La cultura de la violación. Guía para el caballero.

Del original A Gentleman’s Guide to Rape Culture de Zaron Burnett III.

Si eres un hombre, formas parte de la cultura de la violación. Y sí, ya sé que suena duro; no eres necesariamente un violador, pero perpetúas comportamientos a los que comúnmente nos referimos como cultura de la violación.

Seguramente estarás pensando «Para quieto ahora mismo, Zaron, ¡ni siquiera me conoces, colega! Como se te ocurra insinuar que me molan las violaciones… No, yo no soy de esos, tío».

Sé cómo te sientes, tuve la misma respuesta cuando me dijeron a mí que formaba parte de la cultura de la violación. Suena fatal, pero imagínate andar por el mundo sin dejar de tener miedo a que te violen. Aun peor, la cultura de la violación no solo es una mierda para las mujeres, lo es para todo el mundo involucrado en ella. Pero no  te obsesiones con la terminología, no te quedes pasmado en las palabras que te ofenden y dejes de lado lo que en realidad quieren decirte. La expresión «cultura de la violación» no es el problema; sí lo es la realidad que describe.

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Los hombres somos los principales responsables y los máximos apoyos de la cultura de la violación.

No somos los hombres los únicos que violamos, como no son las mujeres las únicas víctimas. Hay hombres que violan a otros hombres y mujeres que violan a hombres, pero lo que nos convierte a los hombres en sus máximos responsables es que somos los que cometemos el 99% de las violaciones denunciadas.

¿Y cómo formas parte de la cultura de la violación? Bueno, mira que no me gusta nada decirlo, pero lo haces simplemente por ser un hombre.

Cuando me cruzo con una mujer en un aparcamiento por la noche y ella anda por delante de mí, hago todo lo que creo posible para que a) no se sobresalte b) tenga tiempo de sentirse segura o cómoda y c) en la medida de lo posible, pueda acercarme de manera amistosa para hacerla saber que no soy una amenaza. Y lo hago porque soy un hombre.

Basicamente, me hago cargo de que esa mujer que me encuentro por la calle, en el ascensor, en las escaleras o donde sea se sienta segura; intento que se sienta tan segura como si yo no estuviera allí. Tengo presente que toda mujer que coincide conmigo en un espacio público y no me conoce, me lee como hombre. Un hombre que, en concreto, se encuentra repentinamente a su lado. Tengo que tener en cuenta su sentido de espacio y que mi presencia pueda hacerlea sentirse vulnerable. Y hemos aquí el factor clave, la vulnerabilidad.

No sé vosotros, pero yo no me paso la vida sintiéndome vulnerable. He tenido que aprender que las mujeres pasan la mayor parte de su vida social con constantes e inevitables sentimientos de vulnerabilidad. Paraos a pensarlo un momento. Imaginaos sentir una  constante sensación de peligro, como que tuvierais  la piel de cristal.

Como tipos modernos, lo que hacemos es buscar el peligro; elegimos vivir aventuras y practicamos deportes de riesgo para sentir como que estamos en peligro. En definitiva, bromeamos sobre nuestra vulnerabilidad. Así de diferente vemos el mundo los hombres (ojo, esto lo digo teniendo perfectamente en cuenta que existe una comunidad femenina de deportistas fde riesgo muy dinámica, que también ponen en peligro sus vidas a menudo. Sin embargo, ellas no tienen que ponerse exclusivamente en situaciones de adrenalina para sentir el peligro).

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Soy prácticamente abstemio y, podría decir, sólidamente, que llevo buenas pintas, lo que quiere decir que, andando solo por la noche muy raramente temo por mi seguridad. Algunos sabréis lo que quiero decir con esto. Muchas mujeres no saben lo que es moverse libremente por el mundo a cualquier hora del día o la noche y sentir que no va a haber ningún problema; de hecho, lo que sienten estas mujeres es lo contrario.

Una mujer siempre tiene que pensar adónde va, a qué hora irá, a qué hora llegará, a qué hora volverá, qué día de la semana es, si se quedará sola en algún momento… y así sigue la cosa, porque hay más elementos que me estoy dejando en el tintero. Yo, honestamente, no tengo que pensar mucho sobre lo que tengo que hacer para estar a resguardo en cualquier momento de mi vida. Me deleito con la libertad de la que dispongo para levantarme e ir de aquí para allá de día, de noche, llueva o haga sol, a cualquier parte de la ciudad. Si queréis llegar a entender la cultura de la violación, recordad que la mitad de la población no disfruta de esta libertad.

