Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión

Original por Chris Boeskool en Theboeskool.

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Nunca he recibido un puñetazo en la cara. Ni siquiera me he visto involucrado en ninguna pelea. No soy alguien que se meta en peleas, si acaso en “discusiones”. No es que me de miedo meterme en broncas, en varias ocasiones me he colocado en situaciones susceptibles de haber acabado en pelea, es que no me veo como el tío que da la primera leche, más bien soy el que rebaja el tono de la gresca con algo de lógica o humor. Una de las consecuencias de ser este tipo de tío es que al otro tipo de tío, ese de gresca fácil, por lo general no le caigo bien. Al menos al principio, solemos caernos bien después. Y no siempre. A veces no puedes hacerte con todos.

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La primera regla del Club de los Blancos es que no se habla del Club de los Blancos

Me  mudé a Nashville, en el sur de los Estados Unidos, sin conocer a nadie. Conseguí un trabajo de camarero en mi segundo día de estancia y, casi de inmediato, me convertí en uno de los camareros favoritos de la directiva, lo que me facilitó el acceso a mejores turnos, mejores secciones y mejor salario. Nueve meses después de llegar yo, contrataron a otro tipo. Nos caímos mal desde el minuto uno. A él no le molaban mis comentarios audaces y a mí no me molaba la manera que tenía de entrar a un lugar y parecer el amo y señor del mismo. Se movía por todas partes con esa altanería repelente, como que todo fuera suyo y que la presencia de otras personas se debiera a una especie de tolerancia por su parte, siempre y cuando nos apartáramos de su camino. Se corrían rumores sobre que el tipo había estado en la cárcel, y junto con otras pruebas, me quedó claro que era del tipo de tío que no es propicio a rebajar el tono en un momento de gresca. Era el tipo de tío perfectamente consciente de su fuerza, podías sentir que bajo la superficie bullía un torrente de energía que silenciosamente de desafiaba a decirle algo. Sin duda, me intimidaba.

Me molestó un poco al principio cuando, tan solo tras un mes de estar él trabajando ahí, ya estaba haciendo turnos en alguna de las mejores secciones… una boca más que alimentar significaba menos dinero para mí. Aun así, creo que hacía bien su trabajo; sin embargo, nada me hinchaba más las narices que lo siguiente: Chuck (le llamábamos Chuck pese a que ese no era su nombre, sin embargo, Chuck era un nombre que le pegaba) tenía la costumbre de caminar hacia a ti y SISTEMÁTICAMENTE confiar en que TÚ te ibas a apartar de su camino. Con las chicas no lo hacía, pero con otros tipos (especialmente yo), no variaba su camino y, sin establecer contacto visual, continuaba andando esperando a que tú te apartaras. En caso de no hacerlo, tu destino era impactar contra esa masa hercúlea y agresiva que parecía anhelar que alguien cuestionara su camino preestablecido. Esta parecía la descripción más típica de la vida de Chuck: andar recto hacia otras personas esperando a que se aparten. Hasta que un día…

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Ya estaba harto. Me quedé pensando: ¿por qué me estoy apartando del camino de este tío todo el rato? Lo más habitual en cualquier parte del mundo es que si dos personas transcurren por la misma dirección en sentido inverso, ambas se hagan un poquito a un lado, facilitándose recíprocamente ambas el paso. ¿Qué derecho tenía el tipo este a PRESUPONER que era yo el que tenía que apartarme? Otro pensamiento empezó a inundar mi mente: ¿y si ya no me aparto? ¿Y si sigo andando como si nada? Estaba harto de jugar con sus reglas, así que esa tarde, cuando me le encontré por el pasillo del restaurante (ambos nos movíamos muy rápido) caminando hacia a mí, comencé a andar hacia él, sin desviarme. No soy un gigante, pero sí lo suficientemente sólido como para mantenerme en pie (especialmente en momentos de colisión inminente), así que cuando impactó en mí se trastabiló y dio una vuelta sobre sí mismo. Allí mismo, enfrente de toda la clientela, dijo: ¿pero de qué coño vas, tío? ¿Estás bien? Le contesté. Estaba furioso y no dejaba de preguntarme por qué me había abalanzado sobre él. Le dije: Chuck, tan solo andaba de frente, ¿Por qué asumiste que el que me tenía que apartar era yo? Comenzó a perseguirme por todo el restaurante intentando caldear el ambiente para provocar un conflicto. Acabó parándome en frente de una mesa y cuando le espeté algo así como bienvenido al Planeta Tierra, me propinó un empujón durísimo. No fue un empujón del estilo que te ponen las manos en el pecho y empujan, sino del que las manos te golpean cuando ya van a mucha velocidad, y hace bastante ruido. Todos sus músculos de gimnasio descargaron sus energías sobre mí, sobre esa persona que se atrevió a cuestionar su derecho de paso, y caí dos pasos hacia atrás.

