Desmontando el mito del racismo inverso: no, la esclavitud irlandesa jamás existió.

Original por Liam Stack en el New York Times, Debunking a Myth: Irish Were Not Slaves, Too.

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Esta foto de 1908, en la que aparecen un grupo de pescadores en la iglesia de San Juan en Barbados, se usa muy a menudo para ilustrar memes que defienden falsamente que la población de origen irlandés fue tratada como esclava en la América colonial.

Ha aparecido en páginas de Facebook de cultura general irlandesa, en revistas científicas en Estados Unidos y en tablones de nacionalistas blancos: la poco conocida historia de la esclavitud irlandesa que ayudó a construir los Estados Unidos, de quien se dice que en un momento dado superó a la de origen africano y cuyo trato era peor incluso que el de esta última.

Sin embargo, esto,no es cierto. La historiografía actual defiende que el concepto de esclavitud irlandesa se basa en una interpretación errónea de la historia, y que esta anomalía en la mayoría de ocasiones viene originada por motivaciones políticas. Los memes de extrema derecha abundan por toda Internet, y son utilizados como armas de corte racista contra la población afroamericana. También existió la esclavitud irlandesa, dicen estos memes, lo superamos, ¿por qué vosotros no?

Un grupo académico formado por personas de origen irlandés y estadounidense han dedicado años a hacer retroceder este bulo. El año pasado, 82 personas del mundo de la academia y la escritura redactaron una carta abierta denunciando este falso mito de la esclavitud irlandesa y solicitando a los medios que dejaran de mencionarlo. Algunos rectificaron, eliminando o revisando los artículos en los que se hacía referencia a estas falsedades; sin embargo, el impacto de la carta tuvo un efecto limitado.

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Un meme ilustrado a partir de una foto de 1908 en Barbados hace uso de varias falsedades al respecto de la historia de la inmigración irlandesa en Estados Unidos para criticar a la población afroamericana.

Hechos vs. Ficción.

El discurso sobre la esclavitud irlandesa se sustenta sobre una malinterpretación de la historia de la servidumbre por contrato, motivo por el cual gran cantidad de población europea pobre emigró a los Estados Unidos y al Caribe en el periodo colonial temprano, afirma la historiografía.

Sin duda, la vida fue durísima para esta gente, sometida a un trabajo servil y  no remunerado; en muchas ocasiones recibían un trato vejatorio y gran parte de ella no accedió a esta servidumbre voluntariamente. Algunas de estas personas eran prisioneros políticos, y otras conformaban mano de obra infantil.

«No estoy diciendo que fuera algo agradable ni nada, más bien lo contrario, pero esta situación se encontraba en una categoría ajena  a la de la esclavitud», cuente Liam Hogan, investigador irlandés que ha llevado la iniciativa en esta lucha por desmontar el mito. «Era una situación pasajera».

Las diferencias legales entre esta servidumbre y la esclavitud eran enormes, afirma Matthew Reilly, arqueólogo experto en Barbados. A diferencia de la población esclava, las personas sometidas a servidumbre eran consideradas humanas legalmente. Su servidumbre se legalizaba por un contrato que limitaba su servicio a un periodo de tiempo definido, muy a menudo siete años, a cambio del pasaje a las colonias. El estatus de privación de libertad no se perpetuaba a sus descendientes.

Las crónicas contemporáneas irlandesas se referían comúnmente a estas personas como esclavas, afirma el señor Hogan. Esto era cierto en el sentido de que cualquier forma de trabajo forzoso puede ser descrita como esclavitud, desde la de la Antigua Roma hasta el tráfico de personas hoy en día. Sin embargo, en la América colonial y el Caribe, el término esclavitud ostentaba un significado legal concreto y específico. La población europea, por definición, no se encontraba incluida en él.

«La servidumbre por contrato implicaba la firma de un documento legal por ambas partes; sin embargo, la esclavitud no tenía estas características, no se reflejaba en un documento contractual», nos cuenta Leslie Harris, catedrática de Historia Afroamericana en la Universidad del Noroeste. «Existe una diferencia de calado entre ser un prisionero de guerra, algo parecido al primer caso, y que  compren o vendan tu cuerpo como parte de un intercambio comercial, caso de la segunda».

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Esta imagen, extraída de una pintura de 1884 mostrando un mercado de personas esclavas en la Antigua Roma, por Jean-Léon Gérôme, se usa en muchos memes y artículos para defender la que la inmigración irlandesa en la América colonial era esclava.

«Eh, que la esclavitud irlandesa también existió».

Estos memes a veces aparecen en plataformas de corte apolítico, como en páginas de culturilla general, pero ahora se han extendido debido a la creciente tensión política y racial en países como Estados Unidos, según Hogan. Un argumento que acompaña a estos memes y les sirve de cimentación es que tanto la historiografía como los medios nos están ocultando la verdad. El propio Hogan afirma haber recibido amenazas de muerte de estadounidenses por su trabajo.

«Estos memes comparten elementos comunes: la falsedad de que la población irlandesa fue esclavizada en América y el Caribe tras la invasión británica de Irlanda de 1649 por Oliver Cromwell, el falso mito de que las personas de origen irlandés sometidas a esclavitud eran más baratas y recibían peor trato que las de origen africano y el bulo de que a las mujeres irlandesas se les obligaba a procrear con hombres negros.

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Esta versión del meme usa una fotografía de 1911 que retrata a mano de obra infantil en una mina de Pennsylvania para ilustrar los falsos mitos sobre la esclavitud irlandesa. Muchos de ellos son fáciles desenmascarar. La mayoría de memes usan fotografías, algunas incluso del Holocausto judío o de mano de obra infantil del siglo XX para ilustrar eventos del siglo XVII, siglos antes de la invención  de la fotografía. Muchos de ellos hacen referencia a un edicto del rey Jacobo II en 1625, cuando el nacimiento de este monarca data de 1633.

