La apropiación cultural. Qué es y cómo evitarla.

Del original en el tumblr de SwanpinionsWhat is cultural appropriation and how to avoid it.

Nota: Imágenes extraídas a través de Órbita Diversa.

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Creo que voy a convertir la anterior entrada en una entrada de pleno derecho para que pueda rebloguearse. Os repito de nuevo: esto es solo la opinión personal de alguien, no la toméis como la verdad absoluta. Preguntadle a más gente sobre lo que piensan e informaos a través de otras fuentes.

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¿Qué es la apropiación cultural?

Significa literalmente «lo que ocurre cuando cuando una cultura usurpa elementos de otra». Por ejemplo, la pizza se extendió por los Estados Unidos a través de la inmigración italiana y se convirtió en un plato que todo el mundo lee como «estadounidense»; sin embargo, la cosa no es tan sencilla como eso.

Una de las razones por la que la apropiación cultural resulta nociva es que, en ocasiones, tiene el poder de crear estereotipos sobre la cultura origen entre la gente. También puede mostrar  una versión en su mayor parte creada por personas que no provienen de esa cultura y que, en definitiva, es errónea. Una consecuencia de esto puede ser que la gente leamos esa cultura como «extranjera» o «exótica» (el otro) porque nuestro único contacto con esa cultura es a través de personas de nuestra misma cultura. Esto suele ocurrir cuando una cultura que goza de una posición de poder sobre otra usurpa elementos de esta última, estableciendo de esta manera estereotipos y creando una idea nueva de su naturaleza que socava las consideraciones que de esta cultura origen poseía la gente.

Otro argumento a favor de la toxicidad que provoca esta apropiación es que tanto costumbres como historia, que pueden tener ambas una carga altamente significativa para la cultura de origen, pueden llegar a recibir un trato condescendiente por parte de las personas ajenas a esa cultura. De esta manera, una persona que las considera a ambas, costumbres e historia, una parte importante de su cultura, considerará que reciben un trato irrespetuoso e incluso ofensivo.

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¿Cómo evitar la apropiación cultural?

La apropiación cultural causa perjuicio en el momento en que una cultura dominante usurpa elementos de otra cultura sin su previa comprensión o hace uso de ellos de manera diferente a como eran en su origen y refuerza las consideraciones que la cultura dominante tiene sobre la cultura ajena. Consejos:

Cuando estudies otras culturas, asegúrate de que estudias fuentes originales emitidas por gente de esa cultura. No estudies textos de personas ajenas a la cultura sobre la que escriben, en muchas ocasiones, esa información es racista y tóxica.

Cuando estudies otras culturas,  asegúrate de que te tomas tu tiempo para absorber detalles sobre esa cultura y por qué las cosas se hacen así y no de otra manera. No te aprendas una o algunas cosas sobre una cultura y digas que ya te lo sabes todo. Las culturas son enormes y complejas, si crees que un poco de estudio puede enseñarte todo lo que hay que saber, las estás considerando como algo superficial. Si te das cuenta. incluso algunas regiones de tu país poseen culturas, lenguas, dialectos y gastronomía diferentes, algo que también ocurre con grupos de etnias diferentes (que pueden diferir, incluso, de las de su país originario); solo entonces te percatarás de que no podemos entender un país entero si solo conocemos algunas de sus costumbres culturales.

Recuerda que las cosas que sobre otras culturas aprendes a través de la televisión, en el colegio, etc. en muchas ocasiones son estereotipos. Cuando comiences a aprender seriamente sobre una cultura, ignora todas tus presunciones y todas las cosas que ya crees que sabes y aprende directamente de esa cultura.

Si quieres hacer algo que provenga de otra cultura, conoce su significado en esa cultura y descubre si existe alguna razón por la que pudiera resultar irrespetuoso el hecho de que hagas uso de ello tú mismo. Hacer algo cuyo origen está en una cultura ajena no es sistemáticamente irrespetuoso, pero es importante enterarse de si ello podría resultar un problema.

