Correr siendo mujer

Del original Running While Female de Karen Cordano en The Huffington Post.

Hoy he hecho mi primera carrera de mi primera semana de preparación para mi primera media maratón. Ocho kilometrillos, aunque esos ocho kilómetros no se me hacen fáciles.

A cuatro manzanas de mi casa, un tipo en bicicleta con vestimenta de licra deportiva me adelantó. Le sonreí y le hice un pequeño saludo, porque es lo que hago con todas las personas con las que me cruzo, me parece bien practicar mis buenos modales. Su cara se encendió y me mostró una gran sonrisa. Un par de manzanas más adelante, me olvidé del asunto.

Al completar el primer kilómetro, me pregunté a mí misma que por qué no otros cuatro, pero en ese momento noté algo en la periferia de mi ojo. Me tropecé con la cara sonriente del tipo de la bicicleta que repentinamente corría a mi lado. No le devolví la sonrisa. Eran en torno a las diez menos cuarto de la mañana de un domingo, había muchísima gente alrededor, madres y niñas en la zona infantil en lo alto del parque, un joven tirando a canasta en la cancha de baloncesto y gente paseando a sus perros. Aun así, estaba asustada.

El tipo parecía en forma, sufría bastante menos que yo en el recorrido de once minutos de baja intensidad que estaba haciendo. Se colocó junto a mí o unos pasos por detrás. Al llegar a la esquina, aumenté el ritmo y giré a la derecha delante de él. Durante un momento, pensé que había dejado de seguirme, pero no era así; no tenía ni idea de donde había dejado la bici. Dando vueltas al parque, se puso a mi izquierda, atrapándome entre él y el bordillo y haciéndome sentir aun más encajonada.

Quise decirle que me estaba asustando, quise que me la sudara el que me estuviera siguiendo, quise ser valiente, quise llamar a mi marido, quise que mi alianza matrimonial creciera en tamaño, que me protegiera de… ¿qué? ¿De un tipo haciendo footing? Quise ignorar esa vocecita de mi cabeza que me decía que mi seguridad estaba en peligro; quiero decir, ¿qué es lo que estaba haciendo el tipo en realidad? Igual solo había salido a correr a bajo ritmo. Quise dejar de preguntarme si mi sonrisa y mi saludo anteriores habían sido demasiado amistosos.

Pero no, lo hice, me preocupó el haber flirteado con él, aunque supiera que no lo había hecho, me preocupó que mis culottes de ciclista y mi camiseta de tirantes fueran demasiado sugerentes, me preocupó el estar siendo una mujer débil e histérica que estaba haciendo de todo una montaña, aunque claramente supiera que no lo estaba haciendo.

¿Y quién sabe qué intenciones tenía él? No creo que fuera a herirme, pero me estaba haciendo sentir incómoda y mis reacciones de tensión e inquietud ahí estaban.

harassment

A medio camino, bordeando el parque, hay una boca de incendios que suelo rodear para volver al cruce donde he alcanzado el kilómetro y medio. Reduje hasta que le tuve al lado y giré rápidamente. Medio kilómetro después de haberse pegado a mí por primer momento, dejó de seguirme. Observé a mi alrededor obsesivamente durante otro kilómetro hasta que no pude más, me paré y me apoyé a la sombra de una pareja árboles para llamar a mi marido.

Me sentí idiota, como una idiota histérica. Mi marido y sus amigos se encontraban en un mercadillo y le pedí si podía venir a recogerme. No sabía qué hacer, estaba asustada de volver a casa, asustada de que todavía me estuviera mirando, asustada a plena luz del día y rodeada de gente. Decidí continuar.

A los seis kilómetros y medio me escribió mi marido diciéndome que se encontraba en la zona con el coche y que me llevaría a casa; se lo agradecí, me despedí y continué. Nunca volví a ver a aquel tipo.

En junio, el diario Washington Post publicó una página de opinión firmada por George Will donde condenaba la exageración de la violencia sexual contra las mujeres en los campus, lo que propiciaba un clima de victimismo que favorecía la aparición de un nuevo estatus de privilegio. Internet ardió con reacciones desde partes, pero las que me conmocionaron fueron aquellas de mujeres que coincidían con Will. Leí comentarios de mujeres que cuestionaban el hecho de que las universitarias estuvieran siempre pensando en el peligro de ser violadas, de mujeres que se preguntaban qué de especial tenían estas chicas para que alguien las quisiera agredir sexualmente. En resumen: mujeres que se preguntaban por qué otras mujeres se ponían como unas histéricas.

En 2012, un estudio llevado a cabo por el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta (Estados Unidos) puso en evidencia que una de cada cinco mujeres serán previsiblemente víctimas de violación a lo largo de su vida. Supone una estadística idéntica a la de 2007, la de otro estudio, este solicitado por el Departamento de Justicia durante la Administración Bush. Así que no se trata de ningún dato conjurado por alguna administración de izquierdas o por algún aquelarre feminista con el cual conseguir sus objetivos, sean cuales sean. No, es real, las mujeres tememos las violaciones por muchas razones. Mi miedo a las violaciones no está producido porque crea que se me encuentra especial o apetecible o porque crea que todos los tíos son malos por naturaleza o violadores en potencia. Las agresiones sexuales son delitos en los que se incluyen violencia y control, no deseo. Mi aprendizaje ha versado en que las mujeres, durante la mayor parte de su vida, lo van buscando a cada paso que dan; he aprendido que si alguien me agrede, nadie va a creerme, y los comentarios favorables al artículo de Will hechos por mujeres reafirman esas ideas. En el momento en que alguien más alto y más fuerte que yo invade mi espacio personal, me asusto.

Así que, ¿qué diantres ha pasado esta mañana?

No creo que estuviera realmente en peligro, pero, pese a todo, modifiqué mis planes de recorrido, que preveían transcurrir por un camino semidesconocido junto a un arroyo a través del parque tras el tercer kilómetro. No dudo de las intenciones del tipo, pero tengo clarísimo que sabía que me estaba haciendo sentir violenta y aun así no paró.

La conclusión de todo es que me siento avergonzada por no decirle que me estaba asustando, por no pedirle que dejara de seguirme, porque preponderara mi preocupación por no molestar, por preguntarme si es que en realidad lo que había hecho había sido flirtear con él, si no me había vestido con ropa adecuada o si lo iba buscando, por sentirme pequeña e inútil, por sentir esa desazón en el estómago aun horas después, por cogerle miedo a mis carreras del martes.

Tengo vergüenza de estar avergonzada.

Espero más de mí misma, pero también espero más de ese hombre. Espero más de todos los hombres.

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Esta mañana no he hecho nada mal.