Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión

Original por Chris Boeskool en Theboeskool.

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Nunca he recibido un puñetazo en la cara. Ni siquiera me he visto involucrado en ninguna pelea. No soy alguien que se meta en peleas, si acaso en “discusiones”. No es que me de miedo meterme en broncas, en varias ocasiones me he colocado en situaciones susceptibles de haber acabado en pelea, es que no me veo como el tío que da la primera leche, más bien soy el que rebaja el tono de la gresca con algo de lógica o humor. Una de las consecuencias de ser este tipo de tío es que al otro tipo de tío, ese de gresca fácil, por lo general no le caigo bien. Al menos al principio, solemos caernos bien después. Y no siempre. A veces no puedes hacerte con todos.

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La primera regla del Club de los Blancos es que no se habla del Club de los Blancos

Me  mudé a Nashville, en el sur de los Estados Unidos, sin conocer a nadie. Conseguí un trabajo de camarero en mi segundo día de estancia y, casi de inmediato, me convertí en uno de los camareros favoritos de la directiva, lo que me facilitó el acceso a mejores turnos, mejores secciones y mejor salario. Nueve meses después de llegar yo, contrataron a otro tipo. Nos caímos mal desde el minuto uno. A él no le molaban mis comentarios audaces y a mí no me molaba la manera que tenía de entrar a un lugar y parecer el amo y señor del mismo. Se movía por todas partes con esa altanería repelente, como que todo fuera suyo y que la presencia de otras personas se debiera a una especie de tolerancia por su parte, siempre y cuando nos apartáramos de su camino. Se corrían rumores sobre que el tipo había estado en la cárcel, y junto con otras pruebas, me quedó claro que era del tipo de tío que no es propicio a rebajar el tono en un momento de gresca. Era el tipo de tío perfectamente consciente de su fuerza, podías sentir que bajo la superficie bullía un torrente de energía que silenciosamente de desafiaba a decirle algo. Sin duda, me intimidaba.

Me molestó un poco al principio cuando, tan solo tras un mes de estar él trabajando ahí, ya estaba haciendo turnos en alguna de las mejores secciones… una boca más que alimentar significaba menos dinero para mí. Aun así, creo que hacía bien su trabajo; sin embargo, nada me hinchaba más las narices que lo siguiente: Chuck (le llamábamos Chuck pese a que ese no era su nombre, sin embargo, Chuck era un nombre que le pegaba) tenía la costumbre de caminar hacia a ti y SISTEMÁTICAMENTE confiar en que TÚ te ibas a apartar de su camino. Con las chicas no lo hacía, pero con otros tipos (especialmente yo), no variaba su camino y, sin establecer contacto visual, continuaba andando esperando a que tú te apartaras. En caso de no hacerlo, tu destino era impactar contra esa masa hercúlea y agresiva que parecía anhelar que alguien cuestionara su camino preestablecido. Esta parecía la descripción más típica de la vida de Chuck: andar recto hacia otras personas esperando a que se aparten. Hasta que un día…

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Ya estaba harto. Me quedé pensando: ¿por qué me estoy apartando del camino de este tío todo el rato? Lo más habitual en cualquier parte del mundo es que si dos personas transcurren por la misma dirección en sentido inverso, ambas se hagan un poquito a un lado, facilitándose recíprocamente ambas el paso. ¿Qué derecho tenía el tipo este a PRESUPONER que era yo el que tenía que apartarme? Otro pensamiento empezó a inundar mi mente: ¿y si ya no me aparto? ¿Y si sigo andando como si nada? Estaba harto de jugar con sus reglas, así que esa tarde, cuando me le encontré por el pasillo del restaurante (ambos nos movíamos muy rápido) caminando hacia a mí, comencé a andar hacia él, sin desviarme. No soy un gigante, pero sí lo suficientemente sólido como para mantenerme en pie (especialmente en momentos de colisión inminente), así que cuando impactó en mí se trastabiló y dio una vuelta sobre sí mismo. Allí mismo, enfrente de toda la clientela, dijo: ¿pero de qué coño vas, tío? ¿Estás bien? Le contesté. Estaba furioso y no dejaba de preguntarme por qué me había abalanzado sobre él. Le dije: Chuck, tan solo andaba de frente, ¿Por qué asumiste que el que me tenía que apartar era yo? Comenzó a perseguirme por todo el restaurante intentando caldear el ambiente para provocar un conflicto. Acabó parándome en frente de una mesa y cuando le espeté algo así como bienvenido al Planeta Tierra, me propinó un empujón durísimo. No fue un empujón del estilo que te ponen las manos en el pecho y empujan, sino del que las manos te golpean cuando ya van a mucha velocidad, y hace bastante ruido. Todos sus músculos de gimnasio descargaron sus energías sobre mí, sobre esa persona que se atrevió a cuestionar su derecho de paso, y caí dos pasos hacia atrás.