En muchas ocasiones se hacen con atrocidades concretas sufridas por población esclava de origen africano y las sustituyen por población irlandesa. Su evento favorito es la masacre Zong de 1781, en la cual 130 personas sometidas de origen africano fueron arrojadas por la borda de un barco negrero a su suerte.

InfoWars, el sitio web conspiranoico y de extrema derecha aupado por el Presidente Trump, es uno de los lugares que más ha defendido falsamente que las víctimas de esta masacre fueron irlandesas, inflando la cifra total de víctimas añadiendo incluso un cero al final.

«Acaba pareciendo una carrera desde abajo a ver quién ha sufrido más», dice el señor Reilly, a lo que añade que «estos memes son también un instrumento por el cual cierta gente se sirve para reivindicar un linaje concreto con el único objetivo de defender un posicionamiento político».

Los orígenes de una idea equivocada.

El discurso sobre la esclavitud blanca ha sido una herramienta muy usada por la extrema derecha; sin embargo, no comenzó a ser concretamente irlandesa hasta la publicación en el año 2000 de «To Hell or Barbados: The Ethnic Cleansing of Ireland» (Al Infierno o Barbados: la limpieza étnica de Irlanda), escrito por el fallecido periodista Sean O’Callaghan, cuya obra Hogan y otras tantas personas califican como dotada de una pobre investigación. Sin embargo, recibió críticas positivas en Irlanda y en países como Estados Unidos se convirtió en una lectura común.

En países como este último, el libro vinculó el discurso sobre la esclavitud blanca con un grupo étnico que ascendía a 34 millones de personas, la mayoría de las cuales habían crecido con historias de la rebelión irlandesa contra el dominio inglés e historias de prejuicios anti irlandeses en Estados Unidos a principios del siglo XX. Y, desde aquí, despegó.

El trabajo de O’Callaghan se incluyó en páginas sobre genealogía irlandesa, en ensayos muy populares en línea y en artículos de publicaciones como el Scientific American y el Daily Kos. También apareció en el IrishCentral, el portal de noticias líder orientado a población de origen irlandés, donde la mayoría de comentarios en Facebook iban dirigidos contra la población afroamericana.

Los memes comenzaron a popularizarse en tablones de nacionalistas blancos, páginas neonazis y páginas de extrema derecha como InfoWars. En las redes sociales, predominan sobre todo en Facebook, donde han recibido millones de publicaciones compartidas.

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Este cartel sobre una posible película sobre la esclavitud irlandesa ilustra una fotografía de mano de obra infantil en una granja en Texas.

La manipulación de la historia como arma.

Irlanda tiene una larga historia de tragedias verificables: siglos de ocupación británica, hambrunas, emigración y violencia sectaria. Tres décadas de conflicto armado en el norte que no finalizó hasta 1998 y violencia paramilitar de manera intermitente desde entonces.

El señor Hogan argumentaba que era horrible para mucha población nativa irlandesa ver cómo en Estados Unidos «la historia se usa como arma» por quienes se jactan de tener alguna vinculación con la isla. Él mismo afirmó que, para algunas personas, parecía que el meme «pretendía sustituir la verdadera historia de Irlanda».

Es cierto que existía un sentimiento anti irlandés en los Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XX; sin embargo, era algo distinto a la servidumbre presente en el siglo XVII, dice Harris. La descendencia de esta gente sometida, irlandesa o no, no sufrió un legado de racismo similar al que sufrió la población afrodescendiente.

Sin embargo, la existencia de este meme le parece poco sorprendente. «Siempre ha habido una reacción muy agresiva a la hora de hablar sobre nuestro pasado de esclavitud que aún perdura», afirma Harris; quien no olvida mencionar las leyes segregacionistas que perduraron hasta los sesenta y otras formas de discriminación contra la población negra que nació y creció cuando la esclavitud ya era historia.

«Este uso fraudulento de la historia irlandesa devalúa la historia real», dice Hogan. «Existen bibliotecas repletas con todo lo horrendo que ocurrió realmente. No necesitamos estos memes ni artículos sórdidos hasta arriba de mentiras».

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Gandhi: el racista misógino tras el mito

Original por Mayukh Sen en Broadly, Gandhi Was a Racist Who Forced Young Girls To Sleep  In Bed With Him.

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Gandhi en 1942 (Wikimedia Commons)

En agosto de 2012, poco antes de la celebración del 65 aniversario de la independencia de India, el India Outlook, una de las revistas con más tirada en el país, publicó los resultados de una encuesta realizada entre sus lectores. La pregunta era “¿quién tras “el Mahatma” era la persona de nacionalidad india más importante de toda su historia?” “El Mahatma” detrás de esa aduladora pregunta era, sin duda, Mohandas Karamchand Gandhi.

No nos sorprende en absoluto que Outlook  tratara de realidad esta conjetura: Gandhi se ha convertido en el barómetro absoluto que mide la grandeza india, y a veces la grandeza global. Después de todo, ¿a quién no le gusta Gandhi? Nos le han presentado siempre como un anciano frágil y malnutrido de moral pura y alma piadosa. Un hombre que trajo consigo a India toda una cosmología de resistencia no violenta, un país al que ayudó a liberarse de las cadenas del imperialismo británico. Combatió mediante valientes huelgas de hambre hasta que un nacionalista hindú le disparó, asesinándole y convirtiéndole en mártir.

