Queremos feminismo, no igualdad.

Original por Charlotte Rachael Proudman en Left Foot Forward, Why I Want Feminism and Not Equality (and Why They Are Not The Same Thing).

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Feminismo e igualdad son cosas distintas. Y las feministas, al contrario que las igualitaristas, no queremos que los hombres compartan nuestra opresión.

¿Cuántas feministas creen que están luchan en favor de la igualdad? ¿Cuántos hombres prefieren definirse como igualitaristas antes que feministas? Que el feminismo se define por igualdad es algo reconocido universalmente; sin embargo, el término igualdad nunca ha recibido un análisis adecuado.

Soy feminista y no lucho por la igualdad, lucho por la liberación. Aquellas personas que se consideran adalides de la igualdad, se escudan en unos principios feministas bastante tibios como la igualdad salarial, la igualdad de oportunidades sin desigualdad de trato o discriminación positiva, el individuo como único responsable del fracaso y, sobre todo, la adaptación de las mujeres a la actual jerarquía laboral, donde el puesto de trabajo es lo primero. La igualdad toma el statu quo masculino como patrón que las mujeres deben alcanzar.

Para alcanzar la igualdad, las mujeres tienen que dejar claro que son lo suficientemente fuertes como para adaptarse a los estándares masculinos de un mundo de hombres. A las igualitaristas se les hace la boca agua cuando ven a mujeres introducirse en cuerpos institucionalmente discriminadores como la policía o el ejército, con el que tendrán la oportunidad de invadir otros países y cometer crímenes de guerra; o cuando se entrenan en los deportes más duros y exclusivamente masculinos, tanto da lo crueles y peligrosos que sean, como las carreras de caballos o el toreo, donde además tu vida corre peligro.

Una vez que las mujeres hayan entrado en estas categorías tradicionalmente masculinas, a nadie se le ocurrirá preguntar por qué a cualquiera, independientemente de su género, se le pasa por la cabeza colaborar con estas instituciones tan represivas. El quid de la cuestión es que los hombres viven y trabajan en una sociedad despiadada que se sostiene a través de un orden social basado en la humillación ritual, los clubes de caballeros, las peleas, los ritos de paso, el sexismo y la charla insustancial.

Cuando una mujer entra en territorio masculino, ya sea en derecho, política o en una obra, se encuentra un mundo totalmente repulsivo en el cual solo puede sobrevivir afrontando un cambio personal profundo dejándola sin margen de maniobra. Una muestra de esto es cómo se caracteriza a las mujeres profesionales de duras y agresivas en comparación con sus colegas masculinos. Las mujeres asertivas son siempre zorras agresivas.

Es imposible modificar estos ámbitos masculinos, son resistentes a influencia externa porque las mujeres somos una minoría a la que se puede dejar fuera en cualquier momento y los propios hombres han invertido mucho en el sostenimiento de este statu quo.

La Ley de Igualdad de 2010 del Reino Unido, que reemplazaba a la Ley de Discriminación Sexual de 1975 se redactó para dar la falsa impresión de que la sumisión legal de las mujeres había sido superada sobre el papel. Reunió mucho apoyo político porque los propios políticos sabían que no iba a provocar grandes cambios. Existe legislación para la igualdad por toda Europa, sin que la haya en ninguna parte.

La actitud del mundo legal hacia la igualdad queda de manifiesto cuando vemos la cantidad de mujeres fiscales generales del Estado que ha habido en la historia: una por 202 hombres. La Ley es de difícil aplicación debido a las exorbitantes costas legales y a la longitud de los procesos. Del 89% del cuerpo de enfermeras que denunciaron haber sufrido acoso sexual, solamente el 1% iniciaron acciones legales. Son conscientes que ganen o pierdan, se les pondrá el cartel de pendencieras  y se les irá al garete toda esperanza de ascender.

La Ley es un empuje a la igualdad ya que cierra la puerta a la discriminación positiva. Las igualitaristas rechazan al discriminación positiva, creen en que la igualdad de trato traerá igualdad de oportunidades. Sin embargo, he aquí una contradicción, las igualitaristas son partidarias de un 50/50 de hombres y mujeres dentro de las instituciones pero estas mismas leyes imposibilitan la contratación de mujeres en grandes números porque también consideran ilegales las cuotas.

En este debate por la igualdad también surgen otras situaciones de desigualdad. El derecho a la baja por maternidad o al aborto no es un derecho ecuánime, y como tal, las mujeres reclaman discriminación por sus diferencias de género. Una mujer nunca será igual a un hombre porque forzosamente no puede serlo, y las singularidades de género no es algo que tengan en cuenta las igualitaristas.

Enredarse en el debate sobre igualdad o diferencia es algo que agota las energías del movimiento feminista. Los hombres apelan a la igualdad o la diferencia según les convenga, apelan a la igualdad en las bajas de paternidad y a la diferencia cuando defienden cobrar más primas por trofeos deportivos.

El debate entre diferencia e igualdad es fútil, la igualdad resultaría cruel para los hombres si recibieran el mismo trato que reciben las mujeres: estaríamos hablando de una generalización de la ablación de testículos, una tasa interanual de violaciones que se dispara de 9.000 a 69.000, un aumento sin precedentes de la trata de hombres, penes de hombres por todas las secciones de publicidad, veríamos a hombres con el pene al aire en pasarelas de moda y los partidos políticos harían campaña con vehículos rosas y azules para atraer a uno u otro género.

A diferencia de las igualitaristas, las feministas no queremos que los hombres sufran nuestra opresión.

El debate igualitarista perpetúa el patriarcado, mientras que el feminismo busca empoderar a las mujeres en base a ellas mismas, no a otros hombres. Y por eso soy feminista, y no igualitarista ni nada de eso, creo que la igualdad es perjudicial para las mujeres y para muchos hombres, ya que les obliga a perpetuar comportamientos degradantes y despersonalizadores. Nuestra sociedad avanza un peldaño más hacia la crueldad cuando las mujeres firman aceptan las condiciones masculinizantes  de la misma.

Los hombres controlan la balanza de poder y este poder se reparte de manera nociva y se usa para fines aún peores. El cambio solo podrá llegar cuando redefinamos y redistribuyamos este poder, eliminemos estas jerarquías y reevaluemos los estándares que los hombres han predefinido..

*Este artículo se inspiró en dos de las mejores pensadoras feministas de nuestro tiempo, Germaine Greer y Batherine MacKinnon.

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Consentimiento: ¿en serio es tan difícil?

Original en Rockstar Dinosaur Pirate Princess, Consent: not actually that complicated.

