El Islam africano civilizó la Península Ibérica

Original en Global Research, “How African Muslims “Civilized Spain”“, por Garikai Chengu.

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Hace pocos días marcó el aniversario del final del poblamiento musulmán de las regiones geográficas hoy ocupadas por los estado español, portugués y francés tras 700 años.

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Hace 408 años, el rey Felipe III de España dictó una orden que a la postre se convirtió en una de los ejemplos más tempranos de políticas en pos de la limpieza étnica. Durante el apogeo de la Inquisición española, el rey Felipe ordenó que en torno a 300.000 personas de tradición morisca abandonaran los territorios hispánicos, dando inicio a uno de los episodios más brutales y trágicos de la historia española.

Pese a este epitafio de la tradición musulmana en la Península Ibérica, fueron las poblaciones de origen africano las que trajeron de nuevo la civilización a los territorios que hoy conforman España,  Portugal y el resto de Europa tras el colapso romano, y no al revés, como se cree comúnmente.

La primera civilización que se puede llamar europea tuvo su origen en la isla de Creta en torno al 1700 a.C., cuya cultura, y posteriormente la griega, bebe en gran parte de la que ya existía en el valle del Nilo, hogar de poblaciones que en la actualidad se considerarían negras. La cultura griega pasó a la romana hasta su colapso, lo que resultó en una especie de edad oscura que se asentó en Europa durante cinco siglos. La civilización volvió a ser reintroducida en el continente gracias a las poblaciones magrebíes procedentes de África, los comúnmente conocidos como «pueblos moros», quienes pusieron fin a esta etapa de oscuridad.

La historia que aprendemos en occidente equipara el periodo conocido como «Edad Media» con el de «Edad Oscura», y lo caracteriza como una edad en la cual la civilización en general, incluyendo las artes y las ciencias quedaron reducidas al mínimo. Aunque esto pudiera ser cierto en algunos lugares de Europa, en África el proceso fue el inverso.

Cheikh Anta Diop, reconocido historiador panafricanista, recoge en su obra que los grandes imperios del mundo durante el Medioevo fueron los grandes imperios negros asentados en África, donde también se desarrollaron los más prominentes centros culturales y educativos del mundo. Durante este periodo, la imagen común del bárbaro forajido se atribuía más a menudo a la población europea.

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Tras el colapso del Imperio Romano, multitudes de tribus de origen caucásico sufrieron el empuje de las hordas hunas e invadieron el oeste europeo. Años después, en el 711, las poblaciones moras pusieron el pie en las costas ibéricas y el islam africano trajo introdujo una civilización antes desconocida para las tribus caucásicas que habitaban la región en ese entonces. A partir de ese entonces, «los moros» gobernaron las actuales España, Portugal, norte de África y sur de Francia durante más de 700 años.

Aunque durante generaciones de propaganda desde el poder se han tratado de suprimir estos elementos de los registros históricos; hallazgos arqueológicos y académicos recientes han arrojado luz sobre cómo los avanzados conocimientos moros en matemáticas, astronomía, arte y filosofía ayudaron a sacar a Europa de la oscuridad y empujarla al Renacimiento.

Basil Davidson, un afamado historiador británico, apunta que durante el siglo VIII no existía lugar «más admirado por su vecindad o que más comodidad facilitaba que una civilización de corte africano que estaba tomando forma en la antigua Hispania».

Gran parte de las poblaciones moras de este entonces serían consideradas negras hoy en día, e incluso el dramaturgo William Shakespeare comenzó a usar el término «moro» como sinónimo de «africano». La educación fue universal en al-Ándalus, la España musulmana, mientras que en la Europa cristiana, el 99% de la población era analfabeta, e incluso muchos reyes eran incapaces de leer o escribir. Al-Ándalus hizo crecer como la espuma la tasa de alfabetización, a unos niveles sorprendentes para una sociedad premoderna. En una época en la que Europa solo contaba con dos universidades, el mundo musulmán contaba con 17. Los fundadores de la Universidad de Oxford se inspiraron en las instituciones de la península tras una visita a las mismas para crear la suya. Según el Cuerpo Educativo de las Naciones Unidas, la universidad operativa más antigua del mundo hasta hoy es la Universidad de Al-Karaouine, en el actual Marruecos, fundada durante el siglo VIII, en el apogeo del imperio islámico, en el 859, por una mujer, Fátima al-Fihri.