No te hagas el experto solo por el hecho de que estés aprendiendo sobre una cultura. Escucha siempre a las personas de esa cultura cuando te dicen que te equivocas.

No taches de «exóticos» ni «misteriosos» elementos de culturas ajenas. Te recuerdo que para las personas de esas culturas, son corrientes. No les hagas sentirse como bichos raros.

No asumas que, como alguien pertenece a una cultura sobre la que estás estudiando, arden en deseos de oírte decir lo que te fascina. Imagina que alguien se te acerca y te dice: «¡oh, eres estadounidense!, me encantan las hamburguesas, ¿alguna vez has actuado en alguna película?» ¿A que parece vergonzoso, amén de raro y ofensivo? Pensarás que «los Estados Unidos tienen son algo más que eso y, solo por el hecho de ser estadounidense, no significa que me gusten las cosas de este país que se consideran estereotípicas». Pues esto es lo que sienten las personas de otras culturas cuando no las tratas como lo que son: personas.

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Repito: lo importante es que no olvides que las culturas son más complejas de lo que piensas. La comida en los Estados Unidos es algo más que hamburguesas, de la misma manera que la comida en culturas ajenas no es solo sushi, curry o arroz. Intenta evitar decir cosas como «me gusta la comida japonesa». ¿Sabes la cantidad de tipos de comida japonesa que existen? En vez de eso, especifica los tipos de comida que te gustan, algo así como «me gusta el onigiri y el udon al curry», como yo ya hago.

Y, para finalizar, trata a las demás culturas como te gustaría que otras personas trataran a la tuya. No es cosa de pensar «mejor no hago nada que tenga que ver con esta cultura», pero ten cuidado cuando pienses que lo sabes todo de una cultura solo porque te has aprendido un par de cosas. Guarda respeto, sé humilde y conserva las ganas de aprender. No te abalances con tus ideas, piensa un poco antes de hablar y cede el turno de palabra a las personas de la cultura en cuestión.

Y si alguien dice «esta prenda/esta palabra/este tipo de comida tiene una alta carga significativa, no puedes hacer uso de ella así, por diversión», simplemente escucha y respeta.

¡De esta manera, podrás disfrutar del aprendizaje y del descubrimiento de culturas ajenas a la tuya sin ofender a nadie! Espero que esto os sea de ayuda.

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Los hombres pueden ser feministas, pero se lo tienen que currar.

Del original de Katie McDonough en Salon, Men can be feminists but it’s actually really hard work

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El feminismo es para todas porque el sexismo nos afecta a todas; sin embargo, muchos hombres se sienten cómodos en el statu quo.

La ley de los titulares de Betterbridge defiende que «cualquier titular en forma de pregunta puede ser respondido con un «no»». Sin embargo, este artículo del New York Times puede ser una honrosa excepción: « ¿Es posible ser hombre y feminista?», nos pregunta el autor Jack Flanagin, que se define como tal. La respuesta a esa pregunta es «sí», o más que eso, «venga ya, claro que sí, ¿estás de broma?».

Sin duda, es excelente que un periodista haga semejante pregunta, aunque falle al centrarse en individuos como Hugo Schwyzer —quien dispone de varias plataformas a través de las cuales escribir sobre los hombres y el feminismo mientras dedica su tiempo libre a atacar las vidas personales, académicas y profesionales de feministas negras y no blancas—. Jamil Smith subió un twitt  en el que anunciaba que puestos a mantener una conversación sobre hombres y feminismo, ¿por qué no hablar con hombres feministas? Lo que Smith pretende, creo, es abrir el debate sobre por qué nos hacemos tantas cábalas sobre si los hombres pueden ser feministas y tan pocas una vez se nos contesta afirmativamente a esa pregunta. ¿No nos pica ni un poquito la curiosidad?