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¿Sabéis qué no es tan difícil?

El consentimiento.

Se ha debatido mucho recientemente mucho sobre ello: algunas universidades han lanzado normas relativas al consentimiento explícito y ha llegado a la gran pantalla, y arrasando en taquilla, la adaptación del libro que hizo de la ausencia de consentimiento algo sexy. Igual no lo sabéis, pero ya existe en Reino Unido algo parecido al consentimiento explícito, o cómo Ched Evans acabó condenado mientras que su codemandado no. Las actas del tribunal recogen cómo el jurado entendió que era razonable que la víctima hubiera decidido mantener relaciones sexuales con el codemandado, pero no con otro tipo cualquiera que pasaba por allí, véase Evans. Esto, en Reino Unido, no funciona la mayoría de las veces como en los tribunales; lo que sí es similar es la investigación; de hecho, se han hecho públicas hace poco nuevas pautas para facilitarla.

Por otro lado, llueven las críticas y los comentarios negativos siempre que se escribe un artículo sobre consentimiento o se da un paso en favor de aumentar la carga de la prueba en la persona que da comienzo a la relación sexual para asegurarse que la persona con la que quieren mantener esas relaciones, bueno, en fin, como os lo diría, verdaderamente QUIERE mantener esas relaciones.

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Incluso los comentarios en respuesta a estas viñetas nos muestran de manera nítida lo mal entendido del consentimiento.

Salta a la vista  que muchísima gente NO entiende de verdad lo que significa consentimiento. Desde el famoso hay a quien no hace falta que le pregunten antes de cada relación pasando por el estudiante al que, presuntamente, se le ocurrió sorprender a su pareja con algo de BDSM no consentido hasta a esta mierda de canción y a cada basura de comentario en cualquier artículo que deje caer que sí significa SÍ; parece que la gente tiene un problema importante al entender que siempre que te acuestas con alguien, y cuando digo siempre digo en todas las ocasiones en las que mantienes relaciones con alguien, es preciso asegurarse de que quieren mantenerlas. Esto va para mujeres, hombres y todo el mundo. Con quien quiera que sea que te estés poniendo a juguetear, asegúrate de que de verdad le apetece. Y ya está, no es tan difícil, de verdad.

Si todavía te rechina el asunto, ponte en que en vez de iniciando una relación sexual, estás sirviendo una taza de té.

Di en alto  ─ ¿oye, te apetecería una taza de té?─, y si te responden ─ joder, joder, sí, coño, sí, me encantaría MIL una taza de té, ¡gracias!*─ bien, entonces ya tienes claro que les apetece una taza de té. Si dices ─ ¿oye, te apetecería una taza de té?─ y te encuentras con un dubitativo ─no lo tengo muy claro…─ entonces prepara el té o no lo prepares, pero sí ten claro que pueden o no bebérselo, y en caso de que no, bien, ten la delicadeza de NO HACÉRSELO BEBER. No les culpes de haberte hecho hacer el esfuerzo de preparar el té en el improbable caso de que lo hubieran querido; asimila que no lo quieren y en paz. El mero hecho haberlo preparado no te da derecho a metérselo por el gaznate.

SI la respuesta es ─no, gracias─, entonces no hagas té. Punto. No prepares té, no se lo hagas beber y no te enfades porque no les apetezca. No les apetece y punto, ¿bien?

También puedes oír un ─sí, por favor, muy amable─ y cuando llegues con el té ya no les apetece para nada. Sin duda es un chasco, has hecho el esfuerzo de preparar el té y todo, pero están sujetas a ninguna ley vinculante que les obligue a beberse el té. Antes les apetecía, ahora no. Mucha gente cambia de opinión en el rato que tarda en hervir la tetera, reposar el té y añadirse la leche. Sigue sin haber ningún follón por el que la gente cambie de parecer y tampoco tienes ningún derecho a verles bebérselo por el hercúleo esfuerzo que has realizado preparando ese té.

Si se encuentran privadas de consciencia, no hagas té. La gente inconsciente no suele querer té y tampoco es capaz de responder a la pregunta de que si quieren té porque están inconscientes.

Bien, pongamos por caso que estaban conscientes cuando les preguntaste si querían té y dijeron que sí, pero en el rato que ha tardado la tetera en hervir, el té en reposar y la leche en añadirse, han perdido la consciencia. Muy sencillo, deja el té un momento, asegúrate de que la persona inconsciente se encuentra bien y, ojo al pequeño detalle, no le hagas beber el té. Te dijeron que sí, claro, sin problema, pero la gente sin consciencia muy raramente quiere té.

¿Y si alguien te dijo que sí quería té, empezó a tomárselo y luego se desmayó antes de terminárselo? Bueno, lo primero, no se lo eches por el gaznate. Lo segundo, deja el té a un lado y asegúrate de que se encuentra bien, para este caso también vale lo de que a la gente inconsciente no le apetece té. Hazme caso, te lo digo de corazón.

Si a alguien le apetecía té en tu casa el sábado pasado no quiere decir que le vaya a apetecer siempre. Muy seguramente no querrán que aparezcas de la nada en su casa y les hagas té para forzarles a bebérselo porque «PERO SI LA SEMANA PASADA SÏ QUE QUERÍAS» o despertarse descubriéndote a ti derramándoselo por el gaznate porque «PERO SI ANOCHE SÍ TE APETECÍA».

Una analogía estúpida, ¿eh? Sí, sin duda esto lo tenías claro, en ningún caso le forzarías a nadie a beber té porque la semana pasada sí le apetecía. POR DESCONTADO ni se te ocurriría derramar té por el gaznate de alguien inconsciente porque hacía cinco minutos, estando consciente, te había dicho que sí. Muy bien, entonces, si te das cuenta de lo ridículo que es obligar a la gente a tomar té cuando no lo quieren y eres perfectamente capaz de entender cuándo no lo quieren, ¿por qué es tan difícil de entender esto mismo cuando hablamos de sexo?

En sexo y té, el consentimiento lo es todo.

Y ya que estamos, me voy a poner un té.

*Expresado palabra por palabra a un amigo un domingo de mañaneo tras una fiesta en una nave. , qué genial es.

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La cultura de la violación. Guía para el caballero.

Del original A Gentleman’s Guide to Rape Culture de Zaron Burnett III.

Si eres un hombre, formas parte de la cultura de la violación. Y sí, ya sé que suena duro; no eres necesariamente un violador, pero perpetúas comportamientos a los que comúnmente nos referimos como cultura de la violación.

