Del fenómeno esparramacho a la machicharla. 6 maneras de dominación masculina del entorno.

Original en Everyday Feminism por Jamie Utt, From Manspreading to Mansplaining — 6 Ways Men Dominate the Spaces Around Them

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Había quedado con un amigo en una cafetería hacía unas semanas. Hacía calor fuera y me extendí un poco hasta que, sin darme cuenta, tenía mis piernas esparramadas por el pasillo. Una mujer que justo entraba tuvo que esquivarás par pasar.

Mi amigo se rió: “Tío, ¿ahora eres un esparramacho?

“¿Yo? No creo, ¿no? ¿Sí? Bueno, igual.

Sí, lo estaba siendo. Sin duda.

Me puse de primeras a la defensiva porque di por hecho que, básicamente, yo no era como “esos tipos”, “esos” sacos de mierda que se creen con derecho a usar más espacio del que necesitan o merecen.

Pero ahí está el fondo del fenómeno esparramacho: no es cosa de que los tipos decidan de manera activa comportarse como una mierda o que intenten deliberadamente ser sexistas y capacitistas (ya que las consecuencias de nuestro esparramamiento no solo dispone a nuestro favor espacio bajo la excusa de alguna necesidad ficticia, sino que, en muchas ocasiones, también elimina un espacio del que podrían disponer personas con diversidad funcional).

Es cosa de nuestra socialización, de cómo nos han enseñado, implícita y explícitamente, a obviar todo tipo de reflexión sobre el derecho que creemos que tener sobre el espacio público.

De esta manera, cuando un montón de mujeres nos hacen notar, muchas veces de forma cómica, que nos estamos esparramando por todas partes, muy rápidamente escuchamos el cuñadismo “es que las mujeres también lo hacen” y “no mezcles el ser un incívico con el machismo”.

Pero el problema de todo es la misma masculinidad tóxica y, por extensión, el machismo,  algo más que el uso sexista del lenguaje o las agresiones físicas por parte de hombres.

Es nuestra socialización en una determinada masculinidad la que define nuestro uso del espacio desde que somos muy jóvenes. Algo que queda más en evidencia cuando se incluyen en la ecuación otro tipo de relaciones de poder (o de opresión).

El privilegio masculino unido al de clase, al blanco y cualquier otro, crece hasta proporciones bíblicas (a lo Donald Trump y “como soy rico, puedo hacer lo que me plazca”).

Por otra parte, cuando el supremacismo blanco y los sistemas que lo sustentan humillan y tratan con brutalidad a hombres no blancos reduciéndoles en su expresión mediática a caricaturas hipermasculinizadas, es esa masculinidad el último reducto de poder al que pueden optar esos hombres negros, pueden dar lugar a expresiones hipermasculinas o gestiones tóxicas del espacio.

Nosotros, como hombres, hemos sido bombardeados durante toda nuestra vida con la idea de que todo espacio ha de ser nuestro y la mayoría de veces así actuamos, en muchas de ellas de manera subconsciente, con una determinada expresión corporal u otras formas explícitas de ocupación como la dominación del espacio conversacional, las constantes interrupciones y el acoso callejero.

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Una ilustración que muestra a la perfección este privilegio masculino es en la que aparece el personaje de KoolAid atravesando una pared al grito de “not all men”.

Por todo este tipo de cosas considero que el fenómeno esparramacho es un problema de raíz, ya no por ser una muestra más que explícita de misoginia, sino por ser una representación clarísima y de las más públicas de algo mucho más preocupante: el privilegio masculino.

Tras una vida enterrados bajo mensajes que alicatan nuestra identidad en base a supuesto derecho al espacio y a otros cuerpos, tiene mucho sentido que de adultos hagamos uso de más espacio del que necesitamos en un autobús atestado, pero debemos entender que esto es indicativo de un problema mucho más grande.

El caso es que, si lo tomamos de manera aislada, el fenómeno esparramacho no es inherentemente sexista, pero cuando lo ubicamos dentro de un contexto de poder y opresión u otro tipo de dinámicas gracias a las cuales consciente o subconscientemente apuntalamos ese derecho al espacio público, entonces estamos hablando de algo sexista en su totalidad.

Teniendo en consideración todo lo anterior, os presento a continuación seis espacios en los que este presunto derecho aflora de manera nítida no exclusivamente mediante el ya mencionado fenómeno esparramacho y gracias a los cuales espero que muchos hombres se lancen a reflexionar sobre otras formas  mejores de vivir en comunidad.