En el ámbito de las matemáticas, el número 0, los numerales arábigos y el sistema decimal fueron introducidos en Europa por el Islam, facilitándoles la resolución de problemas de manera más rápida y concisa, y poniendo los cimientos para la revolución científica de siglos posteriores.

La curiosidad científica de estos pueblos llegó hasta el ámbito de la aeronáutica y la polimatía. Ibn Firmas llevó a cabo el primer experimento científico de vuelo controlado que se conoce en el año 875. Los archivos históricos surgieren que su intento fue un éxito, no así su aterrizaje. De esta manera, pueblos africanos conquistaron el cielo seis siglos antes de que Da Vinci desarrollara su ala delta.

Es una evidencia que las poblaciones moras desde al-Ándalus ayudaron a sacar a la Europa medieval del oscurantismo y pusieron las bases del Renacimiento posterior. De hecho, muchas de las características de las que la Europa actual se jacta tienen su origen en la España musulmana, como el libre comercio, la diplomacia, la apertura de fronteras, la etiqueta, la navegación avanzada, los métodos de investigación y avances clave en el ámbito de la química.

En un momento en el que en los territorios musulmanes  se construyeron 600 baños públicos y sus gobernantes vivían en suntuosos palacios, las monarquías de Alemania, Francia e Inglaterra promovieron entre sus poblaciones que la pulcritud era un pecado y así sus monarcas comenzaron a vivir en grandes graneros, sin ventanas ni chimeneas, con un único agujero en el techo para la salida del humo.

Durante el siglo X, Córdoba no solo era la capital de la España mora, sino la ciudad más importante y moderna de Europa. Con una población en torno al medio millón de habitantes, contaba con alumbrado público, 50 hospitales con agua corriente, 500 mezquitas y setenta bibliotecas, contando cada una con más de 500.000 ejemplares.

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Todos estos logros tuvieron lugar en la misma época en la que Londres contaba con una población casi totalmente analfabeta de  apenas 20.000 personas, habiendo olvidado hacía tiempo los avances técnicos romanos. El alumbrado público y la pavimentación de las calles no se introdujo en ciudades como Londres y París hasta siglos después.

La Iglesia Católica declaró proscrito el préstamo de dinero, lo que cortó de raíz cualquier esfuerzo en pos del progreso económico. En comparación con el sur y oriente mediterráneo, la Europa medieval y cristiana era un erial de miseria, atestado de mugre, barbarismo, analfabetismo y misticismo.

A fines de la Edad Media, España y Portugal se erigieron como líderes de la navegación global. Esto fue gracias a los avances moros en tecnología de navegación como el astrolabio y el sextante, así como sus descubrimientos en cartografía y construcción naval, quienes abrieron la puerta a la conquista y el expolio de continentes enteros siglos después. En definitiva, la era de control occidental a nivel global del pasado medio milenio tuvo su origen en la navegación mora de la Península Ibérica durante el siglo XIV.

Bastante antes del encargo de los Reyes Católicos a Colón para la búsqueda de nuevas tierras más allá del Atlántico, cabe la posibilidad de que pueblos musulmanes de origen africano, y puede que otros más al sur, mantuvieran contactos con las Américas y dejaran incluso impronta en su cultura. Nuevos hallazgos comienzan a probar que visitantes de África habían ya navegado a través del Atlántico a las Américas miles de años antes de la llegada de Colón. El doctor Barry Fell, de la Universidad de Harvard, recalca la presencia de población musulmana en América antes de Colón a través de esculturas, tradiciones orales, monedas, testimonios, artefactos antiguos y documentos e inscripciones en árabe. La prueba más fehaciente de presencia africana en la América precolombina viene del propio puño y letra del Almirante. En 1920, un reputado historiador y lingüista estadounidense, Leo Weiner, de la Universidad de Harvard, expuso en su libro, Africa and the Discovery of America, cómo Colón redactó en su diario que la población nativa le había informado de que «gentes de piel negra habían llegado desde el sudeste en barcos, comerciando con lanzas con puntas doradas».