Seguramente estarás pensando «Para quieto ahora mismo, Zaron, ¡ni siquiera me conoces, colega! Como se te ocurra insinuar que me molan las violaciones… No, yo no soy de esos, tío».

Sé cómo te sientes, tuve la misma respuesta cuando me dijeron a mí que formaba parte de la cultura de la violación. Suena fatal, pero imagínate andar por el mundo sin dejar de tener miedo a que te violen. Aun peor, la cultura de la violación no solo es una mierda para las mujeres, lo es para todo el mundo involucrado en ella. Pero no  te obsesiones con la terminología, no te quedes pasmado en las palabras que te ofenden y dejes de lado lo que en realidad quieren decirte. La expresión «cultura de la violación» no es el problema; sí lo es la realidad que describe.

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Los hombres somos los principales responsables y los máximos apoyos de la cultura de la violación.

No somos los hombres los únicos que violamos, como no son las mujeres las únicas víctimas. Hay hombres que violan a otros hombres y mujeres que violan a hombres, pero lo que nos convierte a los hombres en sus máximos responsables es que somos los que cometemos el 99% de las violaciones denunciadas.

¿Y cómo formas parte de la cultura de la violación? Bueno, mira que no me gusta nada decirlo, pero lo haces simplemente por ser un hombre.

Cuando me cruzo con una mujer en un aparcamiento por la noche y ella anda por delante de mí, hago todo lo que creo posible para que a) no se sobresalte b) tenga tiempo de sentirse segura o cómoda y c) en la medida de lo posible, pueda acercarme de manera amistosa para hacerla saber que no soy una amenaza. Y lo hago porque soy un hombre.

Basicamente, me hago cargo de que esa mujer que me encuentro por la calle, en el ascensor, en las escaleras o donde sea se sienta segura; intento que se sienta tan segura como si yo no estuviera allí. Tengo presente que toda mujer que coincide conmigo en un espacio público y no me conoce, me lee como hombre. Un hombre que, en concreto, se encuentra repentinamente a su lado. Tengo que tener en cuenta su sentido de espacio y que mi presencia pueda hacerlea sentirse vulnerable. Y hemos aquí el factor clave, la vulnerabilidad.

No sé vosotros, pero yo no me paso la vida sintiéndome vulnerable. He tenido que aprender que las mujeres pasan la mayor parte de su vida social con constantes e inevitables sentimientos de vulnerabilidad. Paraos a pensarlo un momento. Imaginaos sentir una  constante sensación de peligro, como que tuvierais  la piel de cristal.

Como tipos modernos, lo que hacemos es buscar el peligro; elegimos vivir aventuras y practicamos deportes de riesgo para sentir como que estamos en peligro. En definitiva, bromeamos sobre nuestra vulnerabilidad. Así de diferente vemos el mundo los hombres (ojo, esto lo digo teniendo perfectamente en cuenta que existe una comunidad femenina de deportistas fde riesgo muy dinámica, que también ponen en peligro sus vidas a menudo. Sin embargo, ellas no tienen que ponerse exclusivamente en situaciones de adrenalina para sentir el peligro).

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Soy prácticamente abstemio y, podría decir, sólidamente, que llevo buenas pintas, lo que quiere decir que, andando solo por la noche muy raramente temo por mi seguridad. Algunos sabréis lo que quiero decir con esto. Muchas mujeres no saben lo que es moverse libremente por el mundo a cualquier hora del día o la noche y sentir que no va a haber ningún problema; de hecho, lo que sienten estas mujeres es lo contrario.

Una mujer siempre tiene que pensar adónde va, a qué hora irá, a qué hora llegará, a qué hora volverá, qué día de la semana es, si se quedará sola en algún momento… y así sigue la cosa, porque hay más elementos que me estoy dejando en el tintero. Yo, honestamente, no tengo que pensar mucho sobre lo que tengo que hacer para estar a resguardo en cualquier momento de mi vida. Me deleito con la libertad de la que dispongo para levantarme e ir de aquí para allá de día, de noche, llueva o haga sol, a cualquier parte de la ciudad. Si queréis llegar a entender la cultura de la violación, recordad que la mitad de la población no disfruta de esta libertad.

Estos son los motivos por los que intento usar una expresión corporal transparente y por los que trato de actuar de tal manera que los miedos y demás sensaciones que las mujeres puedan sentir al respecto se reduzcan. Os recomiendo encarecidamente que hagáis lo mismo. Os lo digo en serio, es lo mínimo que cualquier hombre podemos hacer en espacios públicos para que las mujeres se sientan más cómodas en este mundo que compartimos. Basta con que las tengáis en cuenta tanto a ellas como a su espacio personal.

Pensaréis que es injusto que paguemos justos por pecadores, que tengamos que cambiar nuestros hábitos por el comportamiento de otros tipos, pero, ¿sabéis qué? Tenéis razón, es injusto, ¿pero es culpa de las mujeres? ¿O es más bien culpa de aquellos tipos que actúan de manera infame y nos hacen quedar mal a los demás? Si te preocupa la justicia, descarga tu rabia sobre los tipos que hacen que tanto tú como tu forma de actuar sea cuestionable.

En el momento en que un hombre es sometido a evaluación; es decir, cuando se trata de determinar lo que un hombre es capaz de hacer, una mujer presupondrá lo que eres bien capaz de hacer. Desafortunadamente, esto implica que a los hombres se nos juzgará a partir de nuestro peor ejemplo. Ah, y si piensas que este uso de estereotipos es un asco, ¿cómo reaccionarías tú al encontrarte a una serpiente en el campo, eh?

¿No la tratarías como a una serpiente? Esto no es estereotipar, es juzgar a un animal por lo que es capaz de hacer y por el daño que es capaz de infligir. La ley de la jungla, tronco; eres un hombre, y las mujeres te tratarán como tal.

Es responsabilidad tuya ese miedo, razonable y comprensible, que se tiene de los hombres. Es verdad que no lo creaste, como tampoco creaste tú las autovías. Algunas cosas que heredamos de la sociedad molan, otras son cultura de la violación.

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Como ninguna mujer puede juzgar de manera acertada tus intenciones a primera vista, presupondrá que eres como los demás tipos. En el 73 por ciento de las violaciones, las víctimas conocían a su agresor, así que, si ni siquiera pueden fiarse ni juzgar acertadamente las intenciones de hombres a los que ya conocen, ¿cómo esperas que vayan a hacerlo contigo, un completo desconocido? La prevención de las violaciones no pasa porque las mujeres se eduquen en cómo evitarlas, sino en que los hombres no las cometan.