  1. Dominación masculina del espacio público.

No estoy muy metido en esto de los gimnasios Crossfit, un tipo de establecimientos deportivos que se caracterizan por ser “un programa diseñado para ser fácilmente adaptable [que] lo convierte en el sistema de entrenamiento perfecto para cualquier persona con motivación, independientemente de su edad, sexo, capacidades o experiencia previa. Una de las grandes maravillas del CrossFit es que durante su práctica, un mismo entrenamiento puede ser realizado simultáneamente por un anciano con problemas cardiovasculares o de movilidad reducida y un bombero en un estado de forma óptima”, pero de lo que más he oído a mujeres respecto a ellos es sobre su inclusividad y la menor recurrencia de dinámica de machitos que en uno normal. No veáis con la cantidad de mujeres y gente generodivergente y politizada con la que he hablado que se queja del acoso, de los intentos no consensuados de ligoteo y del poco espacio que les queda en favor de tipos gruñendo, gritando y arrojando con poco cuidado cantidades enormes de peso.

Como el fenómeno esparramacho también podrían haber sido un grupito aislado de tipos actuando de manera desagradable si no fuera por la manera en la que los tipos de hacemos uso del espacio público.

En mi propia experiencia, lo he notado cuando mis amigos y yo nos metemos en una pista de baile de alguna discoteca, algo que nos encanta. Cuando está hasta arriba, ya no mola tanto, queremos una donde podamos movernos de verdad. Sin embargo, cuando nuestra libertad dificulta el bienestar y divertimento de las demás personas de la pista (por lo que ya nos han echado la bronca en ocasiones) debemos reaccionar menos acusando a esas personas de “cortarrollos” y más bien reflexionando sobre cómo podemos partirlo sin joder a toda esa gente.

Desde la hipercompetitividad arrolladora de hombres sobre mujeres en deportes mixtos a tipos abarcando mesas enteras en bibliotecas o coffee shops hasta las cejas de gente, por favor, reflexionemos críticamente sobre el espacio que ocupamos y convenzamos a otros de hacer lo mismo.

  1. Dominación masculina del espacio intelectual

Tanto en términos de machicharla hacia aquellas personas ajenas a nuestro género sobre algo que por sí solas pueden entender o contribuyendo activamente a la opresión interseccional dentro de la Academia, los hombres somos la caña ocupando el espacio intelectual.

Muestro dominación del espacio intelectual cuando rebato a otra gente en debates por internet o en charlas de taberna. Pero cuando de verdad estoy complicándole la vida al prójimo es cuando le hablo a mujeres de cosas de mujeres.

Como con el fenómeno esparramacho, admitiendo esto no me hace una persona nefasta, pero si me jacto de ser solidario, más me vale ponerme a currar.

  1. Dominación masculina del espacio profesional

No hace falta un máster para ver claramente que el mundo de los negocios rebosa dominación masculina. Y si no, echémosle un vistazo a cualquier trabajo efectuado por una mujer en este ámbito. Y aun así, igual que con el fenómeno esparramacho, no deja de haber tipos negando la posibilidad de que lo problemático de esto es este prototipo de masculinidad en particular y el sexismo en general.

El llamamiento a las mujeres para que se “incorporen” nos exime de todo esfuerzo y nos libra de escuchar, reflexionar en vez de actuar de manera dominadora en el ámbito profesional.

Nos exime de desmantelar la exclusividad sexual de determinados campos (desde las cocinas a las salas de juntas) y de asumir el liderazgo de mujeres que lo demuestran en nuestros puestos de trabajo.

Si tanto nos jactamos de que lo que hacemos es para favorecer el liderazgo de las mujeres, hagamos de nuestros lugares de trabajo menos tendientes a la dominación masculina.

  1. Dominación masculina del espacio social

Y yo el primero, aquí. Anda que no lo he sido veces, el que estalla a voces montando una escenita para hacerme el gracioso en fiestas. Y también he sido el que se quitaba los pantalones o el que hacía el gilipollas, en definitiva.

Podemos evitar que este derecho a ocupar el espacio, un derecho que nos da réditos por parte de gente de todo tipo de géneros, sea sistemáticamente el alma de la fiesta.

Las voces masculinas tienden a sonar más alto, pero eso no quita que no podamos regular su volumen para no ocupar todo un espacio con la densidad vocal de un barítono. Tampoco hace falta que interrumpamos para soltar esa “joyita” de chiste o para que nadie se pierda el superimportante punto que queremos incluir.