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La España musulmana no solo recogió y prodigó los avances intelectuales de las civilizaciones del Antiguo Egipto, Roma y Grecia, sino que se expandió en base a los mismos y añadió sus propias contribuciones de renombre en campos como la astronomía, la farmacología, la navegación marítima, la arquitectura y el derecho. La imagen perpetuada por el academicismo occidental durante siglos por la cual se postula que el continente africano apenas ha contribuido en nada a los avances civilizatorios y que sus gentes siempre han sido primitivas ha servido desafortunadamente como base para todo el prejuicio racial, esclavitud, colonialismo y la opresión que aún sufre el continente negro. Si los pueblos africanos tienen la oportunidad de reescribir su historia, esta revelará una gloria tal que les hará luchar inevitablemente por alcanzarla de nuevo. Después de todo, la mayor amenaza que se cierne sobre un futuro próspero para África es la ignorancia de sus habitantes sobre su glorioso pasado.

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Islam y sexodivergencia. De la aceptación al estigma.

Original por Shoaib Daniyal en Scroll, Orlando shooting: It’s different now, but Muslims have a long history of accepting homosexuality.

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Días después de que Omar Mateen cometiera la masacre en una discoteca de ambiente en Estados Unidos con un saldo de 49 víctimas, parece que afloran algunas de sus posibles motivaciones.

Mateen se vanagloriaba de sus vínculos con el Estado Islámico, Al Qaeda y Hezbolá. Sabemos que estos tres grupos están llevando a cabo actividades insurgentes en Oriente Próximo, algunos en otros países, y que también se encuentran mutuamente en guerra por sus antagónicas visiones teológicas. Las investigaciones en los Estados Unidos apuntan que Mateen no parecía entender las diferencias entre estos grupos, un punto que parece contradecirse con la categoría de terrorismo islámico que se había adjudicado al ataque al poco de producirse y casi de inmediato.

Mateen fue abatido por la policía tras abrir fuego en la discoteca Pulse, en Orlando, una masacre que se coloca en primer lugar entre las tragedias de ese tipo en la historia del país.

El asesino, de 29 años, ha sido reconocido como cliente habitual del Pulse e incluso como usuario de una aplicación de contactos homosexuales. Han aparecido informaciones que apuntan que pidió a otros hombres establecer relaciones, junto con las acusaciones de homosexualidad por parte de su esposa, que también incluyó que su padre, inmigrante afgano, se había mofado de su orientación sexual. Unas de las primeras palabras padre de Mateen tras la masacre fue, precisamente, que los homosexuales pueden sufrir el castigo de Dios.

El estigma de la sexodivergencia.

¿Pudo el ataque verse motivado por la orientación sexual de Mateen y la humillación que hoy día acarrea ser homosexual en el mundo musulmán, y no por el terrorismo islamista? “Una sexualidad transgresiva y una interpretación conservadora de la religión pueden ser un cóctel peligroso”, escribe David Shariatmadari en The Guardian. “Si Mateen sufría conflicto por su interés en otros hombres, ¿podría haber sido por la condena que, según él, le impondría su religión?

A la espera de mayor claridad al respecto de las motivaciones de Mateen, es un hecho que las sociedades musulmanas actuales condenan y castigan la divergencia sexual. En la mayoría de países de mayoría musulmana, nadie que profese esa religión puede salir del armario sin arriesgarse a caer bajo el peso del estigma o a sufrir violencia física.

Por otro lado, es importante que dejemos constancia de lo reciente de este brote homófobo. Durante gran parte de su historia, las sociedades musulmanas han sido sobradamente tolerantes en términos divergencia sexual.

Edad de oro.

En el apogeo de la edad de oro del Islam, entre mediados del siglo VIII y el ecuador del siglo XIII, en una etapa histórica en la que se considera que la civilización islámica alcanzó su cénit intelectual y cultural, la divergencia sexual era un elemento del cual se hablaba y escribía públicamente. Abu Nuwas (765-814), uno de los grandísimos poetas clásicos árabes durante el Califato Abasida, escribió públicamente sobre sus deseos y relaciones homosexuales. Su poesía homoerótica estuvo en circulación hasta el mismo siglo XX.

