Desmontando la machicharla y otras formas de discurso privilegiado.

Del original de R. Nithya en Everyday Feminism, Breaking Down the Problem of Mansplaining (and Other Ways of Privileged Explaining).

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Muchas veces doy gracias al feminismo por términos que muestran de manera nítida las experiencias diarias que me atormentan y que muchas veces o pasamos por alto o nos resultan muy complicadas de definir.

Os hablo de esa situación exasperante en la que un tipo empieza a darme la charlita en tono paternalista, dando por hecho que yo no voy a tener ni idea del asunto porque soy una mujer.

Lo habéis adivinado, es la consabida machicharla, del término en inglés mansplaining, mezcla de man (hombre) y explain (explicar).

Como no creo que sepas la diferencia entre analógico y digital, déjame que te lo explique. Analógico es…

¿Pero sabes lo que es un fuera de juego?

Para copiar, «Control C».

El término machicharla me ha ahorrado un montón de frustración. ¡Por fin un nombre para este nefasto fenómeno social! Por fin me di cuenta de que no era la única, de que muchas mujeres eran víctimas del mismo problema, de este mismo comportamiento por parte de los hombres.

Fue todo un alivio enterarme de que no era la única mujer que me había dado cuenta de esta forma tan sutil de opresión y de que, además, muchas otras mujeres ya debatían sobre esto.

Sigamos.

Definición de machicharla (y de otras formas de discurso privilegiado)

Como existen multitud de privilegios, también existen multitud de discursos privilegiados.  Os presento aquí algunos de los más comunes y las situaciones en las que afloran.

La machicharla es el fenómeno o comportamiento social por el cual un hombre, de manera paternalista, le da a una mujer una explicación sobre algo sencillo, asumiendo que ella seguramente lo desconocerá por el hecho de ser una mujer.

Por ejemplo, aquellos tipos que, sin que se lo hayan solicitado, dan consejo a una mujer sobre cómo cambiar un neumático o que se ven con la potestad de explicarnos las normas de cualquier deporte supuestamente «para tíos». A menos que os hayamos pedido ayuda explícita para cambiar el neumático o hayan mostrado interés en aprender más sobre tal deporte, no deis por hecho que no vamos a saber nada sobre ello. El hecho es que muchos tipos lo hacen, porque «¡joder, es una mujer!».

La machicharla también puede adoptar la forma de un tipo dándole la charla a una mujer sobre lo de que «el piropeo es un cumplido» o sobre lo que es el feminismo o por lo que debería luchar.

Su característica más notoria es un tipo ignorando o invalidando las experiencias vitales de mujeres que ellos nunca tendrán que experimentar.

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Por otro lado, la racicharla se caracteriza por una persona blanca diciéndole a otra persona no blanca que está interpretando mal su comentario racista. Poco importa si tu comentario tenía ánimo de parecerse a un chiste o estabas citando a otra persona. Si tal persona no blanca te reprende, no eres quien para echar balones fuera.

La racicharla también puede adoptar la forma de una persona blanca dando la charla a una persona no blanca sobre su propia cultura. En el mejor de los casos da vergüenza ajena, en el peor, estás invisibilizando la experiencia de tu interlocutor. En cualquier caso, evítalo.

No nos olvidemos de la heterocharla, la clásica parrafada de aquella persona hetero que, condescendientemente, le da la tabarra o incluso le emite su opinión a alguien sexodivergente sobre, por ejemplo, la posibilidad de decantarte por una identidad no heterosexual u otra como posición política.

A menos que seas sexodivergente, no eres quien para darle la charla sobre su propia identidad, especialmente a alguien que sí lo es.

También existe la cischarla, o cuando esa persona cis empieza a decir que piensa que «si el género binario es ficticio, las identidades trans no tienen razón de ser». ¿Quién te ha dicho que te bases en conjeturas para anular la identidad de alguien?

En resumen: si como persona privilegiada te dedicas a dar la charla respecto a lo más profundo de la opresión de tal o cual grupo oprimido, seguramente estarás haciendo uso de un discurso privilegiado. No sigas por ahí.

El origen del discurso privilegiado.

El percatarse de algo tan abstracto como el fenónemo del discurso privilegiado nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo ha llegado esto a convertirse en un problema tan grande?

Reducido al mínimo común, el discurso privilegiado debe su existencia a la dicotomía privilegio/opresión presente en nuestra sociedad.

Por ejemplo, el privilegio masculino permite a los hombres interrumpir, dominar y llevar la iniciativa; así que adivináis de donde viene la machicharla, ¿no? ¡Sorpresa! Del privilegio masculino.

El privilegio masculino es un pilar fundamental del patriarcado, en sí mismo un elemento más del kyriarcado. El kyriarcado, en nuestra sociedad, es el garante de que aquellos grupos privilegiados continúen siéndolo y perpetúen su beneficio a costa de la opresión sobre otros grupos.

De esta manera, el discurso privilegiado es algo más que una explicación inofensiva de un interlocutor de una determinada identidad a una oyente de otra; es un claro reflejo del poder institucionalizado y la jerarquía del privilegio a nivel individual.