Me alejé de él mientras sentía mi corazón latir en mis orejas. Pensé en qué hacer, en si debería decirle algo al gerente (no me pareció buena idea), en si debería decirle algo más a Chuck (me pareció PEOR idea)… Así que decidí esquivarle y dejar que se calmara. Quince minutos después el gerente me llamó para hablar. Me dijo que un cliente había visto a Chuck empujarme de manera violenta, y que se había quejado describiendo los hechos (los describió como que hubiera recibido un “golpe” aunque fue un empujón). Le conté lo que ocurrió, sobre lo de que él siempre asumía que era yo el que me apartaría de su camino y lo de que por una vez, no lo hice, sobre la bronca y el empujón del final. Era un restaurante de empresarios, así que se tomaron todo muy en serio. El gerente rellenó un informe de incidencias y me pregunto si deseaba presentar cargos y si deseaba que le despidieran. Contesté que no quería verle perder su trabajo, solo que reconociera que todo el mundo tenemos derecho a paso, tanto como él.

Toda esta historia volvió a mi memoria al leer esta gran cita (de quien, por desgracia, no he encontrado autor o autora aún, así que permanece como “anónimo”):

Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión.

Y todo pareció cobrar sentido: toda esta rabia de la gente que grita “All Lives Matter” (todas las vidas importan) en respuesta a las manifestaciones convocadas por activistas de etnia negra en respuesta a los recientes asesinatos de jóvenes negros por la policía, todo el cabreo de la gente que proclama que SU “libertad religiosa” está siendo atacada por las parejas gays que se casan, toda esa gente escupiendo su odio contra inmigrantes o musulmanes o contra esa “moda” que les impide decir racistadas sin ser llamados racistas. Son la gente que ha crecido en un mundo en el que podían andar hacia otras personas y sabiendo que las demás se apartarían. Así que cuando “esa gente” en su trayectoria NO se aparta, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿por qué tengo que apartarme yo del camino de este colega?, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿y si no me muevo? ¿y si sigo andando como si nada? Cuando esa gente empieza a a darse cuenta de que tienen el mismo derecho a circular por el pasillo como cualquier otra… puede parecer que SUS derechos estén siendo vulnerados.

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La igualdad PUEDE parecer opresión, pero no lo es. Lo que sientes es la molestia de estar perdiendo ese privilegio, la misma molestia que en nuestra niñez sentimos cuando vamos a la guardería y descubrimos que otras personitas quieren jugar con el mismo juegue que nosotras. Es como la molestia que siente ese anciano acostumbrado a nadar en una piscina para él solo a la que ahora pueden acceder todos los miembros de la comunidad mientras grita: ¿¡y mi derecho a nadar yo solo en la piscina!?

La situación actual nos muestra ira por ambas partes. Por un lado, las personas enrabietadas porque “esa gente” se está colando en “su” piscina. O porque tienen que compartir sus juguetes con el resto del jardín de infancia. Les enfada que les llamen racistas solo porque dicen cosas racistas o tienen pensamientos racistas. Les enfada tener que tener en consideración a esa otra persona cuya trayectoria de paso comparten. Por otro lado está la gente que opina que la piscina es para todo el mundo, la que opina que lo correcto cuando llegamos al jardín de infancia es enseñarnos a compartir juguetes, la que opina que para respetar a los demás hay que prestar atención al uso del lenguaje, la que se posiciona en solidaridad junto a las personas que reclaman su derecho a existir… Las que legítimamente siente enfado al tener que apartarse siempre del camino. Las que se preguntan ¿y si sigo andando como si nada?