Mi abuelo materno ingresó en prisión con Gandhi en 1933 así que crecí sabiendo que este mito se formó mezclándose con medias verdades. Mi abuelo se llevó sus memorias de la cárcel a un ashram (monasterio hindú) que él mismo creó en el corazón de la Bengala occidental. Fue así como mis progenitores me inculcaron un conocimiento íntimo de Gandhi que basculaba entre el elogio y la crítica. Mi familia le adoraba, aunque nunca nos creímos el mito de que él solo articulara el movimiento independentista indio. Luego también estaba el asuntillo de su fanatismo, que en casa era tabú. Décadas después de su asesinato, la imagen de Gandhi se creó a expensas de la realidad: se eliminaron todos los detalles controvertidos para que olvidáramos su discurso antinegro, su vehemente alergia a la sexualidad femenina y un rechazo global a la liberación de la casta Dalit, el grupo social conocido como “intocables”.

Gandhi vivió en Sudáfrica durante dos décadas, de 1893 a 1914, ejerciendo como abogado y luchando en pos de los derechos de la población india, pero eso, SOLO de la india. Para él, como expresó sin tapujos, la población negra sudafricana apenas podía considerarse humana. Se refería a ella con el término despectivo local de kaffir. Se lamentaba de que la población india fuera considerada “tan solo un poco mejor que las poblaciones nativas de salvajes de África”. En 1903 declaró que “la raza blanca sudafricana debía prevalecer en el país”. Tras ingresar en prisión en 1908 se burló del hecho de que la población reclusa de origen indio se encontrara encerrada junto a la de etnia negra, no junto a la blanca. El activismo en Sudáfrica ha tratado de visibilizar estas partes de pensamiento de Gandhi, como hicieron el pasado septiembre dos académicos del mismo país, con poco éxito,  la conciencia cultural global necesita una sacudida más fuerte que la que pueden facilitar algunos círculos de Tumblr.

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Gandhi en Sudáfrica (Wikimedia Commons)

En esta misma época se produce también el despertar misógino de Gandhi, el cual le acompañará durante toda su vida. Durante sus años en Sudáfrica, una de las medidas en represalia por la agresión sexual de un joven a dos de sus seguidoras fue cortar el pelo corto a estas últimas para así evitar nuevas “invitaciones” de corte sexual. Michael Connellan, en un artículo en The Guardian explica de manera muy cuidadosa cómo Gandhi opinaba que las mujeres abandonaban su humanidad en el momento en que sufrían violación a manos de un hombre. Creía firmemente que los hombres no eran capaces de frenar su impulso depredador básico y que las mujeres eran las responsables de estos impulsos, quedando a su merced. Su visión de la sexualidad femenina era igualmente deplorable. Según Rita Banerji en su libro Sex and Power, Gandhi consideraba la menstruación como la “manifestación de la deformación del alma de la mujer por su propia sexualidad”. También consideraba el uso de anticonceptivos como una llamada a la prostitución.

Se enfrentó a esta aparente incapacidad del hombre para controlar su libido cuando, en su retorno a India, juró castidad (sin debatirlo con su mujer) y comenzó a hacer uso de mujeres, muchas de ellas menores, como su sobrina nieta, para probar su templanza sexual. Dormía desnudo junto a ellas en la cama sin tocarlas para asegurarse de que no sentía excitación. Estas mujeres se convirtieron en peleles para él durante su conversión al celibato.

“La imagen de Gandhi se creó a expensas de la realidad: se eliminaron todos los detalles controvertidos para que olvidáramos su discurso antinegro, su vehemente alergia a la sexualidad femenina y un rechazo global a la liberación de la casta Dalit, el grupo social conocido como “intocables”.”

Kasturba, la esposa de Gandhi, fue su saco de boxeo más recurrente. “Es que no puedo soportar mirarla a la cara”, masculló en una ocasión refiriéndose a ella, por estar haciéndose cargo de él durante una enfermedad. “La expresión de su cara es como la de una vaca sumisa y te provoca la misma sensación que el animal,  como si, de alguna estúpida manera, estuviera intentando decirte algo.” La disculpa para esto, se suele argüir, es que las vacas para el hinduismo son sagradas, y que la comparación entre su esposa y una vaca fue un velado cumplido. O también se puede atribuir a un simple rencor matrimonial. Cuando Kasturba enfermó de neumonía, Gandhi le negó la penicilina pese a que su entorno médico insistía en que eso la curaría. No cedió en la creencia de que ese nuevo medicamento era un extraño brebaje extranjero que su cuerpo jamás toleraría. Terminó sucumbiendo a la enfermedad y murió en 1944. Años más tarde, quizás percatándose del grave error que cometió, consintió en aplicarse quinina para tratar su malaria. Sobrevivió.

Existe un empuje de corte occidental que ve a Gandhi como el sereno destructor de la sociedad de castas, algo categóricamente falso. Consideraba la emancipación de la casta Dalit como un objetivo inviable, y que no merecía la pena considerarles un electorado diferenciado. Su plan para la casta era que permaneciera complaciente esperando a una oportunidad que la historia nunca les daría. La casta Dalit continúa sufriendo por las consecuencias directas de este prejuicio sembrado en el poso cultural indio.

La historia, en palabras del ensayo de Arundhati Roy, “The doctor and the Saint”, ha sido especialmente benévola con Gandhi. Ha permitido que apartáramos sus prejuicios como meros defectillos, como manchas sin importancia sobre unas manos limpias. Sus apologetas insisten en que era humano y cometía errores. Es posible que muten esos prejuicios en algo positivo, demostrando que era una persona como cualquier otra, o quizá opten por otra vertiente discursiva: aquella que defiende que remarcar los prejuicios de Gandhi demuestra cómo al mundo occidental nos fascinan los problemas de la India, especialmente cuando nuestros escritores se obsesionan por crear de la nada lacras sociales para el subcontinente.

Este es el tipo de gimnasia mental que llevamos a cabo cuando se nos hace la boca agua creando dioses del Olimpo. Los rasgos infames de Gandhi aún perduran mayoritariamente en  la sociedad india (el odio a la negritud, la desconsideración hacia los cuerpos de las mujeres y la vista gorda del deplorable trato recibido por la casta Dalit). No es casualidad que los pilares del discurso de Gandhi sostengan hoy día a toda una sociedad.