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También tenemos que tener en cuenta que poder y privilegio cambian según contexto. Estamos formados por varias identidades, y como tal, podemos vernos oprimidos según en qué situaciones y con qué identidades nos veamos implicados y disfrutar de privilegio en otras.

Pongamos por ejemplo a una mujer blanca. Como mujer, puede verse en el lugar paciente de la opresión cuando un tipo le da la machicharla. Por otro lado y al mismo tiempo, puede estar cometiendo racicharla cuando interactúa con personas de otras etnias.

Otro ejemplo: un hombre cis con rasgos del sudeste asiático puede verse sometido a racicharla cuando su interlocutora es una mujer blanca y, a su vez, estar poniendo en práctica la cischarla.

No nos olvidemos de tener en cuenta de que la opresión a la que estamos sometidas en un campo no elimina el privilegio del que hacemos uso en otros.

Cómo evitar el discurso privilegiado

Muy bien, ya hemos visto lo horrendo que es el discurso privilegiado; es opresivo, juega en la liga del kyriarcado y pasa por alto la experiencia de aquellas personas en situación de marginalidad. Y claro, quieres dejar de hacerlo. ¡Genial! ¿Pero ahora cómo llevamos a cabo este cambio en nuestro comportamiento?

  1. Saber cuándo abrir la boca

Puede resultar difícil encajar que lo que puedas aportar no importa mucho dentro de círculos feministas, especialmente si eres alguien nuevo en esto del feminismo y mucho más especialmente si tienes la costumbre de moverte dentro del privilegio.

Sin embargo, el feminismo no busca excluir a las personas con privilegio, lo que busca es alzar la voz de las personas que carecen de él. Y si no revisas tus privilegios y en vez de eso boicoteas el debate feminista lanzando comentarios aleatorios e ininteligibles, flaco favor le estás haciendo.

La importancia de la labor de la gente privilegiada está en el proselitismo dentro de aquellos espacios vetados a personas de grupos no privilegiados.

Por poner otro ejemplo, los argumentos de alguien leído como hombre contra los chistes de violaciones serán más efectivos en tu grupo de tíos de confianza (léase bar de abajo o vestuario deportivo) que en una conversación entre su novia y otras mujeres.

  1. Tengo en cuenta las vivencias de otras personas

El privilegio blanco viene acompañado de aquella consideración subconsciente por la que pensamos que nuestras vivencias nos dan legitimidad para hablar de cualquier materia, incluyendo las luchas ajenas.

Los privilegios sociales inherentes a determinadas categorías identitarias, como sexo (macho/masculino) o etnia (blanco), nos condicionan para que creamos que nuestra vivencia es normal, normativa y universal, que, de algún modo, las mismas otorgan más legitimidad a nuestros argumentos.

Y ojo, que no es una puya, no eres responsable de los privilegios sociales que recaen sobre tal o cual parte de tu identidad, pero sí es tu obligación revisarlos.

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Es de vital importancia que prestemos atención a la gente que decide compartir con nosotros sus vivencias. Seguramente son experiencias que nunca vamos a conocer en nuestro pellejo, y el único camino para hacerlo es escucharlas de aquella gente que las experimenta personalmente.

  1. Abandona las suposiciones

Mucha gente se pone a la defensiva cuando se la reprende por estar haciendo uso del discurso privilegiado porque es su cabeza solo consideran que están intentando ayudar, aun cuando nadie le ha solicitado tal ayuda.

No está mal creer que somos expertas en tal materia, como tampoco lo es querer mostrar nuestro conocimiento a gente interesada en el ámbito. Lo que está mal es suponer que tu interlocutora no tiene ni idea de lo que le estás hablando, o peor, que es demasiado ignorante como para saberlo.

Presta atención a las suposiciones con respecto a lo que sabe o no otra gente y trata de eliminarlas.

  1. Presta atención

Ahora que ya vas aprendiendo más sobre patrones de comportamiento condescendientes, haz por ubicarlos en tu vida diaria.

Empieza por identificar ese comportamiento en otras personas. ¿Acabas de ver cómo ese compañero tuyo hombre acaba de revisar de nuevo el problema que su compañera mujer ya había solucionado? ¿Te acabas de dar cuenta de que ese comportamiento tiene su origen en una mezcla de sexismo y machicharla? Si la respuesta es sí, un 10 en atención.

Una vez que has ubicado este comportamiento en tu entorno, presta más atención al que practicas tú.

Si te encuentras en una situación en la que dudas sobre si podías estar haciendo uso del discurso privilegiado, hazte la pregunta: ¿dirías lo mismo si tu interlocutora tuviera los mismos privilegios que tú?

Discúlpate cuando metas la pata. Te hará comprender mejor lo que aún necesitas cambiar de ti misma y estarás viviendo tu vida de una manera más feminista.

***

Si queremos poner en práctica el feminismo de tal manera que dignifiquemos todo tipo de identidades, repensemos y reestructuremos los cánones de nuestra sociedad.

Una manera de conseguir esto es denunciando los cánones normativos ajenos y redefiniendo nuestros patrones de comportamiento para impulsar nuestras relaciones sociales y nuestra experiencia.

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