Me alejé de él mientras sentía mi corazón latir en mis orejas. Pensé en qué hacer, en si debería decirle algo al gerente (no me pareció buena idea), en si debería decirle algo más a Chuck (me pareció PEOR idea)… Así que decidí esquivarle y dejar que se calmara. Quince minutos después el gerente me llamó para hablar. Me dijo que un cliente había visto a Chuck empujarme de manera violenta, y que se había quejado describiendo los hechos (los describió como que hubiera recibido un “golpe” aunque fue un empujón). Le conté lo que ocurrió, sobre lo de que él siempre asumía que era yo el que me apartaría de su camino y lo de que por una vez, no lo hice, sobre la bronca y el empujón del final. Era un restaurante de empresarios, así que se tomaron todo muy en serio. El gerente rellenó un informe de incidencias y me pregunto si deseaba presentar cargos y si deseaba que le despidieran. Contesté que no quería verle perder su trabajo, solo que reconociera que todo el mundo tenemos derecho a paso, tanto como él.

Toda esta historia volvió a mi memoria al leer esta gran cita (de quien, por desgracia, no he encontrado autor o autora aún, así que permanece como “anónimo”):

Viviendo bajo el paraguas del privilegio, todo atisbo de igualdad parece opresión.

Y todo pareció cobrar sentido: toda esta rabia de la gente que grita “All Lives Matter” (todas las vidas importan) en respuesta a las manifestaciones convocadas por activistas de etnia negra en respuesta a los recientes asesinatos de jóvenes negros por la policía, todo el cabreo de la gente que proclama que SU “libertad religiosa” está siendo atacada por las parejas gays que se casan, toda esa gente escupiendo su odio contra inmigrantes o musulmanes o contra esa “moda” que les impide decir racistadas sin ser llamados racistas. Son la gente que ha crecido en un mundo en el que podían andar hacia otras personas y sabiendo que las demás se apartarían. Así que cuando “esa gente” en su trayectoria NO se aparta, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿por qué tengo que apartarme yo del camino de este colega?, cuando esa gente empieza a preguntarse ¿y si no me muevo? ¿y si sigo andando como si nada? Cuando esa gente empieza a a darse cuenta de que tienen el mismo derecho a circular por el pasillo como cualquier otra… puede parecer que SUS derechos estén siendo vulnerados.

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La igualdad PUEDE parecer opresión, pero no lo es. Lo que sientes es la molestia de estar perdiendo ese privilegio, la misma molestia que en nuestra niñez sentimos cuando vamos a la guardería y descubrimos que otras personitas quieren jugar con el mismo juegue que nosotras. Es como la molestia que siente ese anciano acostumbrado a nadar en una piscina para él solo a la que ahora pueden acceder todos los miembros de la comunidad mientras grita: ¿¡y mi derecho a nadar yo solo en la piscina!?

La situación actual nos muestra ira por ambas partes. Por un lado, las personas enrabietadas porque “esa gente” se está colando en “su” piscina. O porque tienen que compartir sus juguetes con el resto del jardín de infancia. Les enfada que les llamen racistas solo porque dicen cosas racistas o tienen pensamientos racistas. Les enfada tener que tener en consideración a esa otra persona cuya trayectoria de paso comparten. Por otro lado está la gente que opina que la piscina es para todo el mundo, la que opina que lo correcto cuando llegamos al jardín de infancia es enseñarnos a compartir juguetes, la que opina que para respetar a los demás hay que prestar atención al uso del lenguaje, la que se posiciona en solidaridad junto a las personas que reclaman su derecho a existir… Las que legítimamente siente enfado al tener que apartarse siempre del camino. Las que se preguntan ¿y si sigo andando como si nada?

¿Qué tipo de persona eres tú?

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Desmontando la machicharla y otras formas de discurso privilegiado.

Del original de R. Nithya en Everyday Feminism, Breaking Down the Problem of Mansplaining (and Other Ways of Privileged Explaining).

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Muchas veces doy gracias al feminismo por términos que muestran de manera nítida las experiencias diarias que me atormentan y que muchas veces o pasamos por alto o nos resultan muy complicadas de definir.

Os hablo de esa situación exasperante en la que un tipo empieza a darme la charlita en tono paternalista, dando por hecho que yo no voy a tener ni idea del asunto porque soy una mujer.

Lo habéis adivinado, es la consabida machicharla, del término en inglés mansplaining, mezcla de man (hombre) y explain (explicar).

Como no creo que sepas la diferencia entre analógico y digital, déjame que te lo explique. Analógico es…

¿Pero sabes lo que es un fuera de juego?

Para copiar, «Control C».

El término machicharla me ha ahorrado un montón de frustración. ¡Por fin un nombre para este nefasto fenómeno social! Por fin me di cuenta de que no era la única, de que muchas mujeres eran víctimas del mismo problema, de este mismo comportamiento por parte de los hombres.

Fue todo un alivio enterarme de que no era la única mujer que me había dado cuenta de esta forma tan sutil de opresión y de que, además, muchas otras mujeres ya debatían sobre esto.

Sigamos.