¿Qué tipo de persona eres tú?

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Queremos feminismo, no igualdad.

Original por Charlotte Rachael Proudman en Left Foot Forward, Why I Want Feminism and Not Equality (and Why They Are Not The Same Thing).

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Feminismo e igualdad son cosas distintas. Y las feministas, al contrario que las igualitaristas, no queremos que los hombres compartan nuestra opresión.

¿Cuántas feministas creen que están luchan en favor de la igualdad? ¿Cuántos hombres prefieren definirse como igualitaristas antes que feministas? Que el feminismo se define por igualdad es algo reconocido universalmente; sin embargo, el término igualdad nunca ha recibido un análisis adecuado.

Soy feminista y no lucho por la igualdad, lucho por la liberación. Aquellas personas que se consideran adalides de la igualdad, se escudan en unos principios feministas bastante tibios como la igualdad salarial, la igualdad de oportunidades sin desigualdad de trato o discriminación positiva, el individuo como único responsable del fracaso y, sobre todo, la adaptación de las mujeres a la actual jerarquía laboral, donde el puesto de trabajo es lo primero. La igualdad toma el statu quo masculino como patrón que las mujeres deben alcanzar.

Para alcanzar la igualdad, las mujeres tienen que dejar claro que son lo suficientemente fuertes como para adaptarse a los estándares masculinos de un mundo de hombres. A las igualitaristas se les hace la boca agua cuando ven a mujeres introducirse en cuerpos institucionalmente discriminadores como la policía o el ejército, con el que tendrán la oportunidad de invadir otros países y cometer crímenes de guerra; o cuando se entrenan en los deportes más duros y exclusivamente masculinos, tanto da lo crueles y peligrosos que sean, como las carreras de caballos o el toreo, donde además tu vida corre peligro.

Una vez que las mujeres hayan entrado en estas categorías tradicionalmente masculinas, a nadie se le ocurrirá preguntar por qué a cualquiera, independientemente de su género, se le pasa por la cabeza colaborar con estas instituciones tan represivas. El quid de la cuestión es que los hombres viven y trabajan en una sociedad despiadada que se sostiene a través de un orden social basado en la humillación ritual, los clubes de caballeros, las peleas, los ritos de paso, el sexismo y la charla insustancial.

Cuando una mujer entra en territorio masculino, ya sea en derecho, política o en una obra, se encuentra un mundo totalmente repulsivo en el cual solo puede sobrevivir afrontando un cambio personal profundo dejándola sin margen de maniobra. Una muestra de esto es cómo se caracteriza a las mujeres profesionales de duras y agresivas en comparación con sus colegas masculinos. Las mujeres asertivas son siempre zorras agresivas.

Es imposible modificar estos ámbitos masculinos, son resistentes a influencia externa porque las mujeres somos una minoría a la que se puede dejar fuera en cualquier momento y los propios hombres han invertido mucho en el sostenimiento de este statu quo.

La Ley de Igualdad de 2010 del Reino Unido, que reemplazaba a la Ley de Discriminación Sexual de 1975 se redactó para dar la falsa impresión de que la sumisión legal de las mujeres había sido superada sobre el papel. Reunió mucho apoyo político porque los propios políticos sabían que no iba a provocar grandes cambios. Existe legislación para la igualdad por toda Europa, sin que la haya en ninguna parte.

La actitud del mundo legal hacia la igualdad queda de manifiesto cuando vemos la cantidad de mujeres fiscales generales del Estado que ha habido en la historia: una por 202 hombres. La Ley es de difícil aplicación debido a las exorbitantes costas legales y a la longitud de los procesos. Del 89% del cuerpo de enfermeras que denunciaron haber sufrido acoso sexual, solamente el 1% iniciaron acciones legales. Son conscientes que ganen o pierdan, se les pondrá el cartel de pendencieras  y se les irá al garete toda esperanza de ascender.