El punto más persuasivo del artículo del Times se encuentra en el último párrafo, donde el autor Noah Berlatsky debate sobre el trabajo que exige ser un hombre feminista. «Es cierto que, en ocasiones, los hombres feministas, yo incluido, nos imaginamos como bravos aliados que altruistamente salvamos a las mujeres luchando en su nombre», atina Berlatsky, «pero las fantasías de hombres que salvan a las mujeres cual caballeros de cuento no son más que diferentes caras de la misoginia, y, en este caso en particular, terriblemente retrógadas. La misoginia nos enjaula a todas. Cuando me declaro hombre feminista, no lo hago porque creo que podré con ello salvar mujeres, sino porque considero importante que los hombres nos demos cuenta de que no seremos libres hasta que las mujeres también lo sean».

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Berlatsky llega a una conclusión importante en relación a la naturaleza de la justicia: es un proyecto con múltiples ramas, todas entrelazadas. En contraposición al trillado cliché de «madres, esposas e hijas» que suele centrar el debate sobre por qué los hombres deberían preocuparse por los derechos de las mujeres, Berlatsky defiende que los hombres deberían ser feministas particularmente porque las vidas de las mujeres de cualquier edad con las que nunca han tenido contacto y con las que nunca lo tendrán también son importantes. Y más en concreto, en una cultura que disuade a los hombres de construir y expresar su empatía, el propio hecho de que les importe algo más que una mierda alguien a quien no conoces, constituye en sí mismo un acto de subversión. Sin embargo, la idea de Berlatsky de que «la misoginia nos enjaula» también nos muestra otro argumento por el cual considero que los hombres pueden y deberían identificarse como feministas: los hombres han de enfurecerse por la violencia infligida contra las mujeres y por el sistema que las despersonaliza, pero circunscribir la relación de los hombres con el feminismo exclusivamente a la relación de los mismos con el estatus de las mujeres en el mundo solapa el hecho de que a los hombres también les afecta el patriarcado, las masculinidades tóxicas y el sexismo institucional y cultural sistémico.

Sin embargo, siempre van a existir grados y escalones; nunca me atreveré a decir lo contrario. Las normas culturales que nos encarcelan a las mujeres en el papel exclusivo de madres y cuidadoras significan también para nosotras un salario inferior al de nuestros compañeros hombres y que nuestras ambiciones personales y profesionales queden a expensas de los cuidados que tendremos que aplicar a nuestras u a otras personas. No obstante, estas normas también impiden que los hombres se cuestionen su masculinidad o que duden de su capacidad de quedarnos en casa a cuidar de nuestras hijas. Ambas cosas son gradualmente diferentes, pero ambas importan.

Lo mismo podemos decir del discurso hegemónico sobre agresiones sexuales. Las mujeres, de cualquier edad, copan las estadísticas de víctimas de agresiones sexuales, pero una cultura que taxativamente afirma que no hay víctimas de violación entre varones jóvenes adolescentes imposibilita que estas víctimas denuncien su situación. El núcleo de la cultura de la violación contiene conceptos destructivos sobre los derechos sexuales de los que gozan los hombres y es el responsable de que a las mujeres se las adjudique el papel de víctima durante toda su vida. Por otro lado, también alimenta la idea de que los hombres son seres sedientos de sexo, lo que provoca que aquellos que han sido víctimas de violación duden sobre si lo que les ha ocurrido constituye un delito o no. De hecho, para que esto se tipificara como delito, tuvo que pasar mucho, mucho tiempo. Estas mismas normas también favorecen que los hombres tengan distorsionado el concepto de deseo y satisfacción sexual. Aunque las más afectadas por la violencia que esto causa son las mujeres, los hombres también sufren su influencia.