Definición de machicharla (y de otras formas de discurso privilegiado)

Como existen multitud de privilegios, también existen multitud de discursos privilegiados.  Os presento aquí algunos de los más comunes y las situaciones en las que afloran.

La machicharla es el fenómeno o comportamiento social por el cual un hombre, de manera paternalista, le da a una mujer una explicación sobre algo sencillo, asumiendo que ella seguramente lo desconocerá por el hecho de ser una mujer.

Por ejemplo, aquellos tipos que, sin que se lo hayan solicitado, dan consejo a una mujer sobre cómo cambiar un neumático o que se ven con la potestad de explicarnos las normas de cualquier deporte supuestamente «para tíos». A menos que os hayamos pedido ayuda explícita para cambiar el neumático o hayan mostrado interés en aprender más sobre tal deporte, no deis por hecho que no vamos a saber nada sobre ello. El hecho es que muchos tipos lo hacen, porque «¡joder, es una mujer!».

La machicharla también puede adoptar la forma de un tipo dándole la charla a una mujer sobre lo de que «el piropeo es un cumplido» o sobre lo que es el feminismo o por lo que debería luchar.

Su característica más notoria es un tipo ignorando o invalidando las experiencias vitales de mujeres que ellos nunca tendrán que experimentar.

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Por otro lado, la racicharla se caracteriza por una persona blanca diciéndole a otra persona no blanca que está interpretando mal su comentario racista. Poco importa si tu comentario tenía ánimo de parecerse a un chiste o estabas citando a otra persona. Si tal persona no blanca te reprende, no eres quien para echar balones fuera.

La racicharla también puede adoptar la forma de una persona blanca dando la charla a una persona no blanca sobre su propia cultura. En el mejor de los casos da vergüenza ajena, en el peor, estás invisibilizando la experiencia de tu interlocutor. En cualquier caso, evítalo.

No nos olvidemos de la heterocharla, la clásica parrafada de aquella persona hetero que, condescendientemente, le da la tabarra o incluso le emite su opinión a alguien sexodivergente sobre, por ejemplo, la posibilidad de decantarte por una identidad no heterosexual u otra como posición política.

A menos que seas sexodivergente, no eres quien para darle la charla sobre su propia identidad, especialmente a alguien que sí lo es.

También existe la cischarla, o cuando esa persona cis empieza a decir que piensa que «si el género binario es ficticio, las identidades trans no tienen razón de ser». ¿Quién te ha dicho que te bases en conjeturas para anular la identidad de alguien?

En resumen: si como persona privilegiada te dedicas a dar la charla respecto a lo más profundo de la opresión de tal o cual grupo oprimido, seguramente estarás haciendo uso de un discurso privilegiado. No sigas por ahí.

El origen del discurso privilegiado.

El percatarse de algo tan abstracto como el fenónemo del discurso privilegiado nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo ha llegado esto a convertirse en un problema tan grande?

Reducido al mínimo común, el discurso privilegiado debe su existencia a la dicotomía privilegio/opresión presente en nuestra sociedad.

Por ejemplo, el privilegio masculino permite a los hombres interrumpir, dominar y llevar la iniciativa; así que adivináis de donde viene la machicharla, ¿no? ¡Sorpresa! Del privilegio masculino.

El privilegio masculino es un pilar fundamental del patriarcado, en sí mismo un elemento más del kyriarcado. El kyriarcado, en nuestra sociedad, es el garante de que aquellos grupos privilegiados continúen siéndolo y perpetúen su beneficio a costa de la opresión sobre otros grupos.

De esta manera, el discurso privilegiado es algo más que una explicación inofensiva de un interlocutor de una determinada identidad a una oyente de otra; es un claro reflejo del poder institucionalizado y la jerarquía del privilegio a nivel individual.

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También tenemos que tener en cuenta que poder y privilegio cambian según contexto. Estamos formados por varias identidades, y como tal, podemos vernos oprimidos según en qué situaciones y con qué identidades nos veamos implicados y disfrutar de privilegio en otras.

Pongamos por ejemplo a una mujer blanca. Como mujer, puede verse en el lugar paciente de la opresión cuando un tipo le da la machicharla. Por otro lado y al mismo tiempo, puede estar cometiendo racicharla cuando interactúa con personas de otras etnias.

Otro ejemplo: un hombre cis con rasgos del sudeste asiático puede verse sometido a racicharla cuando su interlocutora es una mujer blanca y, a su vez, estar poniendo en práctica la cischarla.

No nos olvidemos de tener en cuenta de que la opresión a la que estamos sometidas en un campo no elimina el privilegio del que hacemos uso en otros.

Cómo evitar el discurso privilegiado

Muy bien, ya hemos visto lo horrendo que es el discurso privilegiado; es opresivo, juega en la liga del kyriarcado y pasa por alto la experiencia de aquellas personas en situación de marginalidad. Y claro, quieres dejar de hacerlo. ¡Genial! ¿Pero ahora cómo llevamos a cabo este cambio en nuestro comportamiento?