Estos son los motivos por los que intento usar una expresión corporal transparente y por los que trato de actuar de tal manera que los miedos y demás sensaciones que las mujeres puedan sentir al respecto se reduzcan. Os recomiendo encarecidamente que hagáis lo mismo. Os lo digo en serio, es lo mínimo que cualquier hombre podemos hacer en espacios públicos para que las mujeres se sientan más cómodas en este mundo que compartimos. Basta con que las tengáis en cuenta tanto a ellas como a su espacio personal.

Pensaréis que es injusto que paguemos justos por pecadores, que tengamos que cambiar nuestros hábitos por el comportamiento de otros tipos, pero, ¿sabéis qué? Tenéis razón, es injusto, ¿pero es culpa de las mujeres? ¿O es más bien culpa de aquellos tipos que actúan de manera infame y nos hacen quedar mal a los demás? Si te preocupa la justicia, descarga tu rabia sobre los tipos que hacen que tanto tú como tu forma de actuar sea cuestionable.

En el momento en que un hombre es sometido a evaluación; es decir, cuando se trata de determinar lo que un hombre es capaz de hacer, una mujer presupondrá lo que eres bien capaz de hacer. Desafortunadamente, esto implica que a los hombres se nos juzgará a partir de nuestro peor ejemplo. Ah, y si piensas que este uso de estereotipos es un asco, ¿cómo reaccionarías tú al encontrarte a una serpiente en el campo, eh?

¿No la tratarías como a una serpiente? Esto no es estereotipar, es juzgar a un animal por lo que es capaz de hacer y por el daño que es capaz de infligir. La ley de la jungla, tronco; eres un hombre, y las mujeres te tratarán como tal.

Es responsabilidad tuya ese miedo, razonable y comprensible, que se tiene de los hombres. Es verdad que no lo creaste, como tampoco creaste tú las autovías. Algunas cosas que heredamos de la sociedad molan, otras son cultura de la violación.

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Como ninguna mujer puede juzgar de manera acertada tus intenciones a primera vista, presupondrá que eres como los demás tipos. En el 73 por ciento de las violaciones, las víctimas conocían a su agresor, así que, si ni siquiera pueden fiarse ni juzgar acertadamente las intenciones de hombres a los que ya conocen, ¿cómo esperas que vayan a hacerlo contigo, un completo desconocido? La prevención de las violaciones no pasa porque las mujeres se eduquen en cómo evitarlas, sino en que los hombres no las cometan.

Para prevenir las violaciones, un hombre debe entender que un «no» nunca es un «sí», que cuando una mujer se encuentra bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y se ve incapaz de articular palabra no es un «sí» o que estar en una relación no implica un «sí» automático. Dejemos de concentrarnos en cómo las mujeres pueden evitar ser violadas o cómo la cultura de la violación hace sospechosos a hombres inocentes, ciñámonos a lo que, como hombres, podemos hacer para evitar que se cometan violaciones: desmantelar las estructuras que las permiten y modificar las actitudes que las toleran.

Ya que formas parte de ella, tienes el deber de saber lo que es la cultura de la violación.

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Extraído de la página de Marshall University’s Women’s Center:

La cultura de la violación es el entorno en el cual la violación ostenta una posición preponderante y en la cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La cultura de la violación se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de la mujer.

La primera vez que una mujer me dijo que formaba parte de la cultura de la violación, me posicioné en contra por motivos evidentes. Como muchos de vosotros, quise decir «Eh, a mí no me metas», pero, en vez de eso, la escuché. Más tarde, fui a ver a una escritora a la que admiro y la pedí que escribiera un artículo conmigo en el cual explicara la cultura de la violación específicamente para mí y para lectores hombres. Dejó de contestarme a los correos.

En primer lugar, me molesté. Más tarde, cuando quedó claro que de ninguna manera iba a obtener respuesta,me terminé de cabrear. Por suerte, sé evitar responder en caliente, los truenos impresionan pero es la lluvia la que en realidad nutre la vida, así que dejé que amainara la tormenta y me paré un momento a pensar. Di un paseo, uno de esos que hacen que se me encienda la bombilla.