La Ley es un empuje a la igualdad ya que cierra la puerta a la discriminación positiva. Las igualitaristas rechazan al discriminación positiva, creen en que la igualdad de trato traerá igualdad de oportunidades. Sin embargo, he aquí una contradicción, las igualitaristas son partidarias de un 50/50 de hombres y mujeres dentro de las instituciones pero estas mismas leyes imposibilitan la contratación de mujeres en grandes números porque también consideran ilegales las cuotas.

En este debate por la igualdad también surgen otras situaciones de desigualdad. El derecho a la baja por maternidad o al aborto no es un derecho ecuánime, y como tal, las mujeres reclaman discriminación por sus diferencias de género. Una mujer nunca será igual a un hombre porque forzosamente no puede serlo, y las singularidades de género no es algo que tengan en cuenta las igualitaristas.

Enredarse en el debate sobre igualdad o diferencia es algo que agota las energías del movimiento feminista. Los hombres apelan a la igualdad o la diferencia según les convenga, apelan a la igualdad en las bajas de paternidad y a la diferencia cuando defienden cobrar más primas por trofeos deportivos.

El debate entre diferencia e igualdad es fútil, la igualdad resultaría cruel para los hombres si recibieran el mismo trato que reciben las mujeres: estaríamos hablando de una generalización de la ablación de testículos, una tasa interanual de violaciones que se dispara de 9.000 a 69.000, un aumento sin precedentes de la trata de hombres, penes de hombres por todas las secciones de publicidad, veríamos a hombres con el pene al aire en pasarelas de moda y los partidos políticos harían campaña con vehículos rosas y azules para atraer a uno u otro género.

A diferencia de las igualitaristas, las feministas no queremos que los hombres sufran nuestra opresión.

El debate igualitarista perpetúa el patriarcado, mientras que el feminismo busca empoderar a las mujeres en base a ellas mismas, no a otros hombres. Y por eso soy feminista, y no igualitarista ni nada de eso, creo que la igualdad es perjudicial para las mujeres y para muchos hombres, ya que les obliga a perpetuar comportamientos degradantes y despersonalizadores. Nuestra sociedad avanza un peldaño más hacia la crueldad cuando las mujeres firman aceptan las condiciones masculinizantes  de la misma.

Los hombres controlan la balanza de poder y este poder se reparte de manera nociva y se usa para fines aún peores. El cambio solo podrá llegar cuando redefinamos y redistribuyamos este poder, eliminemos estas jerarquías y reevaluemos los estándares que los hombres han predefinido..

*Este artículo se inspiró en dos de las mejores pensadoras feministas de nuestro tiempo, Germaine Greer y Batherine MacKinnon.

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Mitos y realidades sobre las mujeres musulmanas

Del original de Ruby Hamad en Daily Life The most common myths about muslim women and why they are wrongtraducido por Tina Mita ❤ y corregido por Demonio Blanco.

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La percepción occidental de las mujeres musulmanas es a menudo contradictoria. A pesar de que se las compadece por considerarlas víctimas de opresión, las mujeres musulmanas  también tienen que soportar el resentimiento contra lo islámico. La semana pasada, dos mujeres australianas y musulmanas, Randa Abdel-Fattah y Anne Azza-Aly, en el programa de debate Q&A del medio ABC de Australia  destruyeron muy atinadamente muchos de los mitos y visiones distorsionadas que contaminan el ámbito del Islam y del terrorismo. Como respuesta a la creciente tensión tras las «redadas del terror» en el país, pedí ayuda a Randa,  abogada que se encuentra actualmente trabajando en su doctorado, y de Anne,  investigadora especializada en lucha antiterrorista, con el fin de desmantelar algunos de los mitos más comunes relativos a las mujeres musulmanas.