Para prevenir las violaciones, un hombre debe entender que un «no» nunca es un «sí», que cuando una mujer se encuentra bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y se ve incapaz de articular palabra no es un «sí» o que estar en una relación no implica un «sí» automático. Dejemos de concentrarnos en cómo las mujeres pueden evitar ser violadas o cómo la cultura de la violación hace sospechosos a hombres inocentes, ciñámonos a lo que, como hombres, podemos hacer para evitar que se cometan violaciones: desmantelar las estructuras que las permiten y modificar las actitudes que las toleran.

Ya que formas parte de ella, tienes el deber de saber lo que es la cultura de la violación.

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Extraído de la página de Marshall University’s Women’s Center:

La cultura de la violación es el entorno en el cual la violación ostenta una posición preponderante y en la cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La cultura de la violación se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de la mujer.

La primera vez que una mujer me dijo que formaba parte de la cultura de la violación, me posicioné en contra por motivos evidentes. Como muchos de vosotros, quise decir «Eh, a mí no me metas», pero, en vez de eso, la escuché. Más tarde, fui a ver a una escritora a la que admiro y la pedí que escribiera un artículo conmigo en el cual explicara la cultura de la violación específicamente para mí y para lectores hombres. Dejó de contestarme a los correos.

En primer lugar, me molesté. Más tarde, cuando quedó claro que de ninguna manera iba a obtener respuesta,me terminé de cabrear. Por suerte, sé evitar responder en caliente, los truenos impresionan pero es la lluvia la que en realidad nutre la vida, así que dejé que amainara la tormenta y me paré un momento a pensar. Di un paseo, uno de esos que hacen que se me encienda la bombilla.

A manzanas de mi casa, enfrente de un lavadero de coches, se me encendió. Si tanto me importaba la cultura de la violación, necesitaba salir a descubrirla yo mismo. Ninguna mujer me está en deuda conmigo por el hecho de que quiera saber algo que ella inherentemente  ya comprende. Ninguna mujer debe verse en la obligación de explicarme la cultura de la violación solo porque quiera saber lo que es. Ninguna mujer me debe una mierda. He vivido cómo me recorría profundamente el deseo de que una mujer me satisficiera. Incluso mi curiosidad, una de las cualidades de las que me enorgullecía, estaba contaminada de esa presunción androcéntrica omnipresente en la cultura de la violación. Lo que esperaba era que me satisficieran, y esa actitud es un problema. Así que empecé a leer y seguí hasta que entendí la cultura de la violación y mi lugar en ella.

Adjunto aquí una enumeración de ejemplos de cultura de la violación.

  • Echar la culpa a la víctima («lo iba buscando»).
  • Dulcificar las agresiones sexuales («Estos hombres…»).
  • Hacer chistes sexualmente explícitos.
  • Tolerar el acoso sexual.
  • Inflar las cifras de denuncias de violación falsas.
  • Elaborar un estudio sobre los hábitos de vestimenta, salud psíquica, motivaciones e historial de la víctima de carácter público,
  • Violencia de género gratuita en películas y televisión.
  • Definir la «masculinidad» como dominante y sexualmente agresiva.
  • Definir la «feminidad» como sumisa y sexualmente pasiva.
  • Presionar a los hombres para que «consigan sus metas».
  • Presionar a las mujeres para que «estén alegres».
  • Presuponer que solo violan a mujeres promiscuas.
  • Presuponer que no hay hombres violados y que los que hay son «débiles».
  • No tomarse en serio las acusaciones de violación.
  • Enseñar a las mujeres cómo no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar.

Ahora que ya sabes lo que es, ¿cómo puedes actuar dentro de esta cultura?

  • Evita el uso de lenguaje que despersonalice o degrade a las mujeres.
  • Alza tu voz si oyes a alguien contar un chiste ofensivo o que dulcifica la violación.
  • Si una amiga te dice que la han violado, tómala en serio y apóyala.
  • Mantén un pensamiento crítico con los mensajes que te llegan de los medios de comunicación sobre mujeres, hombres, relaciones y violencia.
  • Respeta el espacio ajeno incluso en situaciones distendidas.
  • Mantén comunicación constante con tus parejas sexuales, no presupongas el consentimiento.
  • Define tu propio concepto de masculinidad o femineidad. No dejes que los estereotipos guíen tus actos.

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¿Qué otras cosas puedes hacer en relación a la cultura de la violación cuando la experimentas en la vida real?

  1. Enfrentarte a otros hombres

No hablo de violencia, más bien eso es lo que tenemos que intentar evitar. Sin embargo, en ocasiones un hombre tiene que enfrentarse a otro hombre, por separado o en grupo, en determinadas situaciones. Cuando estoy en un espacio público y veo a otro hombre acosar a una mujer, me paro y me aseguro de que la mujer en cuestión me ve. Busco que se dé cuenta de que soy perfectamente consciente de la situación y espero que me de una señal explícita de ayuda. A veces, la pareja continúa peleando como que fuera invisible, pero en otras ocasiones, la mujer me hace ver que necesita apoyo e intervengo. Nunca he tenido que ponerme violento; en ocasiones mi sola presencia hace que el tipo se vaya si es desconocido o se explique si ya nos conocemos de antes. En resumen, la dinámica cambia. Por esto me detengo cuando veo que otro tipo está molestando en público a una mujer. Por alguna razón, me aseguro de que cualquier mujer, en lo que podría convertirse en una situación violenta (una situación que podría estar juzgando correctamente o no) encuentre la oportunidad para hacerme notar que necesita ayuda. Tengo una hermana pequeña, esa respuesta es prácticamente instintiva en mí.

Sin embargo, no solo hago esto con las mujeres. También he actuado así en una discusión afectiva entre dos hombres. Siempre que contemples una situación que parece salirse de control, y especialmente si están atacando a alguien o ese alguien pide ayuda, debes inmiscuirte. No significa entrar como un elefante en una cacharrería, sino hacerte partícipe, involucrarte, tomar nota de información pertinente, alertar a las autoridades, llamar a la policía, etc. Hacer algo, vaya.

  1. Corregir a otros hombres

Si otro tipo empieza a farfullar atropelladamente cosas ofensivas delante de ti, puedes actuar incluso si no hay cerca nadie de la comunidad sobre la que recae la ofensa. También vale para cuando alguien usa lenguaje misógino: levanta la voz, dile a tu amigo o a tu compañero de trabajo que los chistes de violaciones son basura y que no los vas a aguantar.