Tomémonos un momento para reflexionar en cómo ocupamos (física y figurativamente) el espacio en fiestas o cenas y veamos cómo podemos dar un pasito atrás. Hagamos notar a otros tipos que en vez de escuchar están interrumpiendo o superponiéndose. Tampoco hace falta hacerse el héroe, basta con decir “¿qué era lo que estabas diciendo de ____” a la persona interrumpida y haciendo el esfuercito de escuchar.

  1. Dominación masculina del espacio político

¿Hay alguien a estas alturas que no se haya pispado del efecto de este derecho sobre las mujeres a través de la regulación de su acceso al sistema sanitario?

Pero la cosa no acaba ahí, incluso entre los más “progres”, ¿en qué aplicamos nuestro poder y energías? ¿acaso en elegirnos a nosotros mismos o a otros tipos? ¿en excluir a las mujeres procesos políticos formales e informales gracias al tradicional control masculino de la esfera política?

Gracias a mujeres y a personas genderqueer y generodivergentes con determinación hemos conseguido poder elegir de entre ellas a personas que se alineen con nuestra ideología; sin embargo, esto ha sido a expensas de los procesos políticos creado por nosotros, los cuales han carecido sistemáticamente de la más mínima inclusividad.

No vale con decir que “tiene que haber más mujeres” si no nos vamos a poner a cambiar una cultura política que valora únicamente las formas tradicionales de liderazgo masculino y centra la elegibilidad en expresiones y modos de vida masculinos.

  1. Dominación masculina del espacio íntimo

Vayamos a lo gordo: no existe separación entre los tipos de legitimación sobre el espacio de las que ya hemos hablado y cómo, como hombres, nos creemos con derecho sobre cuerpos ajenos, sobre todo los de las mujeres.

Hay una relación directa entre el sentimiento de disfrute de este derecho y las altísimas cifras de violencia sexual en todas partes.

No tiene sentido separra el fenómeno esparramacho de otra forma de privilegio masculino, ya sea violencia sexual, violencia doméstica o de los derechos masculinos sobre sexualidades ajenas. Todos nacen de la misma raíz tóxica: la socialización masculina por la cual nos vemos con derecho a coger lo que queremos.

EL FENÓMENO ESPARRAMACHO, COMO TODA FORMA DE PRIVILEGIO MASCULINO, SE NUTRE DEL SILENCIO DE LOS HOMBRES.

Y por eso, muchos de nosotros pedimos centrarnos en “problemas más importantes” antes que sobre esos tipos  que abusan del espacio en el transporte público. Es nuestro deber como tipos denunciar el fenómeno esparramacho no una horrendísima forma de sexismo, sino como otro síntoma más de esa enfermedad llamada masculinidad tóxica.

Desde el fenómeno esparramacho a la violencia sexual y doméstica, todo el daño causado por el privilegio masculino y su solución es responsabilidad nuestra, y solo lo haremos cuando decidamos denunciar, reprobar conductas y, lo más importante, reformularnos a  nosotros mismos. Solo así podrá haber un atisbo de cambio.

Sí, las mujeres pueden pedirnos que cerremos las patitas, pero el sistema no cambiará hasta que nosotros no lo hagamos. Lo mismo con las violaciones, habrá mujeres podrán poner el grito en el cielo, pero la cosa no cambiará hasta que no nos revisemos a nosotros mismos, nuestras actitudes en relación a los derechos sexuales que creemos ostentar y al mismo sistema que apoya y protege a los violadores.

En definitiva, el privilegio masculino poco tiene que ver con comportamientos individuales, sino con una violencia de género de carácter sistémico que aflora a diario a través del privilegio masculino y por nuestra complicidad con este mismo sistema.

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Desmontando la machicharla y otras formas de discurso privilegiado.

Del original de R. Nithya en Everyday Feminism, Breaking Down the Problem of Mansplaining (and Other Ways of Privileged Explaining).

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Muchas veces doy gracias al feminismo por términos que muestran de manera nítida las experiencias diarias que me atormentan y que muchas veces o pasamos por alto o nos resultan muy complicadas de definir.

Os hablo de esa situación exasperante en la que un tipo empieza a darme la charlita en tono paternalista, dando por hecho que yo no voy a tener ni idea del asunto porque soy una mujer.

Lo habéis adivinado, es la consabida machicharla, del término en inglés mansplaining, mezcla de man (hombre) y explain (explicar).

Como no creo que sepas la diferencia entre analógico y digital, déjame que te lo explique. Analógico es…

¿Pero sabes lo que es un fuera de juego?

Para copiar, «Control C».

El término machicharla me ha ahorrado un montón de frustración. ¡Por fin un nombre para este nefasto fenómeno social! Por fin me di cuenta de que no era la única, de que muchas mujeres eran víctimas del mismo problema, de este mismo comportamiento por parte de los hombres.