Nuwas fue una figura histórica de importancia, incluso tiene un par de apariciones en El Libro de las Mil y Una Noches, y no fue hasta el año 2001 cuando los árabes empezaron a sonrojarse ante el homoerotismo de Nuwas. En 2001, el ministro egipcio de cultura, presionado por fundamentalistas islámicos, quemó 6000 volúmenes de su poesía.

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Por este tipo de eventos la mayoría de fieles tiene hoy día poco conocimiento de la edad dorada del Islam, por mucho que algunos deseen regresar a ella.

“El ISIS no sabe nada de lo que significaría restaurar el Califato”, twiteó el periodista  belgoegipcio Khaled  Diab. “Habría que llenar Bagdad de licor, de odas al vino, de ciencia… y colocar un poeta gay en la corte.”

Bagdad fue, hasta su destrucción por parte de los mongoles, la capital cultural de gran parte del mundo, la Nueva York de su tiempo. Si Nuwas y su poesía homoerótica representaron el cénit de la cultura bagdadí,  es bastante común que otras sociedades, también musulmanas, se mostraran aperturistas de cara a la sexodivergencia. El historiador Saleem Kidwai incluye en su fabuloso libro Sexodivergencia en India, “El medievo musulmán se encuentra repleto de historias de hombres inclinados hacia el homoerotismo, y generalmente sin ninguna calificación peyorativa”.

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Es más, no es que las sociedades musulmanas calificaran peyorativamente la sexodivergencia, sino que incluso en ocasiones la alababan abiertamente. Mahmud de Gazni, un destacado sultán de su tiempo (971-1030), fue considerado una figura ejemplar, entre otras cosas, por estar enamorado de otro hombre, Malik Ayaz.

Babur, emperador del Imperio Mogol de India, escribió sobre la atracción que sentía por un joven del bazar en su autobiografía del siglo XVI. Se consideró una obra maestra en el mundo musulmán tardomedieval y renacentista.

En el siglo XVIII, Dargah Quli Khanm, un noble del Decán, en el centro-sur del subcontinente indio de camino a Delhi, escribió un brillante recopilatorio de la ciudad en lo que llamó Muraqqa-e-Delhi (El Álbum de Delhi), en el que describió lo común de la homosexualidad en la sociedad indoislámica. En los bazares había prostitutos que ofrecían libremente sus servicios y Khan recogió su admiración por cómo “bellos jóvenes bailaban por todas partes causando gran excitación”.

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Hasta el siglo XIX, el mundo musulmán trataba la sexodivergencia como cualquier otra parcela de su vida diaria, tanto que se exponían historias de amor homosexual en centros de estudio, algo inconcebible incluso en muchos lugares del mundo occidental actual.

En palabras de Kidwai: “el clásico de Sadi, Gulistán, que contiene historias de atracción sexual entre hombres, era de lectura obligatoria en los centros educativos persas. El poema en lenguas turca, persa, urdu y árabe del poeta Ghanimat Nau rang-i ishq, del siglo XVII, que cuenta la historia de amor entre el hijo del mecenas del poeta y su amado Shahid, formaba parte de las bibliografías obligatorias de los colegios de la región.”

Ley islámica

Es cierto que teológicamente el Islam considera la homosexualidad como un pecado, basándose en la historia coránica de las gentes de Lut (Lot en la biblia). Sin embargo e independientemente de ello, la Shariat, el término paraguas para varios códigos y escuelas de derecho sobre los que se sustentan las sociedades musulmanas, no castiga la sexodivergencia per se: las relaciones sexuales entre hombres se encontraban prohibidas bajo el amplio concepto de adulterio. Incluso así, las penas por homosexualidad solo se dictaban si podían dar fe del acto sexual cuatro testigos. Este requisito tan desproporcionado ha  llevado a estudiosos del islam como Hamza Yusuf a caracterizar la prohibición de la homosexualidad en la Shariat como una especie de “ficción legal”. Es más, a diferencia de la Europa medieval cristiana, el castigo a personas sexodivergentes era excepcional en las sociedades musulmanas de por aquel entonces.