Hazme caso, no vas a perder tu «carnet de hombre». Aun así, si eres mayor de diecinueve y todavía te preocupa el carnet de hombre, tampoco es que tengas ni idea de lo que va la masculinidad respetable. No tiene nada que ver con ningún tipo de aprobación intelectualoide ajena, tiene que ver con que seas «tu propio modelo de hombre» y hagas las cosas bien. Te sorprenderá la cantidad de hombres que te guardarán respeto por hacer aquello que ellos no se atrevieron a hacer, lo he escuchado miles de veces. No soy la Liga de la Justicia, pero he discutido, discuto y seguiré discutiendo con manadas y manadas de tipos. Más tarde, algunos de esos tipos se me acercarán y me dirán el respeto que les infunde lo que hice. Siempre les respondo que, cuantas más veces repitas, cada vez es más fácil levantar la voz. Lo prometo, es cierto.

No quiero decir con esto que hay que haya que ir haciendo marcaje a todo el mundo. No intento hacer que todo el mundo viva según mis ideas, nadie necesita que le digas lo que piensas sobre cada cosa que dicen y si es acorde a tu criterio de conciencia social. Sin embargo, cuando otro tipo dice alguna gilipollez y te das cuenta ―esos chistes están a la orden del día―puedes hacerle notar que ni su chiste de violaciones ni su siempre sabia analogía del «todas putas» pasan la prueba.

  1. Hacer reflexionar a otros hombres

Pongámoslo así: estás en un grupo de hombres y uno de ellos empieza a chillarle a una chica. Muy sencillo, dile que deje de hacer el gilipollas. No te conviertes en un macarra si alzas la voz por la mujer, siempre y cuando no trates de conseguir puntos ante ella por defenderla, claro; si evitas eso, no estarás actuando como el caballero de brillante armadura. No, estarás haciendo lo correcto. Ninguna mujer necesita  que le chille un payaso sexista solo porque el pobre tipo no da para más. El piropeo es una de las peores exhibiciones de la sexualidad masculina que existen, y esos imbéciles nos hacen quedar como simples espantapájaros. ¿Lo pilláis, no? Hay que ponerle fin a estas soplapolladas.

Mediante construcción personal fue como conseguí levantar la voz ante un grupo de hombres. Tienes que hacerlo, más que nada por respeto a ti mismo. De otra manera, no eres más que otro tipo patético que permite que otro hombre maltrate a una mujer delante de ti. Cuando un menda piropea y no lo haces notar, lo que acaba de pasar es que él la ha tratado como un objeto sexual barato para su propia satisfacción y a la vez te ha convertido en ese macarra que está deseando que ocurra otra situación de maltrato en tu presencia para que la ratifiques mientras no dices una palabra.

¿Qué pensaría tu abuelo si te viera en esa situación? ¿Estaría orgulloso? ¿Estás orgulloso de ti mismo? El orgullo masculino solo vale para una cosa: para mejorar personalmente. No seas ese macarra silencioso que se mimetiza con la masa para recibir su aprobación. Levanta la voz cuando alguien piropee a una mujer enfrente de ti, dile que se calle la puta boca. Como hombre, tienes poder, úsalo, los hombres respetamos la convicción.

  1. Es nuestro trabajo establecer normas para nosotros mismos y, de esta manera, para los hombres en general.

Pensarás «Zaron, tío, espabila, tronco. El piropeo no es para tanto, ¿no estamos haciendo una montaña de ello? A algunas mujeres les gusta». Igual tienes razón, igual a algunas les gusta, pero eso no importa, a mí me gusta conducir a toda hostia, a mi sobrino le gusta fumar hierba por la calle, pero ninguno de los dos estamos habilitados para hacerlo. Así funciona el pertenecer a esta sociedad: si encuentras a una mujer que le guste que la piropeen, ve y hazlo, pero de puertas para adentro, no en público. Ahí, respeta su espacio, tanto físico como psíquico,

No te limites a ser un hombre, sé un ser humano, una persona con integridad y honor.

Cuando eventos como #YesAllWomen surgen en nuestros debates culturales y las mujeres de todo el mundo comienzan a compartir sus experiencias, sus traumas, sus historias y sus puntos de vista personales, nosotros, como hombres, no debemos inmiscuirnos en ese debate. Lo que tenemos que hacer es escuchar y reflexionar, que sus palabras cambien nuestra forma de ver el mundo. Nuestro trabajo ahí está en preguntarnos cómo podemos hacer mejor las cosas.

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Por qué los grupos de defensa de los derechos de los hombres son una auténtica mierda

Del original en The Belle JarWhy The Men’s Rights Movement Is Garbage

Permitidme un momentito para hablar sobre los grupos de defensa de los derechos de los hombres  (el equivalente atomizado del Men’s Rights Movement (MRA’s) de Estados Unidos, que engloba grupos a favor del SAP y de la custodia compartida, entre otros). Parece que existe cierta confusión con ellos. Bueno, más bien parece que hay mucha. Desde hace poco, mucha gente me ha llamado la atención por enfrentarme estos grupos (llamémoslos GDDH). «A los hombres también nos oprimen», dicen. «El feminismo es sexista y nos enseña a los hombres que la masculinidad está mal». «Los hombres blancos y heterosexuales ya no podemos estar orgullosos de nosotros mismos». «Si crees en la igualdad, entonces esperarás que los hombres practiquemos un activismo parecido al de las mujeres». «Todos tenemos derecho a opinar».

En primer lugar, sí, todas tenemos derecho a opinar, pero esto no quiere decir que todas las opiniones tengan la misma base: algunas están basadas en hechos y otras son una auténtica mierda. Por ejemplo, yo puedo decir que las vacunas son responsables de provocar autismo; será mi opinión, pero será una opinión totalmente equivocada. Así que no pretendamos dar la misma consideración a todas las opiniones, todas somos lo suficientemente sensatas como para hacerlo.

Segundo, dejemos una cosa clara: los hombres, como grupo, no sufren opresión sistemática debido a su género. ¿Estoy diciendo con esto que ningún hombre está oprimido? No, de ninguna manera. A los hombres os oprimen y os marginan por muchas razones: etnia, clase, orientación sexual, nivel económico, por nombrar algunas. ¿Estoy diciendo con esto que todos y cada uno de los tipos blancos, cisgénero y heterosexuales tenéis una vida genial por vuestro privilegio acumulado? No, tampoco estoy diciendo eso. Múltiples circunstancias de la vida pueden llevaros a pasar dificultades; sin embargo, ningún hombre está oprimido por ser hombre. La misandria no existe, y considerarla una fuerza idéntica o peor aún que la misoginia es ofensivo, grotesco y un insulto a la inteligencia.