  1. Saber cuándo abrir la boca

Puede resultar difícil encajar que lo que puedas aportar no importa mucho dentro de círculos feministas, especialmente si eres alguien nuevo en esto del feminismo y mucho más especialmente si tienes la costumbre de moverte dentro del privilegio.

Sin embargo, el feminismo no busca excluir a las personas con privilegio, lo que busca es alzar la voz de las personas que carecen de él. Y si no revisas tus privilegios y en vez de eso boicoteas el debate feminista lanzando comentarios aleatorios e ininteligibles, flaco favor le estás haciendo.

La importancia de la labor de la gente privilegiada está en el proselitismo dentro de aquellos espacios vetados a personas de grupos no privilegiados.

Por poner otro ejemplo, los argumentos de alguien leído como hombre contra los chistes de violaciones serán más efectivos en tu grupo de tíos de confianza (léase bar de abajo o vestuario deportivo) que en una conversación entre su novia y otras mujeres.

  1. Tengo en cuenta las vivencias de otras personas

El privilegio blanco viene acompañado de aquella consideración subconsciente por la que pensamos que nuestras vivencias nos dan legitimidad para hablar de cualquier materia, incluyendo las luchas ajenas.

Los privilegios sociales inherentes a determinadas categorías identitarias, como sexo (macho/masculino) o etnia (blanco), nos condicionan para que creamos que nuestra vivencia es normal, normativa y universal, que, de algún modo, las mismas otorgan más legitimidad a nuestros argumentos.

Y ojo, que no es una puya, no eres responsable de los privilegios sociales que recaen sobre tal o cual parte de tu identidad, pero sí es tu obligación revisarlos.

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Es de vital importancia que prestemos atención a la gente que decide compartir con nosotros sus vivencias. Seguramente son experiencias que nunca vamos a conocer en nuestro pellejo, y el único camino para hacerlo es escucharlas de aquella gente que las experimenta personalmente.

  1. Abandona las suposiciones

Mucha gente se pone a la defensiva cuando se la reprende por estar haciendo uso del discurso privilegiado porque es su cabeza solo consideran que están intentando ayudar, aun cuando nadie le ha solicitado tal ayuda.

No está mal creer que somos expertas en tal materia, como tampoco lo es querer mostrar nuestro conocimiento a gente interesada en el ámbito. Lo que está mal es suponer que tu interlocutora no tiene ni idea de lo que le estás hablando, o peor, que es demasiado ignorante como para saberlo.

Presta atención a las suposiciones con respecto a lo que sabe o no otra gente y trata de eliminarlas.

  1. Presta atención

Ahora que ya vas aprendiendo más sobre patrones de comportamiento condescendientes, haz por ubicarlos en tu vida diaria.

Empieza por identificar ese comportamiento en otras personas. ¿Acabas de ver cómo ese compañero tuyo hombre acaba de revisar de nuevo el problema que su compañera mujer ya había solucionado? ¿Te acabas de dar cuenta de que ese comportamiento tiene su origen en una mezcla de sexismo y machicharla? Si la respuesta es sí, un 10 en atención.

Una vez que has ubicado este comportamiento en tu entorno, presta más atención al que practicas tú.

Si te encuentras en una situación en la que dudas sobre si podías estar haciendo uso del discurso privilegiado, hazte la pregunta: ¿dirías lo mismo si tu interlocutora tuviera los mismos privilegios que tú?

Discúlpate cuando metas la pata. Te hará comprender mejor lo que aún necesitas cambiar de ti misma y estarás viviendo tu vida de una manera más feminista.

***

Si queremos poner en práctica el feminismo de tal manera que dignifiquemos todo tipo de identidades, repensemos y reestructuremos los cánones de nuestra sociedad.

Una manera de conseguir esto es denunciando los cánones normativos ajenos y redefiniendo nuestros patrones de comportamiento para impulsar nuestras relaciones sociales y nuestra experiencia.

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Los hombres gordos son una cuestión feminista.

Del original de Virgie Tovar en Everyday Feminism, Fat men are a feminist issue.

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Muy a menudo se me ha preguntado por mi opinión política en relación a la gordura en hombres.

Lo cierto es que he dudado durante largo tiempo pronunciarme al respecto –muy a pesar de la importancia que reviste el asunto– principalmente por dos razones:

  1. Mi entorno y experiencia se centran en el estudio y defensa de los cuerpos leídos como mujer, y
  2. No he dedicado el suficiente tiempo a desarrollar mis opiniones relativas a cómo afecta la gordofobia en hombres, partiendo de la base de que esta fobia se encuentra especialmente determinada por el género.

La gordofobia, en muchas de sus formas, fomenta el odio contra las mujeres y normativiza nuestros cuerpos. Sin embargo, hace poco que me he dado cuenta de que, a veces, en la gordofobia infligida contra los cuerpos leídos como hombres también existe misoginia.