Entonces, ¿cómo colmas las ridículas expectativas que te exige ser el o la mejor habitante de India? Alzar a una persona como la mejor de un país que sirve de hogar a miles de millones de personas es una carga brutal que nadie merece. Asimismo, la creación de un falso ídolo nos obliga a acometer un gran ejercicio de amnesia, pues lo sencillo es que se te caiga la baba ante un hombre que jamás existió realmente.

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Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión

Original por Chris Boeskool en Theboeskool.

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Nunca he recibido un puñetazo en la cara. Ni siquiera me he visto involucrado en ninguna pelea. No soy alguien que se meta en peleas, si acaso en “discusiones”. No es que me de miedo meterme en broncas, en varias ocasiones me he colocado en situaciones susceptibles de haber acabado en pelea, es que no me veo como el tío que da la primera leche, más bien soy el que rebaja el tono de la gresca con algo de lógica o humor. Una de las consecuencias de ser este tipo de tío es que al otro tipo de tío, ese de gresca fácil, por lo general no le caigo bien. Al menos al principio, solemos caernos bien después. Y no siempre. A veces no puedes hacerte con todos.

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La primera regla del Club de los Blancos es que no se habla del Club de los Blancos

Me  mudé a Nashville, en el sur de los Estados Unidos, sin conocer a nadie. Conseguí un trabajo de camarero en mi segundo día de estancia y, casi de inmediato, me convertí en uno de los camareros favoritos de la directiva, lo que me facilitó el acceso a mejores turnos, mejores secciones y mejor salario. Nueve meses después de llegar yo, contrataron a otro tipo. Nos caímos mal desde el minuto uno. A él no le molaban mis comentarios audaces y a mí no me molaba la manera que tenía de entrar a un lugar y parecer el amo y señor del mismo. Se movía por todas partes con esa altanería repelente, como que todo fuera suyo y que la presencia de otras personas se debiera a una especie de tolerancia por su parte, siempre y cuando nos apartáramos de su camino. Se corrían rumores sobre que el tipo había estado en la cárcel, y junto con otras pruebas, me quedó claro que era del tipo de tío que no es propicio a rebajar el tono en un momento de gresca. Era el tipo de tío perfectamente consciente de su fuerza, podías sentir que bajo la superficie bullía un torrente de energía que silenciosamente de desafiaba a decirle algo. Sin duda, me intimidaba.

Me molestó un poco al principio cuando, tan solo tras un mes de estar él trabajando ahí, ya estaba haciendo turnos en alguna de las mejores secciones… una boca más que alimentar significaba menos dinero para mí. Aun así, creo que hacía bien su trabajo; sin embargo, nada me hinchaba más las narices que lo siguiente: Chuck (le llamábamos Chuck pese a que ese no era su nombre, sin embargo, Chuck era un nombre que le pegaba) tenía la costumbre de caminar hacia a ti y SISTEMÁTICAMENTE confiar en que TÚ te ibas a apartar de su camino. Con las chicas no lo hacía, pero con otros tipos (especialmente yo), no variaba su camino y, sin establecer contacto visual, continuaba andando esperando a que tú te apartaras. En caso de no hacerlo, tu destino era impactar contra esa masa hercúlea y agresiva que parecía anhelar que alguien cuestionara su camino preestablecido. Esta parecía la descripción más típica de la vida de Chuck: andar recto hacia otras personas esperando a que se aparten. Hasta que un día…

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Ya estaba harto. Me quedé pensando: ¿por qué me estoy apartando del camino de este tío todo el rato? Lo más habitual en cualquier parte del mundo es que si dos personas transcurren por la misma dirección en sentido inverso, ambas se hagan un poquito a un lado, facilitándose recíprocamente ambas el paso. ¿Qué derecho tenía el tipo este a PRESUPONER que era yo el que tenía que apartarme? Otro pensamiento empezó a inundar mi mente: ¿y si ya no me aparto? ¿Y si sigo andando como si nada? Estaba harto de jugar con sus reglas, así que esa tarde, cuando me le encontré por el pasillo del restaurante (ambos nos movíamos muy rápido) caminando hacia a mí, comencé a andar hacia él, sin desviarme. No soy un gigante, pero sí lo suficientemente sólido como para mantenerme en pie (especialmente en momentos de colisión inminente), así que cuando impactó en mí se trastabiló y dio una vuelta sobre sí mismo. Allí mismo, enfrente de toda la clientela, dijo: ¿pero de qué coño vas, tío? ¿Estás bien? Le contesté. Estaba furioso y no dejaba de preguntarme por qué me había abalanzado sobre él. Le dije: Chuck, tan solo andaba de frente, ¿Por qué asumiste que el que me tenía que apartar era yo? Comenzó a perseguirme por todo el restaurante intentando caldear el ambiente para provocar un conflicto. Acabó parándome en frente de una mesa y cuando le espeté algo así como bienvenido al Planeta Tierra, me propinó un empujón durísimo. No fue un empujón del estilo que te ponen las manos en el pecho y empujan, sino del que las manos te golpean cuando ya van a mucha velocidad, y hace bastante ruido. Todos sus músculos de gimnasio descargaron sus energías sobre mí, sobre esa persona que se atrevió a cuestionar su derecho de paso, y caí dos pasos hacia atrás.