Fue todo un alivio enterarme de que no era la única mujer que me había dado cuenta de esta forma tan sutil de opresión y de que, además, muchas otras mujeres ya debatían sobre esto.

Sigamos.

Definición de machicharla (y de otras formas de discurso privilegiado)

Como existen multitud de privilegios, también existen multitud de discursos privilegiados.  Os presento aquí algunos de los más comunes y las situaciones en las que afloran.

La machicharla es el fenómeno o comportamiento social por el cual un hombre, de manera paternalista, le da a una mujer una explicación sobre algo sencillo, asumiendo que ella seguramente lo desconocerá por el hecho de ser una mujer.

Por ejemplo, aquellos tipos que, sin que se lo hayan solicitado, dan consejo a una mujer sobre cómo cambiar un neumático o que se ven con la potestad de explicarnos las normas de cualquier deporte supuestamente «para tíos». A menos que os hayamos pedido ayuda explícita para cambiar el neumático o hayan mostrado interés en aprender más sobre tal deporte, no deis por hecho que no vamos a saber nada sobre ello. El hecho es que muchos tipos lo hacen, porque «¡joder, es una mujer!».

La machicharla también puede adoptar la forma de un tipo dándole la charla a una mujer sobre lo de que «el piropeo es un cumplido» o sobre lo que es el feminismo o por lo que debería luchar.

Su característica más notoria es un tipo ignorando o invalidando las experiencias vitales de mujeres que ellos nunca tendrán que experimentar.

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Por otro lado, la racicharla se caracteriza por una persona blanca diciéndole a otra persona no blanca que está interpretando mal su comentario racista. Poco importa si tu comentario tenía ánimo de parecerse a un chiste o estabas citando a otra persona. Si tal persona no blanca te reprende, no eres quien para echar balones fuera.

La racicharla también puede adoptar la forma de una persona blanca dando la charla a una persona no blanca sobre su propia cultura. En el mejor de los casos da vergüenza ajena, en el peor, estás invisibilizando la experiencia de tu interlocutor. En cualquier caso, evítalo.

No nos olvidemos de la heterocharla, la clásica parrafada de aquella persona hetero que, condescendientemente, le da la tabarra o incluso le emite su opinión a alguien sexodivergente sobre, por ejemplo, la posibilidad de decantarte por una identidad no heterosexual u otra como posición política.

A menos que seas sexodivergente, no eres quien para darle la charla sobre su propia identidad, especialmente a alguien que sí lo es.

También existe la cischarla, o cuando esa persona cis empieza a decir que piensa que «si el género binario es ficticio, las identidades trans no tienen razón de ser». ¿Quién te ha dicho que te bases en conjeturas para anular la identidad de alguien?

En resumen: si como persona privilegiada te dedicas a dar la charla respecto a lo más profundo de la opresión de tal o cual grupo oprimido, seguramente estarás haciendo uso de un discurso privilegiado. No sigas por ahí.

El origen del discurso privilegiado.

El percatarse de algo tan abstracto como el fenónemo del discurso privilegiado nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo ha llegado esto a convertirse en un problema tan grande?

Reducido al mínimo común, el discurso privilegiado debe su existencia a la dicotomía privilegio/opresión presente en nuestra sociedad.

Por ejemplo, el privilegio masculino permite a los hombres interrumpir, dominar y llevar la iniciativa; así que adivináis de donde viene la machicharla, ¿no? ¡Sorpresa! Del privilegio masculino.

El privilegio masculino es un pilar fundamental del patriarcado, en sí mismo un elemento más del kyriarcado. El kyriarcado, en nuestra sociedad, es el garante de que aquellos grupos privilegiados continúen siéndolo y perpetúen su beneficio a costa de la opresión sobre otros grupos.

De esta manera, el discurso privilegiado es algo más que una explicación inofensiva de un interlocutor de una determinada identidad a una oyente de otra; es un claro reflejo del poder institucionalizado y la jerarquía del privilegio a nivel individual.

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También tenemos que tener en cuenta que poder y privilegio cambian según contexto. Estamos formados por varias identidades, y como tal, podemos vernos oprimidos según en qué situaciones y con qué identidades nos veamos implicados y disfrutar de privilegio en otras.

Pongamos por ejemplo a una mujer blanca. Como mujer, puede verse en el lugar paciente de la opresión cuando un tipo le da la machicharla. Por otro lado y al mismo tiempo, puede estar cometiendo racicharla cuando interactúa con personas de otras etnias.