A manzanas de mi casa, enfrente de un lavadero de coches, se me encendió. Si tanto me importaba la cultura de la violación, necesitaba salir a descubrirla yo mismo. Ninguna mujer me está en deuda conmigo por el hecho de que quiera saber algo que ella inherentemente  ya comprende. Ninguna mujer debe verse en la obligación de explicarme la cultura de la violación solo porque quiera saber lo que es. Ninguna mujer me debe una mierda. He vivido cómo me recorría profundamente el deseo de que una mujer me satisficiera. Incluso mi curiosidad, una de las cualidades de las que me enorgullecía, estaba contaminada de esa presunción androcéntrica omnipresente en la cultura de la violación. Lo que esperaba era que me satisficieran, y esa actitud es un problema. Así que empecé a leer y seguí hasta que entendí la cultura de la violación y mi lugar en ella.

Adjunto aquí una enumeración de ejemplos de cultura de la violación.

  • Echar la culpa a la víctima («lo iba buscando»).
  • Dulcificar las agresiones sexuales («Estos hombres…»).
  • Hacer chistes sexualmente explícitos.
  • Tolerar el acoso sexual.
  • Inflar las cifras de denuncias de violación falsas.
  • Elaborar un estudio sobre los hábitos de vestimenta, salud psíquica, motivaciones e historial de la víctima de carácter público,
  • Violencia de género gratuita en películas y televisión.
  • Definir la «masculinidad» como dominante y sexualmente agresiva.
  • Definir la «feminidad» como sumisa y sexualmente pasiva.
  • Presionar a los hombres para que «consigan sus metas».
  • Presionar a las mujeres para que «estén alegres».
  • Presuponer que solo violan a mujeres promiscuas.
  • Presuponer que no hay hombres violados y que los que hay son «débiles».
  • No tomarse en serio las acusaciones de violación.
  • Enseñar a las mujeres cómo no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar.

Ahora que ya sabes lo que es, ¿cómo puedes actuar dentro de esta cultura?

  • Evita el uso de lenguaje que despersonalice o degrade a las mujeres.
  • Alza tu voz si oyes a alguien contar un chiste ofensivo o que dulcifica la violación.
  • Si una amiga te dice que la han violado, tómala en serio y apóyala.
  • Mantén un pensamiento crítico con los mensajes que te llegan de los medios de comunicación sobre mujeres, hombres, relaciones y violencia.
  • Respeta el espacio ajeno incluso en situaciones distendidas.
  • Mantén comunicación constante con tus parejas sexuales, no presupongas el consentimiento.
  • Define tu propio concepto de masculinidad o femineidad. No dejes que los estereotipos guíen tus actos.

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¿Qué otras cosas puedes hacer en relación a la cultura de la violación cuando la experimentas en la vida real?

  1. Enfrentarte a otros hombres

No hablo de violencia, más bien eso es lo que tenemos que intentar evitar. Sin embargo, en ocasiones un hombre tiene que enfrentarse a otro hombre, por separado o en grupo, en determinadas situaciones. Cuando estoy en un espacio público y veo a otro hombre acosar a una mujer, me paro y me aseguro de que la mujer en cuestión me ve. Busco que se dé cuenta de que soy perfectamente consciente de la situación y espero que me de una señal explícita de ayuda. A veces, la pareja continúa peleando como que fuera invisible, pero en otras ocasiones, la mujer me hace ver que necesita apoyo e intervengo. Nunca he tenido que ponerme violento; en ocasiones mi sola presencia hace que el tipo se vaya si es desconocido o se explique si ya nos conocemos de antes. En resumen, la dinámica cambia. Por esto me detengo cuando veo que otro tipo está molestando en público a una mujer. Por alguna razón, me aseguro de que cualquier mujer, en lo que podría convertirse en una situación violenta (una situación que podría estar juzgando correctamente o no) encuentre la oportunidad para hacerme notar que necesita ayuda. Tengo una hermana pequeña, esa respuesta es prácticamente instintiva en mí.

Sin embargo, no solo hago esto con las mujeres. También he actuado así en una discusión afectiva entre dos hombres. Siempre que contemples una situación que parece salirse de control, y especialmente si están atacando a alguien o ese alguien pide ayuda, debes inmiscuirte. No significa entrar como un elefante en una cacharrería, sino hacerte partícipe, involucrarte, tomar nota de información pertinente, alertar a las autoridades, llamar a la policía, etc. Hacer algo, vaya.