Entonces, ¿qué es lo que llevó a que las sociedades musulmanas pasaran de leer de buena gana poesía homoerótica a prohibir y estigmatizar esta divergencia? Es difícil deducir una razón exacta, pero fijaos en esta coincidencia: hay cinco países musulmanes en los que ser sexodivergente no es delito. Lo que comparten la totalidad de esos cinco, Malí, Jordania, Indonesia, Turquía y Albania, es que nunca fueron colonizados por el Imperio Británico.

Influencia colonial

En 1858, el Imperio Otomano despenalizó la homosexualidad (algo que heredó la actual Turquía), dos años antes de que el Raj británico de la India estableciera el Código Penal Indio, cuyo artículo 377 declaró proscrita la divergencia sexual en lo que hoy día es India, Pakistán y Bangladés.

El código penal de 1860 tuvo tanta influencia que grupos conservadores del país aún  continúan catalogando de inmoral la homosexualidad, y tras 70 años de independencia, el parlamento no ha sido capaz de derogar el texto.

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Subramanian Swamy, diputado del partido Bharatiya Janata, de derechas, llegó a decir que: “la posición del partido al respecto de la homosexualidad es que se trata de un trastorno genético.” Algo especialmente peculiar debido a que el hinduismo, a diferencia del Islam o el Cristianismo, no condena expresamente la divergencia sexual.

Parece que, sin saberlo, el ala más conservadora del mundo musulmán (y del hindú) está copiando los usos y costumbres del colonialismo victoriano del XIX ignorando su propia historia. Por otro lado, y contrariamente a su costumbre, las culturas del occidente europeo están optando hoy día por garantizar progresivamente los derechos de sus gentes independientemente del género por el que se sientan atraídas.

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Feminismo islámico: combatir la discriminación a través de la fe

Original por Collen Boland en Your Middle East, Islamic Feminism: fighting discrimination, inspired by faith.

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Es un argumento común entre muchos grupos, incluidas las feministas, académicos y prensa, el que defiende que los sistemas legales de Oriente Medio codifican la desigualdad de género con arreglo a los preceptos del Islam.  El derecho islámico es común en muchos de los sistemas judiciales y constituciones de la región, ya que muchos de sus códigos legales y textos constitucionales son una amalgama de leyes civiles de inspiración europea y preceptos de la sharia.

Queda en evidencia que muchos de estos sistemas no garantizan la protección de las mujeres frente a la discriminación, como reconocen internacionalmente las Naciones Unidas y otras organizaciones de derechos humanos a través de marcos legales internacionales.

Se suele hablar de uno de los principios de la sharia, el quiwama, o la autoridad del hombre sobre la mujer, como el responsable del marco que subyace bajo toda esta legislación discriminatoria. El derecho familiar y las leyes sobre estado civil son las muestras más evidentes de estas desigualdades, argumentan críticos.

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Sin embargo, existen al mismo tiempo voces que reclaman lo contrario: que el Islam no es la raíz de la desigualdad de género. Bajo la categoría de feministas islámicas, muchas mujeres luchan en pos de legislaciones más favorables y de los derechos de las mujeres en general.

En lugar de colocar al Islam como el germen de toda discriminación contra las mujeres, las feministas islámicas acusan a los hombres de Estado y a las élites, a los líderes que manipulan el Islam para favorecer sus propios fines políticos, sometiendo a opresión a amplios segmentos sociales, incluido el de las mujeres.

Las feministas islámicas abrazan su fe, cultura y tradición y a su vez reclaman cambios sociales seculares y de interpretación de las escrituras que muestren una aproximación más moderna al papel de las mujeres en la sociedad. No pretenden eliminar el Islam de la esfera pública, de hecho, reivindican que su lucha por las mujeres nace de su misma fe.

«Un acercamiento académico feminista al Islam, así como a otras tradiciones religiosas, tiene mucho que ofrecer tanto al entendimiento de la religión como a la búsqueda de la justicia. Las feministas islámicas aseguran que los principios de la sharia, como el qiwama, pueden interpretarse de distintas maneras, pero que a lo largo de la historia élites masculinas han hecho uso de la ley y la han interpretado para satisfacer sus propios fines», nos explica Ziba Mir Hosseini, una de las catedráticas, musulmana y feminista, de más renombre.