Me alejé de él mientras sentía mi corazón latir en mis orejas. Pensé en qué hacer, en si debería decirle algo al gerente (no me pareció buena idea), en si debería decirle algo más a Chuck (me pareció PEOR idea)… Así que decidí esquivarle y dejar que se calmara. Quince minutos después el gerente me llamó para hablar. Me dijo que un cliente había visto a Chuck empujarme de manera violenta, y que se había quejado describiendo los hechos (los describió como que hubiera recibido un “golpe” aunque fue un empujón). Le conté lo que ocurrió, sobre lo de que él siempre asumía que era yo el que me apartaría de su camino y lo de que por una vez, no lo hice, sobre la bronca y el empujón del final. Era un restaurante de empresarios, así que se tomaron todo muy en serio. El gerente rellenó un informe de incidencias y me pregunto si deseaba presentar cargos y si deseaba que le despidieran. Contesté que no quería verle perder su trabajo, solo que reconociera que todo el mundo tenemos derecho a paso, tanto como él.

Toda esta historia volvió a mi memoria al leer esta gran cita (de quien, por desgracia, no he encontrado autor o autora aún, así que permanece como “anónimo”):

Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión.

Y todo pareció cobrar sentido: toda esta rabia de la gente que grita “All Lives Matter” (todas las vidas importan) en respuesta a las manifestaciones convocadas por activistas de etnia negra en respuesta a los recientes asesinatos de jóvenes negros por la policía, todo el cabreo de la gente que proclama que SU “libertad religiosa” está siendo atacada por las parejas gays que se casan, toda esa gente escupiendo su odio contra inmigrantes o musulmanes o contra esa “moda” que les impide decir racistadas sin ser llamados racistas. Son la gente que ha crecido en un mundo en el que podían andar hacia otras personas y sabiendo que las demás se apartarían. Así que cuando “esa gente” en su trayectoria NO se aparta, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿por qué tengo que apartarme yo del camino de este colega?, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿y si no me muevo? ¿y si sigo andando como si nada? Cuando esa gente empieza a a darse cuenta de que tienen el mismo derecho a circular por el pasillo como cualquier otra… puede parecer que SUS derechos estén siendo vulnerados.

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La igualdad PUEDE parecer opresión, pero no lo es. Lo que sientes es la molestia de estar perdiendo ese privilegio, la misma molestia que en nuestra niñez sentimos cuando vamos a la guardería y descubrimos que otras personitas quieren jugar con el mismo juegue que nosotras. Es como la molestia que siente ese anciano acostumbrado a nadar en una piscina para él solo a la que ahora pueden acceder todos los miembros de la comunidad mientras grita: ¿¡y mi derecho a nadar yo solo en la piscina!?

La situación actual nos muestra ira por ambas partes. Por un lado, las personas enrabietadas porque “esa gente” se está colando en “su” piscina. O porque tienen que compartir sus juguetes con el resto del jardín de infancia. Les enfada que les llamen racistas solo porque dicen cosas racistas o tienen pensamientos racistas. Les enfada tener que tener en consideración a esa otra persona cuya trayectoria de paso comparten. Por otro lado está la gente que opina que la piscina es para todo el mundo, la que opina que lo correcto cuando llegamos al jardín de infancia es enseñarnos a compartir juguetes, la que opina que para respetar a los demás hay que prestar atención al uso del lenguaje, la que se posiciona en solidaridad junto a las personas que reclaman su derecho a existir… Las que legítimamente siente enfado al tener que apartarse siempre del camino. Las que se preguntan ¿y si sigo andando como si nada?

¿Qué tipo de persona eres tú?

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Cuando asesinas a diez millones de africanos no eres un “Hitler”

Original por Liam O’Ceallaigh en Diary of a Walking Butterfly.

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Echadle un ojo a esta foto, ¿sabéis quién es?

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Más de uno no habéis oído hablar de él en la vida, aunque deberíais. Deberíais enfermar solo de ver su cara o de escuchar su nombre tanto como lo hacéis cuando leéis sobre Hitler o Mussolini o veis algún retrato suyo. Aquí donde le veis, este tipo asesinó a diez millones de personas en el Congo.

Su nombre: Leopoldo II de Bélgica.

Fue “propietario” del Congo durante su reinado como monarca constitucional de Bélgica. Tras varios intentos coloniales fallidos en Asia y África, consiguió penetrar en el Congo. Lo “adquirió” y esclavizó a su población, convirtiendo a todo el país en su plantación esclavista personal, disfrazó sus negocios de “filantropía” y “esfuerzo científico” bajo la bandera de la Sociedad Africana Internacional e hizo uso de su mano de obra esclava para extraer recursos congoleños y servirse de infinidad de sus bienes. Su reinado se sostuvo sobre campos de trabajo, mutilaciones físicas, ejecuciones, torturas y un ejército privado.

La mayoría de nosotros y nosotras (no conozco el porcentaje, pero me atrevo a pensar que es bastante alto) no hemos oído hablar de él en nuestras escuelas. Tampoco en los medios. No forma parte de eje de odio repetido hasta la saciedad donde se encuentra el Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial. Este señor forma parte de una larga historia de colonialismo, imperialismo,  esclavitud y genocidio en África que choca con la construcción social del discurso supremacista al que tenemos acceso en nuestros centros docentes. No es alguien que encaje bien del todo dentro de un plan de estudios de cualquier país capitalista. Hacer comentarios abiertamente racistas es algo (a veces) que se rechaza dentro de las capas cultas de la sociedad, sin embargo, no hay problema  en omitir los genocidios causados en África por monarcas de países capitalistas europeos.