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Hay miles de cosas que tenemos que preguntarnos en relación a cómo los hombres pueden ser feministas sin ostentar el núcleo del movimiento; tienen que ver sobre aprender a escuchar y a apoyar en vez de censurar y sabotear. Tiene que ver sobre cómo los hombres se llevan todos los elogios y alabanzas por hacer cosas básicas, cosas que se da por sentado que deberían hacer, como no agredir mujeres. También tiene que ver sobre cómo muchos hombres no se identifican como feministas porque están estrechamente implicados en el sostenimiento de un sistema —el patriarcado y el supremacismo blanco— que les beneficia. Y la idea de Berlatsky en lo que respecta a la delgada línea que separa el complejo salvador masculino y los hombres como fuerza social legítima capaz de efectuar un cambio social en positivo no tiene desperdicio. Podemos seguir dándole vueltas y vueltas a esto siempre y cuando reconozcamos que los hombres que se identifican como feministas no son meros animadores del movimiento feminista —más bien, lo que hacen es luchar contra los sistemas que les enseñan que escuchar es de maricas, que no deberían mostrarse emocionalmente, que los hombres heteros no pueden tener amistades íntimas con otros tipos, o que mira qué graciosas son las violaciones en la cárcel.

Que el feminismo tiene implicaciones para todo el mundo es algo que se ha expresado continuamente durante toda la historia del movimiento, y lo volví a recordar este fin de semana al leer una entrevista a la actriz Mackenzie Davis, quien dijo que no es capaz de entender cómo la palabra «feminismo» provoca tanto pavor en determinadas personas.

«El feminismo tiene como base las luchas raciales y de género, ambas conectadas interseccionalmente, por eso me confunde que algunas personas digan que es algo que no pueden apoyar», enunció en Times. «Creo que es una gran palabra».

Una opinión que comparten muchos hombres.

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Nota del traductor: no estoy muy de acuerdo en la manera en la que el artículo mezcla peligrosamente las opresiones patriarcales que sufren las mujeres y las que sufrimos los hombres. Como bien dice, no son equiparables. Pero acercarlas tanto puede dar lugar a que se equiparen o incluso a que se justifiquen.

La cultura de la violación. Guía para el caballero.

Del original A Gentleman’s Guide to Rape Culture de Zaron Burnett III.

Si eres un hombre, formas parte de la cultura de la violación. Y sí, ya sé que suena duro; no eres necesariamente un violador, pero perpetúas comportamientos a los que comúnmente nos referimos como cultura de la violación.

Seguramente estarás pensando «Para quieto ahora mismo, Zaron, ¡ni siquiera me conoces, colega! Como se te ocurra insinuar que me molan las violaciones… No, yo no soy de esos, tío».

Sé cómo te sientes, tuve la misma respuesta cuando me dijeron a mí que formaba parte de la cultura de la violación. Suena fatal, pero imagínate andar por el mundo sin dejar de tener miedo a que te violen. Aun peor, la cultura de la violación no solo es una mierda para las mujeres, lo es para todo el mundo involucrado en ella. Pero no  te obsesiones con la terminología, no te quedes pasmado en las palabras que te ofenden y dejes de lado lo que en realidad quieren decirte. La expresión «cultura de la violación» no es el problema; sí lo es la realidad que describe.

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Los hombres somos los principales responsables y los máximos apoyos de la cultura de la violación.

No somos los hombres los únicos que violamos, como no son las mujeres las únicas víctimas. Hay hombres que violan a otros hombres y mujeres que violan a hombres, pero lo que nos convierte a los hombres en sus máximos responsables es que somos los que cometemos el 99% de las violaciones denunciadas.

¿Y cómo formas parte de la cultura de la violación? Bueno, mira que no me gusta nada decirlo, pero lo haces simplemente por ser un hombre.

Cuando me cruzo con una mujer en un aparcamiento por la noche y ella anda por delante de mí, hago todo lo que creo posible para que a) no se sobresalte b) tenga tiempo de sentirse segura o cómoda y c) en la medida de lo posible, pueda acercarme de manera amistosa para hacerla saber que no soy una amenaza. Y lo hago porque soy un hombre.