Los orígenes del derecho islámico se remontan a la huida de la Meca a Medina del profeta Mahoma en el año 622 de nuestra era. Tras la muerte del Profeta, esta ley comenzó a desarrollarse en base a interpretaciones de autoridad, o itjihad, de textos como el Corán o la palabra del Profeta en la Sunna. A partir de aquí han surgido cuatro escuelas de filosofía del derecho islámico dentro de la tradición suní: Maliki, Hanafi, Shafi’i y Hanbali, y otras tantas en la tradición chií.

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¿Cómo buscan el cambio las feministas islámicas? A través de múltiples vías: modificaciones legales, legislativas, de burocracia y del sistema judicial y a través de acciones para ponerle coto a la discriminación femenina. Una de ellas implica luchar por la implantación de interpretaciones judiciales de escuelas de filosofía del derecho que estén más cercanas a los intereses de las mujeres, como la Hanbali o la Maliki.

Una medida que luchan por instaurar es la aprobación de una ley federal que establezca una edad mínima de matrimonio para las chicas, para que los jueces más tradicionalistas se vean cohibidos a la hora de aprobar el matrimonio de una mujer muy joven.

Muchas feministas islámicas luchan codo con codo con sus camaradas seculares actuando como voces críticas contra los actuales códigos legales, especialmente los concernientes  a la familia y las leyes de estado civil, concretamente las de divorcio, herencia y tutela infantil, por todo Oriente Medio.

Esta aproximación feminista tiene sus voces críticas. Una de ellas proclama que el feminismo islámico y sus intentos de conciliar Islam y feminismo dividen el movimiento y reduce la efectividad que su lucha pueda tener a la hora de conseguir cambios de manera real y rápida.

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Sin embargo, otras reconocida académica, musulmana y feminista, Leila Ahmed, aclara que «las feministas de toda religión o entorno religioso han debatido desde siempre sobre las fuentes de su opresión como mujeres. ¿Es el patriarcado, la religión, el racismo, el imperialismo, la opresión de clase o una venenosa mezcla de todas las anteriores? Todas ellas difieren en sus soluciones, así como de contra cuál tenemos que luchar en primer lugar para liberarnos.»

Así que, siendo las feministas un colectivo que lucha por los derechos de una gran parte de la población, no ha des sorprendernos que sus estrategias y razonamientos sean complejos y en ocasiones difieran. Probablemente  otorguemos más dignidad a nuestros derechos reconociendo nuestras distintas convicciones como mujeres y respetando el derecho de estas a perseguir sus intereses y luchar contra su opresión de la manera que represente su propia identidad mejor y más honestamente.

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Feminismo interseccional frente a feminismo colonial

Original por Julie Hall en The Body is not an ApologyAn Intersectional Feminism against Imperial Feminism.

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Me encontraba hace poco en una clase de formación para mi sector laboral en un país de mayoría musulmana cuando un compañero mío, blanco y estadounidense, empezó a hablar sobre proyectos de desarrollo con perspectiva de género. «Estas mujeres todavía sufren mucha opresión», dijo, «llevemos la iniciativa para que estos proyectos de mujeres den comienzo, empecemos por las autoridades; que fijo que son hombres, y transmitámosles todos estos asuntos».

Como mujer no blanca y partidaria del feminismo interseccional, ese comentario me puso en guardia. Me empezaron a sobrevenir sentimientos muy familiares: frustración que apretaba mis puños y un latigazo de miedo recorriéndome la columna. Sin embargo, y muy a pesar de que quise empezar a chillarle sobre colonialismo, discurso imperativo, parternalismo, sostenibilidad y gestión del poder, tan solo respiré hondo y disparé al punto débil de su enorme y muy polémico comentario, «bueno», dije, intentando que mi voz sonara sólida, «también puede ser que de esas autoridades, haya alguna que no sean todo hombres».

El individuo me sonrió perdonándome la vida. «Los roles de género funcionan de otra manera aquí, guapa», me dijo, «los hombres ocupan cargos de más poder que las mujeres, ¿sabes? ¿No pasa lo mismo en tu cultura?».