Los GDDH creen que deben culpar a las feministas de todo lo malo que les ocurre en sus vidas. Los grupos en defensa de los derechos de los hombres son movimientos reaccionarios creados ex profeso para enfrentarse al feminismo y mucho (si no todo) de su tiempo y recursos los invierten en silenciar y marginar a las mujeres. Guardan en su haber el haber hecho viral la campaña Don’t be that girl (No seas como ella), con la que acusaban a las mujeres de interponer denuncias falsas sobre violaciones. Acuden a eventos feministas para intimidar a las mujeres, navegan por páginas feministas con mensajes de amenazas y en ocasiones ponen en marcha campañas de difamación y tácticas de terror para que las mujeres que no se pliegan teman por su integridad física. No hacen nada para resolver los problemas que, según dicen, les afectan, y por el contrario hacen lo imposible para desacreditar al movimiento feminista.

Por supuesto que existen asuntos que afectan especialmente a los hombres, como una tasa de suicidio o de indigencia más elevada en la población masculina. Es más probable que un hombre resulte herido o muerto violentamente, también en su puesto de trabajo. Tambiénl os hombres víctimas de agresiones físicas o sexuales ponen menos denuncias. Esto es por lo que en teoría se preocupan los GDDH, y cuando digo «preocupan» digo «echan la culpa al feminismo de».

El problema es que ni el feminismo, ni la equiparación de derechos de hombres y mujeres ni nada parecido tienen la culpa de que estos problemas existan. ¿Sabéis qué sí la tiene? Marginar según criterios de clase o étnica, por ejemplo. ¿A que ningún hombre blanco y rico está luchando por salir de la indigencia o por hacer de su lugar de trabajo un sitio más seguro? ¿Sabéis quién más es culpable? Nuestra cultura patriarcal y sus estrictamente delimitados roles de género, los mismos roles que, mirad por dónde, el feminismo intenta derribar. La concepción de la masculinidad según el patriarcado es una auténtica mierda, lo que provoca que los hombres se muestren reacios a pedir ayuda en aquellas tareas que consideran «demasiado femeninas», como cuando sus parejas AHAN (asignadas hembra al nacer) les agreden o violan, como cuando no pueden mantenerse a sí mismos o cuando no buscan ayuda en episodios de depresión o ansiedad. Esto, socialmente, significa que los hombres no disponéis tan fácilmente de recursos para gestionar estas adversidades o que los hombres no tenéis la necesidad de ello. Sí, el patriarcado privilegia vuestros intereses de manera apabullante, pero también os perjudica. Os perjudica en los puntos en los que los GDDH, aparentemente, están intentando ayudaros, lo que os llevará a pensar que los GDDH constituyen unos aliados firmes en la lucha contra el patriarcado. Pues no, todo lo contrario. Antes que eso, culparán a las mujeres de sus problemas.

Como podéis ver, el problema con los grupos de defensa de los derechos de los hombres es que no están moviendo un dedo por arreglar ninguno de los problemas que he mencionado. No recaudan dinero para abrir residencias para hombres sin hogar u hombres agredidos, no están creando un servicio telefónico de apoyo para hombres con tendencias suicidas, no se están asociando para impulsar más seguridad en los puestos de trabajo o frenar el comercio de armas. Al contrario, lo único que hacen es quejarse del feminismo, negar el concepto de patriarcado y, en conclusión, hacer de este mundo un lugar más triste y escalofriante, un lugar menos seguro en donde vivir. No solo eso, aun diría que sus bufonadas son incluso un escollo para sus propias luchas, porque crean una peligrosa relación entre los problemas reales a los que se enfrenta los hombres  y sus tonterías de mal gusto. Un trabajo de puta madre, GDDH. Un gran modo de joder a hombres vulnerables en vuestra cruzada por demostrar que el feminismo el nocivo. Estaréis orgullosos.

Los grupos en defensa de los derechos de los hombres no son un tipo de «feminismo para hombres», no son grupos de activismo complementario con el objetivo de promover la igualdad de trato entre hombres y mujeres. Y ni mucho menos son aliados de las mujeres, si excluimos a esas mujeres con casos de misoginia naturalizada cercana a la patología. Creo en la igualdad entre hombres y mujeres, pero también creo que no nacemos en igualdad de condiciones. A las mujeres se las priva de derechos, se las discrimina y se las niega derechos y libertades básicas, y aunque el feminismo ha hecho bastante por solucionar esto durante el pasado siglo, todavía no hemos conseguido eliminar milenios de opresión y determinismo social.  Por eso, todavía no ha llegado el momento para que los hombres de establezcan un movimiento de justicia social, por eso la fem de feminismo. Para conseguir justicia e igualdad, es preciso promover el empoderamiento de las mujeres, no el empoderamiento de ambos géneros en cantidades iguales porque, por poner un ejemplo tonto, si una persona no tiene ninguna manzana y la otra tiene ya cinco y les das a ambas otras tres en el nombre de la justicia, una de ellas aún tendrá otras putas cinco manzanas de más. Así que sí, hablad de los problemas que afectan a los hombres. Enfrentaos a los problemas que afectan de manera desproporcionada a los hombres, como el suicidio, la indigencia y las muertes violentas (mientras tenéis en cuenta  que el hecho de que los hombres tenéis problemas específicos no significa que estéis oprimidos por pertenecer a un género).  Dedicaos a abrir residencias para hombres agredidos, poned en marcha campañas en las que hagáis notar que los hombres también son víctimas de violación y presionad a los gobiernos para que mejoren la seguridad en vuestro puesto de trabajo. Muy bien, ahora hacedlo de una manera que no sea a costa de las mujeres. En vez de eso, unámonos y jodamos el patriarcado de arriba abajo, porque de esa manera, todas ganamos.

P.D.: Ah, si sigues pensando que los hombres blancos y heterosexuales ya no pueden estar orgullosos de sí mismos, será mejor que revises tu privilegio un millón de veces y luego unas cuantas más porque, sinceramente,

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La castración de la violación

Del original en The Thinking AsexualWhy the Desexualization of Rape is Problematic, petición de María Zerobox <3.

Muchas de nosotras hemos oído a feministas, académicas, investigadoras y celebridades explayarse con aquello de que «la violación es poder». Que no tiene que ver con el sexo y no debería llamarse como tal. Que es poder, violencia y dominación.