Basicamente, me hago cargo de que esa mujer que me encuentro por la calle, en el ascensor, en las escaleras o donde sea se sienta segura; intento que se sienta tan segura como si yo no estuviera allí. Tengo presente que toda mujer que coincide conmigo en un espacio público y no me conoce, me lee como hombre. Un hombre que, en concreto, se encuentra repentinamente a su lado. Tengo que tener en cuenta su sentido de espacio y que mi presencia pueda hacerlea sentirse vulnerable. Y hemos aquí el factor clave, la vulnerabilidad.

No sé vosotros, pero yo no me paso la vida sintiéndome vulnerable. He tenido que aprender que las mujeres pasan la mayor parte de su vida social con constantes e inevitables sentimientos de vulnerabilidad. Paraos a pensarlo un momento. Imaginaos sentir una  constante sensación de peligro, como que tuvierais  la piel de cristal.

Como tipos modernos, lo que hacemos es buscar el peligro; elegimos vivir aventuras y practicamos deportes de riesgo para sentir como que estamos en peligro. En definitiva, bromeamos sobre nuestra vulnerabilidad. Así de diferente vemos el mundo los hombres (ojo, esto lo digo teniendo perfectamente en cuenta que existe una comunidad femenina de deportistas fde riesgo muy dinámica, que también ponen en peligro sus vidas a menudo. Sin embargo, ellas no tienen que ponerse exclusivamente en situaciones de adrenalina para sentir el peligro).

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Soy prácticamente abstemio y, podría decir, sólidamente, que llevo buenas pintas, lo que quiere decir que, andando solo por la noche muy raramente temo por mi seguridad. Algunos sabréis lo que quiero decir con esto. Muchas mujeres no saben lo que es moverse libremente por el mundo a cualquier hora del día o la noche y sentir que no va a haber ningún problema; de hecho, lo que sienten estas mujeres es lo contrario.

Una mujer siempre tiene que pensar adónde va, a qué hora irá, a qué hora llegará, a qué hora volverá, qué día de la semana es, si se quedará sola en algún momento… y así sigue la cosa, porque hay más elementos que me estoy dejando en el tintero. Yo, honestamente, no tengo que pensar mucho sobre lo que tengo que hacer para estar a resguardo en cualquier momento de mi vida. Me deleito con la libertad de la que dispongo para levantarme e ir de aquí para allá de día, de noche, llueva o haga sol, a cualquier parte de la ciudad. Si queréis llegar a entender la cultura de la violación, recordad que la mitad de la población no disfruta de esta libertad.

Estos son los motivos por los que intento usar una expresión corporal transparente y por los que trato de actuar de tal manera que los miedos y demás sensaciones que las mujeres puedan sentir al respecto se reduzcan. Os recomiendo encarecidamente que hagáis lo mismo. Os lo digo en serio, es lo mínimo que cualquier hombre podemos hacer en espacios públicos para que las mujeres se sientan más cómodas en este mundo que compartimos. Basta con que las tengáis en cuenta tanto a ellas como a su espacio personal.

Pensaréis que es injusto que paguemos justos por pecadores, que tengamos que cambiar nuestros hábitos por el comportamiento de otros tipos, pero, ¿sabéis qué? Tenéis razón, es injusto, ¿pero es culpa de las mujeres? ¿O es más bien culpa de aquellos tipos que actúan de manera infame y nos hacen quedar mal a los demás? Si te preocupa la justicia, descarga tu rabia sobre los tipos que hacen que tanto tú como tu forma de actuar sea cuestionable.

En el momento en que un hombre es sometido a evaluación; es decir, cuando se trata de determinar lo que un hombre es capaz de hacer, una mujer presupondrá lo que eres bien capaz de hacer. Desafortunadamente, esto implica que a los hombres se nos juzgará a partir de nuestro peor ejemplo. Ah, y si piensas que este uso de estereotipos es un asco, ¿cómo reaccionarías tú al encontrarte a una serpiente en el campo, eh?

¿No la tratarías como a una serpiente? Esto no es estereotipar, es juzgar a un animal por lo que es capaz de hacer y por el daño que es capaz de infligir. La ley de la jungla, tronco; eres un hombre, y las mujeres te tratarán como tal.