Mito: Las mujeres musulmanas están oprimidas

El supuesto que todas las mujeres musulmanas se encuentran oprimidas tiene su origen, principalmente, en los requerimientos islámicos de vestimenta (hijab). Mientras que el Corán exige tanto a hombres como a mujeres vestir «modestamente», en la práctica es principalmente la indumentaria femenina la que está sometida a escrutinio, y sus múltiples denominaciones dan lugar a interpretaciones encontradas con respecto a su propio significado. Mientras que las mujeres pertenecientes a la pequeña secta alauita abandonaron todos los tipos de hijab ya en los años sesenta, en el Islam suní (dentro del cual se encuentra el Salafismo, el más estricto en su interpretación), se inauguró una tendencia hacia una vestimenta más conservadora, por la cual cada vez más mujeres comenzaron a cubrirse la cara y el pelo.

Por supuesto, cualquier mujer que es forzada, ya sea por el Estado o por su propia familia, a llevar  burqa o cualquier tipo de pañuelo en la cabeza, está siendo víctima de opresión. No obstante, muchas mujeres musulmanas eligen llevar velo por voluntad propia, y que esta elección sea solo potestad de mujeres nos lleva a  cuestionar legítimamente si tal elección puede ser realmente libre. Sin embargo, Randa advierte que «todas estamos sujetas a la influencia de ciertas normas y expectativas sobre maneras de vestir, de comportamiento, de expresión… Creo que muy pocas decisiones son realmente «libres», ya sea a la hora de llevar el hijab o no, tanto si somos religiosas como si no.»

En otras palabras, todas nuestras decisiones se encuentran coaccionadas por la sociedad patriarcal en la que vivimos. La impresión de que todas las mujeres musulmanas se encuentran subyugadas está vinculada a la errónea convicción de que la liberación de las mujeres en occidente ya se ha conseguido. Sin embargo, la idea de que los cuerpos femeninos existen básicamente para ser objetos sexuales está  afianzada tanto en Occidente como en las sociedades musulmanas, ya que a las musulmanas se las empuja a ocultar su sexualidad mientras que a las occidentales se las anima a explotarla.

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La abolición de estos sistemas de opresión no pasa por algo  tan sencillo como prohibir un tipo determinado de vestuario. Así como las mujeres occidentales se hicieron ellas mismas con las riendas de su propia liberación,  otro tanto deben hacer las mujeres musulmanas que se sientan constreñidas por su cultura. Anne defiende que una de las maneras por las que las musulmanas pueden ejercer su descontento puede ser «abriendo un debate sobre el niqab (burqa) al margen de cuestiones de derechos y apariencias y llevado al terreno del simbolismo político y de las interpretaciones religiosas». Irónicamente, cuanto más se obsesiona Occidente con el burqa y más intenta dictar cómo deberían vestirse las musulmanas, más musulmanas son excluidas del debate.

Mito: Las mujeres musulmanas o son analfabetas o lo parecen.

Las personas que pudieron presenciar el programa de las semana pasada habrán podido comprobar como Randa y Anne son un ejemplo de cuán erróneo es este mito, sin embargo, la propia hostilidad en algunas naciones musulmanas hacia la educación de mujeres alienta la percepción de que el propio Islam desaprueba la educación femenina.

«Es ridículo que en la mayoría de países musulmanes hayan olvidado u optado por ignorar la rica historia de jurisprudencia islámica, que han protagonizado  un montón de maravillosas mujeres musulmanas», dice Randa, «Existe una enorme brecha entre la doctrina Islámica, nuestra historia y lo que actualmente percibimos».

Un hecho verídico es que la primera universidad del mundo la fundó una mujer musulmana en el siglo IX, y hoy en día las mujeres musulmanas trabajan sin descanso para asegurarse acceso a la educación. Una de ellas es Malala Yousafzai, pero también hay otras,  como Sakeena Yacoobi, fundadora del Instituto Afgano de Enseñanza, que empezó educando a niñas en la clandestinidad durante el gobierno talibán en ese país en los años noventa.