Las partidarias/feministas de/con una visión positiva del sexo insisten con vehemencia en conceptualizar la «violación» como algo totalmente opuesto al «sexo» porque en su pensamiento, en su evangelio, «el sexo es bueno». (Seamos más específicas: el sexo [consentido] entre adultos siempre es bueno, sano y placentero). No desean incluir la violación en la categoría de «sexo» porque hacer tal cosa significaría reconocer que el sexo no es de innata, automática y universalmente bueno. Considerar que la violación es otra forma de sexo —si bien en su opuesto negativo— nos hace pararnos a reflexionar sobre aquellas formas de sexo dudosamente consentido y sexo consentido dudosamente sano a pesar haber sido consentido. No solo eso, además nos hace plantearnos la pregunta sobre si todo sexo consentido y no violento es siempre bueno y no ha de ser por ello motivo de debate, reflexión ni crítica.

La argumentación de aquellas personas con una visión positiva del sexo y de aquellas otras quefirman la lapidaria frase «la violación [tan solo] es poder» se reduce a lo siguiente: «en realidad, la violación no tiene que ver con el sexo, es violencia en la que se ven involucrados los genitales. El sexo real siempre es consentido y, por ende, sano. La violación no puede considerarse como sexo porque es nociva y el sexo nunca lo es».

Pues mira, que lo jodan.

Decir que la violación no tiene que ver con el sexo es como decir que el asesinato no tiene que ver con matar. Hay infinitas razones por las que una persona decide matar a otra, siendo el puro placer de hacerlo una de esas razones. Sin embargo, al final, el asesinato se define como acabar con la vida de una persona sin su consentimiento, independientemente de lo que el asesino estuviera pensando, sintiendo o lo que deseara conseguir gracias al homicidio. Tanto la muerte ocasionada como el método llevado a cabo para conseguirla van unidas, de la misma manera que no puedes «emascular» la violación sin desdeñar la mecánica con la cual ha tenido lugar.

Discriminamos la violación de otras formas de violencia física por el uso de los órganos sexuales que, generalmente, implican la excitación y el orgasmo del violador. Ser víctima de violación no es lo mismo que recibir golpes, maltrato psicológico o amputación de miembros. Todas estas acciones son violentas, en todas está presente el dolor y el sufrimiento, pero solo en la violación los genitales entran en un juego creando una situación intrínsecamente sexual entre víctima y agresor.

El sexo es una expresión de la violación. Así, como suena. La violación no se consiente, tiene carácter violento y se usa como herramienta de dominación y humillación, sin que esto excluya que muchos violadores se sientan atraídos sexualmente por sus víctimas o busquen placer sexual cuando violan a alguien. Los móviles no sexuales, la satisfacción personal y demás consecuencias de la violación, no eliminan el placer genital y erótico que muchos violadores experimentan durante e inmediatamente después del acto. Es posible que su placer genital y erótico esté intrínsecamente unido a los aspectos de poder y dominación que emanan de la violación, lo que significa que la violación se convierte en fetiche de determinados agresores, en cuyo caso es innegable el componente sexual del acto desde el punto de vista del violador y debe tenerse en cuenta posteriormente en su procesamiento.

No existe un único tipo de violación, como tampoco existe una sola combinación de motivos y objetivos en la perspectiva del violador. En las violaciones efectuadas por desconocidos, donde hay un desconocido y en las violaciones efectuadas por amigos, donde hay un amigo; existen las violaciones en la cárcel, existen las violaciones en las citas, existen las violaciones incestuosas. También hay violaciones políticas o en tiempos de guerra, que en la mayoría de casos son violaciones masivas. Existen las violaciones efectuadas por parejas sentimentales, incluyendo las de dentro del matrimonio. Existen violaciones en las que se utiliza la fuerza y existen violaciones en las que no es necesaria por el uso de determinadas drogas o alcohol, chantaje emocional o presión psicológica en su lugar.

Lo que intento decir es que, de todas estas situaciones, algunas de ellas sí tienen que ver mayormente con poder, dominación y humillación, pero algunas de ellas tienen que ver más con el sexo de lo que la gente quiere reconocer. No quiero decir con esto que la violación sea el resultado de un impulso sexual incontrolado; los impulsos sexuales SIEMPRE pueden controlarse. No me importa si tienes que encerrarte en una jaula y tirar la llave. La violación es una opción que tomas y sobre la que solo tú eres responsable. Tampoco quiero decir que todas las violaciones contengan un punto de atracción sexual, porque, en la mayoría de casos, no la tienen. Sin embargo, e independientemente de las reacciones que esto pueda provocar cuando escribo esto, algunos violadores sí se sienten sexualmente atraídos hacia sus víctimas. Algunos violadores simplemente actúan porque quieren follar y les da lo mismo cómo hacerlo, y otros obtienen placer sexual cuando violan. El argumento plano de que «la violación no tiene que ver con el sexo» no puede tomarse como una verdad universal.

Me niego a compartir la idea de que la atracción y el deseo sexual siempre son benignos y respetuosos y que, de esta manera, nunca pueden formar parte de situaciones de violencia sexual. No, eso es una mierda como un castillo de grande. Los hombres heterosexuales llevan violando mujeres desde el principio de los tiempos, y los cerdos volarán antes de que me hagas creer que en cada una de esas ocasiones, el tipo solo forzó ese encuentro sexual por el gusto que la sensación de poder y la dominación que le provocaba sin que sintiera ningún tipo de deseo sexual hacia su víctima semejante al que sentía hacia aquellas mujeres que sí deseaban por voluntad propia tener sexo con él. Cuando un tipo ve a una mujer que encuentra guapa o excitante y quiere follársela, y en el caso en que carezca de juicio o no la vea como una persona con derechos, independencia y con potestad sobre su cuerpo, la viola para obtener satisfacción sexual a través de ella y no le importa lo más mínimo lo que ella quiera. Incluso, en este caso, si existe algún grado de poder y dominación que contribuye a este placer, en su mente prevalece el deseo sexual.

¿Cómo explicarías que gran parte de los violadores machos que cometen violación no consideran realmente como tal lo que han hecho? Sus víctimas hembras sí lo ven así, lo llaman así, consideran a su agresor un violador y a ellas mismas como víctimas de violencia. Y sin embargo, él piensa que lo que acaba de tener es sexo. Él no se considera un violador y, en estos casos, tampoco considera que su víctima no haya dado su consentimiento. Piensa que no acaba de tener una relación sexual diferente a la que tienen dos personas de manera casual y entusiasta. Puede que, para la víctima/superviviente, la violación tuviera que ver con poder y dominación, pero el violador no considera que haya cometido una violación y sea en realidad un violador, considera que ha sido solo sexo. Sexo es lo que quería, y desde su perspectiva, sexo es lo que ha obtenido.