Es responsabilidad tuya ese miedo, razonable y comprensible, que se tiene de los hombres. Es verdad que no lo creaste, como tampoco creaste tú las autovías. Algunas cosas que heredamos de la sociedad molan, otras son cultura de la violación.

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Como ninguna mujer puede juzgar de manera acertada tus intenciones a primera vista, presupondrá que eres como los demás tipos. En el 73 por ciento de las violaciones, las víctimas conocían a su agresor, así que, si ni siquiera pueden fiarse ni juzgar acertadamente las intenciones de hombres a los que ya conocen, ¿cómo esperas que vayan a hacerlo contigo, un completo desconocido? La prevención de las violaciones no pasa porque las mujeres se eduquen en cómo evitarlas, sino en que los hombres no las cometan.

Para prevenir las violaciones, un hombre debe entender que un «no» nunca es un «sí», que cuando una mujer se encuentra bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y se ve incapaz de articular palabra no es un «sí» o que estar en una relación no implica un «sí» automático. Dejemos de concentrarnos en cómo las mujeres pueden evitar ser violadas o cómo la cultura de la violación hace sospechosos a hombres inocentes, ciñámonos a lo que, como hombres, podemos hacer para evitar que se cometan violaciones: desmantelar las estructuras que las permiten y modificar las actitudes que las toleran.

Ya que formas parte de ella, tienes el deber de saber lo que es la cultura de la violación.

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Extraído de la página de Marshall University’s Women’s Center:

La cultura de la violación es el entorno en el cual la violación ostenta una posición preponderante y en la cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La cultura de la violación se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de la mujer.

La primera vez que una mujer me dijo que formaba parte de la cultura de la violación, me posicioné en contra por motivos evidentes. Como muchos de vosotros, quise decir «Eh, a mí no me metas», pero, en vez de eso, la escuché. Más tarde, fui a ver a una escritora a la que admiro y la pedí que escribiera un artículo conmigo en el cual explicara la cultura de la violación específicamente para mí y para lectores hombres. Dejó de contestarme a los correos.

En primer lugar, me molesté. Más tarde, cuando quedó claro que de ninguna manera iba a obtener respuesta,me terminé de cabrear. Por suerte, sé evitar responder en caliente, los truenos impresionan pero es la lluvia la que en realidad nutre la vida, así que dejé que amainara la tormenta y me paré un momento a pensar. Di un paseo, uno de esos que hacen que se me encienda la bombilla.

A manzanas de mi casa, enfrente de un lavadero de coches, se me encendió. Si tanto me importaba la cultura de la violación, necesitaba salir a descubrirla yo mismo. Ninguna mujer me está en deuda conmigo por el hecho de que quiera saber algo que ella inherentemente  ya comprende. Ninguna mujer debe verse en la obligación de explicarme la cultura de la violación solo porque quiera saber lo que es. Ninguna mujer me debe una mierda. He vivido cómo me recorría profundamente el deseo de que una mujer me satisficiera. Incluso mi curiosidad, una de las cualidades de las que me enorgullecía, estaba contaminada de esa presunción androcéntrica omnipresente en la cultura de la violación. Lo que esperaba era que me satisficieran, y esa actitud es un problema. Así que empecé a leer y seguí hasta que entendí la cultura de la violación y mi lugar en ella.

Adjunto aquí una enumeración de ejemplos de cultura de la violación.

  • Echar la culpa a la víctima («lo iba buscando»).
  • Dulcificar las agresiones sexuales («Estos hombres…»).
  • Hacer chistes sexualmente explícitos.
  • Tolerar el acoso sexual.
  • Inflar las cifras de denuncias de violación falsas.
  • Elaborar un estudio sobre los hábitos de vestimenta, salud psíquica, motivaciones e historial de la víctima de carácter público,
  • Violencia de género gratuita en películas y televisión.
  • Definir la «masculinidad» como dominante y sexualmente agresiva.
  • Definir la «feminidad» como sumisa y sexualmente pasiva.
  • Presionar a los hombres para que «consigan sus metas».
  • Presionar a las mujeres para que «estén alegres».
  • Presuponer que solo violan a mujeres promiscuas.
  • Presuponer que no hay hombres violados y que los que hay son «débiles».
  • No tomarse en serio las acusaciones de violación.
  • Enseñar a las mujeres cómo no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar.