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Mark Twain escribió una sátira sobre Leopoldo a la que le puso el nombre de “El soliloquio del Rey Leopoldo, en defensa de su gobierno sobre el Congo”, y en la que se mofaba del reinado de terror del monarca a través de las propias palabras del mismo gobernante. Son 49 páginas. Mark Twain es un autor muy estudiado en nuestras escuelas pero como ocurre con la mayoría de autores que trataron temas políticos, estudiamos sus textos menos políticos o lo hacemos sin saber de las motivaciones del autor para escribirlos (Rebelión de la Granja de Orwell ha servido para reforzar la propaganda antisocialista en Estados Unidos aunque Orwell fuera un revolucionario anticapitalista, algo que en contadas ocasiones se señala). Nos dan a leer Huckleberry Finn y Tom Sawyer, pero el Soliloquio del Rey Leopoldo nunca aparece en las listas bibliográficas. No es un descuido, estas listas bibliográficas son acordadas por una junta educativa para que el alumnado aprenda a seguir órdenes y a sobrellevar el aburrimiento lo más airosamente posible. Y es así porque según criterios del Ministerio de Educación, África no tiene historia.

Cuando nos enseñan cosas sobre África, aprendemos sobre un Egipto que roza la caricatura, sobre el VIH (pero nunca sobre sus causas), sobre las consecuencias superficiales del comercio con esclavos y quizá sobre el Apartheid sudafricano (algo que ya hace muuuucho que superamos, a ver qué os creéis). También vemos miles de imágenes de infantes malnutridos en los anuncios de Cáritas o safaris en los programas de animales y fotos de desiertos en películas. Jamás aprendemos sobre la Gran Guerra Africana (o Guerra del coltán) o el Reinado del Terror de Leopoldo durante el genocidio congoleño. Tampoco se nos enseña sobre lo que los Estados Unidos han hecho en Irak o Afganistán, causando al menos de 5 a 7 millones de muertos mediante bombardeos, sanciones, enfermedad o hambruna. Las estadísticas de bajas son importantes, y en ella nunca están afganos, iraquís o congoleños.

Hay una página en la Wikipedia llamada “Genocidios en la historia”. No aparece el genocidio congoleño, aunque sí aparece mencionado el país: lo que hoy conocemos como República democrática del Congo figura en relación a la Segunda Guerra del Congo (también llamada Guerra Mundial Africana o Gran Guerra de África) donde ambos bandos del conflicto internacional dieron caza a Bambenga y se lo comieron. El canibalismo y la esclavitud son males horribles que debemos incluir en el estudio de la historia y sobre los que se ha de debatir sin dilación, pero no dejo de darle vueltas a qué intereses sirve el hecho de que la única mención al Congo en toda la página sea en referencia una serie de incidentes involucrando a varios países donde una minoría irrisoria de personas se devoró la una a la otra (vaciando de contenido las causas del conflicto, por supuesto). Estas historias que dan sustento al discurso supremacista blanco al hacer hincapié en la subhumanidad del pueblo africano tienen garantizado el acceso a los anales de la historia. El tipo blanco que convirtió todo el Congo en su plantación, campo de concentración e iglesia particular y asesinó de 10 a 15 millones de congoleños no pasó el corte para figurar en los libros de texto.

¿Veis? Asesina a diez millones de africanos y no te llamará nadie “Hitler”. Es decir, tu nombre nunca será el símbolo de la encarnación del mal, tu imagen no producirá miedo, odio ni tristeza, tus víctimas caerán en el olvido y tu nombre será borrado de la historia.

Leopoldo era solo uno de los miles de elementos que contribuyeron a la construcción del supremacismo blanco como discurso ideológico y como realidad sustancial. Y en absoluto digo que él fuera la fuente de todo mal en el Congo. A su mando estaban generales, soldados rasos y gestores que llevaron a cabo su voluntad e hicieron cumplir su ley. Era todo un sistema, algo que no excluye del debate a aquellos individuos que lo simbolizaban. Pero nada, ni eso. Y al haber desaparecido de la historia, los efectos del capitalismo en África, los privilegios que las personas blancas opulentas obtuvieron gracias a este genocidio permanecen ocultos. A las víctimas del imperialismo, como suele ocurrir, se las oculta tras un telón.

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Los hombres que no se fiaban de las mujeres

Original por Damon Young en The Huffington Post, Men Just Don’t Trust Women — And It’s A Huge Problem

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Tras cinco años de matrimonio, ocho meses de compromiso y otro año de lo que diantres anduviéramos haciendo antes de comprometernos, por fin he conseguido aprender algo de mi mujer. Bueno, no me malinterpretéis, he aprendido bastantes cosas de ella durante este tiempo, como que guarda en su armario una batamanta y una camisón que suele ponerse a la vez, pero había una cosa que se me había pasado hasta ahora.

Estábamos Panama, mi mujer, y yo charlando sobre la polémica del artículo de Rolling Stone sobre la violación que presuntamente se cometió en el campus de la Universidad de Virginia, en Estados Unidos y por el que luego la revista tuvo que pedir disculpas cuando comenzaron a arreciar críticas en torno a su veracidad. A esto le siguió lo de Bill Cosby, para acabar dándonos cuenta de la existencia de un patrón común a todas estas historias y subsiguientes debates.

La confianza, o más bien, la falta de la misma. En resumidas cuentas, los tipos no nos creemos las cosas si nos las cuenta una mujer más allá de nuestra madre, profesora o cualquier otro cuerpo asignado como mujer que se presente como figura de autoridad preestablecida. ¿Es que acaso nos pensamos que las mujeres son mentirosas compulsivas? No, no creo, pero nos cuesta más creernos algo si viene de una mujer que si viene de un hombre, sin duda.

Este texto va de cómo tras cinco años de matrimonio, otros ocho de compromiso y otro más de lo que diantres fuera lo que estuviésemos haciendo antes de comprometernos me acabo de dar cuenta de que no me fío de mi esposa.

Cuando sale a colación el concepto de confianza, lo solemos ubicar contextualmente en acciones, o de lo que es capaz de hacer tal o cual persona. Si confías en alguien, es que confías en que no te va a poner los cuernos, robar, mentir o asfixiar con una almohada mientras duermes. Vamos, que si es por esto, claro que me fío de mi mujer, sin duda, pondría la mano en el fuego por ella, no fastidiéis. También me fío de su opinión sobre temas importantes, confié en el pasado en ella como esposa y madre en ciernes, y en la actualidad ni se me pasa por la cabeza que vaya a envenenarme con los canelones.