Y esto, amigas y amigos, es el feminismo colonial,  también conocido, más acertadamente, por orientalismo de género. Este el feminismo cuyo centro lo conforma el discurso blanco y declara nulas las aportaciones de la mujeres no blancas. Sitúa a Occidente como el paradigma del empoderamiento de género, ignorando ya de paso la misoginia sistemática presente en los países occidentales. Homogeneiza a las culturas no occidentales y promueve la imagen binaria de salvador blanco y de negro asalvajado. Este es el feminismo de la gente blanca (muy especialmente, aunque no exclusivamente, de los hombres) que trata de salvar a las mujeres no blancas. Se apropia de los movimientos de mujeres para curtirlos de paternalismo y de una perspectiva colonial. Es por esto por lo que hace falta la interseccionalidad: para luchar contra aquellas ideologías opresivas que hacen uso y abuso de la idea de justicia para perpetuar la injusticia. No permitamos que la gente siga explotando ideas en favor de la igualdad de género para seguir perpetuando el racismo.

En su pionera obra de 1978, Orientalismo, el autor Edward Said habló sobre la idea preconcebida de occidente aquella que considera la  «diferencia básica entre Occidente y Oriente como punto de partida para elaborar cualquier teoría, epopeya, novela, descripción social y aproximación política concerniente  al mundo oriental, a su gente, costumbres, “ideas”, futuro, etc.» . El orientalismo es la construcción ventajista del Oriente de la que occidente hace uso, es la construcción del Oriente como inferior y, como tal, necesitado de “intervención” y “ayuda humanitaria” occidental.

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El orientalismo de género de este colega era nocivo sin fisuras, pero encubierto en el manto de las buenas intenciones. En ningún momento llegó a pensar que estaba siendo racista o incluso levemente agresivo, para nada, se veía con la mejor de las intenciones. Creía firmemente (y fijo que aún lo hace) en su progresía y empatía, en que sus palabras y acciones estaban siendo una herramienta de lucha contra la opresión, no en favor de su perpetuación.

Tristemente, esta es una de las maneras más traicioneras que tiene la gente privilegiada de contribuir en la perpetuación del colonialismo cultural. «Estas mujeres todavía sufren mucha opresión », fue lo que dijo, no «a las mujeres», no «a las mujeres, en todas partes». Sus palabras alterizan a las mujeres no occidentales y categorizan globalmente el sexismo como un problema no occidental. Estas mujeres de este país extranjero están oprimidas. Tienen que enfrentarse a ello de manera pasiva. Este tipo de comentarios son engañosos y nocivos.

Y no se queda la cosa ahí, además de eso, da por nula la capacidad de decisión de las mujeres no blancas y se las da de héroe, a sí mismo y a los occidentales que trabajan en países en desarrollo. «Nosotros, nosotros, nosotros, nosotros», canta. Tenemos que llevar la iniciativa. Tenemos que acudir a las autoridades. Tenemos que dar comienzo con estos proyectos. Tenemos que hacerles ver. Claro, porque es obvio que ellas no pueden solucionar ninguno de sus problemas sin la ayuda del gran héroe blanco.

La condescendencia que tuvo conmigo fue algo más que una irritación personal, fue la representación explícita del trato que la gente privilegiada tiene hacia la no privilegiada. El poco respeto que mostró hacia mi experiencia personal en el trabajo fue más que evidente además de predecible lo que más me saca de quicio. Un hombre blanco menospreciando de manera arrogante a una mujer no blanca no es noticia.

Sin embargo, esta alterización a la que me vi sometida intersecciona con otros ejes del espectro sistémico. En su marco mental colonial, las civilizaciones no occidentales son salvajes y misóginas, en contraste con el ilustrado y civilizado occidente. Las mujeres no blancas que vivimos en occidente, como yo, somos víctimas de esta yuxtaposición, en su marco ideológico, las mujeres no blancas no formamos parte en ningún caso del mundo occidental.

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Yo vengo del mundo occidental, soy angloparlante y trabajo en un país no occidental y, como tal, no puedo huir del hecho de que contribuyo a esta herencia de colonialismo, al margen de mis otras intersecciones. Es verdad que eso es otro tema sobre el que m podría extender, pero para mí es importante reconocer la relación que tengo con esa gestión del poder. Por otra parte, el privilegio del que disfruto en ese eje interseccional no elimina la opresión que sufro por parte de gente como mi colega. La marginación es condescendiente, tanto a nivel individual como sistémico.