La triste verdad es que existen fundamentalistas misóginos que niegan la educación tanto a mujeres como a algunos hombres simplemente porque eso facilita su opresión. Sin embargo, la doctrina islámica no solo condena este hecho, sino que se opone sistemáticamente al mismo: las primeras palabras del Corán rezan «Lee. Lee en el nombre del Señor.»

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Mito: Las mujeres musulmanas constituyen un riesgo para la seguridad nacional.

En Australia, cuando el senador del Partido Liberal Australiano, de centro derecha, Cory Bernardi se apoyó en los recientes «terror raids» (redadas del terror) para, de nuevo, pedir la prohibición del burqa, la senadora Jacqui Lambie, del partido PUP  (Palmer United Party, denominado así por su fundador, el magnate de la minería Clive Palmer),  conservador, no dudó en unirse rápidamente a la propuesta, coincidiendo ambos en que el velo representa un riesgo para la seguridad del país.

Anne nos dice que mientras en algunos países árabes se ha prohibido el burqa por razones de seguridad, en Australia «no se han registrado incidencias que justifiquen ese nivel de preocupación». Es más, «existen fatwas (decretos religiosos) que dictaminan que el niqab (burqa) debe ser eliminado en circunstancias que requieran identificación con fines médicos o de seguridad. Así que ya existe una  manera de mitigar los riesgos que puede provocar el uso de indumentaria que cubre el rostro respetando a la vez sentimientos religiosos».

El punto al que quiero llegar es que no hay razón para responsabilizar a mujeres de actos terroristas perpetrados principalmente por hombres. «No hay pruebas de la relación entre el terrorismo y el niqab,» dice Anne, «realmente no existe ese problema.»

Mito: Las mujeres musulmanas se encuentran un escalón por debajo de los hombres.

Crecí en una casa donde de costumbres alauitas, donde mis hermanos recibían un trato preferente. Sin embargo, también recuerdo las razones (o excusas) dadas por mis padres tenían más relación con el estatus o la reputación que con la religión, y ahí surgía la clásica comidilla: «¡Pero no podemos dejarte salir! ¿Qué dirá la gente?!»

La línea que separa cultura y religión es muy estrecha. Mi amiga Sofía, profesora universitaria, dice que la religión es cultura, y que analizar ambas como fenómenos separados no esclarece nada. Las sociedades humanas moldean y modifican la religión según sus peculiaridades y prácticas (lo cual es, efectivamente, lo que observamos en grupos terroristas modernos).

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Esto no modifica el hecho de que el trato detestable hacia las mujeres en muchas sociedades musulmanas no concuerda ni con la historia del Islam ni con la palabra del Corán. Mientras que mi visión del Islam parte desde una visión más secular que espiritual, para Randa cada día representa «una constante lucha para conciliar mi profunda convicción y devoción por la fe Islámica y las enfermizas noticias de abusos a mujeres en nombre de mi fe».

No obstante, añade, «no creo ni por un momento que la opresión y brutalidad dirigida contra mujeres parta de sinceras creencias religiosas. La opresión de la mujer es esencialmente una cuestión de ansia de poder y dominación sobre las mujeres, y puede manifestarse desde un ataque a niñas que buscan educación en Afganistán o el trato de segunda a las mujeres en Arabia Saudí».

A pesar de todas sus diferencias, las bases de las sociedades musulmanas y las sociedades occidentales son fundamentalmente las mismas, ya que las dos se han construido bajo el precario pilar patriarcal. Por mucho que nos guste culpar a la religión de todos los males del mundo, la verdad es que mucho de lo que consideramos represión religiosa es en realidad misoginia cultural.

Con respecto a esto último, os dejo con la palabra de Randa, quien hace un llamamiento por «una especie de cirugía radical en los países musulmanes con el fin de eliminar la fístula putrefacta y enfermiza del patriarcado, que amenaza con definir a la mitad de la población como órganos sexuales andantes… Esto conllevaría la promoción de argumentos teológicos fundamentados que empoderasen a las mujeres para así conseguir tomar decisiones dignas basándose en su propia tradición religiosa.»

Amén.

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