Ahora que ya sabes lo que es, ¿cómo puedes actuar dentro de esta cultura?

  • Evita el uso de lenguaje que despersonalice o degrade a las mujeres.
  • Alza tu voz si oyes a alguien contar un chiste ofensivo o que dulcifica la violación.
  • Si una amiga te dice que la han violado, tómala en serio y apóyala.
  • Mantén un pensamiento crítico con los mensajes que te llegan de los medios de comunicación sobre mujeres, hombres, relaciones y violencia.
  • Respeta el espacio ajeno incluso en situaciones distendidas.
  • Mantén comunicación constante con tus parejas sexuales, no presupongas el consentimiento.
  • Define tu propio concepto de masculinidad o femineidad. No dejes que los estereotipos guíen tus actos.

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¿Qué otras cosas puedes hacer en relación a la cultura de la violación cuando la experimentas en la vida real?

  1. Enfrentarte a otros hombres

No hablo de violencia, más bien eso es lo que tenemos que intentar evitar. Sin embargo, en ocasiones un hombre tiene que enfrentarse a otro hombre, por separado o en grupo, en determinadas situaciones. Cuando estoy en un espacio público y veo a otro hombre acosar a una mujer, me paro y me aseguro de que la mujer en cuestión me ve. Busco que se dé cuenta de que soy perfectamente consciente de la situación y espero que me de una señal explícita de ayuda. A veces, la pareja continúa peleando como que fuera invisible, pero en otras ocasiones, la mujer me hace ver que necesita apoyo e intervengo. Nunca he tenido que ponerme violento; en ocasiones mi sola presencia hace que el tipo se vaya si es desconocido o se explique si ya nos conocemos de antes. En resumen, la dinámica cambia. Por esto me detengo cuando veo que otro tipo está molestando en público a una mujer. Por alguna razón, me aseguro de que cualquier mujer, en lo que podría convertirse en una situación violenta (una situación que podría estar juzgando correctamente o no) encuentre la oportunidad para hacerme notar que necesita ayuda. Tengo una hermana pequeña, esa respuesta es prácticamente instintiva en mí.

Sin embargo, no solo hago esto con las mujeres. También he actuado así en una discusión afectiva entre dos hombres. Siempre que contemples una situación que parece salirse de control, y especialmente si están atacando a alguien o ese alguien pide ayuda, debes inmiscuirte. No significa entrar como un elefante en una cacharrería, sino hacerte partícipe, involucrarte, tomar nota de información pertinente, alertar a las autoridades, llamar a la policía, etc. Hacer algo, vaya.

  1. Corregir a otros hombres

Si otro tipo empieza a farfullar atropelladamente cosas ofensivas delante de ti, puedes actuar incluso si no hay cerca nadie de la comunidad sobre la que recae la ofensa. También vale para cuando alguien usa lenguaje misógino: levanta la voz, dile a tu amigo o a tu compañero de trabajo que los chistes de violaciones son basura y que no los vas a aguantar.

Hazme caso, no vas a perder tu «carnet de hombre». Aun así, si eres mayor de diecinueve y todavía te preocupa el carnet de hombre, tampoco es que tengas ni idea de lo que va la masculinidad respetable. No tiene nada que ver con ningún tipo de aprobación intelectualoide ajena, tiene que ver con que seas «tu propio modelo de hombre» y hagas las cosas bien. Te sorprenderá la cantidad de hombres que te guardarán respeto por hacer aquello que ellos no se atrevieron a hacer, lo he escuchado miles de veces. No soy la Liga de la Justicia, pero he discutido, discuto y seguiré discutiendo con manadas y manadas de tipos. Más tarde, algunos de esos tipos se me acercarán y me dirán el respeto que les infunde lo que hice. Siempre les respondo que, cuantas más veces repitas, cada vez es más fácil levantar la voz. Lo prometo, es cierto.