Mientras me documentaba para elaborar este artículo, descubrí que a los hombres gordos se les lee como femeninos. Normalmente, se considera que los hombres gordos son de moral disoluta y de disciplina despendolada, algo que históricamente se ha adscrito a las mujeres y la femineidad. También me topé con algunas discusiones que señalaban que la gordofobia masculina tiene su origen en la preocupación por la progresiva feminización de los hombres.

De esta manera, creo firmemente que algunos elementos (o puede que la mayoría) de los que provocan la gordofobia sufrida por los cuerpos leídos como  hombre son el sexismo y el odio intrínseco hacia lo femenino en nuestra cultura, no el odio per se hacia las personas gordas.

Tras haber revisado imágenes y artículos relacionadas con este asunto en la red, tres puntos me llamaron la atención.

  1. Feminización química.

Incluso el célebre personaje televisivo en Estados Unidos Dr. Oz ha manifestado su malestar respecto al aumento de peso en hombres, que, según él, puede dar lugar a «aumento de la conversión de testosterona en estrógenos».

En este artículo de la periodista y escritora Judy Mandelbaum en la revista Salon, cuyo título rezaba Según investigadores del sexo, el «tamaño» importa, al que le añadía la siguiente ocurrencia: «recientes estudios demuestran que los hombres gordos duran más en la cama. ¿Deberíamos de estar de celebración en los Estados Unidos? El cuerpo del texto incluía el siguiente fragmento (énfasis personal):

«Los hombres con sobrepeso mostraban altos niveles de estradiol, la hormona sexual femenina. Este elemento afectaba aparentemente a los neurotransmisores masculinos naturales y ralentizaba su llegada al orgasmo. Irónicamente, cuando más se reducía su apariencia masculina, en mejores amantes se convertían».

Es difícil patinar más y mejor.

En primer lugar, sé  que existe la creencia popular de que las hormonas sexuales de cada género determinan un un comportamiento característico, siendo agresivo en hombres y sumiso en mujeres. También se les adjudica efecto en la duración del coito.

Pertenezco a esa minoría de catedráticas que defienden que esta especie de determinismo hormonal no solo plantea problemas, sino que es totalmente falso.

Mendelbaum traza vínculos potencialmente engañosos entre la ampliación de la duración del coito y la mayor presencia de estrógenos en hombres gordos, cuando es harto difícil establecer tal conexión. Fijaos también en la palabra aparentemente en el extracto, sin ningún tipo de valor explicativo, sea el que sea. Aunque los hechos se encuentren correlacionados, esto no significa que les una ninguna relación de causalidad.

Hay infinidad de factores que posiblemente sí tengan influencia en estos descubrimientos. Uno de ellos, el primero que se me ocurre, puede ser una mayor timidez en hombres gordos, que puede afectar al tiempo que necesitan para alcanzar el orgasmo.

Las personas gordas hemos aprendido que nuestros cuerpos no solo no son atractivos, sino que directamente están MAL. Esto me ha llevado a darme cuenta de que tanto la timidez como la inseguridad son factores importantes que intervienen en la consecución del orgasmo durante el sexo.

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Como mujer gorda, tengo más células adiposas, las mismas que almacenan hormonas, y, por ello, seguramente tendré más estrógenos y testosterona en mi cuerpo que una mujer delgada.

No creo que un mayor nivel de hormonas en mi cuerpo afecte a mi capacidad de llegar al orgasmo tanto como lo hace mi conciencia personal de persona gorda.

Cuando me encuentro con parejas sexuales que me hacen sentir emocionalmente segura, no tengo ningún problema en conseguir orgasmos increíbles en cortos periodos de tiempo. Aunque no puedo anunciar que es lo mismo que les ocurre a los hombres que se sometieron al estudio que he mencionado antes, sí puedo afirmar que este factor puede generar socava sus postulados.

En segundo lugar, y probablemente el más importante, la autora está haciendo uso de un supuesto argumento científico para proponer que los hombres gordos, tanto física como químicamente, guardan parecido con las mujeres.

La noción de que las partes del cuerpo de los hombres tienen una apariencia menos masculina cuanto mayor sea su volumen no es ciencia (ni siquiera hormonación), son los prejuicios  gordófobos de la propia autora. Sin embargo, lo importante de esto último es que vincule la expresión de género y la gordura.

Sus declaraciones ponen en entredicho el género y la virilidad de los hombres gordos, haciendo uso de una herramienta basada en la noción cultural que defiende que un hombre leído como femenino es motivo de vergüenza.

  1. Gordura castradora

En busca de imágenes y artículos relativos a hombres gordos, di con un meme muy popular asociado a hombres gordos. Lo llamé el meme de gordura castradora.

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Representa literalmente la idea de que los hombres gordos no pueden dar con su pene (un nivel de condescendencia típica y exclusivamente reservado a las mujeres, no se nos olvide), que llevan años sin verlo y otras formas de castración metafórica.

Permitidme hablaros de las dos partes de este meme que me parecieron especialmente sexistas:

En primer lugar, la noción de que los hombres gordos están incapacitados para encontrarse el pene, cuanto menos, infantiliza.