  1. Corregir a otros hombres

Si otro tipo empieza a farfullar atropelladamente cosas ofensivas delante de ti, puedes actuar incluso si no hay cerca nadie de la comunidad sobre la que recae la ofensa. También vale para cuando alguien usa lenguaje misógino: levanta la voz, dile a tu amigo o a tu compañero de trabajo que los chistes de violaciones son basura y que no los vas a aguantar.

Hazme caso, no vas a perder tu «carnet de hombre». Aun así, si eres mayor de diecinueve y todavía te preocupa el carnet de hombre, tampoco es que tengas ni idea de lo que va la masculinidad respetable. No tiene nada que ver con ningún tipo de aprobación intelectualoide ajena, tiene que ver con que seas «tu propio modelo de hombre» y hagas las cosas bien. Te sorprenderá la cantidad de hombres que te guardarán respeto por hacer aquello que ellos no se atrevieron a hacer, lo he escuchado miles de veces. No soy la Liga de la Justicia, pero he discutido, discuto y seguiré discutiendo con manadas y manadas de tipos. Más tarde, algunos de esos tipos se me acercarán y me dirán el respeto que les infunde lo que hice. Siempre les respondo que, cuantas más veces repitas, cada vez es más fácil levantar la voz. Lo prometo, es cierto.

No quiero decir con esto que hay que haya que ir haciendo marcaje a todo el mundo. No intento hacer que todo el mundo viva según mis ideas, nadie necesita que le digas lo que piensas sobre cada cosa que dicen y si es acorde a tu criterio de conciencia social. Sin embargo, cuando otro tipo dice alguna gilipollez y te das cuenta ―esos chistes están a la orden del día―puedes hacerle notar que ni su chiste de violaciones ni su siempre sabia analogía del «todas putas» pasan la prueba.

  1. Hacer reflexionar a otros hombres

Pongámoslo así: estás en un grupo de hombres y uno de ellos empieza a chillarle a una chica. Muy sencillo, dile que deje de hacer el gilipollas. No te conviertes en un macarra si alzas la voz por la mujer, siempre y cuando no trates de conseguir puntos ante ella por defenderla, claro; si evitas eso, no estarás actuando como el caballero de brillante armadura. No, estarás haciendo lo correcto. Ninguna mujer necesita  que le chille un payaso sexista solo porque el pobre tipo no da para más. El piropeo es una de las peores exhibiciones de la sexualidad masculina que existen, y esos imbéciles nos hacen quedar como simples espantapájaros. ¿Lo pilláis, no? Hay que ponerle fin a estas soplapolladas.

Mediante construcción personal fue como conseguí levantar la voz ante un grupo de hombres. Tienes que hacerlo, más que nada por respeto a ti mismo. De otra manera, no eres más que otro tipo patético que permite que otro hombre maltrate a una mujer delante de ti. Cuando un menda piropea y no lo haces notar, lo que acaba de pasar es que él la ha tratado como un objeto sexual barato para su propia satisfacción y a la vez te ha convertido en ese macarra que está deseando que ocurra otra situación de maltrato en tu presencia para que la ratifiques mientras no dices una palabra.

¿Qué pensaría tu abuelo si te viera en esa situación? ¿Estaría orgulloso? ¿Estás orgulloso de ti mismo? El orgullo masculino solo vale para una cosa: para mejorar personalmente. No seas ese macarra silencioso que se mimetiza con la masa para recibir su aprobación. Levanta la voz cuando alguien piropee a una mujer enfrente de ti, dile que se calle la puta boca. Como hombre, tienes poder, úsalo, los hombres respetamos la convicción.

  1. Es nuestro trabajo establecer normas para nosotros mismos y, de esta manera, para los hombres en general.

Pensarás «Zaron, tío, espabila, tronco. El piropeo no es para tanto, ¿no estamos haciendo una montaña de ello? A algunas mujeres les gusta». Igual tienes razón, igual a algunas les gusta, pero eso no importa, a mí me gusta conducir a toda hostia, a mi sobrino le gusta fumar hierba por la calle, pero ninguno de los dos estamos habilitados para hacerlo. Así funciona el pertenecer a esta sociedad: si encuentras a una mujer que le guste que la piropeen, ve y hazlo, pero de puertas para adentro, no en público. Ahí, respeta su espacio, tanto físico como psíquico,

No te limites a ser un hombre, sé un ser humano, una persona con integridad y honor.