Una situación en la que la violación está intrínsecamente ligada al sexo y no al poder es en relaciones afectivas. Poco debate existe sobre las violaciones dentro de relaciones afectivas; se las considera aún un tema tabú, y es la última situación que se nos pasa por la cabeza cuando hablamos o pensamos sobre violaciones. Mucha gente, incluso, cree que no pueden existir, porque han caído en la jodida y enfermiza posición de pensar que el mantener una relación afectiva te otorga el derecho inalienable de tener acceso al cuerpo de tu compañera y a mantener sexo con ella en cualquier momento. Muchos no quieren darse cuenta de que existen violaciones dentro del matrimonio, la más alta institución del Amor Romántico-Sexual de nuestra cultura. Aquellas que han sido violadas por su pareja afectiva o por su cónyuge ni siquiera quieren usar la palabrita para describir lo que les ha ocurrido, porque «violación» es un término antitético a «romance» y «amor» tanto en el imaginario colectivo como en el personal. Lo es tanto que eso que se niegan a aceptar que lo que acaban de sufrir dentro de su relación afectiva es exactamente lo mismo que les hubiera podido hacer ese «escalofriante y misterioso desconocido que, en un callejón oscuro, agrede y viola a una viandante anónima».

¿Sabéis qué? Esa pareja afectiva que amas, quieres y en la que confías también puede violarte. Y cuando eso ocurre,  exceptuando aquellas situaciones de violencia doméstica en la que sí existe un elemento activo y desequilibrante de dominación y poder, normalmente estamos hablando de sexo. Y no hace falta que me aleje mucho de mi comunidad para descubrir ejemplos explícitos. Compañeras asexuales que sienten repulsión, aversión o indiferencia hacia el sexo, pueden fácilmente sufrir una violación por sus parejas afectivas alosexuales; de hecho, muchas de ellas la han sufrido. Varones asignados como tal al nacer (AVAN), hembras asignadas como tal al nacer (AHAN), heterorománticas, homorrománticas, birománticas, panrománticas, las llamamos. Existen violaciones a personas asexuales por sus parejas afectivas cuando quieren follar con ellas porque están cachondas, porque se sienten atraídas hacia ellas y porque se sienten con derecho a tener sexo con ellas porque ya existe una relación afectiva. Estas violaciones no tienen que ver con poder y dominación. Incluso la violación «curativa» de asexuales no tiene que ver con poder ni dominación cuando ocurre dentro de relaciones afectivas. Es sexo, es la consecuencia de que una persona asexual diga «no, no quiero mantener relaciones sexuales contigo» y de que la persona alosexual diga, «y una mierda, yo quiero tener sexo, y tú eres mi relación afectiva». Aquí estamos, en la cama, haciéndonos carantoñas. Aquí estamos, tenemos una cita y estamos solos. Lo normal es que tengamos sexo, y el sexo es una de las razones por las que me involucro en relaciones afectivas. Me atraes y voy a follarte tanto si quieres como si no.

Las asexuales reticentes al sexo descubren violadores dentro de gente alosexual que, de otro modo, nunca habrían violado «de manera violenta» a otra persona de forma consciente, premeditada a alevosa. No me resultaría raro que gran parte de los violadores alosexuales responsables de haber violado a sus parejas afectivas asexuales no se consideraran violadores o consideraran el sexo mantenido con sus parejas asexuales como violación. Sé de más de una persona asexual que ha sido agredida sexualmente por alguna expareja afectiva o por algún amigo en algún momento de su vida. Estas personas asexuales, tanto AVAN como AHAN, nunca se enfrentaron a sus exparejas/examigos por lo ocurrido. Nunca exigieron responsabilidades, nunca usaron la palabra «violación», nunca hubo discusión al respecto de la violación o el consentimiento dudoso de la relación sexual. El dolor y el trauma de la persona asexual se quedaron en el ámbito privado, nunca se hicieron públicos. Las personas alosexuales en ningún momento recibieron consentimiento por parte de sus parejas asexuales. En algún caso sí sabían que sus parejas eran asexuales y, por ende, no sentían gusto por el sexo, pero, aparentemente, no lo tuvieron lo suficientemente en cuenta como para considerar que estaban gestando una situación de violación cuando aquellas personas alosexuales empujaban a las asexuales a mantener una relación sexual. ¿Intentas decirme que estas personas alosexuales abandonaron las escena del crimen sintiéndose mal por haber violado a sus parejas? ¿Crees que se miran al espejo por las mañanas y ven a un violador? Juro por los siete infiernos que no lo creo.

Las personas asexuales demuestran que no hay nada de natural, de determinado ni de positivo en el sexo o en el deseo sexual y, en algunas ocasiones, incluso el sexo consentido resulta nocivo, al nivel de resultar poco cómodo o traumático de manera física, emocional o física. Esas mismas personas asexuales demuestran  que la violación dentro de una relación afectiva es algo que puede ocurrir con facilidad y que esos violadores, en otras situaciones, personases benévolas, no violentas ni nocivas, ni han sido capaces de elaborar un metódico calendario para violar a personas tal o cual día ni violar sistemáticamente a la pareja con la que mantienen una relación afectiva y que a la vez desee mantener sexo con ellos de manera regular. Esas mismas personas asexuales demuestran que, en ocasiones, la violación tiene que ver con el sexo. Incluso algunas veces, solo tiene que ver con eso. Esas mismas personas asexuales demuestran que la violación no es en su totalidad una muestra misógina de la dominación patriarcal del hombre sobre la mujer.  Esas mismas personas asexuales demuestran que el sexo técnicamente consentido y que, de esta manera, se aleja totalmente (y otra vez técnicamente) de la violación, puede llevarse a cabo incluso contra la voluntad de alguien.

El sexo no es inherentemente bueno (tampoco es malo, por los mismos motivos). A veces, el sexo es violación, y, cuando no lo es, cuando técnicamente se da una situación de consentimiento mutuo, no siempre es positivo ni sano para la gente que lo aplica. El sexo consentido puede ser agresivo, explotador, traumático, emocional y psicológicamente doloroso e incluso violento. Según lo visto, el consentimiento no vale como criterio a la hora de determinar qué tipo de sexo es «sano» y cuál es «nocivo». Lo siento, peña con una visión positiva del sexo. Todo este follón es más complejo que decir «sí» o «no».