No quiero decir con esto que hay que haya que ir haciendo marcaje a todo el mundo. No intento hacer que todo el mundo viva según mis ideas, nadie necesita que le digas lo que piensas sobre cada cosa que dicen y si es acorde a tu criterio de conciencia social. Sin embargo, cuando otro tipo dice alguna gilipollez y te das cuenta ―esos chistes están a la orden del día―puedes hacerle notar que ni su chiste de violaciones ni su siempre sabia analogía del «todas putas» pasan la prueba.

  1. Hacer reflexionar a otros hombres

Pongámoslo así: estás en un grupo de hombres y uno de ellos empieza a chillarle a una chica. Muy sencillo, dile que deje de hacer el gilipollas. No te conviertes en un macarra si alzas la voz por la mujer, siempre y cuando no trates de conseguir puntos ante ella por defenderla, claro; si evitas eso, no estarás actuando como el caballero de brillante armadura. No, estarás haciendo lo correcto. Ninguna mujer necesita  que le chille un payaso sexista solo porque el pobre tipo no da para más. El piropeo es una de las peores exhibiciones de la sexualidad masculina que existen, y esos imbéciles nos hacen quedar como simples espantapájaros. ¿Lo pilláis, no? Hay que ponerle fin a estas soplapolladas.

Mediante construcción personal fue como conseguí levantar la voz ante un grupo de hombres. Tienes que hacerlo, más que nada por respeto a ti mismo. De otra manera, no eres más que otro tipo patético que permite que otro hombre maltrate a una mujer delante de ti. Cuando un menda piropea y no lo haces notar, lo que acaba de pasar es que él la ha tratado como un objeto sexual barato para su propia satisfacción y a la vez te ha convertido en ese macarra que está deseando que ocurra otra situación de maltrato en tu presencia para que la ratifiques mientras no dices una palabra.

¿Qué pensaría tu abuelo si te viera en esa situación? ¿Estaría orgulloso? ¿Estás orgulloso de ti mismo? El orgullo masculino solo vale para una cosa: para mejorar personalmente. No seas ese macarra silencioso que se mimetiza con la masa para recibir su aprobación. Levanta la voz cuando alguien piropee a una mujer enfrente de ti, dile que se calle la puta boca. Como hombre, tienes poder, úsalo, los hombres respetamos la convicción.

  1. Es nuestro trabajo establecer normas para nosotros mismos y, de esta manera, para los hombres en general.

Pensarás «Zaron, tío, espabila, tronco. El piropeo no es para tanto, ¿no estamos haciendo una montaña de ello? A algunas mujeres les gusta». Igual tienes razón, igual a algunas les gusta, pero eso no importa, a mí me gusta conducir a toda hostia, a mi sobrino le gusta fumar hierba por la calle, pero ninguno de los dos estamos habilitados para hacerlo. Así funciona el pertenecer a esta sociedad: si encuentras a una mujer que le guste que la piropeen, ve y hazlo, pero de puertas para adentro, no en público. Ahí, respeta su espacio, tanto físico como psíquico,

No te limites a ser un hombre, sé un ser humano, una persona con integridad y honor.

Cuando eventos como #YesAllWomen surgen en nuestros debates culturales y las mujeres de todo el mundo comienzan a compartir sus experiencias, sus traumas, sus historias y sus puntos de vista personales, nosotros, como hombres, no debemos inmiscuirnos en ese debate. Lo que tenemos que hacer es escuchar y reflexionar, que sus palabras cambien nuestra forma de ver el mundo. Nuestro trabajo ahí está en preguntarnos cómo podemos hacer mejor las cosas.

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