¿Pero sabéis de lo que no me fío, y, además, no lo he hecho con ella ni con ninguna de las otras mujeres con las que he mantenido una relación? De sus sentimientos.

Si me viene conque está jodida con algo, primero reacciono con un ¿qué ocurre? Mi segunda reacción más común es, antes de incluso poder explicarse, es un fijo que exagera. ¿La tercera, ya cuando me lo ha contado? Vale, sé lo que dices y te voy a ayudar, pero fijo que eso que te hace tanto la puñeta no es ni mucho menos para tanto.

Como soy espabilado y tengo un poco de juicio, no lo digo en voz alta, pero normalmente lo pienso. Hasta que me acaba convenciendo de lo contrario, presupongo que su reacción emocional ante cualquier situación es inversamente proporcional a la opinión que yo tengo sobre el nivel de reacción emocional que requiere la situación. En pocas palabras, si ella está en ocho, yo digo que la situación no pasa de seis.

Hablo de mi relación, pero sé que no hablo solo por mí. El tropo de los sentimientos femeninos sobre los que uno, como hombre, no ha de fiarse ocupa un porcentaje estimado de 72,81 en las series que vemos, un 31,2 en los libros que leemos y un 98,9 en las conversaciones entre hombres sobre mujeres en sus vidas. En resumen: las mujeres están locas y nosotros no, y, a expensas de ellas, es algo que se pinta como un elemento más, inofensivo y hasta gracioso, de la guerra de sexos.

Y casi lo sería si se quedara en los sentimientos nacidos de la controversia relativa a fregar los platos o sacar la basura, pero no, ni mucho menos; esta desconfianza lo impregna todo, siendo responsable de la atmósfera de escepticismo que amenaza la veracidad de los relatos de sus propias experiencias.  Y si lo suyo es que no nos fiemos de sus sentimientos, mucho menos hemos de confiar en sus recuerdos.

Y de aquí llegamos a por qué hizo falta todo un equipo femenino de fútbol  de instituto para que empezáramos a plantearnos que igual Bill Cosby no se parece tanto al bueno de Cliff, de su querido programa. O por qué, pese a las miles de quejas de nuestras novias, colegas, primas, esposas y compañeras de clase, negamos el acoso callejero hasta que lo vemos con nuestros propios ojos; o por qué ponemos en duda durante años el testimonio de miles de mujeres sobre el músico y productor R.Kelly hasta que vemos el vídeo que le incrimina.

Existe un peligroso parecido entre cómo consideramos los hombres habitualmente los sentimientos femeninos y cómo lo hace la gente blanca con respecto a los de la no blanca. El otro día estuve echándole un ojo casualmente a una encuesta que mostraba que existe una mayoría de gente blanca que, hasta que no ha sido consciente por su propia cuenta, desconfía de lo que la comunidad negra opina en temas referentes a raza o racismo. Este es el trato que reciben las experiencias personales y los sentimientos: se les hace un lavado de razón; solo son válidos hechos que han sido contrastados y verificados cuidadosamente por blancos u otros negros de bien.

¿Y cómo apañamos esto? ¿Tenemos alguna opción de hacerlo, en realidad? No sé. Esta desconfianza hacia las mujeres está tan enraizada y es tan común que dudo mucho que siquiera los hombres nos demos cuenta de que existe. Bueno, mira, algo sí puedo hace: la próxima vez que mi mujer me venga a contar que algo le molesta y yo crea que no es para tanto, confiaré en lo que dice. Tras cinco años de matrimonio, ocho meses de compromiso y otro año de lo que diantres anduviéramos haciendo antes de comprometernos, es lo mínimo que puedo hacer.

Entrada original en VerySmartBrothas.com.

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Ferguson: el sistema no está roto, solo funciona a la perfección.

Del original en The Belle Jar On Ferguson – The System Isn’t Broken, It Was Built This Way.

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APTOPIX Police Shooting Missouri

Tengo un tío que era poli.

Sus hijas, mis primas, eran de mi edad, y cuando íbamos a ver nuestra familia a Québec cada verano, hacíamos vida en su casa. Tan pronto como llegábamos a casa de mi abuela, hartísimas y hechas una pasa tras ocho horas de viaje en coche, me ponía a marcar el teléfono de mis primas en su teléfono beige de ruleta. Me tiraba todo el maldito año escolar esperando el verano para pasar rato con ellas, nos escribíamos cartas durante todo el plomizo invierno maquinando planes para nuestras futuras hazañas estivales. La vida de la que disfrutaba con mis primas – nadar en su piscina, barbacoas familiares, jugar al escondite entre el monstruoso seto del jardín de mi abuela al anochecer – se encontraba a años luz del tedio rutinario de Ontario.

Casi cada verano, mi tío, en un momento dado, nos llevaba de visita a la comisaría. Jugaba con nosotras a que éramos delincuentes y nos tomaba las huellas o fingía hacernos unas fotos policiales. También nos dejaba explorar las celdas de la comisaría; recuerdo lo que me flipaban aquellos cuartos planos y monocromáticos en miniatura, cada uno con su lavabo y retrete. Una vez, me quedé zascandileando tanto rato, que me amenazó con encerrarme si no salía. Le respondí que guay, que por qué no lo hacía, y le pregunté por la comida que le iban a dar a los reclusos aquella noche. No tenía miedo, no tenía razones para sentirlo.

Como muchas otras personas blancas, crecí con la idea de que la poli estaba de mi lado. Me harté de oír que la policía estaba ahí para protegerme. Desde que mi más tierna juventud, me dijeron que si alguna vez me perdía o me encontraba en peligro, lo primero que debía hacer era contactar con un agente de policía. Me enseñaron que así funcionaba el sistema, que existía para protegerme.