Gracias al orientalismo de género, este tipo metió en su cajón de sastre mi cultura asiática. « ¿Lo pillas? ¿No pasa lo mismo en tu cultura?».

Sí, quise responderle, porque, por lo visto, la misoginia solo es endémica en culturas “exóticas”.

He aquí lo único cierto: ninguna cultura o país está libre de la misoginia en cualquier forma de su espectro. En todas las culturas de las cuales yo me siento parte, que son unas pocas, la discriminación sexual es un problema enorme y profundamente enraizado. Aun así, el orientalismo de género crea un binario mediante el cual las culturas alterizadas son las únicas en las que perdura la lacra de la incivilización, mientras que las culturas que disponen de poder institucional son las únicas que han alcanzado el progreso.

«Los roles de género funcionan de otra manera aquí», dijo. Es cierto que el uso de «otra» hace referencia a una diferencia de carácter horizontal pero es una diferencia donde existe una disparidad de poder. De sus palabras emana la creencia de que el mundo occidental es superior al resto. En palabras de Edward Said, «el Oriente y el Islam tienen una especie de estatus irreal y fenomenológicamente reducido que les mantiene fuera del alcance de cualquiera menos del estudioso occidental. Desde que comenzó la especulación occidental sobre el Oriente, el mismo Oriente perdió la capacidad de representarse a sí mismo.»

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Cuando ya nos pusimos a tratar este punto más en profundidad, me dijeron que si no estaba siendo muy inocente por ignorar la opresión que sufren las mujeres en países islámicos. « ¿Es que no se supone que deberíamos hacer algo?»

Bien, así es como «se supone que deberíamos hacer algo»: escuchemos y sigamos la estela de las personas a las que el problema afecta directamente. El feminismo colonial lo perpetúan aquellos salvadores blancos que creen que se lo saben mejor. Las  mujeres musulmanas no necesitan de ningún hombre que las salve, como tampoco necesitan a ninguna organización como FEMEN, que ningunea la voz de las mujeres musulmanas disfrazándolo de «feminismo». No necesitan de mujeres no musulmanas y no blancas como yo.

Las mujeres no blancas hemos luchado por nosotras desde el principio. También hemos dado siempre la bienvenida a aliados, a verdaderos aliados que nos han escuchado, nos han seguido y no han intentado hacerse el centro de la lucha, no «aliados» que hayan acaparado el discurso, nos hayan impuesto o hayan intentado hacerse  los héroes. La gente de una comunidad siempre va a conocer mejor su comunidad que cualquiera que venga de fuera, independientemente de las buenas intenciones o del idealismo de esos forasteros. Como mujer asiática, denuncio y condeno públicamente el sexismo y la negrofobia de mis comunidades; sin embargo, el hecho de que yo alce la voz en estos asuntos no da derecho a las personas no afectadas a liderar el debate sobre los mismos. De esta manera, como no musulmanes y no nativos del país en el que vivimos, ni mi colega ni yo tenemos derecho a liderar el debate sobre los problemas de los musulmanes. Mi trabajo es, ante todo, auxiliar.

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Y lo que intento auxiliar es que las mujeres no occidentales, las mujeres no blancas alcemos nuestras voces contra el imperialismo, el orientalismo y el racismo disfrazo disfrazado de humanitarismo de buena voluntad. Abronqué a mi colega por su ignorancia y su falta de análisis de estas dinámicas de poder porque estoy harta de que tanta injusticia se enmascare de liberación. En Cultura e Imperalismo, Said escribía que «como ninguna persona está completamente eximida ni es ajena a la dictadura del medio físico, nadie somos completamente libres de la lucha por el medio físico. Esta lucha es compleja y plantea interés porque no va solo de soldados y artillería, sino también de ideas, formas, imágenes e imaginarios». Así como llamamos violencia a cuando un país entra en guerra con otro, el discurso que construye a la mujer no occidental como una damisela en apuros necesitada de un héroe occidental  también es violencia. Si eres alguien con inquietud por la lucha contra la injusticia, no permitas que la violencia del feminismo colonial solape la necesidad de un feminismo intereseccional y un amor radical.

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