Otro ejemplo: un hombre cis con rasgos del sudeste asiático puede verse sometido a racicharla cuando su interlocutora es una mujer blanca y, a su vez, estar poniendo en práctica la cischarla.

No nos olvidemos de tener en cuenta de que la opresión a la que estamos sometidas en un campo no elimina el privilegio del que hacemos uso en otros.

Cómo evitar el discurso privilegiado

Muy bien, ya hemos visto lo horrendo que es el discurso privilegiado; es opresivo, juega en la liga del kyriarcado y pasa por alto la experiencia de aquellas personas en situación de marginalidad. Y claro, quieres dejar de hacerlo. ¡Genial! ¿Pero ahora cómo llevamos a cabo este cambio en nuestro comportamiento?

  1. Saber cuándo abrir la boca

Puede resultar difícil encajar que lo que puedas aportar no importa mucho dentro de círculos feministas, especialmente si eres alguien nuevo en esto del feminismo y mucho más especialmente si tienes la costumbre de moverte dentro del privilegio.

Sin embargo, el feminismo no busca excluir a las personas con privilegio, lo que busca es alzar la voz de las personas que carecen de él. Y si no revisas tus privilegios y en vez de eso boicoteas el debate feminista lanzando comentarios aleatorios e ininteligibles, flaco favor le estás haciendo.

La importancia de la labor de la gente privilegiada está en el proselitismo dentro de aquellos espacios vetados a personas de grupos no privilegiados.

Por poner otro ejemplo, los argumentos de alguien leído como hombre contra los chistes de violaciones serán más efectivos en tu grupo de tíos de confianza (léase bar de abajo o vestuario deportivo) que en una conversación entre su novia y otras mujeres.

  1. Tengo en cuenta las vivencias de otras personas

El privilegio blanco viene acompañado de aquella consideración subconsciente por la que pensamos que nuestras vivencias nos dan legitimidad para hablar de cualquier materia, incluyendo las luchas ajenas.

Los privilegios sociales inherentes a determinadas categorías identitarias, como sexo (macho/masculino) o etnia (blanco), nos condicionan para que creamos que nuestra vivencia es normal, normativa y universal, que, de algún modo, las mismas otorgan más legitimidad a nuestros argumentos.

Y ojo, que no es una puya, no eres responsable de los privilegios sociales que recaen sobre tal o cual parte de tu identidad, pero sí es tu obligación revisarlos.

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Es de vital importancia que prestemos atención a la gente que decide compartir con nosotros sus vivencias. Seguramente son experiencias que nunca vamos a conocer en nuestro pellejo, y el único camino para hacerlo es escucharlas de aquella gente que las experimenta personalmente.

  1. Abandona las suposiciones

Mucha gente se pone a la defensiva cuando se la reprende por estar haciendo uso del discurso privilegiado porque es su cabeza solo consideran que están intentando ayudar, aun cuando nadie le ha solicitado tal ayuda.

No está mal creer que somos expertas en tal materia, como tampoco lo es querer mostrar nuestro conocimiento a gente interesada en el ámbito. Lo que está mal es suponer que tu interlocutora no tiene ni idea de lo que le estás hablando, o peor, que es demasiado ignorante como para saberlo.

Presta atención a las suposiciones con respecto a lo que sabe o no otra gente y trata de eliminarlas.

  1. Presta atención

Ahora que ya vas aprendiendo más sobre patrones de comportamiento condescendientes, haz por ubicarlos en tu vida diaria.

Empieza por identificar ese comportamiento en otras personas. ¿Acabas de ver cómo ese compañero tuyo hombre acaba de revisar de nuevo el problema que su compañera mujer ya había solucionado? ¿Te acabas de dar cuenta de que ese comportamiento tiene su origen en una mezcla de sexismo y machicharla? Si la respuesta es sí, un 10 en atención.

Una vez que has ubicado este comportamiento en tu entorno, presta más atención al que practicas tú.

Si te encuentras en una situación en la que dudas sobre si podías estar haciendo uso del discurso privilegiado, hazte la pregunta: ¿dirías lo mismo si tu interlocutora tuviera los mismos privilegios que tú?

Discúlpate cuando metas la pata. Te hará comprender mejor lo que aún necesitas cambiar de ti misma y estarás viviendo tu vida de una manera más feminista.

***

Si queremos poner en práctica el feminismo de tal manera que dignifiquemos todo tipo de identidades, repensemos y reestructuremos los cánones de nuestra sociedad.

Una manera de conseguir esto es denunciando los cánones normativos ajenos y redefiniendo nuestros patrones de comportamiento para impulsar nuestras relaciones sociales y nuestra experiencia.

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