Lo que nunca me contaron es que ese mismo sistema se dedica a proteger a la gente blanca primero y a las demás después, si tal.

He hecho por averiguar durante estos meses recientes por qué la gente blanca podemos llegar a cabrearnos tanto y de manera tan irreflexiva por los eventos que se han desencadenado en Ferguson. No os miento, es desconcertante oírles debatir sobre lo guay que es que un agente de policía le descerraje seis balazos a un hombre desarmado porque lo mismo ha robado unos puritos y encima no se sube a la acera. Me anonada la enorme cantidad de gimnasia mental que se requiere para llegar a creer que no hay nada malo en que un poli le meta seis tiros a un tipo en defensa propia. Esto vale para esto como vale igual para las reacciones blancas ante los asesinatos de Trayvon Martin, John Crawford III, Tamir Rice y otros incontables jóvenes negros asesinados sin una razón aparente. He vivido en la burbuja de una vida lo suficientemente privilegiada como para que las respuestas blancas a estos crímenes aún me conmocionen; sé que para las personas negras este tipo de comentarios están a la orden del día. No puedo mostrarme lo suficientemente indiferencia ante esta avalancha de odio racista como para convertirla en algo rutinario: he aquí una muestra de mi privilegio.

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A la gente blanca nos enseñan a lo largo de nuestras vidas a creer en el sistema. El sistema es civilización, el sistema es democracia, es nuestros tribunales de justicia, es las maneras en que el estado se hace cargo de nosotros y nos apoya. Nos cuentan que el sistema se encarga de que vivamos a salvo y sin miedo. Sin embargo, siempre que ocurre algo como lo de Ferguson, la gente blanca vislumbramos lo jodido que está el sistema, atisbamos destellos que nos hacen cagarnos vivos porque socavan los cimientos de cada sentimiento patrio que nos han inculcado a presión desde que ponemos un pie en este mundo.

Un mito recurrente y falso entre la gente blanca progre es que el sistema está jodido. Sin embargo, el sistema no está jodido, lo que ocurre es que se es construyó deliberadamente así, como un sistema para dar prioridad al bienestar y la seguridad de las personas blancas sobre las demás, y su forma de actuar es oprimiendo a personas negras en particular y no blancas en general. Según palabras de Ta-Nehisi Coates en una conferencia reciente a la que acudí: la maquinaria funciona como está previsto. A lo largo de la historia de los Estados Unidos y del Canadá, hay múltiples ejemplos de marginalización patrocinada por el Estado y de opresión a personas no blancas que incluso perduran hasta nuestros días y si no, echad un vistazo a la sobrepoblación de personas negras en las cárceles. Y este es el jodido sistema; y así es como está llamado a funcionar. No es necesario que lo arreglemos, porque ya funciona perfectamente, funciona de la manera que se espera que funcione. Lo que hace falta es que lo destruyamos y empecemos de nuevo desde cero.

Aquellas amigas mías con hijas negras, mientras luchan a diario contra la pena, el dolor y el miedo, intentan asegurarse de alguna manera de que su hija no sea el próximo Mike Brown o Trayon Martin, quieren saber qué decirles a sus hijas que las mantenga a salvo. Ojalá tuviera una respuesta para ellas, pero no la tengo… porque soy blanca y esto se sale del ámbito de mi experiencia personal, porque no estoy en una posición como para dar consejo y porque creo que no hay respuesta. La única manera de asegurarnos de que estas jóvenes no sufran daño alguno es que sean blancas, algo que es imposible amén de una respuesta horrible. Todo lo relacionado con esto provoca impotencia y espanto – y, repito de nuevo, he aquí a una persona blanca hablando de estas cosas, no puedo siquiera imaginar el tremendísimo miedo que las comunidades negras sufren ahora mismo.

Tenemos que – y con tenemos hablo de las personas blancas que pretendemos actuar como aliadas– pasar a la acción. Salgamos del centro del polisistema y comencemos a visibilizar las voces de las personas negras. En debates de justicia social, hagámonos un sitio, es nuestra obligación hacernos con una excavadora, entrar a saco y hacernos con la mayoría del espacio de debate. Hagamos por escuchar para que luego podamos girarnos y compartir nuestro aprendizaje con el resto de gente blanca. Tenemos que permitir que la gente negra lleve la iniciativa, así como tenemos que aprender a ser buenas seguidoras. Nosotras creamoseste sistema podrido, así que contribuyamos humildemente ahora construir uno mejor y más justo.

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Porque puede ser que incluso ahora mismo mi amiga esté sentada junto a su hija contándole cómo no siempre puede fiarse de la policía mientras, al mismo tiempo, alguna niña blanca con su tío poli está aprendiendo que las comisarías son un lugar pulcro y muy divertido para visitar y en el que jugar; siendo la única diferencia entre ambas el color de su piel. Todo está hecho una mierda y, a la vez, funcionando como un reloj.

Abajo incluyo algunas muy buenas obras escritas por autoras negras. Si eres blanca, por favor tómate tu tiempo para leerlas y educarte. Este es tu trabajo ahora mismo. Si conoces algún otro artículo (o entradas de blog, vídeos, lo que sea) cuyos autores sean personas negras o activistas, por favor, compártenos el enlace aquí y lo incluiré en la lista.

The Case for Reparations by Ta-Nehisi Coates

About Ferguson, White Allies and Speaking Up When It Matters by Awesomely Luvvie 

America’s Not Here For Us by A’Driane Nieves

A Letter to My Unborn Black Son by George Johnson

Youth Are on the Frontlines in Ferguson, and They Refuse to Back Down by Muna Mire

If There Are Good Cops Out There, Prove It by Albert L. Butler

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