Como he mencionado anteriormente, por lo general, estos niveles de condescendencia están reservados solo a mujeres, cuya construcción cultural les adjudica puerilidad y una menor inteligencia en comparación con los hombres.

Este meme  me trajo a la mente aquellas veces que los hombres me hablan de una manera infantil cuando creen que no he entendido algo que ellos creen obvio; es más, lo considero una prueba de que los cuerpos de los hombres gordos están construidos como femeninos: tal condescendencia muestra un tipo de comunicación normalmente unidireccional, de hombres a mujeres.

Segundo, este pene desaparecido representa la clásica preocupación cultural por la diferenciación sexual.

Este meme parece insinuar que a los hombres gordos no se les puede clasificar como hombres porque su volumen afecta a la visibilidad de su pene. Ya que los penes se leen como sinónimo de masculinidad, una cantidad de grasa tal que altere la visibilidad del pene le genera problemas al binarismo de género y, por tanto, a la heterosexualidad obligatoria.

Considero importante incluir que la grasa, como otros elementos, altera la forma de los genitales, cosa que es totalmente normal, por otra parte.

Estamos bombardeados por la idea de la uniformidad genital que nos transmite el porno, esa fuente sobre la cual muchas personas basan su aprendizaje sexual, pero lo cierto es que lo que hay por ahí es una variedad de genitales muy abundante, además de real.

Uno de los grandes descubrimientos de mi adultez fue el entorno de mi oronda vulva, porque sí, las mujeres gordas también tenemos vulvas gordas.

Mis labios mayores poseen un tamaño mayor que los de las mujeres delgadas, así que mi clítoris está profundamente acurrucado entre mis rechonchos labios y gracias a mi hermoso vientre, la entrada a mi conducto vaginal está un poquito más por debajo que el de los cuerpos delgados, porque los cuerpos varían.

Todos estos elementos se adaptan perfectamente al acto sexual y no modifican la identidad de género, la orientación o el encanto de las personas.

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  1. El desarrollo de las tetas de hombre.

Otra fuente de preocupación en lo relativo a hombres gordos es el desarrollo de los pechos, también conocidos con el vergonzante nombre de tetas de hombre o moobs en inglés (mezcla de los términos man (hombre) y boobs (tetas, pechos).

Este fenómeno suele leerse como repugnante (¡gracias, UrbanDictionary!) e Internet está lleno de recomendaciones para su tratamiento, tanto quirúrgicas como de otros tipos.

En un artículo para la revista Men’s Health sobre el destierro de las tetas de hombre, el autor se explaya con lo siguiente: es probable que te gusten los pechos prominentes siempre que no seas tú el que los lleva puestos.

Como en el anteriormente mencionado meme del pene desaparecido, se establece aquí un vínculo entre la heterosexualidad obligatoria y el tamaño del cuerpo, ya que, subliminalmente, se determinan las fronteras de la sexualidad insisitiendo en que solo las mujeres deben tener pechos.

Como hombre, debes sentirte atraído hacia ellas, y si eres el que las lleva, entonces estás haciendo tambalear la heteronormatividad porque desdibujas esa división socialmente determinada entre los cuerpos leídos como hombres y los leídos como mujer.

He aquí la verdad: todo ser humano tienen pechos. Y los Estados Unidos poseen una cultura especialmente obsesionada con los mismos. Creo que, en relación a esto, hay un nexo de unión entre la obsesión por la despersonalización y la sexualización de los cuerpos leídos como mujer y las preocupaciones sociales que generan los cuerpos gordos leídos como hombre.

Se supone que solo los hombres son los que despersonalizan nuestros cuerpos; nuestros pechos, específicamente. Cuando los pechos masculinos superan el límite que se establece de manera arbitraria, comienza a haber problemas, ya que la lectura de lo masculino comienza a confundirse.

Más que eso, el poder que en teoría ostentan los hombres se sustenta, en parte, en el concepto de la superioridad física de sus cuerpos, porque los cuerpos gordos, género aparte, están construidos como físicamente incapaces, convirtiendo a los hombres gordos en una amenaza a la dominación masculina.

Conclusiones.

Seamos claras: no apoyo ninguna de las descripciones de los hombres gordos que he mencionado anteriormente. Quiero también aclarar que no he llegado a todas las razones por las cuales los hombres sufren gordofobia, ya que son muchísimas.

Sin embargo, creo firmemente que el sexismo ejerce uno de los papeles más importantes en las maneras en que se describe a los hombres gordos por Internet.

Esta preocupación porque  los hombres gordos se conviertan paulatinamente en cuerpos leídos como mujer o porque muestren características tradicionalmente adscritas a los mismos es, en mi opinión, el núcleo (o su mayor parte) de la gordofobia sufrida por los cuerpos leídos como hombre.

