implica consentimiento; la realidad es que una erección fortuita puede sobrevenir tanto en hombres como en mujeres durante una agresión sexual.

6. No hace falta que los hombres se vacunen del Virus del Papiloma Humano (VPH).

Aunque el virus del papiloma esté asociado típicamente a las mujeres, lo cierto es que los hombres también pueden ser portadores e incluso contagiárselo a sus parejas mujeres.

Por estos motivos, el Centro de Control de Enfermedades (Atlanta, Estados Unidos) recomienda la aplicación de Gardasil tanto en hombres como en mujeres de entre nueve y veintiséis años. Esta vacuna previene de diferentes afecciones de VPH, dos de cuyas cepas producen verrugas genitales y cáncer cervical. Y sí, es segura.

Hablando del tema, los hombres también pueden sufrir infecciones urinarias y candidiasis, igual no tan a menudo como las mujeres, pero eso no las convierte en menos virulentas cuando atacan.

7. Para aprender de sexo, una buena fuente es el porno.

Sin entrar en deliberaciones personales sobre lo ético de las implicaciones que tiene el porno (y hay miles de textos que ya se han posicionado en múltiples puntos de este debate), está claro que es un producto que se consume masivamente en la actualidad y seguirá consumiéndose en el futuro.

De esta manera, recordemos que el sexo en el porno no es sexo real. Como en cualquier otra empresa cinematográfica, hay actores, directores, editores y un exceso de barroquismo, valga la redundancia.

A lo que vamos: a pesar de la omnipresente y frenética presencia de la que goza la penetración en el porno, la mayoría de mujeres no se corren solo con ella.

Otra prueba de que el sexo real difiere con el del porno es que los hombres no producen litros de semen, que todos los genitales no parecen sacados de una cadena de producción y que el ser humano suele tener pelo.

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Porque el porno no deja de ser una actuación, no un manual de instrucciones, y el someterte a interminables sesiones de porno no te convertirán necesariamente en mejor amante.

Cosa que si conseguirá que hables con tu pareja de lo que le gusta, por ejemplo.

8. El sexo se acaba cuando el hombre se corre.

El sexo no es una práctica teológica, el orgasmo no lo es todo. Esto vale tanto para hombres como para mujeres.

No es asunto de vida o muerte que te sientas incómodo por el «dolor de huevos», al fin y al cabo, de lo que hay que disfrutar es del camino.

9. El sexo es una maratón. Si no dura horas, no vale.

Las sesiones maratonianas copulatorias que nos muestran el porno y las comedias románticas no son fieles a la realidad, y es probable que lleguen a ser dolorosas si las ponemos en práctica en nuestro día a día. Los hombres, al igual que las mujeres, también pueden sufrir irritación tras el acto.

La realidad es que el sexo (sin incluir preliminares) normalmente suele durar lo que dura de media una canción de Marvin Gaye: de tres a siete minutos.

¿Os parece poco, verdad? Sin embargo, el sexólogo y escritor Ian Kerner nos lo muestra en perspectiva: «los [cis]hombres  estamos llamados a eyacular rápidamente ―y situaciones de estrés pueden hacernos eyacular de manera aún más rápida. Nos ha sido útil como raza. Si los tipos tardáramos una hora en eyacular, seríamos bastantes menos».

10. Los hombres bisexuales son hombres homosexuales que no se atreven a salir del armario.

La ciencia, como Colón, ha descubierto algo que ya conocían millones de personas, en concreto los hombres bisexuales: la bisexualidad masculina existe. Y no, no es simplemente «una escala de camino a “Villahomo de Abajo”».

No obstante, los hombres bisexuales aun tienen que enfrentarse al estigma de ser cuestionados sobre la legitimidad de su orientación sexual. Lo mismo les ocurre a las mujeres, aunque de ellas se infiere, a priori, una orientación más fluida (y sexualizada).

Sin duda, según afirma Patrick McAleenan (diario Telegraph) «aún está por ver el innatismo o la culturalidad de vivir en una sociedad que adora a Katy Perry por componer una canción llamada I Kissed a Girl (Besé a una chica) y a Madonna cuando se magrea con Britney Spears en directo».

Los hombres no deberían avergonzarse por sensaciones homoeróticas; tampoco es justo que presupongamos que la línea entre la heterosexualidad y la homosexualidad en hombres es más rígida que entre mujeres.

11. A los hombres heterosexuales, por el culo, ni el pelo de una gamba.

Explorar su trasero es tabú para muchos hombres hetero porque les preocupa estar haciendo algo «gay».

Esto es una estupidez, siendo el principal motivo que no tiene nada de malo ser gay. Además, no todos los hombres gay practican sexo anal.

Sea cual sea tu orientación sexual, la próstata sigue estando ahí. Este glande del tamaño de una nuez, también conocido por ser el «punto G masculino» se encuentra entre el pene y la vejiga, y muchos hombres, tanto gay como heterosexuales, han dado fe de que su estimulación les provoca orgasmos más intensos.

12. El sexo oral y anal es más seguro que el sexo vaginal

Aunque el riesgo de embarazo sea remoto mediante prácticas de sexo anal y oral (y a este último se le considera como la práctica que menos riesgo provoca para contraer VIH), aun existen múltiples posibilidades de contagiar y que te contagies de muchas ETS mediante una u otra práctica.