Cuando eventos como #YesAllWomen surgen en nuestros debates culturales y las mujeres de todo el mundo comienzan a compartir sus experiencias, sus traumas, sus historias y sus puntos de vista personales, nosotros, como hombres, no debemos inmiscuirnos en ese debate. Lo que tenemos que hacer es escuchar y reflexionar, que sus palabras cambien nuestra forma de ver el mundo. Nuestro trabajo ahí está en preguntarnos cómo podemos hacer mejor las cosas.

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Por qué los grupos de defensa de los derechos de los hombres son una auténtica mierda

Del original en The Belle JarWhy The Men’s Rights Movement Is Garbage

Permitidme un momentito para hablar sobre los grupos de defensa de los derechos de los hombres  (el equivalente atomizado del Men’s Rights Movement (MRA’s) de Estados Unidos, que engloba grupos a favor del SAP y de la custodia compartida, entre otros). Parece que existe cierta confusión con ellos. Bueno, más bien parece que hay mucha. Desde hace poco, mucha gente me ha llamado la atención por enfrentarme estos grupos (llamémoslos GDDH). «A los hombres también nos oprimen», dicen. «El feminismo es sexista y nos enseña a los hombres que la masculinidad está mal». «Los hombres blancos y heterosexuales ya no podemos estar orgullosos de nosotros mismos». «Si crees en la igualdad, entonces esperarás que los hombres practiquemos un activismo parecido al de las mujeres». «Todos tenemos derecho a opinar».

En primer lugar, sí, todas tenemos derecho a opinar, pero esto no quiere decir que todas las opiniones tengan la misma base: algunas están basadas en hechos y otras son una auténtica mierda. Por ejemplo, yo puedo decir que las vacunas son responsables de provocar autismo; será mi opinión, pero será una opinión totalmente equivocada. Así que no pretendamos dar la misma consideración a todas las opiniones, todas somos lo suficientemente sensatas como para hacerlo.

Segundo, dejemos una cosa clara: los hombres, como grupo, no sufren opresión sistemática debido a su género. ¿Estoy diciendo con esto que ningún hombre está oprimido? No, de ninguna manera. A los hombres os oprimen y os marginan por muchas razones: etnia, clase, orientación sexual, nivel económico, por nombrar algunas. ¿Estoy diciendo con esto que todos y cada uno de los tipos blancos, cisgénero y heterosexuales tenéis una vida genial por vuestro privilegio acumulado? No, tampoco estoy diciendo eso. Múltiples circunstancias de la vida pueden llevaros a pasar dificultades; sin embargo, ningún hombre está oprimido por ser hombre. La misandria no existe, y considerarla una fuerza idéntica o peor aún que la misoginia es ofensivo, grotesco y un insulto a la inteligencia.

Los GDDH creen que deben culpar a las feministas de todo lo malo que les ocurre en sus vidas. Los grupos en defensa de los derechos de los hombres son movimientos reaccionarios creados ex profeso para enfrentarse al feminismo y mucho (si no todo) de su tiempo y recursos los invierten en silenciar y marginar a las mujeres. Guardan en su haber el haber hecho viral la campaña Don’t be that girl (No seas como ella), con la que acusaban a las mujeres de interponer denuncias falsas sobre violaciones. Acuden a eventos feministas para intimidar a las mujeres, navegan por páginas feministas con mensajes de amenazas y en ocasiones ponen en marcha campañas de difamación y tácticas de terror para que las mujeres que no se pliegan teman por su integridad física. No hacen nada para resolver los problemas que, según dicen, les afectan, y por el contrario hacen lo imposible para desacreditar al movimiento feminista.

Por supuesto que existen asuntos que afectan especialmente a los hombres, como una tasa de suicidio o de indigencia más elevada en la población masculina. Es más probable que un hombre resulte herido o muerto violentamente, también en su puesto de trabajo. Tambiénl os hombres víctimas de agresiones físicas o sexuales ponen menos denuncias. Esto es por lo que en teoría se preocupan los GDDH, y cuando digo «preocupan» digo «echan la culpa al feminismo de».