Y, por tanto, concibo que el enfoque de este asunto debe partir desde el feminismo. No solo eso, creo que merece que nos preguntemos, sin obviar el privilegio masculino, que los hombres gordos todavía ostentan, por las modos con los que se construyen culturalmente los cuerpos de los hombres gordos  y la manera que esto afecta a la lectura de los cuerpos leídos como mujer y al control de la disconformidad de género de cualquier tipo.

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Pin-ups, cultura del porno y post-feminismo de mujeres blancas: sobre Hilda, la olvidada pin-up de talla grande.

Traducción del artículo de Aphrodite Kocięda en feministcurrent, 20 de agosto de 2013.

Un montón de gente ha estado posteando sobre “la olvidada pin-up de talla grande” creada en los años ’50 y llamada Hilda, porque está más rellenita de lo que estamos https://i2.wp.com/feministcurrent.com/wp-content/uploads/2013/08/Screen-shot-2013-08-05-at-4.54.32-PM.pngacostumbrados a ver en las imágenes sexualizadas de mujeres. Hilda ha sido recientemente redescubierta por la cultura mainstream y ahora parece que medios feministas de todas partes están exaltando su imagen, más que nada por ser una mujer de talla grande (una expresión que, por cierto, odio).

No están criticando el hecho de que esté sexualizada y objetivada exactamente igual que las modelos delgadas; solamente están aplaudiendo sus esfuerzos por ser superficialmente diversa.

Blogs feministas están alabando la imagen de Hilda, llamándola “bonita” e “inspiradora”. Mientras tanto, aquellas que cotidianamente criticamos los mecanismos sexistas contra las mujeres en la cultura mainstream quedamos dejadas a un lado porque somos muy conscientes de que la imagen de la chica pin-up promueve la deshumanización de las mujeres. A ver, tal vez no lo he entendido bien, pero, como feministas, ¿estamos ensalzando a las pin-up?

Vale, lo entiendo. Vivimos en una cultura en la que proclamamos ser post-todo. Entonces nos damos una palmadita en la espalda, actuando como si fuésemos súper progres porque colgamos imágenes sexualizadas de mujeres gordas en nuestros muros en vez de colgarlas de mujeres delgadas. Joder, ¡cuánto activista!

Las pin-ups no fueron creadas para las mujeres, no importa cuántos ojos femeninos adoren al cuerpo de la modelo. Quiero decir, se llaman PIN-UPS [en inglés pin-up significa literalmente algo que se cuelga de una pared]. ¿Hay algo más objetualizante? Fueron creadas por la mirada masculina heteronormativa. El hecho de que las mujeres sigan tratando de apropiarse de la cultura masculina heterosexista para su propia liberación demuestra un problema más profundo.

Actualmente vivimos en una cultura pin-up donde las mujeres sólo tienen la visibilidad garantizada si exhiben sus cuerpo para el consumo público. De ahí que la mayoría de mujeres son preparadas y disciplinadas desde edades muy tempranas para desarrollar cuerpos de cartel.

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De esto va el post-feminismo blancocentrista. De la idea de la liberación sexual que encaja con la visión y aprobación masculina. Ahora nos podemos sentar y tener la larga, acrítica y desacertada conversación sobre las mujeres que eligen desnudarse y disfrutar siendo pin-ups. Pero voy a ahorrarme un infarto cerebral y seguir, porque hablar sobre “agenciamientos individuales” es irrelevante cuando estamos discutiendo la hegemonía.

Cuando hay  mujeres que pelean para acabar con las representaciones negativas de mujeres en los medios de comunicación de la sociedad contemporánea, y aun así hacen circular imágenes de pin-ups blancas, están obviando cómo la cultura que rodea a las chicas pin-up pone de relieve el sexismo contra el que estamos luchando.
Esto es lo que pasa cuando sólo nos centramos en el individuo y no en el sistema que lo condiciona.

Si tenemos un nivel de comprensión superficial de la dominación, entonces tendremos un nivel superficial de soluciones. Es así de simple. Postear en tu muro una mujer sexualizada de cualquier talla, originalmente creada para hombres, no resolverá el hecho de que sistemáticamente las mujeres son degradadas, deshumanizadas y privadas de entender su propia sexualidad. También enseña a los hombres que sexualizar cuerpos “diversos” o “alternativos” es progre y, por lo tanto, aceptable.

Adicionalmente, como reitero todo el tiempo, los mecanismos de sexualización pública del cuerpo son una iniciativa de la cultura blanca. Las mujeres negras no tienen los mismos privilegios cuando exhiben su cuerpo porque son vistas como propiedad pública, lo que se evidencia por los altos índices de violaciones y lo mal pagadas que están en los espacios de trabajo sexual.

La idea del cuerpo de una mujer (a veces sin nombre) en el escaparate para el consumo público, irónicamente envasada como “sexy” y “liberada” para las mujeres de hoy, es simplemente otra https://i2.wp.com/feministcurrent.com/wp-content/uploads/2013/08/Screen-shot-2013-08-05-at-5.04.37-PM.pngpista de que el feminismo ha sido absorbido por el patriarcado. Supongo que eso es lo que pasa cuando las mujeres más privilegiadas son las que deciden cómo se consigue el empoderamiento de las mujeres. Me temo que no entiendo cómo es que al tiempo que criticamos el sexismo en los medios, nos suscribimos a la idea de una pin-up como feminista.