Escoger entre opciones implica escoger entre riesgos, no evitarlos. La mayor medida de seguridad es asegurarte que tanto tú como tu pareja os analizáis regularmente (incluyendo un análisis rectal de ETS, si existe la posibilidad), y, por supuesto, el uso de preservativos.

13. Una erección es sinónimo de deseo sexual (y viceversa).

A los tipos puede ponérseles dura de manera aleatoria por muchos motivos, especialmente durante la pubertad. Las erecciones espontáneas podrán ser motivo de vergüenza, pero son corrientes, y en muchas ocasiones no tienen que ver con lo cachondo que está el interfecto.

Las poluciones nocturnas, también conocidas como tiendas de campaña, son uno de los ejemplos más comunes. Ocurren en el momento en el que el cerebro entra en la fase REM, y en absoluto están relacionados con la temática sexual de los sueños.

Y a la inversa, que a un tipo no se le ponga dura no significa que no esté cachondo. Tanto el alcohol como los estupefacientes pueden influir y la disfunción eréctil es algo muy común en Estados Unidos, afectando en torno a entre quince y treinta millones de hombres.

Moraleja: el deseo es algo demasiado complejo como para reflejarse únicamente en signos físicos.

14. Los tipos en relaciones (hetero) ya no llevan los pantalones en su relación.

En jerga actual, el término «llevar los pantalones» se refiere a quien lleva las riendas de una relación en pareja; cuando se dice que una mujer  en una relación «lleva los pantalones», es que ejerce «control» sobre su pareja hetero, un hombre en este caso.

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Es una expresión inherentemente sexista (si dudáis, echad un ojo a esta entrada), ya que nos transmite que el estado natural de las cosas es que un hombre mantenga a la mujer en su sitio.

15. La omisión del «no» es explícitamente un «sí».

Existe tanto estigma y tanta vergüenza cuando hablamos de sexualidad, que hablar de consentimiento puede parecer extraño, especialmente si eres joven. Tenemos que superarlo, porque hablar de consentimiento es lo más importante dentro del ámbito que nos atañe.

Desde las recientes medidas gubernamentales encaminadas a contener la proliferación de violencia sexual en las universidades a las protestas estudiantiles en todo el país, queda claro que el acoso sexual sigue conformando un problema importantísimo tanto para mujeres como para hombres jóvenes. La ignorancia no vale como excusa.

Es nuestro deber enseñar tanto a chicos como a chicas a aclarar sus intenciones, respetando siempre al autonomía corporal ajena.

Insistamos en lo siguiente, ya independientemente del género: un no es un no. Que no haya un «sí» explícito también es un no. La ingesta de alcohol y la ropa que se lleva puesta no es sinónimo de consentimiento.

Y ninguna persona está obligada a tener sexo con nadie. Nunca.

A propósito, ya que estamos, recordad también que la friendzone no existe y piropear a las mujeres difiere mucho de la idea de «cumplido».

16. Las mujeres (y sus genitales) son complicadas y dan miedito.

Contrariamente a lo que comúnmente se piensa, el orgasmo femenino no es el mítico unicornio esquivo del sexo.

¿Qué a las mujeres les resulta difícil correrse? Por descontado. No obstante, bombardear constantemente a tipos y tipas con lo de que hacer que una mujer se corra es sinónimo de tarea hercúlea implica sembrar semillas de ansiedad y fracaso.

Más allá de dar la charlita sobre de dónde viene los niños, la educación sexual sería de más ayuda si hiciera por desmitificar de manera exhaustiva nuestros cuerpos y sus partes, independientemente de nuestro género y sexo.

Como todo el mundo somos diferentes, no estaría de más que enseñáramos a nuestras jóvenes a comunicarse de manera cómoda con sus parejas sobre lo que les gusta y lo que no. Es un punto que les será de gran ayuda a lo largo de sus vidas, tanto fuera como dentro del dormitorio.

17. Los tipos no están llamados a tener paciencia.

Arropados en el estereotipo de que los hombres siempre están pensando en sexo, muchos de ellos creen que todos aquellos tipos de su alrededor lo hacen.

Las normas culturales nos dictan que todos los hombres deberían estar ansiosos por follarse a la primera persona que se crucen por la calle y así también lo desee, pero nada más lejos de la realidad.

Muchas mujeres disfrutan del sexo casual, muchos hombres no. Algunos prefieren tomárselo con calma, y otros no sienten ningún tipo de atracción sexual.

Informes de Planificación Familiar (organización no gubernamental para la salud reproductiva y sexual) afirman que uno de cada cuatro hombres de diecinueve años no es sexualmente activo. Los chicos normalmente exageran su nivel de experiencias y la cantidad de parejas sexuales que han tenido; en una entrevista a mil doscientos adolescentes y jóvenes de entre quince y veintidós años, se esclareció que en torno a un treinta por ciento habían mentido sobre «lo lejos que habían llegado» y un setenta y ocho por ciento afirmaron sentirse presionados por la sociedad para tener relaciones sexuales.

No mantener relaciones sexuales no le convierte a alguien en menos hombre, porque tu identidad no depende de la gente con la que te acuestes. No es asunto de nadie que no seas tú.

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