El problema es que ni el feminismo, ni la equiparación de derechos de hombres y mujeres ni nada parecido tienen la culpa de que estos problemas existan. ¿Sabéis qué sí la tiene? Marginar según criterios de clase o étnica, por ejemplo. ¿A que ningún hombre blanco y rico está luchando por salir de la indigencia o por hacer de su lugar de trabajo un sitio más seguro? ¿Sabéis quién más es culpable? Nuestra cultura patriarcal y sus estrictamente delimitados roles de género, los mismos roles que, mirad por dónde, el feminismo intenta derribar. La concepción de la masculinidad según el patriarcado es una auténtica mierda, lo que provoca que los hombres se muestren reacios a pedir ayuda en aquellas tareas que consideran «demasiado femeninas», como cuando sus parejas AHAN (asignadas hembra al nacer) les agreden o violan, como cuando no pueden mantenerse a sí mismos o cuando no buscan ayuda en episodios de depresión o ansiedad. Esto, socialmente, significa que los hombres no disponéis tan fácilmente de recursos para gestionar estas adversidades o que los hombres no tenéis la necesidad de ello. Sí, el patriarcado privilegia vuestros intereses de manera apabullante, pero también os perjudica. Os perjudica en los puntos en los que los GDDH, aparentemente, están intentando ayudaros, lo que os llevará a pensar que los GDDH constituyen unos aliados firmes en la lucha contra el patriarcado. Pues no, todo lo contrario. Antes que eso, culparán a las mujeres de sus problemas.

Como podéis ver, el problema con los grupos de defensa de los derechos de los hombres es que no están moviendo un dedo por arreglar ninguno de los problemas que he mencionado. No recaudan dinero para abrir residencias para hombres sin hogar u hombres agredidos, no están creando un servicio telefónico de apoyo para hombres con tendencias suicidas, no se están asociando para impulsar más seguridad en los puestos de trabajo o frenar el comercio de armas. Al contrario, lo único que hacen es quejarse del feminismo, negar el concepto de patriarcado y, en conclusión, hacer de este mundo un lugar más triste y escalofriante, un lugar menos seguro en donde vivir. No solo eso, aun diría que sus bufonadas son incluso un escollo para sus propias luchas, porque crean una peligrosa relación entre los problemas reales a los que se enfrenta los hombres  y sus tonterías de mal gusto. Un trabajo de puta madre, GDDH. Un gran modo de joder a hombres vulnerables en vuestra cruzada por demostrar que el feminismo el nocivo. Estaréis orgullosos.

Los grupos en defensa de los derechos de los hombres no son un tipo de «feminismo para hombres», no son grupos de activismo complementario con el objetivo de promover la igualdad de trato entre hombres y mujeres. Y ni mucho menos son aliados de las mujeres, si excluimos a esas mujeres con casos de misoginia naturalizada cercana a la patología. Creo en la igualdad entre hombres y mujeres, pero también creo que no nacemos en igualdad de condiciones. A las mujeres se las priva de derechos, se las discrimina y se las niega derechos y libertades básicas, y aunque el feminismo ha hecho bastante por solucionar esto durante el pasado siglo, todavía no hemos conseguido eliminar milenios de opresión y determinismo social.  Por eso, todavía no ha llegado el momento para que los hombres de establezcan un movimiento de justicia social, por eso la fem de feminismo. Para conseguir justicia e igualdad, es preciso promover el empoderamiento de las mujeres, no el empoderamiento de ambos géneros en cantidades iguales porque, por poner un ejemplo tonto, si una persona no tiene ninguna manzana y la otra tiene ya cinco y les das a ambas otras tres en el nombre de la justicia, una de ellas aún tendrá otras putas cinco manzanas de más. Así que sí, hablad de los problemas que afectan a los hombres. Enfrentaos a los problemas que afectan de manera desproporcionada a los hombres, como el suicidio, la indigencia y las muertes violentas (mientras tenéis en cuenta  que el hecho de que los hombres tenéis problemas específicos no significa que estéis oprimidos por pertenecer a un género).  Dedicaos a abrir residencias para hombres agredidos, poned en marcha campañas en las que hagáis notar que los hombres también son víctimas de violación y presionad a los gobiernos para que mejoren la seguridad en vuestro puesto de trabajo. Muy bien, ahora hacedlo de una manera que no sea a costa de las mujeres. En vez de eso, unámonos y jodamos el patriarcado de arriba abajo, porque de esa manera, todas ganamos.

P.D.: Ah, si sigues pensando que los hombres blancos y heterosexuales ya no pueden estar orgullosos de sí mismos, será mejor que revises tu privilegio un millón de veces y luego unas cuantas más porque, sinceramente,

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