Las imágenes de las pin-up evocan nostalgia de un tiempo donde las mujeres eran disciplinadas para mantenerse “en su sitio” y cooperar con la dominación de los hombres sobre las mujeres. Éste es otro ejemplo de cómo el sexismo “irónico” y la cultura hipster  están impactando en las mujeres y el feminismo.

La imagen de la pin-up representa una de las imágenes de la sexualidad femenina más cliché, más dañinas, comercializadas, estereotipada… A saber, que existimos para atraer a los hombres heteronormativos, que necesitamos mostrar nuestra sensualidad en público para ser vistas como auténticas mujeres sexuales y que no podemos conjurar un auténtico deseo sexual sin tener en cuenta el apetito masculino.

Este tipo de lógica binaria no es liberadora. Por ejemplo, sigo viendo esta imagen posteada por todas partes:

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Éste no es un problema de tallas, la cuestión es que los estándar de belleza definen el valor de una mujer. Ya que estos estándar de belleza están siendo creados o surgen de una supremacía blanca patriarcal, inevitablemente son exclusivos y limitantes. Muchas ni siquiera se dan cuenta de cuán excluyente y limitante es este estándar. Estamos atascados en una batalla perpetua sobre qué expresión de belleza es la más real o hermosa. La idea de que una mujer “real” es definida por unas mediciones superficiales como el tono de piel, el largo del  pelo, la talla de ropa, etc., es simplemente una manifestación de que vivimos en un acrítico patriarcado neoliberal y de supremacía blanca donde las mujeres todavía no pueden definirse a sí mismas.

De hecho, yo argumentaría que las mujeres ni siquiera son vistas como seres humanos sintientes, y la imagen pin-up ayuda a solidificar la deshumanización de las mujeres, a la par que la contemporánea cultura porno.

En realidad, las mujeres se han convertido en unidades de medida para reforzar la masculinidad de los hombres. Por lo tanto las mujeres no se pueden beneficiar de las imágenes pin-up como lo hacen los hombres. De hecho, es imposible hacer eso en un patriarcado heterosexista.

Incluso si tú como mujer te sientes excitada por estas imágenes pin-up, no significa que estas imágenes estén destinadas a ser tu fuente de liberación. Están destinadas a ser una herramienta simbólica de la opresión masculina sobre las mujeres. Su imagen es usada como una lección discursiva: que la vida como mujer puede ser muy fácil si simplemente te ajustas a los roles de género. Todo lo que tienes que hacer es lucir tu cuerpo y usar tu cómoda feminidad para ser ensalzada. ¿Qué mejor reconocimiento que tanto hombres y mujeres vean tu cuerpo sexualizado y lo cuelguen en sus paredes para cubrir sus necesidades?

No podemos confundir los impulsos sexuales naturales de las mujeres con el comercio institucionalizado y masivo de imágenes de mujeres “sexys” creadas por y para hombres. Si lo hacemos estamos siendo engañadas para creer que la liberación de la mujer puede ser de alguna forma celebrada en una cultura patriarcal y sexista que aprovecha cada oportunidad que tiene para deshumanizar a las mujeres.

Hay una ironía inherente en estas exaltaciones de los cuerpos de las mujeres, una ironía a la que merece la pena prestar atención. Hay que sospechar de una cultura que tiene que intentar convencerte de que eres libre y estás liberada mientras se aprovecha de tu esclavitud y opresión.

Recordad, la pin-up es una expresión distorsionada de la sexualidad masculina, no de la femenina. Todavía no tenemos una expresión de nuestra sexualidad porque todavía estamos intentando entender qué significa realmente la sexualidad para nosotras. No podemos reclamar o celebrar la sexualidad de la mujer o sus cuerpos porque reclamar algo significa que sabemos cuál es su estatus actual, o quién lo posee actualmente. Como mujeres, si no estamos al tanto de que nuestra sexualidad ahora mismo no nos pertenece, sólo podremos reclamar y celebrar una imagen que ha sido diseñada para mantenernos oprimidas. En otras palabras, al elogiar a las pin-up estamos celebrando nuestra propia deshumanización.

Ahora bien, podemos empezar a comprometernos con conversaciones feministas reales sobre las pin-up, o podemos quedarnos mirando las imágenes bidimensionles de mujeres que no hablan, no piensan, no se mueven, no comen, pero sonríen.

Aphrodite Kocieda se graduó en Comunicación en la Universidad de South Florida y contribuye con el Vegan Feminist Network. Su actual investigación fin de carrera está centrada en el papel del activismo feminista en un ámbito postfeminista predominado por la cultura de la violación.

Traducción de (todavíanohasehapuestonombre)

Corrección de Isis Brand.